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Full text of "La Ciudad de Dios"

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La  Ciudad  de  Dios 


AfloXXXVUI.-Núm.  1.107. 


LA 

Ciudad  de  Dios 

REVISTA  QUINCENAL 
RELIGIOSA,  CIENTÍFICA  Y  LITERARIA 

DEDICADA 

AL  GRAN  PADRE  SAN  AGUSTÍN 

PUBLICADA  POR  LOS  PP.  AfiUSTIÍÍOS  DE  BL  ESCORIAL 


6011  aprobación  eclesiástica.  ^ 


VOLUMEN   eXYIlI 


REDACCIÓN  Y  ADMINISTRACIÓN 

REAL   MONASTERIO   DE   SAN   LORENZO   DE   EL   ESCORIAL    (mADRID) 


1919 


AV 

Cs 

V118 


Imprenta  Helénica.— Pasaje  de  la  Alhambra,  3.  Madrid. 


n  EL  VEROIIDERO  ADTOR  DEL  lÜM  DE  LAS  LEIIGOAr 


(i) 


(CONTESTACIÓN  AL  ACADÉMICO  SR.  COTARELO) 

SEGUNDA  PARTE 
Semblanza  de  López  de  Velasco. 

(CONTINUACIÓN) 

López  de  Velasco,  hacendista.— Siendo  ya  Velasco  Secretario  del 
Consejo  de  Hacienda,  surgió  en  toda  España  y  nuestro  reino  de  Ña- 
póles un  magno  conflicto  sobre  la  carestía  y  falta  de  subsistencias, 
más  grave  aún  que  el  de  los  tiempos  actuales.  Hubo  alborotos  y  mo- 
tines hasta  en  varios  puntos,  tratando  de  impedir  que  viniesen  trigos  a 
España.  Felipe  II,  hondamente  preocupado  y  queriendo  remediar  las 
necesidades  apremiantes  de  los  pueblos,  mandó  reunir  en  Madrid  el 
año  15Q3  una  Junta  de  hacendistas  para  estudiar  el  asunto  y  poner 
algunos  aunque  tardíos  y  débiles  puntales  al  ruinoso  edificio  de  la 
hacienda  española. 

Fueron  esos  hacendistas  Francisco  de  Salablanca,  Pedro  Luis  de 
Torregrosa,  Pedro  Ortiz  del  Río,  Mateo  Ferro  y  Gaspar  de  Pons. 
López  de  Velasco  fungía  de  Secretario.  Suya  es  la  letra  de  los  seten- 
ta folios  en  que  se  discute  ese  negocio,  y  de  otros  varios  del  mismo 
Códice  (2),  confrontados  con  autógrafos  que  llevan  su  firma  de  casi 
idénticas  fechas. 

Esa  junta  examinó  las  causas  y  remedios  de  la  carestía  de  las  sub- 


(1)  Véase  la  página  441  del  volumen  CXVII. 

(2)  Cf.  B.  Esc,  L-M2.  folios  4-70.  Faltan  las  primeras  hojas.  Se  analiza  ex- 
tensamente ese  Códice  en  el  tomo  2.^  de  los  Códices  españoles  del  Escorial, 


6  SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS» 

sistencias,  la  mendicidad  pública,  los  latifundios,  los  derroches  de 
los  nobles  y  hacendados  en  el  vestir  y  comer,  la  falta  de  cultivo  de 
las  tierras,  las  pragmáticas  anteriores  sobre  la  agricultura,  la  econo- 
mía que  debía  introducirse  en  los  gastos  de  guerra,  la  falta  de  equi- 
dad en  las  contribuciones  de  algunas  provincias  y  reinos,  la  emigra- 
ción y...  ¡lo  que  cada  año  ingresaba  de  América  en  España,  así  para 
el  Rey  como  para  los  particulares!  Cuando  este  último  punto  sea  co- 
nocido de  la  Historia,  acabará  de  ser  derribada  la  leyenda  del  mí- 
tico becerro  de  oro  americano.  Con  decir  que  sólo  del  reino  de  Ña- 
póles había  mayores  ingresos  que  de  todas  las  Américas  juntas,  está 
dicho  bastante. 

El  cómputo  se  hizo  año  por  año  y  por  quinquenios,  desde  1574 
a  1594.  Felipe  II,  con  una  alteza  de  miras  y  una  probidad  que  le 
honran,  mandó  a  su  tesorero  que  presentase  a  la  Junta  los  libros  de 
ingresos  y  gastos  de  su  Real  Casa,  para  cercenar  lo  que  fuese  preci- 
so. Por  ellos  sabemos  hasta  las  limosnas  que  daba  el  Rey,  y  las  can- 
tidades mensuales  remitidas  para  la  obra  del  Escorial. 

En  el  mismo  Códice  se  hallan  unas  advertencias  de  Velasco  a 
cierta  pragmática  de  Felipe  II  sobre  la  agricultura,  de  las  cuales  me- 
rece copiarse  este  párrafo  por  la  valentía  que  revela  en  decir  la  ver- 
dad al  Rey: 

«...  La  pragmática  es  injusta  y  desigual  respecto  de  años  y  de 
tierras  diferentes,  en  que  se  coge  más  o  menos;  y  más  respecto  de 
los  labradores  que  no  pueden  hacer  de  sus  haciendas  y  trabajo  lo 
que  los  otros.  Y  así  parece  que  conviene  luego  quitar  la  premática  y 
dejar  en  su  libertad  la  labranza  de  la  tierra  para  que  crezca  y  se  en- 
riquezca, y  que  los  labradores  crezcan  y  multipliquen;  que  cuando 
llegasen  a  ser  muchos,  entonces  será  el  reino  poderoso  y  abundado 
de  todo;  y  ellos  de  suyo,  sin  leyes  ni  premios,  se  aplicarán  a  la  ocu- 
pación y  trabajo  que  más  sea  menester  para  el  reino.  Y  para  hacer 
que  los  mantenimientos  y  mercaderías  sean  baratas,  el  medio  y  re- 
medio más  eficaz  es  dar  orden  que  haya  muchas,  y  sobre  todo  que 
haya  mucha  gente  y  rica,  que  es  lo  que  enriquecen  los  reinos  y  los 
reyes;  porque  el  reino  sin  gente  no  es  reino;  y  si  los  hombres  faltan^ 
todo  ha  de  faltar  forzosamente.  > 

Como  Velasco  murió  siendo  Secretario  de  Hacienda  de  Felipe  II, 
antes  de  considerarle  desde  otros  puntos  de  vista,  convendrá  hacer 


SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS»  7 

un  extracto  de  su  testamento  que  aclara  notablemente  la  autentici- 
dad del  Diálogo  de  las  lenguas.  No  lo  publicamos  ahora  íntegro  por 
no  alargar  demasiado  este  estudio. 

Su  testamento.— AniQ  todo  es  preciso  fijarse  en  dos  personajes 
que  figuran  en  él,  y  cuyos  apellidos  son  los  mismos  que  intervienen 
en  el  Diálogo  de  las  lenguas:  Torres  y  Valdés.  ¿Quiénes  eran  estos 
dos  personajes,  tras  de  los  cuales  se  escondió  el  autor  del  Diálogo? 
Las  fantasías  inventadas  acerca  de  ellos,  quedarán  desvanecidas  ante 
la  siguiente  realidad:  Torres  y  Valdés  fueron  dos  amigos  de  Juan  Ló- 
pez de  Velasco.  El  primero,  llamado  Francisco  de  Torres,  fué  el  es- 
cribano ante  quien  otorgó  testamento;  y  el  segundo,  Juan  de  Valdés 
(muy  distinto  del  heresiarca)  es  uno  de  los  albaceas;  era  licenciado 
en  Derecho  y  vivía  en  la  calle  de  Atocha,  cerca  de  la  iglesia  de  San 
Sebastián,  de  Madrid. 

Velasco  otorgó  testamento  cerrado  el  L®  de  Mayo  de  1598  ante 
Francisco  de  Torres.  Murió  el  3  de  Mayo  del  mismo  año  en  la  Corte. 
Se  abrió  su  testamento  el  día  13  ante  Gonzalo  Fernández,  entre  cuyos 
protocolos  se  halla  el  referido  testamento  con  la  firma  autógrafa  de 
Velasco.  Nombró  albaceas  y  testamentarios  al  Rvdo.  P.  Juan  García, 
su  confesor  y  rector  del  Colegio  de  los  Padres  Jesuítas  de  la  calle  de 
Toledo  (hoy  San  Isidro);  al  doctor  Miguel  de  Mena,  al  licenciado 
Juan  de  Valdés,  abogado  de  Madrid,  y  a  Francisco  de  Tébar,  para 
que  dos  de  ellos,  o  los  tres,  o  los  cuatro  lo  hagan  cumplir. 

Fué  célibe,  y  no  teniendo  herederos  forzosos,  dejó  por  principal 
heredera  a  su  propia  alma,  con  algunos  sufragios  y  memorias  pías 
que  luego  se  indicarán.  Establece  un  memorial  de  la  hacienda  y 
deudas  que  tenía,  y  sobre  la  forma  de  cumplir  las  mandas.  Con  ha- 
ber muerto  siendo  Secretario  de  Hacienda  de  Felipe  II,  puede 
decirse  que  murió  pobre.  Dice  que  300  ducados  aproximadamente 
le  pertenecían  de  una  procuración  de  que  se  le  había  hecho  merced 
en  Lima  a  él  y  al  contador  Alonso  Juárez,  casado  con  D.a  Juana 
de  Torres,  que  parece  ser  hermana  del  escribano  Francisco  de  To- 
rres. Añade  que  tiene  3.500  ducados  en  poder  de  Juan  Pascual, 
parte  de  los  cuales  son  quinientos  ducados  de  juro  de  por  vida, 
«cuyo  privilegio  se  despachó  a  disposición  de  Bobadilla,  y  me  lo 
renunció,  y  el  privilegio  y  renunciación  está  en  mi  escritorio  pe- 


8  SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS» 

queño;  y  este  dinero  procedió:  los  mili  y  quatrocientos  ducados, 
de  lo  que  su  Magestad  me  ha  pagado  de  mi  salario,  y  de  los 
mili  de  que  me  hizo  recompensa  por  haber  servido  todo  el  oficio, 
con  salario  de  uno,  de  los  dos  Secretarios  (1);  y  los  dos  mili  ducados, 
de  lo  que  vino  de  las  Indias  procedido  del  oficio  del  sello  y  registro 
del  nuevo  reino  de  Granada;  y  vino  ocho  meses  antes  que  me  qui- 
tasen el  de  la  hacienda,  proveyéndolo  Dios  assi,  porque  sino  quedara 
sin  un  real  para  com2r  y  cargado  de  deudas.  Y  sabe  esto  el  Sr.  Luis 
Gaitán  de  Ayala  que  me  lo  cobró  en  Sevilla  y  me  lo  invió.  Háse 
de  hacer  la  quenta  con  Juan  Pascual,  y  acabarle  de  pagar  el  pre- 
cio de  este  juro,  con  los  réditos  corridos  dello,  con  otros  mili  duca- 
dos de  que  agora  su  Magestad  me  ha  hecho  merced,  o  como  a  mis 
testamentarios  pareciere».  (2). 

Deja  e!  importe  nominal  de  «lo  que  valieren  las  Escribanías  de 
los  Guardas  Mayores  de  los  montes  de  Madrid,  Escalona  y  Guada- 
lajara,  de  que  se  trata  pleito  ante  el  Sr.  León  en  el  Consejo  Real.» 

ídem:  < unas  casas  y  dos  huertos  que  tengo  en  Vinuesa,  que  val- 
drán como  300  ducados.  Mis  libros,  alhajas  y  aderezo  de  caza  y  el 
caballo,  que  será  mucho  si  todo  vale  quatrocientos  ducados,  que 
querría  se  vendiese  sin  hacer  almoneda  dello,  porque  no  es  para 
visto  en  casa  ni  en  la  plaza.» 

Felipe  II  le  había  nombrado  administrador  de  los  bienes  de  don 
Diego  de  Mendoza  que  éste  había  dejado  al  morir  (1575)  para  el 
Rey.  López  de  Velasco,  cuya  conciencia  debía  de  ser  delicadísima, 
con  haber  servido  sin  sueldo  tal  administración  durante  catorce 
años,  todavía  señala  entre  sus  deudas  «450  ducados,  poco  más  o  me- 
nos, en  que  soy  alcanzado  en  la  dicha  administración  de  los  bienes 
de  Don  Diego  de  Mendoza,  y  tiene  la  cuenta  y  finiquito  el  Sr.  An- 
tonio Boto  (3),  y  su  Magestad  debe  mandármelo  soltar  por  haber 
servido  aquella  administración  14  o  15  años  sin  salario  ni  recom- 
pensa^. 


(1)  Se  refiere,  naturalmente,  a  los  dos  oficios  de  Secretario  del  Consejo  de 
Indias  y  del  Consejo  de  Hacienda.  Y  esto  confirma  el  documento  antes  inserto. 

(2)  Sumadas  las  cifras  de  su  haber,  son  5.300  ducados,  y  no  se  sabe  qué 
significa  la  frase  de  «antes  que  me  quitasen  el  de  la  hacienda»,  pues  murió 
siendo  Secretario  como  se  dice  en  la  partida  de  defunción. 

(3)  Era  Guarda  joyas  del  Rey. 


SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS»     9 

Entre  sus  deudas  enumera  las  siguentes:  «Al  Sr.  Horatio  Doria, 
lo  que  él  dixere  que  le  debo  en  conformidad  de  una  carta  suya  que 
tengO;  que  son  sesenta  y  tantos  mili  maravedís». 

«Al  Sr.  Agustin  de  Cetina  debo  cien  ducados,  los  cinquenta  por 
un  mal  caballo  que  compró  para  mi,  y  los  otros  cinquenta  por  cuen- 
tas entre  los  dos;  y  si  quisiere,  que  sean  50  más... 

«Al  descargo  del  alma  de  Francisco  López  de  Velasco,  mi  herma- 
no, que  murió  en  el  nuevo  reino  de  Granada,  100  ducados  y  más  lo 
que  allí  me  deben  de  la  renta  o  derechos  del  Sello,  que  serán  como 
otros  setenta  ducados  que  debe  Juan  Párraga,  del  tiempo  que  lo 
sirvió»... 

Mandas. — «Viva  y  posea  Catalina  López,  mi  hermana,  las  casas  y 
huertos  que  yo  tengo  en  Vinussa,  por  su  vida;  y  después  della  sean 
del  Beneficiado  de  la  Iglesia  de  Vinuesa,  si  se  quisiere  encargar  de 
decir  cada  año  doce  misas  por  mi  y  por  mis  defunctos...;  y  si  el  Be- 
neficiado no  se  quisiere  encargar,  dé  las  misas  al  Cura,  y  si  éste  no 
aceptare,  al  sacristán  con  el  mismo  encargo». 

«De  lo  que  quedare  de  mi  hacienda...  se  den  a  mi  hermana  Ca- 
talina López  por  su  vida  100  ducados  cada  año  para  su  sustento...  y 
50  ducados  cada  año  a  Juan  Fernandez,  su  hijo,  para  vestirse  mien- 
tras no  se  fuere  a  las  Indias...  y  50  ducados  a  P.o  Fernandez,  su  her- 
mano, por  una  vez  para  amarre  a  las  Indias,  si  ya  no  fuere  ido  (1)»..* 

«Lo  que  más  quedare  de  la  renta  del  juro,  y  lo  que  vacare  des- 
tas  mandas,  se  reparta  cada  año  entre  los  más  pobres  de  Vinuesa,  por 
la  orden  y  forma  que  tengo  tratado  con  los  tres  testamentarios  pri- 
meros». 

(Siguen  otras  mandas  para  dote  de  las  hijas  de  su  hermana  Ca- 
talina, y  otras  para  los  criados  del  testador). 

Restituciones  de  libros  (al  margen). 

«Los  libros  que  se  han  traído  para  la  corrección  de  las 
obras  de  San  Isidoro,  que  estuvieren  en  mi  poder,  y  los  que 


(1)  Estos  dos  sobrinos  de  Velasco  nacieron  también  en  Vinuesa;  Pedro, 
el  18  de  Agosto  de  1577;  y  Juan  ei  24  de  Enero  de  1581.  Cf.  Arch.  Parroquial  de 
Vinuesa,  lib.  2.»,  fol.  29. 


10         SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS» 

hubiere  el  Sr.  Qrial  (1)  que  se  han  de  cobrar  de  él,  y  un  Fue- 
ro Juzgo  del  Secretario  Zurita,  que  tiene  el  señor  licenciado 
Ramirez,  se  han  de  restituir  a  sus  dueños»  (2). 

«Al  Guardajoyas  de  su  Magestad  [Antonio  Boto]  se  han 
de  restituir  los  libros  de  Juan  Paez  (3)  y  otros  tocantes  a  In- 
dias que  se  me  dieron  prestados». 

«Hánse  de  entregar  [¿también  al  Guardajoyas?]  los  pape- 
les de  don  Diego  de  Mendoza  todos,  salvo  las  obras  de  poe- 
sía que  son  mias  y  la  Historia  de  la  guerra  de  Granada  que 
está  en  unos  cuadernos  de  letra  de  Juan  Vázquez»  (4). 

«Los  libros  de  mathematicas  que  pareciere  haber  sido  del 
buen  Antonio  Gracian,  se  vuelvan  a  su  hermano  Thomas 
Gracian»... 

«Hase  de  suplicar  a  su  Magestad  que  por  lo  que  serví  en 
los  officios  de  Indias,  en  que  hice  dos  libros  de  mucha  im- 
portancia, y  la  Recopilación  de  las  cosas  proveídas  hasta 


(1)  Ya  se  ha  visto  anteriormente  que  /uan  Grial  fué  el  impresor  y  prolo- 
guista de  las  obras  de  S.  Isidoro,  y  que  hace  un  gran  elogio  de  López  de  Ve- 
lasco. 

(2)  Esto  prueba  que  López  de  Velasco  había  sido  amigo  de  Jerónimo  Zuri- 
ta fallecido  el  año  1580;  y  no  sería  extraño  que  el  ejemplar  del  Diálogo  de  las 
lenguas  que  se  halló  entre  los  papeles  de  Zurita  le  hubiera  sido  enviado  por 
Juan  López  de  Velasco,  pues  entre  aquellos  eruditos  solía  haber  préstamos 
frecuentes  y  consultas  de  libros. 

(3)  Esos  libros  de  Páez  de  Castro  se  hallan  en  el  Escorial.  Véase  mi  Catá- 
logo de  los  Códices  españoles  del  Escorial.  Madrid,  1917. 

(4)  Ese  Códice  de  la  Guerra  de  Granada,  de  letra  de  Juan  Vázquez  del  Mar- 
mol, se  halla  en  el  Escorial  (h-IIl-7);  coincide  exactamente  con  la  letra  de  otro 
Códice  autógrafo  del  mismo  Vázquez  del  Mármol  (L-III-24),  con  las  observacio- 
nes al  libro  de  Velasco  Ortographia  y  pronunciación  castellana  existentes  en  el 
Códice  k-III-8,  donde  se  halla  el  ms.  del  Diálogo  de  las  lenguas  y  también 
con  la  letra  de  algunos  pliegos  del  ejemplar  del  Diálogo  del  Museo  de  Londres. 
Prueba  evidente  de  que  Juan  López  de  Velasco  se  sirvió  con  frecuencia  de  la 
letra  primorosa  de  su  amigo  Vázquez  del  Mármol. 

La  Guerra  de  Granada  fué  impresa  en  Madrid  el  año  1610,  y  en  Lisboa  el 
año  1617  por  Luis  Tribaldos  de  Toledo.  Algunos  han  dudado  que  fuese  escri- 
ta por  D.  Diego  de  Mendoza.  Hay  motivos  para  dudar. 

El  ms.  de  las  Poesías  no  se  halla  en  el  Escorial.  Hay  un  ejemplar  ms.  en 
la  Librería  de  Florencia.  Clase  8,  n.»  354.  También  exite  otro  ejemplar  ms.  en 
París,  según  dice  Ochoa  en  sus  Manuscritos  españoles  de  la  B.  Real  de  París; 
pág.  532.  Se  publicaron  el  1610  en  Madrid  por  Díaz  Hidalgo  con  muchos  de- 
fectos, según  testimonio  de  los  colectores  del  Parnaso  Español;  Madrid,  1770; 
T.  IV,  pág.  XIX. 


SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGÜAS>  1 1 

el  fin  de  la  visita  de  Juan  de  Ovando,  de  lo  qual  todo  no  es- 
toy gratificado,  que  su  Majestad  se  sirva  de  liacerme  merced 
de  mandar  proveer  a  estos  dos  sobrinos  en  algunos  offícios 
de  Indias,  o  como  fuere  servido,  en  especial  al  mayor,  para 
que  vivan  y  sirvan,  ya  que  yo,  por  hacer  el  deber,  no  adquirí 
qué  poderles  dexar;  y  assi  mismo  se  le  suplique  haga  mer- 
ced a  los  demás  mis  deudos,  representándole  mis  servicios, 
y  que  dexo  una  hermana  muy  pobre  con  muchos  hijos  y  so- 
brinos de  otra  hermana  defuncta,  y  la  merced  que  S.  M.  hi- 
ciere se  reparta  entre  todos»  (1). 

«Doscientos  ducados  a  la  Compañía  de  Jesús  de  esta  Villa 
de  Madrid,  a  que  suplico  me  den  sepultura  en  su  Iglesia;  y 
si  no  me  la  quisieren  dar,  sea  mi  cuerpo  sepultado  en  el  mo- 
nasterio de  la  Concepción  Francisca  de  esta  Villa,  quedando 
en  qualquier  suceso  los  doscientos  ducados  para  la  Compa- 
ñía de  Jesús»... 

«A  un  hermano  que  tengo  en  Quito,  se  le  envíen  los  dos- 
cientos ducados  que  tengo  en  poder  de  Pedro  Villamor,  que 
son  suyos,  de  que  hay  escritura  en  mi  poder». 

«Restituyase  un  Vocabulario  Latino-Aragonés  a  D.  Miguel 
Gort,  hijo  del  Secretario  Gort>... 

«Dése  la  Biblia  de  Vatablo  pequeña  al  P.  Juan  Qarcia,  mi 
confesor  y  testamentario»  (2). 

«Los  Señores  Doctor  Mena  y  Licenciado ytíarz  de  Valdes, 
mis  testamentarios,  escoxan  entre  mis  libros  cada  dos  los  que 
les  pareciere». 


(1)  De  todas  las  cláusulas  del  testamento,  quizás  sea  ésta  la  más  importan- 
te para  la  Historia;  porque  confirma  y  ratifica  lo  que  anteriormente  se  ha  ex- 
puesto: que  Juan  López  de  Velasco  fué  quien  hizo  la  recopilación  de  las  fa- 
mosas Leyes  de  Indias,  y  acompañó  a  Ovando  en  la  visita  que  por  orden  del 
Rey  hizo  a  América. 

En  efecto,  entre  los  papeles  de  Velasco  existentes  en  el  Escorial  y  aun  en 
el  mismo  Códice  donde  está  el  Diálogo  de  las  lenguas,  hay  algunas  Relaciones 
sobre  América  que  llevan  este  título  de  López  de  Velasco:  Papeles  del  tiempo 
de  la  Visita.  Y  ya  queda  demostrado  que  Velasco  fué  el  encargado  de  Felipe  II 
de  recoger  las  Relaciones  sobre  Indias,  lo  mismo  que  las  de  España. 

(2)  Este  Padre  jesuíta  fué  Rector  del  Colegio  de  Madrid,  Provincial  de  la 
de  Toledo,  y  murió  en  Alcalá  el  año  1607.  Siendo  Rector  del  Colegio,  desem- 
peñó el  cargo  de  Consultor  del  Consejo  Supremo  de  la  Inquisición,  según  tes- 
timonio del  P.  Cristóbal  de  Castro  en  su  Historia  ms.  del  Colegio  de  Alcalá. 
— «Nota  que  me  remite  el  ilustre  jesuíta  P.  Federico  Cervós». 


12         SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS» 

«Hágase  Memoria  de  mis  papeles  de  curiosidad,  y  mués- 
trese a  SU  Magestad  para  que  se  sirva  de  los  que  quisiere...» 
[Firma  autógrafa  de  Juan  López  de  Velasco.] 

Tal  es  el  breve  extracto  del  testamento  de  este  insigne  y  casi 
desconocido  escritor  clásico.  La  cláusula  última,  presta  no  pequeña 
luz  para  nuevas  investigaciones.  Porque,  si  bien  es  cierto  que  hasta 
el  presente  no  se  ha  podido  hallar  ese  Memorial  o  Catálogo  de  los 
papeles  que  dejó  al  morir,  y  que  debieron  inventariar  sus  albaceas 
y  testamentarios  para  entregarlo  a  Felipe  II  y  que  éste  «se  sirviese 
de  los  que  quisiere»,  no  es  menos  cierto  que  la  inmensa  mayoría  de 
esos  papeles  de  curiosidad,  donde  indudablemente  se  incluiría  el 
Diálogo  de  las  lenguas,  se  hallan  en  esta  Biblioteca  Escurialense.  En 
varios  Códices,  y  con  letra  suya,  se  lee  con  frecuencia  esa  misma 
frase  de  su  testamento:  <papeles  de  curiosidad*  (1). 

Partida  de  defunción.— Es  tan  breve  como  interesante.  El  día  l.o 
de  Mayo  de  1598  habla  hecho  testamento  cerrado  ante  el  escribano 
real  llamado  Francisco  de  Torres.  El  3  de  Mayo  del  mismo  año,  des- 
pués de  recibir  los  Sacramentos  de  la  Iglesia,  falleció  en  la  calle  de 
Toledo  en  casa  de  Simón  López.  Fué  enterrado  en  la  Iglesia  de  los 
Padres  Jesuítas  de  la  misma  calle  de  Toledo,  hoy  San  Isidro.  Se 
abrió  su  testamento  el  13  de  Mayo  ante  el  Escribano  Gonzalo  Fer- 
nández. Como  no  tenía  herederos  forzosos,  dejó  por  heredera  a  su 
propia  alma,  y  la  disposición  de  su  entierro,  sacrificios  y  sufragios  a 
voluntad  de  sus  testamentarios.  Eran  éstos,  según  el  orden  que  se 
establece  en  la  partida  de  los  libros  parroquiales  de  San  Justo  y  Pas- 
tor, los  siguientes:  el  Doctor  Miguel  de  Mena  que  vivía  en  la  calle 
de  la  Paja  en  casa  propia;  el  Licenciado  Juan  de  Valdés  que  vivía  en 
la  calle  de  Atocha  junto  a  la  Iglesia  de  San  Sebastián  en  casa  del  al- 


(1)  Véanse  los  Códices  L-I-12,  L-I-13,  L-I-14,  L-I-15.  Con  estos  Códices  y 
con  el  K-in-8,  donde  se  halla  el  Diálogo  de  las  lenguas,  debieron  venir  también 
los  escritos  del  Dr.  Páez  de  Castro  que  Velasco  utilizó  y  mandó  que  se  entre- 
garan al  Guardajoyas  del  Rey.  La  encuademación  de  varios  Códices  es  en  per- 
gamino de  aquel  tiempo.  Quizá  en  alguno  de  los  incendios  que  ha  sufrido  la 
Biblioteca  de  El  Escorial,  se  habrán  perdido  otros,  juntamente  con  el  registro 
de  las  entradas.  Por  eso,  en  muchos  casos,  se  hace  imposible  constatar  las 
procedencias. 


SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS»  13 

calde  Otaola;  el  P.  Juan  García,  de  la  Compañía  de  Jesús;  y  Francis- 
co de  Tebar  que  vivía  en  la  calle  del  Prado  en  casa  propia  (1).  Que 
a  la  hora  de  su  muerte  seguía  siendo  Secretario  del  Consejo  de 
Hacienda,  se  deduce  del  encabezamiento  de  la  misma  partida  de 
defunción,  que  dice:  «En  3  de  Mayo  de  1598  años  murió  el  Secre- 
tario Juan  López  de  Velasco.  Recibió  los  S.*°s  Sacramentos.  Enterró- 
se en  la  Compañía  de  Jhs....> 

Según  el  tenor  de  esta  partida  y  del  testamento,  se  ve  que  el  no- 
tario o  escribano  de  López  de  Velasco  se  llamaba  Francisco  de  To- 
rres, y  uno  de  sus  testamentarios  Juan  de  Valdés,  que  aún  vivían 
cuando  murió  Velasco.  Como  los  dos  principales  personajes  espa- 
ñoles que  figuran  en  el  Diálogo  de  las  lenguas  se  apellidan  Valdés  y 
Torres...  se  deja  al  discreto  lector  que  deduzca  las  consecuencias 
que  estime  convenientes.  Por  de  pronto,  parece  que  caen  por  tierra 
todas  las  fantasías  inventadas  por  algunos  críticos,  para  hacer  coinci- 
dir y  encajar  los  apellidos  Valdés  y  Torres  en  personajes  del  primer 
tercio  del  siglo  XVI,  en  que  suponían  haberse  escrito  el  Diálogo. 
¡Cuánto  tiempo  se  ha  gastado,  y  cuánta  tinta  se  ha  vertido  con  tales 
suposiciones,  que  han  pasado  por  eruditas  e  ingeniosas! 

Pero  no  es  esto  solo,  sino  que  ahora  empiezan  otras  pruebas  más 
directas  en  demostración  de  la  tesis  afirmativa. 

Pedagogo.— Qul^n  haya  leído,  o  siquiera  hojeado,  el  libro  que 
Juan  López  de  Velasco  publicó  en  Burgos  el  año  1582  sobre  la  Or- 
tografía y  pronunciación  castellana,  habrá  notado  desde  el  prólogo 
y  dedicatoria  a  Felipe  II,  que  el  fin  principal  de  él  fué  dar  unidad  al 
lenguaje  español  con  las  reglas  que  establece  para  escribirlo  y  pro- 
nunciarlo. El  mismo  objeto  se  nota,  aunque  en  forma  distinta,  en  la 
parte  que  a  la  ortografía  se  dedica  en  el  Diálogo  de  las  lenguas.  Am- 


(1)  Véase  Libro  de  difuntos  de  la  Parroquia  de  San  Justo  y  Pastor;  desde  el 
año  1597  a  1608.  No  está  foliado;  pero  corresponde  al  fol.  25  v.  En  la  hoja  si- 
guiente se  halla  la  breve  Memoria  pía  de  que  trata  en  su  testamento,  y  consis- 
te en  que  las  casas  y  huertos  que  tenia  en  Vinuesa  pasasen  a  poder  de  su  her- 
mana Catalina,  viuda  de  Fernández,  y  a  la  muerte  de  ésta  a  la  Parroquia  de 
Vinuesa,  con  la  obligación  de  celebrar  doce  misas  al  año  por  los  difuntos  del 
testador.  La  Parroquia  de  los  Santos  Justo  y  Pastor  se  hallaba  entonces  en  la 
que  es  hoy  Iglesia  Pontificia  de  San  Miguel,  contigua  al  Palacio  Episcopal. 


14         ¡SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS» 

bos  libros  son  completamente  didácticos,  y  ambos  suponen  una 
gran  preparación  y  vanados  conocimientos  etimológicos  sobre  los 
orígenes  y  desarrollos  de  la  lengua  española;  porque  obras  de  esa 
índole  no  se  improvisan. 

Parecía  natural  que  su  autor  tuviese  apuntes  previos  sobre  esas 
materias;  y  que  se  confirmase  lo  que  en  el  Diálogo  de  las  len- 
guas (fol.  10  V.)  se  dice  de  su  autor:  «le  tengo  por  tal,  que  ninguna 
cosa  escribe  sin  fundamento,  y  apostaría  que  tiene  en  sus  papeles 
notadas  algunas  cosillas  sobre  esta  materia  de  que  le  queremos 
hablar.  Esto  creo  assi,  porque  no  vi  en  mi  vida  hombre  más  amigo 
de  escribir;  siempre  en  su  casa  está  hecho  un  scriptor  de  poyo,  la 
péñola  en  la  mano;  tanto,  que  creo  escribe  de  noche  lo  que  hace  de 
día.  y  de  día  lo  que  sueña  de  noche.» 

Así  resulta,  efectivamente,  registrando  uno  de  los  Códices  de 
esta  Biblioteca  que  le  pertenecieron,  y  donde  se  ve  varias  veces  con 
su  letra,  su  firma  (1).  En  este  Códice,  no  sólo  se  leen  algunas  cosillas 
sobre  las  mismas  materias  de  que  trata  en  la  Ortografía  y  en  el  Diá- 
logo, sino  apuntes  importantísimos  de  cuestiones  pedagógicas  y  filo- 
lógicas del  mismo  autor. 

Cuando  éste  fué  encargado  de  ordenar  y  recoger  las  Relaciones 
histórico -geográficas  de  los  pueblos  de  España  y  América,  debió  de 
quedar  sorprendido  y  como  avergonzado  de  la  incultura  popular, 
ante  los  detestables  caracteres  de  letras  que  hoy  mismo  cuesta  ím- 
probo trabajo  descifrar  a  los  más  peritos  paleógrafos.  Los  mismos 
hombres  doctos,  en  su  inmensa  mayoría,  tampoco  se  preocupaban 
mucho  de  dar  fíjaza  al  modo  de  escribir  y  pronunciar  el  español, 
cosa  que,  con  razón,  nos  reprochaban  los  extranjeros.  López  de  Ve- 
lasco  se  lamenta  de  ello  en  el  prólogo  de  su  Ortografía  y  pronun- 
ciación castellana,  libro  aprobado  para  los  reinos  de  Castilla,  Aragón 
y  Portugal.  Pero  la  rutina  y  el  capricho  de  seguir  escribiendo  cada 
cual  según  su  talante,  hizo  comprender  a  Velasco  que  la  reforma  pe- 
dagógica resultaría  estéril  si  no  se  empezaba  por  someter  a  examen 
previo  a  los  maestros  de  escuela.  El  abandono  de  éstos  era  imper- 
donable. Los  niños  salían  de  las  escuelas  tan  ignorantes  como  sus 
improvisados  maestros  de  pane  lucrando.  La  enseñanza  era  dema- 


(1)    Cf.  B.  Esc,  L.-I-13.— Folio  may.  289  hojas. 


SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS»         15 

siado  libre,  tan  libre  que  bien  podía  asegurarse  que  no  existía  tal  en- 
señanza elemental.  Cualquier  remendón,  como  dice  Velasco  con  cier- 
ta gracia,  podía  abrir  escuela  donde  quisiera,  para  cobrar  sin  ense- 
ñar. El  Estado  no  se  inmiscuía  en  esos  menesteres.  Los  padres  de 
familia  pagaban  a  los  maestros  cuando  querían  pagarles.  Y  los  maes- 
tros se  vengaban,  enseñando  poco  y  mal  a  los  que  poco  y  mal  pagaban. 

Ante  ese  estado  de  cosas,  Velasco  propuso  en  1587  a  Felipe  II, 
por  conducto  de  García  de  Loaisa,  maestro  del  Príncipe,  un  proyec- 
to o  memorial  de  reformación  para  someter  a  examen  a  los  maestros 
de  escuela,  principalmente  en  Madrid,  donde,  según  el  informe,  ape- 
nas podrían  hallarse  doce  muchachos  que  supieran  escribir  y  leer  co- 
rrectamente. Es  tan  grave  ese  documento,  que  merece  se  copien  al- 
gunas cláusulas  para  la  triste  historia  de  nuestra  pedagogía: 

«Si  para  enseñar  un  caballo,  con  ser  un  animal,  se  busca  el  me- 
jor picador  que  se  halla,  justo  es  que  se  considere  cuánto  más  im- 
porta la  enseñanza  y  crianza  de  los  niños  en  su  tierna  edad...  Res- 
pecto de  lo  dicho,  y  de  no  haber  tenido  las  Justicias  destos  Reynos, 
a  cuyo  cargo  ha  sido  el  poder  poner  remedio  en  esto,  el  cuidado  que 
convenía,  hay  en  Madrid  las  peores  escuelas  de  España.  Lo  uno,  por- 
que cualquier  remendón  pone  escuela  cuando  y  como  le  parece,  sin 
tener  letras,  ni  habilidad,  ni  examen,  ni  licencia:  Y  lo  otro  porque 
como  aquí  hay  tanta  variedad  de  gentes  y  tanta  suma  de  muchachos, 
no  ha  habido  nadie  que  haya  reparado  en  esto,  ni  se  atiende  a  más 
de  que  cada  uno  embía  sus  hijos  a  la  escuela  más  cercana,  sea  buen 
maestro  o  malo.  De  que  ha  resultado  salir  todos  remendones...  Y  en 
tanto  es  esto  verdad,  que  no  se  hallará  en  todas  las  escuelas  de  Ma- 
drid una  docena  de  muchachos  que  se  pueda  decir  que  escriban 
bien,  ni  que  puedan  sus  padres  sacarles  dellas  y  ponerlos  en  un  offi- 
cio  de  papeles  honrrado,  donde  puedan  pasar  adelante.» 

«Y  menos  se  hallará  que  ningún  muchacho  sepa  leer  perfecta- 
mente romance  ni  tirado;  aunque  ande  muchos  años  a  la  escuela, 
respeto  de  que  no  les  toman  liciones  los  maestros,  no  les  enseñan  con 
la  puntualidad  y  curiosidad  que  debían,  ni  asisten  en  sus  oficios  las 
horas  y  tiempo  que  se  requiere.  Antes,  por  descargarse  y  relevarse 
de  trabajo,  los  someten  a  unos  mozos  que  tienen,  que  llaman  ayu- 
dantes, los  cuales  vienen  asimismo  a  deprender  a  sus  escuelas  y  sa- 
ben tan  poco  como  los  demás...  etc.,  etc.,  etc.» 


16         SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS» 

Felipe  II;  después  de  reflexionar  sobre  tan  grave  y  magna  cues- 
tión que  afectaba  a  las  entrañas  vivas  del  reino,  mandó  reunir  el  Con- 
sejo de  Estado  en  Agosto  de  1587,  acordando  que  López  de  Velas- 
co,  que  había  señalado  la  llaga,  propusiese  los  remedios  para  cu- 
rarla. 

Ni  corto  ni  perezoso,  como  en  todos  los  asuntos  en  que  intervi- 
no, escribió  una  *  Instrucción  para  examinar  los  Maestros  de  escuela 
de  la  lengna  castellana  y  enseñar  a  leer  y  escrevir  los  niños>.  Los  ar- 
tículos principales  de  esa  instrucción,  están  tomados  casi  al  pie  de 
la  letra  de  su  libro  sobre  la  Ortografía  y  pronunciación  castellana, 
según  he  podido  comprobar  por  un  minucioso  cotejo.  Pero,  además, 
por  orden  del  Consejo,  extendió  la  minuta  de  la  Pragmática  que 
acerca  del  particular  había  de  suscribir  el  Rey  para  reforma  tan  ne- 
cesaria. 

En  esa  minuta  proponía  Velasco  que  todos  los  aspirantes  a  maes- 
tros viniesen  a  Madrid  para  ser  examinados  por  el  Tribunal  que  se 
nombrase.  Pero  tal  centralismo  pedagógico  no  satisfizo  al  Consejo 
ni  al  Rey,  y  se  acordó  el  término  medio  de  que  fueran  examinados 
en  cada  diócesis  y  vinieran  a  la  corte  los  que  quisieran  ser  en  ella 
examinados.  Tal  resolución  fué  comunicada  a  López  de  Velasco 
el  29  de  Agosto  de  1587  por  conducto  del  Secretario  Mateo  Váz- 
quez y  por  Juan  Vázquez  del  Mármol,  añadiendo  que  aquél  se  en- 
tendiese para  tal  fin  con  D.  Pedro  Portocarrero,  Presidente  del 
Consejo. 

En  el  borrador  que  López  de  Velasco  dejó  sobre  este  asunto, 
añade  él  mismo  esta  nota:  «Remitióse  el  2Q  de  Agosto  1587  al 
Conde  de  Barajas,  de  mano  del  Secretario  Matheo  Vázquez.  Su  Ma- 
gestad  dice  que  esto  es  de  consideración  para  mirar  lo  que  conven- 
drá proveer.  |  Y  habiéndome  llamado  el  Presidente,  se  vio  el  me- 
morial en  el  Consejo  y  se  decretó:  «Juan  López  de  Velasco  acuda 
al  Sr.  Don  Pedro  Portocarrero  con  este  memorial  |  .  Mármol  |  .> 
Habiéndole  hablado  y  conferido  el  negocio,  le  di  el  parecer  desta 
otra  hoja  en  limpio  de  letra  de  Gaspar,  criado  del  Licenciado  Lagu- 
na, y  el  memorial  juntamente...  de  Junio  1588.>  (1). 


(1)    Cf.  B.  Esc,  L-I-13,  fols.  249-267.  En  la  cubierta  de  guarda  de  este  cua- 
derno, pone  López  de  Velasco  este  título  de  su  mano:  ^Papeles  de  curiosidad, 


SOBRE  BL  YBRDADEBO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAB  LENGUAS»         17 

Filólogo. — Si  López  de  Velasco  trabajó  tanto  por  la  reforma  de 
los  fundamentos  de  la  lengua  castellana,  mucho  más  hizo  todavía 
por  su  desarrollo  y  perfección  como  filólogo.  Es  este  un  punto  que 
merecería  mayor  amplitud  de  exposición  y  análisis. 

En  el  Diálogo  de  las  lenguas  se  observa  el  empeño  del  autor  en 
buscar  el  origen  de  muchos  vocablos  castellanos.  Puede  decirse  que 
es  el  primer  libro  que  tenemos  de  filología  comparada,  donde  se 
trata  (con  mayor  o  menor  fortuna)  de  palabras  procedentes  del  grie- 
go, hebreo,  árabe,  latín,  italiano  y  francés.  Pues  en  ese  mismo  Có- 
dice que  perteneció  a  Velasco,  existe  variedad  de  apuntes  sobre  la 
misma  materia,  y  además  una  lista  de  libros  italianos  que  versan 
acerca  del  origen  de  la  lengua  vulgar,  entre  ellos  el  Cortesano  de 
Castiglione,  y  la  Prosa  del  Cardenal  Rembo,  en  las  cuales  sin  duda 
se  inspiró  Velasco. 

Un  ejemplo,  de  los  muchos  que  pudieran  citarse.  En  el  Diálo- 
go (pág.  92,  edic.  de  1873)  se  dice:  <Sayon  por  verdugo  se  usa  mu- 
cho; pero  es  mejor  vocablo  verdugo.*  En  el  Códice  de  que  venimos 
hablando  hay  un  cuaderno  que  tiene  este  título:  *Etimologie  verbo- 
rum  hispanorum.  Empiezan  esos  apuntes  por  la  palabra  sayón,  y 
dice:  «Deste  nombre  se  usa  en  España  por  ministro  de  justicia,  aun- 
que vil  y  bajo.  Parece  que  su  deducción  viene  desde  tiempo  de  los 
Godos,  porque  según  parece  por  las  Varias  de  Casiodoro,  era  offi- 
cio...  etc.,  etc.  Salo  o  saius  parece  que  es  vocablo  de  los  francos, 
porque  en  la  lengua  dellos  saisir  quiere  decir  echar  las  manos;  y 
nosotros  decimos  asir.  V  assi,  saisir  en  la  lengua  de  los  franceses 
quiere  decir  aciio  vindicandi.  El  saisir  y  el  asir  nuestro  viene  de 
ansa,  latino. >  (1).  Siguen  las  Etimologías  comparadas,  en  número 
considerable. 

En  el  mismo  Códice  (fol.  182  al  186)  hay  un  Catálogo  de  *Libros 
de  romance  para  la  Librería  de  San  Lorenzo.*  Firma  ese  Catálogo 
Juan  López  de  Velasco.  Y  entre  esos  libros  que  había  adquirido  por 


con  lo  de  los  maestros  de  escuela.»  Por  la  nota  anteriormente  copiada,  se  ve 
que  otro  de  los  amanuenses  de  López  de  Velasco  era  un  tal  Gaspar,  criado  del 
Licenciado  Laguna.  La  misma  clase  de  letra  abunda  en  otros  Códices  que  per- 
tenecieron a  Velasco,  incluso  en  el  K-III-8,  donde  se  halla  el  Diálogo, 
(1)    Cf.  B.  Esc,  L-I-13,  fol.  230  al  243. 


18         SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS» 

orden  del  Rey  para  El  Escorial,  suele  dar  preferencia  a  los  italianos. 
Cosa  rara.  Entre  esos  libros  se  hallan: 

« — El  Cortesano,  traduzido  por  Boscan,  año  1549.  En  4.o  y  perg.» 

« — Prose,  di  monsignor  Bembo.  Venecia,  1540.  8.o  y  perg.» 

<—Fondamenti  del  parlar  Thoscano,  di  Rinaldo  Corso  (s.  a.). 
8.0  y  perg.» 

€—Oservatione,  di  Lodovico  Dolce,  a  la  Lingua  volgare.  Vene- 
cia, 1560.  8.°  y  perg.> 

<—UOsetvatione  de  la  Lingua  Volgare,  di  diversi  homini.  Vene- 
(jia,  1565,  8.®,  perg.» 

*  —La  richesse  della  Lingua  Volgare,  di  Fran.co  alumno  en  Vene- 
cia, 1555.  Folio,  perg.» 

€'—Ortographía  della  Lingua  Volgare.,.  Venecia,  1568,  8.°,  perg.» 

Entre  esos  libros  hay  también  varios  diálogos  en  italiano,  como 
el  de  Gabriel  Simeone,  florentino,  Guillermo  Bobillo,  y  el  médico 
León  Hebreo.  Sólo  falta  el  de  Benedicto  Varchi,  Dialogo  delle  Lin- 
gue,  donde  más  directamente  ya  se  ha  visto  que  se  inspiró  López 
de  Velasco.  Pero  ya  se  cuidaría  éste  de  reservarse  para  sí  ese  libro, 
cuya  sinonimia  podría  delatar  el  suyo. 

Cuándo  y  dónde  adquirió  Velasco  esos  libros  que  tratan  de  filo- 
logía comparada  para  remitirlos  a  El  Escorial,  no  es  fácil  averiguar- 
lo, porque  el  Catálogo  no  tiene  fecha.  El  libro  más  moderno  es  del 
año  1576. 

Si  Velasco  trajo  en  varias  ocasiones  libros  para  esta  Biblioteca, 
también  sacaba  algunos  cuando  los  necesitaba,  con  permiso  del 
Rey.  Al  final  de  la  anterior  lista  mencionada  hay  ocho  libros  fran- 
ceses, que  Velasco  dice  haber  tomado  prestados  de  El  Escorial.  V  es 
curioso  que  el  primer  libro  de  esa  lista  es  <El  Cortesano,  traducido 
al  francés,  impreso  en  París  el  año  1540,  en  16.^,  cartones  y  cuero 
bayo>. 

Merece  llamarse  la  atención  sobre  que  en  el  mismo  Códice 
(fols.  189  a  213)  existe  un  Vocabulario  trilingüe  (español,  árabe,  lati- 
no), y  que  en  el  margen  derecho  y  transversal  de  la  primera  hoja 
vuelta  se  lee:  « Yo  Juan  López  de  Velasco.^  Siguen  dos  rúbricas  del 
mismo  y  estas  palabras:  «Puerto  de  mar.»  El  Vocabulario  no  está 
completo.  Son  algunos  centenares  de  palabras  curiosas  y  raras,  con 
sus  correspondientes  arábigas  y. latinas.  No  parece  formado  con  la 


SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS»         IQ 

idea  de  un  Diccionario,  sino  para  esclarecimiento  de  algún  libro,  a 
guisa  de  apuntes.  A  veces,  tras  las  palabras  españolas  suprime  las 
arábigas  o  latinas,  y  pone  su  equivalencia  griega.  Otras  veces,  des- 
pués de  la  significación  árabe  y  griega,  explica  la  palabra  castellana 
y  hace  historia  de  ella,  como  en  el  caso  siguiente: 

^Estoraque  líquido,..  Estas  maneras  de  estoraque  nazen  en  cierta 
parte  de  las  Indias,  en  la  ciudad  Balachsa,  en  especial  lo  que  dicen 
calamita;  y  es  tan  fino  antes  que  lo  falseen,  que  si  lo  ponen  a  las  na- 
rizes,  o  si  echan  cantidad  de  una  lenteja  dello  en  el  fuego,  es  un 
olor  tan  penetrativo,  que  no  ay  quien  lo  pueda  sufrir,  a  estar  en  la 
pieza  donde  se  quema;  y  tura  por  muchos  días  alli  aquel  olor,  que 
nunca  se  pierde  de  aquel  lugar  donde  lo  enzendieron.»  (Fol.  192.) 
Con  la  particularidad  de  que,  siempre  que  tiene  ocasión  de  lo  que 
ha  visto  en  las  indias,  lo  introduce  explicando  esas  palabras,  como 
al  tratar  de  los  ^Clavos  de  giroflé  que  nazen  en  las  Indias»;  y  añade 
que  los  mejores  son  los  de  las  Malucas  y  otras  islas  que  van  alrede- 
dor de  ellas.  «El  árbol  en  que  el  dicho  clavo  naze  es  propio  como 
el  árbol  de  boj,  y  son  las  hojas  como  las  del  árbol  de  la  canela. 
Cuando  los  dichos  clavos  comienzan  a  madurar,  tienden  aquellos 
indios  unas  mantas  debaxo  del  árbol,  y  varean  con  cañas  el  dicho 
árbol,  y  alli  lo  coxen...»  Ese  Vocabulario  llega  hasta  la  letra  n  inclu- 
sive. Siguen  varios  folios  en  blanco,  y  hasta  el  final  de  Códice  se 
hallan  diversidad  de  apuntes  sobre  etimologías  castellanas  proce- 
dentes del  griego,  hebreo,  árabe,  latín,  italiano,  etc.  En  la  portada 
de  guarda  hay  este  título:  Etimológico  castellano. 

Debe  notarse  que  en  esas  etimologías  existen  también  muchas 
palabras  de  las  que  se  citan  y  comentan  en  el  Diálogo,  como  equívo- 
cas o  de  doble  sentido.  Entre  ellas  la  palabra  lonja,  que  sirvió  al 
autor  para  escribir  una  anécdota  sobre  cierto  caballero  y  otro  que 
parecía  judío.  «Lonja— dice  (1) — llama  el  español  a  algún  cierto  lu- 
gar diputado  para  pasear,  y  dice  también  lonja  de  tocino.  — Marcio. 
Pues  se  hace  mención  de  tocino,  no  puede  ser  malo  el  dicho.  — Val- 
dés.  Estábase  una  vez  un  mancebo  paseándose  delante  de  la  casa 
de  una  señora  adonde  un  caballero,  por  estar  enamorado  de  la  se- 


(1)    Cf.  Diálogo f  págs.  98  y  99.  Por  cierto  que  los  impresos  citan  mal  ese 
pasaje,  como  tantos  otros.  Hacemos  la  cita  por  el  Ms.,  fol.  82. 


20        SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DB  LAS  LENGUAS» 

ñora,  se  solía  continuamente  pasear;  el  cual,  viendo  allí  al  mancebo, 
le  dijo:  «—Gentil-hombre,  ¿no  dejareis  estar  mi  lonja?*  El  otro, 
queriendo  hacer  del  palaciano,  le  respondió:  «—¿Cómo  lonja?  Se 
que  no  es  de  tocino.*  El  otro  a  la  hora  le  replicó:  «—Si  de  tocino 
fuera,  segura  estaría  por  vuestra  parte.»  — Marcio.  Eso  fué  jugar  muy 
a  la  descubierta.» 

Pues  en  el  Etimológico  castellano,  que  empieza  con  la  palabra 
Aleve,  explica  López  de  Velasco  las  diferentes  significaciones  del 
vocablo  lonja,  incluso  el  de  «lonja  de  tocino  y  otras  cosas»,  etc.  La 
mismo  puede  decirse  de  la  palabra  guisa,  tan  usada  en  el  Diálogo, 
y  explicada  ampliamente  en  estos  apuntes  (fol.  232  v.)  en  todas  sus 
acepciones  y  con  estas  coplas  antiguas  que  Velasco  dice  se  escribie- 
ron sobre  un  aderezo  de  guerra: 

«El  espada  tengo  en  Pisa 
Las  correas  en  Guinea, 
Vna  espuela  de  la  guisa, 
Y  Otra  de  la  gineta. 
Mas  tengo  unos  borceguíes 
Entramos  del  pie  derecho, 
El  uno  está  allá  en  París, 
El  otro  está  en  Alanís; 
Vno  ancho,  el  otro  estrecho.» 

Entre  esos  apuntes  de  filología  comparada  hay  una  carta  del  Bró- 
cense respondiendo  a  cierta  consulta  que  se  le  había  hecho,  sin  duda 
para  la  edición  de  las  Etimologías  de  San  Isidoro  (fol.  244).  Pero  lo 
más  interesante  de  todo  el  códice  es  quizá  ese  tratado  que  ya  hemos 
dicho  se  intitula  Etymologico  Castellano  (1).  Todo  él  es  autógrafo  de 
López  de  Velasco,  aunque  no  tiene  firma.  Son  586  palabras  españolas 
procedentes  del  griego  y  latín,  y  además  del  italiano  y  francés,  cuan- 
do tienen  relación  con  estas  dos  últimas  lenguas.  No  están  por  rigu- 
roso orden  alfabético.  Parecen  meros  apuntes  de  Velasco  para  ilustrar 
las  Etimologías  de  San  Isidoro.  La  erudición  es  inmensa.  Merecen  pu- 
blicarse. Y  no  se  contenta  el  autor  con  indagar  las  raíces  de  tales  pa- 
labras, sino  que  a  veces  las  ameniza  con  algunas  anécdotas  curiosas 


(l)    Cf.  Bib.  Esc,  L-I-13;  fol.  270-285. 


SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS»         21 

sobre  el  empleo  que  el  vulgo  las  da,  según  la  costumbre  arraigada 
del  mismo  López  de  Velasco  en  el  Diálogo  de  las  lenguas.  Como  nota 
curiosa  de  tales  apuntes  filológicos,  en  la  cubierta  de  ese  cuaderno, 
añade  de  su  puño  y  letra  un  pequeño  catálogo  de  autores  que  habían 
escrito  sobre  la  misma  materia  así  en  Italia  como  en  Francia  y  en  Es* 
paña.  Entre  los  españoles  menciona  al  «Doctor  Pedro  Enríquez  médi- 
co en  Valladolid  |  Fray  Alonso  Chacón,  dominico  en  Roma,  amigo  de 
Ambrosio  de  Morales  |  el  Docto  Ortega,  cura  de  Romaneos,  amigo 
de  Juan  Díaz  |  ,  el  Maestro  Vanegas  en  el  libro  de  las  Differencías, 
véanse  |  ,  el  maestro  Francisco  Sánchez  (Brócense)  en  Salamanca  ha 
tratado  desto  |  ,  el  fofiori,  etymologico  arábigo  (que)  está  en  el  Es- 
corial I  ,  véase  también  el  de  Monte  Casino  q  se  ha  de  traer  |  y  las 
etymologias  de  Santo  Isidoro  |  ...> 

Todos  los  papeles  de  este  Códice  tan  interesante  tienen  íntima 
relación,  porque  revelan  la  misma  procedencia,  con  los  del  Códi- 
ce K-III  8  donde  se  halla  el  Diálogo,  y  donde  López  de  Velasco  puso 
notas  marginales  al  cuaderno  de  Etimologías  Españolas  de  Francis- 
co Sánchez  de  las  Brozas,  amigo  suyo,  y  también  de  otros  autores 
con  los  cuales  se  comunicaba,  como  Vázquez  del  Mármol,  de  cuya 
letra  son  las  Advertencias  de  la  Ortografía  castellana  (fol.  202)  al 
libro  de  Velasco,  impreso,  como  ya  hemos  visto,  en  Burgos  el  año 
1582. 

Si  ambos  códices  se  completan  en  varios  puntos  y  en  ellos  se  ad- 
vierten rastros  evidentes  y  auténticos  de  López  de  Velasco  sobre 
idénticas  materias,  es  una  razón  más  para  atribuirle  sin  vacilaciones 
la  paternidad  indiscutible  del  Diálogo,  con  las  notas  marginales  del 
mismo  autor  y  las  tachaduras  y  enmiendas  que  contiene  dentro  del 
texto.  La  circunstancia  de  hallarse,  a  continuación  de  él,  varias  Re- 
^aciones  de  Indias  y  de  España,  confirma  y  ratifica  la  creencia  de  que 
el  Códice  le  perteneció  por  completo,  y  que  fué  uno  de  los  que,  a  la 
muerte  de  Velasco,  se  trajeron  al  Escorial  para  enriquecimiento  de 
cuya  Biblioteca  tanto  había  trabajado  por  orden  de  Felipe  II.  Como 
que  en  lo  sucesivo  no  podrá  escribirse  la  historia  de  la  Librería  es- 
curialense  sin  acudir  a  los  papeles  de  López  de  Velasco. 

Y  vamos  a  tratar  ahora,  aunque  sea  brevemente,  del  famoso  cua- 
derno de  refranes,  de  que  tanto  habla  el  Diálogo  de  las  lenguas,  y  que 
tanto  ha  preocupado  a  los  críticos  creyendo  que  se  había  perdido, 


22        SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS» 

sin  duda  porque  nadie  se  había  tomado  la  molestia  de  buscarlo.  Esos 
refranes  existen  igualmente  en  el  Escorial,  en  un  cuadernito  de  trece 
hojas,  ni  más  ni  menos,  y  de  letra  auténtica  del  mismo  López  de  Ve- 
lasco,  y  son  iguales  a  muchos  de  los  que  se  citan  en  el  Diálogo  de 
las  lenguas,  según  se  verá  por  el  cotejo. 

P.   MlGUÉLEZ. 

(Coníinuará,) 


EL  CÓDICE  OVETENSE  DE  LOS  EVANGELIOS 

Y  LA  BIBLIA  DE  VALV AÑERA 


(CONTINUACIÓN) 

El  texto  bíblico  contenido  en  el  cod.  Ov.  era  el  de  la  Vulgata  de 
San  Jerónimo.  Los  fragmentos  escurialenses  podrían  servirnos  de 
base  para  reconstruirle  en  toda  su  integridad  si  supiéramos  que  el 
P.  Castillo  había  colacionado  todos  los  lugares  en  que  el  citado  có- 
dice se  apartaba  de  la  edición  de  Venecia  de  1478;  pero  como  esto 
no  consta  con  certeza,  nos  abstenemos  de  todo  ensayo  de  recons- 
trucción. 

Las  variantes  que  nos  ha  conservado  el  P.  Castillo  represen- 
tan un  texto  bastante  interpolado  con  lecciones  de  la  Veiits  latí- 
na,  carácter  que  distingue  los  manuscritos  de  familia  española,  a  la 
cual  parece  pertenecer  el  cod.  Ov.  Los  críticos  dividen  las  Biblias 
latinas  españolas  en  tres  grupos;  es,  a  saber:  el  primitivo,  que  está 
representado  por  el  cod.  Toletanus,  del  cual  se  derivan  los  otros  dos; 
el  leonés,  al  cual  pertenecen  el  cod.  Goihicus  Legionensis,  el  j^milia- 
nus,  etc.,  y  el  castellano,  que  comprende  la  Biblia  primera  de  Alcalá 
y  la  del  mariscal  de  Noailles.  Nuestro  códice  no  puede,  a  nuestro 
juicio,  ser  clasificado,  ni  en  el  grupo  leonés,  ni  en  el  castellano,  por  la 
sencilla  razón  de  que  antes  que  nacieran  estas  recensiones,  existía  ya 
el  cod.  Ov.;  ni  encontramos  razones  para  admitir  una  mutua  y  direc- 
ta dependencia  entre  éste  y  el  cod.  ToL,  pues  son  bastante  numero- 
sas las  variantes  que  hay  entre  ellos  (1).  Hemos  colacionado  también 


(1)  Las  lecciones  del  cod.  Ov.,  que  nos  ha  conservado  el  P.  Castillo,  con- 
cuerdan  con  el  cod.  7o/.  solamente  en  40  pasajes,  con  el  j^m.  en  38  y  con  el 
Compr.  en  46. 


24  EL  CÓDICE  OVETENSE  DE  LOS  EVANGELIOS 

nuestro  códice  con  el  antiquísimo  Liber  Cómicas  sen  Lectionarias 
Missae  (1)  de  la  Iglesia  Toledana,  y  hemos  advertido  notables  con- 
cordancias al  lado  de  no  leves  discrepancias.  Todo  esto  parece  pro- 
bar que  el  cod.  Ov.  representa  un  texto  español,  pero  de  una  recen- 
sión algo  distinta  de  las  conocidas;  lo  cual  puede  indirectamente 
verse  confirmado  por  el  prólogo  al  Evang.  de  San  Mateo,  de  que 
hablamos  en  el  artículo  anterior,  que  es  tan  singular  que  no  se  en- 
cuentra parecido  en  ninguno  de  los  numerosos  manuscritos  consul- 
tados por  S.  Berger  (2). 

En  bastantes  lugares  (en  81,  si  no  hemos  contado  mal),  las  lec- 
ciones del  cod.  Ov.  están  de  acuerdo  con  el  texto  de  la  edición  de 
Worsdworth-White,  que  está  basado,  como  es  sabido,  principal- 
mente, sobre  los  manuscritos  nortumbrianos  AASY  los  más  fieles 
representantes,  según  los  autores  citados,  de  la  Vulgata  de  San 
Jerónimo.  Cuando  no  concuerdan  ni  con  los  mss.  españoles,  ni  con 
los  nortumbrianos,  convienen  de  ordinario  con  el  Colbertino,  el 
Corbeyense,  el  Sangermanense  I  y  II  y  otros  mss.  de  la  Vetas  latina, 
No  faltan,  finalmente,  en  el  cod.  Ov.  algunas  variantes,  o  nuevas,  o 
por  lo  menos  bastante  raras.  Tales  son  las  siguientes:  Mt.  IV,  25  et 
curavií  omnes;  XIII,  40  colligant;  XXI,  23  docentes;  XXXIII,  18  de- 
bitorem;  XXVÍI,  9  Zachariam;  la  omisión  de  parte  de  los  versillos  55 
y  56  del  cap.  IX  de  San  Lucas  (3),  etc.  Del  valor  crítico  de  cada  una 
de  estas  lecciones  no  hay  por  qué  hablar,  pues  algunas  están  ya 
definitivamente  juzgadas  por  los  críticos,  y  de  otras,  que  son  dudosas, 
sería  temeridad  emitir  nuestro  parecer,  distando  mucho  de  ser  maes- 
tros en  el  difícil  arte  de  la  crítica  textual. 

Narrada  pues  la  historia,  y  señalado  ya  el  carácter  e  importancia 
del  cod  Ov.,  que  es  lo  único  que  nos  proponíamos,  damos  remate  a 
Huestro  breve  estudio  con  la  publicación  de  los  pequeños  fragmentos 
que  de  él  se  conservan  en  la  Biblia  Escurialense,  omitiendo  solamen- 
te, por  considerarlas  de  poca  o  ninguna  utilidad,  las  lecciones  que 


(1)  Liber  Cómicas  seu  Lectionarius  Missae,  quo  Toletana  Ecclesia  ante  an- 
nos  miíle  et  ducentos  utebatur.  Edidit  D.  Germanus  Morin.  Maredsoli,  1893. 

(2)  Les  Préfaces  jointes  aux  livres  de  la  Bible  dans  les  manascrits  de  la  Vál- 
gate. Mémoire  posthume  de  M.  Samuel  Berger.  París,  1902. 

(3)  Esta  omisión  se  advierte  también  en  el  cod.  Sargem.  /  y  en  bastan- 
tes mss.  griegos. 


KL  CÓDICE  OVETENSE  DE  LOS  EVANGELIOS 


25 


se  apartan  de  la  edición  de  Venecia  de  1478  (que  sirvió  de  base  a 
la  colación  del  P.  Castillo),  pero  que  concuerdan  con  la  Vulgata 
Clementina. 

Adveríencia:  Indicamos  las  adiciones  con  el  signo  -f  (=  addit) 
y  las  omisiones  con  el  signo  —  (—  omitíit).  Las  demás  variantes  no 
llevan  signo  ninguno  especial;  a  veces,  sin  embargo,  para  mayor  cla- 
ridad, citamos  entre  paréntesis  la  lección  correspondiente  de  la  Vul- 
gata Clementina,  precedida  de  la  sigla  /  (==  loco). 

ANNOTATIUNCÜLAE   ET  VARIANTES  LECTIONES 
COD.  OVETENSIS  EVANOELIORUM 

EVANQELIUM  SEC.  MATHAEUM 

1.®  Sicut  Lucas  euágelista  per  Nathan  marie  originé  ducit:  ita 
et  Matheus  euágelista  per  Salomoné  Joseph  originé  demóstrauit 
idest,  ex  tribu  Juda:  vt  appareat  eos  de  vna  tribu  exire,  et  sic  ad  xpm 
secüdü  carné  peruenire,  vt  cópleatur  quod  scriptü  est:  vicit  Leo  de 
tribu  Juda  radix  Dauid.  Leo  ex  Salomone:  radix  ex  Nathan. 

2.®  Sunt  in  hoc  libro  curati.  23.  signa  quinqué,  exceptis  his  quae. 
12.  discipuli  a  dño  missi  in  locis  fecere  diuersis. 

3.°    Nomina  Magorum  Bater,  Tagarma  et  Melchi  (1). 


:ap.          i. 

3  ex  Thamar 

Cap. 

V. 

46  diiigatis 

15  qui  dicitur 

VI. 

11  quotidianum 

17  omnes  ergo 

17  4-  oleo  {post  cap. 

22  per  IsaYam  prophetam 

tuum) 

ÍI. 

6  nunquid  min. 

7  occulte...  exquisiuit 

22  timuit  illuc 

23  per  prophetam 

19  exterminat 

20  exterminat 

30  minime  fídei? 

31  quid  operiemur 

ÍII. 

7  —  suum 

33  quaerite  autem 

9  quoniam  potest 

VIL 

6  —  suis 

IV. 

9  si  procidens 
25  H-  et  curauit  omnes 
{post  trans  Jordanem) 

10  datei 

11  —  data 

»   pater  vester  coeles 

V. 

18  —  quippe 

22  -f-  sime  causa  {post 
irascitur  fratri  suo) 

tis 

13  —  est 

14  —  est 

(1)    Cf.  Dictionnaire  de  la  Bible,  publié  par  F.  Vigouroux,  tom.  IV,  pág.  547. 


26 


EL  CÓDICE  OVETENSE  DE  LOS  EVANGELIOS 


Cap.    VIII. 

20  4"  ubi  requiescant  {post 

Cap.  XVIII. 

23  cui  asimilatum    est 

nidos) 

regnum   coelo- 

25 — ad  eum  discipuli 

rum? 

eius 

24  —  ei  (post  debebat) 

27  homines  autem  illi 

25  —  eius  (post  domi- 

28  4-  homines  {post  dúo) 

nus) 

29  exclamauerunt 

31  nunciauerunt  (/.  na- 

IX, 

15  +  et  ieiunare  (post  lu- 

rraverunt) 

gere) 

XIX. 

4  —  hominem 

18  ~  tuam 

6  iunxit  (/.  conjunxit) 

23  -f  cuiusdam(pos/prin- 

7  librum  repudii 

cipis) 

11  -iliis 

»    -j-  ibi  {post  vidisset) 

12  eunuchizauerunt  (/. 

X. 

14  ~  receperit  vos,  ñeque 

castraverunt) 

29  sine   volúntate   patris 

XIX. 

27  dimisimus  omnia 

vestri 

29  qui  relinquit 

30  vos  autem  et  capilli  ca- 

XX. 

1  -+-  enim  {post  simile 

pitis  vestri 

est) 

XI. 

25  —  et  prudentibus 

4  —  meam 

XII. 

10  interrogauerunt 

27  erit  omnium  seruus 

13  +  et  (pos^  sicut) 

31  +  magis  {post  ma- 

25  desolatur 

gis) 

26  —  ergo 

XXI. 

3  dimittet  vos 

XIII. 

14  ut  impleatur 

9  qui  venturus  est 

17  —  quippe 

23  ad  eum  docentes 

26  giganiae 

26  habent 

33  in  farinam 

41  —  suam 

35  eructabo  absconsa 

XXII. 

4  -  sunt 

36  dissere  nobis 

5  —  vero 

40  sicut  ergo  colligunt 

18  cognouit  autem  Je- 

42 mittens  (/.  et  mittet) 

sús   nequitiam 

44  vendet 

eorum  et  ait 

»   emet 

30  sed  sunt 

48  4-  sua  {post  vasa) 

36  mandatum  primum 

XIV. 

3  Heredes  autem 

37  —  et  in  tota  mente 

6  +  triclinio  {post  in  me- 

tua 

dio) 

XXIII. 

13  vos  autem 

8  +  dixit(pos/  matre  sua) 

14  —  totum  Vírsum 

12  —  eius  {post  Corpus) 

18  debitorem  (/.  debet) 

17  —  hic 

XXIV 

.    1  —Jesús 

19  +  suis  {post  discipulis) 

13  qui  autem  perman- 

22  iussit  (/.  compulit) 

serit 

28  venire  ad  te 

36  +  ñeque  filius  {post 

XVI. 

4  —  prophetae 

coelorum) 

18  iníerorum 

XXV. 

10  praeparatae  (/.  para- 

27  sec.  opus  eius 

tae) 

XVII. 

5  complacuit 

14  —  peregre 

XVIII. 

13  quia  gaudebit 

22  superiucratus 

EL  CÓDICE  OVETENSE  DE  L.OS  EVANGEIJOS 


27 


Cap.  XXVI.  32  +  ibi  me  videbitis 
{post  Galilaeam) 
39  4-  vis  (post  tu) 
53  +  mil  lia  (post  duo- 

decim) 
58  -f-  rei  (post  fínem) 
67  caeciderunt 
XXVII.    6  corban. 

9  per  Zachariam  (/.  per 
Jeremiam) 


Cap.  XXVII.  9  quod  appretiauerunt 

filii  Isr. 
32  -}-  venientemobuiam 

sibi   (post  Simo- 

nem) 
40  —  Dei  (post  tem 

plum) 

45  —  uniuersam 

46  lamasabatchani 

47  —  et  audientes. 


EVANGELIUM  SEC.  MARCUM 


In  hoc  libro  sunt  curati  18.  Signa  quinqué  ex  ea  quae  missi  a  dno 
discipuli  in  diuersis  locis  fecerunt. 


Cap.       I.  35  +  est  et  (post  egressus) 

22  mittit  vinum  nouellum 
4  —  an  male. 

12  -f  viui  (post  Dei) 

25  poterit 

26  potest 
29  habet 
19  efficiuntur 
35  transffretemus 

7  Dei  summi 

23  manus 
42  máximo 

2  +  ista  (post  quae  est) 
35  -h  secreto  (post  discipu- 
li eius) 
VIII.  33  —  sunt  (post  sed  quae) 
34  post  me 


I. 

II. 

III. 


IV. 


V. 


VI. 


Cap.    IX. 

24  —  Domine 

28  —  eum  (post  eiicere) 

49  -  sale 

X. 

6  +etdixit(po5/Deus] 
9  iunxit 

15  introibit 

IX. 

4  soluerunt 

XIV. 

2  fíeret  populi 
16  praeparauerunt 
19  sigilatim 
44  —  caute 

XV. 

35  —  ecce 

XVI. 

1  ungerent  eum 
4  vident 

18  egrotos 

19  —Jesús. 

EVANGELIUM   SEC.    LUCAM 


In  hoc  libro  sunt  curati.  23.  signa  tria  ex  ea  quae  a  domino  mis- 
si  discipuli  eius  seu  duodecim  in  locis  fecere  diuersis: 


Cap.      I. 


II. 


17  incredibiles 

45  creditiit...  ei  (/.  credidis- 

ti...  tibi) 
66  quid  putas 
68  —  Dominus 
7  —  eis 


Cap.      II.  14  in  hominibus 

21  dominus  (/.  puer) 
46  —  eos 
IV.    6  voluero 

18  —  sanare  contritos 
corde 


28 


EL  CÓDICE  OVETENSE  DE  LOS  EVANGELIOS 


Cap.     V.    7  —  pene 

VI.  45  —  thesauro  (post  malo) 
49  audiuit  et    non   fecit... 
concidit  (/.  audit  et  non 
facit...  cecidit 
Vil.  24  moueri  (/.  agitatam) 
31  —  ait  auteni  Dominus 
47  remittentur 
VIII.  18  quomodo  audistis 
23  navigantibus  autem 
52  —  puella 
IX.  55  —  dicens:  nescitis  cuius 
spiritus  estis 
56  —  Filius  hominis  non  ye- 
nít  animas  perderé  sed 
salvare 
X.    2  --  suam 
XI.    8  et  si  ille  perseveraverit 

pulsans] 
XII.  35  —  in  manibusfvestris 
38  et  si  venerit  vespertina 
vigilia  et  ita  eos  inue- 


nerit  beati  sunt, 
quoniam  iubebit 
illos  discumbere:  et 
transiens  ministra- 
bit  eis. 
Cap.  XIII.   4  syloan 

35  —  deserta 
XV.  21  -f  íac  me  sicut  vnum 
de  mercenariis  tuis 
(post  filius  tuus) 
XVI.  21  —  et  nemo  illi  dabat 
XVIII.  16  prohibere  (/.  vetare) 
XIX.  22  non  quod  seminavi 
26  —  et  abundavit 
29  et  venisset  Belhaniam 
XXII.  20  quod  pro  vobis  fundi- 
tur 
26  iunior  (/.  minor) 
XXÍV.  11  credebant 
18  Cleopas 

24  non  viderunt  (/.  non 
invenerunt) 


EVANQELIUM  SEC.  JOANNEM 


In  hoc  libro  sunt  virtutes  quatuor  signa  quatuor. 


Cap.       i.    4  in  ipso  vita  est 

15  clamabat 
26  stat 

29  —  ecce  (post  Dei) 
II.    2  4-  ibi  (post  autem) 
10  —  autem 
13  Hierosolyma  Jesús) 
20  —  in 
III.    5  —  sancto 

33  accipit 
V.    2  bethzetha 
VIII.  10  —  qui  te  accusabant 
IX.    4  veniet 
XI.    4  pereum 

16  +  suos  {post  condiscípu- 

los) 


(Continuará.) 


Cap.   XI.  37  —  nati 

XII.  47  —  non  (ante  custodie - 
rit) 
XVIII.  36  —  utique 
XIX.    3  palmas  (/.  alapas) 

6  —  eum  (post  crucii- 

ge) 
15  +  nos  (ante  non) 
20  +Rex  Judaeorum 
(post  latine) 
XX.  19  —  congregati 

29  —  Thoma 
XXI.  23  moreretur...    mofle - 
tur  (/.  moritur...  mori- 
tur) 


P.  Mariano  Revilla. 


MOVIMIENTOS  DE  LA  TIERRA 


(O 


(CONFERENCIAS  SOBRE  ASTRONOMÍA  VULGAR) 

A  menos  de  querer  cerrar  los  ojos  y  negar  el  testimonio  de  los 
sentidos,  no  hay  más  remedio  que  admitir  uno  de  estos  dos  extre- 
mos: o  es  la  Tierra,  y  con  ella  nosotros,  la  que  se  mueve  en  el  espa- 
cio o  es  el  resto  del  mundo  sensible  el  que  gira  realmente  en  torno 
nuestro.  Las  apariencias  favorecen  a  la  segunda  hipótesis;  pero  los 
hechos  reales  demuestran  la  primera.  En  enumerarlos  brevemente, 
para  que  no  quede  la  menor  duda  acerca  de  esta  verdad,  vamos  a 
pasar  este  rato. 

El  argumento  fundado  en  un  principio  muy  conocido,  que  dice: 
la  parte  mayor  arrastra  consigo  a  la  menor,  tiene  aquí  aplicación 
oportuna;  porque,  según  os  decía  entonces,  es  imposible  que  un 
cuerpo  tan  pequeño,  como  relativamente  lo  es  la  Tierra,  haga  girar 
en  torno  suyo,  no  sólo  al  Sol,  que  es  millares  de  veces  más  grande, 
sino  a  toda  la  esfera  celeste  con  los  millones  de  soles  y  demás  astros 
que  contiene.  Y  de  no  girar  la  Tierra,  habrá  que  admitir  esa  imposi- 
bilidad físico  mecánica. 

También  hice  notar  el  hecho  de  la  inmensa  distancia  de  la  ma- 
yor parte  de  las  astros,  respecto  de  nosotros;  y  que,  de  girar  en  torno 
nuestro,  hasta  completar  una  circunferencia  en  el  corto  espacio  de 
veinticuatro  horas,  suponía  una  velocidad  incomprensible.  Añádase 
a  esto  la  simplicidad  que  resplandece  como  nota  común  en  todas 
las  leyes  naturales,  y  que  la  Naturaleza,  mejor  dicho,  su  autor,  por 
medio  de  ella,  no  realiza  sus  obras  por  procedimientos  complicados, 
cuando  esas  obras  pueden  ser  realizadas  por  medios  más  sencillos. 


(1)    Véase  la  página  378  del  vol.  CXVII. 


30  MOVIMIENTOS  DE  LA  TIERRA 

Y  aquí,  en  este  caso,  la  explicación  científica  de  los  fenómenos  astro- 
nómicos, resulta  incomparablemente  más  sencilla  con  el  movim.en- 
to  de  la  Tierra  qne  en  cualquiera  otra  hipótesis  que  quieran  expli- 
carse. 

Dicho  esto  en  general  como  pruebas  o  argumentos  de  congruen- 
cia, examinemos  los  hechos  positivos  que  positivamente  demues- 
tran el  movimienta  de  nuestro  globo:  l.o,  diurno ,  sobre  sí  mismo  en 
torno  al  eje  polar;  2.®,  antiüo^  alrededor  del  sol;  después  otros  mo- 
vimientos menos  notables,  pero  no  menos  curiosos  y  dignos  de 
estudio. 

Si  desde  una  altura  considerable,  suficientemente  elevada  para 
que  el  fenómeno  aparezca  sensible,  se  deja  caer  un  cuerpo,  una  es- 
fera de  plomo,  por  ejemplo,  ésta,  al  dar  en  el  suelo,  no  cae  en  el 
punto  por  donde  pasa  la  vertical  del  punto  superior,  desde  donde 
el  cuerpo  se  ha  desprendido,  sino  que  cae  siempre  hacia  el  lado  del 
Este.  Se  supone,  claro  es,  que  el  ambiente  está  tranquilo,  que  no 
hay  corrientes  de  aire,  ni  ninguna  otra  causa  distinta  de  la  gravedad 
que  modifique  la  trayectoria  que  el  cuerpo  describe  al  caer.  ¿Cómo 
se  explica  este  hecho  notable?  Sencillísimamente,  con  la  rotación 
terrestre.  En  todo  movimiento  circular  o  de  rotación  de  cualquier 
cuerpo,  el  volante  de  una  máquina,  si  os  place,  es  evidente  que  las 
partes  o  moléculas  de  la  periferia  llevan  mayor  velocidad  que  las 
más  próximas  al  eje  de  rotación.  Apliquemos  esto  a  los  dos  puntos; 
el  superior,  de  donde  cae  el  cuerpo,  y  el  inferior,  que  es  el  pie  de 
la  plomada  suspendida  del  primero.  Claro  es  que  el  punto  más  alto 
correrá  más  que  el  que  está  en  el  suelo  durante  el  mismo  tiempo 
para  ambos.  Al  soltar  desde  arriba  la  esferita  supuesta  y  comen- 
zar el  descenso,  sigue  animada  de  la  fuerza  tangencial  con  la  que 
giraba;  no  puede,  por  tanto,  seguir  en  la  caída  la  línea  vertical.  Des- 
cribe más  bien  una  rama  de  parábola.  Necesariamente  debe  caer  ha- 
cia el  lado  de  cuya  dirección  se  realizad  movimiento  rotatorio:  aquí 
hacia  el  Este,  porque  tal  es  la  marcha  del  movimiento  de  rotación 
del  globo,  contraria,  como  no  puede  menos  de  ser,  al  movimiento 
aparente  diurno  de  la  esfera  celeste.  La  experiencia  descrita  se  ha 
repetido  muchas  veces,  siendo  entre  ellas  célebre  la  realizada  en  1833 
por  Reech  en  un  pozo  de  minas  que  medía  158  metros  de  profun- 
didad. Las  condiciones  eran  excelentes,  porque  la  columna  de  aire 


MOVIMIENTOS  DE  LA  TIERRA  31 

no  podía  ser  agitada  por  corrientes  inoportunas.  Aquí  (1)  podíamos 
repetir  ese  experimento  clásico,  desde  el  centro  de  la  cúpula  al  pavi- 
mento de  la  Basílica;  y  aún  mejor  otro,  de  que  os  hablaré  luego  con 
t\  nombre  de  experimento  del  péndulo  de  Foucault. 

Hay  multitud  de  hechos  muy  curiosos  que  cualquiera  podrá  ob- 
servar en  la  primera  ocasión  que  se  le  presente.  Si  desde  la  ven- 
tanilla de  un  tren,  puesto  en  marcha,  desde  la  plataforma  de  un 
tranvía,  desde  la  cubierta  de  un  buque,  que  surca  las  aguas,  se  deja 
caer  verticalmente  un  objeto  cualquiera,  éste  no  cae  según  la  línea 
vertical  del  punto  correspondiente  al  momento  de  soltarlo,  sino  más 
adelante,  frente  por  frente  del  que  haga  la  experiencia,  habiendo  re- 
corrido dicho  objeto  pesado  una  diagonal  tanto  más  inclinada,  cuan- 
to la  velocidad  del  vehículo  sea  mayor.  En  cambio,  si  éste  se  parara 
en  seco,  en  el  momento  de  soltar  el  cuerpo  pesado,  éste  continuaría 
corriendo  diagonalmente  unos  cuantos  metros  más,  hasta  llegar  al 
suelo.  El  hecho  es  tan  sencillo,  que  una  parada  instantánea  de  un 
móvil  cualquiera  basta  para  lanzar  fuera  de  él  a  los  objetos  y  a  las 
personas  que  no  se  agarren  bien.  Por  esto  es  peligroso  apearse  de 
los  tranvías  cuando  van  en  marcha,  y  más  si  se  toma  una  dirección 
opuesta  a  la  que  aquéllos  llevan,  porque  entonces  los  pies  se  escapan 
hacia  adelante  y  la  caída  es  casi  inevitable.  Se  explica  esto  porque 
todos  los  objetos  van  animados  de  la  velocidad  misma  del  vehículo 
y  marchan  o  tienden  a  marchar  según  el  impulso  comunicado  por 
esa  fuerza. 

Suponed  que  un  día  cualquiera  el  aviador  Martínez  u  otro  tiene 
el  capricho  de  lanzarse  desde  el  alto  de  San  Benito  para  pasar  vo- 
lando a  300  metros  sobre  la  aguja  de  la  cúpula  (2),  y  que  al  hallarse 
en  la  línea  vertical  de  ésta  deja  caer  un  saco  de  lastre  por  la  satisfac- 
ción de  clavarlo  en  la  punta  del  pararrayos.  Pues  sencillameute  se  ve- 
ría chasqueado,  porque  el  saco  iría  a  caer  lo  menos  en  los  Terreros, 
según  la  velocidad  con  que  marchara  el  aeroplano  y  a  la  altura  que 
hiciese  el  vuelo.  Es  bien  seguro  que  se  han  de  tener  en  cuenta  todas 
estas  cosas  para  no  errar  en  la  puntería,  antes  de  llegar  a  la  vertical 
del  blanco. 


(1)  En  El  Escorial. 

(2)  Se  supone  realizada  esta  experiencia  en  El  Escorial. 


32  MOVIMIENTOS  DE  LA  TIERRA 

Todos  los  cuerpos  en  la  superficie  de  la  tierra  y  en  la  atmósfera 
que  la  rodea,  menos  en  los  puntos  polares,  en  la  hipótesis  de  la  ro- 
tación terrestre,  marchan  animados  de  una  velocidad  angular,  tanto 
mayor  cuanto  más  lejos  se  hallen  del  eje  de  rotación.  Sólo  así  puede 
explicarse  de  un  modo  análogo  a  cómo  se  explican  los  hechos  que 
acabo  de  citar,  el  que  los  cuerpos  dejados  caer  libremente  desde  mu- 
cha altura  y  sin  velocidad  inicial,  se  inclinen  hacia  el  Este,  tanta 
más  cuanto  mayor  sea  la  altura  de  donde  caen  y  menor  sea  la  lati- 
tud geográfica.  La  desviación  medida  en  el  suelo  es,  teóricamente,  la 
diferencia  entre  la  velocidad  rotatoria  del  punto  más  bajo  y  la  que 
corresponde  al  punto  más  alto  de  donde  se  desprende  el  cuerpo. 

Supongamos  ahora  que  de  abajo  a  arriba  y  según  la  vertical  se 
l2inza  un  proyectil  ¿en  dónde  volverá  a  caer?  Teóricamente  en  ia 
misma  boca  del  cañón;  porque  al  subir  con  menor  velocidad  de  ro- 
tación, se  retrasa  hacia  Occidente  el  mismo  espacio  que  al  bajar  se 
adelanta  hacia  Oriente.  Lo  difícil  aquí  seria  que  el  primer  impulso 
fuera  exactamente  según  la  vertical.  A  esto  obedece  el  que  cuando 
el  P.  Mersenne  y  Petit  en  el  siglo  XVII,  trataron  de  hacer  la  experien- 
cia, no  volvieran  a  ver  ninguno  de  los  proyectiles,  que  con  tal  obje- 
to,  y  mediante  un  cañón  de  plaza,  lanzaron  a  las  alturas,  exponién- 
dose a  ser  aplastados  por  alguno  de  ellos,  si  la  verticalidad  hubiera 
sido  más  exacta. 

No  insistiré  sobre  la  prueba  del  movimiento  de  rotación,  dedu- 
cida de  la  pérdida  del  peso  de  los  cuerpos  y  de  las  variaciones  en  la 
oscilación  del  péndulo,  causadas,  no  sólo  por  lo  dicho  acerca  de  la 
gravedad  relacionada  con  la  forma  del  elipsoide  terrestre,  sino  tam- 
bién por  los  efectos  de  la  fuerza  centrífuga;  porque  me  parece  que 
os  sería  difícil  comprender  con  claridad  las  reflexiones  y  cálculos 
que  habría  que  hacer  para  dilucidar  este  punto.  Pero  sí  recordaré  el 
experimento  con  el  péndulo  de  Foucault,  porque  es  clásico  y  no  deja 
la  menor  duda  acerca  del  movimiento  de  rotación  terrestre.  Supo- 
ned que  aquí  mismo,  del  techo  de  esta  habitación,  colgamos,  con 
un  alambre,  una  esfera  pesada  de  metal,  como  si  fuese  una  plomada. 
Es  evidente  que  dejándola  en  quietud,  señalará  la  dirección  de  la 
línea  vertical;  y  también  es  claro  que  mientras  alguna  fuerza  extraña 
no  impulse  a  ese  péndulo,  quieto  se  estará,  solicitado  por  una  sola 
fuerza:  la  de  su  propio  peso,  que  es  la  misma  de  la  gravedad,  con- 


Movimientos  db  la  tierra  33 

trarrestada  por  la  resistencia  del  punto  de  suspensión.  Si  ahora,  fijan- 
do un  hilo  en  la  esfera,  tiramos  hacia  un  lado  y  atamos  el  hilo  a  un 
punto  de  la  pared  próxima,  observaréis  que  la  línea  vertical,  el  alam- 
bre de  suspensión  y  el  hilo  son  tres  líneas  que  están  en  un  mismo 
plano  que  pasa  por  el  centro  de  esa  esfera  y  por  el  centro  de  atrac- 
ción terrestre.  Ni  por  un  lado  ni  por  otro  hay  fuerza  alguna  que  so- 
licite a  ese  cuerpo.  Sólo  la  gravedad  tira  de  él  hacia  abajo,  y  no  se 
marcha  porque  el  hilo  y  el  alambre  lo  sostienen.  Cortamos  el  hilo  y 
la  bola  comienza  a  oscilar  a  un  lado  y  al  otro  de  la  vertical,  como  si 
tuviera  empeño  en  abrazarse  con  ella,  y  seguir  el  camino  que  la 
misma  le  señale.  No  olvidéis  que  no  hay  fuerza  ninguna  que  obligue 
al  centro  de  gravedad  a  salirse  de  ese  plano  de  oscilación.  He  dicho 
mal,  hay  una  fuerza  cuyos  efectos  veréis  cuando  prácticamente  ha- 
gamos el  experimento,  y  es  la  resistencia  del  aire  que  a  las  pocas 
oscilaciones  hace  describir  a  ese  centro  una  elipse  alargada;  pero 
cuyo  eje  mayor  está  en  el  plano  dicho. 

Sin  embargo,  antes  de  un  cuarto  de  hora  notaremos  que  la  di- 
rección del  plano  de  oscilación  ya  no  es  la  misma  que  al  principio; 
luego  la  posición  relativa  entre  ese  plano  de  oscilación  y  los  objetos 
restantes,  los  ángulos  de  la  sala,  nosotros  mismos,  han  cambiado  ne- 
cesariamente. Y  una  de  dos,  o  es  el  plano  el  que  se  mueve  o  se  mue- 
ven las  demás  cosas;  o  el  plano  gira  de  izquierda  a  derecha  o  toda 
la  estancia  gira  de  derecha  a  izquierda.  Y  puesto  que  el  plano  con- 
serva su  orientación  en  el  espacio,  según  lo  dicho,  el  edificio  es  el 
que  se  mueve;  y  conservando  éste  su  puesto  -sobre  el  suelo,  necesa- 
riamente ha  de  ser  la  Tierra  la  que  lo  lleva.  No  hay  que  acudir  a  más 
pruebas  para  demostrar  su  movimiento. 

La  deducida  de  la  forma  elipsoidal,  es  también  decisiva;  pero  de 
menos  valor,  porque  se  funda  en  la  hipótesis  del  estado  de  fluidez 
primitiva  de  nuestro  globo.  Es  cierto  que,  sólo  admitiendo  esa  hipó- 
tesis y  el  movimiento  de  rotación,  puede  explicarse  la  forma  terres- 
tre de  un  esferoide  achatado  por  los  polos  y  ensanchado  por  el  ecua- 
dor. De  otro  modo,  nuestro  globo,  sin  movimiento,  tendría  necesa- 
riamente la  forma  esférica  geométrica;  porque  en  cualquier  estado 
que  se  suponga,  fluido  o  no,  la  fuerza  atractiva  central  hubiera  sido 
siempre  la  misma  en  la  dirección  de  todos  los  radios.  En  la  misma 


34  MOVIMIENTOS  DE  LA  TIERRA 

hipótesis,  el  experimento  con  el  vaso  de  Plateau  explica  perfecta- 
mente cuanto  en  este  punto  pueda  desearse. 

La  amplitud  angular  de  la  rotación,  demostrada  con  el  péndulo 
de  Foucault,  es  proporcional  al  grado  de  latitud  geográfica  en  que 
el  experimento  se  realice.  En  el  ecuador  la  desviación  es  nula,  así 
como  es  máxima  en  los  polos.  En  éstos  la  rotación  aparente  del  pla- 
no de  oscilación  del  péndulo  es  la  circunferencia  completa  durante 
las  veinticuatro  horas;  así  como  sólo  una  parte  de  la  circunferencia 
en  las  latitudes  intermedias,  pudiendo  calcularse  para  cada  punto  el 
ángulo  correspondiente  a  una  hora,  un  minuto,  un  segundo,  etc. 

Supongo  que  con  lo  dicho  quedaréis  convencidos  de  que  el  mo- 
vimiento de  rotación  terrestre  es  un  hecho  plena  y  científicamente 
demostrado;  y  que  sabréis  a  qué  ateneros  cuando  oigáis  decir  que 
El  Escorial,  por  ejemplo,  lleva  aquí  más  de  tres  siglos,  sin  haberse 
movido  de  su  puesto;  o  lo  que  decía  allá  el  otro,  según  expresión  del 
P.  Rodríguez:  que  si  la  tierra  girase,  los  pájaros,  y  sobre  todo  las 
tórtolas,  no  podrían  abandonar  sus  nidos,  porque  se  expondrían  a 
no  volver  a  encontrarlos. 

Y  recordando  lo  dicho  acerca  del  movimiento  diurno  de  la  esfe- 
ra celeste,  de  los  ortos  y  ocasos  de  los  astros,  de  su  amplitud  ortiva 
y  occidua,  etc.,  os  daréis  cuenta  exacta  de  tales  fenómenos  aparentes 
reconociendo  la  realidad  de  los  mismos,  su  causa  inmediata,  en  el 
movimiento  real  de  nuestro  globo  alrededor  del  eje  polar,  que  con 
relación  a  la  esfera  celeste  y  al  movimiento  en  cuestión,  hemos  lla- 
mado también  eje  del  mundo. 

Estas  mismas  ideas  se  presentarán  más  y  más  claras  cuando  ha- 
yamos demostrado  el  otro  de  los  dos  principales  movimientos  de  la 
Tierra:  el  de  traslación  de  la  misma  durante  el  año  en  torno  del  Sol, 

En  volumen  es" el  astro  del  día  1.283.744  veces  más  grande  que 
la  Tierra  y  en  masa  equivale  a  324.439  veces  la  masa  terrestre,  siendo 
este  número  último  el  que  expresa  la  fuerza  atractiva  del  Sol  sobre 
nuestro  globo;  mientras  que  éste  sólo  ejerce  sobre  aquél  una  atrac- 
ción equivalente  a  la  unidad  que  mide  a  ese  número  324.439.  La  ley 
de  la  atracción  mutua  entre  los  cuerpos  se  traduce  en  un  hecho  cons- 
tante en  todos  los  fenómenos  naturales,  existe  entre  los  astros  más 
lejanos,  lo  mismo  que  entre  las  moléculas  más  próximas.  Desde  el 
momento  en  que  se  suponga  inmóvil  uno  cualquiera  de  los  dos  as- 


koVlÜIENtOS  DK  LA  TIIÍRKÁ  35 

tros,  la  Tierra  o  el  Sol,  y  sin  una  fuerza  contraria  a  la  fuerza  de  atrac- 
ción que  los  mantenga  separados,  necesariamente  el  uno  se  precipi- 
taría cayendo  sobre  el  otro;  con  la  diferencia,  en  este  caso  concreto, 
de  que,  mientras  la  Tierra  salvara,  dirigiéndose  al  Sol,  la  distancia 
de  324.439  kilómetros,  por  ejemplo,  el  Sol  habríase  corrido  un  solo 
kilómetro  hacia  la  Tierra.  ¿Por  qué  ésta  no  cae  sobre  aquél?  Preci- 
samente por  la  fuerza  centrífuga  y  tangencial,  que  determina  y  con- 
serva el  movimiento  de  nuestro  globo  en  torno  al  Sol.  La  hipótesis 
de  que  el  Sol  cayeses  sobre  la  Tierra  y  que  aquél  girase  en  torno  de 
ésta,  es  tan  absurdo  como  el  suponer  que,  en  el  mismo  orden  de 
energías,  lo  menos  pueda  con  lo  más,  que  lo  más  ligero  arrastre  con- 
sigo lo  más  pesado. 

Las  pruebas  directas  de  este  movimiento  de  traslación,  sin  ser 
por  ello  menos  demostrativas  que  las  aducidas  en  confirmación  del 
movimiento  diurno,  se  presentan,  sin  embargo,  de  comprensión  más 
difícil  para  los  pocos  versados  en  estudios  astronómicos.  Lo  cual  no 
reza  con  vosotros  tan  empapados  en  ellos;  así  que  los  comprenderéis 
sin  dificultad  alguna. 

Sea  la  primera  de  esas  pruebas  la  que  se  funda  en  lo  que  se  llama 
aberración  de  ¡a  luz;  fenómeno  que  consiste  en  ver  las  estrellas  según 
una  dirección  distinta  de  la  que  realmente  señala  el  lugar  que  ocu- 
pan en  el  espacio;  desviación  de  los  rayos  luminosos  causada  por  la 
combinación  de  dos  velocidades;  a  saber  la  de  la  luz  y  la  del  obser- 
vador. Sucede  aquí  el  mismo  fenómeno  que  acaso  habréis  observado 
más  de  una  vez.  Os  halláis  en  la  lonja,  con  aire  tranquilo;  comienza 
a  llover  y  las  gotas  de  agua  caen  verticalmente.  Para  no  mojaros 
echáis  a  correr,  comenzando  por  inclinar  la  cabeza  para  que  las  go- 
tas de  agua  no  os  den  en  la  cara,  adonde  vienen  a  parar  no  vertical, 
sino  oblicuamente,  según  la  diagonal  del  paralelogramo  que  podría 
construirse  con  la  dirección  y  velocidad  que  traen  las  gotas  de  las  nu- 
bes por  un  lado,  y  con  la  dirección  y  velocidad  que  lleva  el  que  huye 
por  el  otro.  Si  tenéis  paraguas  en  la  mano  no  lo  echáis  hacia  atrás, 
sino  que  lo  inclináis  hacia  adelante  para  no  mojaros;  en  un  tren  en 
marcha,  en  un  coche,  cuando  llueve,  se  observa  el  mismo  fenómeno. 
Un  proyectil  lanzado  perpendicularmente  a  la  dirección  que  lleva  un 
tren,  por  ejemplo,  y  en  el  supuesto  de  que  penetre  y  traspase  de 
parte  a  parte  a  uno  de  los  coches,  no  sigue  en  éste  la  dirección  per- 


36  iíOVlMlENTOS  DE  L\  TIERRA 

pendicular,  sino  una  dirección  oblicua,  como  resultante  de  las  dos 
velocidades,  la  del  proyectil  y  la  del  tren.  La  aberración  de  la  luz  es 
un  fenómeno  del  mismo  género.  El  proyectil  aquí  es  cada  una  de 
las  vibraciones  etéreas  que  producen  la  luz,  y  hacen  falta  dos  movi- 
mientos, dos  velocidades,  la  de  los  rayos  luminosos  y  la  del  obser- 
vador, que  estando  en  reposo  personal  es  llevado  por  la  Tierra.  Una, 
cualquiera  de  las  dos  condiciones  que  faltara,  bastaría  para  que  el 
fenómeno  de  la  aberración  no  existiese.  Si  la  Tierra  no  se  moviera, 
desde  ella  se  verían  los  astros  en  la  dirección  hacia  donde  se  hallan 
(prescindimos  aquí  de  otras  causas,  como  la  refracción  atmosférica, 
que  también  desvía  el  camino  de  los  rayos  luminosos).  Del  mismo 
modo,  si  la  velocidad  de  la  luz  fuese  tanta  que  no  necesitase  tiempo 
para  ir  de  una  parte  a  otra,  tampoco  abría  aberración  lumínica.  La 
Tierra  corre  por  su  órbita  con  la  velocidad  de  30  kilómetros  por  se- 
gundo, mientras  que  la  luz  marcha  por  el  espacio  con  la  velocidad 
de  300.000  kilómetros.  De  estos  datos  se  deduce  como  valor  cons- 
tante de  la  aberración  para  todas  las  estrellas  20",5  de  arco.  Sólo 
admitiendo  el  movimiento  de  traslación  terrestre  puede  explicarse 
el  fenómeno  experimentalmente  demostrado,  de  la  aberración,  des- 
cubierto por  el  astrónomo  Bradley  en  1848. 

Otra  prueba  no  menos  convincente  del  movimiento  de  traslación, 
la  suministran  las  llamadas  paralajes  de  las  estrellas.  Cuando  se  mira 
un  objeto  fijo  desde  puntos  diversos,  la  posición  aparente  y  relativa 
de  dicho  objeto  cambia  con  relación  a  los  demás  objetos  que  rodean 
el  primero,  no  porque  éste  se  haya  movido,  sino  porque  el  observa- 
dor ocupa  posiciones  diversas.  Las  estrellas  del  firmamento  en  su  ma- 
yor parte  hállanse,  respecto  de  la  Tierra,  a  una  distancia  no  infinita 
porque  distancias  infinitas  no  existen,  pero  sí  a  distancias  inconmen- 
surables, en  tanto  grado  que  la  posición  de  las  unas  con  relación  a  las 
otras  no  se  modificaría  aun  cuando  un  observador  se  trasladase  des- 
de aquí  al  lado  opuesto  del  Sol,  duplicando  la  distancia.  Pero  tam- 
bién es  un  hecho  que  no  todas  las  estrellas  se  encuentran  a  esas  dis- 
tancias inconmensurables.  Hay  algunas  que  están  mucho  más  cerca 
de  nosotros;  su  distancia  puede  medirse,  y  puede  medirse,  precisa- 
mente, porque  su  posición  relativa  cambia  al  observarlas  desde  pun- 
tos diferentes  del  espacio.  Puntos  que  tampoco  podríamos  elegir,  ni 


MOVIMIENTOS  DE  LA  TIERRA  37 

realizar  por  lo  mismo  la  observación,  si  la  Tierra  se  estuviese  quieta 
y  no  nos  llevara  de  una  parte  a  otra. 

Observemos,  pues,  esta  noche  misma,  hipotéticamente  se  entien- 
de, una  de  esas  estrellas  cuya  distancia  es  medible;  calculemos  con 
la  exactitud  posible  su  verdadera  posición  en  el  firmamento  aquila- 
tando y  corrigiendo  y  eliminando  todos  los  errores  posibles.  Des- 
pués de  todo  esto  nos  quedaremos,  al  fin,  con  el  apunte  exacto  de  la 
posición  de  la  estrella  en  el  cielo  y  la  dirección  de  la  visual  desde  el 
punto  de  observación  hasta  el  astro  observado.  Seis  meses  después, 
repetiremos  la  misma  observación  de  la  misma  estrella,  con  el  mismo 
esmero  y  las  mismas  correcciones.  La  dirección  de  la  nueva  visual  nos 
dirá  si  coincide  o  no  con  la  dirección  de  la  primera.  Si  no  coinciden, 
como  no  deben  coincidir,  pues  procedemos  en  el  supuesto  de  que  la 
distancia  es  considerable,  las  dos  visuales  formarán  un  ángulo  cuyo 
vértice  estará  en  la  misma  estrella,  y  cuyos  lados,  las  mismas  dos  vi- 
suales, van  a  parar  cada  una  al  punto  de  observación  correspondien- 
te. Y  me  parece  que  no  hace  falta  más  para  demostrar  que  ese  punto 
de  observación,  en  una  y  en  ctra  época,  ocupa  distinto  lugar  en 
el  espacio.  Luego  es  evidente  que  la  Tierra  nos  habrá  trasladado  del 
uno  al  otro.  Ese  ángulo  es  lo  que  se  llama,  ni  más  ni  menos,  la  pa- 
ralaje  déla  estrella.  Y  basta  conocerlo  para  poder  determinar  la  dis- 
tancia que  del  astro  nos  separa,  ya  que  con  las  dos  visuales,  el  ángulo 
que  forman  y  la  distancia  entre  los  dos  observatorios,  en  cuyos  ex- 
tremos hay  otros  dos  ángulos  que  pueden  medirse  directamente,  se 
forma  un  triángulo,  con  los  elementos  bastantes  conocidos,  para  que 
su  resolución  se  reduzca  al  caso  más  sencillo  de  la  Trigonometría. 
En  las  observaciones  y  medidas  y  cálculos  que  imaginariamente  aca- 
bamos de  hacer,  hay  que  tomar  nota  de  un  detalle  importantísimo 
en  esta  cuestión;  y  es  que  la  posición  del  Sol,  con  referencia  a  una 
estrella  o  constelación  determinada,  que  podemos  suponerla  en  al- 
guna de  las  regiones  cruzadas  por  la  eclíptica,  aparece,  después  de 
los  seis  meses,  en  dirección  opuesta  a  la  que  tenía  al  realizar  la  ob- 
servación primera.  Es  decir,  que  las  dos  visuales  dirigidas  al  Sol  en 
una  y  en  otra  época  se  confunden  en  una  sola,  pero  en  dirección 
contraria.  Lo  que  quiere  decir  que  la  Tierra  nos  ha  trasladado  al 
lado  opuesto  del  astro  del  día.  Y  como  la  experiencia  puede  repetir- 
se cuantas  veces  se  quiera  durante  el  año  y  en  los  puntos  correspon- 


38  MOVIMIENTOS  DE  LA  TIERRA 

dientes  de  seis  en  seis  meses,  obteniendo  siempre  el  mismo  resulta- 
do, se  demuestra,  sin  más,  que  la  Tierra  describe  en  torno  al  Sol 
una  curva  cerrada,  que  se  llama,  como  sabéis,  eclíptica,  y  que  tiene 
la  forma  de  una  elipse,  en  uno  de  cuyos  focos  se  encuentra  el  Sol. 
Ocasión  tendremos  de  estudiar  las  propiedades  de  esa  curva;  el  re- 
cordarlas ahora  nos  detendría  demasiado,  sin  dejarnos  tiempo  para 
recordar  otras  pruebas  del  movimiento  de  traslación  de  nuestro  glo- 
bo; asunto  que  al  presente  tenemos  entre  las  manos. 

Conocéis  todos  el  metéoro  luminoso  que  se  llama  de  las  estrellas 
cadentes,  fugaces,  fuegos  y  lágrimas  de  San  Lorenzo,  porque  en  la 
noche  del  10  al  11  de  Agosto  se  reproduce  con  más  intensidad.  Obe- 
dece este  fenómeno  a  que  dentro  del  sistema  solar  hay  zonas  o  fajas 
o  anillos  en  que  flotan  multitud  de  cuerpos  pequeños,  cuyo  origen 
puede  atribuirse  a  varias  causas.  Esas  zonas,  fajas  o  anillos,  como 
quieran  llamarse,  giran,  como  los  demás  planetas,  en  torno  del  Sol. 
La  órbita  de  la  Tierra  corta  o  se  aproxima  mucho,  por  lo  menos,  a 
la  órbita  de  esos  corpúsculos,  de  tal  manera,  que  llegan  a  penetrar 
y  se  mezclan  con  nuestra  atmósfera.  Dotados  ellos  también  de  una 
velocidad  notable,  la  resistencia  y  el  roce  que  encuentran  en  el  aire 
se  transforma  en  calor,  tan  intenso,  que  los  quema,  volatiliza  o  los 
reduce  a  mil  pedazos.  Los  núcleos,  enjambres,  puntos  radiantes,  que 
con  todos  estos  nombres  se  conocen  también,  son  muchos,  y  la  Tie- 
rra llega  o  se  aproxima  a  ellos,  determinándose  así  las  diversas  llu- 
vias de  estrellas  que  se  han  observado  muchas  veces,  periódicas 
unas,  esporádicas  otras,  según  los  casos.  Lo  que  importa  hacer  notar 
aquí  es  que  la  velocidad  de  esos  fugaces  metéoros  es  muy  diferente 
en  unas  y  en  otras  ocasiones. 

Para  comprender  mejor  todo  esto  y  la  consecuencia  que  de  ello 
hemos  de  deducir,  en  confirmación  de  la  traslación  de  la  Tierra, 
conviene  tener  en  cuenta  que  el  Sol  con  todos  los  planetas  y  demás 
cuerpos  del  sistema  solar  se  dirige  constantemente  hacia  un  punto 
del  cielo  que  se  llama  apex,  y  se  aleja  de  otro  punto  opuesto  que  se 
denomina  aniiapex.  Los  planetas,  y  entre  ellos  la  Tierra,  lo  mismo 
que  los  enjambres  dichos,  sin  dejar  de  participar  de  ese  movimien- 
to general  de  todo  el  sistema,  con  el  movimiento  propio  de  trasla- 
ción en  derredor  del  Sol,  unas  veces  caminan  hacia  el  apex,  unién- 
dose las  dos  velocidades,  y  otras  marchan  en  dirección  contraria, 


MOVIMIENTOS  DE  LA  TIERRA  3Q 

restándose  las  mismas.  Así  resulta  que  cuando  uno  de  esos  enjam- 
bres o  puntos  radiantes  tocando  en  la  atmósfera,  lleva  la  misma  di- 
rección o  dirección  paralela  a  la  ruta  que  sigue  la  Tierra  con  su  at- 
mósfera, el  roce  de  aquellos  corpúscolos  con  el  aire  es  menor,  el 
brillo  del  metéoro  menos  intenso,  la  velocidad  de  la  estrella  fugaz 
disminuye  aparentemente.  En  cambio,  cuando  las  direcciones  son 
más  o  menos  opuestas,  la  velocidad,  el  brillo  del  metéoro  son  más 
grandes.  En  la  hipótesis  de  la  inmovilidad  de  la  Tierra  esos  cam- 
bios de  intensidad  no  tendrían  explicación.  He  aquí  la  consecuen- 
cia: la  Tierra  corre  por  el  espacio  en  torno  al  Sol  y  el  fenómeno  es 
análogo  a  lo  que  sigue.  oqn  ' 

Seguramente  que  no  todos  habéis  visto  el  mar;  pero  eso  no  im- 
pide el  que  podáis  formaros  una  idea  aproximada  de  lo  que  son  sus 
ondas  Cuando  una  lancha,  un  bote,  un  buque  surcan  las  aguas  en 
la  misma  dirección  de  las  olas,  éstas  van  como  siguiéndolo  y  lo  al- 
canzan sucesivamente,  unas  después  de  otras;  pero  con  velocidad 
menor  que  si  el  navio  estuviese  quieto.  Mas  si  éste  se  mueve  en 
dirección  contraria  a  la  de  las  olas,  entonces  éstas  llegan  más  inten- 
sas y  más  de  prisa  y  se  rompen  en  la  proa.  No  hay  para  qué  más  in- 
sistir en  la  explicación  de  este  hecho,  ni  en  el  recuento  de  otros 
muchos  parecidos.  Figuraos  los  resultados  tan  diferentes  que  trae- 
rían consigo  el  choque  de  dos  trenes  que  corren  el  uno  a  encontrar- 
se con  el  otro  que  se  le  echa  encima,  y  el  de  otros  dos  cuando  el  que 
va  delante  escapa  del  que  va  detrás. 

En  Física  y  en  Astronomía  se  estudia  un  fenómeno  que  corrobora 
lo  mismo.  Me  refiero  al  hecho,  tan  curioso  como  importante,  de- 
mostrado por  la  espectrografía  y  manifestado  por  las  rayas  del  espec- 
tro de  la  luz.  Sintetizándolo  en  pocas  palabras,  consiste  en  lo  si- 
guiente: en  que  la  longitud  de  las  ondas  luminosas  reflejada  en  la 
mayor  a  menor  desviación  de  las  rayas  espectrales,  y  por  lo  mismo, 
la  rapidez  con  que  se  suceden  dichas  ondas,. Jes , ni uy  distinta  cuando 
el  foco  luminoso  se  acerca,  de  cuando  se  aleja  de  los  prismas  anali- 
zadores del  aparato.  Si  éste  y  el  foco  se  aproximan,  la  sucesión  de 
las  ondas  es  má  srápida;  si  se  alejan,  lo  es  menos.  Luego  al  observar- 
se este  fenómeno  en  la  luz  de  las  estrellas  fijas  o  que  por  la  inmensa 
distancia  a  que  se  hallan,  como  fijas  pueden  considerarse,  se  deduce 


40  MOVIMIENTOS  DE  LA  TIERRA 

lógicamente  que  la  Tierra  es  ia.  que  se  aproxima  o  se  aleja  de  las 
estrellas.  r?n  0(  n  . 

Después  de  todo,  nos  hubiera  bastado  una  sencilla  reflexión  so- 
bre los  fenómenos  astronómicos  del  resto  del  sistema  solar,  para  sin 
más  pruebas,  admitir  como  hecho  indiscutible  la  traslación  de  nues- 
tro globo  en  torno  del  Sol.  En  efecto:  la  observación  constante  de- 
muestra que  todos  los  planetas  desde  Mercurio,  el  más  próximo  al 
centro,  hasta  Neptuno,  el  más  lejano  de  los  conocidos,  giran  y  todos 
recorren  su  propia  órbita  en  derredor  del  astro  central.  ¿Por  qué  la 
Tierra  había  de  ser  una  excepción  en  una  ley  tan  general  y  al  mis- 
mo tiempo  tan  sencilla?  Tanto  más  cuanto  que  sin  esa  excepción 
todo  se  explica  facilísimamente:  con  ella  todo  resulta  un  laberinto 
indescifrable. 

El  trabajo  resulta  largo  y  es  de  necesidad  prescindir,  por  ahora, 
de  los  demás  movimientos  con  que  la  Tierra  se  balancea  en  el  espa- 
cio. No  haré  más  que  citarlos.  Suele  decirse  que  el  eje  terrestre  se 
conserva  paralelo  a  sí  mismo:  esto  no  es  cierto,  sino  cuando  se  con- 
sidera un  corto  intervalo  de  tiempo;  pues,  a  la  larga,  cambia  esta 
posición.  Tan  a  la  larga,  que  en  unos  veinticinco  mil  setecientos  años 
dicho  eje  describe  un  cono  en  torno  a  los  polos  de  la  eclíptica,  re- 
sultando un  balanceo  pausado  y  regular  del  esferoide  terrestre  y  del 
plano  ecuatorial.  La  precesión  de  los  equinoccios  es  su  consecuencia 
inmediata. 

Otro  movimiento  es  el  que  resulta  del  sistema  doble  que,  con 
respecto  al  Sol,  forman  la  Tierra  y  la  Luna.  El  centro  de  gravedad 
del  sistema  no  coincide  con  el  centro  de  la  Tierra.  Aquél  es  variable 
según  las  posiciones  del  satélite  y  por  esta  razón  el  centro  de  la 
Tierra  no  puede  seguir  en  su  marcha  annua  la  línea  de  la  eclíptica 
con  exactitud  rigurosa. 

La  eclíptica  misma,  ya  se  ha  dicho,  no  conserva  siempre  una  in- 
clinación constante  sobre  el  plano  del  ecuador;  de  lo  cual  resulta 
otra  oscilación  para  la  Tierra.  Ya  se  ha  indicado  que  todo  el  sistema 
solarse  traslada  en  el  espacio:  la  Tierra  toma  parte  en  este  movi- 
miento: y  otros  hay  menos  regulares  que  se  manifiestan  por  ciertas 
oscilaciones,  cuyas  causas  no  están  bien  estudiadas  todavía,  que  pa- 
rece hacen  cambiar  accidentalmente  la  posición  del  polo  del  mundo 
y  dan  por  resultado  variaciones  parecidas,  aunque  pequeñísimas,  de 


MOVIMIENTOS  DE  LA  TIERRA  41 

las  latitudes  terrestres.  Nada  diré  de  las  perturbaciones  planetarias 
de  cuya  influencia  participa  también  la  Tierra;  pues  todos  los  astros 
están  relacionados  entre  sí  de  tal  manera,  que  las  energías  y  movi- 
mientos de  los  unos  se  reflejan  más  o  menos  en  los  movimientos  de 
los  otros.  La  materia  es  abundante  y  el  problema  que  aquí  aparece 
es  complicado.  Razón  de  más  para  que  aplacemos  todo  para  mejor 
ocasión. 

P.  Ángel  Rodríguez  de  Prada. 


Vjb  JUñ 


h 


LA  LIBRERÍA  DE  FELIPE  II 


(DATOS  PARA  SU  RECONSTITUCIÓN) 

(continuación) 

Libros  que  tenia  Felipe  II  en  su  habitación  del  Escorial, 

Historia  de  la  Santa  Casa  de  Loreto.  8.°  Madrid,  1588,  por  D.  Francis- 
co de  Padilla. 

Officium  Beatae  Mariae  Virginis  jussu  Pii  V.  Antuerpiae,  Plantinus, 
1573.4.** 

Vita  Christi  Ludolphi  Sax.  Carthusiani.  Parisiis,  1580. 

Breviarum  Romanum  Pii  V.  Antuerpiae,  apud  Plantinum,  1573.  Dos 
ejemplares. 

Acta  ecclesiae  Mediolanensis.  Mediolani,  apud  Pontium,  1582.  En  fol. 

Missale  Romanum  restitutum  decreto  Concilii  Tridentini.  Parisiis,  apud 
Kerver,  1571.  En  fol. 

Historia  de  Nuestra  Señora  de  Guadalupe,  por  D.  Fr.  Gabriel  de  Tala- 
vera.  Toledo,  1597. 

Compendio  breve  de  ejercicios  espirituales,  por  el  P.  Fr.  García  de 
Cisneros,  Abad  de  Monserrat.  Barcelona,  1580.  8.** 

Officium  proprium  SS.  Ordinis  S.  Hieronymi.  Salmanticae,  1590.  Fol. 

Pontificale.  Lugduni,  1542.  Fol.  máx. 

Missale  Romanum.  Antuerpiae,  apud  Plantinum,  1573.  En  4.® 

Kalendarium  perpetuum,  Petro  Ruysio  presbytero  Toletano  auctore. 
Toleti,  1577.  En  4.° 

Officium  et  caeremoniale  ad  dedicationem  seu  consecrationem  eccle- 
siae et  altarum  hujus  regalis  Monasterii  S.  Laurentii.  Matriti,  1595. 
Prado  espiritual  de  Basilio  de  Sanctoio.  Burgos  1588. 
Historia  y  milagros  hechos  a  invocación  de  Nuestra  Señora  de  Monse- 
rrat. Barcelona,  1594.  8.® 


LA  LIBRERÍA  DE  FELIPE  H  43 

Martirologio  Romano,  traducido  por  Vázquez.  Valladolid,  1586.  En  4.** 

Arte  de  servir  a  Dios  de  Fr.  Rodrigo  de  Solis.  Alcalá,  1594. 

Fr.  Luis  de  Granada.  Opera  omnia.  Antuerpiae,  1592.  En  8.° 

Devotionarium.  Oficio  de  Nuestra  Señora  que  fué  de  los  Reyes  de  Por- 
tugal, pergamino,  iluminado,  tiene  unas  hojas  escritas  con  los  días  del  na- 
cimiento de  personas  reales. 

O'fícium  diurnum.  Antuerpiae,  1570. 

Obras  de  Santa  Teresa  de  Jesús. 

Sacrarum  caeremoniarum  seu  rituum  ecclesiasticorum  S.  R.  E.  libri 
tres.  Venetiis,  1582. 

Ordinarium  Carthusiense  in  8.** 

Nova  collectio  statutorum  Ordinis  Carthusiensis.  Parisiis,  1582.  En  4.* 

Agricultura  de  Herrera.  Medina  del  Campo,  1584. 

Descritione  del  Sacro  Monte  di  Várale  de  Valdesissia  in  rima.  Várale, 
1595.  En  8.° 

Missale  Romanum  Pii  V.  Salmanticae,  apud  Foquel,  1586.  En  4.° 

Kalendarium  perpetuum  secundum  institutum  Fratrum  Praedicatorum, 
per  Fr.  Didacum  Giménez.  Salmanticae,  1563.  En  8.° 

Officium  majoris  Hebdomadae.  Compluti,  1573.  En  8.** 

OfficiumSti.  Didaci  Complutense.  Compluti,  1549.  En  8.° 

Flos  Sanctorum,  traducido  por  Villegas.  Madrid,  1589  y  1594. 

Cartuxanoen  romance.  Sevilla,  1551;  4  tomos. 

Árbol  genealógico  por  Garibay. 

Biblia  Políglota. 

Obras  de  Ludovico  Blosio,  traducidas  del  latín  al  español. 

Cinco  libros  de  pliego  común,  scriptos  de  mano,  en  pergamino  ilumi- 
nado a  partes,  que  contienen  los  oficios  de  todo  el  año... 

La  relación  de  los  libros  que  siguen  aunque  está  ya  publicada  en  la 
Colección  de  documentos  inéditos  la  reproduzco  aquí  para  tener  reunidos 
todos  los  materiales  que  se  conocen  y  sirven  para  reconstituir  la  librería 
de  Felipe  II. 

Libros  de  diversas  facultades  de  la  testamentaría  de  Felipe  II. 

En  Madrid  a  27  de  Junio  de  1600,  tasados  por  P.  de  Bosque,  librero 
de  S.  M. 

Los  libros  de  este  género  que  dicen  en  la  margen  San  Lorenzo,  desde 
la  primera  partida  hasta  la  última,  que  está  a  folio  29,  consta  haberse  en- 
tregado en  virtud  de  cédula  Real  al  Monasterio,  como  consta  del  entrego 
fecho  al  Monasterio  desde  el  folio  10  basta  el  folio  19  ante  Juan  Ruiz.  Los 


44  LA  LIBRERÍA  DE  FELIPE  U 

entregados  a  Hernando  de  Espejo  para  la  almoneda,  se  señalarán  en  el 
margen  con  una  E. 

Un  cuaderno  de  ocho  hojas,  en  pergamino,  en  folio  mayor,  en  las  cinco 
delias  el  árbol  de  la  geneologia  de  los  Reyes  de  España,  los  escudos  ilu- 
minados y  retocados  de  oro;  encuadernado  en  becerro  bayo.  Núm.  1.— No 
se  tasa.  (S.  L.) 

Lo  rescibió  Hernando  de  Espejo  en  29  de  Junio  de  1613,  y  lo  tiene  se- 
ñalado por  rescibido  en  el  libro  de  Antonio  Voto.  Aunque  se  sacó  resulta 
contra  el  dicho  Hernando  de  Espejo  de  la  partida,  después  mostró  una  cé- 
dula de  S.  M.,  fecha  en  San  Lorenzo  a  20  de  Agosto  de  1600,  en  que  parece 
que  S.  M.,  por  cláusula,  mandó  al  dicho  Monasterio  de  San  Lorenzo  este 
libro,  cuya  copia  de  la  cédula  y  entrego  está  en  el  libro  de  las  dichas  resultas. 

Un  volumen  grande,  escrito  de  mano,  folio  mayor,  que  trata  del  prin- 
cipio y  subcesión  de  los  reinos  y  Reyes  y  otros  estados  y  señorios  de  la 
cristiandad,  con  las  insignias  de  ellos,  en  lengua  latina  y  tudesca;  historia- 
do con  figuras  y  escudos  iluminados  y  retocados  de  oro;  encuadernado  en 
tablas,  cubierto  de  terciopelo  negro,  con  cantoneras  y  manos  de  latón  do- 
rado. Núm.  2.— Tasado  en  200  ducados.  (4  Enero  1608.  E.) 

Otro  volumen  como  el  precedente,  escrito  de  mano,  en  papel,  folio 
mayor,  en  lengua  latina  y  tudesca,  del  principio  y  origen  de  los  Imperios 
que  ha  habido  desde  Adán,  con  los  Emperadores  del  Romano  hasta  el 
Rey  D.  Fernando,  con  los  oficiales  del  Imperio;  es  historiado  con  figuras 
iluminadas  de  oro,  plata  y  colores;  encuadernado  en  tablas  cubiertas  de 
terciopelo  negro,  con  cantoneras  de  latón  y  una  mano  de  latón  dorada.— 
Tasado  en  200  ducados.  (E.) 

Otro  volumen  en  todo  como  los  dos  precedentes,  en  latin  y  tudesco, 
de  la  nobleza  y  origen  de  las  insignias  de  armas,  y  de  los  torneos  y  escu- 
dos de  armas  de  los  Principes  y  señores  de  Allemana  y  de  otras  naciones, 
con  una  manezuela.— Tasado  en  200  ducados.  (S.  L.) 

La  Historia  de  Froysart.— Choronica  de  Francia,  Flandes  e  Inglaterra, 
en  cuatro  volúmenes  grandes,  escritos  de  mano,  en  pergamino,  en  len- 
guaje francés,  folio  mayor,  con  algunas  márgenes  retocadas  de  oro  y  las 
letras  capitales;  encuadernados  en  tablas  cubiertas  de  terciopelo  carmesí, 
con  cantoneras  y  tachones  de  latón  dorado. — Tasados  en  55  reales  cada 
uno,  que  son  20  ducados.  (E.) 

La  Choronica  del  Rey  Perce-Forest,  en  francés,  en  seis  volúmenes,  es- 
crito de  mano;  historiado  de  iluminación,  con  las  letras  mayúsculas  de  oro, 
en  pergamino,  en  folio;  encuadernados  cada  uno  en  tablas  cubiertas  de  ter- 
ciopelo carmesí,  con  cantoneras,  tachones  y  correones  de  latón  dorado.— 
Tasado  en  4  ducados  cada  uno,  que  son  24  ducados.  (E.) 


LA  LIBRERÍA  DE  FELIPE  II  45 

Un  libro  de  figuras  de  aves,  y  algunos  animales,  y  frutas,  y  yerbas,  pin- 
tados de  colores  al  natural,  que  tiene  ciento  y  tres  hojas  de  papel,  folio 
mayor,  sin  escrito  ninguno  mas  de  los  nombres  de  algunas  figuras;  encua- 
dernado en  pergamino. — Tasado  en  20  ducados.  (S.  L.) 

Boecio:  De  Consolation,  escrito  en  francés,  en  folio,  en  pergamino;  en- 
cuadernado en  cartones  y  terciopelo  carmesí.— En  20  reales.  (E.) 

Un  libro  de  caza,  escrito  de  mano,  en  lengua  francesa,  en  pergamino, 
en  folio;  historiado  de  figuras  iluminadas;  encuadernado  en  tablas  y  cuero 
colorado  dorado. — En  50  reales.  (E.) 

Un  libro  de  hechos  de  armas  y  de  caballería,  en  lengua  francesa;  his- 
toriado de  iluminaciones  y  letras  mayúsculas  doradas,  escrito  de  mano,  en 
pergamino  en  folio;  encuadernado  en  tablas  cubiertas  de  terciopelo  negro, 
guarnecido  con  tachones  y  manos  de  latón. — En  12  reales.  (E.) 

Las  Coronicas  de  Olanda  y  Gelanda  y  Frissia,  en  lengua  francesa,  de 
mano,  en  papel,  en  folio;  encuadernado  en  tablas  y  cuero  negro. — No  tiene 
valor. 

Libro  de  la  guerra  y  paz  en  tiempo  del  Duque  Philipo,  en  lengua  fran- 
cesa, de  mano,  en  papel,  en  folio;  encuadernado  en  tablas  y  cuero  negro.— 
No  es  de  valor. 

La  Genealogía  de  los  Condes  de  Aynnao;  en  lengua  francesa,  de  mano, 
en  papel,  en  folio;  encuadernado  en  cartón  y  cuero  blanco. — No  es  de 
valor. 

El  Caballero  Determinado,  en  francés,  de  mano;  historiado  de  figuras 
iluminadas;  encuadernado  en  cartón  cubierto  de  terciopelo  carmesí.— 
En  8  reales.  (E.) 

Un  libro  de  instrumentos  y  machinas  bélicas,  en  lengua  latina,  escrito 
en  papel,  en  folio;  encuadernado  en  tablas  y  cuero  negro.— En  8  rea- 
les. (S.  L.) 

Un  cartapacio  de  tratados  diferentes,  en  lengua  francesa,  de  mano  y  uno 
de  molde  pegado  a  él;  encuadernado  en  papelón  cubierto  de  cuero  negro. 
— No  es  de  valor.  (E.) 

El  fallecimiento  y  obsequias  de  la  madre  del  Rey  Francisco  de  Francia, 
en  francés,  de  mano;  historiado  de  iluminaciones  y  las  letras  capitales  do- 
radas, en  pergamino;  encuadernado  en  tablas  y  terciopelo  verde. — 
En  12  reales.  (S.  L.) 

Receptas  de  cosas  medicinales,  en  francés,  de  mano,  en  folio  pequeño, 
encuadernadas  en  papelón  y  cuero  negro. — En  12  reales.  (S.  L.) 

Libro  de  las  scripturas  de  la  vida  y  milagros  del  sancto  fray  Diego  de 
Alcalá,  en  pergamino,  de  mano;  encuadernado  en  tablas  y  cuero  negro.— 
En  8  reales.  (S.  L.) 


46  LA  LIBRERÍA  DE  FELIPÉJ  tí 

Fuero  de  los  hijos  dalgo  de  Castilla,  en  pergamino,  de  mano,  en  folio, 
encuadernado  en  papelón  y  cuero  negro.  Es  en  papel.  — En  8  reales.  (S.  L.) 

Processo  entre  la  Reina  Maria  y  el  Emperador  D.  Fernando  sobre  cier- 
tos bienes  doctales,  de  mano,  en  papel;  encuadernado  en  papelón  y  cuero 
negro.— En  8  reales.  (S.  L.) 

Hordenamiento  y  regimiento  de  los  Oficiales  de  la  casa  Real  de  Aragón; 
en  catalán,  escrito  en  papel,  de  mano,  en  folio;  encuadernado  en  papelón 
y  cuero  colorado,  dorado.— En  8  reales.  (S.  L) 

Otras  hordenaciones  de  la  misma  casa  Real  de  Aragón,  en  romance; 
encuadernado  como  el  precedente.— En  8  reales.  (S.  L) 

Comedia  de  Nicolao  Seco,  en  italiano,  de  mano,  en  papel;  encuaderna- 
do en  pergamino. — En  2  reales.  (S.  L.) 

Capitulaciones  de  los  matrimonios  entre  el  Archiduque  Phelipe  y  Reina 
Doña  Juana,  y  Principe  D.  Juan  y  madama  Margarita,  de  mano,  en  folio; 
encuadernado  en  pergamino.— En  8  reales.  (E.) 

Levantamiento  de  las  entradas  aduanas  y  gabellas  del  reino  de  Ñapó- 
les; encuadernado  en  pergamino.— En  2  reales.  (S.  L.) 

Hordenanzas  del  Duque  de  Borgaña,  en  francés,  de  mano,  las  márge- 
nes iluminadas,  en  cuarto;  encuadernadas  en  tablas  y  terciopelo  azul.— 
En  6  reales.  (E.) 

El  Caballero  Determinado,  de  mano,  escrito  en  pergamino,  en  cuarto; 
historiado  de  iluminación;  encuadernado  en  papelón  y  cuero  colorado,  do- 
rado y  labrado.— En  16  reales.  (E.) 

Dos  oraciones  de  Hierónimo  Olungano,  una  de  la  preheminencia  de  la 
Corona  de  Castilla  respecto  de  la  Corona  de  Francia,  y  otra  de  la  victoria 
naval  contra  el  turco,  de  mano,  en  pergamino,  en  cuarto;  encuadernado  en 
terciopelo  carmesi.— En  4  reales.  (3.  L.) 

Prognosticon  del  Rey  D.  Phelipe,  nuestro  señor,  de  su  nascimiento, 
hecho  por  el  doctor  Mathiahaco,  con  cubiertas  de  terciopelo  negro,  en 
cuarto,  escrito  de  mano  en  papel.— En  2  reales.  (S.  L.) 

La  vida  y  hechos  del  Emperador  D.  Carlos,  en  italiano,  de  mano,  en 
papel,  de  a  cuarto,  con  algunas  iluminaciones;  encuadernado  en  cartones 
y  cuero  dorado  y  colorado.— En  2  reales.  (S.  L.) 

Tratado  de  Artillería,  de  Juan  Bautista  Antonelo,  en  italiano,  de  mano, 
en  papel,  de  a  cuarto;  encuadernado  en  cuero  azul  dorado.— En  4  rea- 
les. (S.  L.) 

Versos  de  devoción  de  Jaques  Boulchier,  en  francés,  de  mano,  en  pa- 
pel, de  a  cuarto,  pequeño.— En  2  reales.  (E.) 

Comedia  llamada  Alexandra,  en  italiano,  de  mano,  en  papel,  de  a  cuar- 
to; encuadernada  en  cartones  y  raso  carmesi.— En  2  reales.  (S.  L.) 


LA  LIBUERÍA  Í)ÉJ  FBlLIPÍ;  íl  47 

Un  tratadillo  de  cosas  de  Indias  de  la  ciudad  de  México  y  la  isla  de 
Santo  Domingo,  en  papel,  de  a  cuarto,  de  mano;  en  papelón  y  cuero  ne- 
gro.—En  2  reales.  (S.  L.) 

Otro  tratadillo  de  ardides  de  guerra,  de  siete  hojas,  escrito  de  mano, 
en  papel,  de  a  cuarto;  encuadernado  en  cartones  y  raso  blanco,  labrado. — 
En  2  reales.  (S.  L.) 

Los  establecimientos  de  la  horden  Tusson,  en  romance,  de  mano,  en 
papel  de  a  cuarto;  encuadernado  en  pergamino.— En  2  reales.  (S.  L.) 

Un  cathalogo  de  libros  para  la  Cámara  de  S.  M.  escrito  de  mano.— No 
es  de  valor. 

Un  cuaderno  viejo,  en  francés,  de  la  proposición  que  hicieron  los  Em- 
bajadores de  Francia  al  Duque  de  Borgoña.— No  es  de  valor. 

Josepho:  De  Bello  ludayco,  impresso  en  francés,  en  folio  mayor;  encua- 
dernado en  tablas  y  cuero  bayo.— En  2  reales.  (E.) 

De  la  Religión  de  los  antiguos  romanos,  de  Guillermo  Choul,  impreso 
en  León  por  Guillaume  Roville,  año  de  mil  y  quinientos  y  cincuenta  y  seis; 
encuadernado  en  pergamino,  en  folio.— En  2  reales.  (E.) 

Choronica  del  Rey  D.  Alonso  el  Honzeno,  en  romance,  impresa  en 
Valladolid,  mil  y  quinientos  y  cincuenta  y  uno,  encuadernado  en  papelón 
y  cuero  colorado,  en  folio.— En  12  reales.  (S.  L.) 

Memorial  de  cosas  notables,  compuesto  por  D.  Iñigo  López,  Duque 
quarto  del  Infantado,  impreso  en  Quadalajara  por  Pedro  de  Robles  y  Fran- 
cisco de  Cormellas,  mil  y  quinientos  y  setenta  y  cuatro,  en  romance;  en- 
cuadernado en  papelón  y  cuero  negro,  en  folio.— Tasado  en  6  reales.  (S.  L.) 

Poligraphia  de  Trictemio,  impreso  año  de  mil  y  quinientos  y  diez  y 
ocho,  en  folio;  encuadernado  en  tablas  y  cuero  negro  y  manezuelas.- En 
4  reales.  (E.) 

Discursos  del  asiento  del  exército,  de  la  disciplina  militar,  impreso  en 
francés,  en  León  por  Guillermo  Rovillo,  año  de  mil  y  quinientos  y  cin- 
cuenta y  cinco,  con  estampas,  de  molde,  en  folio;  encuadernado  en  perga- 
mino.—En  2  reales.  (E.) 

Aserción  e  información  del  derecho  del  Emperador  nuestro  señor, 
Carlos  V,  en  el  ducado  de  Xeldria  y  otros  condados,  año  de  mil  y  qui- 
nientos y  treinta  y  nueve,  impreso  en  Norin  Vergue  por  Juan  Petreyo,  en 
latin,  en  folio;  con  cubierta  de  cuero  negro.— En  un  real.  (S.  L.) 

La  conquista  de  México,  de  Gomara,  impresa  año  de  mil  y  quinientos 
y  cincuenta  y  dos;  en  cuero  negro.— En  2  reales.  (E.) 

Choronica  del  santo  Rey  D.  Fernando  que  ganó  a  Sevilla,  en  folio  pe- 
queño, impresa  año  de  mil  y  quinientos  y  cuarenta;  encuadernada  en  cuero 
negro.— En  un  real  (E.) 


48  LA  LIBRERÍA  DE  FELIPE  lí 

Historia  de  Perce-Forest,  impresa  en  Paris,  año  de  mil  y  quinientos  y 
treinta  y  uno,  en  cuatro  cuerpos;  encuadernados  en  cartones  y  cuero  negro, 
en  folio.— En  8  reales.  (E.) 

Vegecio  de  re  militari,  en  francés,  ano  de  mil  y  quinientos  y  treinta  y 
seis;  en  folio;  encuadernado  en  papelón  y  cuero  negro.— En  2  reales.  (E.) 

Apiano  Alexandrino,  en  francés,  impreso  año  de  mil  y  quinientos  y 
cuarenta  y  cuatro,  en  León,  encuadernado  en  cartones  y  cuero  colorado.— 
En  4  reales.  (E.) 

El  Consulado,  en  catalán,  impreso  año  de  mil  y  quinientos  y  diez  y 
ocho,  en  folio;  encuadernado  en  pergamino.— En  2  reales.  (S.  L.) 

Las  honras  que  se  hicieron  en  Bruselas  del  Rey  D.  Fernando,  impreso 
en  pergamino  con  las  primeras  hojas  iluminadas,  en  folio.— En  2  reales. 
(S.  L.) 

El  viaje  del  Principe  D.  Felipe,  recopilado  por  Estrella,  impreso  año  de 
mil  y  quinientos  y  cincuenta  y  dos;  encuadernado  en  cartones  dorados,  en 
folio.— Tasado  en  12  reales.  (E.) 

En  cuarto. 

Ovidio  Metamorphossios,  de  Ludovico  Dolce,  en  italiano,  impreso  año 
de  mil  y  quinientos  y  cincuenta  y  tres,  en  cuarto  mayor;  encuadernado  en 
cartones  dorados. — En  12  reales.  (E.) 

Comentarios  de  Albar  Nuñez  Cabeza  de  Vaca;  con  cubierta  carmesi, 
impreso  año  de  mil  y  quinientos  y  cincuenta  y  cinco.— En  2  reales.  (E.) 

Libro  de  los  títulos  y  descendencia  del  Rey  D.  Phelipe,  nuestro  señor, 
hecho  por  Jacobo  Maynoldo,  impreso  en  pergamino  año  de  mil  y  quinien- 
tos y  setenta  y  tres;  encuadernado  en  pergamino,  iluminado.— En  4  rea- 
les. (S.  L.) 

Canciones  en  alabanza  del  Rey  D.  Felipe,  nuestro  señor,  en  francés;  en- 
cuadernado en  cartón  y  cuero  colorado:  autor  Christobal  Plantino,  dupli- 
cado, el  uno  encuadernado  en  terciopelo  carmesi  labrado,  y  el  otro  en 
cuero  colorado  retocado. — En  4  reales.  (S.  L.) 

Tratado  de  la  manera  de  fortificar  las  ciudades,  de  Juan  Baptista  de 
Zanchi,  en  italiano,  impreso  año  de  mil  y  quinientos  y  cincuenta  y  cuatro; 
encuadernado  en  pergamino.— En  un  real.  (S.  L.) 

Un  libro  intitulado  ínterin,  en  tudesco;  encuadernado  en  cuero  negro, 
en  cuarto.— No  es  de  valor.  (S.  L.) 

Recopilación  de  cartas  entre  el  Emperador  Carlos  V  y  Francisco,  Rey 
de  Francia,  en  francés;  encuadernado  en  cartones  y  cuero  negro. — No  es 
de  valor. 


LA  LIBRERÍA  DE  FELIPE  U  49 

Historia  de  los  corporales  de  Daroca,  impresa  año  de  mil  y  quinientos  y 
cincuenta  y  tres;  encuadernado  en  cartones,  cubierta  de  cuero  colorado. — 
No  es  de  valor. 

Libro  Dechado  de  labores,  impreso  año  de  mil  y  quinientos  y  cuarenta 
y  tres;  encuadernado  en  pergamino. — No  es  de  valor. 

Libro  de  cifras  en  intaliano,  de  Pico  Comino  Fedili;  encuadernado  en 
cartones  cubiertos  de  tafetán,  en  cuarto.— En  un  real. 

Un  libro  de  los  breves  y  sentencia  en  favor  de  la  Reina  Dona  Catalina 
de  Inglaterra;  encuadernado  en  pergamino.— No  es  de  valor. 

En  ocho,  impresos. 

Primera,  tercera,  cuarta  y  quinta  Décadas  de  Tito  Livio,  en  latín,  con 
las  anotaciones  de  Enrico  Qlareano,  en  cinco  cuerpos,  impresos  año  de 
cuarenta  y  dos,  del  Grifo;  encuadernados  en  cartones  cubiertos  de  cuero 
negro.— En  24  reales.  (E.) 

Polibio,  historiador,  del  Grifo,  impreso  año  del  cuarenta  y  dos;  encua- 
dernado en  papelón  y  cuero  negro. — En  4  reales.  (E.) 

Historia  romana  de  Utropio,  en  latín,  impreso  año  de  mil  y  quinientos 
y  cuarenta  tres,  en  cartones  y  cuero  negro. — En  un  real.  (E.) 

Historias  de  Paulo  Emilio  de  los  Reyes  de  Francia,  en  latín,  impreso 
ano  de  mil  y  quinientos  y  cuarenta  y  ocho;  encuadernado  en  papelón  y 
cuero  negro.- En  3  reales.  (E.) 

Comentarios  de  César,  en  latín,  impreso  año  de  cuarenta  y  tres;  encua- 
dernado en  papelón  y  cuero  colorado,  plateado.   -En  2  reales.  (E.) 

Pomponio  Mela,  Julio  Solino  y  el  Itinerario  de  Antonino  y  Víctor,  de 
Urbe  romana,  y  Dionisio  Afer,  De  situ  orbis,  en  latín,  impreso  año  de  mil 
y  quinientos  y  veinte  y  seis;  encuadernados  en  cartones  y  cuero  negro.— En 
un  real.  (E.) 

Suetonio  Tranquilo,  en  latín,  del  año  de  treinta  y  cuatro;  encuaderna- 
do en  papelón  y  cuero  verde,  dorado.— En  3  reales.  (E.) 

Los  comentarios  de  la  guerra  de  Allemaña,  de  D.  Luis  de  Avila,  en  la- 
tín, Imperial,  año  de  mil  y  quinientos  y  cincuenta;  encuadernado  en  pape- 
lón y  cuero  colorado,  dorado.— En  2  reales.  (S.  L.) 

P.  Guillermo  Antolín. 
(Continuará.)  o.  s.  a. 


REVISTA  CANÓNICA 


Sagrada  Congregación  de  Ritos. 

I 
Urbis  et  Orbis. 

DE  MISSA  VOTIVA  SOLÉMNI  SSMI.  SACRAMENTI,  VEL  DE  PACE,  OMITTENDA  IN 
ORATIONE  XL  HORARUM,  DIE  COMMEMORATIONIS  OMNIUM  FIDELIUM  DEFUNC- 
TORUM 

Ex  Constitutione  Apostólica  Incraentam  Altaris  Sacriflciam  Ssmi.  Dni. 
nostri  Benedicti  Papae  XV  diei  10  augusti  1915  permittitur  Expositio  Ssmi. 
Sacramenti  pro  Oratione  XL  Horarum  etiam  die  Commemorationis  om- 
nium  fideli  um  defunctorum.  Attamen  Misae  de  Requie  cum  vestibus  sacer- 
dotalibus  colorís  violacei  non  sunt  celebrandae  ad  Altare  Expositionis. 

Per  eandem  Constitutionem  et  subsequentem  S.  R.  C.  declarationem 
seu  Decretum  Urbis  et  Orbis,  diei  28  februarii  1917,  Commemoratio  om- 
nium  fidelium  defunctorum  Festis  solemnioribus  primaiiis  ritus  duplicis 
primae  classis  aequiparatur. 

Hisce  praemissis,  quaeritur:  Licebitne  adhuc  celebrare  unicam  Missam 
solemnem  de  Ssmo.  Sacramento,  vel  de  Pace,  de  qua  sermo  est  in  Instruc- 
tione  Clementina  et  in  Decreto  geneali  S.  R.  C,  n.  3864,  diei  9  iulii  1895, 
ad  4,  pro  Oratione  XL  Horarum,  quando  dies  expositionis  vel  repositionis, 
aut  medius,  incidit  in  diem  Commemorationis  omnium  fidelium  defun- 
ctorum? 

Sacra  Rituum  Congregatio,  audito  specialis  Commissionis  suffragio, 
praepositae  questioni,  ómnibus  sedulo  perpensis,  respondendum  censuit: 
Negative,  et  ad  mentem. 

Mens  autem  est:  «In  Ecclesiis  ubi  die  Commemorationis  omnium  fide- 
»lium  defunctorum  fíat  Oratio  XL  Horarum  cum  Ssmo.  Sacramento  solem- 


REVISTA   CANÓNICA  51 

»niter  expósito,  huiusmodi  expositio  sequatur,  repositio  vero  cum  pro- 
>cessione  praecedat  Missam  cantatam  de  die  Commemorationis  omnium 
»fídelium  defunctorum.»  Et  Sacra  eadem  Congregatio,  approbante  Ssmo. 
Domino  nostro  Benedicto  Papa  XV,  ita  rescripsit,  declaravit  et  servari 
mandavit.  Die  26  februarii  1919.  >í<  A.  Card.  Vico,  Ep.  Portuen.  et  S.  Ru- 
finae,  S.  /?.  C.  Praefectas. 

II 

Dubiuin. 

Rmus  Ordinarius  Albinganensis  Dioecesis  a  Sacra  Rituum  Congrega- 
tione  sequentis  dubii  solutionem  bumiliter  expostulavit,  nimirum; 

Utrum,  attenta  Constitutione  Apostólica  Incruentum  Altaris  sacrifi- 
ciam,  diei  10  augusti  1915,  in  Commemoratione  Omnium  Fidelium  defun- 
ctorum,  liceat  canere  Missam  pro  defuncto,  praesente  cadavere? 

Et  Sacra  Rituum  Congregatio,  audito  specialis  Commissionis  voto, 
ómnibus  sedulo  perpensis,  rescribendum  censuit: 

Affirmative,  iuxta  Rubricas  et  Decreta.  Missa  autem  sit  una  ex  tribus 
Missis  quae  dicuntur  in  Commemoratione  Omnium  Fidelium  defuncto- 
rum:  et  Orationi  Missae  addatur  Oratio  pro  defuncto,  sub  única  conciu- 
sione. 

Atque  ita  rescripsit  et  declaravit,  die  10  ianuarii  1919.  >í<  A.  Card.  Vico, 
Ep.  Portuen.  et  S.  Rufínae,  S,  R.  C.  Praef acias. 

III 

DE  BENEDICTIONIBUS  ET  SACRAMENTALIBUS  PRO  CATECHUMENIS 

Rmus  Dñus  Ludovicus  Martrou,  e  Congregatione  Spiritus  Sancti,  epi- 
scopus  titu!.  Corycen.  et  vicarius  apostolicus  Gabonen.,  a  S.  Rituum  Con- 
gregatione reverenter  expostulavit: 

«An  benedictiones  imprimis  impertiendae  catholicis  quae,  iuxta  can. 
>  1.149  Codicis  luris  Canonici,  dari  queque  possunt  catechumenis,  intelli- 
»gi  debeant  etiam  de  sacramentalibus  publicis  ac  proinde  admitti  possint 
»catechumeni  ad  impositionem  cinerum,  traditionem  candelarum  et  pal- 
>marum? 

Et  Sacra  eadem  Congregatio,  audito  specialis  Commissionis  suffragio, 
ómnibus  perpensis,  respondemdum  censuit:  affirmative, 

Atque  ita  rescripsit  ac  declaravit,  die  8  martii  1919.  >í<  A.  Card.  Vico, 
Ep.  Portuen.  et  S.  Rufínae,  S.  R.  C.  Praefecíus. 


52  REVISTA    CANÓNICA 

IV 

Dnbium. 

DE  NOMINE  ANTISTITIS  EXPRIMENDO  IN  CANONE  MISSAE 

Ex  canone  294  Codicis  luris  Canonici,  ubi  legitur  «Vicarii  et  Praefecti 
»Apostolici  iisdem  iuribus  et  facultatibus  iti  suo  territorio  gaudent,  quae 
>in  propriis  dioeccsibus  competunt  Episcopis  residentialibus,  nisi  quid 
» Apostólica  Sedes  reservaverit»,  exortum  est  et  Sacrae  Rituum  Congrega- 
tioni  propositum,  pro  opportuna  declaratione,  sequens  dubium,  nimirum: 

«An  Vicariis  et  Praefectis  Apostolicis  de  novo  iure  competat,  in  proprio 
territorio,  ut  nominentur  in  Canone  Missae?» 

Et  Sacra  eadem  Congregatio,  audito  specialis  Commissionis  voto,  atten- 
to  etiam  can.  2et  altero  308  Codicis  luris  Canonici  omnibusque  perpensis, 
respondendum  censuit  Negativa  iuxta  rubricas  et  decreta;  quia  de  iure 
adhuc  vigente,  in  Canone  Missae,  post  verba  Antisiiíe  nostro  exprimen- 
dum  est  tantum  nomen  Patriarchae,  Archiepiscopi  et  Episcopi  qui  sint  Or- 
dinarii  loci,  et  in  propria  Dioecesi. 

Atque  ita  rescripsit  et  declaravit,  die  8  martii  1919.  ^  A.  Card.  Vico, 
Ep.  Portuen.  et  S.  Rufinae.  5.  R.  C.  Praefectus.  L.  >í<  S.  Alexandre  Verde, 
Secretarias. 


bibliografía 


Les  cathoUques  franjáis  et  l'Aprés-Guerre,  par  l'Abbé  Beaupain.— Un  vol., 
de  157  págs.,  en  8.».— Bloud  et  Gay,  éditeurs.— París-Barcelone,  1918. 

Mucho  se  ha  ilustrado  en  el  vecino  país  el  tema  de  las  orientaciones 
que  deben  seguirse  como  fruto  de  las  enseñanzas  de  la  guerra.  Unos  estu- 
dios han  versado  sobre  la  dirección  intelectual,  tan  descaminada  en  toda 
la  edad  moderna,  y  otros  sobre  el  porvenir  económico,  que  tantos  proble- 
mas entraña.  El  libro  que  tenemos  a  la  vista,  no  es  nada  de  eso;  se  refiere, 
principalmente,  pudiéramos  decir  exclusivamente,  a  los  problemas  de  ac- 
ción religiosa  y  moral,  en  cuya  solución  deben  emplear  su  actividad  los 
católicos,  para  que  el  resurgimiento  de  la  patria  sea  más  eficaz  y  más  com- 
pleto. 

En  cinco  capítulos  desarrolla  su  pensamiento  el  autor.  Después  de  al- 
gunas reflexiones  muy  generales  sobre  el  actual  estado  religioso  de  Fran- 
cia, en  que  tanto  han  influido  las  enseñanzas  del  conflicto  mundial,  habla 
el  autor,  con  alto  sentido  patriótico,  de  la  reforma  y  progreso  de  la  vida 
cristiana  en  las  diferentes  clases  sociales  y  expone  la  orientación  de  salud 
que  debe  darse  al  problema  de  la  educación  por  parte  de  los  católicos.  En 
uno  y  otro  punto  señala  el  autor  las  deficiencias  habidas,  las  faltas  notadas 
que  deben  enmendarse  para  mejor  prosperidad  moral  y  religiosa  del  país. 
Dedica  otro  capítulo  muy  interesante  a  las  relaciones  mutuas  entre  los  ca- 
tólicos franceses,  indicando  las  condiciones  de  la  unión  que  han  de  mos- 
trar en  su  conducta  y  en  sus  sentimientos,  así  como  las  condiciones  en  que 
deben  desarrollar  su  acción  social  para  mayor  eficacia  de  su  apostolado  en 
el  bien  de  la  patria.  La  exposición  de  los  deberes  de  los  católicos  con  rela- 
ción a  los  que  no  comparten  las  mismas  creencias  llena  el  último  de  los 
capítulos  y  completa  el  tratado  de  una  materia  que  encierra  verdadero  in- 
terés, y  cuyo  estudio  se  recomienda  con  su  sola  enunciación: 

La  importancia  del  libro  no  está  solamente  en  los  asuntos  que  se  dilu- 
cidan en  cada  uno  de  sus  capítulos,  sino  también,  y  muy  especialmente,  en 
la  forma  de  exposición,  animada  toda  ella  por  reflexiones  del  orden  sobre- 


54  BIBLIOGRAFÍA 

natural  que  vienen  a  reforzar  los  argumentos  de  la  ética  natural  dándole 
los  atractivos  de  un  divino  apostolado.— -fí.  R. 


La  emperatriz  Isabel,  por  el  limo.  Sr.  D.  Javier  Vales  Failde,  rector  de  la 
Universidad  Católica.  Correspondiente  de  la  Real  Academia  de  la  Histo- 
ria.—Madrid.— Tip.  de  la  Revista  de  Archivos,  Bibliotecas  y  Museos,  Olóza- 
ga,  1.— 1917. 

Ya  nos  cuenta  en  el  prólogo  el  ilustrado  Sr.  Vales  Failde  el  origen  y  las 
causas  que  motivaron  la  publicación  de  la  presente  obra:  el  origen  es  una 
serie  de  conferencias  dadas  a  las  señoras  en  la  Universidad  Católica  a  raíz 
del  nombramiento  del  autor  de  este  libro  para  rector  de  la  misma  y  para 
desempeñar  la  cátedra  de  Estudios  sociales  femeninos,  cargos  que  vino  a 
ocupar  al  cesar  en  los  mismos  el  que  fué  elevado  a  la  Sede  episcopal  de 
Barcelona,  Sr.  Reig  Casanova.  Ante  las  lecciones  del  sabio  autor,  las  se- 
ñoras asistentes  a  las  conferencias  se  entusiasmaron  con  la  excelsa  figura 
de  la  emperatriz  Isabel  y  rogaron  al  ilustre  conferenciante  que  las  publica- 
ra en  forma  de  libro;  así  lo  hizo,  «cambiando  únicamente  la  forma,  que  es 
la  de  un  libro,  para  que  haya  más  unidad». 

El  carácter,  pues,  de  la  obra  no  es  (ya  lo  dice  también  el  autor)  un  libro 
empedrado  de  citas,  ni  una  novela  histórica,  sino  una  semblanza  de  la 
emperatriz  y  reina  Isabel,  una  vulgarización  de  la  vida  de  tan  alta  señora^ 
modelo  de  madres,  de  esposas,  de  hermanas  y  de  reinas. 

Para  dibujar  esta  figura  en  toda  la  plenitud  de  su  majestad  y  grandeza 
ha  utilizado  el  sabio  autor  multitud  de  documentos  con  los  que  nos  pre- 
senta a  la  Emperatriz  en  su  verdadero  retrato,  descartando  cuidadosamente 
todo  aspecto  legendario  o  novelesco,  con  lo  cual  consigue  sembrar  y  di- 
fundir las  virtudes  cívicas  de  que  tan  necesitada  se  halla  la  sociedad  con- 
temporánea, y  de  que  tan  alto  ejemplo  dio  la  amantísima  esposa  del  invicto 
cesar  español. — P.  Gutiérrez. 


Cours  de  Psychologie  et  de  Philosophie.— I.  Psychologie,  par  T.  Baudin,  pro- 
íesseur  au  CoUége  Stanislas.  Paris,  ancienne  librairie  Poussielgue.  J.  de 
Gigor,  éditeur.  15,  rué  Cassette.  1917.— Un  vol.,  en  4.^,  de  V-618  págs. 

Forma  el  presente  tomo  el  primer  volumen  del  curso  de  Filosofía  aco- 
modado a  los  programas  por  lo  que  está  regulado  su  enseñanza  en  la  veci- 
na República.  Esta  circunstancia  nos  explica  la  elección  y  distribución  de 
material  y  el  método  seguido  por  el  autor  en  la  exposición  de  las  mismas. 
No  es  un  tratado  de  Psicología  empírica,  de  esa  Psicología  meramente  po- 


BIBLIOGRAFÍA  55 

sitiva,  que  estudia  el  conjunto  de  sentimientos,  pasiones,  inclinaciones  y  há- 
bitos, que  constituye  la  fisonomía  moral  de  un  hombre,  su  carácter  y  su 
personalidad;  no  es  tampoco  una  Psicología  metafísica  del  principio  subs- 
tancial e  inmaterial,  raíz  y  causa  última  de  todos  los  estados  de  conciencia. 
Es  una  Psicología  científica,  como  se  complace  en  llamarla  el  autor,  una 
investigación  de  los  diferentes  grupos  de  fenómenos  psíquicos,  análisis  de 
los  mismos  y  su  explicación  por  medio  de  las  leyes  a  que  están  sujetos. 

Trazado  el  plan,  el  autor  lo  va  desarrollando  con  maestría  verdadera- 
mente singular,  que  delata  al  profesor,  que  durante  muchos  años  ha  procu- 
rado asimilarse  bien  la  asignatura  a  fin  de  poderla  comunicar  con  toda 
claridad  y  no  falta  de  interés  a  sus  discípulos.  En  veinte  y  siete  capítulos 
está  dividida  toda  la  materia.  Todas  las  cuestiones  están  admirablemente 
enfocadas  y  desarrolladas;  y  si  acaso  se  echa  de  menos  la  erudición  de  que 
se  suele  alardear  hoy  en  toda  clase  de  textos,  y  en  especial  en  los  de  Filo- 
sofía, esta  misma  supresión,  intencionada  por  otra  parte,  de  las  innumera- 
bles opiniones  y  teorías  en  alguna  cuestión  determinada,  resulta  una  ven- 
taja indiscutible  para  aquellos  a  quienes  va  dedicada  la  obra. 

La  claridad  en  la  exposición  y  el  complacerse  el  autor  en  multiplicar 
los  símiles  y  las  comparaciones  con  el  fin  de  llamar  más  eficazmente  la 
atención  de  los  lectores  sobre  alguna  doctrina  importante  o  consecuencia 
práctica,  son  adornos  que  hacen  muy  agradable  la  lectura  de  las  doctrinas 
algunas  veces  un  tanto  abstrusas  por  la  misma  índole  del  asunto.  Nos  atre- 
veríamos a  augurar  a  este  primer  volumen  de  M.  Baudin  una  gran  difusión 
entre  nuestros  jóvenes  estudiosos,  si  hubiera  alguno  que  lo  vertiese  a 
nuestro  idioma  en  lenguaje  claro  y  elegante,  como  lo  es,  sin  duda  alguna, 
el  del  original. — P.  V.  Burgos. 


Episodios  de  la  Guerra  Europea.— Casa  editorial  de  Alberto  Martín.— Conse- 
jo de  Ciento,  140.— Barcelona. 

Hemos  recibido  los  cuadernos  Q7,  98,  99  y  100  de  la  notabilísima  obra 
que  viene  publicando  la  Casa  editorial  arriba  citada  y  que  está  escrita  por 
el  reputado  periodista  Sr.  Pérez  Carrasco  con  información  muy  documen- 
tada sobre  la  historia  de  la  conflagración  europea. 

Los  cuadernos  que  tenemos  a  la  vista,  de  20  a  30  páginas  cada  uno,  se 
refieren  a  los  episodios  que  tuvieron  lugar  en  Gallípoli  y  a  las  circunstan- 
cias de  la  entrada  de  Italia  en  la  Guerra.  Varias  ilustraciones  companan  al 
texto  y  algunas  láminas  realzan  el  valor  de  la  empresa,  contribuyendo  todo 
ello  al  acrecentamiento  del  interés  que  inspira  su  lectura.— P.  B. 


56  BIBLIOGRAFÍA 

EsUmpas  serie  «Alfa». —Librería  Católica  Internacional.— Claris,  82. -Bar- 
celona. 

De  muy  buen  gusto  es  la  colección  de  estampas  de  la  serie  «Alfa»  con 
que  la  Casa  editorial  de  Luis  Gili,  de  Barcelona,  inaugura  las  series  que 
tiene  en  proyecto  y  en  vías  de  ejecución.  Son  notables,  no  sólo  por  la  no- 
vedad de  su  presentación  material,  sino,  lo  que  las  hace  aún  más  recomen- 
dables, por  su  valor  piadoso  y  artístico. 

Consta  actualmente  la  serie  «Alfa»  de  44  modelos  (tamaño,  55  X  105 
milímetros). 

También  ha  publicado  un  bello  recordatorio  de  Primera  Comunión, 
que  representa  a  Jesús  Eucarístico,  y  está  impreso  en  papel  couchéf  con 
artística  orla  dorada  que  acrecienta  la  riqueza  del  conjunto. 

Este  recordatorio  se  ha  impreso  con  texto  castellano,  catalán  y  portu- 
gués. 

Derecho  Sacramental  y  Penal  especial.  Con  arreglo  al  novísimo  Código  de 
Pío  X  promulgado  por  Benedicto  XV,  a  las  declaraciones  subsiguientes 
de  la  Santa  Sede  y  a  las  prescripciones  de  la  disciplina  española  y  de  la 
América  Latina,  por  el  P.  Juan  B.  Ferreres,  S.  J.  Un  vol.,  de  550  páginas, 
en  4.*— E.  Subirana,  editor,  Puertaferrisa,  14,  Barcelona. 

Cuantos  conocen  las  Instituciones  Canónicas^  del  P.  Ferreres,  editadas 
ya  por  segunda  vez  desde  la  promulgación  del  nuevo  Código  de  Derecho 
canónico,  se  felicitarán  con  seguridad  al  tener  en  sus  manos  esta  obra  im- 
portantísima, que  es  una  adición  feliz  y  muy  necesaria  para  que  resulte 
completo  el  comentario  de  la  nueva  legislación  canónica. 

Son  dos  los  tratados  que  encierra:  el  Derecho  Sacramental^  con  aten- 
ción preferente  a  los  Sacramentos  del  Orden  y  del  Matrimonio,  y  el  Dere- 
cho Penal  especial,  en  que  se  expone  todo  lo  legislado  acerca  de  la  mate- 
ria hasta  los  momentos  actuales.  Añádese  un  tercer  tratado  a  manera  de 
complemento  con  la  exposición  de  los  títulos  XVIIl  y  XXX-XXXII  de 
libro  IV,  por  su  conexión  con  el  Derecho  Penal  especial. 

Como  destinada  la  obra  para  profesores  de  Derecho  canónico  y  alum- 
nos en  Seminarios  y  Universidades,  abogados  y  sacerdotes  con  cura  de 
almas,  los  tratados  ofrecen  la  conveniente  extensión,  particularmente  el 
del  Sacramento  del  Matrimonio,  que  abarca  más  de  doscientas  páginas, 
con  una  exposición  muy  completa  de  cuantas  cuestiones,  así  canónicas 
como  morales,  a  esa  materia  se  refieren,  incluyendo,  además,  para  mayor 
ilustración  de  los  estudiosos,  gran  parte  de  la  disciplina  ya  fenecida,  cuyo 
conocimiento  tanto  contribuye,  aunque  por  modo  indirecto,  a  esclarecer 


BIBLIOGRAFÍA  57 

la  legislación  en  vigor.  Citar  algunos  de  los  puntos  que  se  dilucidan  en  la 
obra  sería  empequeñecerla,  a  menos  de  dedicarle  varias  páginas,  de  que 
nos  dispensa  el  nombre  del  autor,  tan  acreditado  entre  los  doctos  por  su 
mucha  competencia  en  estas  materias  y  por  las  condiciones  didácticas  in- 
superables de  que  sabe  revestir  todas  sus  sobras. 

Muy  sinceramente  le  felicitamos  por  este  su  nuevo  acierto  de  tratadista 
meritísimo  de  la  ciencia  moral  y  canónica,  como  felicitamos  también  al 
ilustre  editor  Sr.  Subirana,  digno  de  todos  los  encomios  por  su  coopera- 
ción en  una  obra  que  tan  felizmente  responde  a  las  necesidades  de  la  cien- 
cia eclesiástica.— fí.  R.  G, 


Anuario  Eclesiástico  1919.  (Edición  española.)— Año  V.— Un  vol.,  de  974  pági- 
nas, en  4.o~Subirana,  editor  y  librero  pontifício.-Puertaferrisa,  14. -Bar- 
celona. 

Es  el  presente  Anuario  de  los  pocos  libros  que  dan  a  conocer  una  parte 
del  movimiento  intelectual  en  nuestra  nación  y  reflejan  el  cuadro  eclesiás- 
tico con  detalles  de  información  sumamente  útil  para  el  conocimiento  de 
un  país.  Trabajos  de  esta  índole  son  comunes  en  otras  naciones,  y  por  lo 
mismo  no  hay  palabras  para  alabar  bastante  la  nobilísima  empresa  de  la 
Casa  editora. 

Contiene  este  volumen,  entre  otras  materias  de  carácter  doctrinal  e  in- 
formativo: 

Resena  arqueológica,  histórica  y  artística  de  las  basílicas  romanas  se- 
gún el  orden  del  ano  litúrgico,  a  la  que  acompaña  una  espléndida  infor- 
mación gráfica  de  los  grandes  templos. 

Relación  de  los  22.000  parroquias  y  tenencias  de  toda  España,  dividi- 
das en  obispados,  con  datos  estadísticos  de  cada  población  y  58  mapas  sin 
relación  ninguna  con  los  publicados  en  años  anteriores. 

Homilías  sobre  las  epístolas  del  año  con  notas  exegéticas  y  reflexiones 
morales,  a  las  que  sigue  un  resumen  de  las  disposiciones  canónicas  ema- 
nadas de  las  Sagradas  Congregaciones  en  ese  lapso  de  tiempo;  las  efeméri- 
des del  año  eclesiástico  y  civil  y  un  repertorio  ideológico  de  lo  publicado 
en  periódicos  y  revistas  católicas  de  España  desde  Octubre  del  año  1917 
al  de  1918. 

Ya  hemos  dicho  la  utilidad  de  esta  publicación  que  desde  hace  cinco 
años  viene  dando  a  la  luz  el  Sr.  Subirana,  cada  vez  con  datos  nuevos  muy 
interesantes  y  de  cuya  bondad  es  garantía  la  aceptación  que  han  obtenido 
las  ediciones  anteriores  entre  el  clero  secular  y  regular  en  España  y  en 
América.~P.  B. 


58  BIBLIOGRAFÍA 


LIBROS  RECIBIDOS 


Instituciones  del  Derecho  Eclesiástico  con  arreglo  al  novísimo  Código 
de  Derecho  Canónico  y  según  la  Teología,  la  Apologética  y  la  Filosofía  e 
Historia  del  Derecho  eclesiástico,  con  inclusión  de  la  Disciplina  Eclesiás- 
tica Española.  Obra  redactada  para  el  uso  de  las  cátedras  y  curias  y  de 
conformidad  con  el  decreto  de  la  Sagrada  Congregación  de  Estudios 
del  7  de  Agosto  de  1917,  por  D.  Dalmacio  Iglesias.— Fascículo  2.°— Un 
volumen,  de  730  págs.,  en  4.°— Hijos  de  J.  Espasa,  editores.—Cortes,  579. 
Barcelona. 

— Ricardo  del  Arco,  cronista  de  Huesca  y  su  provincia.-  Dos ^ra/zc/es 
coleccionistas  aragoneses  de  antaño  (Lastanosa  y  Carderera).— Folleto, 
de  11  págs.,  en  4.°  mayor.  — Madrid.— Imprenta  Moderna.— 1919. 

—Los  amigos  de  Lastanosa.  -Cartas  interesantes  de  varios  eruditos 
del  siglo  XVII.— Folleto,  de  55  págs.,  en  4.^— «Revista  Histórica*.— Valla- 
dolid.-19I8. 

—La  inédita  Iglesia  de  Santiago  en  Agüero.— FoW tío,  de  28  páginas, 
en  4.°— Madrid.— Establecimiento  Tipográfico  Fortanet.— 1919. 

—Discursos  leídos  ante  la  Real  Academia  Hispano- Americana  de 
Ciencias  y  Artes  en  la  recepción  pública  del  R.  P.  Tomás  Lahorra,  O.  S.  A. 
—Folleto,  de  58  págs.,  en  8.<*— Cádiz.- Tipografía  Comercial.— 1919. 

—J.  V.  Bainvel:  La  Divozione  al  S.  Cuor^.— Storia  e  Dottrina.—  Un 
volumen,  de  500  págs.,  en  4.°— Milano.— Societá  editrice  «Vita  e  Pensie- 
ro».— 1919. 

—  Cuestionario  Teológico.  Tomo  W.—De  Gracia  y  Virtudes,  por  el 
M.  I.  Sr.  D.  Francisco  Salvador  Ramón,  Canónigo  de  la  S.  I.  C.  de  Qua- 
dix.— Un  vol.,  de  294  págs.,  en  8.°— Guadix.— Imprenta  de  la  «Divina  In- 
fantita».— 1919. 

—  Dott.  N.  Casacca.— //  Papa  e  L'Italia.-Vn  vol.,  en  4.°,  de  59  pági- 
nas.-Boiogna.—MCMXIX. 


CRÓNICA  GENERAL 


Madrid-Escorial,  30  de  Junio  de  1919. 

ROMA 

Muchos  periódicos  han  reproducido  en  compendio  la  carta  encíclica 
que  Su  Santidad  Benedicto  XV  ha  dirigido  al  Episcopado  alemán  con  mo- 
tivó de  celebrarse  este  año  el  centenario  duodécimo  de  la  fecha  en  que  San 
Bonifacio,  mártir,  comenzó  su  obra  de  la  evangelización  de  los  países  ger- 
mánicos, prolongada  durante  cuarenta  años  de  incesantes  fatigas,  y  por 
último  sellada  con  la  sangre  del  martirio.  El  documento  de  nuestro  Santí- 
simo Padre,  que  lleva  la  fecha  de  14  de  Mayo,  al  enaltecer  la  grandiosa  ^g\x- 
xdi  áú  Apóstol  de  las  tierras  germánicas,  constituye  una  lamentación  de 
las  calamidades  que  se  agravan  sobre  el  mundo,  y  en  especial  sobre  los 
pueblos  que  San  Bonifacio  conquistó  para  la  fe,  y  es  un  llamamiento  deli- 
cado y  paternal  a  las  naciones  para  que  abran  paso  a  la  benevolencia  mu- 
tua y  al  afianzamiento  de  la  unidad  religiosa  por  los  vínculos  de  la  caridad. 
Aquel  sentimiento  de  pacificación  que  inspiró  todos  los  actos  del  Padre 
Santo  durante  la  guerra,  brilla  con  nuevos  resplandores  en  este  documen- 
to, donde  se  ve  al  Padre  común  de  la  cristiandad,  elevado  por  cima  de  to- 
dos los  odios,  rivalidades  y  pasiones,  compadeciendo  a  sus  hijos  que  su- 
fren y  suspirando  por  su  bien. 

— Es  ya  oficial  la  erección  de  la  Nunciatura  Apostólica  en  la  República 
de  Polonia,  y  que  Su  Santidad  ha  nombrado  para  el  cargo  de  Nuncio  a 
monseñor  Aquiles  Ratti,  Prefecto  de  la  Biblioteca  Vaticana,  asignándole  el 
título  de  Arzobispo  de  Lepanto.  Antes,  el  Gobierno  polaco  había  designa- 
do representante  suyo  cerca  de  la  Santa  Sede  al  profesor  Kovalski. 

Desde  Mayo  de  1918  se  hallaba  en  Polonia  Mons.  Ratti,  a  quien  Su  San- 
tidad envió  como  Visitador  apostólico,  y  que  encontró  grata  acogida  entre 
los  polacos.  El  Papa,  que  en  su  nota  de  paz  a  los  jefes  de  los  pueblos  beli- 
gerantes hizo  alusión  al  antiguo  reino  de  Polonia,  quiso  manifestar  su  gozo 
por  la  independencia  de  aquel  país  y  lo  demostró  en  carta  al  Arzobispo  de 


60  CRÓNICA  GENERAL 

Varsovia  elevándole  a  la  dignidad  cardenalicia,  como  signo  de  sus  predi- 
lecciones hacia  la  nación  católica  que  de  nuevo  resurgía  a  la  vida  indepen- 
diente. Todo  ello  ha  constituido  el  antecedente  de  este  fausto  suceso,  que 
ha  tenido  por  fin  el  establecimiento  de  las  relaciones  diplomáticas  entre 
Polonia  y  el  Vaticano. 

—En  los  días  2  al  5  de  Junio  se  celebró  en  Roma  el  primer  Congreso 
eucarístico  diocesano,  verificándose  las  sesiones  en  la  iglesia  de  San  Apo- 
linar, bajo  la  presidencia  de  Mons.  Palica,  y  asistiendo  en  sitios  de  prefe- 
rencia el  Cardenal  Pompili,  Vicario  de  Su  Santidad,  con  otros  Emmos.  Car- 
denales y  prelados  de  la  Iglesia  romana.  En  una  de  las  sesiones  intervinie- 
ron solamente  los  eclesiásticos,  que  discutieron  los  temas  «Vida  eucarística 
sacerdotal»  y  «El  Apostolado  del  sacerdocio  en  las  obras  eucarísticas».  En 
las  otras  sesiones  intervinieron  seglares  también,  discutiéndose  temas  muy 
interesantes.  Se  cerró  el  Congreso  con  una  Vigilia  de  la  Adoración  Noc- 
turna en  la  iglesia  de  los  Capuchinos,  y  al  homenaje  de  los  miembros  del 
Congreso  al  Sacramento  siguió  el  dedicado  al  Vicario  de  Cristo  en  el  Vati- 
cano, pues  todos  fueron  recibidos  en  audiencia  por  Su  Santidad,  que  en  la 
sala  del  Consistorio  les  dirigió  un  discurso  de  alientos  para  el  Apostolado 
eucarístico. 

—UOsservatore  Romano  ha  publicado  el  texto  de  la  respuesta  de 
Su  Santidad  al  mensaje  de  los  sacerdotes  de  la  diócesis  de  Budweis  (Bo- 
hemia) y  de  los  miembros  de  la  Congregación  Marial,  fundada  por  los  re- 
dentoristas,  haciendo  un  acto  de  adhesión  a  la  Santa  Sede  y  desautorizan- 
do y  deplorando  la  aberración  de  los  eclesiásticos — si  bien  en  número 
muy  reducido— que  han  intentado  hacerse  los  promotores  de  inadmisibles 
reformas. 

El  Papa  expresa  en  dicha  respuesta  el  consuelo  que  le  ha  proporcio- 
nado el  mensaje,  cuyos  signatarios  se  declaran  prestos,  más  que  a  mante- 
ner, a  sacrificarse  por  la  santidad  de  los  deberes  sacerdotales. 

Alaba  asimismo  los  generosos  sentimientos  que  demuestran,  y  que  se- 
guramente serán  ios  de  todo  el  clero  de  Bohemia: 

«Nos  estamos  seguros  de  la  fe  y  de  la  devoción  que  ha  brillado  siem- 
pre en  dicho  clero,  y  Nos  esperamos  en  que  bajo  el  patronato  de  San  Juan 
Nepomuceno,  mártir  incomparable  de  las  virtudes,  el  clero  de  Bohemia, 
despreciando  la  temeridad  de  un  pequeño  número,  permanecerá  en  sus 
deberes.» 

—Todos  los  prelados  belgas  han  dirigido  a  Su  Santidad  un  mensaje  de 
adhesión,  al  cual  ha  contestado  el  Padre  Santo  en  los  siguientes  tér- 
minos: 

«Con  la  más  viva  complacencia  Nos  hemos  leído  el  mensaje  que  nos 


CRÓNICA  GENERAL  61 

habéis  enviado  el  mismo  día  en  que  por  vez  primera  habéis  podido  re- 
uniros,  después  de  cuatro  años  de  dolorosa  separación. 

Vuestra  carta  recuerda  la  larga  serie  de  calamidades  que  cayeron  sobre 
vuestro  país,  cuyas  consecuencias  aun  sufrís. 

Con  gran  delicadeza  de  corazón  nos  recordáis  también  nuestras  so- 
lemnes protestas  contra  las  injusticias  y  violaciones  del  Derecho  cometi- 
das con  Bélgica,  así  como  nuestros  esfuerzos  por  dulcificar  tantos  sufri- 
mientos, poniendo  particularmente  de  manifiesto  vuestra  confianza  inde- 
fectible en  nuestra  acción. 

Y  en  verdad  que  esta  confianza  no  está  desprovista  de  fundamento. 
De  hecho,  el  estar  animado  de  esta  caridad  universal  que  nos  liga  a 

todos  nuestros  hijos  abrumados  por  el  dolor  y  por  la  aflicción— caridad 
que  tiene  su  origen  en  el  Corazón  de  Nuestro  Señor  Jesucristo— ,  Nos  no 
tenemos  más  remedio  que  mirar  a  vuestro  pueblo  con  especial  simpatía 
y  sentir  por  él  una  particular  conmiseración. 

Mientras  que  nos  ocupamos  con  todo  nuestro  poder  en  llevar  algún 
alivio  a  los  sufrimientos  de  tantos  hijos  infortunados,  no  hemos  cesado  de 
trabajar  jamás  para  restituir  a  vuestro  querido  país  su  plena  independen- 
cia política,  militar,  económica,  y  para  que  sean  reparados  los  daños  que 
ha  sufrido,  Nos  tenemos  la  plena  conciencia  de  haber  hecho  por  Bélgica 
y  por  su  pueblo  todo  lo  que  nos  era  posible,  todo  lo  que  podía  sugerirnos 
la  radiante  caridad  de  Cristo  y  la  afección  paternal  más  tierna. 

Por  eso,  venerables  hermanos,  nos  es  consolador  oiros  repetir  que 
jamás  habéis  dudado  de  vuestro  Padre,  ni  aun  en  los  momentos  más  críti- 
cos; como  también  nos  es  muy  dulce  pensar  que  toméis  parte  hoy  en  una 
alegría  que  es  la  Nuestra,  brindándonos  la  ocasión  de  ofrendar  al  Dios  de 
las  Misericordias  un  himno  de  acción  de  gracias. 

Y  habéis  querido  igualmente  recordarnos  la  invocación:  «Que  el  Sa- 
grado Corazón  de  Jesús  salve  a  Bélgica,  que  Él  la  eleve,  que  la  vuelva  des- 
pués de  sus  terribles  pruebas  más  fuerte  y  más  bella  que  antes.> 

Seguramente  el  Sagrado  Corazón  de  Jesús  lo  mismo  que  la  ha  salvado, 
la  ensalzará,  y  bajo  el  cetro  de  su  valeroso  Soberano,  la  volverá  más  bella 
y  más  fuerte,  porque  el  pueblo  belga,  de  ello  estamos  seguros,  no  dejará 
de  cooperar  a  esta  grandiosa  obra,  poniendo  su  confianza  en  este  adora- 
ble Corazón,  para  merecer  así  su  especial  confianza. 

En  prenda  de  esta  resurrección,  os  concedemos  con  todo  el  alma  la 
apostólica  bendición  a  vos,  a  vuestros  venerables  hermanos,  como  también 
a  vuestro  clero  y  a  todos  los  fieles  confiados  a  vuestra  solicitud,— Bene- 
dicto Papa  XV.» 


62  CRÓNICA  GENERAL 


EXTRANJERO 


El  día  28  de  Junio  se  firmó  la  paz  entre  Alemania  y  sus  adversarios,  en 
la  célebre  Galería  de  los  Espejos,  del  Trianón,  de  Versalles,  produciendo 
el  hecho  gran  alegría  en  pueblos  y  naciones  sometidos  durante  cinco  años 
a  la  presión  más  terrible  que  se  conoció  en  la  Historia.  Por  toda  la  Prensa 
se  ha  derramado,  con  profusión,  el  sentimiento  admirativo  y  piadoso  ha- 
cia las  víctimas  que  cayeron  en  el  horrendo  choque. 

Con  la  firma  del  Tratado  de  Versalles,  ha  dado  por  terminada  su  la- 
bor el  Consejo  de  los  Cuatro.  Wilson,  embarcó  al  día  siguiente,  en  Brest, 
con  dirección  a  su  país,  y  Lloyd  George,  deja,  a  lord  Balfour,  la  represen- 
tación del  Gobierno  inglés  en  el  Consejo  interaliado,  que  habrá  de  seguir 
la  obra  de  imposición  a  austríacos,  turcos  y  búlgaros. 

Desgraciadamente,  el  vino  de  la  paz  tiene  mucha  agua.  La  Delegación 
china  no  ha  querido  firmar  el  tratado,  como  protesta  contra  las  solucio- 
nes sobre  sus  territorios  de  Kiao-Tcheo  y  Chan-Tung;  el  Ministerio  italia- 
no, presidido  por  Orlando,  sucumbió  sin  arreglar  la  cuestión  del  Adriáti- 
co; en  el  Este  de  Europa  sigue  la  amenaza  bolcheviquista,  y  por  todas  par- 
tes el  socialismo  se  desata  en  invectivas  contra  el  tratado  impuesto  en 
Versalles.  Continuará,  durante  anos,  la  ocupación  de  los  territorios  del 
Rhin,  por  los  ejércitos  anglofrancoamericanos,  y  esto  demuestra  hasta  qué 
punto  puede  confiarse  en  la  paz  elaborada  en  París.  Digamos  los  princi- 
pales acontecimientos  de  la  quincena. 


Las  modificaciones  del  tratado  de  paz,— k  las  contraproposiciones 
alemanas  entregadas  al  Consejo  de  los  Cuatro  por  Brockdorff  Rantzau,  el 
día  29  de  Mayo,  dieron  aquéllos  respuesta  el  16  de  Junio,  que  consignare- 
mos, cotejándola  con  el  primer  proyecto  aliado  y  con  el  contraproyecto 
alemán,  según  estudio  que  de  unos  y  otros  documentos  hace  La  Época: 

Cuestiones  de  principio.— En  el  documento  alemán  se  establece  que  el 
tratado  está  en  oposición  con  los  catorce  puntos  de  Wilson  y  con  las  de- 
claraciones de  los  estadistas  aliados  acerca  del  derecho  de  los  pueblos  y 
de  la  paz  del  derecho,  citándose  a  tal  efecto  muchos  textos. 

La  respuesta  de  los  aliados  dice  que  no  admite  otra  interpretación  de 
la  doctrina  wíisoníana  que  la  hecha  por  el  propio  Wilson,  y  recuerda  a 


CRÓNICA  GENERAL  61 

Alemania  su  situación  de  país  que  ha  fracasado  en  una  formidable  tenta- 
tiva de  agresión  amenazadora  contra  el  mundo  entero. 

Liga  de  Naciones:  Proyecto  aliado.— Cons'xáersi  la  Sociedad  de  Nacio- 
nes como  la  prolongación  universal  de  una  coalición  victoriosa,  mantenida 
para  garantir  la  ejecución  del  tratado  de  paz  e  impedir  toda  tentativa  de 
desquite  de  los  vencidos. 

Contraproyecto  alemán. — Considera  la  Sociedad  de  Naciones  como 
el  órgano  de  una  reconciliación  inmediata  de  los  antiguos  enemigos,  que 
se  aproximarían  trabajando  en  común  para  la  reparación  de  las  ruinas.  En 
estas  condiciones,  Alemania  aceptaría  reducir  su  ejército  a  100.000  hom- 
bres y  suprimir  su  flota  de  guerra,  bien  entendido  que  todas  las  potencias 
seguirían  el  ejemplo  del  desarme. 

Proyecto  definitivo.— Ldi  concepción  inicial  de  la  Sociedad  de  Nacio- 
nes es  mantenida,  pero  se  deja  entrever  la  admisión  de  Alemania  en  un 
próximo  porvenir t  si  se  conforma  a  las  obligaciones  internacionales.  La 
reducción  del  ejército  alemán  a  100.000  hombres  se  aplaza  hasta  el  31  de 
Marzo  de  1920,  fecha  de  la  expiración  del  último  septenado  militar  de  1913. 

La  disminución  se  hará  progresivamente  partiendo  tres  meses  después 
de  la  firma  de  la  paz  de  un  efectivo  de  200.000  hombres. 

Cuestiones  territoriales:  Proyecto  aliado. —Los  aliados  reclamaban  el 
abandono  puro  y  simple  de  la  Alsacia-Lorena  de  1870,  de  Posnania,  de 
Alta  Silesia  y  una  parte  de  Prusia  occidental,  con  una  faja  conducente  al 
Dantzig.  Este  gran  puerto  del  Vístula,  y  el  puerto  secundario  de  Memel 
eran  internacionalizados.  Se  preveían,  además,  plebiscitos  en  la  regencia 
de  Allenstein  (Prusia  oriental),  en  tres  zonas  del  Slesvig,  en  los  distritos 
de  Eupen  y  de  Malmedy,  cedidos  a  Bélgica;  y  en  la  cuenca  del  Sarre,  in- 
ternacionalizada en  un  período  de  quince  años,  y  cuyas  minas  de  carbón 
pasan  inmediatamente  a  ser  propiedad  de  Francia. 

Contraproyecto  a/ema/z.— Alemania  consiente  en  abandonar,  bajo  re- 
serva de  la  garantía  de  derecho,  a  las  minoridades  alemanas,  los  territorios 
indiscutiblemente  extranjeros  (Posnania).  Recíprocamente,  se  niega  a  toda 
discusión  sobre  los  territorios  que  considera  precisamente  alemanes  (Alta 
Silesia,  Prusia  occidental,  Slesvig  meridional,  Eupen  y  Malmedy).  Las  sali- 
das marítimas  de  Polonia  sólo  se  asegurarían  por  zonas  francas. 

Para  casos  dudosos,  Alemania  reclama  un  plebiscito,  insertando  entre 
ellos  la  Alsacia-Lorena. 

Proyecto  definitivo.— Lb.  respuesta  de  los  aliados  admite  la  demanda 
alemana  en  lo  que  concierne  a  la  garantía  de  las  minorías.  Se  verificará  un 
plebiscito  en  la  Alta  Silesia,  en  un  plazo  de  seis  a  diez  y  ocho  meses. 

El  plebiscito  es  abandonado  en  el  Slesvig  meridional.  Por  el  contrarío, 


64  CRÓNICA  GENERAL 

se  mantienen  íntegramente  las  decisiones  adoptadas  para  la  Prusia  orien- 
tal (regencia  de  Allenstein),  para  Prusia  occidental,  Dantzig  y  Memel.  Tam- 
bién se  rechazan  de  plano  las  proposiciones  alemanas  sobre  Alsacia-Lore- 
na  y  los  distritos  belgas. 

Colonias:  Proyecto  fl//aí/í).— Abandono  puro  y  simple  de  las  colonias 
alemanas  y  de  Kiao-Tcheo. 

Contraproyecto  alemán.— Las  colonias  alemanas  se  colocarán  bajo  la 
intervención  de  la  Sociedad  de  Naciones,  con  mandato  de  administración 
reservado  a  Alemania.  Indemnización  por  las  pérdidas  que  supone  el  aban- 
dono de  Kiao-Tcheo. 

Proyecto  definitivo. — Se  mantienen  las  decisiones  primitivas. 

Política  mundial:  Proyecto  de  los  aliados.— Ktnuncia.  pura  y  simple 
de  Alemania  a  todos  sus  derechos  e  intereses  en  el  exterior.  Liquidación 
total  de  todos  los  bienes  públicos  y  privados.  Aceptación  de  antemano  de 
todos  los  reglamentos  ulteriores  de  la  cuestión  internacional.  Entrega  de 
toda  la  Marina  mercante  y  de  una  parte  de  la  flotilla  fluvial  y  de  pesca.  In- 
ternacionalización  del  Oder  y  del  Elba.  Confiscación  de  cables  telegráficos. 

Contraproyecto  fl/emárz.— Alemania  reclama  el  reslablecimiento  de  los 
derechos  privados  tan  pronto  como  cesen  las  hostilidades.  Rechaza  toda 
traba  comercial,  colocándose  en  el  terreno  de  la  libertad  económica.  Re- 
clama sus  cables  y  sus  buques.  Todo  lo  que  acepta  es  gravar  sus  barcos 
en  una  combinación  internacional  reguladora  del  flete. 

Proyecto  definitivo.— E\  proyecto  inicial  se  mantiene  bajo  reserva  de 
que  la  admisión  de  Alemania  en  la  Sociedad  de  Naciones  provoque  una 
revisión. 

Reparaciones:  Proyecto  aliado.— -Alemanm  debe  comprometerse  a  re- 
parar todos  los  daños  causados  por  la  guerra  a  todos  los  aliados. 

Los  barcos  destruidos  serán  reemplazados,  tonelada  por  tonelada,  cons- 
truyendo los  astilleros  alemanes  500.000  toneladas  por  cuenta  de  los  ven- 
cedores. Las  pensiones  de  las  víctimas  de  la  guerra  y  los  gastos  de  ocupa- 
ción militar  durante  quince  años  serán  de  cuenta  de  Alemania.  El  total  de 
indemnización  se  fijará  antes  del  31  de  Mayo  de  1921.  Alemania  pagará 
100.000  millones  de  marcos  mientras  el  total  se  fija,  y  de  ellos  20.000  an- 
tes de  fin  de  1920. 

Una  Comisión  de  reparaciones  compuesta  exclusivamente  de  aliados, 
fijará  las  contribuciones  anuales,  e  intervendrá  los  recursos  de  los  alemanes. 

Contraproyecto  alemán.— A\tman\a  no  se  estima  obligada  a  reparar 
más  que  las  pérdidas  sufridas  por  los  particulares  en  Bélgica  y  en  el  nor- 
te de  Francia,  y  por  los  marinos  aliados  en  actos  de  violación  del  Derecho 
de  gentes. 


CRÓNICA  GENERAL  65 

Pide  que  se  fije  inmediatamente  la  indemnización,  sin  que  pueda  exce- 
der de  100.000  millones  de  los  cuales  pagará  20.000  millones  antes  de  fin 
de  1926.  Se  rechaza  la  Comisión  de  reparaciones  como  atentatoria  a  la  so- 
beranía alemana.  No  se  admite  el  pago  de  los  gastos  de  ocupación  militar. 
Sólo  se  quiere  entregar  el  10  por  100  del  tonelaje  fluvial. 

Proyecto  definitivo.— A\tman\si  dispondrá  de  un  plazo  de  cuatro  meses 
para  hacer  proposiciones  financieras  firmes,  y  los  aliados  las  discutirán. 

Mientras  se  mantiene  el  proyecto  inicial. 

Responsabilidades:  Proyecto  de  los  aliados.— Gu'iWermo  II  será  juz- 
gado por  un  Tribunal  internacional,  y  los  alemanes  culpables  de  violacio- 
nes de  las  leyes  de  la  guerra  serán  conducidos  ante  Tribunales  milita- 
res aliados. 

Contraproyecto  alemán. — Ningún  alemán  puede  ser  entregado  a  ex- 
tranjeros.—Investigación  internacional  sobre  los  orígenes  de  la  guerra. 

Proyecto  definitivo. — Se  mantienen  las  conclusiones  primitivas. 

Crisis  alemana. — La  respuesta  definitiva  aliada  llevada  en  persona  por 
Brockdorff  Rantzau  a  Berlín,  más  la  carta  de  M.  Clemenceau,  verdadero 
amasijo  de  todas  las  recriminaciones  odiosas,  produjeron  en  Alemania 
terrible  impresión. 

El  Vorwaerts,  órgano  del  socialismo  mayoritario,  decía  en  uno  de  sus 
artículos  de  fondo  que  «la  respuesta  de  los  aliados  parece  más  a  una  nue- 
va declaración  de  guerra  que  a  la  paz.  El  sentido  común  no  participó  en 
la  redacción  de  este  tratado,  que  respira  odio  irreconciliable.  Continúa 
siendo  la  paz  de  violencia.  Es  la  primera  vez  que  en  la  Historia  se  insulta 
de  tal  modo  a  un  pueblo  que  quiere  hacer  la  paz.  Si  la  Entente  llama  a  la 
guerra  el  crimen  más  gran  Je  de  la  Humanidad,  no  otra  cosa  es  esta  paz. 
Dentro  de  los  cuatro  próximos  días  si  va  a  tomar  la  más  grande  decisión 
de  la  Historia.  Sin  embargo,  no  sería  una  decisión  definitiva,  porque  el 
pueblo  alemán  no  abandonará  la  lucha  por  la  justicia  y  la  existencia.  ¡Ojalá 
pueda  ahora  tener  la  fuerza  de  continuar  la  lucha,  declarando:  no!» 

Otros  periódicos  hablaron  de  las  consecuencias  que  se  seguirían  de 
no  firmar  las  condiciones  de  paz.  «El  bloqueo — decía  la  Gaceta  de  Voss— 
no  excluye  los  movimientos  de  tropa*?.  Todos  los  puertos  del  Rhin,  Essen 
y  las  minas  de  carbón  de  la  cuenca  del  Rhur  serían  requisados.  No  se  pue- 
de oponer  ninguna  resistencia.  También  es  seguro  que  los  polacos  ataca- 
rían en  el  fíente  Este. 

El  Gobierno  de  Scheidemann  y  de  Noske  podría  provisionalmente 
mantenerse  contra  la  agitación  espartaquista;  pero  ¿qué  será  del  pueblo 
alemán,  falto  de  carbón?  Los  ferrocarriles  tendrían  que  paralizarse;  no  po- 


66  CRÓNICA  GENERAL 

drían  hacerse  las  cosechas;  las  ciudades  estarían  sin  víveres,  sin  gas,  sin 
electricidad;  las  industrias  sin  primeras  materias.  La  imaginación  no  puede 
concebir  lo  que  pasaría  ni  el  dolor  y  la  vergüenza  que  provocarían  nuevas 
condiciones. 

El  enemigo  ocupará,  sobre  todo,  los  territorios  que  creyera  poder  se- 
parar del  resto  del  Imperio.  Se  tenderá  un  cordón  entre  el  Norte  y  e!  Sur; 
y  el  Sur,  privado  de  todo,  deberá  entregarse  al  vencedor.  Hannover  será 
ocupado,  y  la  misma  suerte  correrán  las  provincias  marítimas.  Por  todas 
partes  se  proclamará  la  República,  y  los  aliados  considerarán  con  tranqui- 
lidad el  avance  hacia  una  República  sovietistaen  Berlín,  República  que  no 
les  molestará  más  que  la  República  sovietista  de  Budapest.  Alemania  que- 
daría hecha  astillas  como  antes  de  Bismarck  y  de  Federico. 

La  gravedad  del  momento  determinó  inmediatamente  discrepancias  en 
el  seno  del  Gobierno  alemán  presidido  por  Scheidemann,  mostrándose 
partidarios  de  la  firma  los  ministros  Erzberger,  Bell,  Wissel  y  Schmidt,  con- 
tra el  parecer  de  otros  que,  con  Brockdoff-Rantzau,  opinaban  que  no  debía 
firmarse.  La  cuestión  se  llevó  a  la  asamblea  de  Weimar,  donde  los  partidos 
nacionales,  demócrata  y  popular  alemán  se  manifestaron  contrarios  a  la 
firma,  siendo  de  opinión  favorable  los  socialistas  mayoritarios.  A  éstos  se 
unían  los  socialistas  minoritarios  independientes,  que  optaban  por  firmar 
para  luego  no  cumplir,  y  además  la  mayoría  del  partido  católico  del  centro, 
que  se  inclinaba  por  la  firma  del  tratado,  pero  con  la  salvedad  de  las  cláu- 
sulas referentes  a  la  responsabilidad  única  de  Alemania  en  la  guerra  y  a  la 
entrega  de  los  jefes  militares.  En  conjunto,  de  421  miembros  de  la  Asam- 
blea de  Weimar,  eran  275  los  partidarios  de  la  firma. 

En  consecuencia  de  la  división  de  opiniones  entre  los  miembros  del 
Gabinete  y  de  que  la  mayoría  de  la  Asamblea  Nacional  era  contraria  a  la 
opinión  del  jefe  del  Gobierno,  Scheidemann,  se  vio  éste  en  la  precisión  de 
dimitir,  y  entonces  se  formó  el  Ministerio  siguiente: 

Presidencia,  Bauer;  Negocios  Extranjeros,  Wermann  Mueller;  Interior, 
David;  Hacienda  y  suplente  de  la  Presidencia,  Erzberger;  Obras  Públicas, 
Scklicke;  Comunicaciones,  Giesberts;  Economía  pública,  Wilssel;  Tesoro, 
Ayer  Kaufbeuren;  Transportes  y  ministro  encargado  de  las  colonias,  Bell; 
Defensa  nacional,  Noske;  Abastecimientos,  Schinidt. 

Al  presentarse  en  la  Asamblea  de  Weimar  el  nuevo  Gobierno,  su  pre- 
sidente, Bauer,  hizo  la  siguiente  declaración: 

«Reconozco  que  es  infinitamente  penoso  para  mí  entrar  en  este  nuevo 
Gobierno,  cuyo  primero  y  postrero  deber  ha  de'ser  el  de  concertar  una  paz 
injusta. 

La  maldita  obligación  que  pesa  sobre  nosotros  hoy  es  salvar  aquello 


CRÓNICA  GENERAL  67 

que  aun  podemos  salvar.  Lamento  que  los  demócratas  no  formen  parte 
del  nuevo  Gobierno,  cuyo  programa  no  es  otro  que  el  del  Gabinete  an- 
terior. 

En  nombre  del  nuevo  Gobierno  me  asocio  a  la  indignación  que  en 
todos  los  países  alemanes  han  producido  las  condiciones  de  paz  que  se 
nos  imponen;  pero  he  de  suplicar  a  los  señores  diputados,  en  nombre  de 
los  intereses  del  pueblo  alemán,  no  hagan  cuestión  de  partido  la  acepta- 
ción o  negativa  de  la  firma. 

No  creáis  que  aquellos  que  os  inducen  a  no  firmar  son  verdaderos 
amigos  del  pueblo;  no  creáis  tampoco  que  aquellos  que,  obligados  por  la 
necesidad,  se  han  decidido  por  la  aceptación  del  tratado,  sean  gentes  que 
no  poseen  ningún  sentimiento  de  derecho  nacional.» 

Hace  la  condenación  severa  de  un  tratado  al  que  debe  dar  asentimien- 
to bajo  una  imposición  inaudita.  «El  Gobierno  debe  tener  en  cuenta  que 
no  puede  poner  al  pueblo  frente  a  una  crisis  al  cabo  de  cuarenta  y  ocho 
horas,  porque  la  negativa  a  firmar  no  significaría  ninguna  modificación 
del  tratado.  Sólo  sería  un  corto  aplazamiento.  Estando  rota  nuestra  fuer- 
za de  resistencia,  no  nos  queda  otra  solución.» 

Se  dio  por  mayoría  un  voto  de  confianza  al  Gobierno,  y  entonces  el 
presidente,  Bauer,  hizo  entregar  en  nombre  del  Gobierno  nacional,  por  me- 
diación del  embajador  von  Haniel,  en  Versalles,  la  siguiente  nota,  acom- 
pañada del  resultado  del  voto  de  confiauza  por  la  Asamblea  nacional  al 
Gobierno: 

«Desde  el  momento  que  supo  las  condiciones  de  paz  de  los  Gobiernos 
aliados  y  asociados,  el  Gobierno  de  la  República  alemana  no  dejó  duda  al- 
guna de  que  tenía  que  considerarlas  como  contrarias  a  las  bases  que  antes 
del  concierto  del  armisticio  habían  sido  aceptadas  por  los  aliados  y  asocia- 
dos por  una  parte  y  Alemania  por  la  otra,  como  condiciones  para  una  paz. 
El  pueblo  alemán  entero  comparte  este  criterio. 

Fundándose  en  esta  base  jurídica  y  exponiendo  claramente  la  situación 
de  Alemania,  al  Gobierno  alemán  no  ha  dejado  nada  sin  probar,  a  fin  de 
llegara  deliberaciones  verbales  para  mitigar  las  condiciones  insoportable- 
mente duras  hasta  el  grado  que  permitiese  a  Alemania  firmar  sin  reparos 
^ei  Convenio  de  Paz  y  garantizar  su  cumplimiento. 

Estos  esfuerzos  realizados  en  interés  de!  mundo  entero  por  el  Gobier- 
no de  la  República  alemana,  resultaron  estériles  ante  la  intransigencia  ad- 
versaria. 

Las  muy  amplias  proposiciones  de  la  Delegación  alemana  sólo  encon- 
traron buena  disposición  en  muy  pocos  puntos;  las  concesiones  hechas 
aminoran  en  medida  muy  reducida  la  gravedad  de  las  condiciones. 


68  CRÓNICA  GENERAL 

En  un  ultimátum  que  caduca  el  23  del  actual,  los  Gobiernos  aliados  y 
asociados  han  colocado  a  la  República  alemana  entre  el  dilema  de  firmar 
el  proyecto  de  paz  entregado  o  denegar  la  firma.  En  este  último  caso,  un 
pueblo  indefenso  por  completo  tendría  que  soportar  cargas  aumentadas  y 
obligado,  además,  a  cumplir  por  la  fuerza,  y  perdiendo,  al  mismo  tiempo, 
el  derecho  a  la  vida  que  tienen  todos  los  pueblos. 

Dada  la  aplicación  de  la  violencia  por  parte  de  los  Gobiernos  aliados  y 
asociados,  el  de  la  República  alemana  no  puede  defender  ahora  este  sa- 
grado derecho  de  su  pueblo;  pero  las  potencias  enemigas  no  pueden  es- 
perar que  un  pueblo  firme  por  convicción  un  instrumento  de  paz  que 
arrebata  miembros  vitales  de  la  nación  alemana  e  impone  cargas  financie- 
ras y  económicas  insoportables  al  pueblo  germano. 

El  Gobierno  alemán  ha  recibido  desde  los  territorios  que  tiene  que 
ceder  en  Oriente  manifestaciones  apasionadas  del  vecindario,  diciendo 
que  se  opondrá  por  todos  los  medios  a  la  separación  de  estos  territorios, 
alemanes  desde  hace  muchos  siglos  en  su  mayor  parte.  El  Gobierno  ale- 
mán se  ve,  pues,  obligado  a  rechazar  toda  responsabilidad  respecto  a  difi- 
cultades que  pudieran  surgir  de  una  resistencia  por  parte  de  la  población 
ante  su  separación  de  Alemania. 

De  esto  resulta  desde  luego  que  Alemania  tiene  que  rechazar  todas  las 
cargas  que  resulten  de  esta  insinuación  hecha  injustamente.  Tampoco 
puede  aceptar,  por  herir  su  decoro  y  honor,  los  artículos  227  al  230,  que 
exigen  la  entrega  de  personas  culpadas  por  los  Gobiernos  aliados  y  aso- 
ciados de  haber  faltado  a  las  leyes  internacionales  y  realizado  actos  con- 
trarios a  las  costumbres  de  la  guerra,  para  ser  juzgadas. 

Por  lo  demás,  protesta  el  Gobierno  de  la  República  alemana  enérgica- 
mente contra  el  despojo  de  todas  sus  colonias  y  de  su  justificación,  que 
niega  a  Alemania  la  capacidad  de  colonizar  para  siempre,  no  obstante 
ocurrir  en  realidad  lo  contrario,como  está  comprobado  irrefutablemente  en 
las  observaciones  hechas  por  la  Delegación  sobre  las  condiciones  de  paz. 

El  Gobierno  de  la  República  alemana  supone  que  los  Gobiernos  alia- 
dos y  asociados  desean  que  Alemania  hable  claramente,  tanto  respecto  a 
su  buena  voluntad  como  referente  a  sus  reparos.  Cree,  pues,  tener  dere- 
cho a  dirigir  la  siguiente  justa  pelición  a  los  aliados  y  asociados,  en  vista 
de  la  siuiación  violenta  en  que  el  pueblo  alemán  está  a  causa  de  las  exi- 
gencias enemigas,  situación  que  en  grado  tan  transcendental  y  abruma- 
dor jamás  fué  impuesta  a  un  pueblo,  y  apelando  a  las  promesas  hechas 
por  los  Gobiernos  aliados  y  asociados  en  su  memorándum  de  16  de  Junio 
de  1919,  espera  que  considerarán  la  petición  como  parte  esencial  del  con- 
venio. 


CRÓNICA  GENERAL  69 

Dentro  de  un  plazo  de  dos  años  desde  el  día  de  la  firma  del  convenio, 
los  Gobiernos  aliados  y  asociados  entregarán  el  tratado  actual  para  su 
examen  al  Consejo  Supremo  de  las  potencias,  tal  come  sea  creado  por  la 
Liga  de  los  Pueblos,  según  el  artículo  4.°  Ante  este  Consejo  Supremo,  los 
plenipotenciarios  alemanes  gozarán  de  ios  mismos  derechos  y  privilegios 
que  los  representantes  de  las  demás  potencias  contratantes  del  actual 
tratado. 

Al  desear  el  Gobierno  alemán  firmar  las  exigencias  de  los  aliados  con 
la  reserva  citada,  no  lo  hace  voluntariamente.  Declara  solemnemente  que 
su  actitud  debiera  interpretarse  en  el  sentido  de  que  cede  ante  la  violencia, 
decidido  a  evitar  al  pueblo  alemán,  que  sufre  inauditamente,  una  nueva 
guerra,  la  destrucción  de  su  unidad  nacional  a  causa  de  la  ocupación  de 
más  territorio  alemán,  el  hambre  espantosa  que  mata  a  mujeres  y  niños, 
y  la  prolongación  de  la  retención  inhumana  de  los  prisioneros  de  guerra. 
En  vista  de  las  formidables  cargas  que  pesan  sobre  el  pueblo  alemán,  éste 
espera  que  todos  los  prisioneros  de  guerra  y  civiles  sean  repatriados  desde 
el  1.®  de  Julio  en  el  plazo  más  breve.  Alemania  devolvió  los  prisioneros  de 
guerra  enemigos  en  dos  meses. 

El  Gobierno  de  la  República  alemana  se  compromete  a  cumplir  las 
condiciones  de  paz  que  le  fueron  impuestas.  Quiere,  sin  embargo,  expre- 
sarse en  este  solemne  momento  con  toda  claridad,  para  rechazar  desde  un 
principio  todo  reproche  de  insinceridad  que  pudiera  hacerse  a  Alemania 
ahora  o  más  adelante.  Las  condiciones  impuestos  rebasan  todo  lo  que 
Alemania  es  realmente  capaz  de  cumplir,  por  lo  cual  el  Gobierno  de  la 
República  germana  se  cree  obligado  a  manifestar  que  formula  toda  clase- 
de  reservas  y  rechaza  toda  responsabilidad  frente  a  las  consecuencias  que 
pudiesen  recaer  sobre  Alemania,  caso  de  que  salga  a  la  evidencia  la  impo- 
sibilidad de  cumplir  las  condiciones,  aunque  la  capacidad  del  pueblo  fuera 
aprovechada  hasta  el  último  límite.  Alemania  concede,  además,  la  mayor 
importancia  a  declarar  que  no  puede  aceptar  ni  cubrir  por  su  firma  el  ar- 
tículo 231  del  convenio  de  paz,  que  exige  el  que  Alemania  reconozca  ser 
la  única  causante  de  la  guerra. 

El  mencionado  Consejo  pronunciará  su  fallo  sobre  todas  las  condicio- 
nes que  mermen  el  derecho  del  pueblo  alemán  a  regir  sus  destinos  o  que 
dificulten  un  desarrollo  económico  libre  de  Alemania,  con  igualdad  de 
derechos.  El  Gobierno  de  la  República  alemana  hace,  pues,  la  manifesta- 
ción de  su  aprobación  del  tratado,  exigida  en  la  carta  del  16  de  Junio 
de  191Q,  en  la  siguiente  forma:  El  Gobierno  alemán  está  dispuesto  a  fír-' 
mar  el  convenio  de  paz,  sin  reconocer,  no  obstante,  que  el  pueblo  alemán 


70  CRÓNICA  GENERAL 

sea  el  causante  de  la  guerra,  y  sin  el  compromiso  de  entregar  personas^ 
según  los  artículos  227  y  230  de!  tratado. > 

A  esta  nota  del  Gobierno  alemán  contestó  M.Clemenceau  con  la  siguien- 
te carta  al  presidente  de  la  Delegación  alemana  en  Versalles: 

«Señor  presidente:  Las  potencias  aliadas  y  asociadas  han  examinado  la 
nota  de  la  Delegación  alemana  con  fecha  de  hoy,  y,  debido  al  escaso  tiem- 
po que  queda,  estiman  su  deber  dar  cuenta  inmediatamente  a  aquélla. 

En  efecto,  el  plazo  de  tiempo  dentro  del  cual  el  Gobierno  alemán  ha  de 
tomar  la  decisión  definitiva  sobre  la  firma  del  tratado  no  excede  de  veinti- 
cuatro horas. 

Los  Gobiernos  aliados  y  asociados  han  examinado  con  detenidísima 
atención  cuantas  observaciones  fueron  presentadas  por  el  Gobierno  ale- 
mán respecto  al  tratado  de  paz.  Han  contestado  a  ellas  con  entera  franque- 
za y  han  hecho  cuantas  concesiones  parecióles  justo  hacer. 

La  última  nota  de  la  Delegación  alemana  no  contiene  ningún  docu- 
mento ni  ninguna  observación  que  no  haya  sido  ya  sujeto  a  examen. 

Las  potencias  aliadas  y  asociadas  se  consideran,  pues,  obligadas  a  decla- 
rar que  el  momento  de  la  discusión  ha  pasado  y  que  no  pueden  avenirse 
a  reconocer  ninguna  modificación  o  reserva,  y  se  ven  en  la  imprescindible 
obligación  de  exigir  de  los  representantes  alemanes  una  declaración  inequí- 
voca de  su  voluntad  de  firmar  y  aceptar  íntegramente  o  de  negarse  a  ello 
en  forma  definitiva. 

Una  vez  haya  sido  firmado  el  tratado,  las  potencias  aliadas  y  asociadas 
considerarán  a  Alemania  responsable  de  la  ejecución  del  mismo  en  todas 
cuantas  estipulaciones  le  integran. 

Sírvase  recibir,  señor  presidente,  el  testimonio  de  mi  mayor  considera- 
ción.—Firmado,  Clemenceau.* 

La  protesta  alemana, — Ha  sido  el  acontecimiento  más  ruidoso  la  des- 
trucción de  la  escuadra  alemana  por  sus  propias  tripulaciones  en  el  puerto 
inglés  de  Scapa  Flow,  donde  había  sido  internada  en  los  primeros  días  del 
armisticio.  Las  tripulaciones  alemanas  seguían  en  los  buques  bajo  la  vigi- 
lancia inglesa. 

Se  recordarán  las  discusiones  que  hubo  entre  los  aliados  respecto  de 
la  suerte  de  la  hermosa  escuadra,  la  siguiente  en  poder  a  la  inglesa,  entre 
todas  las  del  mundo.  Franceses  y  norteamericanos  eran  partidarios  de  la 
repartición,  pero  los  ingleses  defendieron  que  no  convenían  a  Francia  ta- 
les buques  y  que  procedía  hundirlos.  Así  se  hallaba  la  cuestión,  cuando  el 
día  21  de  Junio  apareció  la  noticia  del  hundimiento  por  los  mismos  ale- 
manes. 


CRÓNICA  GENERAL  71 

Entre  los  principales  navios  destruidos,  se  citan  los  siguientes:  dread- 
noughís,  Friedrich  der  Grosse,  Koenig  Alberi,  Kaiser,  Kronprinz  Wilhem, 
Kaiserin,  Bayern,  Morghgraff,  Prinz  Regent  Luitpold  y  Grosser  Kur- 
fursi;  cruceros  de  batalla  Seydlifs,  Derflinger,  Yon  der  Tann,  Hindenburg 
y  Moltke;  con  otros  muchos  cruceros  ligeros,  sumando  en  total  400.000 
toneladas  con  100  cañones  gruesos  y  200  cañones  de  mediano  calibre. 

Las  tripulaciones  quedaron  prisioneras  en  los  navios  ingleses,  habién- 
dose ahogado  un  número  considerable  de  marinos. 

El  hecho  hizo  estallar  a  los  aliados  en  recriminaciones  terribles,  y  mon- 
sieur  Clemenceau  lo  apuntó  como  otra  falta  de  honor  de  los  alemanes. 

—  Dentro  de  Alemania  también  se  ha  manifestado  la  protesta  con  ca- 
racteres violentos.  Un  telegrama  de  Berlín  decía  que  cierto  número  de  sol- 
dados pertenecientes  a  la  llamada  Guardia  negra  entró  en  el  Arsenal  de 
Berlín  y  se  apoderó  de  las  banderas  capturadas  a  los  franceses  en  1870,  y 
que  según  las  condiciones  de  paz  debían  ser  devueltas  a  Francia.  Desfila- 
ron por  la  Unter  der  Linden  y  quemaron  las  banderas  ante  el  monumento 
de  Federico  el  Grande,  en  presencia  de  millares  de  personas. 

Por  su  parte  la  Prensa  se  hace  eco  de  la  indignación  general.  El  perió- 
dico Breazzeitung úixildi  su  artículo  «Finis  Germaniae»,  y  dice:  «La  revo- 
lución, que  debía  proporcionar  la  libertad  del  pueblo,  le  ha  conducido  a  la 
esclavitud.» 

El  Vorwaerts  declara  que  la  coacción  ejercida  por  los  enemigos  para 
hacer  firmar  a  Alemania  desvaloriza  a  la  firma  alemana.  La  paz  de  Versa- 
lles— agrega— descansa  sobre  la  violencia,  y  sólo  tiene  validez  mientras 
dure  la  violencia. 

La  firma  misma  es  un  acto  de  pura  forma  y  sin  valor,  y  al  realizarlo, 
Alemania  debiera  dar  expresión  al  desprecio  que  siente  por  esta  paz  ver- 
gonzosa para  los  adversarios.  Seguramente  vendrá  para  Alemania  el  día 
del  renacimiento. 

Los  acuerdos  tomados  en  Weimar  no  representan  la  última  página  en 
la  historia  del  pueblo  germano.» 

—  En  cuanto  a  la  protesta  por  el  desacato  al  ex  emperador  alemán,  la 
Liga  de  Oficiales  Alemanes  publicó  un  manifiesto  lamentando  no  poder  de- 
fender a  su  antiguo  «Señor  de  guerra»,  y  declarando  que  el  Gobierno  ale* 
man  no  debe  consentir  la  extradición  del  Kaiser. 

La  nota  comenta  las  noticias  procedentes  de  la  Entente,  según  las  cua- 
les los  aliados  siguen  en  su  empeño  de  juzgar  al  K<iiáer  y  a  ciertas  perso- 
nalidades, y  termina  diciendo:  «No  debemos  inclinarnos  ante  tal  preten- 
sión. Esto  sería  una  traición  vergonzosa  hacia  nuestro  Kaiser  y  una  des- 
honrosa infidelidad  hacia  nuestros  jefes.  Por  consiguiente,  la  Liga  de  Oñ- 


72  CRÓNICA  GENERAL 

dales  Alemanes  rechaza  por  unanimidad,  y  con  profunda  indignación,  la 
injusta  petición.  Sabe  perfectamente  que  todo  alemán  que  conserve  aún 
los  sentimientos  de  honor  de  la  patria,  rechazará  dicha  proposición.» 

En  defensa  del  Emperador,  el  ex  canciller  alemán  Bethmann  Hollweg 
dirigió  el  25  de  Junio  una  carta  al  presidente  del  Consejo  francés,  Clemen- 
ceau,  rogándole  diera  a  conocer  lo  siguiente  a  las  potencias  aliadas  y  aso- 
ciadas: 

«En  el  artículo  227  del  tratado  de  paz  formularon  las  potencias  aliadas 
y  asociadas  una  acusación  contra  S.  M.  Guillermo  II  de  Hohenzollern, 
Emperador  alemán,  tildándole  de  haber  faltado  a  las  leyes  morales  inter- 
nacionales y  al  poder  sagrado  de  los  Convenios. 

Anunciaron  al  mismo  tiempo  que  estaban  decididos  a  rogar  al  Gobier- 
no de  Holanda  entregara  al  Emperador  para  que  fuera  juzgado. 

En  relación  con  esto,  me  permito  proponer  a  las  potencias  aliadas  y 
asociadas  que  abran  el  proceso  contra  mi  persona  en  lugar  del  Empera- 
dor, poniéndome  yo  a  su  disposición.  Como  ex  canciller  del  Imperio  ale- 
mán, tengo  la  única  responsabilidad  respecto  a  los  actos  políticos  del  Em- 
perador durante  mi  gobierno,  según  los  derechos  alemanes. 

Creo,  pues,  poder  solicitar  de  las  potencias  aliadas  y  asociadas  me  ha- 
gan responsable  de  estos  actos.  Convencido  estoy  de  que  las  potencias 
aliadas  y  asociadas  no  querrán  negarme  esta  petición  que  se  basa  en  las 
leyes  nacionales.» 

— Ante  la  efervescencia  suscitada  por  las  humillaciones,  y  para  evitar 
mayores  males,  el  presidente  de  la  República,  Ebert,  y  el  Gobierno  nacio- 
nal publicaron  el  siguiente  llamamiento  al  pueblo  alemán: 

«El  Gobierno  hizo  la  manifestación  de  querer  firmar  la  paz  con  la  apro- 
bación de  la  Asamblea  nacional,  con  el  corazón  oprimido  y  bajo  la  pre- 
sión de  la  violencia  más  desconsiderada,  pero  pensando  siempre  en  evitar 
que  nuestro  pueblo  indefenso  tenga  que  hacer  nuevos  sacrificios  y  sopor- 
tar más  hambre.  La  paz  ha  sido  concertada.  Ahora  se  trata  de  cumplirla  y 
asegurarla. 

Todos  nuestros  esfuerzos  deben  ir  dirigidos  hacia  esta  obligación.  La 
paz  debe  ser  cumplida  mientras  sea  posible.  Jamás  nos  olvidaremos  dé 
los  que  quedarán  bajo  el  dominio  extranjero.  Ellos  son  sangre  de  nuestra 
sangre,  y  defenderemos  sus  intereses  en  lo  posible.  Ellos  podrán  ser  sepa- 
rados de  la  patria,  pero  no  de  nuestros  corazones. 

Tenemos  el  deber  de  trabajar.  Lis  cargas  de  la  paz  pueden  ser  sopor- 
tadas sólo  mediante  la  mayor  actividad.  A¡  no  cumplir  la  cláusula  más  mí- 
nima del  convenio,  nuestros  adversarios  po  Irán  contestar  con  la  invasión, 
la  ocupación  y  el  bloqueo.  El  que  trabaja  defiende  el  suelo  patrio. 


CRÓNICA  GENERAL  73 

Tenemos  también  el  deber  de  seguir  en  nuestros  puestos,  a  pesar  de 
todas  las  dificultades.  El  soldado,  los  suboficiales  y  la  oficialidad,  los  em- 
pleados del  Estado,  cada  uno  de  ellos  debe  seguir  cumpliendo  su  misión 
en  bien  de  todos  en  estos  días  peores  entre  los  peores. 

Se  nos  obliga  que  entreguemos  compatriotas  nuestros  a  los  Tribunales 
enemigos. 

Nos  opusimos  a  esto  hasta  el  límite,  y  comprendemos  la  indignación 
de  nuestras  valientes  tropas,  pero  si  los  oficiales  y  toda  la  tropa  no  defien- 
de con  firmeza  el  orden  interior,  millones  de  compatriotas  serán  víctimas 
de  la  ocupación,  de  la  anexión  y  del  terror. 

Alemania  debe  conservar  su  vida.  No  hay  trabajo  sin  el  orden  interior, 
y  sin  trabajo  no  pueden  cumplirse  las  condiciones,  y  no  habrá  paz  mien- 
tras no  se  cumplan.  No  habrá  concesiones,  ni  revisiones,  ni  posibilidad  de 
pagar  todas  las  cargas  formidables  si  no  colaboramos  todos  por  cumplir 
lo  firmado.  Lo  que  hoy  se  deje  de  hacer  en  un  día,  costará  años  enteros  de 
esclavitud  a  nuestros  hijos.  Hay  una  sola  salvación:  conservar  la  nación  y 
el  pueblo,  siguiendo  unidos  y  trabajando.  Ayudadnos  en  esta  misión.» 

cTambién  el  ministro  de  la  Defensa  nacional,  Noske,  quien  a  petición 
del  presidente  alemán  decidió  retirar  su  dimisión,  acaba  de  dirigir  el  si- 
guiente llamamiento  a  las  tropas  de  la  Defensa  nacional: 

«La  Asamblea  Nacional  acordó  que  el  convenio  de  paz  fuera  firmado 
por  el  Gobierno,  en  vista  de  que  estamos  indefensos  frente  a  la  violencia 
adversaria.  Ante  el  Gabinete  me  he  pronunciado,  lo  mismo  que  los  minis- 
tros de  Guerra  de  Alemania  y  Prusia,  contrario  a  la  firma  de  esta  paz  de 
violencia.  Pero  en  vano.  Mi  dimisión  fué  rechazada  por  el  presidente  déla 
nación  y  por  el  jefe  del  Gobierno,  de  acuerdo  con  los  partidos  mayorita- 
ríos  de  la  Asamblea  Nacional.  Tanto  el  Gobierno  como  la  mayoría  del 
Parlamento  han  obrado  bajo  el  peso  de  las  circunstancias.  Nuestro  país  se 
desangra  de  miles  de  heridas.  Las  masa?  populares  han  quedado  desmo 
roñadas  e  incapaces  de  resistir,  a  causa  de  años  de  sufrimientos  y  priva- 
ciones y  a  causa  del  hambre.  Millones  de  alemanes  sienten  el  único  deseo 
de  verse  librados  de  la  incertidumbre  y  de  llegar  a  la  paz.  Toda  la  comar- 
ca occidental  de  nuestra  patria  teme  la  invasión  del  enemigo,  lleno  de  odio, 
cuya  inhumanidad  y  desconsideración  hemos  tenido  que  sufrir  aún  recien- 
temente, y  el  cual  no  vacilará  en  llevar  la  guerra  y  las  devastaciones  al 
suelo  germano.  La  miseria  y  la  situación  angustiosa  de  nuestro  pueblo  me 
prohibe  desertar  de  mi  puesto,  en  el  que  soy  capaz  de  servir  a  la  patria,  si 
me  ayudan,  como  lo  han  hecho  hasta  ahora,  hombres  abnegados.  Cámara  - 
das:  Alemania  y  su  pueblo  no  pueden  prescindir  de  vosotros.  Ayudadnos 


74  CRÓNICA  GENERAL 

a  sacar  la  patria  de  la  vergüenza  y  de  la  miseria  para  conducirla  a  un  por- 
venir más  benigno.» 

Dimisión  del  mariscal  Hindenburg.—ConiñsisLdo  ante  tantas  desdichas 
como  han  sobrevenido  a  su  patria,  el  ilustre  caudillo  alemán,  tan  cargado 
de  años  como  de  prestigio,  se  ha  retirado  a  la  vida  privada.  Recientemente 
manifestó  sus  deseos  al  presidente  de  la  República  en  los  siguientes  tér- 
minos: 

«El  comienzo  de  las  negociaciones  de  paz  me  induce  a  comunicar  al 
Gobierno  nacional  lo  que  sigue: 

He  permanecido  a  la  cabeza  del  alto  mando  militar  porque  creía  mi 
deber  seguir  prestando  servicios  a  la  patria  en  tiempos  del  mayor  peligro, 
y  tan  pronto  como  quede  concertada  la  paz  preliminar,  considero  cumpli- 
da mi  misión. 

Dada  mi  edad  avanzada,  será  comprensible  a  todos  mi  deseo  de  reti- 
rarme a  una  vida  privada,  tanto  más  cuanto  se  sabe  lo  duro  que  fué  para 
mí  seguir  en  mi  puesto  en  los  tiempos  actuales,  teniendo  en  cuenta  mis 
opiniones,  mi  personalidad  y  todo  mi  pasado.» 

El  presidente  nacional  contestó  lo  sigutente: 

«He  tomado  nota  de  su  decisión  de  renunciar  al  puesto  de  generalísi- 
mo una  vez  firmada  la  paz  preliminar,  para  retirarse  a  la  vida  particular. 

Estando  conforme  con  ello,  aprovecho  la  ocasión  para  expresarle  la  más 
alta  gratitud  del  pueblo  alemán  por  los  servicios  prestados  a  la  patria  du- 
rante la  guerra  y  en  los  tiempos  actuales. 

El  país  no  olvidará  nunca  que  usted  se  pusiera  a  disposición  de  la  pa- 
tria en  los  tiempos  más  difíciles,  cumpliendo  su  misión  con  gran  fidelidad 
y  abnegación.» 

En  estos  últimos  días,  al  hacer  efectiva  su  dimisión  de  generalísimo, 
dirigió  el  siguiente  manifiesto  de  despedida  a  sus  tropas: 

«¡Soldados!  Hace  algún  tiempo  que  manifesté  al  Gobierno  que,  como 
soldado,  tenía  que  preferir  una  caída  honrosa  a  una  paz  de  vergüenza.  La 
misma  declaración  la  debo  a  vosotros.  Habiendo  en  una  ocasión  anterior 
expresado  ya  mi  intento  de  retirarme  de  nuevo  a  la  vida  privada  al  llegar 
la  paz,  renuncio  ahora  al  mando  supremo. 

Al  despedirme,  pienso,  ante  todo,  lleno  de  emoción,  en  los  largos  años 
que  tuve  el  honor  de  servir  bajo  el  reinado  de  tres  soberanos.  Aparecen 
entonces  ante  mi  mente  los  tiempos  de  una  labor  pacífica  incansable,  del 
espléndido  desarrollo,  de  las  grandes  victorias  y  de  la  tenaz  resistencia. 
Pero  también  pienso,  con  profunda  tristeza,  en  los  tristes  días  del  desastre 
que  cayó  sobre  nuestra  patria.  En  estos  tiempos  de  incalculable  gravedad 


CRÓNICA  GENERAL  75 

era  cual  luz  de  estrella  la  fidelidad  y  confianza  con  que  me  apoyaban  los 
oficiales,  suboficiales  e  individuos  de  tropa.  Por  ello  os  debo  a  todos  gra- 
titud eterna,  y  no  menos  a  las  unidades  voluntarias,  defensoras  infatigables 
del  frente  oriental. 

Ligo,  sin  embargo,  a  esta  gratitud  una  petición  para  el  porvenir.  Sea 
cual  fuere  el  criterio  que  cada  uno  de  vosotros  tiene  sobre  los  aconteci- 
mientos de  los  últimos  días,  para  todos  debe  existir  un  solo  objetivo:  el 
bienestar  de  la  patria.  Nuestro  pueblo  sigue  amenazado.  La  posibilidad  de 
mantener  el  orden  interior  y  de  realizar  una  labor  beneficiosa  depende 
esencialmente  de  la  firmeza  de  nuestra  fuerza  armada.  Es,  pues,  nuestro 
deber  primordial  garantizar  esta  firmeza.  El  criterio  individual  debe  pasar 
a  segundo  lugar,  por  muy  difícil  que  esto  sea.  Gracias  a  una  labor  común, 
solo,  y  con  la  ayuda  de  Dios,  lograremos  conducir  a  nuestra  pobre  patria 
alemana,  de  nuevo,  hacia  mejores  tiempos,  librándola  de  la  más  profunda 
humillación.  ¡Adiós!  No  os  olvidaré  ]amás.> 

La  Deutsche  Allgemeine  Zeitung  escribe:  «La  retirada  definitiva  del 
mariscal  del  servicio  militar  pone  un  sello  personal  al  término  de  la  gran 
época  militar  de  Alemania,  tan  estrechamente  ligada  con  el  nombre  del 
caudillo. 

Con  una  energía  inquebrantable,  y  cumpliendo  su  deber  sin  descanso, 
el  generalísimo  ha  sido  siempre  fiel  a  la  patria,  siendo  para  todos  un  ejem- 
plo de  heroísmo  recto  y  sencillo,  que  será  imperecedero. 

La  firma  de  la  paz  es  un  hecho,  y  con  ello  desaparece  para  el  generalí- 
simo de  nuestro  ejército  gigantesco,  desmovilizado  tiempo  ha  y  convertido 
entretanto  en  instrumento  de  la  defensa  nacional,  todo  motivo  para  seguir 
en  su  puesto,  al  que  fué  llamado  hace  casi  cinco  años,  cuando  estaba  ya 
retirado  del  servicio. 

En  el  momento  de  su  dimisión,  Hindenburg  da  todavía  un  ejemplo  de 
nobleza,  pues  aconseja  encarecidamente  al  ejército  que  olvide  en  estos  tiem- 
pos tan  graves  para  la  historia  alemana  las  opiniones  individuales,  diri- 
giendo todos  sus  esfuerzos  hacia  el  mantenimiento  de  la  firmeza  de  nues- 
tra fuerza  armada. 

Grande  en  las  victorias,  grande  a  la  hora  de  la  despedida;  así  quedará 
la  figura  de  nuestro  mariscal  von  Hindenburg  grabada  en  los  corazones  del 
pueblo  alemán.» 

La  firma  del  tratado  de  Versalles. — Muy  laboriosa  resultó  en  Berlín 
la  designación  de  los  delegados  que  habían  de  trasladarse  a  Versalles,  por 
negarse  todos  los  candidatos  a  figurar  en  un  momento  de  tan  grave  trans- 
cendencia para  su  patria.  Hubo  una  conminación  de  los  aliados  al  Go- 


76  CRÓNICA  GENERAL. 

bierno  de  Berlín,  y  entonces  fueron  designados  los  ministros  Hermana 
Muller,  de  Asuntos  Extranjeros,  y  Bell,  de  Vías  y  Comunicaciones,  los 
cuales  llegfaron  a  Versalles  el  mismo  día  28  de  Junio  a  las  tres  de  la  ma- 
drugada. 

La  ceremonia,  que  estaba  señalada  para  las  tres  de  la  tarde,  revistió 
gran  solemnidad.  Desde  la  mañana  salieron  los  trenes  de  París  repletos 
de  público  para  Versalles,  donde  muchos  regimientos  de  infantería  y 
caballería  formaron  inmediatamente  la  carrera  que  habían  de  recorrer 
los  automóviles  de  los  plenipotenciarios.  El  servicio  en  el  interior  del  Pa- 
lacio de  Trianón  lo  prestaban  dragones  armados  con  lanzas. 

Ha  llegado  la  hora,  y  los  plenipotenciarios  toman  asiento.  «El  espec- 
táculo— dice  un  corresponsal— es  imponente.  En  el  techo  de  la  galería 
que  representa  la  historia  alegórica  de  Luis  XIV,  se  ven  escudos  y  pasajes, 
donde  están  escritas  sentencias  que  en  su  mayoría  tienen  un  sentido  que 
conservan  hoy.  Se  ven  varias  escenas  en  las  que  Francia,  victoriosa,  dicta 
la  paz  a  sus  enemigos  vencidos.  Encima  del  lugar  donde  se  sienta  Clemen- 
ceau,  letras  de  oro  sobre  fondo  blanco  proclaman:  «El  Rey  gobierna  por 
sí  solo.» 

Se  invierten  los  ratos  de  espera  en  cambiar  impresiones.  Wilson,  como 
muchos  delegados,  lleva  un  álbum  de  autógrafos.  El  presidente  se  muestra 
muy  atento,  y  nadie  deja  de  firmar  en  su  álbum. 

Williams  Mardn,  director  del  Protocolo,  acompañado  de  M.  Fouquié- 
res  Arnabon,  advierte  a  M.  Clemenceau  que  los  delegados  alemanes  han 
llegado.  En  la  sala  se  hace  un  silencio  profundo.  No  se  oye  más  que  el 
vibrar  de  las  armas  y  el  lejano  murmullo  de  la  multitud.  En  el  umbral  de 
la  galería  de  las  Batallas  aparecen,  al  fin,  dos  maceros  del  Ministerio  de 
Negocios  Extranjeros.  Los  delegados  alemanes  no  son  anunciados;  entran 
en  fila  uno  detrás  de  otro,  discretamente,  calladamente,  en  medio  de  un 
silencio  glacial...  Nadie  se  levanta  de  su  asiento.  Los  plenipotenciarios 
alemanes  se  dirigen  inmediatamente  a  las  butacas  de  la  izquierda  del  pre- 
sidente de  la  Conferencia;  en  el  momento  de  tomar  asiento  se  inclinaH 
ligeramente. 

Muller  y  Bell  parece  que  no  dejan  de  estar  emocionados.  Lanzan  una 
rápida  ojeada  circular  sobre  la  concurrencia,  y  después  parecen  sumirse 
en  el  estudio  absorto  de  los  programas  de  la  sesión,  que  tienen  colocados 
sobre  los  pupitres.  Antes  de  la  entrada  de  los  plenipotenciarios  alemanes, 
la  Guardia  republicana  había  envainado  los  sables, 

Monsieur  Clemenceau,  que  presidía,  teniendo  a  Wilson  a  su  derecha 
y  a  Lloyd  Qeorge  a  su  izquierda,  declaró  abierta  la  sesión  y  pronunció  h 
siguiente  alocución: 


CRÓNICA  GENERAL  77 

«Señores:  Se  abre  la  sesión  para  firmar  las  condiciones  del  tratado  de 
paz  entre  las  potencias  aliadas  y  asociadas  y  el  Imperio  alemán.  El  acuerdo 
está  hecho  y  el  texto  redactado. 

El  presidente  de  la  Conferencia  certifica  por  escrito  que  el  texto  que 
iba  a  ser  firmado  estaba  conforme  con  el  texto  de  los  ejemplares  entrega- 
dos a  los  delegados  alemanes. 

Las  firmas  se  van  a  poner  en  el  texto  original.  Esas  firmas  valdrán 
como  un  compromiso  irrevocable,  que  será  cumplido  y  ejecutado  en  su 
integridad  en  todas  las  condiciones  fijadas.  En  esas  condiciones,  tengo  el 
honor  de  invitar  a  los  plenipotenciarios  alemanes  a  que  se  sirvan  poner 
sus  firmas.» 

Los  plenipotenciarios  de  Alemania  se  levantan  y,  automáticamente, 
como  entraron,  se  dirigen  a  la  mesita  Luis  XV.  Muller  es  el  primero  que 
coge  la  pluma,  e  inclinándose  ligeramente  sobre  el  pergamino,  con  mano 
nerviosa,  que  agita  ligero  temblor,  pone  su  firma.  Al  levantar  la  cabeza, 
una  lívida  palidez  cubre  su  rostro.  Sin  hablar  una  palabra,  pasa  la  pluma 
a  Bell.  Este  lo  hace,  después  de  firmar,  a  los  restantes  delegados.  Cuando 
esta  formalidad  está  terminada,  los  plenipotenciarios  vuelven  a  sus  puestos 
y  la  ceremonia  de  la  firma  continúa  por  la  Delegación  americana.  Wilson 
se  dirige  rápidamente  a  la  mesa,  firma  sonriente,  limpiando  previamente 
su  anteojo,  y  vuelve  a  su  sitio.  Clemenceau  lo  hace  con  más  calma:  firma 
lentamente,  con  mano  segura,  y  después  que  lo  ha  hecho  dirige  a  los  pe- 
ludos una  mirada,  donde  brilla  un  relámpago  de  orgullo  y  de  alegría,  les 
dedica  una  sonrisa  y  vuelve  a  su  sillón. 

Lloyd  Qeorge  y  la  Delegación  británica  firman;  les  sigue  la  Delegación 
italiana,  formada  por  los  señores  Sonnino,  Imperiali  y  Crespi. 

La  Delegación  japonesa  cierra  la  firma  de  las  grandes  potencias,  y  co- 
mienzan a  firmar  las  potencias  de  intereses  limitados. 

Comienza  la  Delegación  de  Bélgica,  y  detrás  de  ella,  Bolivia,  Brasil, 
Grecia,  etc.  La  última  firma  es  la  de  los  representantes  del  Uruguay,  a  las 
tres  y  cuarenta  minutos  de  la  tarde. 

Monsieur  Clemenceau  se  levanta  y  dice:  «Las  condiciones  de  paz  entre 
los  aliados  y  asociados  y  Alemania  están  firmadas.  Se  levanta  la  sesión.» 

—A  la  firma  del  tratado  ha  seguido  gran  explosión  de  entusiasmo, 
sobre  todo  en  Inglaterra  y  Francia.  El  presidente  de  la  República  francesa 
dio  un  banquete  de  gala  en  el  Elíseo  en  honor  de  Mr.  Wilson,  que  iba  a 
salir  para  su  país,  y  en  ese  banquete,  al  que  asistieron  individuos  de  todas 
las  naciones  representadas  en  la  Conferencia,  y  de  las  neutrales,  sólo  Es- 
paña, por  excepción,  el  presidente  norteamericano  hizo  en  un  bi  indis  en- 
tre otras  declaraciones: 


78  CRÓNICA  GENERAL 

«Al  separarnos,  dejamos  terminado  parte  del  trabajo;  fijada  dejamos  la 
fórmula  de  la  paz;  pero  queda  apenas  esbozado  el  plan  de  cooperación; 
éste  se  irá  ensanchando  y  afianzando  en  los  años  venideros. 

Quedaremos  siendo  amigos,  cooperaremos  en  labores  que  despertarán 
en  nosotros  comunes  ideas  sobre  los  deberes  y  derechos  de  los  hombres 
en  cada  raza  y  en  cada  pueblo;  logrado  esto,  habremos  alcanzado  impor- 
tantísimo resultado.  Antaño  firmaban  las  naciones  contratos  y  pactos  por 
tiempos  definidos;  pero  jamás  tuvieron  esos  pactos  ni  contratos  la  forma 
y  concepto  de  asociación  permanente  como  el  tratado  que  acabamos  de 
dejar  redactado. 

La  guerra  actual  ha  sido  declarada  con  evidente  injusticia;  deben,  pues, 
las  naciones  coligarse  para  que  en  lo  sucesivo  resulte  imposible  a  ninguna 
de  ellas  desencadenar  tanta  calamidad  como  la  que  hemos  estado  presen- 
ciando y  padeciendo  durante  estos  cinco  años.» 

Terminó  diciendo  Mr.  Wilson  que  ai  dar  el  adiós  a  Francia  lo  hace  tan 
sólo  con  los  labios,  por  cuanto  permanece  de  corazón  en  este  noble  y  hos- 
pitalario país.  «Levanto  mi  copa— dijo  al  final — en  honor  de  la  amistad 
francoamericana,  por  la  prosperidad  de  Francia  y  por  la  comunión  de  los 
pueblos  libres,  en  bien  de  la  Humanidad.» 

Desconfianzas  e  impugnaciones  del  tratado.— E\  Journal  dice  que  en 
cuanto  terminó  la  ceremonia  oficial  de  la  firma  del  tratado  de  paz,  los  se- 
ñores Ciemenceau,  Lloyd  George  y  Wilson  se  encerraron  en  una  sala  del 
palacio  con  objeto  de  deliberar. 

Ciemenceau  expresó  primeramente  que  se  trataba  de  determinar  las 
medidas  relativas  a  la  ratificación  del  tratado;  pero  que  Inglaterra  y  los 
Estados  Unidos  tenían  que  garantizar  su  ayuda  a  Francia  en  el  caso  de  que 
se  produjera  un  ataque  no  provocado. 

El  texto  de  este  documento  no  ha  sido  aun  hecho  público;  pero  es  de 
desear  que  las  potencias  contratantes  lo  hagan  cuanto  antes.  Este  convenio 
no  tiene  menos  importancia  que  el  mismo  tratado  de  Versalles. 

El  6  de  Mayo,  víspera  del  día  en  que  las  condiciones  de  los  aliados  de- 
bían ser  sometidas  a  los  alemanes,  se  anunció  en  una  nota  que  Inglaterra 
y  los  Estados  Unidos  habían  decidido  garantizar  a  Francia  contra  toda 
agresión  por  parte  de  Alemania. 

Tanto  al  Parlamento  británico  como  al  Congreso  americano  deben  ser 
sometidos  los  respectivos  proyectos  de  ley  autorizando  a  los  Gobiernos  de 
Londres  y  Washington  para  intervenir  automáticamente  a  fin  de  defender 
a  Francia  contra  todo  ataque  injustificado  de  sus  adversarios  de  ayer. 

De  este  modo  se  salvarán  de  antemano  los  artículos  constitucionales 


CRÓNICA  GENKRAI.  7Q 

que  subordinan  en  América  lo  mismo  que  en  Inglaterra  todo  acto  de  gue- 
rra a  una  previa  decisión  del  Parlamento. 

El  sábado,  poco  antes  de  las  doce,  el  presidente  Wilson,  Lloyd  George 
y  Clemenceau  se  han  reunido  en  el  Elíseo,  en  el  gabinete  de  Poincaré 
para  firmar  el  protocolo  del  compromiso  de  garantía. 

Se  ha  querido  de  propósito  que  coincida  la  firma  de  este  documento 
con  la  del  tratado  de  Versalles,  que  constituye,  hasta  que  la  Sociedad  de 
las  Naciones  haya  demostrado  su  eficacia,  la  garantía  más  fuerte  de  ejecu- 
ción del  tratado. 

La  coincidencia,  pues,  quiere  claramente  subrayar  el  espíritu  de  unión 
y  la  firme  resolución  de  los  Estados  asociados  en  la  discusión,  así  como 
en  las  decisiones. 

—Respecto  de  las  impugnaciones  del  tratado  para  el  socialismo,  se  ha 
hecho  pública  la  determinación  del  Consejo  federal  socialista  del  Sena  de 
impugnarlo  en  el  Parlamento  francés. 

Según  Le  Matin,  después  de  varios  discursos  de  tonos  levantados, 
acordóse,  por  6.800  votos  y  10  abstenciones,  hacer  pública  la  siguiente  mo- 
ción, que  expresa  el  sentido  del  Consejo: 

«Los  diputados  socialistas  deberán  votar  en  contra  del  tratado  de  paz.» 

Después  fué  presentada  otra  proposición,  por  la  cual  se  pide  a  los  so- 
cialistas que  se  abstengan  de  tomar  parte  en  las  fiestas  de  la  Victoria,  que 
se  han  de  celebrar  el  próximo  día  14,  por  entender— dice  la  moción— que 
ese  día  es  un  día  de  luto  para  el  proletariado. 

Uno  de  los  delegados  pronunció  un  discurso  en  apoyo  de  la  anterior 
moción,  diciendo  que  no  sólo  debe  limitarse  a  tal  acuerdo  la  actitud  de 
los  socialistas,  sino  que,  además,  todos  ellos  deben  rechazar  cuantas  tarje- 
tas se  les  entreguen  para  distribuirlas  entre  el  público. 

Otro  diputado  pidió  la  expulsión  inmediata  del  partido  de  20  diputados 
socialistas  que  votaron  a  favor  de  créditos  militares  en  la  Cámara. 

Comentando  los  resultados  de  esta  votación,  Le  Matin  pone  de  mani- 
fiesto cómo  las  teorías  extremistas  parecen  haber  ganado  terreno. 

El  diputado  Longuet  exhortó  después  a  los  delegados  socialistas  a  dar 
muestras  de  sangre  fría,  para  afrontar  la  situación,  recordando  que  el  par- 
lido  socialista  se  había  pronunciado  ya  categóricamente  contra  toda  adhe- 
sión a  la  tercera  Internacional,  y  que  elía  significaba  que  en  sus  decisiones 
no  debe  mostrar  arrebato  el  elemento  obrero. 


80  CRÓNICA  GENERAL 

Cambio  de  Gobierno  en  Italia,— E\  disgusto  producido  en  Italia  por 
las  gestiones  del  jefe  del  Gobierno,  Sr.  Orlando,  en  la  Conferencia  de  Pa- 
rís, se  exteriorizó  en  el  Parlamento,  dando  origen  a  la  dimisión  del  Gabi- 
nete, que  fué  substituido  por  otro  compuesto  en  la  siguiente  forma: 

Presidencia  del  Consejo  e  Interior,  Nitti;  Negocios  Extranjeros,  Titto- 
ni;  Colonias,  Luigi  Possi;  Gracia  y  Justicia,  Mortara;  Hacienda,  Tedesco; 
Tesoro,  Schanze;  Marina  e  interinamente  Guerra,  contraalmirante  Sachi; 
Instrucción  pública,  Baccelli;  Obras  públicas,  Pantano;  Transportes,  De- 
vito; Agricultura,  Visocchi;  Industria,  Comercio,  Trabajo,  Aprovisiona- 
miento y  consumo  de  materias  alimenticias,  ingeniero  Danti  Ferrari;  Co- 
rreos, Chimienti;  Asistencia  militar  y  prisiones,  Dacomo;  Territorios  libe- 
rados, Cesare  Navar. 

El  ministro  de  Negocios  Extranjeros,  Sr.  Tittoni,  ha  pronunciado  un 
discurso  en  el  Senado,  en  el  que  ha  dicho,  entre  otras  cosas,  que  el  formar 
parte  de  la  Delegación  de  la  paz  le  obligaba  a  salir  precipitadamente  para 
París. 

Mientras  todas  las  potencias  han  asegurado  el  reconocimiento  de  sus 
aspiraciones,  para  Italia  queda  en  pie  una  dolorosa  incertidumbre;  pero 
nosotros  defenderemos  enérgicamente  los  intereses  nacionales. 

Yo  creo— dice— poder  resumir  brevemente  la  situación  en  los  términos 
siguientes:  los  qonfines  con  la  República  austríaca  y  el  Estado  definido, 
como  nosotros  lo  queríamos,  en  lo  que  toca  al  Adriático,  después  de  la  si- 
tuación creada  por  el  mensaje  del  presidente  Wilson  y  la  tentativa  de  la 
transación  del  Sr.  Tardieu,  quedaron  en  pie  nuestra  petición  del  pacto  de 
Londres,  que  Wilson  nos  reconocía  y  que  los  aliados  admitían  en  su  inte- 
gridad; esto  es,  con  la  cláusula  que  asigna  Fiume  a  la  Croacia. 

Enumera  las  decisiones  adoptadas  respecto  a  los  diversos  países  y  en 
cuanto  se  refiere  a  las  colonias  alemanas  de  África. 

Italia  ha  dado  ya  su  adhesión  a  cuanto  pedían  Inglaterra  y  Francia;  pero 
estas  potencias  no  han  correspondido  con  nosotros.  Por  lo  tanto,  ellos  po- 
drán encauzar  su  vida  en  la  paz,  mientras  que  nosotros  ninguna  ventaja 
obtendremos  si  no  se  nos  conceden  nuestras  reivindicaciones. 

Nosotros  expondremos  nuestros  derechos  como  los  de  los  demás  paí- 
ses aliados,  ya  que  nuestros  sacrificios  han  sido  los  mismos. 

Al  regresar  diremos  al  país  toda  la  verdad.  No  puede  retrasarse  por 
más  tiempo  que  el  pueblo  italiano  conozca  el  pacto  de  Londres.» 

Aludiendo  a  un  discurso  que  pronunció  en  Niza  en  1916,  dice  que  en- 
tonces afirmó  enérgicamente  que  las  aspiraciones  de  Italia  debían  ser  rá- 
pidamente aseguradas  antes  del  término  de  la  guerra. 

Recuerda  el  párrafo  de  otro  discurso,  en  el  que  dice: 


CRÓNICA  GENERAL  81 

«Nosotros  no  podremos  considerar  una  paz  satisfactoria  a  aquella  en  la 
que  no  se  dé  la  posibilidad  de  tratados  de  comercio  equitativos,  que  no 
asegure  el  refuerzo  y  condiciones  de  materias  primas;  en  la  que  no  se  tu- 
telen nuestras  emigraciones,  que  no  asegure  nuestras  posiciones  en  el 
Adriático  y  en  el  Mediterráneo,  y  en  el  que  no  se  den  elementos  para  hacer 
vivir  nuestras  colonias  y  se  permita  su  desarrollo.» 

«La  Delegación  y  yo — terminó  el  Sr.  Tittoni — declaramos  que  nuestro 
programa  se  reduce  a  estas  palabras:  ¡Italianos,  siempre!  ¡Italianos,  sobre 
todo!» 

ESPAÑA 

Del  júbilo  nacional  por  el  advenimiento  de  la  paz  se  ha  hecho  intér- 
prete en  primer  lugar  S.  M.  el  Rey  D.  Alfonso  XIII  y  el  Gobierno,  que  en 
calurosos  telegramas  han  felicitado  a  todos  los  Gobiernos  interesados 
principalmente  en  ella,  concediendo  al  mismo  tiempo  en  España  un  in- 
dulto general.  Tampoco  han  faltado  las  felicitaciones  del  Parlamento,  así 
como  en  toda  la  Prensa  se  han  dado  notas  del  regocijo  por  el  éxito  de 
nuestra  neutralidad  que  de  tantos  males  nos  ha  preservado  y  que  con  tanto 
tesón  defendieron  especialmente  las  clases  conservadoras. 

— Con  gran  solemnidad  se  verificó  el  día  24  la  apertura  de  las  Cortes, 
produciendo  gran  interés  la  lectura  del  Mensaje  por  Su  Majestad  el  Rey. 
En  las  sesiones  que  hasta  la  fecha  se  han  celebrado,  se  ha  visto  el  propó- 
sito de  las  izquierdas  de  dificultar  la  constitución  del  Congreso,  siguiendo 
el  acuerdo  tomado  en  reuniones  anteriores.  Es  el  mal  crónico  en  la  políti- 
ca española  y  por  cuya  extirpación  suspiran  todas  las  gentes  de  orden. 
Mientras  tanto  el  Gobierno  ha  suprimido  la  censura  y  prorrogado  por  de- 
creto los  presupuestos  para  un  mes. 

—De  verdadera  transcendencia  fué  la  manifestación  hecha  el  día  21 
por  los  ingenieros  civiles  españoles  ante  S.  M.  el  Rey.  Desprovistos  de 
toda  mira  política  y  atentos  sólo  al  bien  y  al  progreso  de  España,  le  en- 
tregaron un  mensaje,  por  mediación  del  ministro  de  Fomento,  en  el  que 
declaraban  la  necesidad  de  emprender  una  obra  grande  de  reconstitución 
nacional. 

Dos  motivos  principales  tenía  la  fiesta  celebrada  en  la  Escuela  de  Ca- 
minos: el  homenaje  que  había  de  rendirse  al  ilustre  ingeniero  D.  Juan  Ma- 
nuel de  Zafra,  profesor  de  puertos  y  señales  marítimas  de  la  Escuela  de 
Caminos,  con  ocasión  de  la  entrega  e  imposición  de  las  insignias  de  la 
gran  cruz  de  Alfonso  XII,  otorgada  por  sus  relevantes  méritos,  y  el  descu- 
brimiento de  la  lápida  dedicada  en  la  misma  Escuela  a  la  memoria  del  in- 
geniero D.  Eduardo  Escalona,  como  prueba  de  gratitud  hacia  el  varón  in- 


82  CRÓNICA  GENERAL 

signe  que  legó  parte  de  su  patrimonio  al  Cuerpo  de  Caminos,  para  que, 
convertida  su  renta  en  premio  anual  a  los  alumnos,  sirviera  a  éstos  de  es- 
tímulo en  el  estudio  de  su  carrera. 

A  ambos  actos  quiso  asistir  el  Monarca,  dando  soberano  realce  a  la  pa- 
triótica y  nobilísima  aspiración  de  la  ingeniería  española.  «Los  ingenieros 
españoles — decía  el  mensaje—quisiéramos  que  nuestra  Patria  realizara  en 
plazo  breve  una  completa  transformación  de  la  economía  nacional,  que,  al 
propio  tiempo  que  la  engrandeciera,  enalteciese  los  prestigios  de  su  histo- 
ria; y  como  nuestra  misión  es  aplicar  la  ciencia  al  desenvolvimiento  de  la 
riqueza,  recabamos  el  puesto  de  honor  que  en  esta  empresa  nos  corres- 
ponde, sin  más  finalidad  que  la  de  aportar  a  ella  un  trabajo  abnegado  en 
beneficio  de  la  prosperidad  general.  No  desconocemos,  señor,  que  la  evo- 
lución de  los  tiempos  va  cambiando  los  timbres  de  grandeza  de  las  nacio- 
nes, y  nos  consideramos  obligados  a  proclamar  que  creemos  que  la  hege- 
monía moderna  está  reservada  a  los  pueblos  que  más  produzcan  y  que 
mejor  desarrollen  sus  industrias  y  su  comercio  exterior.» 

— Hemos  de  hacer  mención  también  del  homenaje  rendido  por  la  So- 
ciedad Española  de  Excursiones  a  la  memoria  del  insigne  escritor  mallor- 
quín D.  José  María  Cuadrado,  con  motivo  del  centenario  de  su  naci- 
miento. 

En  la  sesión  presidida  por  el  Rey,  en  la  Real  Academia  Española,  se 
leyeron  trabajos  de  gran  gusto  literario,  enalteciendo  los  méritos  del  ilus- 
tre publicista  en  los  diversos  aspectos  de  su  eminente  personalidad.  Con- 
tribuyeron con  sus  trabajos  las  figuras  más  salientes  de  la  Academia  y  otros 
legítimos  representantes  de  las  letras  españolas,  poniendo  digno  remate  a 
la  corona  de  alabanzas  el  presidente  de  la  Real  Academia  Española,  señor 
Maura,  que  recabó  para  sí  el  honor  de  asociarse  al  homenaje,  no  sólo 
como  admirador,  sino  como  paisano.  «Fué  Cuadrado — terminó  diciendo  — 
un  escritor  de  pensamiento  profundo  y  original  y  un  patriota  ardoroso, 
cuya  memoria  será  siempre  una  honra  para  Mallorca  y  para  España.» 

—En  todas  las  diócesis  de  la  nación  se  ha  celebrado  con  gran  entu- 
siasmo la  Fiesta  de  la  Buena  Prensa,  no  cediendo  en  nada  a  la  manifesta- 
ción religiosa  de  años  anteriores,  ni  en  el  número  de  comuniones  ni  en  la 
recaudación.  Muchos  Prelados  y  Juntas  diocesanas  habían  publicado  cir- 
culares llenas  de  estímulos,  y  el  éxito  ha  coronado  sus  esfuerzos. 


B.  R. 


MISCELÁNEA 


Alocución  pastoral  del  Eminentísimo  Señor  Cardenal  Arzobispo 
de  Toledo  a  las  mujeres  cristianas. 

«La  delicadeza  del  asunto  que  motiva  este  escrito  lo  ha  retrasado  con 
exceso:  nos  referimos  a  la  moda  del  vestido  en  la  mujer.  Hemos  hablado 
de  esto  diferentes  veces;  pero  jamás  creímos  vernos  obligados  a  reprobar 
el  daño  que  se  está  produciendo  en  esta  forma  más  autorizada  y  solemne. 
Al  escribir,  la  amargura  inunda  nuestro  corazón  como  ante  una  desgracia 
irreparable  e  inmensa;  porque  de  nuestras  meditaciones  sobre  la  materia 
hemos  sacado  la  conclusión  de  que  en  el  fondo  hay  una  inconsciencia 
aterradora  por  parte  de  la  mujer  de  los  males  que  está  causando.  ¿Y  cómo 
se  remediará  un  daño  que  no  se  siente,  un  mal  que  no  se  conoce,  un  vicio 
que  a  sus  atractivos  une  las  apariencias  de  lo  lícito  y  lo  honesto?  Única- 
mente así  podremos  explicarnos  que  la  mujer  española,  a  quien  es  con- 
natural la  piedad  cristiana,  para  quien  ha  sido  siempre  santa  y  amable  la 
moral  del  Cristianismo,  se  vea  expuesta  a  perder  en  pocos  días  el  rico  te- 
soro de  pudor,  de  modestia  y  de  recato  que  constituye  desde  largos  siglos 
el  principal  ornamento  de  su  excelsa  dignidad  dentro  de  nuestra  santa 
Religión. 

La  mujer,  fuente  perenne  de  vida  humana,  es  manantial  purísimo  e 
inextinguible  de  vida  sobrenatural  por  obra  de  María  nuestra  Madre  In- 
maculada, en  la  Redención  de  Cristo.  Desde  que  en  los  días  de  su  niñez 
se  consagra  a  la  Santísima  Virgen  como  hija  suya,  hasta  los  días  postreros 
en  que  las  nuevas  generaciones  oyen  de  sus  labios  trémulos  las  leyendas 
de  nuestros  Santos,  hemos  visto  siempre  a  la  mujer  católica  dedicada  a  la 
misión  sublime  de  edificar  a  Cristo  en  las  almas,  en  todas  las  obras  de 
celo,  en  el  hogar,  en  la  enseñanza,  en  la  Prensa,  en  las  asociaciones  de 
caridad,  en  el  culto  esplendoroso,  mediante  sus  ejemplos  de  virtud,  de  ab- 


84  MISCELÁNEA 

negación  y  sacrificio.  Ellas  son  el  consuelo  de  los  que  trabajan  por  la  salud 
de  las  almas;  de  ellas  hemos  recibido  todos,  en  momentos  difíciles,  ejem- 
plos de  fortaleza  y  alientos;  y  siendo  toda  esta  nobleza  espiritual  de  la  mu- 
jer en  medio  del  mundo  pálido  reflejo  de  una  realidad  cien  veces  más 
gloriosa,  de  suerte  que  con  razón  podemos  decir  que  está  asociada  a  la 
obra  redentora  de  Cristo  y  de  su  Iglesia,  ¿cómo  pensar,  ni  por  un  mo- 
mento, que  ella  quisiera  convertirse  por  una  servidumbre  degradante  a  la 
moda  en  embajadora  y  emisaria  de  Satanás? 

Por  eso  llamamos  la  atención  de  nuestras  amadas  hijas,  las  que  por  na- 
tural instinto  comprenden  lo  que  manda  en  cada  caso  la  austera  moral  que 
profesan,  para  que  ellas  sean  heraldos  de  nuestra  voz  paternal  y  dolorida 
cerca  de  las  que  se  muestran  más  o  menos  indulgentes  con  la  ola  de  sen- 
sualismos y  provocaciones  indecorosas  que  amenaza  invadirlo  todo,  sin 
respetar  la  misma  santidad  del  templo.  Las  que  por  finura  de  tempera- 
mento o  de  educación  conocen  los  peligros  del  mal  deben  formar  una 
cruzada,  como  un  bloque,  diríamos,  de  la  modestia  cristiana,  y  tomar  oca- 
sión de  este  mal  que  combatimos  para  purificar  el  ambiente  de  tantas  pro- 
cacidades e  inmundicias  que  le  corrompen  en  el  teatro,  en  la  novela,  en  el 
cine,  en  el  trato  social,  de  donde  se  las  quiere  trasladar  a  la  calle,  y  a  la 
plaza  pública,  y  a  la  vida  corriente  mediante  vestidos  exóticos,  por  lo  ex- 
travagantes e  impúdicos,  que  son  la  apoteosis  de  la  carne  y  el  renacimien- 
to de  un  paganismo  mayor  y  más  execrable  que  el  primero  en  pueblos 
cristianos. 

A  la  mujer  católica  Nos  entregamos  la  predicación  de  la  moral  cristia- 
na en  este  punto  tan  delicado,  que  sólo  sus  manos  pueden  tocar,  pues  el 
natural  respeto  que  nos  merece  la  mujer  obliga  muchas  veces  al  silencio. 
Considerada  la  inmodestia  en  el  vestir  como  un  hecho  social,  es  altamente 
reprobable  con  independencia  de  la  intención  y  el  propósito  de  la  persona 
que  así  se  conduce,  salvo  aquellos  excesos  que  la  natural  honestidad  pro- 
hibe ya  ios  que,  por  desgracia,  hemos  llegado  por  tolerancias  culpables, 
porque  en  este  caso  tal  conducta  es  totalmente  condenable  y  no  puede  ale- 
garse en  su  favor  rectitud  de  intención,  ignorancia  o  sencillez  incompren- 
sibles. 

Con  este  proceder  la  dignidad  de  la  mujer,  preciosa  conquista  del 
Cristianismo,  viene  por  los  suelos;  porque,  ¿cómo  mantener  la  propia  dig- 
nidad sin  el  respeto  de  sí  misma,  fundamento  del  que  deben  guardarle  los 
demás?  En  su  lugar  reciben  un  homenaje  que  mancha,  el  de  las  miradas 


MISCELÁNEA  85 

lascivas  y  los  sentimientos  inconfesables,  frutos  del  culto  de  la  carne,  que 
rebajan  por  igual  al  ídolo  y  a  sus  idólatras.  ¡Si  al  menos  quedara  aquí 
circunscrito  el  mal!...  Pero,  ¿quién  tendrá  palabras  de  dolor  y  energía  bas- 
tantes para  condenar  la  rapidez  con  que  la  relajación  se  dilata  a  todas  las 
clases  sociales,  a  la  juventud  de  uno  y  otro  sexo,  arrancando,  al  brotar,  en 
las  niñas  las  flores  del  pudor  y  la  modestia,  despertando  en  los  adolescen- 
tes prematuras  pasiones,  excitando  en  las  muchedumbres  ignaras  emula- 
ciones torpes,  instintos  que  se  manifiestan  sin  disfraz  y  a  gritos  como  au- 
llidos de  fieras  salvajes?...  Así,  por  estos  pasos,  va  descendiendo  cada  día 
más  el  nivel  moral  de  las  costumbres  públicas;  se  ahogan  en  olas  de  cieno 
los  nobles  ideales;  se  apaga  el  espíritu  en  la  sociedad;  se  enervan  y  disipan 
las  energías  de  la  raza  y  se  prepara  la  sociedad  del  porvenir,  corrompida 
y  decadente,  incapaz  de  mantener  y  propulsar  los  bienes  que  recibimos  de 
generaciones  austeras,  virtuosas,  castas. 

Es  necesario  que  la  mujer  advierta  la  transcendencia  decisiva  de  sus 
actos  en  la  batalla  que  se  está  librando  entre  el  bien  y  el  mal.  Hay  una 
gran  multitud  que  cifra  todas  sus  aspiraciones  en  los  goces  sensibles,  en  los 
bienes  materiales:  salud,  placer  y  riquezas;  son  la  concepción  material  de  la 
vida  de  los  que  no  creen  en  Dios  ni  esperan  una  vida  de  ultratumba.  Si  la 
mujer  sé  inclina  del  lado  de  estas  bajas  aspiraciones,  si  no  las  corrige,  si  de 
ellas  reciben  estímulo,  el  orden  moral,  superior  a  la  materia,  la  vida  espi- 
ritual se  extinguirá,  y  asistiremos  a  la  formación  de  una  civilización  muer- 
ta al  nacer,  porque  le  faltarán  nobleza  y  dignidad,  los  principios  de  vida 
en  las  obras  humanas,  que  no  se  derivan  de  la  carne,  sino  del  espíritu,  hasta 
que  sucumba  rápidamente,  víctima  de  la  ceguera  de  la  carne,  y  envuelta  en 
la  ira  de  Dios,  que  abrasó  y  consumió  a  los  pueblos  que  caminaron  en  pos 
de  semejantes  abominaciones.  ^ 

Eso  no  puede  ser,  amadas  hijas  nuestras:  a  eso  ni  debierais  ni  que- 
rríais prestaros  jamás,  pues  sería  aceptar  el  desgraciado  papel  de  instru- 
mentos ciegos  de  destrucción  y  de  piedra  de  escándalo  para  el  prójimo; 
antes,  oponiéndoos  resuelta  y  denodadamente  a  esa  invasión  de  la  ola  ce- 
nagosa de  deshonestidad  que  intenta  arrollar  y  envilecer  vuestro  honor  y 
decoro,  absteneos,  pero  con  empeño  firme  e  incontrastable,  de  condescen- 
der con  las  corrientes  de  esas  extrañas  y  deshonribles  novedades,  tan  con- 
trarias a  la  gentileza  y  dignidad  proverbiales  de  la  cristiana  mujer  espa- 
ñola, como  ofensivas  de  la  decencia  propia  y  necesaria  para  el  convivir 
social.  Pero,  sobre  todo,  sería  merecedor  de  la  execración  más  terminante 


86  MISCELÁNEA 

y  absoluta  el  que  la  impudicia  descocada  o  encubierta  os  acompañara  a  la 
casa  de  Dios  y  a  los  actos  más  excelsos  y  augustos  de  nuestra  santa  Reli- 
gión... 

Vigilad,  pues,  vosotras  mismas  para  que  así  no  sea,  porque  Dios  tam- 
bién nos  ha  de  pedir  a  todos  estrecha  cuenta  de  los  pecados  ajenos  a  los 
que  dimos  ocasión  o  que  no  evitamos  pudiendo.  Abatid  con  vuestro  ejem- 
plo y  vuestras  exhortaciones  esa  muralla  de  inconsciencia  o  de  vituperable 
tolerancia  tras  la  que  se  escudan  muchas  personas  buenas  y  hasta  piado- 
sas, que  justamente  se  creerían  ofendidas  si  se  dudaba  de  su  honestidad; 
y,  sobre  todo,  mírense  en  el  clarísimo  y  divino  espejo  de  modestia  y  pure- 
za, en  el  que  el  mismo  Dios  se  miró  complacido,  la  Santísima  Virgen  Ma- 
ría, fuente  de  santidad.  Ella  es  la  Mujer  de  quien  se  deriva  a  todas  las  mu- 
jeres la  gracia,  la  belleza  moral  y  el  honor  que  las  constituye  reinas  dentro 
de  la  universal  familia  cristiana.  Miradla  como  vuestro  modelo,  y  Ella  os 
enseñará  y  hablará  a  vuestro  corazón. 

Nos  ponemos  en  sus  manos  purísimas  todos  nuestros  cuidados,  que 
hondamente  amargan  nuestra  alma,  y  por  Ella  esperamos  que  la  sociedad 
sanará  pronto  de  esa  llaga,  que  amenaza  gangrenar  sus  mismas  entrañas. 
Merézcanlo  de  su  corazón  maternal  las  oraciones  de  todas  sus  hijas,  a 
quienes  bendecimos  afectuosamente  en  el  nombre  del  Padre  f  y  del 
Hijo  t  y  del  Espíritu  Santo  f  Amén. 

En  Toledo,  a  15  de  Junio,  fiesta  de  la  Santísima  Trinidad,  de  1919. — 
t  Victoriano,  Card.  Gaisasola,  Arzobispo  de  Toledo.  > 

A  los  católicos.— Una  súplica. 

El  Instituto  Geográfico  y  Estadístico,  benemérita  oficina,  viene  desde 
hace  cuatro  años  sacando  a  la  luz,  con  toda  regularidad,  un  voluminoso  y 
magnífico  libro,  profusamente  ilustrado,  con  el  título  de  Anuario  Estadis- 
tico  de  España.  En  esta  obra  magistral  sintetiza  todas  las  informaciones, 
desde  las  elecciones  políticas  hasta  la  economía  social,  y  desde  el  territorio, 
la  población  y  la  cultura  hasta  la  producción,  el  consumo,  el  cambio,  la 
vida  tnunicipal  y  administrativa,  la  beneficencia,  la  higiene  y  la  sanidad,  no 
sólo  de  nuestra  nación,  sino,  en  cuanto  es  posible,  del  mundo  entero.  Es, 
por  lo  tanto,  una  verdadera  enciclopedia  estadística,  y  ha  conseguido  el 
Instituto  ir  igualando  a  las  más  famosas  y  similares  del  Extranjero. 

El  Negociado  encargado  del  servicio  del  Anuario  y  la  Dirección  del 


MISCELÁNEA  87 

Instituto,  interpretando  los  deseos  de  todo  el  personal  del  ramo,  tiene  vivas 
ansias  de  llegar  al  ináximo  de  perfeccionamientos.  A  este  fin,  no  cesan  de 
demandar  informaciones,  en  forma  de  cuadros  estadísticos,  a  todos  los  cen- 
tros y  oficinas  de  orden  oficial  y  a  las  demás  entidades  y  personas  que  creen 
pueden  y  deben  coadyuvar  a  la  obra  nacional.  Por  regla  general,  las  súpli- 
cas son  escuchadas,  aunque  no  por  todos. 

Este  año,  una  vez  más,  la  Dirección  del  Instituto  ha  solicitado  diversos 
cuadros,  respectivamente,  de  entidades  católicas,  rogando  a  todas  ellas 
los  envíen  a  su  domicilio  social,  situado  en  el  paseo  de  Atocha,  núm.  1, 
Madrid. 

Tal  petición  especial  está  justificada  en  extremo,  porque  mientras  en  la 
edición  del  Anuario  de  1917  pudo  dedicar  el  Instituto  seis  grandes  páginas 
a  las  instituciones  sociales  creadas  por  el  partido  socialista,  respecto  a  las 
católicas  alcanzó  tan  escaso  material  que,  con  dificultad,  pudo  llenar  una 
página,  y  ésta,  por  cierto,  muy  endeble,  en  el  orden  técnico. 

Quiso  también  el  Instituto  Geográfico  y  Estadístico  conceder  el  mere- 
cido espacio  a  las  Bolsas  del  Trabajo.  De  todas  las  católicas  de  la  nación 
únicamente  respondieron  cinco  de  ellas,  y  con  brevísimas  cifras.  Las^ insti- 
tuciones en  favor  de  las  mujeres  católicas  apenas  se  conocen. 

El  Instituto  no  sabe  a  qué  recurso  apelar  ni  a  quién  dirigirse,  después 
de  haber  circulado  centenares  de  cartas,  oficios  y  súplicas,  incluso  ver- 
bales. 

Ha  utilizado  todas  las  formas  de  cortesía  al  dirigirse  a  numerosas  per- 
sonalidades católicas  de  relieve  y  cuantos  organismos  conoce. 

El  firmante  de  estas  líneas,  con  su  habitual  desinterés,  pero  con  su  en- 
tusiasmo de  siempre  por  la  estadística,  ha  procurado  y  procura  ayudar  al 
jefe  del  Negociado  del  Anuario,  el  ingeniero  D.  José  de  Mera,  indicándole 
los  nombres  de  las  entidades  de  las  cuales  tiene  noticia  y  recomendando 
a  sus  amigos  presten  el  auxilio  solicitado,  dado  el  noble  y  patriótico  fin  que 
guía  al  Instituto. 

Esta  modesta  labor,  que  yo  he  realizado  y  realizo,  ha  dado  frutos;  pero 
como  la  Dirección  no  alcanza  con  la  rapidez  que  necesita  las  informacio- 
nes de  los  católicos,  y  deseamos  evitar  que  este  año  vuelva  a  ser  escasa  en 
cantidad  y  pobre  en  datos,  me  ha  parecido  ser  conveniente  exponer  la  si- 
tuación públicamente  en  esta  revista  católica  y  en  los  demás  compañeros 
de  toda  España  que  quieran  hacerse  eco  de  ella. 

Si  en  el  año  pasado  se  circularon  millares  de  ejemplares  del  Anuario  a 


88  MISCELÁNEA 

todas  las  oficinas  y  centros  nacionales,  así  como  del  Extranjero,  la  próxima 
edición  será  más  amplia  y  tendrá  aún  mayor  difusión,  dentro  y  fuera  de 
nuestro  hogar  patrio. 

Si  se  perpetuasen  las  lamentables  ausencias  de  los  católicos,  creerán 
muchos,  aunque  sea  erróneo,  que  los  creyentes  de  nuestro  país  no  aman  el 
progreso  ni  la  cultura  y  que  no  les  importa  testimoniar  sus  triunfos. 

Todos  tienen  ahora  ocasión  de  evitar  un  sonrojo  a  los  que  tenemos  fe 
en  el  patriotismo,  laboriosidad  y  celo  de  nuestros  hermanos  españoles; 
pero  que,  con  su  pasividad  y  abandono,  hasta  el  momento  presente  aparen- 
tan demostrar  lo  contrario  que  sienten. 

Experimentaremos  verdadera  satisfacción  en  hacer  público,  en  breve 
fecha,  que  los  católicos  españoles,  todos  sin  excepción,  han  rivalizado  en 
remitir  a  la  Dirección  general  del  Instituto  Geográfico  y  Estadístico  am- 
plias e  inmejorables  informaciones  estadísticas,  en  todos  los  aspectos  co- 
nocidos. 

La  Dirección  hará  que  queden  realzados  como  merecerán,  sin  duda, 
tan  importantes  y  útilísimos  ir aA)a]os.— Eduardo  Navarro  Salvador. 


H  EL  VERDflDEBO  MiR  DEL  "DttO  DE  LIIS  LEIfliOr  "> 

(CONTESTACIÓN  AL  ACADÉMICO  SR.  COTARELO) 

SEGUNDA  PARTE 
Semblanza  de  López  de  Velasco. 

(CONTINUACIÓN) 

Los  refranes.— Uno  de  los  interlocutores  del  Diálogo  de  las  len- 
guas, para  persuadir  a  su  autor  a  que  escribiese  sobre  la  lengua  caste- 
llana, le  dice  que  si  bien  no  tiene  a  mano  libros  en  romance  con  cuya 
autoridad  y  razones  satisficiese  a  las  preguntas  que  le  harían,  se  po- 
dría servir  para  muchas  cosas  <del  cuaderno  de  refranes  castellanos, 
que  me  decís  cogistes  entre  amigos  estando  en  Roma,  por  ruego  de 
ciertos  gentiles  hombres  romanos.»  Torres  añade:  «Muy  bien  habéis 
dicho,  porque  en  aquellos  refranes  se  ve  muy  bien  la  purídad  de  la 
lengua  castellana.  —Coriolano:  Antes  que  paséis  adelante,  es  me- 
nester que  sepa  yo  qué  cosa  son  refranes.  — Valdés:  Son  proberbíos 
o  adagios,  —Coriolano:  ¿Y  tenéis  libro  impreso  de  ellos?  —Valdés: 
No  de  todos;  pero  siendo  muchacho,  me  acuerdo  haber  visto  uno 
de  algunos  mal  glosados.  —Coriolano:  ¿Son  como  los  latinos  y 
griegos?  —Valdés:  No  tienen  mucha  conformidad  con  ellos,  porque 
los  castellanos  son  tomados  de  dichos  vulgares,  los  más  de  ellos  na- 
cidos y  criados  entre  viejas  tras  del  fuego,  hilando  sus  ruecas;  y  los 
griegos  y  latinos,  como  sabéis,  son  nacidos  entre  personas  doctas,  y 
están  celebrados  en  libros  de  mucha  doctrina;  pero  para  considerar 
la  propiedad  de  la  lengua  castellana,  lo  mejor  que  los  refranes  tie- 
nen es  ser  nacidos  del  vulgo.»  (2). 


(1)  Véase  la  pág.  5  de  este  volutnen. 

(2)  Cf.  Diálogo,.,  págs.  12  y  13;  fol.  8  v.  del  Ms.  Esc. 

La  Ciudad  de  Dios.-Año  XXXIX.— Núm.  1.108. 


QO         SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS» 

En  varios  pasajes  del  mismo  Diálogo  vuelve  a  mencionar  el  tal 
cuaderno  de  refranes;  y  conformando  la  práctica  con  la  teoría,  en 
casi  todo  el  libro  empalma  los  refranes  para  confirmar  sus  razona- 
mientos lingüísticos.  Apenas  entrado  en  materia,  no  pudiendo  resis- 
tir a  lo  que  sus  amigos  le  pedían,  empieza  con  este  refrán:  «Como 
dicen  en  mi  tierra,  donde  fuerza  viene,  detecho  se  pierde.*  (1).  Se  acu- 
de al  cuaderno,  y  allí  se  halla  el  mismo  refrán:  «do  fuerza  viene,  de- 
recho se  pierde. >  (2). 

A  continuación,  y  hallándose  ya  solos  tres  de  los  interlocutores, 
dice  Torres:  «Pues  habemos  cogido  y  prendado  a  Valdés,  no  lo  de- 
jemos en  ninguna  manera,  sin  que  primero  lo  examinemos  hast^  el 
postrer  pelo;  porque  yo  le  tengo  por  tal,  que  ninguna  cosa  escribe  sin 
fundamento;  y  apostaría  que  tiene  en  sus  papeles  notadas  algunas  co- 
sillas  sobre  esta  materia  de  que  le  queremos  hablar.* 

Ya  hemos  visto  que  esos  papeles  sobre  la  misma  materia,  existen 
y  se  conforman  con  las  materias  literarias  del  Diálogo.  Veamos  si  se 
acomodan  también  los  Refranes.  Y  lo  mejor  será  poner  frente  a 
frente,  y  a  dos  columnas,  algunos  tomados  de  los  impresos  en  el 
Diálogo,  y  compararlos  con  los  del  cuaderno  manuscrito: 


Refranes  del  Diálogo. 

Pág.  15:  «Donde  fuerza 
viene,  derecho 
se  pierde.» 

ídem  31:  «Dijo  la  sartén  a 
la  caldera,  tira 
allá  cul  negra.» 

ídem  31:  «Dijo  el  asno  al 
burro,  arre  allá 
orejudo.» 


Refranes  del  cuaderno. 

Fol.  168:  «Do  fuerza  viene 
derecho  se  pier- 
de.» 

ídem  167:  «Dixo  la  sartén  a 
la  caldera,  tira 
allá  cul  negra.» 

ídem  167  ^r  «Dice  el  asno  al 
mulo,  quita  allá 
orejudo.» 


(1)  Cf.  Diálogo...  pág.  15. 

(2)  Cf.  B.  Esc.  úf-IV-S.  Códice  en  8.°,  de  160  x  210  mm.  Cant.  dor.  245  ho- 
jas, num.  antig.,  let.  ult.  s.  XVI.  Desde  el  folio  161  al  173  v:  Refranes  casteUa- 
nos.—VoX.  175  al  222:  Catálogos  de  varias  librerías  de  Flandes  y  Alemania,  con 
los  precios  de  cada  libro  al  margen.  Parecen  listas  de  los  libros  que  se  iban 
comprando  para  El  Escorial.  Entre  ellos  figuran  muchos  libros  españoles,  como 
las  Obras  de  Boscan,  el  Amadis  de  Gaula,  la  Celestina,  el  Cancionero  General, 
el  Cortesano,  las  obras  del  Duque  de  Gandia,  varias  historias  de  las  indias, 
como  las  del  Perú,  de  Cieza,  gramáticas  griegas  y  hebreas,  etc.,  etc. 


-SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIALOGO  DE  LAS  LENGUAS» 


91 


Refranes  del  Diálogo, 

?ig.  31:  «De  lo  contado 
come  el  lobo.» 

Ídem  33:  «Al  ruin,  dadle 
un  palmo,  y  to- 
marse ha  cua- 
tro.» 

ídem  36:  «La  mujer  y  la 
gallina,  por  an- 
dar se  pierden 
ayna.» 

ídem  84:  «A  río  vuelto,  ga- 
nancia de  pes- 
cadores.» 

Ídem  89:  «Cierra  tu  puerta, 
y  loa  tu  veci- 
no.» 

ídem  142:  «Malo  verná  que 
a  mi  bueno  me 
hará.» 

ídem  93:  «Quien  bien  quie- 
re a  Beltran, 
bien  quiere  a 
su  can» 

Ídem  101:  «Malo  es  Pascual, 
mas  nunca  le 
falta  mal.» 

ídem  95:  «En  cas  del  mez- 
quino, más 
manda  la  mu- 
jer que  el  ma- 
rido.» 

ídem  95:  «Alia  van  leyes 
do  quieren  re- 
yes.» 

ídem  93:  Agua  vertida,  no 
toda  cogida.» 

ídem  92:  «Huésped  que  se 
convida,  rece  es 
de  hartar.» 

ídem  142:  «Mudar  costum- 
bre, es  a  par  de 
muerte.» 


Refranes  del  cuaderno. 

Pág.  166  V:  «De  lo  contado 
come  el   lobo.» 

Ídem  162:  «Al  ruin,  dadle  y 
un  palmo  y  to- 
mará cuatro.» 

ídem  169:  «La  mujer  y  la 
gallina,  por  an- 
dar se  pierden 
ayna.» 

ídem  163:  «A  río  vuelto,  ga- 
nancia de  pesca- 
dores.» 

ídem  165  ^:  «Cierra  tu  puerta, 
y  alaba  tu  vezi- 
no.» 

ídem  170  "':  «Malo  verná,  que 
bueno  te  hará.» 

ídem  172  v;  «Quien  bien  quie- 
re a  Beltran, 
quiere  a  su  can.» 

ídem  170  v;  «Malo  es  Pascual, 
y  nunca  le  falta 
quien  le  haga 
mal.» 

ídem  168:  «En  casa  del  mez- 
quino, más  man- 
da la  mujer  que 
el  marido.» 

ídem  163:  «Allá  van  leyes,  do 
quieren   reyes.» 

ídem  163  "'-.  «Agua  vertida,  no 
toda  cogida.» 

ídem  169:  «Huésped  que  se 
convida,  ligero 
es  de  hartar.» 

ídem  170  V:  «Mudar  costum- 
bre, es  a  par  de 
muerte.» 


92         SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS» 

La  lista  podía  prolongarse,  aunque  lo  creemos  innecesario.  Es  de 
suponer  que  el  ilustre  5r.  Cotarelo  no  caerá  en  la  tentación  de  atri- 
buir también  este  Cuaderno  de  refranes  al  heresiarca  Juan  de  Valdés^ 
porque  eso  ya  sería  el  colmo  de  la  pseudocrítica.  El  haber  examina- 
do y  compulsado  más  de  veinte  autógrafos  de  Juan  López  de  Velas- 
co  me  da  alguna  autoridad  para  decir  que  la  letra  del  cuaderno  es 
de  él.  Pero  si  tal  conocimiento  y  autoridad  me  negase  el  docto  aca- 
démico, a  lo  menos  tendría  que  concederme  que  la  letra  de  los  Re- 
franes es  del  último  tercio  del  siglo  XVI,  lo  mismo  exactamente  que 
el  carácter  de  letras  de  los  tres  códices  del  Diálogo  de  las  lenguas, 
de  que  luego  hablaremos. 

Y  esto  ya  constituye  un  doble  argumento:  negativo  y  positivo. 
Negativo  contra  el  protestante  Juan  de  Valdés,  que  jamás  escribió 
de  refranes  ni  de  esas  materias  literarias  análogas.  Positivo  a  favor 
de  dos  cosas:  que  el  Diálogo  y  los  Refranes  fueron  escritos  en  pleno 
reinado  de  Felipe  II,  y  que  durante  ese  período,  por  las  razones  ex- 
puestas, López  de  Velasco  fué  hombre  muy  preparado  y  documen- 
tado para  escribir  ese  famoso  libro  y  otros  de  mayor  importancia, 
como  ya  se  ha  visto. 

Complemento' de  esos  Refranes,  hay  en  otro  códice  que  también 
perteneció  a  Velasco,  un  cuaderno  en  folio  mayor  conteniendo  unos 
Proverbios  o  adagios  que  llenan  27  capítulos  a  dos  columnas  por  or- 
den de  materias.  La  letra  no  es  suya,  sino  de  alguno  de  sus  amanuen- 
ses, que  los  puso  en  limpio  como  si  estuvieran  destinados  para  la 
imprenta.  Antes  de  esos  Proverbios,  y  a  continuación  de  ellos,  exis- 
ten varios  papeles  auténticos,  ya  del  mismo  Velasco,  ya  de  amigos 
suyos,  como  el  cosmógrafo  Juan  Bautista  Jesio,  dándole  noticia  de 
algunas  Relaciones  de  Indias,  enviadas  del  Perú,  de  un  mapa  ilumi- 
nado por  Sebastián  Gabotto,  que  se  había  encontrado  entre  los  libros 
del  difunto  Juan  de  Ovando,  Presidente  del  Consejo  de  Indias,  etc. 

Tales  Proverbios  van  mezclados  con  muchos  refranes,  apoyándo- 
se mutuamente,  de  manera  que  a  veces  no  se  acierta  a  distinguir 
cuál  es  el  refrán  nacido  de  la  entraña  del  lenguaje  vulgar,  y  cuál  la 
sentencia  o  proverbio  que  ha  brotado  de  la  mente  del  sabio,  aunque 
para  el  autor  del  Diálogo,  refranes  y  proverbios  venían  a  ser  casi  una 
misma  cosa  (1). 


(1)    Cf.  «Prouerbios  o  sentencias  breues  spirituales  y  morales».  Códc.  info- 


SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS»         93 

Véase  una  pequeña  muestra: 

«Con  el  mando  se  suelen  empeorar  las  personas.» 

-Cuando  tomes  el  mando,  olvida  las  injurias;  porque  no  te 
dieron  el  poder  para  que  te  vengues.» 

«El  reino  sin  justicia  pronto  se  asuela.t 

«jAy  del  Reino  donde  destierran  a  los  pacíficos  y  amparan 
a  los  revoltosos!...» 

«Jamás  hubo  Príncipe  bueno  teniendo  consejero  malo,  ni 
Príncipe  malo  teniendo  consejero  bueno.» 

«El  demonio,  a  quien  le  sirve,  da  jarrete  por  pulpa,  con- 
trapeso por  peso,  y  burlas  por  veras.» 

«Dios  quiere  que  hagamos  lo  que  debemos,  y  el  demonio 
todo  lo  que  queremos...» 

Cómo  fué  formando  Velasco  esos  Proverbios  se  colige  de  varios 
de  sus  apuntes  sobre  lecturas  que  iba  haciendo  del  Eclesiastés,  de 
San  Agustín,  San  Bernardo,  Kempis  y  otros  sabios.  Juntamente  con 
los  Refranes  deberían  publicarse  los  Proverbios  en  la  primera  edi- 
ción crítica  que  se  hiciera  del  Diálogo  de  las  lenguas,  por  la  íntima 
relación  que  tienen. 

López  de  Velasco  parecía  abrigar  también  el  propósito  de  hacer 
una  edición  corregida  y  aumentada  del  Cancionero  General.  Sabido 
es  que  en  el  Diálogo  cita  con  frecuencia  el  Cancionero;  pues  entre 
los  papeles  que  le  pertenecieron  existe  un  cuaderno  titulado  «Varias 
lecciones  del  Cancionero  general  impresso  en  An veres  por  Martín 
Nució  año  de  1557,  en  8.°,  cotejado  con  la  impresión  de  Cromberger 
en  Sevilla  año  de  1540  en  folio»  (1).  Es  un  análisis  minucioso  en  que 
se  notan  las  variantes  de  ambas  ediciones  y  las  poesías  que  deberían 
añadirse,  entre  éstas  algunas  de  D.  Antonio  de  Velasco,  tan  citado  en 
el  Diálogo.  Hacia  el  final  del  cuaderno  se  reseña  undi  Justa  literaria 
habida  en  Sevilla,  en  la  que  tomaron  parte  Polo  de  Grimaldo,  Juan 
de  Silva  de  Guzmán,  Bartolomé  de  Torres  Naharro,  etc.,  etc.  Y  a  la 
vuelta  otras  Varias  Lecciones  sobre  Jorge  Manrique  en  su  célebre 
canción:  Recuerde  el  alma  dormida. 


lio,  L-M2,  fol.  208-218.  Se  halla  entre  los  papeles  que  López  de  Velasco  titu- 
ló de  curiosidad. 

(1)    Cf.  Bib.  Esc.  L-I-15;  fol.  204-218.  La  letra  es  de  Vázquez  del  Mármol, 
enviado  tai  vez  a  Velasco,  entre  cuyos  papeles  se  halla. 


94         SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS» 

Si  cada  una  de  estas  circunstancias  da  a  entender  el  verdadero 
origen  y  paternidad  del  Diálogo,  todas  juntas  muestran  a  las  claras 
que  el  autor  no  pudo  ser  otro  que  Juan  López  de  Velasen,  varón 
eminentísimo  por  cualquier  aspecto  que  se  le  considere. 

Expongamos  otras  pruebas  para  terminar  esta  cuestión. 

Etimologías  arábigas.— E\  Diálogo  (pág.  35)  pone  muchas  pala- 
bras que  según  él  tienen  sus  raíces  en  el  árabe.  «Sabed— dice— que 
cuasi  siempre  son  arábigos  los  vocablos  que  empiezan  en  al,  .'como 
almohada,  alhambra,  almohaza,  alhareme;  y  las  que  comienzan  en  az, 
como  azagüán,  azahar,  azagaya;  y  las  que  comienzan  en  co,  como 
colcha,  colgajo,  cohecho;  y  las  que  comienzan  en  za,  como  zaherir, 
zaquizamí,  zafio;  y  las  que  comienzan  en  ha,  como  haja,  haragán^ 
harón;  y  las  que  comienzan  en  cha,  chi,  chj,  cha,  como  chapín,  chi- 
nela, choza,  chueca,  etc.,  etc. 

Va  el  curioso  lector  a  consultar  algunos  códices  donde  se  con- 
tienen apuntes  de  López  de  Velasco,  y  se  encuentra  con  que  esos 
mismos  vocablos  y  muchos  otros  están  explicados  en  el  códi- 
ce K-III-8,  a  continuación  del  Diálogo  de  las  lenguas,  y  en  el  códi- 
ce L-I-13,  donde  ya  se  ha  visto  que  se  hallan  también  papeles  de 
López  de  Velasco  con  explicaciones  etimológicas  suyas,  del  Brócen- 
se y  Mármol,  a  quienes  parece  que  consultaba  sus  dudas,  y  de  cu- 
yas observaciones  y  advertencias  a  menudo  Velasco  se  sirvió,  como 
el  Brócense  había  igualmente  utilizado  las  etimologías  de  Ve- 
negas,  ampliándolas.  Aquellos  filólogos  y  humanistas  solían  prestar- 
se mutuos  auxilios  con  desprendimiento  y  generosidad,  y  para  ellos 
el  plagio  literario  carecía  de  culpa.  Existía  un  comunismo  delicioso. 

Los  códices  del  Diálogo. — Son  tres  realmente,  y  no  dos  como  se 
había  creído^antes.  En  ese  punto,  tiene  razón  el  Sr.  Cotarelo.  Porque 
a  los  dos  conocidos  de  la  Nacional  y  El  Escorial,  hay  que  añadir  el 
de  Londres,  que  no  es  la  copia  de  Mayáns,  sino  un  códice  también 
del  último  tercio  del  siglo  XVI,  con  el  mismo  aire  de  familia  de  los 
dos  anteriormente  mencionados.  Para  afirmarlo  así,  además  del  tes- 
timonio de  Gayangos,  tengo  a  la  vista  algunas  fotocopias  que  lo 
evidencian.  La  letra  de  ese  manuscrito  de  Londres,  en  algunos  plie- 
gos, es  hermana  gemela  de  la  de  otros  pliegos  del  Códice  escuria- 


SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  €  DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS»         95 

lense.  Y  ambas  parecea  de  Vázquez  del  Mármol,  gran  pendolista  y 
amigo  de  Velasco.  El  de  Londres  es  mayor  de  caja  que  el  de  El  Es- 
corial, más  esmerado  y  perfecto  en  cuanto  a  caligrafía.  Empieza.con 
la  cruz  característica  de  todos  los  papeles  de  Velasco,  y  luego  este 
título  en  plural:  Diálogo  de  las  lenguas  (1). 

Afirmé  en  mi  primer  estudio  sobre  este  asunto  que  el  manus- 
crito de  la  Biblioteca  Nacional  era  como  el  borrador  autógrafo  de 
López  de  Velasco.  Hoy  puedo  asegurarlo  con  mayor  certeza.  Basta 
confrontarlo  con  el  manuscrito  antes  inscrito  del  Archivo  Históri- 
co (2),  en  que  Velasco  se  dirige  al  Rey  pidiéndole  permiso  para  re- 
tener algunos  libros  que  había  comprado  para  El  Escorial.  El  carác- 
ter de  esa  letra  coincide  exactamente  con  los  varios  manuscritos  de 
Velasco,  que  también  existen  en  esta  Biblioteca,  principalmente  con 
los  del  códice  L-I-12.  Y  es  curioso  observar  que  la  marca  de  papel 
de  tales  manuscritos  coincide  con  la  marca  del  papel  del  códice  del 
Museo  Británico,  y  la  letra  de  éste  con  la  clase  de  letra  que  tanto 
abunda  entre  los  papeles  que  a  Velasco  pertenecieron.  Por  lo  cual 
puede  repetirse  aquí  la  sentencia  escolástica:  <quae  suni  eadem  uní 
tertio,  sunt  eadem  ínter  se.  > 

Téngase  también  en  cuenta  que  el  carácter  de  letra  de  López  de 
Velasco  varía  no  poco,  según  se  ve  por  sus  numerosas  firmas  autó- 
grafas existentes  en  El  Escorial,  Simancas,  Biblioteca  Nacional,  Ar- 
chivo Histórico,  Archivo  de  Indias,  de  Protocolos,  etc.,  etc.  Unas 
veces  hacía  la  letra  redondilla,  otras  algo  ligada.  Era  un  gran  pen- 
dolista, y  solía  poner  en  práctica  lo  que  decía  en  su  Ortografía  y 
pronunciación  castellana,  de  que  debe  acomodarse  la  letra  al  tamaño 


(1)  Cf.,  Mus.  Brit.  Add.  ms.  9.939,  fol.  40.  Cod.  en  4-^  m.  de  210  -f  145  mm. 
y  30  líneas  de  caja.— Según  referencias  de  Mr.  Gilson,  jefe  de  la  sección 
de  Ms.,  la  marca  del  papel  es  un  corazón,  dentro  del  cual  hay  una  cruz  y  abajo 
estas  dos  letras:  B.  F.  Pero  no  en  todos  los  pliegos  existe  la  misma  marca.  Lo 
propio  exactamente  acontece  con  la  marca  del  papel  en  que  se  halla  escrito  el 
manuscrito  escurialense,  donde  se  ve  también  la  cruz  dentro  de  un  corazón, 
y  abajo  las  iniciales  B-F.  Es  marca  legítima  española.  Cf .  Briquet.  Les  Filigra- 
/2¿5,  n.»»  5.682. -Las  mismas  marcas  aparecen  en  otros  códices  ya  señalados 
como  de  López  de  Velasco,  especialmente  en  el  cuaderno  de  Proverbios,  y  en 
casi  todo  el  códice  L-I-12,  donde  se  tratan  las  cuestiones  de  la  Hacienda  espa- 
ñola y  el  valor  de  las  monedas  de  Ñapóles,  relacionadas  con  las  de  España. 

(2)  Cf.  Arch.  Hist.  Núm.  4.426  (int.  51). 


%         SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁX.OGO  DE  LAS  LENGUAS» 

de!  papel.  Así  se  nota  que  escribiendo  en  folio  hacía  la  letra  grande; 
mediana,  en  cuarto,  y  pequeña  en  octavo.  Sus  firmas  y  rúbricas  va- 
rían igualmente.  En  algunas  se  ven  el  nombre  y  ambos  apellidos,  en 
otras  el  anagrama  del  nombre  y  primer  apellido  con  la  continuación 
del  Velasco,  y  en  pocas,  las  iniciales  /.  L.  V. 

Lo  mismo  hacía  con  las  reglas  de  ortografía  que  había  dado  para 
los  demás,  y  que  él  no  siempre  tenía  en  cuenta  al  escribir;  pues  en 
algunos  de  sus  muchos  autógrafos  que  llevan  su  firma,  y  hasta  en 
una  misma  plana,  escribe  agora^  ahora  y  haora.  Estos  defectos  y 
otros  ya  se  los  reprobó  uno  de  sus  amigables  censores,  a  quien  Ve- 
lasco  parece  que  había  enviado  manuscrito  el  libro  de  Ortografía  y 
pronunciación  castellana  (1).  Pero,  en  medio  de  esa  disconformidad, 
cualquier  perito  calígrafo  hallará  un  fondo  común  inconfundible  si 
examina  los  rasgos  característicos  de  muchas  letras  mayúsculas, 
como  las  AA,  las  DD,  las  PP,  las  TT,  etc.,  y  las  minúsculas^,  /,  r,  /, 
z,  y,  etc.,  etc. 

Juzgarle,  pues,  por  un  solo  autógrafo,  o  por  una  sola  fotocopia, 
como  ha  hecho  el  Sr.  Cotarelo,  es  exponerse  a  manifiesto  error. 
Si  el  docto  académico  desea  noblemente  persuadirse  de  la  tesis  que 
sustento,  tómese  el  trabajo  de  examinar  las  fuentes  indicadas.  Si  no 
quiere  tener  esa  molestia,  dígnese  hacer  un  viajecito  por  El  Escorial, 
donde  con  gusto  le  exhibiré  todos  los  elementos  de  información 
apetecibles  y  satisfactorios  para  cualquier  investigador  y  crítico  des- 
apasionado. Pero  si  sus  ocupaciones  académicas  tampoco  le  permi- 
ten tal  esparcimiento  erudito,  yo  no  tengo  inconveniente  en  enviarle 
algunas  de  las  fotocopias  sacadas  de  los  Archivos  para  confrontación 
de  los  originales  escurialenses,  ya  que  publicarlas  ahora  no  cabe  en 
los  actuales  presupuestos  económicos. 

Y  pasemos  a  examinar  brevemente  la  famosa  edición  de  Mayáns, 
punto  de  partida  de  todos  los  errores. 

Mayáns  y  su  edición  del  Diálogo,— Todos  los  críticos,  sin  excep- 
ción, habían  creído  hasta  el  presente  que  D.  Gregorio  Mayáns,  para 
imprimir  el  Diálogo,  se  había  servido  del  códice  que  hoy  existe  en 
la  Biblioteca  Nacional,  sacando  de  él  la  copia  mendosa  que  fué  a 


(l)    Cf.  Bib.  Esc,  L-I-IS;  fol.  247. 


SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS»         Q7 

parar  a  Londres  con  otros  manuscritos  suyos;  y  que,  cotejada  esa 
copia  con  el  manuscrito  de  la  Nacional  y  aun  con  el  escurialense, 
pasaban  de  mil  las  variantes,  resultando  una  edición  poco  digna  de 
crédito.  Con  lo  cual  la  fama  de  Mayáns  había  quedado  mal  parada. 

El  Sr.  Cotarelo,  queriendo  volver  por  la  honra  del  eximio  eru- 
dito valenciano,  asegura  que  éste  «ni  publicó  ni  conoció  siquiera  el 
texto  de  la  Nacional»,  sino  «el  antiguo  manuscrito  de  letra  del 
siglo  XVI >,  existente  en  Londres».  Y  para  probarlo,  repite  el  testi- 
monio tan  conocido  de  Gayangos  en  su  Catálogo  de  manuscritos 
españoles  del  Museo  Británico,  donde  dice  que,  habiéndolo  cotejado, 
lo  halló  <en  todo  conforme  con  el  impreso,  con  la  misma  falta  de 
hoja  u  hojas,  y  sin  más  diferencia  que  la  de  haberse  suprimido,  en 
alguno  que  otro  lugar,  una  o  más  palabras,  siempre  que  se  trataba 
del  Papa  o  de  sus  Cardenales»  (1). 

Es  lástima  que  el  Sr.  Cotarelo  haya  sido  tan  crédulo  en  este 
punto,  repitiendo  las  palabras  harto  conocidas  de  Gayangos,  sin 
aportar  nada  nuevo  a  la  cuestión.  Siempre  es  plausible  y  digno  de 
alabanza  el  celo  por  la  honra  ajena,  y  más  tratándose  de  un  escritor 
como  Mayáns,  tan  eximio  y  benemérito  de  las  letras  patrias.  Pero, 
en  verdad,  hay  celos  indiscretos,  cariños  que  matan  y  abrazos  que 
ahogan. 

Ya  que  el  Sr.  Cotarelo  tomó  tan  a  pechos  la  defensa  de  Mayáns, 
¿por  qué  no  lo  hizo  con  las  únicas  armas  que  podía  hacerlo,  cote- 
jando esa  primera  impresión  con  el  manuscrito  de  Londres?  ¡Ahí 
Eso  cuesta  no  pocos  dispendios  y  trabajos,  incompatibles  con  cierta 
clase  de  crítica  fácilmente  contentadiza  y  bonachona. 

Todos  sabíamos  que  la  edición  de  Mayáns,  cotejada  con  los  dos 
códices  de  la  Nacional  y  escurialense,  estaba  plagada  de  variantes 
en  número  de  más  de  mil.  Ahora  el  Sr.  Cotarelo,  por  seguir  a  ciegas 
a  Gayangos,  ha  empeorado  la  cuestión  en  contra  de  Mayáns,  di- 
ciendo que  éste  se  sirvió  del  manuscrito  «que  se  halla  hoy  día  en  la 
Biblioteca  del  Museo  Británico  de  Londres».  La  frase  de  hoy  día  la 
subraya  también  el  Sr.  Cotarelo.  jY  tanto  que  se  halla!  Tengo  a  la 


(1)  Cf.  Cotarelo.  Ob.  cit.,  págs.  16  y  Í9.— ídem  Gayangos:  Notas  a  la  His- 
toria de  la  Literatura  de  Tiknor,  t.  I,  pág.  333,  y  t.  H,  pág.  512.— ídem  Catálo- 
go,., t  I,  pág.  101. 


Q8         SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS» 

vista  algunas  fotocopias  esmeradamente  hechas.  Es  letra,  sin  disputa 
alguna,  del  último  tercio  del  siglo  XVI,  lo  mismo  que  el  Códice  de 
la  Nacional  y  el  escurialense.  Gayango.s,  al  calificar  la  letra  defines 
del  siglo  XVI,  tuvo  razón,  como  la  tiene  también  el  Sr.  Cotarelo  al 
repetir  lo  mismo,  sin  examinarlo.  Pero  en  lo  que  no  tienen  razón, 
ni  Gayangos  ni  el  Sr.  Cotarelo,  es  en  afirmar  tan  rotundamente  que 
el  manuscrito  está  en  todo  conforme  con  el  impreso. 

Aun  prescindiendo  de  la  ortografía,  que  Mayáns  no  respetó  y 
que  es  en  muchas  ocasiones  mejor  en  el  manuscrito,  sólo  en  la  pri- 
mera hoja  hay  once  variantes,  y  algunas  cambian  algo  el  sentido,  y 
cortan  o  debilitan  el  primor  de  la  frase.  Véase  la  prueba: 


Edic.  de  Mayáns. 

Ms.  de  Londres. 

Pág.  1." 

«Marcio.  Pues  los 

Fol.  1.' 

(Suprime  el  Marcio.) 

moQos...» 

«pues  los  mogos... 

ídem 

«¿Cómo?   No  os 

ídem 

«M.  ¿Cómo  no?  No  os 

acordáis...» 

acordáis... 

ídem  2." 

«que  os  proporne- 
mos... 

ídem 

«q  os  proponemos... 

ídem 

«Confiando    en 
vuestra  discre- 
ción 

ídem 

«Confiado  en... 

ídem  3." 

«hora  sus... 

ídem  1 

."  «haora  sus... 

ídem 

«que   la   primera 

ídem 

«de  la  vprimera  pro- 

promesa... 

mesa... 

ídem 

«que  qualquier...» 

ídem 

«que  qualquiera... 

ídem 

<y  esto  avemos  he- 

ídem 

y  esto  hauemos  hecho 

chosiempreassi. 

siempre,  assi  con 

Con  ello... 

ello... 

ídem 

«la  afición  de  nues- 

ídem 

«la  lición  de  nuestro 

tro  amigo... 

amigo...  [El  Códice 
escurialense  dice  «la 
memoria  del  amigo.] 

ídem 

«deseándola  sa- 
ber... 

ídem 

«deseando  saberla... 

ídem 

«y  el  Señor  Co- 

ídem 

«y  el  Sr.  Coriolano, 

riolano,    buen 

como  buen    corte- 

cortesano. 

sano... 

Si  en  una  sola  hoja  hay  tales  descuidos,  calcule  el  ilustre  acadé- 
mico los  gazapos  que  saltarían  si  nos  internásemos  por  este  bosque, 


SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS»         99 

arma  al  brazo.  No  es  del  caso  analizar  aquí  si  las  variantes  son  de 
mayor  o  menor  importancia,  sino  consignar  el  hecho  evidente  de 
que  cotejada  con  cualquiera  de  los  tres  códices,  la  edición  de  Ma- 
yáns  resulta  mendosa  e  inadmisible  a  la  luz  de  la  crítica. 

El  manuscrito  de  Londres,  por  la  limpieza  que  demuestra,  tam- 
poco parece  haber  andado  en  manos  de  cajistas,  como  supone  el 
Sr.  Cotarelo  (1).  Luego  es  necesario  admitir  que  Mayáns  hizo,  o 
mandó  hacer,  una  copia  de  ese  códice  para  su  impresión.  ¿Dónde 
se  halla  esa  copia  del  siglo  XVIII  que  se  ha  confundido  generalmen- 
te con  el  códice  del  siglo  XVI?  Lo  ignoramos.  Ni  ello  afecta  a  la 
cuestión. 

Debe  advertirse  que  el  manuscrito  londinense  es  contemporá- 
neo del  de  la  Biblioteca  Nacional  y  de  la  Escurialense,  como  se  echa 
de  ver  ante  un  simple  cotejo  caligráfico.  Además,  la  letra  de  los 
primeros  folios  del  códice  de  Londres  coincide  exactamente  con  la 
de  El  Escorial  desde  el  folio  99  al  104.  Y  si  el  Sr.  Cotarelo  duda  de 
esto,  venga  y  véalo;  advirtiendo  de  antemano:  que  el  de  Londres  tie- 
ne de  caja  30  líneas,  y  el  del  Escorial  25,  con  márgenes  y  caja  más 
reducidas  (2);  que  la  ortografía  del  primero  es  más  primorosa,  pues 
tiene  paréntesis,  interrogantes,  puntos  y  comas  de  que  suele  carecer 
el  segundo.  Pero  éste  lleva  la  ventaja  de  tener  algunas  correcciones 
y  notas  marginales  de  López  de  Velasco;  por  lo  cual  bien  puede  lla- 
marse autógrafo  también,  ya  que  para  calificar  de  autógrafo  un  ma- 


(1)  Cf.  Cotarelo:  ob.  cit.,  pág.  19:  «No  es,  pues,  este  manuscrito  (el  de  Lon- 
dres) la  copia  moderna  hecha  por  el  mismo  Mayáns  o  de  su  orden  para  la  im- 
presión (jbuena  la  habrían  puesto  los  cajistas!),  sino  el  antiguo  manuscrito  de 
letra  del  siglo  XVI  que  sirvió  para  texto  u  original  del  impreso...  y  que  apenas 
tiene  variantes  respecto  de  el.»  Fijese  el  Sr.  Cotarelo  en  la  paradoja  que  encie- 
rran esas  palabras  tan  confusas.  ¿A  qué  se  refiere  con  ese  paréntesis  «¡buena  la 
habrían  puesto  los  cajistas!»?  ¿Al  manuscrito  del  siglo  XVI,  o  a  /a  copia  hecha 
por  Mayáns  para  la  impresión?  La  gramática  pide  que  se  refiera  a  ésta  última; 
y  parece  natural,  pues  para  eso  haría  Mayáns  la  copia.  ¿Por  qué  se  extraña 
entonces  el  Sr.  Cotarelo  que  la  dejasen  malparada  los  cajistas?  Si  se  refiere  al 
«antiguo  manuscrito  del  siglo  XVI  que  sirvió  (según  el  mismo  Sr.  Cotarelo) 
para  texto  u  original  del  impreso»,  ¿por  qué  dice  buena  la  habrían  puesto  los 
cajistas?  Y  en  cuanto  a  que  apenas  tiene  variantes...  ¿cómo  se  permite  hacer  tal 
afirmación,  sin  cotejar  ni  conocer  el  manuscrito? 

(2)  La  caja  del  de  Londres  mide  198  X  115  mm.  La  del  Escorial  180  X  80 
milímetros. 


100      SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS» 

nuscrito  no  es  preciso  que  todo  él  sea  de  mano  del  autor  a  quien  se 
atribuye,  que  en  tal  caso  sería  ológrafo,  y  alguna  distinción  hay  que 
admitir  entre  ológrafo  y  autógrafo. 

Y  continúa  el  Sr.  Cotarelo  en  su  réplica  (pág.  20):  «Mayáns,  no 
es,  por  consiguiente,  culpable  de  las  variantes,  sean  o  no  disparata- 
das (que  de  todo  habrá),  en  relación  con  el  manuscrito  de  la  Nacio- 
nal, que  no  conoció.  Reprodujo  un  texto  distinto  que  ofrece  muchas 
diferencias,  casi  todas  menudas,  no  sólo  respecto  de  aquél,  sino  del 
que  hay  en  El  Escorial,  como  éste  las  ofrece,  también  muy  numero- 
sas, respecto  del  de  Madrid.  Son  caprichos  y  descuidos  de  los  copis- 
tas de  un  mismo  original.  Y  si  el  manuscrito  inglés  es  más  antiguo 
que  el  del  Escorial,  según  afirman  Mayáns  y  Gayangos,  no  es  tan 
despreciable  el  texto  impreso  como  se  dice,  pues  el  madrileño  no 
carece  tampoco  de  errores.» 

Con  todos  los  respetos  que  el  Sr.  Cotarelo  me  merece,  y  son  mu- 
chos, no  me  explico  que  tal  párrafo  haya  salido  de  su  pluma.  Para 
emitir  un  juicio  comparativo  son  indispensables  los  términos  de  la 
comparación.  Y  el  docto  académico  no  ha  dado  muestras  de  cono- 
cer ni  el  códice  de  Londres,  ni  el  escurialense.  Su  juicio,  por  lo  tan- 
to, carece  de  base.  Gayangos  tampoco  conoció  el  códice  de  El  Esco 
rial,  y  mal  podía  decir  que  el  inglés  era  más  antiguo.  Mayáns  dice 
que  lo  vio  de  paso,  y  de  paso  no  es  fácil  hacer  un  cotejo,  ni  bueno 
ni  malo. 

El  Sr.  Cotarelo,  queriendo  defender  a  Mayáns  contra  los  que 
«injusta  y  temerariamente  han  maltratado  su  memoria»,  insiste  en 
decir  que  «Mayáns  ni  publicó  ni  conoció  siquiera  el  texto  de  la  Na- 
cional, que  con  seguridad  no  vino  a  la  Nacional  hasta  muchos  años 
después  de  1737.»  (1). 

Naturalmente,  señor.  Como  que  en  tiempos  de  Mayáns  no  exis- 
tía la  Biblioteca  Nacional,  que  es  de  creación  muy  moderna.  Y  aquí 
parece  que  el  Sr.  Cotarelo  confunde  la  Biblioteca  Nacional  con  la 
Biblioteca  Real  (2).  La  Biblioteca  Real  data  del  año  1712  con  carác- 


(1)  Cf.  Cotarelo.  Ob.  cit.,  pág.  16.  ¿Pues  de  qué  códice  se  sirvió  entonces? 

(2)  Dice  el  Sr.  Cotarelo  en  una  nota  de  la  página  16:  «En  la  Biblioteca  Na- 
cional no  consta  la  época  de  entrada  de  este  manuscrito;  pero  en  tiempo  de 
Mayáns  no  lo  habia;  de  lo  contrario  lo  hubieran  mencionado  él  o  alguno  de  sus 
impugnadores,  que  eran  casi  todos  bibliotecarios  de  ella.  Tampoco  lo  conoció 


SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS>   101 

ter  propio  de  Biblioteca  Real  abierta  al  público.  Fué  su  primer  Di- 
rector el  jesuíta  P.  Guillermo  Daubenton,  y  su  primer  Bibliotecario 
(pues  ambos  cargos  estaban  separados),  el  bañezano  D.  Juan  de  Pe- 
rreras, autor  de  la  Historia  de  España.  Fué  colocada  en  una  parte 
del  Convento  de  la  Encarnación,  cuyas  monjas  no  cesaban  de  abru- 
mar, con  sus  reclamaciones  por  el  local,  al  Bibliotecario  D.  Blas 
Antonio  Nassarre,  que  lo  era  en  1737  cuando  el  Diálogo  de  las  len- 
guas fué  traído,  con  otros  libros,  de  Aragón  a  Madrid.  En  todo  el 
siglo  XVín  y  gran  parte  del  siglo  XIX  continuó  siendo  y  llamándose 
Biblioteca  Real,  como  fundada  y  sostenida  por  los  Reyes  para  servi- 
cio del  público.  Era  aumentada  constantemente  con  adquisiciones 
de  libros  raros  y  curiosos  a  costa  del  peculio  real,  pues  para  ello 
tenían  comisión  y  fondos  ios  bibliotecarios  regios,  así  llamados  aun 
en  tiempos  de  Escoiquiz  (1815),  y  de  D.  Francisco  Antonio  Gonzá- 
lez (181Q).  En  ese  mismo  año  se  la  sigue  llamando  Biblioteca  de  Su 
Majestad,  en  un  folleto  impreso  en  la  Imprenta  Real  (1). 

Los  variados  fondos  de  esa  Real  Biblioteca,  ya  de  suyo  tan  rica, 
fueron  aumentados  enormemente  con  los  70.000  volúmenes  proce- 
dentes de  los  Conventos  suprimidos  en  Madrid  y  su  provincia.  Y 
así  se  llega  hasta  el  año  1858,  en  que,  constituido  el  Cuerpo  de  Ar- 
chiveros-Bibliotecarios, éstos  se  hicieron  cargo  de  la  que  empezó  a 
llamarse  Biblioteca  Nacional.  Quizás  el  Sr.  Cotarelo  la  haya  conoci- 
do, como  yo,  con  este  último  nombre  pegadizo,  desde  cuando  se 
hallaba  todavía  en  la  calle  de  Arrieta,  número  8,  antes  de  ser  trasla- 
dada el  año  18Q2  al  magnífico  local  que  ahora  ocupa  (2). 

Para  averiguar,  pues,  la  procedencia  del  códice  de  la  Nacional, 
habría  que  acudir  a  los  libros  de  entrada  de  la  Biblioteca  Real,  o  al 


entre  1780  y  1800  el  individuo  de  la  misma  Biblioteca,  y  empleado  y  gran  cono- 
cedor de  la  sección  de  manuscritos,  D.  Juan  Antonio  Pellicer,  pues  en  otro 
caso  se  hubiera  referido  a  él  al  citar  la  obra  en  su  Tratado  del  Histrionismo , 
impresa,  como  hemos  dicho,  en  1804,  a  nombre  de  su  hijo  D.  Casiano.  Ha- 
brá entrado  quizás  en  la  revuelta  época  de  la  guerra  de  la  Independencia.»— 
Tampoco,  tampoco. 

(1)  Cf.  Noticia  de  la  colocación  de  la  Real  Biblioteca  de  Su  Majestad.— Im- 
prenta  Real.  Año  1819. 

(2)  Extracto  estos  datos  del  interesante  y  documentado  estudio  que  sobre 
el  origen  de  la  dicha  Biblioteca  Nacional  se  publicó  en  !a  Revista  de  Archivos. 
Año  1916.  Marzo-Abril. 


102   SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGÜAS> 

índice  de  manuscritos  que  (sin  duda  por  no  haberlo  hecho  antes) 
mandó  hacer  el  insigne  Jovellanos  siendo  ministro  el  año  1788,  como 
preparación  de  los  códices  que  merecieran  imprimirse.  Pero  es  lo 
triste  que  en  la  Biblioteca  Real  no  hay  rastro  de  ese  códice  del  Diá- 
logo de  las  lenguas,  ¿Cómo  se  explica  esto?  Ni  más  ni  menos  que 
por  la  incuria  (ya  lamentada  por  jovellanos)  de  los  Bibliotecarios 
regios,  a  pesar  de  los  Estatuios  de  Felipe  V  y  sucesivas  reales  órde- 
nes para  que  se  hicieran  índices. 

Según  los  dichos  Estatutos,  los  bibliotecarios  tenían  la  misión  de 
adquirir  manuscritos  raros  y  curiosos  para  mejoramiento  de  la  Bi- 
blioteca, a  costa  del  Rey.  Pero,  desgraciadamente,  con  frecuencia, 
en  vez  de  ingresar  los  códices  en  la  Biblioteca  Real,  o  se  quedaban 
con  ellos  los  bibliotecarios,  o  pasaban  a  manos  de  otros  sujetos.  De 
esto  se  lamentaba  D.  Juan  de  Santander  (sucesor  de  Nasarre)  en  una 
carta  o  informe  a  Gados  III,  manifestándole  entre  otras  cosas,  lo  si- 
guiente: Por  la  reducción  de  fondos,  no  sólo  se  ha  malogrado  un 
muy  útil  tiempo  de  enriquecer  el  tesoro  de  Manuscritos,  sino  que  de 
éstos  han  pasado  muchos  a  varios  sujetos  y  aun  a  Reynos  extraños, 
de  quienes  jamás  podrán  recobrarse.  Baste,  por  ejemplo,  la  famosa 
colección  que  sacó  de  esta  corte  a  Portugal  el  Conde  de  la  Ericey- 
ra,  en  que,  con  otras  obras  singulares  pertenecientes  a  España,  llevó 
todo  lo  que  se  había  trabajado  de  orden  del  Señor  Phelipe  II  para 
la  edición  correctísima  de  las  obras  de  S.  Isidoro.  Suceso  tanto  más 
sensible,  cuanto  hace  irreparable  su  pérdida  el  último  incendio  de 
Lisboa  que  abrasó  la  Librería  en  que  se  conservaban  aquellos  Ma- 
nuscritos» (1). 

Nasarre  era  bibliotecario  regio  el  año  1736,  cuando  adquirió  el 
Diálogo  de  las  lenguas,  entre  otros  papeles  de  Zurita  de  que  habla 
Dormer.  ¿Los  compró  para  sí,  o  para  la  Biblioteca  Real?  El  señor 
Cotarelo  (pág.  i 8)  responde  sin  vacilaciones  que  no  los  compró  para 
la  Biblioteca  Real  (a  la  que  equivocadamente  vuelve  a  llamar  Na- 
cional). Y  se  apoya  en  lo  que  dice  Mayáns:  que  éste  le  pidió  pres- 
iado  el  manuscrito,  que  se  lo  llevó  para  leerie  con  licencia  de  su 


(1)    Cf.  Archivo  de  Alcalá.  I.  P.  Leg.  113.  Informe  de  D.Juan  de  Santander 
al  Rey  sobre  el  estado  de  la  Biblioteca  Real.  Mayo  20  de  1761. 


SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DÍÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS»   103 

dueño,  y  que  luego  se  lo  restituyó  impreso,  con  ocho  tratadillos 
más  (1). 

Yo  bien  quisiera  creer  en  la  honorabilidad  de  Nasarre,  en  la  afir- 
mación de  Mayáns  y  en  la  consecuencia  que  deduce  el  Sr.  Cotarelo. 
Pero  dado  el  abandono  en  que  se  hallaba  la  Real  Biblioteca  y  el  in- 
cumplimiento de  los  Estatutos  de  Felipe  V,  mucho  me  temo  que 
Nasarre  cometiese  un  abuso  de  confianza,  no  ingresando  en  la  Bi- 
blioteca ni  el  Diálogo  ni  los  otros  papeles  de  Zurita  que  como  bi- 
bliotecario había  mandado  traer  de  Aragón  (2).  Si  Nasarre  hubiera 
sido  un  erudito  particular,  amante  de  las  curiosidades  bibliográficas, 
nada  habría  que  decir  de  él;  pero  ocupando  el  cargo  de  biblioteca- 
rio regio,  no  es  fácil  justificar  su  conducta  aunque  comprase  con 
fondos  propios  tales  manuscritos.  El  hecho  es  que  el  famoso  Diálo- 
go no  ingresó  en  la  Real  Biblioteca,  ni  antes  ni  después  de  ser  im- 
preso el  año  1737,  por  Mayáns. 

Supone  el  Sr.  Cotarelo  que  «sin  duda  agradecido  Nasarre  (por- 
que Mayáns  le  había  dedicado  la  impresión)  le  regaló  el  original 
que  conservó  Mayáns  hasta  el  fin  de  sus  días  (1782)  y  se  vendió  con 
ios  demás  libros  de  su  excelente  biblioteca,  y  lo  compró  el  Museo 
Británico  donde  actuafmente  se  halla  el  tomo  con  el  Arte  de 
trovan^ 

Aunque  el  agradecido,  en  todo  caso,  sería  Mayáns  por  el  regalo, 
admitamos  ese  regalo  de  Nasarre  a  Mayáns,  que  tales  consecuencias 
tuvo  perjudiciales  para  España.  ¿No  hubiera  estado  mejor  deposita- 
do en  la  Biblioteca  Real,  sin  necesidad  de  acudir  ahora  a  Londres  a 
consultar  lo  que  debía  ser  nuestro?  Pero  de  cualquier  modo,  de  lo 
expuesto  parece  que  ese  códice  del  Diálogo  es  el  que  tuvo  Jeróni- 
mo Zurita  hasta  el  año  1580  en  que  murió.  Entre  Zurita  y  López  de 


(1)  Conversación  sobre  el  Diario  de  los  Literatos  de  España.  La  publicó 
D.  Plácido  Veranio  (pseudónimo  de  Mayáns).  Madrid.  1737.  Pág.  123. 

(2)  En  los  Estatutos  de  Felipe  V  se  dice;  «Art.  XI.  Ninguno  de  los  oficia- 
les de  la  Real  Librería  podrá  sacar  ni  extraer  de  ella  libro  alguno  sin  licencia 
por  escrito  de  S.  M.;  ni  esto  sea  lícito  al  Director  sin  ella...» 

Art.  XIll.  El  Bibliotecario  mayor  cuidará  de  los  libros  que  se  necesitaren 
comprar  para  la  librería,  y  dará  orden...» 

«Art.  XX.  Todos  los  años  se  emplearán  en  comprar  libros  dos  rail  quinien- 
tos pesos...»  (Cf.  Revista  de  Archivos.  Año  1916.  Marzo  y  Abril. 


104      SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS» 

Velasco  había  cambios  y  consultas  de  libros  y  papeles.  Las  letras  de 
ese  códice,  las  marcas  del  papel,  coinciden  con  las  que  se  hallan 
entre  los  papeles  de  López  de  Velasco.  Luego...  ¿es  aventurado  de- 
cir que  éste  habría  enviado  a  aquél,  a  modo  de  consulta,  ese  códice 
del  Diálogo  que  hoy  se  halla  en  Londres? 

P.   MlGUÉLEZ. 

(Concluirá.) 


DEL  AÑO  Y  SUS  CLASES^'^ 


(CONFERENCIAS  DE  ASTRONOMÍA  VULGAR) 

Contamos  como  demostrado,  sin  necesidad  de  insistir  más  en 
ello,  que  la  Tierra  gira  en  torno  al  Sol  durante  un  año,  al  mismo 
tiempo  que  sobre  sí  misma  cada  veinticuatro  horas.  Con  el  movi 
miento  de  rotación  da  margen  a  la  reproducción  constante  periódi- 
ca de  todos  los  fenómenos  astronómicos  numerados  al  estudiar  el 
movimiento  aparente  de  la  esfera  celeste  durante  un  día.  El  movi- 
miento de  traslación  es  la  causa  verdadera  del  aparente  del  Sol  a 
través  de  las  constelaciones;  y  de  que  éstas  vayan  sucediéndose,  tam- 
bién con  movimiento  aparente,  sobre  los  horizontes  terrestres,  pre- 
sentando el  cielo  estrellado  un  aspecto  diverso  en  las  noches  sucesi- 
vas. La  sucesión  de  las  cuatro  estaciones  es  asimismo  consecuencia 
inmediata  de  la  traslación  de  la  Tierra  alrededor  del  Sol.  Definamos, 
desde  luego,  lo  que  se  entiende  por  año  y  las  clases  de  años  que 
distinguen  los  astrónomos,  que  no  son  pocas  en  gracia  del  Señor. 
El  año  común,  por  el  mero  hecho  de  serlo,  merece  el  primer  puesto; 
sabido  es  que  cuenta  365  días,  pero  como  no  corresponde  exacta- 
mente al  tiempo  verdadero  que  la  Tierra  emplea  en  dar  una  vuelta 
al  Sol,  quedándose  aquél  corto  en  un  cuarto  de  día  próximamente, 
bien  sabéis  que  cada  cuatro  años  comunes  hay  uno  que  se  llama 
bisiesto,  con  las  correcciones  que  se  estudian  en  el  tratado  del 
calendario.  El  año  común  se  llama  también  civil,  y  se  cuenta  des- 
de media  noche  entre  el  31  de  Diciembre  y  1.*^  de  Enero.  Esto 
ahora  y  entre  nosotros,  porque  en  algunos  países  y  en  tiempos  anti- 
guos el  principio  y  el  fin  de  cada  año  corresponde  a  fechas  distintas. 


(1)    Véase  la  pág.  29  de  este  volumen. 


106  DEL  AÑO  Y  SUS  CLASES 

Hay  año  solar  y  terrestre,  lunar  y  sidéreo;  anomalístico  y  trópico, 
etcétera,  etc.,  como  lo  hay  lunisolar  y  terrilunar,  romano,  musulmán, 
¡sraelita,  etc.  El  sideral  es  el  tiempo  que  emplea  el  Sol  en  volver  a 
colocarse  frente  por  frente  de  una  estrella  dada  y  en  línea  recta,  o 
mejor,  en  el  mismo  plano  con  relación  a  la  Tierra.  Su  valor  en  tiem- 
po medio  es  de  3Ó5  días,  6^,  Qm^  IQs  y  7  décimas  de  segundo.  El  año 
trópico  es  el  intervalo  de  tiempo  transcurrido  entre  dos  pasos  con- 
secutivos del  Sol  por  el  punto  vernal.  Equivale  a  365  días,  5^,  48™  y 
47,5  segundos  de  tiempo  medio.  El  sideral  es  mayor  que  el  trópico 
en  20«í  23s,2.  Y  más  largo  que  el  sideral  es  el  año  anomalístico,  que 
es  el  tiempo  transcurrido  desde  que  el  astro  pasa  por  el  perigeo 
hasta  que  vuelve  al  mismo  punto.  Cuenta  en  tiempo  medio  365 
días,  6h,  13"^  y  54s,9  excediendo  al  año  sideral  en  4™,  44s,2;  porque 
el  perigeo  que  es  aquel  punto  de  la  órbita  terrestre  en  que  el  Sol  se 
halla  más  próximo  a  la  Tierra,  allá  hacia  el  primer  día  de  Enero,  tie- 
ne un  movimiento  directo,  o  sea  de  Oeste  a  Este,  y  cuando  el  Sol,  a 
la  vuelta  de  un  año,  vuelve  al  punto  de  partida,  este  punto  se 
halla  11", 7  de  arco  más  adelante;  arco  que  el  Sol  tiene  que  andar 
para  alcanzarlo.  A  la  parte  opuesta  hay  otro  punto  que  se  llama  apo- 
geo, alcanzando  la  mayor  separación  de  la  Tierra,  cuando  el  Sol, 
hacia  primeros  de  Julio  se  encuentra  en  él.  La  recta  que  une  los  dos 
puntos  apogeo  y  perigeo  se  llama  línea  de  los  ábsides,  que  no  es 
exactamente  perpendicular  a  la  línea  que  ya  conocemos  de  los  equi- 
noccios, ni  tampoco  coincide  con  el  eje  mayor  de  la  órbita  terrestre. 
Esos  dos  puntos  apogeo  y  perigeo,  cuyos  nombres  se  refieren  a  su 
distancia  a  la  Tierra,  reciben  la  denominación  de  afelio  y  átperihelio 
respectivamente,  cuando  se  considera  la  distancia  máxima  y  mínima 
de  la  Tierra  con  relación  al  Sol.  Tienen,  pues,  en  este  caso,  la  mis- 
ma significación,  con  la  diferencia  de  que  afelio  y  perihelio  se  apli- 
can también  a  las  distancias  máxima  y  mínima  de  los  demás  astros 
respecto  del  mismo  Sol. 

Así,  pues,  la  órbita  terrestre  tiene  cuatro  puntos  importantes, 
cuya  posición  en  la  misma  línea  interesa  mucho  conocer,  y  no  olvi- 
darla. Los  dos  equinocciales  con  la  línea  correspondiente  que  los 
une.  La  cual,  conservándose  siempre  perpendicular  al  eje  de  la 
eclíptica,  va  girando  poco  a  poco,  con  movimiento  retrógrado,  de 
Este  á  Oeste,  según  el  fenómeno  ya  definido  de  la  precesión  de  los 


DEL  AÑO  Y  SUS  CLASES  107 

equinoccios.  Los  otros  dos  puntos,  con  la  línea  de  los  ábsides  que 
los  une,  apogeo  y  perigeo,  afelio  y  periheiio,  se  mueve,  aunque 
en  menor  cantidad,  con  movimiento  contrario  a  la  equinoccial. 

Hay,  además,  ios  llamados  puntos  solsticiales,  el  uno  próximo  al 
apogeo  (punto  solsticial  de  verano),  y  el  otro  próximo  al  perigeo 
(punto  solsticial  de  invierno).  El  primero  es  el  punto  medio  del 
arco  de  curva  o  parte  de  la  eclíptica,  comprendido  entre  los  dos 
puntos  equinocciales  y  pasando  por  el  apogeo;  el  otro,  el  punto 
medio  del  arco  opuesto  que  pasa  por  el  perigeo.  De  la  misma  defi- 
nición se  deduce  que  los  puntos  solsticiales  cambian  de  lugar  en  la 
órbita  terrestre.  No  podemos  detenernos  en  el  análisis  minucioso  de 
esos  movimientos. 

Los  cuatro  arcos  principales  en  que  la  órbita  terrestre  queda 
dividida  por  los  puntos  equinocciales  v  solsticiales  determinan  las 
cuatro  estaciones  del  año.  Primavera,  desde  el  21  de  Marzo  al  21  de 
Junio.  Verano,  desde  el  21  de  Junio  al  22  de  Septiembre.  En  este 
medio  año  el  sol  está  en  el  hemisferio  boreal,  sobre  el  ecuador;  nos 
comunica  más  directamente,  aunque  desde  más  lejos,  sus  energías. 
El  astro  se  halla  sobre  el  horizonte  más  hoias  que  debajo  de  él;  la 
vida  terrestre  se  desarrolla  con  vigor  y  pujanza,  brotan  las  flores  y 
maduran  los  frutos. 

El  otoño,  desde  el  22  de  Septiembre  al  21  de  Diciembre,  y  des- 
de este  día  al  21  de  Marzo,  que  es  el  lapso  de  tiempo  que  se  llama 
invierno.  Aunque  parece  retirarse  desde  Septiembre  a  Diciembre, 
el  sol  se  acerca  más  a  nosotros;  pero  su  influe  icia  decrece  notable- 
mente; la  vida  en  este  hemisferio  parece  reconcentrarse  hacia  el  in- 
terior de  la  tierra;  los  árboles  se  desprenden  de  su  follaje  y  adornos; 
el  frío  invade  todos  los  organismos,  y  es  la  época  del  año  la  más  a 
propósito  para  morirse  las  gentes.  Los  cuatro  arcos  aquellos  o  trozos 
de  la  órbita  no  son  iguales:  la  velocidad  aparente  con  que  aparente- 
mente los  recorre  el  Sol  (Sabemos  que  es  la  Tierra  la  que  marcha; 
pero  en  los  efectos  y  en  la  explicación  de  los  mismos  es  indiferente 
el  suponer  en  movimiento  a  cualquiera  de  los  dos  astros.),  todas 
estas  desigualdades  de  distancia  y  de  carrera  traen  consigo  la  des- 
igualdad en  la  duración  de  las  estaciones  y  la  inconstancia  de  la 
duración  de  cada  una  en  particular  por  los  movimientos  relativos 
entre  el  perigeo  y  punto  vernal. 


108  DEL  AÑO  Y  SUS  CLASES 

Por  término  medio,  pues  acabo  de  indicar  que  son  variables  es- 
tos  períodos,  la  primavera  en  este  hemisferio  y  el  otoño  en  el  opues- 
to, cuentan  noventa  y  un  días  y  veintiuna  horas;  el  verano  aquí  v 
el  invierno  allí,  noventa  y  tres  días  y  catorce  horas;  el  otoño  nuestro 
y  la  primavera  de  ellos,  ochenta  y  nueve  días  con  diez  y  nueve  ho- 
ras; y,  por  fin,  nuestro  invierno  y  su  verano  ochenta  y  nueve  días. 
Días  medios,  se  entiende;  porque  también  los  hay  de  varias  clases  o 
duraciones:  día  estelar,  día  solar,  día  terrestre,  etc.;  día  astronómi- 
co, civil,  medio  y  otros. 

El  día  sidéreo  y  el  terrestre  son  idénticos;  es  el  tiempo  de  una 
rotación  completa  de  la  esfera  celeste,  idéntico  al  de  una  vuelta 
completa  de  la  Tierra  sobre  su  eje.  Hemos  dicho  que  es  uno  de 
los  movimientos  más  regulares  que  se  conocen  en  astronomía.  Eí 
intervalo  del  paso  de  una  estrella  por  un  meridiano  fijo,  es  siem- 
pre el  mismo:  el  día  sideral.  Se  toma  por  momento  de  origen  cero  ho- 
ras al  en  que  el  punto  vernal  cruza  el  meridiano.  El  día  sidéreo, 
unidad  de  medida  del  tiempo,  sirve  sólo  para  los  astrónomos;  el  res- 
to de  los  hombres,  y  aun  los  astrónomos  mismos,  en  la  mayoría  de 
las  veces  se  sirven  del  día  solar,  porque  los  movimientos  de  la  Tie- 
rra con  relación  al  Sol,  son  los  que  en  las  necesidades  de  la  vida  hu- 
mana regulan  la  sucesión  de  los  tiempos. 

Día  solar  es  el  tiempo  transcurrido  entre  dos  pasos  consecutivos 
del  Sol  por  un  mismo  meridiano.  Se  llama  también  astronómico,  y 
empieza  y  concluye  cuando  el  centro  del  astro  pasa  por  el  meridia- 
no; a  diferencia  del  día  civil,  que  comienza  y  concluye  cuando  el 
mismo  astro  cruza  el  antimeridiano  o  meridiano  inferior.  A  media 
noche. 

No  son  iguales  el  día  solar  y  el  sidéreo:  éste  es  menor  que  aquél 
en  unos  4^.  La  causa  está  en  el  movimiento  de  traslación  de  la  Tie- 
rra. Supongamos,  en  un  día  dado,  que  una  estrella  y  el  Sol  se  en- 
cuentran a  la  vez  en  un  mismo  plano  del  meridiano  terrestre  en  que 
se  hace  una  observación:  mientras  la  Tierra  da  una  vuelta,  ha  corrido 
en  su  órbita  el  trozo  de  curva  correspondiente  y  en  apariencia  el 
Sol  hacia  el  Este,  de  modo  que  al  día  siguiente,  al  volver  el  dicho 
meridiano  a  encontrarse  frente  por  frente  de  la  estrella  elegida,  el 
Sol  aparecerá  un  poco  al  lado  de  nuestra  mano  izquierda  y  la  estre- 
lla hacia  la  derecha;  el  tiempo,  pues,  que  dicho  meridiano  tiene  que 


dp:l  año  y  sus  clases  190 

emplear  hasta  alcanzar  al  centro  del  Sol  es  la  diferencia  en  que  el 
día  solar  verdadero  y  variable  excede  al  sideral,  que  tiene  una  dura- 
ción fija. 

Las  variaciones  durante  el  año  del  dia  solar  verdadero  tienen 
por  causa  la  distinta  velocidad  y  camino  recorrido  por  la  Tierra 
en  su  órbita.  Corre  unas  veces  más  que  otras,  porque  en  aquéllas 
se  aproxima  más  al  Sol  que  en  éstas;  porque  la  fuerza  de  atracción 
solar  es  en  el  primer  caso  superior  a  la  ejercida  en  el  segundo.  En 
consecuencia  y  resumen:  que  el  día  solar  verdadero,  siendo  varia- 
ble, no  puede  servir  de  unidad  de  medida. 

Los  astrónomos  salvan  perfectamente  esta  dificultad,  no  sólo  para 
sus  cálculos  y  medidas,  sino  también  para  dar  al  resto  de  los  mor- 
tales una  unidad  módulo  del  tiempo  rigurosamente  exacta.  Han  in- 
ventado un  Sol  ficticio  que  no  alumbra  sino  sólo  a  la  razón:  lo  han 
dotado  de  un  movimiento  regular  y  unifoimey  le  han  impuesto  la 
ley  de  que  marche  con  velocidad  constante,  uniforme,  sin  salirse  del 
plano  ecuatorial,  encargándole  de  ahogar  en  su  interior  todo  movi- 
miento de  celos  y  emulaciones,  y  que  jamás  haga  caso,  ni  pierda  su 
serenidad,  aunque  vea  al  Sol  verdadero,  que  unas  veces  se  le  ade- 
lanta, otras  se  queda  atrás  y  cuatro  veces  al  año  se  le  monta  encima, 
ocupando  los  dos  el  mismo  meridiano.  Dicho  Sol  ficticio,  que  tam- 
bién se  llama  Sol  medio,  cumple  perfectamente  su  destino,  y  mide 
con  exactitud  vigorosa  el  espacio  de  tiempo  que  se  llama  día  medios- 
astronómico,  si  empieza  a  contarse  y  termina  cuando  el  astro  medio 
cruza  el  meridiano;  civil,  si  empieza  doce  horas  antes,  a  media  no- 
che, que  es  cuando,  fuera  de  la  astronomía,  los  mortales  comenza- 
mos a  contar  y  damos  por  terminados  los  días  medios  civiles. 

Todos  los  días  se  dividen  en  veinticuatro  partes  iguales  que  se 
llaman  horas,  cada  hora  en  sesenta  minutos,  uno  de  éstos  en  sesenta 
segundos,  etc.  Pero  no  hay  para  qué  decir  que  esas  horas,  minutos, 
segundos,  del  día  medio,  por  ejemplo,  no  son  exactamente  iguales 
a  las  horas,  minutos,  segundos,  respectivamente,  de  los  días  sidé- 
reos, solares,  verdaderos,  etc.  Puesto  que  el  día  sideral  tiene  una  du- 
ración uniforme,  éste  debe  ser  el  tipo  de  comparación  para  apreciar 
o  medir  el  valor  del  día  solar  y  del  día  medio.  Este,  expresado  en 
tiempo  sideral,  vale  veinticuatro  horas,  tres  minutos,  cincuenta  y  seis 
segundos  y  cincuenta  y  cinco  centésimas  de  segundo  siderales. 


1 10  DEL  AÑO  Y  SUS  CLASES 

La  diferencia  variable  entre  el  día  medio  y  el  solar  verdadero,  es 
lo  que  se  llama  la  ecuación  del  tiempo  que  hay  que  sumar  o  restar 
al  tiempo  verdadero  cada  día  del  año  para  obtener  el  tiempo  medio, 
según  que  el  sol  real  va,  respectivamente,  detrás  o  delante  del  sol 
ficticio;  porque  en  el  primer  caso,  el  sol  ficticio  llega  antes  al  meri- 
diano, y  en  el  segundo  es  el  sol  verdadero  el  que  se  adelanta.  En 
otros  términos:  Desde  el  15  de  Abril  hasta  el  15  de  Junio,  en  Prima- 
vera, y  desde  el  1."*  de  Septiembre  hasta  el  24  de  Diciembre,  el  Sol 
real  pasa  por  el  meridiano  antes  que  el  sol  ficticio  y  medio.  En  los 
períodos  restantes  sucede  al  revés.  En  las  fechas  citadas  ambos  soles 
coinciden  en  un  meridiano,  y  los  días  correspondientes  son  iguales. 

Como  sobre  ascuas  vamos  pasando  por  multitud  de  cuestiones 
importantes  que  merecían  un  estudio  más  detenido;  pero  es  el  caso 
que,  además  de  no  querer  cansaros  con  detalles  minuciosos,  había 
pensado  en  que  hoy  mismo  hiciéramos  un  viaje  al  Sol  para  estudiar- 
lo de  cerca  y  estudiar  después  desde  él  todo  el  conjunto  del  sistema 
planetario  y  las  leyes  y  armonías  admirables  que  rigen  y  resplande- 
cen en  sus  movimientos,  distancias  relativas,  atracciones  mutuas,  una 
vez  adquiridos  aquí  en  la  Tierra  los  elementos  más  precisos  y  las 
ideas  más  elementales  para  emprender  con  fruto  el  estudio  indica- 
do. Por  esto,  y  aun  cuando  desde  allí  hemos  de  volver  a  verlo,  quie- 
ro por  de  pronto  resolver  una  duda  que  os  habrá  salido  al  paso,  al 
oir  repetir  tantas  veces  que  la  órbita  de  la  Tierra  es  una  elipse  y  no 
una  circunferencia,  y,  por  lo  mismo,  que  el  Sol  no  está  en  el  centro, 
sino  hacia  un  lado.  En  resumen,  ¿cómo  se  demuestra  que  el  Sol  y  la 
Tierra  unas  veces  están  más  cerca  el  uno  de  la  otra  y  otras  más  se- 
parados? La  demostración  no  puede  ser  más  sencilla.  Mirad,  por 
ejemplo,  dos  puntos  opuestos  de  un  objeto  cualquiera,  lo  ancho  o  lo 
alto  de  un  edificio.  A  la  distancia  de  diez  metros,  el  ángulo  que  for- 
man las  dos  visuales  extremas  tendrá  doble  amplitud  que  si  os  se- 
paráis diez  metros  más;  y  si  más  os  alejáis,  más  el  ángulo  se  estrecha, 
se  cierra;  si  volvéis  a  acercaros,  las  visuales  se  abren.  El  Sol  tiene  un 
diámetro  determinado,  y  nuestra  vista  ve  al  disco  solar  según  un  án- 
gulo agudo.  Ese  ángulo  varía  de  magnitud,  dentro  de  ciertos  lími- 
tes, en  las  diversas  épocas  del  año.  Si  la  distancia  fuera  la  misma,  el 
ángulo  sería  constante.  Al  cambiar  de  valor  demuestra  que  la  distan- 
cia cambia  también,  puesto  que  el  diámetro  o  dimensiones  reales  del 


DEL  AÑO  Y  SUS  CLASES  1 1 1 

astro  no  varían.  Como  en  la  Tierra^  así  en  el  cielo,  los  objetos  próxi- 
mos parecen  más  grandes  que  cuando  están  lejanos.  El  disco  solar 
aparece  mayor  en  el  solsticio  de  invierno  y  menor  en  el  de  verano. 
Si,  pues,  la  órbita  de  la  Tierra  en  torno  del  Sol  no  tiene  todos  sus 
puntos  equidistantes  del  astro,  ella  no  puede  ser  un  círculo.  Todas 
las  propiedades  que  presenta  esa  curva  son  las  de  una  elipse.  Pero 
esto  ha  de  entenderse  con  relación  al  pequeño  espacio  que  en  el  Uni- 
verso ocupa  el  sistema  solar;  porque  con  referencia  al  espacio  total 
y  estelar,  dicha  curva,  así  como  las  órbitas  de  los  demás  planetas, 
están  muy  lejos  de  ser  elipses.  Fijaos  en  este  punto,  que  es  suma- 
mente curioso.  Desde  el  principio  del  mundo,  en  que  la  Tierra  y  de- 
más planetas  comenzaron  a  girar  en  torno  del  Sol,  sus  órbitas  jamás 
han  llegado  a  cerrarse  como  curvas  elípticas.  En  otros  términos:  la 
Tierra  jamás  ha  pasado  dos  veces  por  un  mismo  punto  del  espacio. 

En  efecto,  al  mismo  tienipo  que  los  planetas  giran  en  torno  al 
astro  central,  éste,  arrastrándolos  a  todos  en  pos  de  sí,  se  encamina 
hacia  su  apex,  hacia  la  constelación  de  Hércules,  con  una  velocidad 
constante  que  no  es  inferior  a  10  kilómetros  por  segundo.  Algunos 
han  encontrado  que  esa  velocidad  es  de  17  kilómetros.  Durante  me- 
dio año,  sumando  el  movimiento  propio  de  nuestro  globo  con  el  de 
todo  el  sistema  hacia  el  apex,  resulta  que  la  Tierra  recorre  unos 
3.177.145.748  kilómetros;  o  mejor,  que  se  ha  separado  en  esa  dis- 
tancia del  punto  en  que  se  hallaba  al  principio  del  semestre.  En  el 
semestre  siguiente  los  dos  movimientos,  el  general  hacia  el  apex  y  el 
de  traslación  de  la  Tierra,  pueden  considerarse  como  opuestos,  y  si 
bien  el  de  nuestro  globo  es  mayor,  es  imposible  que  vuelva  a  cerrar 
la  curva  en  el  punto  de  partida. 

Con  lo  dicho  ya  podíamos  trasladarnos  al  Sol;  pero  ahora  me 
ocurre  que  es  conveniente  precisar  bien  la  distancia  y  aun  examinar 
si  será  o  no  oportuno  detenernos  en  alguna  de  las  estaciones  inter- 
medias, como  en  la  Luna,  en  Venus  o  en  Mercurio. 

Para  medir  la  distancia  entre  dos  puntos,  aunque  uno  de  ellos,  y 
aun  los  dos,  sean  inaccesibles,  basta,  como  sabéis,  que  se  pueda 
contar  con  otro  punto  que  no  esté  en  línea  recta  con  los  dos  prime- 
ros, para  con  los  tres  formar  un  triángulo  en  el  cual  sea  posible  de- 
terminar, ya  por  medidas  directas,  ya  por  cálculo,  los  valores  de  tres 
de  sus  seis  elementos. 


112  DEL  ANO  Y  sus  CLASES 

Co  1  dos  puntos  suficientemente  separados  en  la  superficie  te- 
rrestre y  el  punto  centro  del  Sol  tenemos  formado  el  triángulo 
supuesto;  la  distancia  entre  los  puntos  terrestres  puede  medirse 
o  calcularse,  lo  mismo  que  los  dos  ángulos  formados  en  esos  vérti- 
ces, por  el  mismo  lado  y  las  dos  visuales  dirigidas  al  centro  del  Sol. 
Si  suponemos  que  uno  de  los  puntos  terrestres  es  el  centro  del  glo- 
bo, y  el  otro,  el  punto  de  tangencia  en  la  superficie  de  la  Tierra  del 
rayo  solar  correspondiente  al  centro  del  Sol,  el  triángulo  que  resulta 
es  rectángulo,  cuyo  ángulo  recto  con  el  vértice  en  el  punto  de  tan- 
gencia está  formado  por  el  radio  terrestre  y  el  rayo  de  luz  solar. 
El  otro  lado,  la  hipotenusa  del  triángulo,  es  la  recta  que  une  al  cea- 
tro  de  la  Tierra  con  el  centro  del  Sol.  El  ángulo  en  el  centro  terres- 
tre tiene  por  medida  el  arco  de  círculo  máximo  comprendido  entre 
el  punto  de  tangencia  dicho  y  el  extremo  del  radio  terrestre  que 
forma  parte  de  la  hipotenusa  mencionada.  Y  el  ángulo  tercero,  for- 
mado en  el  centro  solar,  es  complementario  del  anterior.  A  este  án- 
gulo, cuyos  dos  lados  van  a  parar  a  los  dos  extremos  del  radio 
terrestre,  se  le  da  el  nombre  de  paralaje  solar;  y  se  define  diciendo 
que  es  el  ángulo  según  el  cual  un  observador,  supuesto  en  el  centro 
del  Sol,  vería  el  radio  terrestre  ecuatorial. 

Para  las  estrellas  que  la  tienen,  ya  hemos  dicho  que  la  base,  en 
lugar  del  radio  terrestre,  es  el  diámetro  o  semidiámetro  de  la 
eclíptica,  porque  el  radio  de  la  Tierra  es  muy  pequeño.  Y  déjase 
comprender  que  para  los  demás  astros  del  sistema  solar,  la  paralaje 
de  cada  uno  se  define,  lo  mismo  que  la  del  Sol,  por  el  ángulo  for- 
mado en  el  centro  del  astro  respectivo  con  dos  líneas  rectas  que  allí 
se  cortan,  y  pasa  cada  una  por  cada  uno  de  los  extremos  del  radio 
de  ia  Tierra.  La  distancia  de  un  astro  queda  determinada  desde  el 
momento  en  que  su  paralaje  es  conocida.  Pero  hay  que  distinguir 
entre  lo  que  se  llama  paralaje  horizontal  y  paralaje  de  altura.  La  pri- 
mera, cuando  el  astro  de  que  se  trate  se  halla  en  el  plano  del  hori- 
zonte del  observador,  y  la  segunda,  cuando  el  astro  está  entre  el 
horizonte  y  el  punto  cénit.  En  el  horizonte  la  paralaje  es  máxima; 
disminuye  con  la  altura  del  astro,  y  es  cero  la  del  punto  cenital. 
Cuando  se  habla  de  ella  sin  especificar  más,  se  sobreentiende  la 
paralaje  horizontal. 

El  procedimiento  indicado  como  posible  para  determinar  la  pa- 


DEL  AÑO  Y  SUS  CLASES  113 

talaje  solar,  no  es,  sin  embargo,  el  que  utilizan  los  astrónomos,  por 
la  sencilla  razón  de  que  hay  métodos  más  exactos. 

Demostrado  que  dicha  paralaje  está  dada  por  el  seno  o  por  el 
arco  de  su  ángulo,  y  sabiendo  que  la  distancia  que  se  busca  está 
íntimamente  relacionada  con  dicho  seno,  si  hay  medios  de  conocer 
la  primera  exactamente,  el  segundo  queda  por  esto  mismo  exacta- 
mente determinado.  Uno  de  los  procedimientos  para  medir  esa  dis- 
tancia se  funda  en  la  velocidad  de  la  luz;  otro,  en  los  pasos  del  pla- 
neta Venus  por  delante  del  disco  del  Sol;  otro,  en  las  observaciones 
sobre  Marte  o  sobre  alguno  de  los  demás  planetas.  La  circunstancia 
de  haberse  encontrado  un  pequeño  planeta,  que  se  le  bautizó  con 
el  nombre  de  Eros,  y  cuya  órbita  entra,  en  parte,  dentro  de  la  órbita 
de  Marte,  hallándose  por  algún  tiempo  más  cercano  a  nosotros  que 
el  dios  de  la  guerra,  ha  dado  margen  a  nuevas  investigaciones  y  más 
delicados  cálculos,  destinados  a  precisar  más  y  más  el  valor  de  que 
se  trata,  la  paralaje  solar. 

Examinados  y  discutidos  concienzudamente  todos  los  datos  con 
que  la  Astronomía  moderna  cuenta  para  resolver  el  problema,  los 
astrónomos  han  adoptado  como  valor  más  aproximado  al  verdadero 
de  la  paralaje  solar,  el  ángulo  de  8", 80  centésimas.  Del  cual  se  de- 
duce como  distancia  media  entre  el  centro  del  Sol  y  de  la  Tierra, 
nada  más  que  23.439,18  radios  ecuatoriales  terrestres,  equivalentes 
a  149'501.020  kilómetros  y  un  pico  de  132,5  metros  y  medio.  Con- 
que ya  sabéis  lo  que  tenemos  que  andar.  Sin  duda  es  mucho  para 
hoy:  por  lo  que  será  prudente  aplazar  la  marcha  hasta  otro  día,  apro- 
vechando el  poco  tiempo  que  nos  queda  en  hacer  una  visita  de  ex- 
ploración a  la  Luna,  sin  perjuicio  de  que  reservemos  para  más  tarde 
el  estudio  completo  de  nuestro  satélite,  que  teniéndolo  tan  cerca, 
en  casa,  como  quien  dice,  nos  será  más  fácil  visitarlo  con  frecuencia. 

La  Luna  dista  de  nosotros  unos  60,27  radios  terrestres,  o  séan- 
se  384.446  kilómetros,  por  término  medio;  pues  dicha  distancia  es 
mayor  cuando  el  satélite  está  en  su  apogeo,  y  menor  en  el  perigeo. 
Con  lo  cual  queda  dicho  que  la  órbita  descrita  de  la  Luna  en  torno 
a  la  Tierra  es  también  una  elipse  y  no  una  circunferencia.  La  Tierra 
ocupa  uno  de  los  focos  de  esa  elipse  cuya  excentricidad  está  ex- 
presada por  la  fracción  0,0549  y  cuyo  plano  está  inclinado  so- 
bre el  plano  de  la  eclíptica  terrestre,  formando  un  ángulo  de  unos 


1 14  DEL  AÑO  Y  SUS  CLASES 

5  grados  y  8  minutos  próximamente.  Los  dos  puntos  de  intersección 
entre  la  eclíptica  y  la  órbita  lunar  se  denominan  nodos,  ascendente 
y  descendente,  análogos  a  los  puntos  equinocciales,  según  que  la 
Luna  al  llegar  a  ellos  pase  del  hemisferio  austral  al  boreal  o  viceversa. 

Nuestro  satélite,  y  dejaría  de  serlo  si  esto  no  se  realizase,  partici- 
pa de  todos  los  movimientos  de  la  Tierra;  pero  está  dotado  además 
de  algunos  otros  que  le  son  propios,  bien  que  le  sean  impuestos  por 
su  señora.  Corre,  en  efecto,  en  torno  de  ésta  con  movimiento  de 
traslación;  gira  en  torno  a  su  eje  propio  con  movimiento  de  rota- 
ción, el  cual  ofrece  la  particularidad  de  realizarse  en  el  mismo  tiem- 
po que  el  de  traslación,  presentando  siempre  el  mismo  hemisferio 
hacia  nosotros.  Es  tan  atenta  y  bien  educada  la  Luna,  que  jamás 
nos  vuelve  la  espalda.  Usa,  sí,  de  contorneos,  balanceos  e  inclina- 
ciones que  reciben  el  nombre  genérico  de  libraciones  de  la  Luna. 
Libración  en  longitud  por  lo  cual  nos  permite  ver  algo  de  sus  cos- 
tados a  derecha  e  izquierda,  según  el  plano  de  la  eclíptica.  Libración 
en  latitud  para  que  la  miremos  un  poco  por  la  parte  superior  y  otro 
poco  por  la  inferior,  balanceándose  suavemente  como  una  campana, 
y  libración  diurna  que  es  la  oscilación  más  pequeña  e  inclinación 
diaria  que  nos  hace. 

Como  consecuencia  del  movimiento  de  traslación  de  la  Luna, 
relacionado  no  sólo  con  la  posición  de  la  Tierra,  sino  también  con  la 
del  Sol  y  de  las  estrellas,  se  distinguen  para  nuestro  satélite  varias 
revoluciones  lunares,  a  saber:  revolución  trópica,  tiempo  que  emplea 
la  Luna  en  volver  a  la  misma  longitud  con  referencia  al  punto  ver- 
nal: en  lo  que  emplea  27  días,  7  horas,  43  minutos  y  unos  5  segun- 
dos. Revolución  sidérea,  que  es  la  misma  anterior  aumentada  en  la 
precesión  de  los  equinoccios,  durante  el  tiempo  dicho.  Revolución  si- 
nódica: el  tiempo  transcurrido  entre  dos  movimientos  consecutivos; 
equivale  a  27  días,  12^,  44^  y  3s.  Es  la  de  mayor  duración,  porque 
la  Luna,  para  volver  a  colocarse  exactamente  en  conjunción  entre  el 
Sol  y  la  Tierra,  necesita  recorrer,  además,  lo  que  nuestro  globo  se 
ha  adelantado  girando  alrededor  del  Sol.  Revolución  anomalística: 
y  es  el  tiempo  empleado  por  el  satélite  hasta  volver  al  perígeo;  equi- 
vale a  27  días,  13^,  I8m  y  37s,4.  Finalmente,  revolución  draconitica, 
limitada  por  dos  pasos  consecutivos  de  la  Luna  por  su  nodo  ascen- 
dente; tarda  27  días,  5^,  5^  y  36s  en  realizarla. 


DEL  AÑO  Y  SUS  CLASES  115 

La  revolución  sinódica  es  lo  que  se  llama  mes  lunar,  dividido  en 
cuatro  partes,  que  son  las  fases  de  la  Luna:  Novilunio,  Cuarto  cre- 
ciente. Plenilunio  y  Cuarto  menguante.  Además,  la  Luna  acompaña 
siempre  a  la  Tierra  en  su  traslación  annua,  ya  marchando  delante, 
como  guía;  por  uno  o  por  otro  lado,  como  compañera;  siguiéndola 
detrás,  como  sierva.  De  tal  modo  que  su  trayectoria,  en  el  espacio 
planetario,  es  una  línea  sinuosa,  ondulada  a  uno  y  otro  lado  de  la 
órbita  terrestre.  Agregúese  a  todo  esto  la  marcha  general  de  todo  el 
sistema  planetario  hacia  la  constelación  de  Hércules,  con  otras  mo- 
dificaciones de  estos  movimientos,  producidas  por  las  oscilaciones 
en  las  distancias  relativas,  por  las  oscilaciones  en  latitud  boreal  y 
austral  y  por  mil  otras  circunstancias  que  no  es  posible  enumerar 
ahora,  y  se  comprenderá  algo  de  lo  complicado  que  resultan  los 
movimientos  lunares. 

Si  de  ello  os  dais  cuenta  y  razón  y  llegáis  a  adquirir  una  idea,  no 
digo  exacta,  sino  sólo  aproximada,  de  lo  que  todo  esto  supone  en  la 
ciencia  astronómica,  admiraréis,  sin  duda,  los  trabajos  ímprobos,  los 
esfuerzos  y  constancia  de  los  astrónomos,  asi  en  observar  como  en 
calcular  sobre  las  observaciones,  hasta  llegar,  como  han  llegado,  a 
precisar  con  exactitud  maravillosa  todos  los  pormenores  y  circuns- 
tancias de  la  constitución  y  movimientos  de  mecanismo  tan  perfecto 
por  una  parte  y  tan  complicado  por  otra.  Un  ejemplo  de  la  precisión 
asombrosa  de  los  cálculos  astronómicos  (y  lo  cito  porque  para  la 
mayoría  de  los  profanos  es  más  visible)  lo  tenéis  en  la  predicción  de 
los  eclipses,  de  sus  circunstancias  más  minuciosas. 

Volvamos  a  la  Luna,  cuyo  disco  se  presenta  siempre  de  forma 
circular,  cuya  superficie  visible  está  cruzada  por  grandes  cordilleras 
y  altas  montañss,  cuyo  aspecto  general  es  de  lo  más  curioso  que 
pueda  imaginarse.  Su  forma  general,  a  juzgar  por  lo  que  se  ve,  pa- 
rece que  debe  ser  la  esférica;  pero  como  nunca  ha  querido  dejarnos 
ver  desde  la  Tierra  la  parte  opuesta,  la  esfericidad  absoluta  no  puede 
afirmarse  como  cosa  cierta  y  demostrada.  No  faltan  astrónomos  que 
suponen  a  la  Luna  como  un  esferoide  prolongado  en  la  dirección  de 
los  centros  terrestre  y  lunar;  y  otros  que  admiten  el  hemisferio 
opuesto  a  la  Tierra  o  muy  rebajado  hacia  nosotros  o  terminado  en 
punta  como  algo  parecido  a  un  sector  esférico,  a  una  pera,  etc. 
Tampoco  faltan  razones  para  apoyar  estas  hipótesis.  Desde  luego 


1 1 6  DEL  AÑO  Y  SUS  CLASES 

el  centro  de  gravedad  en  la  Luna  parece  que  debe  de  hallarse  más 
próximo  a  la  Tierra  que  el  centro  de  figura,  explicándose  así  el  que 
el  satélite  mire  siempre  desde  un  solo  lado  a  la  Tierra.  Si  se  admite 
la  hipótesis  de  una  fluidez  primitiva,  al  desprenderse  un  pedazo 
de  materia  terrestre  para  formar  la  Luna,  y  no  hallándose  ese  peda- 
zo de  materia  dotado  de  un  movimiento  de  rotación  superior  o  más 
rápido  que  el  de  traslación,  parece  natural  que  al  condensarse  más  y 
más,  los  elementos  más  densos,  tendiesen  hacia  nuestro  globo  y  que 
así  el  centro  de  gravedad  se  acercara  a  nosotros  más  que  el  centro  de 
figura. 

Para  decir  algo  referente  a  las  dimensiones  reales  de  la  reina  de 
la  noche,  y  tomando  las  medidas  sobre  la  parte  visible  que  es  un 
verdadero  hemisferio,  habremos  de  suponerla  completamente  esfé- 
rica. En  este  supuesto  el  diámetro  lunar  mide  3.482.060  metros.  La 
superficie  es  equivalente  a  38.090.000  kilómetros  cuadrados  y  su  vo- 
lumen 22.105.740.000  kilómetros  cúbicos.  Su  masa  es  algo  más  que 
una  centésima  parte  de  la  masa  terrestre.  La  densidad  está  expresada 
por  3,38  con  relación  a  la  del  agua;  y  por  fin,  el  valor  de  la  atracción 
en  su  superficie  no  llega  a  0,17  centímetros  de  la  atracción  en  la  su- 
perficie de  la  Tierra.  Los  cuerpos  allí  pesan  mucho  menos  que  aquí 
abajo,  de  tal  modo,  que  puestos  allá  y  con  las  mismas  energías  mus- 
culares que  aquí  tenemos,  podríamos  dar  saltos  enormes,  hasta  casi 
poder  volar  como  pájaros. 

Y  basta,  porque  la  descripción  de  su  topografía,  montañas  y  va- 
lles, la  medida  de  sus  picachos,  altura  de  sus  cordilleras,  de  sus  gran- 
des y  pequeños  círculos  crateriformes;  bocas  abiertas  de  inmensos 
volcanes  prehistóricos,  ya  extinguidos,  etc.,  alargaría  demasiado  esta 
conferencia  que,  sin  una  palabra  más,  aquí  termina. 

P.  Ángel  Rodríguez  de  Prada. 

o.  S.  A. 


LA  VENGANZA  DE  UN  CAPELLÁN 


Había  corrido  mucha  sangre  por  la  vertiente  meridional  de  la 
colina.  La  rabia  destrozaba  el  pecho  de  los  jefes;  la  cólera  cegaba  los 
ojos  de  los  soldados:  la  piedad  y  la  misericordia  eran  desconocidos  de 
los  combatientes  de  una  y  otra  línea,  tanto  más  bravos  y  más  gue- 
rreros, cuanto  mayor  era  el  número  de  víctimas  sacrificadas  en  el 
campo  de  batalla. 

Pobres  muchachos  tendidos  en  tierra,  con  el  nombre  de,  la  ma- 
dre en  los  labios  y  el  alma  en  los  umbrales  de  la  eternidad,  servían 
de  parapeto  a  otros  jóvenes  que  iban  cayendo  en  el  avance,  como 
caen  las  hojas  de  los  árboles,  sacudidos  por  el  huracán;  montones 
informes  de  carne  fresca,  palpitando  aún  a  impulsos  del  furor  bélico; 
ayes  lastimeros  arrancados  por  el  dolor  de  mil  cuerpos  deshechos; 
blasfemias  aterradoras,  maldiciendo  los  planes  de  la  Providen- 
cia y  pidiendo  venganzas  a  los  ministros  de  Satanás:  tiernas  plega- 
rias, oraciones  fervorosas,  actos  de  resignación,  escalando  los  cie- 
los y  llegando  al  trono  del  Dios  de  la  paz:  todo  era  sublime  para  las 
almas  que,  al  despedirse  del  tiempo  entre  el  rencor  de  los  hombres, 
invocaban  las  misericordias  del  Señor;  todo  era  espantoso  y  aterra- 
dor para  los  que  iban  del  infierno  de  la  guerra,  con  el  odio  en  el 
alma,  a  la  región  del  llanto  perpetuo  y  de  la  guerra  sin  fin. 

— ¡Cobarde! —tuvo  el  valor  de  gritar  el  capellán  al  coronel  del 
regimiento,  al  verle  atravesar  el  corazón  de  un  moribundo  alemán. 

Entre  el  silbar  de  las  balas  y  el  estruendo  de  los  cañones,  sonó  el 
estallido  de  una  bofetada  en  el  rostro  venerable  del  ministro 
de  Dios. 

—¡Toma,  canalla!— blasfemó  el  valiente,  coronando  su  hazaña 
con  inmundo  salibazo  en  la  cara  del  sacerdote.  Haré  que  veas  pron- 
to al  Padre  Eterno  y  a  toda  la  Trinidad  en  el  hermoso  edén  que  es- 
peran los  necios  embrutecidos  por  tus  supercherías. 


118  IjA  venganza  de  un  capellán 

Cesó  el  fuego  de  cuatro  horas  infernales.  Franceses  y  alemanes 
volvieron  a  sepultarse  en  las  mismas  trincheras  que  ocupaban  antes 
de  sembrar  el  campo  de  muertos  y  heridos. 

Muchas  bajaS;  mucha  sangre,  muchos  cadáveres,  muchas  sonri- 
sas del  infierno  y...  vuelta  a  las  entrañas  de  la  tierra,  sin  ventajas 
para  nadie  y  con  desastres  para  todos:  |oh  felicidad  de  la  guerra! 

—¡No;  mil  veces  no;  lo  juro  por  la  cruz  de  mi  espada!— Y  el  ca- 
pitán la  besó  con  ternura,  pegando  luego  sus  labios  al  santo  cruci- 
fijo, que  sacó  del  pecho. 

Oficiales  y  soldados  sufrían  tormentos  que  les  destrozaban  el 
alma,  temiendo  el  mayor  de  los  crímenes,  la  más  ruin  de  las  vengan- 
zas del  coronel  más  indigno  contra  el  más  noble  y  compasivo  de  los 
sacerdotes.  jSe  veían  tales  infamias  para  denigrar  a  los  «cures  sac 
au  dos!» 

—Si  una  marmita  deshiciera  el  bandullo  de  esa  hiena. 

—Mi  capitán,  no  es  lícito  desear  la  muerte  de  nuestros  prójimos, 
y  menos  de  nuestros  jefes. 

— ¡Padre,  padre!  Eso.,,  ni  es  prójimo  ni  es  jefe... 

—Es  un  «cochon»— agregó  un  soldado,  con  aplauso  de  sus  com- 
pañeros; hay  que  hacerle  salchicha  y  dárselas  a  los  « boches >  para 
que  revienten  con  ella,  muriendo  envenenados. 

El  capellán,  triste  y  melancólico,  rezaba  con  fervor  el  santo  rosa- 
rio en  compañía  de  otros  valientes,  que  confesaban  el  nombre  de 
Dios  en  el  fragor  de  las  batallas  y  en  el  silencio  de  las  trincheras. 
Pedía  con  toda  la  ternura  de  su  alma  grande  y  con  todo  el  fuego  de 
su  corazón  amante  una  gracia  especial,  una  merced  singularísima 
para  el  coronel  de  su  regimiento,  y  una  muerte  edificante  para  sí 
mismo,  si  llegaban  a  cumplirse  los  negros  propósitos  que  todos  te- 
mían en  el  masón  vengativo  y  cruel. 

Los  azares  de  la  guerra  y  la  lucha  incesante  en  aquel  pedazo  de 
tierra,  ensangrentado  y  cubierto  de  muertos  y  heridos,  no  daban 
tiempo  a  las  expansiones  del  odio  anticlerical  y  de  la  venganza 
miserable  del  jefe,  ansioso  de  abrir  nuevos  cauces  a  la  bajeza  de  sus 
pasiones  desenfrenadas.  Cuando  el  coronel  se  disponía  a  redactar  el 
expediente  criminal,  y  el  Capellán  a  dar  ejemplo  de  mansedumbre,  sí 
llegaba  la  hora  de  imitar  al  Divino  Maestro,  los  defensores  de  la 
trinchera  alemana,  a  cien  metros  de  la  francesa,  se  encargaban  de 


LA  VENGANZA  DE  ÜN  CAPELLÁN  1 19 

echar  tierra  sobre  el  pliego  denunciador  de  una  «villanía  contra  el 
heroísmo  de  un  jefe  esclavo  de  la  disciplina». 

— ¡Malditos  «boches»  que  no  me  dejan  procesar  al  «canalla»!— 
bramaba  el  coronel  enfurecido. 

—Arranca,  Dios  mío,  un  acto  de  arrepentimiento,  un  suspiro 
cristiano  de  ese  corazón  extraviado  — rezaba  el  sacerdote  con  amor 
creciente—.  ¿Permitirás  que  muera  en  el  campo  de  batalla,  sin  que 
su  alma  pueda  llamarte  Padre?...  ¡Sí...  andando!  ¡A  obtener  la 
orden! 

— Mi  coronel:  los  ayes  de  nuestros  heridos  piden  y  exigen  nues- 
tro auxilio— dijo  el  capitán  a  las  dos  de  la  mañana,  cumpliendo  el 
mandato  del  cura. 

—No  hay  socorro  posible.  Salir  de  aquí  y  recibir  el  saludo  de 
mil  disparos  es  tan  cierto  como  desatinado  el  consejo  del  «cura». 
Sólo  ese  imbécil  ha  podido  mandarte  con  ese  despropósito.  Querrá, 
sin  duda,  ver  mi  piel  agujereada  y  hecha  una  criba. 

—Mi  coronel:  los  que  sufren  tienen  derecho  a  nuestro  socorro. 
Los  muertos...  nada...  los  dejaremos  de  parapeto  hasta  mejor  oca- 
sión... Los  heridos  piden  a  gritos  un  sorbo  de  agua,  una  frase  de 
consuelo,  unas  hilas  que  impidan  la  pérdida  total  de  su  sangre  gene- 
rosa, y... 

— ¡Y  los  moribundos,  absolución!...  — interrumpió  el  coronel  con 
voz  de  trueno. 

—Sí,  ¡y  los  moribundos,  absolución!  — repitió  el  capitán  en  tono 
algo  amenazador — .  Y  los  malvados...  a  la  orden,  mi  coronel. 

— Puede  usted  servir  de  sacristán  al  cura— bramó  el  tigre,  lan- 
zando fuego  por  los  ojos  y  hiél  por  la  boca. 

—No  hay  más  que  vinagre  en  las  venas  de  esa  fiera — suspiró  el 
capitán,  cayendo  de  rodillas  a  los  pies  del  sacerdote—.  Confiéseme 
otra  vez:  déme  la  absolución,  y  vamos  con  nuestros  valientes  a  re- 
coger heridos.  Usted,  Padre,  abra  las  puertas  del  cielo  a  los  agoni- 
zantes, tendidos  en  el  campo  de  honor.  Las  sombras  de  la  noche 
defenderán  nuestros  cuerpos,  y  si  los  alemanes  nos  descubren  y  no 
respetan  nuestras  vidas,  nuestra  muerte  será  gloriosa,  la  patria  ensal- 
zará nuestra  memoria  y  triunfaremos  muriendo. 

Y  cayó  a  los  pies  del  capellán,  cuando  éste  concluía  una  oración 
fervorosa  por  el  coronel  del  batallón. 


120  LA  VENGANZA  DE  UN  CAPELLÁN 

Esperaba  contra  toda  esperanza;  conocía  la  eficacia  de  la  plega- 
ria; y  no  sería  confundido. 

¿Qué  sucedió  en  el  espíritu  revuelto  y  contrariado  del  jefe? 
La  pesadilla  incesante  del  cura,  las  palabras  del  capitán,  la  situación 
angustiosa  de  los  heridos  y  moribundos,  abandonados  entre  las  dos 
trincheras  enemigas;  el  ¿quién  sabe  si  podrán  salvarse  por  el  heroís- 
mo de  unos  pocos?,  y  hasta  la  idea  de  una  cruz  militar  sobre  el  pe- 
cho, penetraron  con  fuerza  irresistible  en  el  ánimo  del  coronel,  lle- 
vándole a  recordar  hazañas  gloriosas  de  otro  batallón,  coronado  de 
laureles  y  bendecido  de  Francia  por  su  conducta  extraordinaria  en 
momentos  de  peligro  supremo.  Vio  en  los  ojos  y  ademanes  del  ca- 
pitán una  decisión  rayana  en  esa  indisciplina  que  salva  muchas 
veces  situaciones  dificilísimas;  sabía  que  la  bravura  del  capellán  no 
paraba  en  las  fronteras  de  la  muerte,  respetuosa  siempre  con  los 
héroes  que  la  llaman  principio  de  vida;  le  atormentaba  la  idea  de 
verse  despreciado  del  batallón,  que  idolatraba  al  cura  y  al  capi- 
tán, porque  eran  padres  del  soldado  y  modelos  de  patriotas.  ¿Sería 
conveniente  medir  el  temple  del  batallón,  diezmado  pocas  horas  an- 
tes, e  intentar  un  supremo  esfuerzo  que  los  subiera  a  todos  a  las 
cumbres  de  la  gloria? 

Simulando  una  sonrisa,  en  pugna  con  su  carácter  avinagrado 
y  su  necio  orgullo,  fué  en  busca  del  capitán,  muy  entretenido  en 
escuchar  sabios  consejos  del  «vil  canalla >,  estúpido  aumónier  del 
regimiento. 

-—¿Habrá  suficiente  número  de  poilus  que  se  resigne  a  recibir 
«ciruelas>  alemanas  a  la  luz  de  las  estrellas?— preguntó  con  amabi- 
lidad inusitada,  después  de  correctísimo  saludo  militar. 

— Va  usted  a  verlo,  mi  coronel — contestó  gozoso,  respondiendo 
al  saludo. 

V  corrió  con  la  buena  noticia  al  santo  capellán,  que  estaba  dan- 
do a  besar  el  crucifijo  a  los  soldados  que  llamaban  Madre  a  la 
Reina  del  cielo,  pensando  a  la  vez  en  las  madres  que  les  lloraban 
en  la  tierra. 

— No  espero  conseguir  triunfo  mayor  en  mi  vida  militar— dijo 
gozoso  el  capitán — .  La  fiera  se  ha  amansado  algo:  accede  a  la  pe- 
tición de  hace  una  hora,  y... 

—¡Dios  nos  acompañe!  — agregó  el  sacerdote,  clavando  sus  ojos, 


LA  VENGANZA  DE  ÜN  CAPELLÁN  121 

iluminados  por  los  rayos  del  amor,  en  el  grupo  de  valientes  que  le 
contemplaban  como  a  enviado  del  cielo  para  fortalecerles  en  todo — . 
Si  nos  acechan  para  sacrificarnos,  ya  lo  sabéis,  hijos  míos:  al  cielo 
se  va  por  el  sacrificio.  Si  perdonan  nuestras  vidas,  salvaremos  a 
nuestros  hermanos  heridos  y  agonizantes.  Pero...  ¿qué  estoy  dicien- 
do? Sin  darme  cuenta,  os  hablo  de  una  tarea  que  no  quiero  ni  puedo 
ni  debo  imponer  a  nadie,  pues  la  obligación  militar  no  llega  a  tanto. 
No  obstante...  si  hubiera  voluntarios  dispuestos  a  pasar  de  la  trin- 
chera a  las  playas  del  otro  mundo... 

— |Yol — resonó  al  mismo  tiempo  la  voz  potente  de  los  treinta 
soldados  que  formaban  el  grupo. 

La  emoción  arrancó  lágrimas  al  sacerdote  y  luego  pedazos  de  su 
mismo  corazón  para  entregárselos  a  los  treinta  «mártires»  postrados 
a  sus  pies,  esperando  la  bendición  suprema  en  aquellos  momentos 
de  muerte,  que  hicieron  exclamar  a  dos  oficiales  presentes  a  la  es- 
cena más  sublime  de  su  vida  de  campaña: 

— Es  una  locura;  pero  una  locura  propia  de  los  héroes.  ¡Bravo 
por  el  cura  y  sus  valientes! 

Poco  después,  los  gritos  y  lamentos  de  los  heridos  desgarraban 
el  alma  de  sus  nobles  compatriotas  que,  a  cielo  raso  y  a  pecho  des- 
cubierto se  atormentaban  ahogando  la  respiración,  para  escuchar 
bien  los  ayes  de  los  moribundos  y  dirigirse  a  ellos  inmediatamente, 
aunque  el  corazón  dejara  de  latir  en  aquel  campo  de  muerte,  testigo 
de  proezas  inmortales. 

A  los  tres  minutos  de  salir  de  las  trincheras,  cuando  algunos  he- 
ridos procuraban  incorporarse  o  levantar  la  voz  pidiendo  una  gota 
de  agua,  un  crucifijo,  un  sacerdote...,  sonó  un  disparo,  otro,  ciento, 
desde  la  trinchera  inmediata,  y  cesaron  los  lamentos,  y  volvió  a  rei- 
nar el  silencio  en  aquel  cementerio  de  cadáveres  insepultos. 

Todos  cayeron  en  tierra  al  silbido  aterrador  de  la  primera  bala 
enemiga,  pero  siguieron  arrastrándose  por  el  suelo,  dispuestos  a  de- 
jar allí  la  vida,  porque  se  la  habían  ofrecido  a  sus  compañeros  des- 
venturados. 

— Nobleza  obliga;  el  amor  nos  manda— susurró  el  ministro  de 
Dios  al  capitán  que  mandaba  la  fuerza. 

Esta  insinuación  mágica,  resorte  poderoso  de  las  almas  grandes, 
llegó  de  boca  en  boca  al  corazón  de  todos,  dándoles  a  gustar  las 


122  LA  VENGANZA  DE  ÜN  CAPELLÁN 

dulzuras  del  sacrificio.  El  instinto  de  conservación  les  impedía  le- 
vantar la  frente,  el  recuerdo  de  ayes  lastimeros,  ahogados  también 
por  los  disparos  recientes,  les  mandaba  desplegar  energías  salvado- 
ras a  las  puertas  de  la  muerte. 

Aquella  audacia  subyugadora,  aquel  valor  inaudito,  palpitando 
en  pechos  fortalecidos  poco  antes  con  la  bendición  del  ministro  de 
Dios,  llenó  de  asombro  a  los  jefes  de  la  línea  enemiga,  que  recibió 
la  orden  imperiosa  de  [alto  el  fuego!,  en  alemán  y  en  francés,  para 
que  la  entendieran  también  los  mensajeros  de  la  caridad  y  pudieran 
cumplir  sin  peligro  la  misión  encantadora  que  los  sacó  de  las  entra- 
ñas de  la  tierra,  para  que  otros  escalaran  por  ellos  las  alturas  del 
cielo. 

Se  irguió  el  cuerpo  del  capellán.  A  la  voz  de  mando  se  levanta- 
ron los  treinta  guerreros  pacíficos,  y  a  la  luz  de  las  estrellas  se  hizo 
una  exploración  del  campo  por  soldados  de  ambos  ejércitos,  que 
fraternizaron  durante  una  hora,  bien  aprovechada  en  conducir  heri- 
dos a  las  trincheras  respectivas  y  en  absolver  a  cuantos  pudieran 
arrancar  la  vida  los  movimientos  molestos  y  las  sacudidas  irregula- 
res de  las  camillas.  Los  muertos...  los  muertos  quedaron  insepultos 
para  dar  fe  de  nuevos  horrores,  cuando  el  alba  pudiera  alumbrar  las 
hazañas  de  los  hombres. 

P.  Julián  Rodrigo. 

o.  s.  A. 
(Concluirá.) 


LA  LIBRERÍA  DE  FELIPE  II 


(DATOS  PARA  SU  RECONSTITUCIÓN) 

(conclusión) 

La  Ulixea  de  Homero,  en  castellano,  de  Gonzalo  Pérez,  impreso  año 
de  mil  y  quinientos  y  cincuenta  y  seis;  encuadernado  en  papelón  y  cuero 
verde,  dorado.— En  8  reales.  (E.) 

Justino,  histórico,  impreso  año  de  mil  y  quinientos  y  cuarenta;  en  cuero 
negro.— En  un  real.  (E.) 

El  sétimo  y  octavo  libro  de  Plinio,  en  francés,  año  de  mil  y  quinientos 
y  cuarenta  y  tres;  encuadernado  en  papelón  y  cuero  negro. — En  un 
real.  (E.) 

Instrucción  del  Príncipe,  en  francés,  del  año  mil  y  quinientos  y  diez  y 
siete;  en  cuero  negro.— No  es  de  valor.  (E.) 

Comentarios  de  la  guerra  de  Allemaña,  de  D.  Luis  de  Avila,  año  de 
mil  y  quinientos  y  cincuenta;  en  cuero  negro  o  leonado.— En  2  reales.  (E.) 

Recopilación  de  diversas  historias  y  descripciones  de  provincias,  en 
trances,  traducido  del  latín,  impresa  año  de  mil  y  quinientos  y  cuarenta  y 
uno;  encuadernada  en  papelón  y  cuero  negro.— En  2  reales  (S.  L.) 

Hordenanzas  y  Pregmáticas  del  Rey  Enrique  de  Francia,  impreso  año 
de  mil  y  quinientos  y  cincuenta  y  cuatro;  en  cuero  colorado. — En  4 
reales.  (E.) 

Theatro  de  los  buenos  ingenios,  en  cien  emblemas  morales  de  Guiller- 
mo de  la  Perriere  y  las  emblemas  de  Alciato  y  cien  pinturas  de  proverbios, 
y  las  fábulas  de  Ysopo,  todo  en  francés,  en  uncuerpo,  desde  el  año  de  mil 
y  quinientos  y  cuarenta  y  uno  hasta  cuarenta  y  cuatro;  en  cuero  colorado.— 
En4reales.  (S.  L.) 

El  Amor  de  los  amores,  de  Jaques  Peletier,  en  francés,  impreso  año  de 
cincuenta  y  cinco;  encuadernado  en  papelón  y  cuero  colorado. — En  un 
real.  (E.) 

Epístolas  familiares  de  Cicerón,  de  Aldo,  impresas  en  pergamino;  en- 
cuadernado en  cuero  azul.— En  2  reales.  (E.) 


124  LA  LIBRERÍA  DE  FELIPE  n 

Amores  de  Oliveros,  en  francés,  impreso  año  de  rail  y  quinientos  y 
cincuenta  y  tres;  con  cubiertas  de  cuero  colorado.— En  un  real.  (E.) 

Obras  poéticas  de  Carlos  Fontaine,  en  francés;  en  cuero  colorado.— 
En  un  real.  (E.) 

Imaginación  poética,  en  francés,  impresa  año  de  cincuenta  y  dos,  en- 
cuadernada en  papelón  y  cuero  colorado. — En  un  real.  (E.) 

Argonáutica  de  Valerio  Flaco,  impreso  año  de  mil  y  quinientos  y 
veinte  y  tres,  del  Aldo;  con  cubiertas  de  cuero  colorado,  dorado.—  En  un 
real.  (E.) 

Imagines  de  Fierre  Corista,  en  francés;  encuadernado  en  papelón  y 
cuero  colorado.— En  un  real.  (E.) 

Poemas  de  Nicolée  Vergede  a  la  muerte  del  Príncipe  Claudio  de  Lore- 
na;  encuadernado  en  pergamino.— No  es  de  valor.  (E.) 

Quinto  Curcio,  en  latín,  impreso  año  de  mil  y  quinientos  y  treinta  y 
ocho;  en  cuero  colorado.—  En  un  real.  (E.) 

Libro  del  duelo,  en  francés,  impreso  año  de  mil  y  quinientos  y  cincuen- 
ta; encuadernado  en  pergamino.— No  es  de  valor.  (E.) 

Pregmática  del  Rey  de  Francia  contra  la  secta  luterana,  año  de  mil  y 
quinientos  y  cincuenta  y  uno;  encuadernado  en  pergamino.— No  es  de 
valor.  (E.) 

Deploración  sobre  la  muerte  de  micer  Antonio  de  Croy;  encuadernado 
en  pergamino.— No  es  de  valor.  (E.) 

En  dozavo,  impresos 

Testamento  nuevo,  en  latín,  año  de  mil  y  quinientos  y  cincuenta  y  seis, 
en  cuero  pardo.— En  un  real.— (E.) 

Psaiterio  hebreo,  año  de  mil  y  quinientos  y  treinta  y  dos,  con  cubiertas 
de  cuero  verde  y  letras  doradas.— En  4  reales.  (E.) 

Oraciones  del  Testamento  viejo,  en  hebrayco,  latín  y  griego,  impreso 
año  de  mil  y  quinientos  y  veinte  y  ocho;  en  cuero  azul  con  letras  doradas. — 
En  2  reales.  (E.) 

Paraphrasis  sobre  las  horas  de  Nuestra  Señora,  traducidas  del  latín  en 
francés,  por  fray  Gilíes  Cailleau;  en  cuero  colorado,  dorado.— Es  vedado. 

Epístolas  y  Evangelios  de  las  Dominicas  del  año,  en  francés,  impreso 
año  de  cuarenta  y  nueve;  en  cuero  negro,  dorado.— En  2  reales.  (E.) 

Las  obras  de  Cicerón,  en  latín,  del  Gripho,  año  de  mil  y  quinientos  y 
cuarenta  y  seis,  en  ocho  cuerpos;  encuadernado  en  cartón  y  cuero  colorado, 
dorado.— En  24  reales.  (E.) 

Las  oraciones  de  Cicerón,  impreso  en  París,  año  de  mil  y  quinientos  y 


LA  LIBRERÍA  DE  FELIPE  H  125 

cuarenta  y  tres  y  cuarenta  y  cuatro,  en  tres  tomos;  encuadernados  en  cuero 
colorado  y  dorado.— En  9  reales,  (fi.) 

Las  Epístolas  familiares  de  Cicerón,  en  francés,  impreso  año  de  cua- 
renta y  tres;  en  cuero  colorado.— En  2  reales.  (E.) 

Los  oficios  de  Cicerón,  en  francés,  impreso  año  de  mil  y  quinientos 
y  cuarenta  y  cuatro;  en  cuero  colorado.— En  2  reales.  (E.) 

Las  questiones  tusculanas  de  Cicerón,  en  francés,  año  de  mil  y  qui- 
nientos y  cuarenta  y  cuatro;  encuadernado  en  papelón  y  cuero  colorado. — 
En  un  real. 

Plinio,  de  Natural  historia,  en  cuatro  cuerpos,  impreso  año  de  mil  y 
quinientos  y  sesenta;  encuadernado  en  cuero  negro.— En  12  reales.  (E.) 

La  Historia  de  Tucidides,  en  francés,  en  dos  cuerpos,  impresa  año  de 
mil  y  quinientos  y  cuarenta  y  cinco;  encuadernada  en  cuero  colorado  y 
dorado.— En  4  reales.  (E.) 

Bouclier,  o  Escudo  de  la  Fe,  en  francés,  en  tres  cuerpos,  impreso  año 
de  cuarenta  y  nueve;  en  cuero  colorado. — En  un  real.  (E.) 

Alianza  con  Dios  por  el  baptismo  de  los  christianos,  en  francés,  año  de 
cincuenta  y  tres;  en  cuero  colorado  con  estrellas.— En  2  reales.  (E.) 

Fundamento  de  la  Fe,  en  francés,  impreso  año  de  cincuenta  y  tres;  en- 
cuadernado en  cuero  colorado.— En  un  real.  (E.) 

Prontuario  de  los  Concilios  y  cismas,  impresos  año  de  cuarenta  y  seis, 
en  francés;  encuadernado  en  cuero  colorado.— En  un  real.  (S.  L.) 

Los  seis  libros  en  dialogo  de  San  Juan  Chrisóstomo  sobre  la  dignidad 
sacerdotal,  en  francés,  año  de  cincuenta  y  cinco;  en  cuero  colorado.— En 
un  real.  (E.) 

Pasto  de  la  oveja  humana,  en  francés,  año  cuarenta  y  seis;  encuaderna- 
do con  cubiertas  coloradas. — En  un  real.  (E.). 

Paráfrasis  o  declaración  de  cincuenta  y  tres  psalmos  de  David,  en  fran- 
cés, año  de  cuarenta  y  seis;  con  cubiertas  coloradas.— En  un  real.  (S.  L.) 

Victoria  de  las  tribulaciones,  en  francés,  año  de  cincuenta  y  seis;  con 
-cubiertas  de  cuero  colorado:  autor  Fr.  Pierre  Doré.— En  un  real.  (E.) 

La  Cruz  de  Penitencia,  en  francés,  año  de  cuarenta  y  cinco;  con  cubier- 
ta colorada:  de  Fr.  Pierre  Doré,  autor.  En  un  real.  (E.) 

Thesoro  de  Virtudes,  en  italiano  y  en  francés,  impreso  año  de  cincuen- 
ta y  cinco;  con  cubierta  colorada.— En  un  real.  (E.) 

Institución  de  Virtudes,  en  francés,  por  Pierre  de  Habert,  impreso  año 
de  mil  y  quinientos  y  cincuenta  y  seis;  en  cuero  colorado.— En  un  real.  (E.) 

Colactiones  Reales,  en  francés,  primera  parte,  que  es  exposición  del 
psalmo  veinticuatro  y  veintiséis,  impreso  año  de  cuarenta  y  seis;  en  cuero 
colorado.— En  2  reales.  (E.) 


126  LA  LIBRERÍA  DE  FELIPE  II 

Cosas  notables  de  la  China,  enviadas  a  los  de  la  Compañía,  impreso 
año  de  cincuenta  y  seis;  en  cuero  colorado.— En  un  real.  (E.) 

Recopilación  de  diversas  historias  de  discripciones  de  tierras  y  de  gen- 
tes, en  francés,  año  de  cuarenta  y  tres;  encuadernado  en  papelón  y  cuero 
negro.— En  un  real.  (S.  L.) 

Libro  de  la  policía  humana,  en  francés,  impreso  año  de  mil  y  quinien- 
tos y  cincuenta  y  cuatro;  autor  maestre  Gilíes  de  Aurigny;  con  cubierta 
colorada. — En  2  reales.  (S.  L.) 

Marco  Aurelio,  en  francés,  año  de  cuarenta  y  seis;  en  cuero  colora- 
do.— En  un  real.  (E.) 

Comentarios  de  Julio  Cesar,  en  francés,  año  de  cuarenta  y  cinco;  con 
cubierta  colorada.— En  2  reales.  (E.) 

Salustio,  en  francés,  año  de  treinta  y  nueve;  con  cubierta  de  cuero  ne- 
gro.—No  es  de  valor. 

Menosprecio  de  la  corte  con  la  vida  rústica,  en  francés,  año  de  mil  y 
quinientos  y  cuarenta  y  cuatro;  con  cubierta  colorada.— En  un  real.  (S.  L.) 

Sentencia  de  los  aphorismos  de  Hipócrates  y  Galeno,  en  francés,  año 
de  mil  y  quinientos  y  cincuenta  y  cuatro;  con  cubierta  colorada. — En  un 
real.  (E.) 

Veinticinco  paradojas,  en  francés,  contra  la  común  opinión,  año  de 
cincuenta  y  cuatro;  con  cubierta  colorada.— En  un  real.  (S.  L.) 

Historia  de  Troya,  de  Dares  Frigio,  en  francés,  año  de  cincuenta  y  tres; 
con  cubierta  colorada.— En  un  real.  (E.) 

Tres  libros  pequeños  de  la  historia  de  las  Indias,  en  francés,  del  maes- 
tro Juan  Macer;  año  de  cincuenta  y  cinco;  con  cubierta  colorada.— En  un 
real.  (S.  L.) 

Sumario  de  las  cosas  señaladas  de  Plinio,  en  francés,  año  de  cuarenta 
y  seis;  en  cuero  colorado.— En  un  real.  (S.  L.) 

Las  contracartas  amatorias  de  Ovidio,  por  Miguel  de  Amboise,  en 
francés,  año  de  cuarenta  y  seis;  con  cubierta  colorada. — En  un  real.  (E.) 

Pasquín  de  Paris  respondiendo  a  Pasquín  Romano,  en  francés,  año  de 
cincuenta  y  seis;  en  cuero  colorado.—  No  es  de  valor.  (S.  L.) 

Disputa  entre  el  thaur  y  el  deshonesto,  de  Veroaldo,  en  francés,  año  de 
cincuenta  y  seis;  en  cuero  colorado,— En  un  real.  (S.  L.) 

Tratados  diferentes  de  poesías,  en  francés,  año  de  treinta  y  ocho;  con 
cubierta  de  cuero  colorado.— En  un  real.  (S.  L.) 

El  Dante,  en  italiano,  impreso  año  de  cincuenta  y  dos;  con  cubierta 
colorada.— En  dos  reales.  (E.) 

Terencio,  impreso  año  de  cuarenta  y  uno;  encuadernado  en  papelón  y 
cuero  azul,  dorado.— En  un  real.  (E.) 


LA  LIBRERÍA  DE  FELIPE  H  127 

Almanach  del  año  mil  y  quinientos  y  cincuenta  y  seis  de  Nostre-Damus; 
con  cubiertas  de  pergamino.— No  es  de  valor.  (E.) 

En  diez  y  seis  y  en  veinte  y  cuatro. 

Petrarcha:  De  remediis  utriusque  fortunae,  impreso  en  latín,  ano  de  mil 
y  quinientos  y  quince;  con  cubierta  de  cuero  blanco,  plateado.— En  2  rea- 
les. (E.) 

Otro  Petrarcha,  de  lo  mismo,  impreso  ano  del  mil  y  quinientos  y  treinta 
y  seis;  con  cuero  verde  y  dorado. — En  2  reales.  (E.) 

El  Petrarcha,  en  italiano,  poesía,  impreso  antiguo,  año  de  mil  y 
quinientos  y  veinte  y  cinco.— En  un  real.  (E.) 

Amatoria  de  Ovidio,  año  de  mil  quinientos  y  treinta;  con  cuero  blanco, 
dorado.— En  un  real.  (E.) 

Methamorphoseos,  de  Ovidio,  impreso  año  de  mil  y  quinientos  veinte 
y  uno;  con  cubierta  blanca  plateada.— En  un  real.  (E.) 

Ovidio:  Methamorphoseos,  año  de  mil  y  quinientos  y  treinta;  con  cu- 
bierta de  cuero  colorado,  dorado.— En  un  real.  (E.) 

Virgilio,  del  año  de  mil  y  quinientos  y  treinta  y  siete;  con  cubierta  ne- 
gra y  dorada;  y  una  manecilla  de  plata. — En  un  real.  (E.) 

Otro  Virgilio,  del  mismo  año;  en  cuero  negro.— En  un  real.  (E.) 

Otro  Virgilio,  del  año  de  treinta  y  siete;  encuadernado  en  papelón  cu- 
bierto de  cuero  colorado,  dorado.— En  un  real.  (E.) 

Epístolas  familiares  de  Cicerón,  en  latín,  año  de  veinte  y  siete;  encua- 
dernado en  cuero  negro.— En  un  real.  (E.) 

Rethorica  de  Cicerón,  del  año  de  treinta  y  siete;  en  cuero  negro,  dora- 
do.—En  un  real.  (E.) 

Tullio:  De  offíciis,  del  año  de  cincuenta  y  tres;  en  cuero  azul,  dorado. — 
En  2  reales.  (E.) 

Fastos  de  Ovidio,  año  de  mil  y  quinientos  y  treinta  y  uno;  en  cuero  co- 
lorado.- En  un  real.  (E.) 

Pomponio  Mela,  Julio  Solino,  Itinerario  de  Antonino,  Vibio  Sequester, 
Víctor,  Dionisio  Afer,  del  año  mil  quinientos  y  veinte  y  uno;  en  cuero  co- 
lorado.—En  un  real.  (E.) 

Rethorica  de  Cicerón,  del  año  veinte  y  uno;  con  cubierta  de  cuero 
blanco,  plateado.— En  un  real.  (E.) 

Salustio,  del  año  de  veinte  y  uno;  en  cuero  blanco,  plateado. — En  un 
real.  (E.) 

Valerio  Máximo,  del  ano  de  diez  y  siete;  con  cubierta  de  cuero  bayo.— 
En  un  real.  (E.) 


128  LA  LIBRERÍA  DE  FELIPE  U 

Otro  Valerio  Máximo,  año  de  veintisiete;  con  cubierta  colorada.— En 
un  real.  (E.) 

Severino  Boecio:  De  consolatione,  impreso  antiguo;  en  cuero  negro,  do- 
rado.—En  un  real.  (E.) 

Otro  Severino,  de  la  misma  impresión  como  el  precedente;  en  cuero 
blanco,  dorado. — En  un  real.  (E.) 

Juvenal  y  Persio,  del  año  de  mil  quinientos  y  treinta;  en  cuero  colora- 
do, dorado.  —En  un  real.  (E.) 

Catulo,  Propercio  y  Tibulo,  del  año  de  mil  y  quinientos  y  diez  y  seis; 
con  cubierta  colorada  y  dorada.— En  un  real.  (E.) 

Terencio,  del  año  de  mil  y  quinientos  y  treinta;  con  cubierta  colorada, 
dorada.— En  un  real.  (E.) 

Salustio,  del  año  de  veinte  y  uno;  en  cuero  colorado,  dorado.— En  un 
real.  (E.) 

Horacio,  del  año  de  mil  y  quinientos  y  veinte  y  uno;  en  cuero  colorado, 
dorado.— En  un  real.  (E.) 

Dante,  impreso  antiguo,  sin  año;  con  cubierta  de  cuero  blanco,  platea- 
do.— En  un  real.  (E.) 

Catulo,  Propercio  y  Tibulo,  del  año  de  diez  y  seis;  con  cubierta  de  cue- 
ro blanco,  plateado.  -En  un  real.  (E.) 

La  Arcadia  de  Sanct  Nazaro,  en  italiano,  del  año  de  diez  y  seis;  en  cue- 
ro blanco,  plateado.— En  un  real.  (E.) 

Asolanos  de  micer  Pietro  Bembo,  año  de  quince;  con  cubiertas  de  cue- 
ro plateado.— En  un  real.  (E.) 

Libros  de  a  folio. 

Genealogia  del  Emperador  Maximiliano,  con  figuras  y  escudos  de  ne- 
gro, de  dibujo,  en  folio  común,  de  mano;  encuadernado  en  papelón  y  cue- 
ro colorado.-xEn  4  reales.  (S.  L.) 

Un  libro  que  comienza  desde  Romulo  y  Remo,  primeros  fundadores  de 
Roma,  y  fenesce  en  Ludovico  Sforce,  figurado  de  lápiz,  en  folio  mayor; 
encuadernado  en  tablas  y  cuero  negro. — En  6  reales.  (S.  L.) 

Otro  libro,  en  folio  mayor,  de  los  Caciques  de  México,  y  de  los  días 
que  sacrificaban  en  la  semana,  de  mano,  pintado  de  colores  con  figuras  re- 
tocadas; encuadernado  en  papelón  cubierto  de  terciopelo  carmesi  con  cin- 
tas coloradas.— En  12  reales.  (S.  L.) 

Un  libro  de  tropheos  y  antiguallas  romanas,  de  estampas,  sin  escritura, 
en  folio  mayor;  encuadernado  en  pergamino.— En  8  reales.  (S.  L.) 

Sepulturas  antiguas  y  epitaphios  que  se  hallaron  en  Narbona  debajo  de 


LA  r-IBRERÍA  DE  FELIPE  II  129 

tierra,  pintados  de  mano,  de  negro,  al  natural,  como  se  hallaron;  encua- 
dernado en  pergamino.— En  4  reales.  (S.  L.) 

Un  libro,  en  folio,  de  maese  Luis  de  Torrebañez,  de  figuras  de  diversas 
posturas,  con  armas  para  jugarlas;  retocados  de  colores  y  oro,  con  un  es- 
cudo de  las  armas  de  los  Mendozas  en  la  primera  hoja,  retocado;  encua- 
dernado en  papelón  y  cuero  negro,  dorado. — En  8  reales.  (S.  L.) 

Tres  Biblias  reales,  en  cinco  lenguas,  impresas  en  Amberes,  por  Plan- 
tino,  en  ocho  cuerpos  y  trece  tomos,  los  once  en  pergamino  y  los  dos  en 
papel;  encuadernados  en  tablas  y  cuero  negro. — En  600  ducados.  (S.  L.) 

Historia  de  la  India,  del  tiempo  que  la  gobernó  el  Vissorey  D.  Luis  de 
Atayde,  de  mano,  en  papel  folio  pequeño;  encuadernado  en  tablas  y  cuero 
negro;  con  las  armas  de  Portugal.— En  12  reales.  (3.  L.) 

Fray  Gerónimo  de  Guadalupe,  sobre  los  Evangelios,  impreso  en  latín, 
en  Salamanca,  por  Domingo  de  Portonaris,  folio  pequeño;  encuadernado 
en  papelón  y  cuero  negro,  con  parrillas  doradas  en  tablas. — En  12  rea- 
les. (E.) 

Bernardino  Gómez,  sobre  la  vida  y  hechos  de  Jacobo,  primer  Rey  de 
Aragón,  impreso  en  Valencia,  en  latín,  folio  pequeño;  encuadernado  en 
papelón  y  cuero  negro.— En  8  reales.  (E.) 

Las  ympresas  con  exposición  y  discursos  de  Hieronimo  Rucelli,  impre- 
so en  Venecia,  en  italiano,  en  folio  pequeño;  encuadernado  en  papelón  y 
cuero  azul,  dorado  y  labrado  de  diversos  colores,  y  en  medio  de  las  tablas 
unos  óvalos  con  unos  títulos.— En  24  reales.  (S.  L.) 

Theodosio,  impreso  en  Meglna,  en  folio  pequeño,  sobre  la  sphera  y 
mathemática;  encuadernado  en  pergamino  blanco,  con  cintas  de  seda  mo- 
rada.— En  4  reales.  (E.) 

La  horden  que  tenia  el  Duque  Charles  de  Borgoña  en  la  guerra;  ilumi- 
nadas las  márgenes  de  h  primera  hoja  con  las  armas  de  las  provincias  que 
poseía,  escrito  de  mano,  en  pergamino,  en  lengua  francesa,  y  al  principio 
de  él  hay  un  escrito  en  tudesco,  que  dice  que  se  ganó  el  dicho  libro  en  la 
batalla  de  Morat,  a  diez  y  seis  de  Junio,  año  de  mil  y  cuatrocientos  y  se- 
tenta y  seis,  y  se  halló  en  la  tienda  del  dicho  Duque,  y  parece  por  otro,  es- 
crito en  latín,  que  lo  presentó  al  Sr.  D.  Juan  un  borgoñon;  encuadernado 
en  papelón  cubierto  de  terciopelo  carmesí,  con  cuatro  cantoneras  y  cinco 
escudetes  en  cada  cantón,  y  tres  escudetes  para  manezuelas  de  plata  dora- 
da, en  folio  menor.— Tasado  con  la  plata  en  3  ducados.  (S.  L.) 

Otro  libro,  en  latín,  de  Bartholome  Valverde,  que  trata  del  Purgatorio, 
en  cuarto,  impreso  en  Pavía;  encuadernado  en  pergamino  blanco,  con  cin- 
tas de  seda  blanca.  —En  4  reales.  (E.) 

Otro  libro,  de  Francisco  Maurolico,  Abad  de  Mesina,  que  trata  de  ma- 


130  LA  LIBRERÍA  DE  FELIPE  n 

themáticas,  en  latín,  impreso  en  Venecia,  en  cuarto;  encuadernado  en  per- 
gamino, con  cintas  moradas.— En  4  reales.  (E.) 

Otro  libro,  del  mismo  autor,  intitulado:  Sicanicarum  rerum  compen- 
dium,  en  cuarto,  impreso  en  latín,  en  Mesina;  encuadernado  en  pergami- 
no, con  lazos  y  corte  dorado,  con  cintas  moradas.— En  4  reales.  (E.) 

Otro  libro,  intitulado:  Oratio  in  laude  Tadei  Apostoli  canonicam,  Petro 
Martínez  Toletano,  en  cuarto,  impreso  en  Siguenza;  encuadernado  en  per- 
gamino llano,  con  cintas  blancas.— En  4  reales.  (E.) 

Cosmographia  de  Francisco  Maurolico,  en  latín,  en  octavo,  impreso; 
encuadernado  en  pergamino,  con  lazos  y  corte  dorado  y  cintas  moradas.  — 
En  2  reales.  (E.) 

Juan  Antonio  Viperano,  que  trata  del  Rey  y  del  Reino,  en  latín,  impreso 
en  Amberes,  en  ocho;  encuadernado  en  pergamino  llano,  con  cintas  en- 
carnadas.— En  2  reales.  (E.) 

Jornadas  para  el  cielo,  por  fray  Christoval  Moreno,  de  la  Orden  de  San 
Francisco,  en  octavo,  en  romatice,  impreso  en  Zaragoza  por  Domingo  de 
Portonaris;  encuadernado  en  pergamino,  corte  dorado  y  cintas  encarna- 
das.—En  4  reales.  (E.) 

Tercera  jornada  del  libro  intitulado:  Jornadas  para  el  cielo,  del  dicho 
autor,  impresión  y  encuademación,  en  octavo. — En  4  reales.  (E.) 

Las  confesiones  de  San  Agustín,  traducidas  del  latín,  en  romance,  por 
el  maestro  fray  Sebastian  Toscano,  impreso  en  Salamanca  por  Andrés  de 
Portonaris,  en  doce;  encuadernado  en  cuero  negro,  dorado  y  cintas  ver- 
des.—En  2  reales.  (E.) 

Mística  theologia,  en  que  se  muestra  el  verdadero  camino  para  subir  al 
cielo,  por  el  dicho  autor,  impreso  en  lengua  portuguesa,  en  doce;  encua- 
dernado en  cuero  negro,  corte  dorado  y  cintas  verdes. —En  2  reales. 

Marthirologio,  por  el  doctor  Maurolio,  en  diez  y  seis,  impreso  en  Ve- 
necia  por  los  Juntas,  mil  y  quinientos  y  setenta;  encuadernado  en  cuero 
negro,  dorado  y  cintas  moradas.— No  es  de  valor. 

Un  cuaderno  de  la  posesión  que  tomó  D.  Fadrique  Enriquez  del  Reino 
de  Sicilia  por  el  Rey,  nuestro  señor,  a  siete  de  Junio,  año  de  mil  y  quinien- 
tos y  cincuenta  y  seis,  impreso  en  latín  e  italiano;  encuadernado  en  perga- 
mino, con  cintas  moradas,  en  cuarto.— En  un  real.  (S.  L.) 

Un  libro,  en  folio  mayor,  Theatrum  orbis;  encuadernado  en  pergamino, 
que  es  de  las  ciudades  mas  insignes  del  mundo,  impreso  en  Amberes  por 
Phelipe  Gallen,  año  de  mil  y  quinientos  y  setenta  y  dos.— En  3  ducados.  (E.) 

Cuatro  cuerpos  de  libros,  encuadernados  en  papelón  y  cuero  colorado, 
dorados,  con  cintas  coloradas,  con  muy  poca  escritura  y  con  un  envoltorio 
de  papeles,  todo  de  receptas  de  Fr.  A.  Lorenzo.— No  son  de  valor.  (E.) 


LA  LIBRERÍA  DE  FELIPE  II  131 

Una  caxa  cuadrada  cubierta  de  cuero  negro,  forrada  en  terciopelo  verde 
con  el  tapador  suelto,  con  cerradura  dorada,  en  que  están  los  libros 
siguientes: 

Una  Biblia,  de  Roberto  Stephano,  con  escolios  de  Vatablo;  encuader- 
nada en  tablas  con  cubiertas  de  terciopelo  negro  con  cantoneras,  maneci- 
llas y  dos  rosas  en  medio  con  armas  reales  que  parecen  de  latón  dorado. — 
En  20  reales.  (S.  L) 

Unas  horas,  en  cuarto,  escritas  de  mano  en  pergamino,  con  ilumina- 
ción, cubiertas  de  raso  carmesi  y  en  el  medio  de  las  tablas  dos  escudos  de 
armas  de  los  Reyes  Católicos,  en  unas  chapas  de  oro  y  en  las  esquinas  de 
cada  parte  cuatro  manojos  de  saetas  de  plata  que  son  ocho  en  todos,  con 
manecillas  de  plata. —En  50  reales.  (S.  L.) 

Otras  horas,  en  cuarto,  escritas  de  mano  en  pergamino,  con  muchas 
letras  doradas,  iluminadas;  encuadernadas  en  tablas  cubiertas  de  brocado 
con  perfiles  negros,  con  manezuelas  de  plata  dorada  hechas  de  unos  boto- 
nes.—En  20  reales.  (S.  L.) 

Otras  horas,  en  cuarto,  impresas  en  pergamino  con  muchas  ilumina- 
ciones y  viñetas  de  figuras  a  la  redonda;  encuadernadas  en  tablas  cubiertas 
de  terciopelo  negro,  con  dos  manezuelas  de  plata. — En  8  reales.  (S.  L.) 

Otras  horas,  en  octavo  pequeño,  escritas  de  mano  en  pergamino,  con 
iluminaciones  pequeñas;  encuadernadas  en  tablas  y  cuero  leonado,  con  una 
manecilla  de  plata  hecha  de  un  lazo  de  bastón,  con  un  registro  de  ramales 
de  seda  de  colores  y  el  tronco  de  que  ase  de  oro  esmaltado  de  rosicler  y 
blanco.— En  veinte  reales.  (S.  L.) 

Un  breviario,  en  cuarto  grande,  de  nueve  lecciones,  escrito  de  mano  en 
pergamino,  con  dos  remates  en  las  cintas  que  sirven  de  nanecillas  que  pa- 
recen de  plata  dorada,  y  un  remate  de  registro  que  parece  de  plata  dorada; 
rota  la  cubierta.—En  16  reales.  (S.  L.) 

Unas  horas,  en  diez  y  seis,  escritas  de  mano  en  pergamino,  con  algu- 
nas iluminaciones;  encuadernadas  en  tablas  cubiertas  de  terciopelo  negro, 
con  una  manecilla  de  oro  hecha  de  una  rosa  con  cuatro  sortijuelas  de  oro 
de  que  asen  unas  cintas  coloradas. — Con  el  oro  en  4  ducados.  (S.  L.) 

Un  diurnal,  escrito  de  mano  en  pergamino;  con  cubiertas  de  raso  car- 
mesi y  una  manezuela  de  plata  dorada.— En  4  reales.  (S.  L.) 

Un  libro,  en  cuarto,  que  tiene  quince  hojas,  y  dentro  de  él  un  pliego  de 
papel  pintado,  y  en  las  hojas  del  dicho  libro  una  carta  de  marear,  encua- 
dernado en  tablas  y  cuero  dorado,  con  cuatro  manecillas.— En  2  rea- 
les. (S.  L.) 


132  LA  LIBRERÍA  DE  FELIPE  H 

Un  libro,  en  octavo,  en  papel,  con  diversas  figuras  de  medallas  antiguas 
algunos  animales;  encuadernado  en  tablas  y  cuero  verde,  con  dos^escudos 
de  las  armas  reales.— En  2  reales.  (S.  L.) 

Un  misal  viejo,  en  cuarto  pequeño,  con  manezuelas  de  oro  esmaltadas 
de  negro;  encuadernado  en  tablas  y  cuero  negro. — Tasado  el  oro  en  4 
ducados.  (S.  L.) 

Tres  libros  pequeños  de  memoria,  viejos.— No  son  de  valor.  (S.  L.) 

Un  libro  en  papel,  escritas  en  él  algunas  memorias  de  otros  libros  y 
otras  cosas;  encuadernado  en  tablas  y  cuero  negro.— No  es  de  valor.  (S.L.) 

Siete  libros,  en  folio,  en  francés,  impresos  en  París;  encuadernados  en 
cuero  colorado  y  de  colores,  de  la  historia  de  Amadis  de  Gaula.— No  son 
de  valor. 

Papeles  scriptos  de  mano  del  Doctor  Paez  y  D.  Carvajal. 

Los  Anales  de  la  Corona  de  Aragón,  duplicados,  en  ocho  cuerpos, 
cuatro  cada  uno,  con  los  Índices,  impresos  en  papel,  en  folio,  en  Zaragoza, 
por  Domingo  de  Portonaris,  año  de  mil  y  quinientos  y  ochenta,  compues- 
tos por  Híeronimo  de  Qurita;  encuadernados  en  pergamino.— A  2  duca- 
dos cuerpOc  (E.) 

La  Orden  e  instrucción  del  Tusson,  escrita  en  pergamino,  en  francés, 
con  algunas  figuras  iluminadas  de  los  Principes  y  Reyes  que  se  han  halla- 
do en  las  fiestas  y  capítulos  de  la  dicha  Orden,  y  los  escudos  de  los  dichos 
caballeros  de  la  Orden  que  en  ellas  estuvieron,  escrito  en  pergamino,  en 
olio;  encuadernado  en  cartón  cubierto  de  terciopelo  carmesí  con  mane- 
zuelas de  plata.— No  se  tasa  porque  es  cosa  de  Orden,  que  ha  de  estar  en 
los  Tussones.  (E.). 

Un  libro  en  folio:  Historia  de  la  ciudad  de  Cremona,  por  Antonio  Cam- 
po, cremonense,  impreso  en  Toscano,  con  designio  de  la  misma  ciudad  y 
algunas  cosas  señaladas  de  ella  y  retratos  de  algunos  personajes;  encua- 
dernado en  papelón  y  cuero  negro,  dorado  con  las  armas  reales.  Este  li- 
bro parece  duplicado.— No  se  indica  la  tasación.  (S.  L.) 

Tasación. — En  la  villa  de  Madrid  a  veinte  y  siete  de  Junio  de  mil  y 
seiscientos  años,  ante  mí  el  dicho  Cristoval  Fferroche,  scríbano  del  dicho 
ymbentario  y  aprecio,  en  presencia  de  Antonio  Voto,  guardajoyas  de  S.  M., 
Pedro  del  Bosque,  librero  del  Rey,  nuestro  señor,  con  juramento  que 
primero  hizo,  tasó  los  libros  contenidos  en  este  cuaderno  de  libros  de 
diversas  facultades,  como  consta  de  la  tasación  que  queda  puesta  al  cabo 
de  cada  partida,  y  lo  firmó  de  su  nombre.— Pedro  del  Bosque.— Ante  mí, 
Cristoval  Fferroche. 


1>A  LIBRERÍA  DE  FELIPE  II  133 

Libros  acrescentados, 
tasados  en  Madrid  por  Joan  Verrillo,  28  de  Mayo  1602. 

Un  libro  en  folio,  grande,  Teatro  de  la  tierra  universal  de  Abraam  Or- 
telio,  en  romance,  impreso  en  Amberes  por  Piantino,  iluminado  de  colo- 
res; encuadernado  en  papelón  y  cuero  negro  con  cinco  florones  de  oro. — 
En  400  reales.  (S.  L) 

Otro  como  el  dicho  y  de  la  misma  impresión;  encuadernado  en  pape- 
lón y  cuero  colorado  con  florones  de  oro.— Tasado  en  400  reales.  (S.  L.) 

Otro  libro  en  folio  grande.  Descripción  de  ciudades,  tierras  y  puertos, 
impreso,  colorido;  encuadernado  en  pergamino  morado. — En  400  reales. 
(S.  L.) 

Otro  libro  en  folio,  impreso  en  la  ciudad  de  Cremona,  dirigido  al  Rey 
D.  Phelipe,  nuestro  señor,  con  su  retrato  y  escudo  de  armas  en  las  dos 
primeras  hojas,  con  viñetas  retocadas  de  oro;  encuadernado  en  cartón  y 
cuero  negro  con  dos  escudos  de  armas  Reales  en  las  encuademaciones. — 
En  100  reales.  (S.  L.) 

Otro  libro  en  folio,  de  mano.  Tratado  de  artillería,  en  italiano,  con  figu- 
ras iluminadas  y  diversas  personas  e  instrumentos  de  guerra  para  la  arti- 
llería; encuadernado  en  cartón  y  cuero  colorado,  dorado.— En  200  reales. 
S.  L) 

Una  Biblia,  en  folio,  en  papel,  impresa  en  latín  con  virgulas  doradas, 
historiadas  e  iluminadas,  en  un  cuerpo,  impresa  en  Amberes,  por  Piantino, 
año  de  ochenta  y  tres,  con  muchas  hojas  jaspeadas  de  colores  al  principio 
y  al  cabo;  encuadernada  en  gapa  negra  con  manezuelas  de  plata  dorada.— 
En  150  ducados.  (E.) 

Otro  libro  en  folio,  en  papel,  de  los  consejos  y  respuestas  de  Joan  Pe- 
dro Bimio,  milanés,  impreso  en  Venecia  año  de  noventa  y  ocho;  encuader- 
nado en  papelón  y  cuero  colorado,  dorado,  con  dos  iluminaciones  aovadas 
en  la  encuademación. — En  16  reales.  (E.) 

Dos  libros  en  folio,  en  romance,  impresos  en  Madrid,  por  Luís  Sán- 
chez, de  Política  de  Corregidores  y  vasallos,  en  tiempo  de  paz  y  de  guerra, 
por  el  Licenciado  Bouadilla;  encuadernados  en  pergamino,  dorado. — En  8 
ducados.  (S.  L.) 

Otro  libro  en  folio,  impreso  en  papel,  en  latín,  de  Joan  Mariana,  De 
rebus  híspanicís,  impreso  en  Toledo;  encuadernado  en  pergamino, — En  3 
ducados.  (E.) 

Otro  libro,  de  mano,  en  folio;  encuadernado  en  papel,  que  es  inventa- 
rio de  los  libros  y  legajos  de  papeles  que  están  en  el  Archivo  y  Secretaría 


134  LA  LIBRERÍA  DE  FELIPE  II 

de  la  Embajada  del  Rey,  nuestro  señor,  en  Roma;  encuadernado  en  cuero 
azul  con  escudos  de  las  armas  reales.— No  se  tasó.  (S.  L.) 

Otro  libro,  en  folio,  impreso  en  papel,  de  Jacobo  Maroto,  napolitano, 
de  metaphisica,  impreso  en  Ñapóles,  año  de  noventa  y  ocho;  encuaderna- 
do en  pergamino. — Tasado  en  12  reales.  (S.  L.) 

Otro  en  folio,  de  estampas  de  historias  de  la  vida,  milagros  y  pasión  de 
Christo,  nuestro  Señor,  iluminadas  y  retocadas  de  oro,  impreso  en  Antuer- 
pia año  de  noventa  y  tres;  encuadernado  en  becerro  colorado  con  cinco 
florones  de  oro  por  cada  parte. — En  100  ducados.  (S.  L.) 

Otro  libro,  en  folio,  de  Natal,  de  la  Compañía  de  Jesús,  impreso  en 
Antuerpia  año  de  noventa  y  tres,  de  estampas  y  con  todos  los  Evangelios 
de  Christo,  nuestro  Señor  y  de  su  pasión,  en  latin;  encuadernado  en  per- 
gamino dorado. — En  150  reales.  (E.) 

Otro  libro  en  folio,  e  Historia  eclesiástica  y  flores  de  los  Santos  de  Es- 
paña, por  el  Padre  Marieta,  de  la  Orden  de  Santo  Domingo,  impreso  en 
Cuenca  año  de  noventa  y  cuatro;  encuadernado  en  pergamino. — En  16  rea- 
les. (S.  L.) 

Otro  libro  en  folio,  Theórica  y  práctica  de  fortificación  conforme  a  las 
medidas  y  defensas  de  estos  reinos,  del  capitán  Rojas,  impreso  en  Madrid, 
por  Luis  Sánchez;  encuadernado  en  papelón  y  cuero  colorado  con  escudos 
de  las  armas  reales.--En  16  reales.  (S.  L.) 

Otro  libro  en  folio,  Coronica  del  Emperador  D.  Alonso  el  VII,  Rey  de 
Castilla  y  León,  por  Fr.  Prudencio  de  Sandoval,  en  Madrid,  por  Luis  Sán- 
chez; encuadernado  en  pergamino. — En  12  reales.  (S.  L.) 

Un  libro  escrito  de  mano,  en  pergamino,  para  computar  con  la  mano 
la  letra  Dominical,  y  otras  muchas  reglas;  encuadernado  en  cuero  azul,  do- 
rado.—En  4  ducados.  (S.  L.) 

La  vida  de  San  Hieronimo,  en  cuarto,  impreso  por  Thomas  Junta,  he- 
cha por  Fr.  José  de  Siguenga;  encuadernado  en  cuero  colorado,  dorado  el 
corte.— En  16  reales.  (E.) 

Otro  libro  en  cuarto,  del  Cardenal  Fauio  Albergati,  de  Ragiones,  im- 
preso en  Roma;  encuadernado  en  pergamino  dorado.— En  6  reales.  (S.  L.) 

Otro  libro  de  Joan  Mariana,  De  Regis  institutione,  impreso  en  Tole- 
do; encuadernado  en  cuero  negro  con  unas  flores  de  oro.— En  10  rea- 
les. (S.  L.) 

Otro  libro  en  cuarto,  escrito  de  mano;  parece  que  se  envió  al  Empera- 
dor a  Flandes  antes  que  partiese  para  España;  encuadernado  en  cuero  ne- 
gro.—En  2  reales.  (S.  L.) 

Otro  libro  en  cuarto,  de  caxa  y  manual  de  cuenta  de  mercaderes,  por 
Bartolomé  Saluador,  impreso  en  Madrid,  por  Pedro  de  Madrigal  año  de 


LA.  LIBRERÍA  DE  FELIPE  H  Icfó 

quinientos  y  noventa;  encuadernado  en  pergamino  amarillo.— En  4  rea- 
les. (S.  L.) 

Descubrimientos  de  Joan  Alfonso  de  Molina,  impreso  en  Amberes  año 
de  mil  y  quinientos  y  noventa  y  ocho;  encuadernado  en  pergamino. — Ta- 
sado en  4  reales.  (S.  L.) 

Oficio  de  Semana  Santa,  en  cuarto,  de  mano,  en  pergamino,  con  algu- 
nas viñetas  iluminadas  y  retocadas  de  oro. — En  4  reales.  (S.  L.) 

Concilio  tridentino,  impreso  en  Alcalá;  encuadernado  en  pergamino.— 
En  2  reales.  (E.) 

Oraciones  a  la  muerte  del  Rey  D.  Felipe  11,  del  Cardenal  Colonna,  al 
Rey  D.  Felipe  III,  impresas  en  romance;  en  cartón  y  cuero  azul  con  escu- 
dos de  armas  reales. — En  4  reales.  (S.  L.) 

Discurso  de  Federico  sobre  el  carro  inventado,  de  mano;  en  pergami- 
no, que  se  presentó  a  S.  M.— En  4  reales.  (E.) 

Oraciones  a  la  muerte  del  Rey  D.  Phelipe  II,  dirigidas  al  Rey  Pheli- 
pe  III,  impreso  en  Ñapóles;  encuadernado  en  cuero  colorado,  dorado,  con 
armas  reales.— En  4  reales.  (E.) 

La  vida  de  San  Plácido  y  su  martirio,  en  octava  rima,  en  italiano,  im- 
preso en  Venecia;  encuadernado  en  pergamino,  dorado. — En  4  reales.  (E.) 

Concilio  tridentino,  impresa  en  Buxia;  encuadernado  en  pergamino. — 
En  3  reales.  (E.) 

Libro  de  la  moral  de  la  China,  el  cual  llaman  «Los  cuatro  libros»,  tra- 
ducidos del  original  en  castellano,  escrito  de  mano;  encuadernado  en  per- 
gamino, dorado. — En  4  reales.  (S.  L.) 

Discurso  de  la  prosapia  de  Austria,  escrito  de  mano;  encuadernado  en 
pergamino,  dorado.— En  4  reales.  (S.  L.) 

La  muerte  del  Rey  D.  Pheüpe,  por  Ceruera  de  la  Torre,  en  Valencia 
año  de  mil  y  quinientos  y  noventa  y  nueve;  encuadernado  en  pergamino.— 
En  3  reales.  (E.) 

El  capitán  Federico  Orislerio,  de  armas,  con  figuras,  impreso  en 
Parma  ano  de  noventa  y  tres;  encuadernado  en  pergamino.— En  6  duca- 
dos. (E.) 

Exposición  sobre  el  paternóster,  por  el  padre  Lobo,  de  mano,  en  pa- 
pel, en  octavo;  encuadernado  en  cuero  negro.— En  4  reales.  (S.  L.) 

Omelias  a  cuatro  Arzobispos,  en  Antuerpia  año  de  noventa  y  ocho,  en 
latín  y  griego,  en  octavo;  en  papelón  y  cuero  colorado,  dorado. —  En  5  rea- 
les. (S.  L.) 

Quilatador  de  la  plata,  por  Joan  Darphe,  en  Madrid;  encuadernado  en 
papelón  y  cuero  negro,  dorado. — En  4  reales.  (E.) 

La  vida  del  Santo  Raymündo  de  Peñafort,  en  Tarragona  año  de  noven- 


136  LA  LIBRERÍA  DE  FELIPE  H 

ta  y  siete,  en  octavo;  encuadernado  en  pergamino  amarillo.— En  3  rea- 
les. (S.  L.) 

Amores  de  Frangoys  de  Villaflonis,  en  francés,  a  lo  pastoril;  encuader- 
nado en  cuero  negro. — En  2  reales.  (E.) 

El  Doctor  Herrera,  de  unos  proverbios;  encuadernado  en  pergamino. — 
En  medio  real.  (E.) 

Jácome  Velasco,  de  cuentas;  encuadernado  en  pergamino.— -En  un 
real.  (S.  L.) 

Genealogias  de  los  Reyes  de  Portugal,  por  el  licenciado  Duarte  Nuñez, 
en  Lisboa;  encuadernado  en  pergamino.— En  2  reales.  (E.) 

Relación  de  algunos  de  los  martirios  que  han  hecho  los  herejes  de  In- 
glaterra, en  Madrid,  por  Pedro  de  Madrigal;  encuadernado  en  pergami- 
no.—En  2  reales.  (S.  L.) 

Confesiones  de  San  Agustín,  en  Salamanca  año  de  setenta  y  nueve.— En 
2  reales.  (E.) 

Tratado  de  las  cosas  que  debe  hacer  el  cristiano,  por  el  Obispo  de 
Oviedo,  en  Salamanca  año  de  noventa  y  ocho;  encuadernado  en  cuero  co- 
lorado, plateado.— En  2  reales.  (E.) 

La  vida  de  San  Pablo,  impreso  en  Venecia;  encuadernado  en  pergami- 
no, dorado. — En  2  reales.  (E.)  , 

Concilio  toledano,  en  Alcalá  año  de  noventa  y  seis;  encuadernado  en 
cuero  colorado,  dorado. — En  2  reales.  (E  ) 

Horas  de  Nuestra  Señora,  en  París  año  de  setenta  y  uno;  encuadernado 
en  cuero  negro,  dorado.— En  4  reales.  (E.) 

Concilio  provincial,  impreso  en  Salamanca  año  de  mil  y  quinientos  y 
sesenta  y  seis;  encuadernado  en  cuero  azul.— En  2  reales.  (E.) 

Una  declaración  del  Salmo  de  David,  de  mano,  encuadernado  en  per- 
gamino.—En  un  real.  (S.  L.) 

Tasación.— En  la  villa  de  Madrid,  a  veintiocho  dias  del  mes  de  Mayo 
de  mil  seiscientos  y  dos  años,  ante  mí,  el  dicho  Cristova!  Fferroche,  scri- 
baño  del  inventario  y  aprecio  de  los  dichos  bienes  muebles,  paresció  Joan 
Verrillo,  librero  de  esta  villa,  el  qual  fue  llamado  para  tasar  los  libros  acres- 
centados  en  este  género  de  libros  de  diversas  facultades,  y  habiendo  jura- 
do en  forma  de  derecho  de  hacer  bien  y  fielmente  la  dicha  tasación,  tasó 
los  dichos  libros  a  los  precios  y  de  la  manera  que  quedan  tasados  en  cada 
partida,  y  lo  firmó  de  su  nombre,  de  que  doy  fe.— Joan  Verrillo.— Ante  mi, 
Cristoval  Fferroche. 

Luego  pareció  Antonio  Voto,  Guardajoyas  del  Rey,  nuestro  señor, 
el  cual  con  juramento  dixo  y  declaró  que  los  libros  de  diversas  facultades 
contenidos  en  este  género,  son  los  que  están  a  su  cargo,  y  que  no  saue  de 


LA  LIBRERÍA  DE  FELIPE  II  137 

otros,  que  si  en  algún  tiempo  lo  supiere  o  los  tuviere,  está  presto  de  los 
manifestar  para  que  se  ymbentarien  y  apprecien  con  los  demás,  y  ansí  lo 
dixo  y  declaró  so  cargo  del  dicho  juramento  y  lo  firmó  de  su  nombre.— 
Antonio  Voto.— Ante  mi,  Cristoval  Fferroche. 

Así  montan  los  marauedís  deste  género,  seiscientos  y  setenta  mil  y 
ciento  y  sesenta  y  ocho  maravedises. 

En  la  villa  de  Madrid,  en  el  dicho  día  mes  y  año  dichos,  ante  mi,  el 
dicho  Cristoval  Fferroche,  paresció  el  dicho  Hernando  Despejo,  y  dixo  y 
confesó  aver  recibido  del  dicho  D.  Pedro  de  Soto  y  Voto  las  cosas  conte- 
nidas en  este  género  de  libros  de  diversas  facultades,  según  y  como  en 
cada  partida  y  en  las  glosas  de  las  dichas  rúblicas  se  contiene,  y  se  obligó 
a  tenerlo  a  su  cargo  y  dar  cuenta  dello  a  quien  se  la  pueda  y  deva  pedir, 
y  lo  dixo  y  otorgó  ansi  según  y  como  mas  en  forma  queda  dicho,  en  gé- 
nero reliquias,  y  lo  firmó  de  su  nombre,  siendo  testigos  los  dichos;  e  yo  el 
dicho  Cristoval  Fferroche  doy  fe  que  el  entrego  y  recibo  de  las  dichas  co- 
sas se  hizo  en  mi  presencia  y  de  los  dichos  testigos. — Hernando  Despejo.» 

(Publicado  en  el  tomo  LXVIII  de  la  Colección  de  documentos  inéditos 
para  la  Historia  de  España,  por  el  Marqués  de  la  Fuensanta  del  Valle, 
D.José  Sancho  Rayón  y  D.  Francisco  de  Zabalburu,  págs,  481  a  521.  To- 
mado del  Archivo  del  Palacio  Real  de  Madrid.) 

P.  Guillermo  Antolín. 
o.  s.  A. 


10 


REVISTA  científica 


El  ferrocarril  Dax-Hlgeciras. 

Entre  los  proyectos  a  que  ha  dado  ocasión,  bien  que  remota,  la  guerra 
europea,  y  que  es  de  gran  interés  para  España,  hemos  de  mencionar  hoy 
el  referente  a  un  trazado  de  ferrocarril  directo  entre  la  frontera  francesa  y 
el  puerto  de  Algeciras,  que  haría  de  nuestra  Península  el  tránsito  obliga- 
do entre  Europa,  África  y  América,  supuesta  la  construcción  en  el  Conti- 
nente africano  de  otro  ferrocarril  que  uniese  el  Estrecho  de  Gibraltar  con 
el  puerto  de  Dakar,  el  más  próximo  a  América. 

No  hablaríamos  de  este  proyecto  si,  aparte  de  los  bienes  que  trae  con- 
sigo una  obra  industrial  de  interés  común,  no  plantease  para  nuestra  pa- 
tria un  problema  de  no  fácil  resolución,  y  que,  al  llevarse  a  la  práctica,  pro- 
duciría hondas  modificaciones  en  el  desenvolvimiento  de  la  vida  nacional. 
Es  de  advertir  que  en  ese  proyecto  se  establece  como  pie  forzado,  el  ancho 
europeo  para  la  línea;  y  como  en  España  hay  dos  sistemas  de  ferrocarril 
distintos,  el  normal  y  el  de  vía  estrecha,  ninguno  de  los  cuales  coincide 
con  el  ancho  europeo,  bien  claro  se  ve  que  el  proyecto  resultará  tan  ven- 
tajoso para  el  Extranjero  como  casi  inútil  para  España,  si  no  se  tienen  las 
debidas  precauciones  para  que  con  la  mayor  facilidad  se  pueda  convertir 
en  arteria  principal  de  todo  el  conjunto  ferroviario  español.  Creemos  que 
sólo  después  de  un  examen  muy  detenido  y  resolviendo  de  antemano  los 
gravísimos  inconvenientes  que  tendría  para  nuestro  país  en  diferentes  ór- 
denes de  cosas,  se  puede  tomar  la  resolución  del  ancho  europeo. 

En  cuanto  al  valor  comercial,  salta  a  la  vista  que  lo  mejor  es  que  haya 
una  sola  medida  de  vía;  que  los  vagones  puedan  circular  por  todas  las  re- 
des, evitando  los  trastornos  que  ocasionan  los  trasbordos,  etc.  La  línea 
Irún,  Valladolid,  Madrid,  Córdoba,  Sevilla,  Cádiz,  es  como  el  eje  de  todos 
nuestros  ferrocarriles,  tanto  de  vía  normal  como  de  vía  estrecha;  todos 


REVISTA  CIENTÍFICA  139 

ellos  se  han  trazado  mirando  al  fin  primordial  de  unir  las  distintas  regio- 
nes con  la  línea  antes  citada;  y  si  ahora  se  lleva  a  la  práctica  el  nuevo  pro- 
yecto con  sujeción  a  distinta  medida,  dada  la  importancia  que  ha  de  tener 
por  su  carácter  internacional,  es  indudable  que  la  línea  Irún-Cádiz  quedará 
relegada  a  segundo  término,  perdiendo  también  importancia  sus  afluentes 
en  el  mismo  o  mayor  grado. 

Otra  de  las  condiciones  que  se  impone  en  el  nuevo  trazado  de  vía  es 
que  ha  de  tener  la  trayectoria  más  corta  posible,  con  el  fin  de  disminuir 
las  distancias;  y  aquí  es  donde  ha  comenzado  ya  el  pugilato  entre  los 
mismos  ingenieros  y  entre  las  diversas  regiones  por  donde  se  quiere  que 
atraviese  el  ferrocarril.  Dos  son  las  tendencias  manifestadas:  unos  prefie- 
ren el  trazado  Madrid,  Soria,  Pamplona,  Alduides,  y  otros,  el  de  Madrid, 
Somosierra,  Burgos,  Irún.  ¿Cuál  de  esas  dos  tendencias  debe  preferirse? 
A  nuestro  modo  de  ver,  la  última,  por  las  razones  que  a  continuación 
se  expresan: 

1.^  Si  nos  fijamos  en  la  constitución  geológica  del  terreno  atravesa- 
do por  ambos  trazados,  los  puntos  donde  han  de  construirse  los  grandes 
túneles  son:  el  paso  del  Guadarrama,  el  de  la  cordillera  ibérica  y  los  Piri- 
neos. En  los  puertos  del  Guadarrama  y  Somosierra  el  terreno,  geológica- 
mente, es  idéntico,  esto  es,  el  granítico,  que  siendo  de  perforación  costosa, 
tiene  las  ventajas  de  conservarse  bien  y  de  no  necesitar  revestimiento  ni 
gastos  de  obras  accesorias  de  saneamiento.  Los  puertos  de  la  Brújula  y 
Oncala,  en  la  cordillera  ibérica,  son  del  terreno  cretáceo  y  mioceno,  y  es 
de  creer  que  no  existan  entre  ambos  grandes  diferencias,  y  de  haber  algu- 
na sería  en  favor  del  de  la  Brújula  por  ser  menor  la  longitud  del  túnel. 
Mas  al  llegar  a  los  Pirineos,  si  se  hace  por  los  Alduides,  en  esta  región  los 
terrenos  son  carbonífero,  devoniano,  siluriano,  cambriano  y  triásico,  re- 
sultando gráfica  la  frase  del  ingeniero  Sr.  Benavent:  «Los  Pirineos  son  un 
montón  de  escombros.»  En  cambio,  el  cruce  de  ésta  por  Irún-Hendaya  se 
verifica  por  terrenos  cretáceos,  en  todas  las  estribaciones,  y  el  jurásico.  Por 
lo  tanto,  aunque  el  túnel  de  Somosierra  sea  más  largo  que  el  de  Bochones, 
en  cambio  el  de  Idaizábal  será  mucho  más  corto  que  el  de  Alduides  y  re- 
viste condiciones  geológicas  más  favorables. 

2.^  En  el  trazado  Madrid-Pamplona-Alduides  la  pendiente  o  rampa 
máxima  sería  de  20  milésimas  entre  los  dos  primeros  puntos,  y  de  25  entre 
los  últimos.  Mientras  que  en  el  Madrid-Burgos-Irún  la  máxima  sería  de  16 
milésimas  en  Somosierra.  (La  actual  línea  del  Norte  no  pasa  de  las  20  mi- 


140  REVISTA  CIENTÍFICA 

lésimas  en  el  Guadarrama.)  Es  digno  de  notarse  lo  anterior,  porque  si  a 
una  velocidad  de  46  kilómetros  por  hora  se  pueden  transportar  70  u  80 
vagones  con  rampa  de  8  a  10  milésimas,  lo  cual  supone  una  carga  total 
de  910  toneladas;  queda  reducido  a  60  el  número  de  vagones  en  una  ram- 
pa de  11  a  19  milésimas,  y  a  50  en  rampa  de  20  a  25  milésimas,  con  lo  que 
la  carga  transportada  es  solamente  de  650  toneladas.  La  limitación  que  su- 
ponen las  fuertes  pendientes  es  muy  considerable,  y  esto  ocasiona  compli- 
caciones y  gastos  excesivos  en  la  explotación.  En  materia  ferroviaria  la 
distancia  más  corta  entre  dos  puntos,  no  es  la  línea  recta,  sino  la  que  es  de 
longitud  virtual  más  reducida.  Teniendo  esto  en  cuenta  creemos  que  no 
tiene  gran  importancia  la  diferencia  total  de  43  kilómetros  a  favor  del  tra- 
zado Madrid-Pamplona-Alduides,  por  tener  a  su  favor  el  otro  trazado  la 
diferencia  de  rampa,  y  además  porque  podría  utilizarse  la  actual  línea  con 
alguna  modificación  desde  Burgos  a  írún,  lo  cual  supondría  una  reversión 
anticipada  al  Estado,  y,  por  otra  parte,  los  gastos  serían  mucho  menores 
por  estar  asegurado  ya  el  interés,  tratándose  de  una  línea  que  tiene  tráfico 
nacional  e  internacional. 

Véase  lo  que  sobre  la  velocidad  que  pueden  alcanzar  los  trenes  de  via- 
jeros en  la  línea  Madrid-Burgos-Irún,  dice  la  Instancia  presentada  recien- 
temente al  señor  ministro  de  Fomento  por  las  Diputaciones  y  Ayuntamien- 
tos de  Burgos,  Santander,  Vitoria,  Bilbao  y  Segovia: 

«Entre  Burgos  y  Hendaya,  redondeando  las  cifras  por  exceso,  hay  86 
kilómetros  en  que  las  pendientes  o  rampas  no  alcanzan  el  valor  de  3  milé- 
simas; 57  kilómetros,  en  los  que  la  pendiente  o  rampa  es  de  3  a  6  milési- 
mas; 98  kilómetros,  en  los  que  está  comprendida  entre  6  y  10,  y  34,  en  que 
exceden  de  10  y  no  llegan  en  ningún  caso  a  16  milésimas. 

En  el  Génie  Civil  de  4  de  Enero  de  1919  se  encuentran  los  siguientes 
datos,  en  un  artículo  referente  a  la  electrificación  de  las  líneas  del  Midi 
francés:  expresos  de  960  toneladas  circulan  a  la  velocidad  sostenida  de 
40  kilómetros  por  hora  en  rampas  de  29  mm.;  en  rampas  de  25  mm.,  a  50 
kilómetros  por  hora;  en  rampas  de  10  mm.,  pasa  de  70  kilómetros  por 
hora  (tracción  de  vapor). 

El  expreso  de  Loetsberg  (Suiza),  con  tracción  eléctrica,  tiene  de  veloci- 
dad efectiva  53  kilómetros  con  rampas  de  29  mm.,  curvas  de  radios  me- 
nores de  300  mm.  y  con  un  túnel  de  divisoria  de  14  kilómetros.  La  loco- 
motora eléctrica  supone  una  ganancia  del  40  al  50  por  100  en  la  velocidad 
sóbrela  de  vapor  y  queda  reducida  al  20  por  100  la  ganancia  en  las  curvas. 


REVISTA  CIENTÍFICA  141 

Conocidos  estos  datos,  estimamos  muy  prudente  admitir  las  siguientes 
velocidades  susceptibles  de  desarrollarse  por  la  tracción  de  vapor:  100  ki- 
lómetros por  hora,  en  las  rampas  o  pendientes  comprendidas  entre  3  y  6; 
70  kilómetros  por  hora,  en  las  que  lo  están  entre  6  y  10,  y  60  kilómetros 
en  Jas  que  son  superiores  a  10  e  inferiores  a  16,  límite  superior. 

Aplicando  estos  valores  al  trayecto  Burgos-Hendaya,  resulta  como 
tiempo  preciso  para  el  recorrido  sin  paradas  3  horas  32  minutos.  Este 
tiempo  está  exagerado  notablemente,  porque  las  pendientes  se  han  igua- 
lado a  las  rampas  a  fin  de  obtener  una  sola  cifra  para  los  dos  sentidos,  y 
es  claro  que,  aun  teniendo  en  cuenta  el  sentido  más  desfavorable  Hen- 
daya-Burgos,  hay  una  bajada  de  Vitoria  a  Miranda  que  se  ha  considerado 
como  rampa. 

Construyendo  la  línea  Burgos-Madrid  con  pendientes  menores  de  10 
milésimas,  se  puede  dircular  con  una  velocidad  efectiva  de  90  kilómetros 
por  hora,  aún  inferior  a  la  de  los  expresos  París-Calais  (tracción  de  vapor), 
y,  por  tanto,  se  tardaría  solamente  2  horas  y  36  minutos  sin  paradas,  y  con 
la  velocidad  más  moderada  de  80  kilómetros  por  hora  no  se  tardaría  más 
que  2,58  minutos. 

En  el  primer  caso,  el  recorrido  total  Madrid-Hendaya  se  haría  en 
6  horas  y  8  minutos,  y  en  el  segundo,  en  6  horas  y  30  minutos,  sin  contar 
las  paradas. 

Estas  en  los  trenes  internacionales  podrían  ser:  1  minuto  en  Aranda, 
2  minutos  en  Burgos,  1  minuto  en  Miranda,  2  minutos  en  Vitoria  (empal- 
me de  Bilbao),  1  minuto  en  Alsasua  (empalme  de  Navarra)  y  2  minutos 
en  San  Sebastián.  En  total,  9  minutos,  y  contando  el  doble  para  tener  en 
cuenta  el  tiempo  perdido  al  frenar  y  al  arrancar,  resultan  18  minutos,  que, 
si  se  agregan  a  lo  obtenido  antes,  dan  6  horas  y  26  minutos,  si  el  trayecto 
Madrid-Burgos  se  hace  a  90  kilómetros  por  hora,  y  6  horas  y  48  minutos 
en  el  segundo  caso;  en  ambos  el  tiempo  empleado  en  el  recorrido  Madrid- 
París  sería  menor  por  Hendaya  que  por  los  Alduides,  por  dos  razones: 
primera,  por  ser  menor  el  tiempo  empleado  en  la  sección  Madrid-Henda- 
ya, que  en  la  de  Madrid-Alduides,  y  segunda,  por  ser  la  distancia  Hendaya- 
París  22  kilómetros  más  corta  que  la  de  Alduides-París. 

Esto  podría  conseguirse  empleando  la  tracción  de  vapor;  con  la  eléc- 
trica aún  podría  mejorarse  la  ganancia  en  tiempo  por  las  razones  dichas. 
Conviene  insistir  en  que  los  límites  de  velocidad  admitidos  son  inferiores 
a  los  que  pueden  conseguirse  en  la  realidad, 


142  REVISTA  CIENTÍFICA 

La  velocidad  media  entre  Madrid  y  Hendaya  sería  de  76,40  kilómetros 
por  hora,  y  este  resultado  se  puede  alcanzar  haciendo  la  doble  vía  entre 
Alsasua  y  Miranda,  reformando  ésta  en  algunos  puntos,  estableciendo  un 
buen  sistema  de  señales  y  enclavamientos  y  ejecutando  los  demás  perfec- 
cionamientos que  son  corrientes  en  las  grandes  líneas  del  Extranjero.» 

Ahora  bien;  ¿quién  no  ve  la  diferencia  radical  que  existe  comercial- 
mente  en  las  zonas  que  abarca  cada  uno  de  los  proyectos?  Si  el  nuevo 
ferrocarril  se  traza  por  Madrid-Pamplona-Alduides,  toda  la  parte  Norte 
desde  el  centro  al  Oeste  queda  a  una  gran  distancia,  con  grave  perjuicio 
de  sus  zonas  respectivas.  Los  puertos  de  Bilbao  y  Santander,  la  cuenca 
carbonífera  de  Asturias,  etc.,  etc.,  se  creerían  postergadas,  siendo  como  es 
sencillo  y  hasta  ventajoso  para  el  proyecto  la  aproximación  a  esas  fuentes 
de  riqueza  que  redundan  en  beneficio  de  toda  la  nación,  y  ya  hemos  visto 
que  la  diferencia  del  recorrido  es  poco  mayor;  en  cambio,  la  velocidad 
puede  y  debe  ser  mayor  en  el  trazado  Madrid-Burgos-Irún  por  la  diferen- 
cia de  rampa. 

Desde  los  grandes  centros  comerciales  e  industriales  fácilmente  se 
construirían  los  ramales  de  empalme  con  la  línea  general,  aprovechando 
los  ya  existentes  y  atendiendo  a  las  necesidades  de  cada  zona,  de  lo  que 
resultaría  un  plan  completo  y  uniforme  y  muy  adaptado  a  las  convenien- 
cias nacionales. 

Mas  si  llega  a  realizarse  el  trazado  de  la  nueva  línea  con  el  ancho 
europeo,  constituirá  una  zona  privilegiada  de  Norte  a  Sur,  donde  las 
industrias  tendrán  favorables  condiciones  de  prosperidad  que  aún  podrían 
ser  mejoradas  por  los  extranjeros  con  rebajas  de  tarifas  en  Francia  y  otros 
países,  y  que  arruinarían  a  las  otras  industrias  del  litoral  y  centro  de  Es- 
paña. La  gran  facilidad  con  que  los  extranjeros  podrían  instalar  explota- 
ciones de  toda  clase  convertiría  dicha  zona  en  algo  exótico  que  lentamente 
se  iría  diferenciando  del  resto  de  la  nación. 

El  nuevo  ferrocarril  no  debe  ser  una  servidumbre  para  España.  Bien 
está  que  se  den  toda  clase  de  facilidades  a  los  extraños  y  que  se  contribuya 
ai  progreso  internacional  con  toda  la  ayuda  que  permitan  nuestros  elemen- 
tos disponibles;  pero  ha  de  ser  siempre  con  la  mira  puesta  en  el  interés  de 
la  nación,  que  no  es  incompatible  con  el  mundial. 

P,  L  Cortázar. 


bibliografía 


Ética  general,  por  Prudencio  J.  Conde,  canónigo  magistral  de  la  Catedral  de 
Badajoz.— Tomo  I.— Un  volumen  de  XII-546  páginas.  —  Luis  Gilí,  librero- 
editor,  Claris,  82,  Barcelona.  1917. 

Ética  especial,  por  el  mismo  autor.  —  Un  volumen,  de  VIII-358  páginas.— 
Badajoz,  tip.  de  Uceóla  Hermanos,  F.  Pizarro,  núm.  11.  1916. 

Se  propuso  el  autor  escribir  una  Ética  que,  según  nos  dice  él  mismo, 
sirviera  de  texto  en  la  segunda  enseñanza  y  a  la  vez  fuera  «un  trabajo  su- 
ficientemente amplio  para  vulgarizar  aquellas  cuestiones  morales  de  sumo 
y  palpitante  interés>;  pero,  como  no  es  cosa  fácil  unir  esas  dos  tendencias 
en  una  misma  obra,  el  segundo  punto  de  vista  es  el  que  principalmente  ha 
adoptado  el  autor  en  la  suya. 

Dado  el  carácter  de  la  obra,  creemos  que  no  es  necesario  indicar  mi- 
nuciosamente el  conjunto  de  materias  que  la  completan,  pues,  como  es 
natural,  los  asuntos  tratados  coinciden  en  cuanto  al  fondo  con  los  de 
aquellas  otras  obras  de  índole  parecida;  pero  hemos  de  advertir,  en  justa 
alabanza  del  autor,  que  sin  perder  de  vista  los  principios  inconmovibles 
de  la  filosofía  escolástico-tomista,  sobre  los  cuales  apoya  sus  principales  ra- 
zonamientos, ha  sabido  presentarlos  con  tal  originalidad,  tal  acierto  en  la 
exposición,  revestida  de  ese  aspecto  nuevo  que  tanto  se  aprecia  en  las  pre- 
sentes circunstancias,  tal  fuerza  en  la  argumentación  y,  sobre  todo,  tal 
abundancia  de  datos,  que  esta  obra  puede  entrar  de  lleno  en  las  corrientes 
del  pensamiento  moderno,  satisfaciendo  perfectamente  a  las  condiciones 
más  exigentes.  Pone,  además,  el  plausible  empeño  de  escoger,  entre  las 
muchas  teorías  que  han  tratado  de  resolver  el  problema  moral,  aquellas 
que  son  más  dignas  de  tenerse  en  cuenta,  ya  por  su  valor  intrínseco,  ya 
principalmente  por  la  mayor  influencia  que  ejercen,  o  la  extensión  del  do- 
minio que  han  logrado  alcanzar  en  las  controversias  actuales,  estudiando 
y  rebatiendo  de  un  modo  especial  al  evolucionismo,  según  las  diversas 
tendencias  de  Darwin  y  Spencer,  no  sin  haber  expuesto  y  refutado  antes 
el  origen  de  las  costumbres  y  otros  conceptos  que  S.  Reinach  explica 
por  medió  de  los  iabús,  así  como  también  hace  lo  mismo  respecto  al  error 


144  BIBLIOGRAFÍA 

de  la  escuela  sociológica  de  Durkheim.  Cuestiones  muy  bien  tratadas  son 
las  referentes  al  determinismo  e  indeterminismo,  imputabilidad  y  respon- 
sabilidad, juntamente  con  las  del  trabajo,  la  propiedad  y  doctrinas  sus- 
tentadas por  el  socialismo,  comunismo,  etc.,  acerca  de  estos  puntos  de 
actualidad. 

Es  muy  de  sentir  el  que,  a  pesar  de  la  mucha  importancia  y  grande  in- 
terés que  despiertan  hoy  día  las  numerosas  cuestiones  sociales  que  perte- 
necen por  completo  a  la  Ética,  sea,  sin  embargo,  esta  rama  de  la  filosofía, 
una  de  las  que  menos  producciones,  de  verdadero  valor,  presenta  nuestra 
patria  en  los  tiempos  actuales,  siendo  de  desear  que  se  fomenten  más  y 
más  tales  estudios,  en  los  que  se  desarrollen,  conforme  las  circunstancias 
presentes  lo  exigen,  los  verdaderos  principios  y  doctrinas  saludables  con 
los  cuales  hay  que  dar  la  batalla  a  tantos  y  tan  variables  errores.  La  Ética 
del  Sr.  Conde  rompe  esa  especie  de  silencio  a  que  hemos  aludido,  suple 
deficiencias  y  puede  ser  para  muchos  un  gran  aliciente  que  les  estimule  a 
la  producción  de  obras  sólidas  en  las  que  se  hallen  expuestos  los  funda- 
mentos verdaderos  de  la  moral  y  del  derecho  tan  necesarios  para  la  acer- 
tada solución  de  las  muchas  cuestiones  prácticas  que  se  presentan. — 
f.  Sánchez. 


Epitome  Compendii  Theologiae  Moralis.  —  P.  Joannis  B.  Ferrares,  S.  J.— 
Juxta  nonam  editionem,  secundam  post  Codicem.  —  Eugenias  Subirana, 
Pontif.  Editor,  Barcinone.  1918.— Volumen  de  628  páginas. 

La  obrita  que  anunciamos  constituye,  bajo  todos  los  aspectos,  un  nue- 
vo éxito  del  sabio  P.  Ferreres.  A  pocos  autores  puede  aplicarse  con  más 
propiedad  el  calificativo  de  oportunos.  El  clero  todo  no  puede  por  menos 
de  profesarle  intensa  y  franca  simpatía  por  el  inapreciable  servicio  que  les 
presta  con  las  diversas  ediciones  de  su  Compendio  de  Teología  Moral,  y 
los  numerosos  compendios  y  resúmenes  de  estudios  canónico-litúrgicos, 
hechos  adrem  y  con  todas  las  ventajas  de  la  claridad  y  la  actualidad. 

A  esta  clase  pertenece  el  presente  libro,  verdadero  Manual  de  bolsillo 
para  el  sacerdote,  del  que  puede  servirse,  por  lo  mismo,  con  suma  facili- 
dad para  recordar  y  resolver  en  un  momento  preciso  cualquier  duda  que 
le  sobrevenga,  consultando  por  el  índice  alfabético  de  materias. 

En  la  exposición  de  la  doctrina  y  en  la  resolución  de  las  respectivas 
cuestiones  se  acomoda  en  todo,  como  puede  suponerse,  a  las  prescripcio- 
nes del  nuevo  Código  del  Derecho  Canónico,  y  en  lo  relacionado  con 
el  Derecho  civil  cita  oportunamente  los  códigos  español  y  los  de  las  na- 
ciones hispanoamericanas.  Todo  ello,  más  los  apéndices  y  notas  explica- 


BIBLIOGRAFÍA  1 45 

livas,  avaloran  sobremanera  el  mérito  de  esta  hermosa  obra,  primorosa- 
mente editada  por  el  afamado  librero  pontificio  Eugenio  Subirana  y  digna 
de  toda  recomendación.— P.  V.  Menéndez. 


De  la  acción  social.— Los  Sindicatos  de  Obreros,  por  M.  Arboleya  Martí- 
nez.—I.  Las  euménides  del  proletariado.— II.  Remedios  que  no  lo  son.— 
III.  Dónde  está  el  remedio.— Un  vol.,  de  13  V-  X  21  cm.,  de  32  págs.— 
Luis  Gili,  editor;  Claris,  82,  Barcelona. 

De  nuevo  ha  puesto  sobre  el  tapete  el  Sr.  Arboleya  la  candente  cues- 
tión de  los  Sindicatos,  estudiándolos  en  su  naturaleza  y  apremiante  nece- 
sidad práctica,  como  arma  de  dos  filos  para  combatir  el  peligro  socialista 
y  organizar  las  fuerzas  del  proletariado  católico  y  lanzarle  a  la  conquista 
y  reivindicación  de  sus  legítimos  derechos. 

Para  llegar  a  esa  conclusión  divide  su  estudie  en  tres  partes.  En  la  pri- 
mera pone  al  descubierto  las  hediondeces  del  agitador  socialista,  con  su 
carencia  de  ideas,  sus  procedimientos  salvajes,  su  sectarismo  monomania- 
co, cristalizado  en  la  lucha«de  clases,  verdadero  disolvente  de  la  solidaridad 
hismana.  El  cuadro  resulta  acabado,  magistral  y  repugnante  para  toda  alma 
noble. 

En  la  parte  segunda  examina  algunos  de  los  remedios  propugnados 
por  sociólogos  incompetentes,  y  los  rechaza  por  inadaptables  al  medio 
obrero,  y  por  lo  mismo  como  insuficientes  e  ineficaces.  Así  son,  según  el 
Sr.  Arboleya,  la  escuela,  las  obras  de  beneficencia  y  caridad,  las  alianzas 
o  compadrazgos  entre  patronos  y  maneurs  socialistas,  la  predicación  de  la 
divina  palabra...  El  docto  sociólogo  fustiga  las  candideces  de  los  patroci- 
nadores de  esos  remedios  sociales  con  frase  dura,  con  despectiva  ironía, 
con  una  conmiseración  rayana  en  el  olímpico  desprecio.  Creo  que  no  es 
prudente  seguir  esa  conducta.  La  divergencia  de  ideas  no  autoriza  ciertos 
desahogos. 

La  tercera  y  última  parte,  la  más  interesante  y  provechosa,  está  dedi- 
cada a  poner  de  relieve  la  necesidad  inaplazable  de  fundar  Sindicatos 
católicos  puramente  obreros,  para  inmunizar  a  la  clase  trabajadora  contra 
la  propaganda  socialista.,.  Ese  Sindicato,  defensor  de  los  intereses  y  dere- 
chos del  obrero  contra  el  patrono,  contra  la  sociedad,  contra  los  atropellos 
de  las  organizaciones  socialistas,  es  el  Sindicato  Católico,  que  es:  «una 
sociedad  de  trabajadores  pertenecientes  a  la  misma  o  a  similares  profesio- 
nes, que  se  juntan  para  estudiar,  defender  y  mejorar  sus  intereses  de  todo 
género,  y  particularmente  los  intereses  económicos  que  les  son  comunes, 


146  BIBLIOGRAFÍA 

sin  salirse  para  ello  de  los  dogmas  y  preceptos  de  la  Religión  y  de  la  Moral 
católicas». 

El  Sr.  Arboleya  es  decidido  partidario  de  esa  clase  de  Sindicatos,  los 
considera  cual  reconstituyente  social  de  poderosa  eficacia  para  la  solución 
del  problema  obrero.  Seguros  estamos  de  que  nadie  regateará  a  nuestro 
escritor  competencia  científica  en  esta  clase  de  lides  literarias,  y  lo  que  más 
vale,  estudio  directo  del  asunto  en  su  labor  social,  aplicando  estas  doctri- 
nas a  la  vida  real  de  la  clase  obrera,  recogiendo  sus  anhelos,  oyendo  sus 
quejas  y  reivindicaciones  y  encauzando  todas  sus  aspiraciones  para  darlas 
solución  acertada  dentro  del  Sindicato  católico.  Es  decir,  que  el  Sr.  Arbo- 
leya ha  comprobado  sus  afirmaciones  con  el  argumento  irrebatible  de  la 
experiencia.  Su  conclusión  nos  parece  un  acierto  y  está  pidiendo  a  grito 
herido  obreros,  propagandistas,  apóstoles  que  establezcan  Sindicatos  cató- 
licos en  la  ciudad  y  en  el  campo,  en  los  centros  de  la  industria  y  el  comer- 
cio, que  organicen  en  suma  al  proletariado  en  Sindicatos  conscientes, 
vigorosos  dentro  de  las  doctrinas  del  Catolicismo.  Es,  a  nuestro  juicio,  la 
más  apremiante  necesidad  como  solución  inmediata  provisional  del  magno 
problema  obrero. 

Decimos  provisional  (con  toda  la  timidez  de  un  discípulo  deseoso  de 
aprender),  porque  el  Sindicato,  por  excelente  que  sea,  lleva  en  su  consti- 
tución íntima  un  principio  de  lucha  que  no  puede  ser  base  permanente  de 
estabilidad  social.  Hoy  por  hoy,  teniendo  en  cuenta  las  violaciones  come- 
tidas por  el  liberalismo  económico,  el  aislamiento  del  obrero  y  los  atrope- 
llos del  cerril  socialismo,  quizá  sea  el  Sindicato  la  única  organización  que 
responda  a  la  psicología  de  la  clase  obrera,  pero  sólo  como  solución  pro- 
visional,  porque  el  ideal  cristiano  establece  por  fundamento  del  orden,  no 
la  lucha,  sino  la  armonía  social  (1). 

Creo  que  no  se  debiera  perder  de  vista  esa  tesis  cristiana,  aun  en  el 
caso  de  señalar  los  medios  de  evitar  los  obstáculos  que  impiden  su  pací- 
fico reinado.  Con  este  insignificante  reparo,  nos  parece  de  perlas  el  folleto 
del  Sr.  Arboleya,  y  deseamos  que  adquiera  su  difusión  grandes  proporcio- 
nes, porque  esperamos  de  su  lectura  copiosos  frutos  de  bendición  para  la 
religión  y  la  patria. — P.  L.  Conde. 


(1)  El  eminentísimo  Cardenal  Primado  consigna  este  pensamiento  en  fa- 
mosa Carta  Pastoral,  yüs//c/fl  y  Caridad  en  la  organización  cristiana  del  trabajo, 
con  estas  palabras:  «Si  no  se  puede  satisfacer  el  ideal,  que  es  la  unión  en  una 
misma  entidad  de  todos  los  elementos  productores,  deberán  constituirse 
urgentemente  Asociaciones  profesionales  sólo  con  obreros,  porque  es  la  clase 
más  numerosa  y  desvalida,  porque  sufren  privaciones  crueles,  porque  están 
expuestos  a  perder  sus  cuerpos  y  sus  almas,  y  el  remedio  de  tanto  daño  no 
sufre  aplazamiento  por  parte  de  la  Iglesia.» 


BIBLIOGRAFÍA  147 

San  Francisco  de  Asís  y  el  Jubileo  de  la  Porciúncula.  Método  práctico  para 
ganar  esta  indulgencia,  por  D.  Cipriano  Nievas,  Párroco  del  Real  Sitio  de  Ei 
Escorial.  — Madrid,  1919.— Un  volumen  en  16."  m.  de  72  páginas. 

He  aquí  un  librito  de  piedad  que  las  almas  devotas  leerán  seguramen- 
te con  mucho  gusto  y  no  menor  aprovechamiento  espiritual..  El  tema  no 
puede  ser  más  interesante  y  atractivo,  y  su  desarrollo  nada  deja  que  desear. 

Tras  de  breves  palabras  sobre  la  necesidad  de  la  caridad,  el  culto  y  ce- 
loso párroco  del  Escorial  traza  con  cuatro  pinceladas  de  mano  maestra  la 
excelsa  figura  del  Serafín  de  Asís;  narra  luego  la  historia  del  Jubileo  de  la 
Porciúncula;  desde  su  origen  hasta  nuestros  días,  y  termina  exponiendo 
los  requisitos  que  hay  que  cumplir  para  ganarle,  y  resolviendo  cuantas  du- 
das y  dificultades  pueden  presentarse  acerca  del  particular.  Y  para  que 
nada  falte,  añade  al  fin  un  breve  formulario  de  las  oraciones  que  han  de 
rezarse  para  aplicar  el  dicho  Jubileo. 

En  menos  páginas  no  se  puede  condensar  mejor  todo  lo  referente  al 
Jubileo  de  la  Porciúncula.  La  sencillez,  claridad  y  galanura  de  estilo  con 
que  está  escrito,  realzan  el  mérito  de  este  libro  y  hacen  agradable  su  lec- 
tura. Nuestra  enhorabuena  a  su  docto  autor. — M.  R. 


CRÓNICA  GENERAL 


Madrid-Escorial,  15  de  Julio  de  1919. 

ROMA 

Han  fantaseado  no  poco  los  periódicos  sobre  los  resultados  de  la  mi- 
sión encomendada  por  Su  Santidad  a  monseñor  Cerreti  en  París,  dándole 
por  lo  general  excesivo  alcance.  Desde  luego  se  sabe  que  la  gestión  prin- 
cipal se  refería  a  la  modificación  de  ciertos  artículos  del  tratado  de  paz  que 
lesionaban  los  derechos  de  la  Iglesia  en  las  misiones  católicas,  y  se  sabe 
también  que  se  obtuvo  la  modificación  de  mayor  o  menor  importancia. 
De  ello  habló  Su  Santidad  Benedicto  XV  en  la  alocución  del  Consistorio 
secreto  de  3  de  Julio,  diciendo  entre  otras  cosas: 

«No  pasaremos  en  silencio  las  solicitudes  que  recientemente  Nos  recla- 
maron los  intereses  de  las  misiones  católicas.  Habiendo  sabido,  en  efecto, 
que  en  la  Conferencia  de  Versalles  para  la  paz  se  habían  tomado  ciertas 
disposiciones,  por  las  cuales  parecían  no  haber  quedado  garantidos  los 
derechos  de  la  predicación  evangélica,  Nos  hubimos  de  dirigirnos  con 
confianza  a  los  miembros  de  aquel  Consejo,  rogándoles  que  tuvieran  a 
bien  examinar  este  asunto  con  cuidado.  Nos  enviamos  en  Nuestro  nom- 
bre a  un  eminente  Prelado  de  la  Curia  romana  con  la  misión  de  defender 
estos  derechos  en  la  medida  de  lo  posible.  Hoy  Nos  es  agradable  poder 
anunciaros  que  los  del  Consejo,  después  de  haber  examinado  con  aten- 
ción Nuestros  requerimientos,  les  han  dado  satisfacción  en  gran  parte. 
Así  también  amaños  Nos  esperar  que  una  equidad  semejante  les  guiará 
en  la  ejecución  de  sus  decisiones.  La  religión  católica  está  en  ese  asunto 
interesada,  al  mismo  tiempo  que  la  civilzación  y  la  Humanidad. 

»Y  puesto  que  las  hostilidades  han  cesado  por  fin.  Nos  elevamos 
humildemente  Nuestros  votos  a  la  divina  Providencia  de  que  sea  supri- 
mido el  bloqueo  marítimo,  que  entraña  para  una  multitud  tan  grande  el 
hambre  y  toda  suerte  de  privaciones,  de  que  todos  los  prisioneros  de  gue- 
rra sean  libertados  inmediatamente  y  que,  en  fin,  los  individuos  y  los  pue- 


CRÓNICA  GENERAl^  149 

blos,  enemigos  hasta  ahora,  se  unan  de  nuevo  entre  ellos  por  los  lazos  de 
la  caridad  cristiana  que  Nos  no  cesamos  de  inculcar  y  sin  la  que  todo  tra- 
tado de  paz  sería  vano.» 

—El  día  21  de  Junio  tuvo  lugar  en  la  villa  de  Ostia,  santificada  por  la 
memoria  de  Santa  Mónica  y  San  Agustín,  la  colocación  de  la  primera  pie- 
dra de  la  iglesia  dedicada  a  Nuestra  Señora  de  la  Paz,  Regina  PaciSj  que 
habrá  de  levantarse  por  suscripción  de  todos  los  católicos  del  mundo. 
La  iniciativa  pertenece  al  eminentísimo  Cardenal  Vannutelli,  decano  del 
Sagrado  Colegio  y  Obispo  de  Ostia,  y  la  suscripción  fué  encabezada  con 
100.000  liras  por  Su  Santidad  Benedicto  XV,  que  ha  confiado  la  posesión 
del  proyectado  monumento  a  la  Orden  Agustiniana. 

Intervino  en  la  ceremonia  un  representante  del  Municipio  romano, 
M.  Orlando,  que  hizo  la  siguiente  declaración  oficial:  «En  nombre  del  al- 
calde de  Roma,  declaro  que,  al  colocar  la  primera  piedra  angular  de  este 
nuevo  templo,  la  villa  de  Nueva  Ostia  queda  fundada.» 

Pronunció  también  un  discurso  de  suma  inspiración  el  Reverendísi- 
mo P.  O'Gorman,  Comisario  general  de  la  Orden  Agustiniana,  después 
del  cual  habló  el  Emmo.  Cardenal  Vannutelli,  quien,  según  leemos  en  La 
Croix,  de  París,  tuvo  delicadas  frases  de  agradecimiento  para  el  celo  de  los 
Padres  Agustinos,  para  el  concurso  del  Círculo  de  la  Inmaculada  y  para 
la  generosidad  del  Municipio  romano  que  había  donado  el  terreno  en  que 
había  de  construirse  la  iglesia.  «La  administración— dijo  el  insigne  purpu- 
rado— ha  comprendido  cuan  justo  y  oportuno  es  que  una  ciudad  nueva, 
al  levantarse  en  las  plácidas  playas  tirrenas  ostente  en  su  centro  la  Casa  de 
Dios.  En  una  capilla  especial  de  esta  iglesia  será  ofrecido  todos  los  días  el 
sacrificio  propiciatorio  por  las  víctimas  de  la  guerra.»  El  eminentísimo  ora- 
dor expresó  conmovido  el  deseo  de  que  en  las  oraciones  y  súplicas  ofre- 
cidas a  Dios  en  el  nuevo  templo,  no  fuesen  olvidadas  las  almas  de  los  dos 
hermanos  (^Emmos.  Serafín  y  Vicente  Vannutelli)  sucesivamente  decanos 
del  Sagrado  Colegio  que  contribuyeron  a  la  erección  de  la  iglesia  Regina 
Pacis,  Terminó  con  un  elocuente  homenaje  a  Benedicto  XV,  que  en  sus 
desvelos  por  una  paz  justa  y  duradera  nunca  olvidó  el  puerto  de  Ostia  y 
quiso  que  fuese  dedicado  a  la  Virgen  Regina  Pacis. 

«El  Cardenal  Vannutelli— añade  el  citado  periódico— ha  hecho  un  lla- 
mamiento a  la  piedad  internacional  para  que  concurra  a  la  erección  de  este 
santuario,  habiendo  respondido  ya  Portugal,  Inglaterra,  Irlanda,  Malta  y 
ios  Estados  Unidos.» 

— En  cuanto  a  las  relaciones  de  los  Estados  con  la  Santa  Sede,  se  habla 
de  que  no  sería  difícil  el  establecimiento  de  una  representación  diplomática 
por  parte  del  Gobierno  de  Berlín,  además  de  mantenerse  la  Nunciatura  de 


150  CRÓNICA  GENERAL. 

Baviera.  Y  en  cuanto  a  Francia,  el  ministro  de  Negocios  Extranjeros,  mon- 
sieur  Pichón  acaba  de  dar  una  nota,  que  es  un  verdadero  desafío  a  la  opi- 
nión del  país.  Con  referencia  a  esa  actitud  del  Gobierno  Clemenceau  y  la 
que  se  atribuye  al  de  Italia,  dice  VAction  Frangaise: 

«Monsieur  Pichón,  en  nombre  del  Gobierno  francés,  ha  arrojado  lejos 
de  sí  como  una  idea  humillante  el  proyecto  de  reanudar  las  relaciones  diplo- 
máticas con  la  Santa  Sede.  En  vano  había  presentado  M.  de  Monzie  las  ra- 
zones de  interés  nacional  y  de  buen  sentido  que  militan  en  favor  de  «la  polí- 
tica religiosa  de  los  incrédulos».  ¿Y  si  esta  política  desechada  por  el  Gobier- 
no de  la  República,  aunque  la  practique  la  protestante  Inglaterra,  estuviera 
a  punto  de  ser  adoptada  por  un  Estado  menos  dogmático  que  el  francés  y 
que,  como  éste,  no  conoce  tampoco  al  Papa?  Raramente  se  habla  con  un 
italiano  que  no  pregunte  éste  en  un  momento  determinado:  — ¿Qué  hará 
Francia  respecto  al  Vaticano?  —¿Y  vosotros?— se  le  responde.— Porque 
hace  ya  mucho  tiempo  que  flota  en  el  aire  la  idea  de  aproximación,  y  que 
se  atribuye  al  Sr.  Nitti,  cuya  hora  ha  llegado,  proyectos  de  inteligencia  di- 
recta para  terminar  de  una  vez  con  la  anormalidad  inaudita  de  dos  pode- 
res que  habitan  juntos  y  a  la  vez  se  desconocen.  No  sabemos  si  el  Sr.  Nitti 
primer  ministro,  pensará  igual  que  el  Sr.  Nitti  candidato  a  la  presidencia 
del  Consejo.  Tampoco  sabemos  la  acogida  que  observaría  el  Vaticano  ala 
apertura  de  las  negociaciones.  Lo  indudable  es  que  si  hay  un  Estado  a 
quien  puedan  ser  difíciles  los  primeros  pasos  para  una  aproximación  con 
el  Papa,  este  Estado  es  Italia.  Con  distinta  energía,  es  verdad,  pero  sin 
ceder  en  cuanto  a  los  principios,  cuatro  pontificados  han  protestado  sin 
cesar  desde  el  22  de  Septiembre  de  1870.  Con  una  paciencia  fundada  en 
la  eternidad  de  sus  derechos,  la  Iglesia  ha  esperado.  Ahora  las  cosas  han 
cambiado;  si  el  Gobierno  italiano  fuera  más  hábil  que  el  francés  para  ha- 
blar con  la  Santa  Sede  por  medio  de  la  diplomacia  secreta,  hay  situaciones 
que  exigen  remedios  heroicos  y  medios  extraordinarios.» 


EXTRANJERO 

Marcharon  los  supremos  directores  de  la  Conferencia  de  París  para  pre- 
sentar en  sus  respectivos  Parlamentos  el  tratado  de  paz  de  Versalles,  y  se  les 
recibió,  por  lo  general,  entre  grandes  manifestaciones  de  alegría.  A  Mr.  Cle- 
menceau tributó  la  Cámara  francesa  indescriptible  ovación.  Para  recibir  a 
Mr.  Wilson,  que  regresaba  a  su  país  en  el  George  Washington,  salió  una  es- 
colta de  cuatro  dreadnougts  y  36  contratorpederos,  a  los  que  se  unieron  des- 
pués 45  navios  de  guerra  norteamericanos,  y  al  desembarcar  en  Nueva  York 


CRÓNICA  GENERAL  151 

se  le  aclamó  por  una  multitud  inmensa  que  cantó  el  himno  nacional.  El 
presidente  pronunció  un  discurso  en  el  Carnegie-Hall,  y  al  día  siguiente, 
2  de  Julio,  se  trasladó  a  Washington,  donde,  reunidas  las  Cámaras,  dio 
cuenta  Mr.  Wilson  de  su  gestión  en  Europa.  «El  aislamiento  de  los  Esta- 
dos Unidos— dijo  en  su  discurso — cesó  hace  veinte  años,  al  fin  de  la  gue- 
rra con  España.  Está  fuera  de  duda  que  nosotros  no  podemos  dejar  de  ser 
una  gran  potencia;  pero  se  trata  de  saber  si  podemos  rehusar  el  papel  de 
guía  moral  que  nos  ha  sido  ofrecido,  si  debemos  aceptar  o  rechazar  la 
confianza  que  el  universo  nos  concede.  La  guerra  y  la  Conferencia  de  la 
Paz  han  respondido  por  nosotros.»  También  a  Lloyd  Qeorge  se  le  hizo 
una  entusiasta  manifestación  en  la  Cámara  de  los  Comunes.  Todos  los  di- 
putados y  el  público  de  las  tribunas,  puestos  en  pie,  aclamaron  al  primer 
ministro,  entonando  a  continuación  el  himno  nacional.  El  jefe  de  los  libe- 
rales, sir  Donald  Mac  León,  dedicó  al  jefe  del  Gobierno  cariñosas  frases 
de  bienvenida,  y  entonces  el  ministro  habló  sobre  la  importancia  inmensa 
que  tiene  el  tratado  y  anunció  las  declaraciones  que  luego  consigna- 
remos. 

Y  sin  embargo,  el  vino  de  la  paz  sigue  con  mezcla  de  ajenjos,  no  sólo 
para  los  alemanes,  que  ratificaron  ya  el  tratado  en  la  Asamblea  de  Wei- 
mar,  y  que  han  visto  como  consecuencia  levantado  el  bloqueo  y  repatria- 
dos parle  de  sus  prisioneros,  sino  también  para  la  mayor  parte  de  los  paí- 
ses vencedores. 

Para  Italia  sigue  sin  arreglo  la  cuestión  del  Adriático,  y  en  estos  días, 
una  colisión  entre  elementos  italianos  y  franceses  en  Fiume,  ha  sido  causa 
para  que  surgiera  una  campaña  de  invectivas  recíprocas  entre  la  Prensa  de 
uno  y  otro  país. 

En  los  Estados  Unidos,  el  tratado  de  paz,  por  lo  que  se  refiere  a  la 
Liga  de  las  Naciones,  encuentra  fuerte  oposición  en  el  partido  republica- 
no. De  la  Conferencia  de  París  se  ha  retirado  Bratiano,  el  jefe  del  Gobier- 
no de  Rumania,  por  no  creer  satisfechos  los  anhelos  territoriales  de  su  na- 
ción; y  conocida  es  la  actitud  de  la  mayoría  de  los  socialistas  franceses,  de 
ruda  oposición  al  tratado  de  paz,  habiendo  propuesto  como  señal  de  pro- 
testa la  huelga  internacional  de  veinticuatro  horas  para  el  21  de  este  mes. 

Un  periódico  francés  hace  notar  como  una  excepción  odiosa  la  ausen- 
cia del  nombre  de  Dios  en  este  tratado  de  Versalles,  pues  sabido  es  que 
los  más  solemnes  tratados  de  la  Historia,  los  de  Utrechí  y  Westfalia,  se 
firmaron  bajo  el  «nombre  de  la  Santísima  Trinidad»,  y  pregunta:  «¿Por 
qué  se  ha  faltado  en  tal  forma  que  en  esta  página  de  la  historia  de  la  Hu- 
manidad no  se  haya  inscrito  el  nombre  sagrado  de  Aquél  de  quieti  proce- 
de toda  autoridad,  todo  derecho  y  toda  justicia?» 


152  CRÓNICA  GENERAL 

Es  que  el  derecho  y  la  justicia  sin  Dios  van  a  reirse  de  media  Humani- 
dad y  los  frutos  van  a  dar  fe  de  la  savia  del  árbol  de  donde  proceden. 


Discurso  de  Lloyd  George, — Al  presentar  en  la  Cámara  de  los  Comu 
nes  el  proyecto  de  aprobación  del  tratado  de  paz,  Lloyd  George  pronun- 
ció un  discurso  de  gran  importancia  dirigido  a  poner  de  relieve  todas  las 
negruras  de  la  guerra  y  tratando  de  hacer  recaer  todas  las  responsabilida- 
des de  la  misma  sobre  Alemania.  En  el  razonamiento  del  primer  ministro 
inglés  se  nota  el  olvido  de  lo  que  la  Historia  y  la  Geografía  dicen  y  claman 
contra  su  propio  país,  pero  es  natural  el  olvido. 

Los  periódicos  publicaron  la  siguiente  síntesis  de  su  discurso: 

«Yo  no  quiero  disminuir  lo  que  las  condiciones  del  tratado  tienen  de 
terribles:  ¿son  ellas  justas?  Los  territorios  quitados  a  Alemania  constituyen 
simples  restituciones.  Así  Alsacia  y  Lorena,  arrancadas  a  la  patria,  a  la 
cual  son  profundamente  adictos  sus  habitantes  ¿es  una  injusticia  que 
vuelvan  de  nuevo  a  esta  patria?  ¿Y  el  SlesvigHolstein,  este  robo  el  más  vil 
de  los  Hohenzollern  que  despojaron  a  un  pobre  país  sin  defensa  contra 
el  voto  de  sus  poblaciones?  ¿Y  Polonia,  descoyuntada  para  satisfacer  los 
apetitos  insaciables  de  las  autocracias  austríaca,  rusa  y  prusiana?... 

»Yo  nunca  hubiera  creído  que  una  nación  que  se  pretende  civilizada  y 
que  quiere  ostentar  ante  el  mundo  una  refinada  civilización  pudiera  come- 
ter crímenes  tan  monstruosos  como  los  sufridos  durante  la  guerra,  en  los 
que  no  cabe  atenuación  posible. 

»Creo  interpretar  el  sentimiento  de  esta  Cámara  al  manifestar  que  los 
oficiales  y  jefes,  sin  distinción  de  graduaciones,  que  se  hicieron  responsa- 
bles de  estos  delitos,  serán  juzgados,  poniendo  el  Tribunal  sentenciador 
entera  imparcialidad  en  sus  fallos. 

»¿Puede  tacharse  de  injusticia,  además,  que  los  Gobiernos  aliados  traten 
de  impedir  que  Alemania  pueda  aprovecharse,  en  cualquier  forma  que  sea, 
de  las  odiosas  destrucciones  de  herramienta  en  Francia  y  Bélgica?» 

El  orador,  ocupándose  de  las  condiciones  del  tratado,  reta  a  quienquie- 
ra que  sea  a  demostrar  que  los  aliados  no  juzgaron  recta  y  justamente  al 
aplicar  tales  condiciones  a  Alemania. 

«Alemania — añadió — tramó  el  complot  más  espantoso  que  registra  la 
Historia,  no  para  defenderse,  como  hipócritamente  decían  sus  órganos  de 
opinión,  sino  para  engrandecerse  a  costa  del  vecino,  y  no  puede  imaginar- 
se un  crimen  peor.  Si,  por  desgracia,  la  maniobra  de  Alemania  hubiera 
tenido  acierto,  habríamos  visto  implantarse  en  todo  el  universo  el  régimen 


CRÓNICA  GENERAL  153 

de  la  tiranía,  de  la  opresión  y  de  la  injusticia.  Al  dictar  las  condiciones  de 
paz  hemos  querido  restar  a  Alemania  cualquier  deseo  de  volver  a  comen- 
zar sus  quimeras. 

Se  ha  pretendido  también  que  no  debe  ni  puede  castigarse  a  Alemania 
por  crímenes  que  cometieron  sus  gobernantes,  puesto  que  es  notorio  que 
el  pueblo  alemán  agrupóse  entusiásticamente  en  torno  a  su  Gobierno  al 
declarar  éste  la  guerra,  aprobó  el  desarrollo  de  ésta  y  a  buen  seguro  que 
hubiera  aprobado  con  delirante  alegría  la  paz  alemana. 

Necesitábamos,  pues,  como  hecho  esencial,  que  las  condiciones  de  paz 
constituyeran  una  ejemplaridad  saludable,  que  demostrase  a  todos  a  lo  que 
se  expone,  en  caso  de  derrota,  una  nación  que,  sin  provocación  de  nadie, 
se  lance  a  una  guerra  de  agresión  con  las  naciones  vecinas. 

Las  garantías  que  habían  de  exigirse  han  sido  objeto  de  profunda  pre- 
ocupación por  parte  de  cuantos  cooperamos  a  la  redacción  del  tratado; 
pero  estábamos  resueltos  a  concertar  un  escrito  que  no  fuese  un  papel  mo- 
jado, y  por  ello,  el  tratado  prescribió  en  primer  término  el  desarme  de 
Alemania,  para  quitarle  así  los  modos  ofensivos  más  inmediatos.» 

Expuso  a  continuación  Lloyd  Qeorge  el  estatuto  de  las  colonias  por 
el  sistema  de  los  mandatos.  «Estos  mandatos— dijo— aumentan  muchísi- 
mo la  responsabilidad  de  la  Gran  Bretaña:  algo  así  como  800.000  millas 
cuadradas  han  sido  añadidas  a  la  carga  ya  terrible  del  Imperio.» 

Ninguna  de  las  afirmaciones  del  primer  ministro  inglés  tiene  desper- 
dicio, pues  bien  sabido  es  que  jamás  Inglaterra  se  engrandeció  a  costa  de 
los  demás,  ni  formó  complots  de  las  naciones  para  vencer  a  sus  rivales,  ni 
fomentó  la  piratería,  ni  puso  su  planta  sobre  el  cuello  de  pueblos  indepen- 
dientes. Es  lástima  que  Lloyd  George  no  se  acordara  en  aquellos  momen- 
tos de  Irlanda  y  de  Gibraltar. 

El  enjuiciamiento  del  Kaiser  y  los  cómplices  de  la  guerra.— Quisieron 
los  alemanes  enmendar  el  tratado  en  el  sentido  de  que  se  eligiese  un  Tri- 
bunal verdaderamente  internacional  que  juzgase  sobre  los  responsables  de 
la  guerra;  pero  por  lo  visto  los  aliados  temieron  el  juicio  de  los  neutrales  y 
se  negaron  a  la  pretensión  alemana.  Así,  pues,  el  ex  Emperador  alemán 
será  juzgado  por  sus  enemigos  en  Londres,  y  se  dice  que  juntamente  con 
él  serán  juzgados  71  oficiales  de  la  marina  alemana  con  los  almirantes  von 
Tirpitz  y  von  Capelle  a  la  cabeza,  y  además  el  Kronprinz,  el  príncipe  Ru- 
precht  de  Baviera  y  los  generales  von  Mackensen  y  von  Bülow  entre  otros. 

De  las  gestiones  cerca  del  Gobierno  de  Holanda  para  la  extradición 
del  Kaiser,  es  de  lo  que  no  se  sabe  nada  hasta  ahora.  Habrá  primeramente 
de  ser  aprobado  el  tratado  de  paz  en  todos  los  Parlamentos  de  los  aliados, 

11 


154  CRÓNICA  GENERAL 

y  entonces  llegará  la  hora  de  exigir  del  Gobierno  de  Holanda  la  entrega. 
A  propósito  de  este  juicio  singular  escribe  A.  Bunois  en  UHamanité,  de 
París,  reflejando  el  sentir  de  los  socialistas  franceses:  «Cien  años  han  trans- 
currido desde  Waterloo  y  Santa  Elena.  Otra  guerra,  igualmente  sangrien- 
ta que  las  de  la  Revolución  y  del  Imperio,  ha  hecho  de  Europa  un  mata- 
dero. Inglaterra  ha  ganado  esta  guerra,  como  ganó  las  otras.  No  se  creería, 
sin  embargo,  auténticamente  vencedora — esa  Inglaterra  eternamente  pare- 
cida a  sí  misma- si  su  victoria  temporal  no  revistiese  a  los  ojos  del  mun- 
do una  especie  de  significación  mística,  disponiendo  el  castigo  del  venci- 
do. La  Inglaterra  de  Wellington  no  se  satisfizo  con  sujetar  a  Francia,  sino 
que  clavó  a  Napoleón  en  las  duras  rocas  de  Santa  Elena.  Su  victoria 
de  1918  no  le  parecerá  completa  hasta  que  Guillermo  II  sea  juzgado  y 
condenado.  Notemos,  de  paso,  como  signo  de  la  diferencia  de  los  tiempos, 
que  ahora  se  va  a  «juzgar>  a  Guillermo  II,  mientras  que,  para  Napoleón, 
prescindieron  de  toda  ceremonia  judicial. 

En  rigor  de  la  verdad,  no  puede  verse  claramente  en  virtud  de  qué  tex- 
tos jurídicos  llenará  sus  funciones  el  Tribunal  ante  el  cual  debe  compare- 
cer el  Emperador  destronado.  Ni  esos  textos  existen,  ni  aunque  los  redac- 
taran, serían  aplicables.  El  Tribunal,  dirán  algunos,  juzgará  equitativamente, 
Pero  la  equidad,  ¿puede  esperarse  de  jueces  que  en  ese  asunto  no  son  más 
que  los  representantes  del  poder  vencedor,  y  que,  probablemente,  no  ve- 
rán en  el  acusado  más  que  al  enemigo? 

Arbitrariedad  por  arbitrariedad,  venganza  por  venganza,  preferible  es 
la  arbitrariedad  desnuda,  la  venganza  con  la  cara  descubierta.  La  audacia 
de  no  juzgar  a  Bonaparte  no  careció  de  cierta  grandeza.  Obligando  al 
Hohenzollern  a  comparecer  ante  un  Tribunal  de  justicia,  no  hay  más  que 
hipocresía  y  semblante  falso. 

En  ese  debate,  imprudentemente  abierto,  sobre  las  responsabilidades 
de  la  guerra,  debate  inevitable  y  necesario  que  domina  todos  los  demás 
de  la  guerra  y  de  la  paz,  únicamente  los  socialistas,  limpios  de  toda  man- 
cha, tienen  derecho  a  pronunciar  una  sentencia.  Tienen  el  derecho,  y  tam- 
bién el  deber.  Desde  ahora,  cada  partido  socialista  debe  iniciar  el  proceso 
de  las  responsabilidades— pesadas  o  ligeras,  lo  mismo  importa— que  in- 
cumben a  su  Gobierno.  Nuestros  camaradas  de  Rusia  han  constituido  el 
suyo.  El  ejemplo  es  bueno:  es  preciso  seguirlo.  La  Internacional  juzgará 
en  suprema  instancia.  Y  cuando  la  Internacional  haya  hablado,  o  yo  me 
engaño  mucho,  o  lo  que  va  a  pasar  en  Londres  (alude  el  proceso  del  Em- 
perador) no  aparecerá  más  que  como  una  de  las  más  cínicas  comedias  ju- 
diciales de  las  que  la  Historia  está  ya  demasiado  llena. > 

—Por  lo  pronto,  el  ejemplo  del  ex  canciller  alemán  Bethmann  Hollveg 


CRÓNICA  GENERAL  155 

ha  sido  imitado  por  el  mariscal  Hindenburg,  que  en  un  comunicado  al 
presidente  de  la  Asamblea  nacional  de  Weimar  dice  que  se  pone  a  dispo- 
sición de  los  aliados  para  ser  juzgado  en  lugar  del  Kaiser.  «Las  órde- 
nes—dice— dadas  a  las  tropas  alemanas  lo  fueron  por  iniciativa  mía,  y  de 
nadie  más,  pues  e!  Emperador  tenía  depositada  toda  su  absoluta  confian- 
za en  mí;  y  yo  debo  ser  el  responsable,  pero  no  Guillermo  II.  Estoy,  por 
tanto,  a  disposición  del  Gobierno  alemán,  y  a  disposición  también  de  los 
Gobiernos  aliados,  para  que  se  juzguen  mis  actos,  y  no  que  éstos  recaigan 
sobre  quienes  no  son  responsables  de  ellos.  > 

El  príncipe  Enrique  de  Prusia  ha  enviado  el  siguiente  telegrama  al  Rey 
de  Inglaterra: 

«En  nombre  de  la  justicia  ruego  a  Vuestra  Majestad  desista  de  la  extra- 
dición de  su  majestad  el  emperador  Guillermo. 

Después  de  mi  regreso  de  Londres,  el  26  de  Julio  de  1914,  donde  he 
estado  al  lado  de  Vuestra  Majestad,  he  sido  testigo  hasta  la  movilización 
de  los  esfuerzos  realizados  por  el  Emperador  y  sus  consejeros  para  evitar 
a  toda  costa  la  guerra,  desastrosa  para  la  Humanidad. 

Deseoso  de  desmentir  las  calumnias  propaladas  durante  años  contra  el 
Emperador  alemán,  estoy  dispuesto  a  ayudar  a  Vuestra  Majestad  perso- 
nalmente en  averiguar  la  verdad  sobre  las  causas  de  la  guerra  y  sus  con- 
secuencias.» 

También  el  príncipe  Eitel  Federico  de  Prusia  ha  dirigido  al  Soberano 
inglés  el  siguiente  telegrama: 

«A  S.  M.  el  Rey  de  la  Gran  Bretaña  e  Irlanda:  Procediendo  en  cumpli- 
miento de  mis  naturales  deberes,  como  hijo  y  oficial,  me  pongo  a  la  dis- 
posición de  Su  Majestad  con  mis  cuatro  hermanos  menores,  en  lugar  de 
mi  imperial  señor  padre  en  el  caso  de  su  extradición,  para  evitarle  con 
nuestro  sacrificio  un  acto  deshonroso.  En  nombre  de  los  príncipes  Adal- 
berto, Augusto,  Guillermo,  Osear  y  Joaquín  de  Prusia,  Eiiel  Federico  de 
Prusia. 


La  ratificación  del  tratado  por  Alemania.— E\  haber  unido  los  aliados 
a  la  ratificación  del  tratado  por  Alemania  la  repatriación  de  prisioneros  y 
el  levantamiento  del  bloqueo  fué  causa  para  que  el  tratado  se  aprobara  en 
la  Asamblea  nacional  de  Weimar  antes  que  en  ningún  otro  Parlamento. 

Fué  ratificado  el  convenio  el  día  9  de  Julio  por  208  votos  contra  1 15,  y 
en  esta  sesión  el  ministro  del  Exterior,  Hermann  Müller,  hizo  las  declara- 
ciones siguientes: 

«Tanto  la  Cámara  como  el  Gobierno  ha  expresado  ya  su  criterio  sobre 


Í56  CRÓNICA  GENERAL 

el  tratado  de  paz  el  23  de  Junio,  cuando  se  trataba  de  firmar  o  no  firmar. 

No  quiero  repetirme;  pero  en  pie  sigue  nuestra  protesta  unáni  ne  de  la 
violación,  sancionada  por  un  tratado. 

Pero  también  sigue  en  pie  nuestra  promesa  de  cumplir  el  tratado  hasta 
el  límite.  Tenemos  que  cargar  con  los  deberes  sin  reservas.  Al  imponérse- 
nos la  firma  indicamos  lo  que  a  nosotros  nos  parecía  imposible  cumplir. 
Nosotros  no  tendremos  culpa  en  cuanto  al  límite  del  cumplimiento  se  re- 
fiere. 

Todo  nuestro  pueblo  empieza  una  caminata  a  través  del  desierto,  pues 
así  pueden  llamarse  los  tiempos  futuros.  El  primer  paso  dado  en  el  cami- 
no de  los  sufrimientos  es  la  ratificación.  La  activamos,  porque  la  última 
nota  de  Clemenceau  nos  ha  prometido  el  levantamiento  del  bloqueo. 

Ya  no  podemos  aguantar  por  más  tiempo  la  agonía  del  pueblo  ale- 
mán, después  de  haber  visto  morirse,  día  tras  día,  durante  todos  estos 
años,  a  mujeres,  niños  y  ancianos  a  causa  del  bloqueo  de  hambre. 

Además,  tenemos  esperanzas  de  ver  pronto  regresar  a  nuestros  prisio- 
neros. Ellos  han  de  regresar  en  breve,  si  es  que  la  palabra  paz  no  quiere 
perder  su  significado. 

No  quisiera  dejar  pasar  la  ocasión  de  recordar  la  obra  humanitaria 
que  alivió  la  dura  suerte  de  nuestros  prisioneros.  Agradecemos  a  los  Esta- 
dos neutrales  el  gran  cuidado  que  dispensaron  a  nuestros  prisioneros  cu- 
rándolos y  hospedándolos,  y  expresamos  nuestro  sentimiento  de  gratitud 
al  Papa.  Agradecemos  a  la  Cruz  Roja  internacional  la  labor  humanitaria 
realizada.  Tenemos  el  deseo  de  pagar  estas  nuestras  deudas  en  obras  de  paz. 

Hoy  entrega  el  Gobierno  a  la  Cámara  un  proyecto  de  ley  sobre  el  con- 
cierto de  la  paz  entre  Alemania  y  las  potencias  aliadas  y  asociadas,  con 
protocolos  y  convenios  sobre  la  ocupación  de  los  países  del  Rhin,  para 
que  los  ratifique  la  Asamblea.  Tan  pronto  como  el  tratado  lleve  la  firma 
de  tres  de  las  principales  potencias  enemigas— lo  cual  será  dentro  de  po- 
cas semanas — ,  surgirá  una  nueva  Alemania  despedazada.  Una  parte  del 
territorio  le  será  arrebatado  con  una  población  puramente  alemana,  sin  que 
ésta  tenga  el  derecho  a  regir  sus  destinos.  No  podemos  impedir  esta  des- 
gracia; pero  sí  queremos  afirmar  que  nunca  lo  olvidaremos.  Creemos,  ade- 
más, que  ellos  tampoco  borrarán  de  su  memoria  nuestra  historia  y  cultura 
comunes. 

Tenemos  el  deseo  de  organizar  nuestro  país,  utilizando  todas  las  ener- 
gías que  nos  quedaron  después  de  estos  inauditos  sufrimientos,  a  fin  de 
que  siga  vigoroso  el  ideal  nacional  entre  los  hermanos  separados  de  nos- 
otros, hasta  que  en  tiempos  ¡ojalá  no  muy  lejanos!  por  medios  pacíficos 
una  verdadera  Liga  de  los  Pueblos  encuentre  una  solución  de  todos  los 


CRÓNICA  GENERAL  157 

problemas  nacionales  litigiosos  que  respete  la  voluntad  de  todos  los 
pueblos.» 

—En  cuanto  a  la  impresión  producida  por  el  asunto  de  la  extradición 
del  Emperador,  numerosísimos  elementos  políticos  y  militares  han  envia- 
do telegramas  colectivos  a  la  Reina  de  las  reinas,  Guillermina  de  Holanda, 
y  a  su  Gobierno,  suplicándoles  que  no  accedan  a  la  petición. 

Un  telegrama  de  Ñauen  dice:  «Las  noticias  procedentes  de  Inglaterra 
sobre  la  tenacidad  con  que  los  ingleses  exigen  el  enjuiciamiento,  tan  ver- 
gonzoso para  toda  Alemania,  del  Kaiser,  son  utilizadas  por  ciertos  elemen- 
tos para  afirmar  que  Inglaterra  ha  sido  y  será  siempre  el  peor  enemigo 
irreconciliable  de  Alemania. 

Se  ve  en  esto  la  necesidad  de  dirigir  las  miradas  hacia  el  Oriente  y  bus- 
car una  unión  más  estrecha  con  Rusia,  como  única  salvación  del  porvenir 
alemán. 

El  trato  dado  por  Inglaterra  a  la  cuestión  del  Emperador  demuestra  a 
I  todos  los  compatriotas  alemanes  que  no  es  posible  apartarse  del  asunto  de 

la  culpabilidad,  aun  suponiendo  que  hubiese  unión  en  el  interior  de  Ale- 
mania sobre  el  particular. 

En  vista  del  proceder  de  la  Entente,  el  Gobierno  y  los  partidos  políti- 
cos de  Alemania  se  >ven  inducidos  a  luchar  por  la  revisión  de  la  cues- 
tión. Esta  lucha  ha  de  haderse  con  todas  las  armas  intelectuales  dispo- 
nibles. 

Al  examinar  todo  el  material  de  pruebas  para  la  cuestión,  los  mismos 
enemigos  se  convencerán  de  que  no  corresponde  a  la  verdad  política  la 
acusación  lanzada  contra  Alemania.» 

—Admitida  la  dimisión  del  mariscal  Hindenburg,  y  antes  de  su  salida 
de  Kolberg,  residencia  del  Estado  Mayor  Central  alemán,  que  tuvo  lugar 
el  día  3,  en  presencia  de  una  considerable  muchedumbre,  el  ministro  de 
la  Guerra,  coronel  Reinhardt,  hizo  entregar  al  generalísimo  la  siguiente 
carta: 

«Tengo  el  honor  de  entregar  a  V.  E.  e)  decreto  sobre  la  anulación  de  la 
orden  de  movilización,  y  me  permito  agregar  la  gratitud  imborrable  que 
todos  nuestros  corazones  sienten  hacia  el  caudillo  admirable,  el  soldado 
venerado  y  amado  por  todos  y  el  alemán  fiel  a  la  patria. 

Si  ocurriese  que  surgiera  de  nuevo  el  sol  de  entre  las  nubes  obscuras 
de  hoy,  estoy  seguro  que  las  grandes  hazañas  del  pueblo  alemán  se  repe- 
tirán más  grandes  y  más  heroicas,  y  entonces,  los  jefes  servirán  de  ejem- 
plo a  las  generaciones  venideras,  y  a  la  cabeza  de  todos,  el  de  nuestro  ma- 
riscal Hindenburg, 

Nuestro  más  ferviente  deseo  a  la  hora  de  la  despedida,  es  que  el  por- 


158  CRÓNICA  GENERAL 

venir  nos  permita  ver  tiempos  más  tranquilos  y  más  felices  que  los  días 
agitados  de  la  actualidad. > 


El  Consejo  de  los  D/e^: .  — Retirados  el  presidente  Wilson  y  Lloyd 
George  de  la  Conferencia  de  París,  se  ha  formado  nuevamente,  bajo  la  pre- 
sidencia de  M.  Clemenceau,  el  Consejo  supremo  interaliado  con  dos  repre- 
sentantes de  cada  una  de  las  grandes  potencias  para  estudiar  el  tratado  de 
paz  con  austríacos,  turcos  y  búlgaros  y  arreglar  las  diferencias  entre  los 
mismos  aliados  y  las  nacionalidades  nuevas. 

La  Delegación  turca  había  presentado  a  la  Conferencia  un  memorán- 
dum en  que  reclamaba  el  mantenimiento  casi  íntegro  del  Imperio  turco; 
pero  el  presidente,  Clemenceau,  en  carta  al  jefe  delegado  Damad  Ferid  Pa- 
cha, le  invitó  a  abandonar  París  hasta  que  de  nuevo  se  llamase  a  la  Dele- 
gación otomana. 

En  cuanto  al  tratado  con  Austria,  siguen  todavía  las  negociaciones,  y 
respecto  con  Bulgaria,  se  dice  que  ha  sido  convocada  para  que  el  25  de 
Julio  se  halle  en  Francia  la  Delegación,  a  la  cual  se  le  ha  señalado  por  punto 
de  residencia  la  población  de  Enghien. 

Más  difícil  para  el  Consejo  de  París  es  el  arreglo  entre  los  mismos 
aliados  como  lo  demuestra,  después  del  ejemplo  de  China  y  de  Italia,  el 
haberse  retirado  de  la  Conferencia  el  jefe  del  Gobierno  y  de  la  Delegación 
de  Rumania,  Bratiano. 

El  disgusto  rumano  se  basa  en  dos  motivos  fundamentales:  el  de  las 
adquisiciones  territoriales  que  Rumania  esperaba,  y  el  de  la  garantía  que 
quiere  tener  la  Sociedad  de  Naciones  respecto  al  trato  de  las  minorías  ét- 
nicas y  religiosas  en  los  países  de  Oriente. 

En  Agosto  de  1916  celebró  Rumania  un  tratado  con  Rusia,  Francia  e 
Inglaterra,  en  el  que  eran  reconocidos  a  aquel  país,  al  entrar  en  la  guerra, 
la  orilla  izquierda  del  Theiss  y  todo  el  Banato  de  Tunesvar.  Ahora  resulta 
que  una  parte  de  la  orilla  izquierda  del  Theiss  se  le  da  a  Hungría;  una 
quinta  parte  del  Banato— el  comital  de  Torontal— se  adjudica  a  Servia;  se 
entregan  a  Bulgaria  casi  todos  los  territorios  de  la  Dobrudja,  y  se  discute 
la  cuestión  de  Besarabia. 

En  cuanto  al  trato  de  las  minorías  étnicas  y  religiosas  en  el  seno  de  Ru- 
mania, ésta  ha  considerado  que  sus  esencias  de  soberanía  quedan  vulne- 
radas desde  el  momento  en  que  tienen  dentro  de  su  seno  varios  millones 
de  magiares,  y  centenares  de  millares  de  alemanes,  y  colocar  éstos  bajo  la 
tutela  de  la  Sociedad  de  Naciones,  es  crear  una  serie  de  pequeños  Estados 
dentro  de  la  nación  rumana. 


CRÓNICA  GENERA  L  159 

Se  ha  firmado  la  paz;  pero  queda  pendiente  el  disgusto  de  Italia,  el  de 
Yugoeslavia,  el  de  Rumania,  el  de  Grecia... 

La  cuestión  de  Fiume.—Se  registró  el  día  6  de  Julio  una  colisión  entre 
franceses  e  italianos  en  Fiume,  dando  ello  origen  a  que  en  Italia  y  Francia 
se  manifestara  la  animadversión  mutua  con  caracteres  feos. 

En  Francia  los  periódicos  dan  la  impresión  de  ver  mal  las  aspiraciones 
italianas,  por  excesivas,  respecto  del  Adriático,  y  a  esto  responde  en  Italia 
un  movimiento  verdaderamente  popular  que  se  ha  manifestado  hasta  en  el 
Parlamento.  Se  confía  en  que  el  ministro  Nitti  sabrá  resolver  mejor  la 
cuestión  que  el  Ministerio  anterior  de  Orlando  y  Sonnino. 

Al  hablar  uno  de  los  días  pasados  en  la  Cámara  el  Sr.  Nitti  acerca  de 
la  cuestión  de  Fiume  y  de  todo  lo  relacionado  con  la  Conferencia  de  París, 
se  vio  toda  la  importancia  que  la  opinión  italiana  da  al  problema  del  Adriá- 
tico. Por  su  parte,  el  Sr.  Tittoni,  ministro  de  Negocios  Extranjeros,  hizo  las 
declaraciones  siguientes  en  un  discurso  de  invitación  a  la  calma. 

«Estamos  combatiendo— dijo— en  terreno  diplomático  la  más  dura  de 
las  batallas.  El  pueblo  italiano  debe  evitar  todo  acto  contrario  al  derecho 
de  gentes  y  mostrar  habilidad  contra  los  pueblos  con  los  cuales  el  Gobier- 
no italiano  está  hoy  negociando  a  fin  de  no  debilitar  la  situación  de  Italia, 
pues  deseamos  asegurar  el  mantenimiento  entre  Francia  e  Italia  de  las  re- 
laciones y  alianzas  que  unieron  a  ambos  pueblos  durante  la  guerra. 

Sostendremos  hasta  el  último  extremo,  con  fe  y  firmeza,  los  derechos  e 
intereses  de  Italia.  Las  negociaciones  que  reanudamos  parecen  caminar 
hacia  una  solución  próxima,  que  creemos  podrá  hacerse  concreta  en  los 
comienzos  de  la  próxima  semana. 

Todo  lo  que  yo  pudiera  decir  ahora,  redundaría  en  contra  nuestra  y 
comprometería  el  término  de  las  negociaciones.  El  Parlamento  compren- 
derá, pues,  los  altos  motivos  que  nos  obligan  a  guardar  reserva. 

En  breve  expondremos  el  resultado  de  las  negociaciones,  pero  en  mo- 
mento oportuno.  El  tratado  con  Austria  va  a  ser  firmado;  la  cuestión  del 
Asia  Menor  queda  en  suspenso  hasta  que  Wilson  haya  interrogado  al  pue- 
blo americano. 

Todas  las  cuestiones  del  Adriático  y  de  las  colonias  y  los  puntos  de  ca- 
rácter económico  serán  resueltos  al  mismo  tiempo.» 

Termina  el  Sr.  Tittoni  su  discurso  haciendo  un  llamamiento  a  la  solida- 
ridad de  la  Cámara  para  que  pueda  firmar  la  paz  que  sólo  puede  ser  la  paz 
de  Italia. 


160  CRÓNICA  GENERAL 

El  júbilo  de  Bélgica. —Ningún  país  ha  salido  de  la  guerra  con  la  aureola 
prestigiosísima  de  Bélgica;  ninguno  se  ha  manifestado  a  su  altura.  Una  de 
sus  primeras  fiestas,  prometida  de  antemano  por  el  ilustre  Cardenal  Mer- 
cier,  ha  sido  un  acto  de  reconocimiento  y  gratitud  de  toda  la  nación  hidal- 
ga al  Sagrado  Corazón. 

Se  verificó  la  manifestación  religiosa  en  la  Basílica  de  Rockelberg,  con 
asistencia  de  los  reyes,  y  en  ella  el  insigne  purpurado  dirigió  a  los  fíeles  la 
siguiente  alocución: 

cGloria  a  Dios  en  la  sublimidad  de  los  cielos  y  paz  a  los  hombres  a 
quienes  el  Señor  concede  el  beneficio  de  la  paz. 

Muy  queridos  hermanos:  estas  palabras  fueron  pronunciadas  la  prime- 
ra vez  por  los  ángeles  sobre  la  gruta  de  Belén.  Ellas  se  repiten  en  cada 
instante  de  nuestra  existencia,  sobre  cualquier  punto  del  globo  donde  el 
sacerdote,  en  unión  con  los  fíeles,  realiza  el  sacrificio  eucarístico.  Esta 
palabra  la  repite  Bélgica  en  este  momento,  hora  solemne  de  su  libe- 
ración. 

Bélgica,  sois  vos.  Señor,  guardián  de  vuestros  derechos,  luchador  in- 
domable, vencedor  del  Iser.  Bélgica,  sois  vos.  Señora,  intrépida  compañe- 
ra del  valor  de  vuestro  real  esposo;  sois  vosotros,  nuestros  bravos,  nues- 
tros héroes,  nuestros  salvadores;  sois  vosotros,  queridos  y  venerables  co- 
legas de  este  episcopado,  nuestros  presbíteros,  nuestros  fíeles,  venidos  de 
las  parroquias  martirizadas  de  Lieja,  de  Namur,  de  Luxemburgo  y  de  las 
regiones  devastadas  de  Dixmude,  Iprés,  Furnes,  Nieupor;  sois  vosotros, 
magistrados,  guardianes  de  nuestras  leyes  y  de  nuestras  instituciones  na- 
cionales; sois  vosotros,  todos,  compatriotas  ausentes  y  presentes  de  cora- 
zón a  nuestro  lado. 

Mientras  que  nuestras  canrpanas,  en  todas  las  parroquias  del  país,  a  la 
hora  en  que  estamos,  suenan  con  alegría,  es  esta  Bélgica  que  viene  a  ren- 
dir un  homenaje  supremo  a  su  Dios. 

Yo  siento  una  alegría  indecible  por  tener  el  honor  de  traducir  ante  el 
Sagrado  Corazón  de  Jesús  vuestra  fe,  vuestra  gratitud  y  vuestro  amor. 
(Aclamaciones:  Gloria  al  Sagrado  Corazón).  El  opresor  está  aterrado,  el 
vencido  sigue  adelante.  Ayer,  28  de  Junio,  firmaba  el  certificado  de  su  fra- 
caso definitivo. 

La  Divina  Providencia,  por  una  delicadeza  de  la  cual  le  estamos  pro- 
fundamente reconocidos,  ha  querido  que  el  acto  nacional  de  gratitud  de 
los  belgas,  se  hiciese  públicamente  al  siguiente  día  de  la  conclusión  de  la 
paz  mundial.  Convenía  que  fuese  así:  Bélgica  fué  la  primera  en  la  prueba; 
el  mundo  entero  proclama  que  ella  fué  la  primera  en  el  culto  del  honor; 
era,  pues,  necesario  que  ella  fuese  la  primera  en  dar  gracias  a  Dios. 


CRÓNICA  GENERAL  161 

Hermanos  míos,  en  vuestro  nombre,  a  todos  voy  a  leer  en  vuestras  len- 
guas nacionales  nuestro  acto  de  reconocimiento  al  Sagrado  Corazón  de 
Jesús.» 

•  « 

Las  fiestas  de  la  victoria  en  Fra/zc/a.— Comentando  Le  Temps  las  fíes- 
tas  de  la  victoria,  celebradas  el  día  14  en  París,  dice: 

«La  afluencia  de  público  en  toda  la  capital,  especialmente  delante  de  los 
monumentos  elevados  en  honor  de  la  victoria,  es  tal  como  nunca  se  cono- 
ció en  París. 

Considerable  número  de  forasteros  de  todos  los  departamentos  invaden 
desde  ayer  la  capital.  Pueden  calcularse  en  ocho  millones  las  personas  que 
encierra  hoy  el  recinto  de  París. 

Toda  Francia  ha  enviado  su  Delegación  a  París,  y  por  ello  Francia  en- 
tera aclama  hoy  a  los  ejércitos  nacionales  y  aliados.» 

Un  telegrama  del  día  14  describía  así  el  brillante  desfile  militar: 

«A  las  siete  en  punto  de  la  mañana  el  Estado  Mayor  del  mariscal  Foch 
se  presentó  en  la  Puerta  Maillot. 

Algunos  minutos  después  llegaba  el  Consejo  municipal;  su  presidente 
y  el  prefecto  del  Sena  se  dirigieron  al  mariscal  Foch  para  darle  la  bienveni- 
da y  rogarle  que  la  hiciera  extensiva  a  las  tropas.  Con  este  motivo  se  cam- 
biaron calurosas  y  patrióticas  alocuciones. 

Acto  seguido  los  mariscales  Foch,  Joffre  y  Petain,  con  los  representan- 
tes de  la  municipalidad  de  París,  se  dirigieron  en  coche  al  Arco  del  Triunfo. 

Por  otro  lado,  el  presidente  de  la  República,  monsieur  Poincaré,  que 
había  salido  del  Elíseo  a  las  ocho  en  punto  de  la  mañana,  llegaba,  entre  in- 
descriptibles ovaciones,  a  la  plaza  de  la  Estrella.  En  ésta  las  aclamaciones 
a  Poincaré  fueron  formidables. 

El  Presidente  de  la  República  fué  recibido  al  apearse  del  coche  por  el 
Presidente  del  Consejo,  los  de  ambas  Cámaras,  los  mariscales  Foch  y  Joffre 
y  todos  los  ministros.  Las  músicas  entonaron  La  Marsellesa  y  el  Canto  de 
Partida  y  el  público  enronquecía  dando  vivas. 

El  Presidente  de  la  República  ocupó  la  tribuna  en  la  que  se  encontra- 
ban ya  los  ministros  y  los  ex  presidentes  de  la  República  Fallieres  y  Lou- 
bet,  así  como  gran  número  de  señoras  y  señoritas. 

En  las  tribunas  colocadas  a  ambos  lados  de  la  presidencia  estaban  los 
miembros  del  Parlamento,  revestidos  de  sus  insignias,  el  Cuerpo  diplomá- 
tico y  los  delegados  alsacianos  y  loreneses.  Al  pie  de  las  tribunas  oficiales 
tomaban  asiento  140  inválidos  graves,  a  los  que  asistían  40  enfermeras. 

Desde  el  Arco  del  Triunfo  se  veía  la  Avenida  del  Gran  Ejercito  y  los 


162  CRÓNICA  GENERAL 

Campos  Elíseos,  que  rebosaban  de  curiosos.  La  muchedumbre  se  muestra 
impaciente  por  dar  rienda  suelta  al  entusiasmo. 

Después  de  haber  saludado  al  Presidente  de  la  República,  los  marisca- 
les Foch  y  Joffre  regresaron  a  la  Puerta  Maillot  para  ponerse  al  frente  de  las 
tropas.  Durante  ese  tiempo,  1.000  inválidos,  llevando  al  frente  una  música 
militar,  desembocan  en  la  plaza  de  la  Estrella  y  desfilan  bajo  el  Arco  del 
Triunfo. 

A  pesar  de  sus  heridas  y  sus  deformaciones;  el  orden  de  la  formación 
es  correcto  y  de  una  disciplina  maravillosa.  La  multitud  los  saluda  con  ver- 
daderos gritos  de  amor.  Las  mujeres  les  envían  besos  con  la  punta  de  los 
dedos  y  casi  todas  lloran.  Los  hombres,  aunque  quieren  disimular  su  emo- 
ción, no  pueden,  y  la  traducen  en  vítores  estruendosos  y  en  un  inacabable 
aplauso. 

A  su  paso  ante  la  tribuna  presidencial,  monsieur  Poincaré,  de  pie,  se 
inclina  profundamente,  y,  visiblemente  conmovido,  les  saluda  en  nombre 
de  la  patria  reconocida. 

A  los  ocho  y  media,  los  tambores,  clarines  y  músicas  suenan  a  un  tiem- 
po. Por  la  Puerta  Maillot  aparece  el  escuadrón  de  la  Guardia  republicana, 
que  precede  al  desfile,  y  penetra  en  la  Avenida  del  Gran  Ejército. 

Siguen  los  mariscales  Foch  y  Joffre,  montados  sobre  soberbios  caba- 
llos. Detrás,  las  Delegaciones  de  los  ejércitos  aliados.  Los  mariscales  Foch 
y  Joffre  llevan  kepis,  con  las  insignias  de  mariscal,  y  en  la  mano  el  bastón- 
insignia  de  su  alta  jerarquía. 

Al  ponerse  en  marcha  la  formación,  un  estremecimiento  pasa  por  la 
muchedumbre,  que  estalla  en  una  formidable  aclamación,  a  la  que  se  aso- 
cia el  nombre  de  los  dos  grandes  soldados  franceses. 

De  todos  los  huecos  de  las  fachadas  se  arrojan  flores;  los  pañuelos 
de  las  damas  se  agitan,  saludando  a  los  héroes;  los  hombres  se  descubren 
respetuosamente,  y  en  todas  partes,  en  las  aceras,  en  balcones  y  en  venta- 
nas, y  hasta  en  los  tejados,  la  explosión  de  alegría  es  extraordinaria  y  emo- 
cionante. Los  dos  mariscales,  emocionadísimos,  dan  gracia  a  la  multitud. 
Avanzan  hasta  el  Arco  del  Triunfo. 

La  muchedumbre  pugna  por  avanzar  y  ganar  sitio  tras  la  doble  fila  de 
soldados  que  tienden  la  carrera.  El  estampido  del  cañón,  que  resuena  a  lo 
lejos,  conmueve  a  la  muchedumbre,  que  pretende  avanzar  más  allá  de  las 
tropas,  costando  a  éstas  gran  trabajo  contenerla. 

Bajo  el  Arco  del  Triunfo  pasan  juntos  los  mariscales  Foch  y  Joffre, 
quienes  reciben  el  homenaje  más  magnífico  que  la  patria  puede  rendir  a 
sus  hijos. 

Los  mariscales  aparecen  ante  los  Campos  Elíseos  y  saludan  a  su  paso 


CRÓNICA  GENERAL  163 

el  monumento  a  los  muertos  por  la  patria,  acto  que  la  muchedumbre  aper- 
cibe y  vale  a  los  ilustres  militares  otra  nueva  entusiástica  ovación. 

Al  pasar  ante  las  tribunas,  el  Presidente  de  la  República,  los  de  las  Cá- 
maras, el  Gobierno,  las  representaciones  y  los  invitados,  se  ponen  de  pie 
y  descienden  de  la  tribuna  para  saludarlos. 

Detrás  de  los  mariscales  viene  el  cortejo  triunfal  de  las  Delegaciones 
que  representan  los  gloriosos  ejércitos  aliados,  llevando  a  su  frente  los 
respectivos  generales,  seguidos  de  brillantes  Estados  Mayores. 

Americanos,  belgas,  ingleses,  italianos,  japoneses,  griegos,  polacos, 
portugueses,  rumanos,  servios  y  checoeslovacos  desfilan  con  sus  banderas, 
recibiendo  de  la  multitud  delirantes  aclamaciones. 

La  manifestación  más  entusiasta  dispensada  hasta  ahora  se  hizo  al  paso 
de  las  banderas  inglesas. 

Al  desfilar  las  tropas  aliadas  comienza  el  desfile  de  la  séptima  división, 
a  cuyo  frente  va  el  mariscal  Petain,  seguido  de  los  generales  De  Castelnau 
y  Berdoulat. 

Aclamaciones  ardientes  e  ininterrumpidas  acogen  su  presencia.  El  en- 
tusiasmo se  apodera  de  la  multitud,  que  vitorea  y  aplaude. 

Los  mariscales  llegaron  a  la  plaza  de  la  República  a  las  diez  y  cuarto, 
y  ante  ellos  comenzó  el  desfile  de  las  fuerzas,  esta  vez  mezcladas  con  el 
pueblo,  que,  al  fin,  consiguió  abrazar  a  sus  soldados. 

Las  banderas  y  los  estandartes,  al  pasar  ante  los  mariscales,  se  incli- 
naban, y  ellos  saludaban  emocionados. 

El  admirable  y  grandioso  desfile  terminó  poco  antes  de  mediodía,  sin 
el  menor  incidente  y  en  medio  de  un  fervor  patriótico  del  que  no  hay  nin- 
gún ejemplo  en  la  historia  de  la  Humanidad.» 

« 
•  * 

La  travesía  del  Atlántico.— Hdi  sido  un  triunfo  de  la  aviación  la  trave- 
sía del  Atlántico  realizada  por  los  ingleses  capitán  Alcock  y  teniente  Brown.. 
que  en  diez  y  seis  horas  y  doce  minutos  salvaron  en  un  solo  vuelo  la  dis- 
tancia de  3.000  kilómetros  desde  Terranova  a  Irlanda. 

Recientemente  se  habían  registrado  varios  intentos  por  ingleses  y  nor- 
teamericanos. Estos  no  creyeron  prudente  aventurarse  a  la  travesía  directa, 
y  eligieron  hacer  el  viaje  por  etapas,  desde  Terranova  a  las  Azores  (2.000 
kilómetros),  desde  las  Azores  a  Lisboa  (L400  kilómetros)  y  desde  Lisba  a 
Irlanda.  En  estas  condiciones  emprendieron  el  vuelo  el  16  de  Mayo  tres 
hidroaviones  de  la  Marina  norteamericana,  N.  C.  /,  A'.  C.  2  y  N.  C.  4. 
De  éstos  sólo  llegó  a  las  Azores  el  último,  dirigido  por  el  teniente  ameri- 


164  CRÓNICA  GENERAL 

cano  Read,  que  consiguió  recorrer  las  distancias  por  escalas  en  Lisboa, 
El  Ferrol,  PIymouth,  tardando  en  el  viaje  hasta  el  30  de  Mayo. 

Más  atrevidos  se  mostraron  los  ingleses  intentando  la  travesía  directa. 
El  18  de  Mayo  salieron  de  Terranova  el  australiano  Hawker  y  el  oficial  de 
la  Marina  británica,  Grieve;  los  cuales,  después  de  haber  recorrido  unas 
dos  terceras  partes  del  trayecto,  cayeron  al  mar,  donde  los  recogió  el  buque 
danés  Mary. 

El  triunfo  fué  para  los  citados  aviadores  Alcock  y  Brown,  que,  tripu- 
lando un  aparato  Wickers,  provisto  de  dos  motores  de  350  caballos  y 
3.000  litros  de  esencia,  salieron  de  Terranova  el  14  de  Junio,  a  las  cinco  y 
veintiocho  de  la  tarde  (Greenwich),  y  aterrizaron  en  Clifden,  costa  occi- 
dental de  Irlanda,  a  las  nueve  y  cuarenta  y  cinco  de  la  mañana  del  15, 
ganando  el  premio  de  250.000  francos  ofrecido  por  el  periódico  Dai- 
ly Mail. 

Según  relato  del  capitán  Alcock,  publicado  por  The  Times,  la  niebla 
fué  tan  densa  durante  el  viaje,  que  los  aviadores  no  distinguieron  cosa 
alguna  en  casi  toda  la  travesía;  y  en  un  período  de  cuatro  horas  el  aparato 
estuvo  recubierto  por  una  capa  de  hielo,  a  consecuencia  de  la  caída  de 
granizo,  aunque  la  temperatura  no  fué  excesivamente  baja.  |En  opinión  de 
Alcock  y  Brown,  aunque  su  vuelo  haya  demostrado  la  posibilidad  de  la 
travesía  directa  del  Atlántico  en  aeroplano,  no  es  práctica  la  travesía  si  se 
efectúa  en  esa  clase  de  aparatos,  y  debe  por  ahora  reservarse  para  los  diri- 
gibles. 

La  respuesta  no  se  ha  hecho  esperar.  Pocos  días  después  cruzaba  el 
Atlántico  el  dirigible  inglés  R.-34,  que  el  día  2  de  Julio  salió  de  East 
Fortune  (Escocia),  y,  con  un  recorrido  de  4.800  kilómetros,  consiguió  lle- 
gar a  Long  Island,  junto  a  Nueva  York,  de  un  solo  vuelo  que  duró  ciento 
ocho  horas.  Iba  dirigido  por  el  mayor  Scott  y  formaban  la  tripulación  seis 
oficiales  y  20  soldados. 

Aunque  la  travesía  significaba  un  verdadero  triunfo  de  la  aeronáutica, 
no  satisfizo  del  todo,  sin  embargo,  por  la  tardanza  del  viaje,  originada  de 
las  graves  dificultades  del  temporal.  Un  comunicado  de  Londres  dice  que 
al  aterrizar,  y  tan  pronto  como  echaron  los  tripulantes  el  ancla,  salieron  a 
tierra  los  mecánicos  y  fué  menester  socorrerles,  pues  se  encontraban  casi 
agotados  por  las  penalidades  sufridas  durante  la  travesía,  a  causa  de  las 
lluvias,  la  niebla  y  el  viento. 

Un  oficial  tripulante  declaró  que  el  momento  más  crítico  del  viaje  fué 
la  travesía  entre  dos  fortísimas  tormentas  sobre  Nueva  Escocia  y  Te- 
rranova. 
,    El  viento  osciló  entre  una  velocidad  de  16  kilómetros  a  80  por  hora,  y 


CRÓNICA  GENERAL  165 

el  dirigible  era  un  verdadero  papel  de  fumar,  que  se  bamboleaba  de  un 
lado  a  otro,  azotado  con  furia  por  todas  partes. 

—Sufrimos  momentos  tan  horribles— dice— que  perdimos  toda  esperan- 
za de  salvarnos;  andábamos  kilómetros  enteros  envueltos  en  una  tromba  y 
a  velocidades  inconcebibles,  y  un  huracán  más  fuerte  que  el  que  nos  lle- 
vaba nos  empujaba  de  pronto  hacia  otro  lado,  haciéndonos  casi  perder  el 
conocimiento. 

No  debió  ser  tanta,  sin  embargo,  la  contrariedad  cuando  a  pocos  días 
el  mismo  dirigible  emprendía  el  viaje  de  regreso,  que  por  cierto  resultó 
más  afortunado;  pues  logró  atravesar  el  Atlántico  en  setenta  y  cinco  horas 
y  tres  minutos,  aterrizando  en  Pulham  Nordfork. 

ESPAÑA 

Ha  corrido  la  noticia  de  que  los  Reyes  de  Bélgica  proyectaban  visitar  a 
los  de  España  en  Madrid.  Si  el  rumor  se  confirmara,  sería  para  nuestra 
nación  motivo  de  inmenso  júbilo  como  lo  indica  ya  la  Prensa  por  la  sim- 
ple manera  de  anunciar  la  posible  visita. 

tDurante  la  guerra— dice  un  periódico  de  la  corte— hubo  en  nuestro 
país,  como  en  todos  los  demás  neutrales;  aliadófílos  y  germanófílos;  pero 
lo  que  fuimos  todos,  sin  excepción,  es  belgófílos. 

El  rasgo  que  tuvo  Bélgica,  oponiéndose  con  sus  débiles  fuerzas,  sin 
preparación  militar,  sin  posibilidad  de  movilizar  rápidamente  su  ejército, 
a  la  poderosa  Alemania  que  invadía  el  territorio  con  las  mejores  tropas  y 
con  las  más  potentes  máquinas  de  guerra;  la  tenacidad  patriótica  de  todo 
el  pueblo  que  no  experimentó  en  cincuenta  y  un  meses  de  lucha  el  más 
leve  desmayo,  pasando  por  las  privaciones,  las  torturas,  las  destrucciones, 
los  saqueos,  los  fusilamientos,  siempre  confiados  en  Dios  y  la  Patria;  el 
ejemplo  admirable  de  los  Reyes,  permaneciendo  entre  sus  tropas,  allá  en 
el  rincón  del  Iser,  salvado  de  la  invasión;  todo  eso  llevó  a  Bélgica  la  admi- 
ración y  la  simpatía  de  España  entera. 

Nuestro  espíritu  romántico,  nuestra  leyenda  caballeresca,  encontraban 
similitud  con  ese  pueblo,  que  a  fuerza  de  heroísmos  y  martirios  se  iba  te- 
jiendo una  corona  de  gloria. 

Todo  ese  sentimiento  revivirá  si  los  Reyes  belgas  vienen  a  Madrid,  y 
los  simpáticos  Soberanos  del  país  amigo  serán  objeto  del  recibimiento  más 
entusiasta.» 

— Ante  la  actitud  obstruccionista  de  las  izquierdas  parlamentarias  que 
juntamente  con  los  jefes  de  los  liberales  venían  dificultando  la  constitu- 
ción del  Congreso  con  discusiones  completamente  estériles  para  el  bieíi 


166  CRÓNICA  GENERAL 

nacional,  había  surgido  un  movimiento  de  protesta  de  todas  la  fuerzas  vi- 
vas del  país,  principalmente  de  las  entidades  del  comercio,  industria  y 
agricultura  de  todas  las  provincias  de  España,  reprobando  la  conducta  de 
las  izquierdas  entregadas  a  una  labor  inútil  y  perniciosa,  no  faltando  tam- 
poco entre  las  protestas  las  de  muchos  afiliados  a  los  partidos  liberales  cu- 
yos jefes  van  delante  en  competencia  con  republicanos  y  socialistas  en  la 
obra  del  desprestigio  del  régimen.  Tan  unánime  era  el  movimiento  entre 
las  gentes  del  orden,  tan  grande  el  desprestigio  y  el  aislamiento  de  los  al- 
borotadores de  la  política,  que  se  consideraban  ya  vencidas  las  dificultades 
principales  para  el  Gobierno  del  Sr.  Maura,  de  continuar  el  compromiso 
de  apoyo  por  parte  de  todos  los  grupos  de  la  mayoría.  Pero  el  apoyo  faltó 
en  una  votación  que  perdió  el  Gobierno  por  incuria  y  quizás  por  artes 
tristes  de  los  primates  del  partido  conservador;  y  aunque  el  asunto  de  la 
votación  era  bien  mezquino,  la  aprobación  del  acta  de  Coria,  pero  se  trata- 
ba del  dictamen  del  Tribunal  Supremo  sobre  dicha  acta,  respetado  siem- 
pre por  los  Gobiernos,  y  contra  el  que  votaron  muchos  conservadores 
juntamente  con  las  izquierdas.  Esta  votación  contra  aquel  alto  Tribunal  y 
contra  el  Gobierno  fué  causa  para  que  el  mismo  día  15,  cuando  termina- 
mos de  hacer  esta  reseña,  el  Sr.  Maura  presentara  la  dimisión  de  todo  el 
Ministerio. 

—Organizado  por  la  Asociación  Nacional  del  Magisterio  Primario  se 
celebró  el  día  13  en  el  teatro  del  Centro  (Madrid)  un  mitin  en  el  que  inter- 
vinieron varios  oradores  con  vibrantes  discursos  sobre  la  dignificación  de 
los  maestros  y  la  necesidad  de  favorecer  a  las  escuelas  por  el  Poder  Públi- 
co. Se  dio  lectura  a  las  adhesiones,  en  las  que  figuraban  corporaciones 
de  maestros  de  toda  España  y  al  final  se  aprobaron  las  conclusiones  si- 
guientes que  fueron  presentadas  al  señor  Ministro  de  Instrucción  pública: 

«Primera.  Construcción  de  locales  adecuados  que  sustituyan  a  los 
que  hoy  no  reúnen  condiciones  higiénicas  o  pedagógicas. 

Segunda.  Reorganización  de  la  enseñanza  con  escuelas  graduadas, 
aceptadas  por  la  Administración  como  forma  más  perfecta. 

Tercera.  Equiparación  de  los  maestros  nacionales  a  los  demás  fun- 
cionarios del  Estado  a  quienes  se  exijan  las  mismas  o  menos  pruebas  de 
aptitud  que  a  los  maestros. 

Cuarta.    Que  la  enseñanza  sea  gratuita  en  sus  grados;  y 

Quinta.  Que  el  maestro  tenga  representación  en  todos  los  organismos 
que  tengan  relación  con  la  escuela  y  el  niño.» 

—El  día  13  de  este  mes  hizo  su  entrada  solemne  en  Huesca,  la  capital 
de  su  diócesis,  nuestro  venerado  hermano  el  limo,  y  Rmo.  P.  Zacarías 
Martínez  Núñez,  constituyendo  el  acto  una  manifestación  grandiosa  de  ve- 


CRÓNICA  GENERAL  167 

neración  y  simpatía  de  todos  los  elementos  de  la  ciudad  hacia  su  nuevo 
Prelado. 

Con  motivo  de  acontecimiento  tan  grato  para  aquella  diócesis,  £/D/a- 
rio  de  Huesca  publicó,  juntamente  con  el  retrato  del  Prelado,  varios  artícu- 
los históricos,  entre  ellos  uno  muy  erudito  del  cronista  de  la  provincia, 
D.  Ricardo  del  Arco,  sobre  los  Obispos  que  ilustraron  la  sede  oséense  y 
en  particular  sobre  los  que  dio  la  Orden  de  San  Agustín  a  dicha  iglesia  y 
sobre  otras  glorias  agustinianas  vinculadas  a  la  historia  de  Huesca.  El  tra- 
bajo del  señor  cronista,  como  los  otros  insertados  en  el  mencionado  pe- 
riódico son  de  verdadera  enjundia  de  erudición. 

La  solemnidad  que  revistió  la  entrada  del  P.  Zacarías  en  Huesca  fué 
reflejada  en  el  telegrama  siguiente  que  tomamos  de  El  Debate: 

«Huesca,  13.--A  las  cinco  y  media  comenzó  a  organizarse  en  la  plaza 
de  la  Catedral  la  comitiva  para  recibir  al  nuevo  Prelado,  R.  P.  Zacarías 
Martínez.  Siguiendo  la  tradicional  costumbre,  formaba  parte  el  coche  de 
cortinillas  caídas  el  que  ocupaban  los  familiares  del  nuevo  Obispo,  y  que 
iba  rodeado  de  una  escolta  militar,  marchando  a  la  Ermita  de  Sala,  funda- 
da en  el  siglo  XII  por  dona  Sancha,  esposa  de  Alfonso  II.  Tras  el  carruaje 
del  Obispo,  en  caballos,  coches  y  automóviles,  fueron  al  mismo  Santuario 
que  dista  de  Huesca  dos  kilómetros,  el  Ayuntamiento,  la  Diputación,  los 
Gobernadores  civil  y  militar,  todo  el  elemento  oficial  y  un  enorme  gentío, 
no  obstante  el  intenso  calor. 

El  párroco  de  la  ermita  dio  posesión  al  Obispo  y  seguidamente  se  or- 
ganizó la  comitiva,  marchando  el  Obispo  en  una  hermosa  muía  blanca  y 
tras  él  el  alcalde,  los  concejales  y  muchas  personalidades  también  monta- 
dos, resultando  un  desfile  muy  pintoresco.  El  camino  estaba  intransitable. 
El  nuevo  Prelado  bendecía  emocionado  y  sonriente  a  las  numerosas  per- 
sonas que  presenciaban  el  paso  de  la  co-nitiva.  Muchas  de  ellas,  vecinos 
de  los  pueblos  comarcanos. 

Llegada  la  comitiva  a  la  iglesia  de  San  Lorenzo,  abandonaron  las  mon- 
turas y  carruajes  penetrando  el  Obispo  en  la  iglesia,  revistiéndose  de  ponti- 
fical, y  marchando  después  precedido  de  una  procesión  cívico-religiosa  a  la 
Catedral  donde  se  verificó  la  ceremonia  de  la  Puerta  cerrada,  llamando  a 
ellas  el  Prelado.  Después,  ante  el  altar  levantado  en  el  atrio,  ratificó  el  jura- 
mento ante  el  Notario  eclesiástico. 

Terminada  la  ceremonia,  el  nuevo  Obispo  dio  la  bendición  a  los  nu- 
merosísimos fíeles  que  presenciaron  aquélla,  siendo  el  Prelado  a  la  salida 
de  la  Catedral  objeto  de  numerosas  aclamaciones  y  vivas.  Seguidamente 
en  el  Palacio  Episcopal  tuvo  lugar  un  lunch,  al  que  asistieron  numerosos 
invitados. 


168  CRÓNICA  GENERAL 

En  la  ceremonia  representó  al  infante  D.  Carlos,  el  maestrante  de  Za- 
ragoza D.  Luis  Azara. 

La  población  presenta  animado  aspecto,  viéndose  todas  las  casas  con 
colgaduras.  Una  rondalla  a  estilo  del  país  recorre  las  calles,  cantando  la 
jota. 

El  Obispo  ha  repartido  1.000  pesetas  entre  los  pobres  de  la  localidad.  > 

Felicitamos  de  nuevo  al  venerable  Prelado  y  al  mismo  tiempo  le  pedi- 
mos su  bendición  para  nuestros  trabajos  en  esta  Revista  que  tanto  realzó 
con  su  pluma. 

B.  R. 


MISCELÁNEA 


Cultura  y  acción  social. 

Acaba  de  fundarse  el  Grupo  de  la  Democracia  Cristiana,  formado  por 
ilustres  representantes  de  la  ciencia  y  acción  social  católica  en  España. 
Dada  la  importancia  del  asunto  publicamos  a  continuación  el  manifiesto  y 
programa  de  la  nueva  agrupación. 

«MANIFIESTO 

Hoy  nace  el  Grupo  de  la  Democracia  Cristiana  aunque  hace  ya  algún 
tiempo  que  trabaja  en  el  silencio.  Los  que  constituyen  el  primer  núcleo, 
forman  desde  hoy  una  estrecha  confraternidad,  pero  hace  ya  muchos  años 
que  se  sienten  unidos  por  la  comunidad  del  ideal  social,  por  el  matiz  de 
procedimiento,  por  la  coincidencia  de  esfuerzos  y  aun  por  la  reciprocidad 
de  los  afectos. 

Si  desde  hoy  estrechan  los  vínculos  y  buscan  una  coordinación  sistemá- 
tica y  consciente  a  su  actividad,  es  porque  sienten  con  mayor  ímpetu  la  ne- 
cesidad de  agrandarla  y  de  darle  una  positiva  eficacia. 

Es  mayor  hoy  el  peligro  y  mayor  también  el  desconcierto  en  las  inteli- 
gencias y  el  miedo  en  los  corazones,  es  mayor  la  audacia,  más  violenta  la 
agresiva  y  más  fieros  los  asaltos  a  esta  gloriosa  civilización  cristiana,  a  la 
que  la  humanidad  debe  tanto  y  de  la  que  somos  hijos  y  queremos  ser 
soldados. 

Principios  doctrinales  que  nuestra  Escuela  social  y  nosotros  estamos 
glosando  hace  tiempo  y  que  hemos  tomado  del  Evangelio  y  de  la  tradi- 
ción cristiana,  van  apareciendo  como  normas  en  organizaciones  que  se 
llaman  revolucionarias  y  hasta  en  constituciones  bolcheviques. 

Lo  contemplamos  con  regocijo  porque  eso  significa  una  fatal  irradia- 
ción de  nuestro  ideal  y  un  inconsciente  rendimiento  a  su  verdad  fecunda; 

18 


170  MISCELÁNEA 

pero  vemos  con  indignación  y  con  sorpresa  que  esas  armas  templadas  y 
aguzadas  por  el  cristianismo  para  defensa  de  la  justicia  y  de  la  fraternidad 
entre  los  hombres,  las  revuelven  insensatamente  contra  él  y  en  daño  y  per- 
turbación de  la  propia  Humanidad. 

Viejas  preocupaciones  nuestras  por  el  pueblo  y  soluciones  a  problemas 
que  nosotros  nos  hemos  planteado,  a  veces  antes  y  con  más  firmeza  que 
nadie  en  España,  aparecen  en  programas  de  partidos  radicales  fósiles,  que 
las  rechazaron  siempre,  o  de  organizaciones  sociales  que  ignoran  o  fingen 
ignorar  nuestro  ideario  y  nuestro  ardiente  amor  a  la  justicia  y  al  pueblo. 
Vemos  con  alegría  optimista  que  con  retazos  de  nuestro  programa  van  for- 
mando los  suyos,  pero  después  de  eso  tiene  que  parecemos  insoportable 
y  chocante  la  acusación  de  que  vamos  a  remolque  de  ellos  y  de  que  nuestra 
democracia  y  nuestra  labor  popular  es  un  truco  de  oportunismo  habilidoso, 
la  postura  del  miedo  o  el  clavo  ardiendo  a  que  se  agarra  el  que  perece. 

Todo  eso  han  sido  en  nosotros  motivos  determinantes  de  la  unión  para 
el  trabajo  que  iniciamos  hoy. 

El  Grupo  de  la  Democracia  Cristiana  no  es  un  partido  político;  sus 
asociados  pueden  pertenecer  al  de  sus  personales  preferencias,  y  sólo  se 
obligan  moralmente  a  defender  dentro  de  él  en  la  medida  de  sus  fuerzas, 
los  principios  y  las  conclusiones  sociales  del  Grupo,  así  como  sus  aplica- 
ciones a  la  política  social  de  cada  momento. 

Tampoco  aspira  a  organizar  clases  ni  a  dirigirlas.  No  es  un  Centro  de 
acción  social,  aunque  mirará  con  simpatía  y  estimulará  todos  los  que  se 
inspiren  en  los  principios  sociales  del  catolicismo,  con  tanta  más  intensi- 
dad y  decisión  cuanto  mayor  sea  la  coincidencia  de  orientación  doctrinal  y 
de  procedimiento. 

El  Grupo  de  la  Democracia  Cristiana  es  un  núcleo  cultural,  un  Círcu- 
lo de  estudios;  si  no  parece  inmodesto,  una  Escuela  social.  Hace  falta  la 
acción,  pero  hay  que  darle  el  soporte  de  la  idea.  Hay  que  utilizar  la  fuerza 
de  los  instintos  y  la  energía  de  los  sentimientos  y  de  las  pasiones,  pero  hay 
que  depurar  y  espiritualizar  todo  eso  en  el  crisol  de  un  ideal.  Nuestro  ideal 
es  el  reinado  de  la  justicia  y  de  la  caridad,  la  íntima  y  substancial  cristiani- 
zación de  la  vida;  nuestra  aspiración  es  sacarlo  cada  vez  más  de  la  niebla, 
hacerlo  transparente  y  amable,  darle  la  popularidad  que  tuvo  y  que  debió 
tener  siempre. 

Para  eso  se  necesita  despertar  voluntades,  hacer  comprender  responsa- 
bilidades y  suscitar  escrúpulos  e  inquietudes.  Se  necesita  sobre  todo  ganar 


MISCELÁNEA  171 

el  alma  colectiva,  convenciéndola,  persuadiéndola,  haciendo  caer  sobre  su 
tierra  sedienta  una  lluvia  de  sugestiones  y  propagandas  fecundas. 

Es  un  error  pensar  que  la  acción  lo  es  todo.  La  acción,  antes  de  hacer- 
se visible,  ha  sido  idea  o  sentimiento,  recatados  en  el  fondo  de  las  concien- 
cias. Por  cada  libro  que  en  las  bibliotecas  públicas  hace  la  exposición  y  la 
propaganda  del  catolicismo  social,  hay  cincuenta  que  hacen  la  exposición 
y  defensa  del  socialismo,  del  sindicalismo  rojo  o  de  la  anarquía.  En  las  ¡deas 
guardadas  en  esos  libros  está  la  clave  principal  de  ciertos  éxitos  y  de  cier- 
tos peligros  que  hoy  ponen  espanto  en  tantos  corazones. 

Por  eso  queremos  dar  a  nuestra  Agrupación,  como  tareas  preeminentes, 
el  estudio,  la  especulación  doctrinal.  Por  eso  aspiramos  a  ir  fijando,  según 
nuestro  leal  saber  y  entender  los  principios  sociales  del  Catolicismo,  a  po- 
pularizarlos por  la  propaganda  oral  y  escrita  y  a  procurar  su  aplicación  a  la 
política  social  del  Estado  y  a  las  organizaciones  de  libre  iniciativa  en  la  so- 
ciedad. Por  eso  intentamos  estudiar  los  problemas  sociales  que  la  realidad 
vaya  planteando,  y  buscarles  una  solución,  no  empírica  o  prestada  por  es- 
cuelas extrañas  u  hostiles,  sino  inspirada  en  los  criterios  sociales  y  éticos  de 
la  religión  cristiana. 

Y  por  eso,  todo  periódico  o  Empresa  editorial  que  ponga  en  circula- 
ción ese  caudal  doctrinal,  tendrá  nuestra  simpatía:  todo  partido  que  lo 
adopte  como  criterio  para  su  política  social,  tendrá  en  eso  nuestro  aplauso; 
todo  proyecto  o  proposición  de  ley  o  toda  organización  social  que  en  ella 
se  inspire,  tendrá  nuestra  ayuda. 

Creyentes  entusiastas,  orgullosos  de  nuestra  fe,  que  nos  impone  graves 
deberes,  pero  que  nos  hace  concebir  también  indefectibles  esperanzas, 
pensamos  que  hoy  más  que  nunca  necesita  el  pueblo  recordar  la  fraterni- 
dad divina,  la  fraternidad  de  los  hombres  y  la  redención  por  Cristo  Dios. 

De  nada  le  servirían  los  triunfos  de  la  fuerza  si  no  lograra  asentarlos  y 
consolidarlos  sobre  los  sillares  de  la  Justicia  y  de  un  esplritualismo  inten- 
so. La  fuerza  podrá  darle  las  efímeras  y  siniestras  satisfacciones  del  odio, 
pero  no  la  estabilidad  en  la  paz,  ni  el  respeto  de  las  nuevas  generaciones, 
ni  esa  simpatía  y  confianza  recíprocas,  necesarias  para  la  convivencia  so- 
cial, ni  el  reposo  de  la  conciencia,  ni  la  hartura  y  la  dicha  que  espera.  Sus 
triunfos  serán  llamaradas  que  devorarán  sus  vidas,  pero  no  iluminarán  sus 
caminos  ni  harán  más  hospitalario  el  planeta. 

La  luz  y  la  paz,  el  respeto  a  su  dignidad  de  hombre,  la  exaltación  de  su 
personalidad,  el  calmante  para  los  dolores  humanos,  el  derecho  a  lajusti- 


172  MISCELÁNEA 

cia  y  aun  a  la  abnegación  de  los  demás,  su  ascensión  social,  su  lote  en  la 
dicha  de  este  mundo,  la  saciedad  de  las  ansias  infinitas  que  le  tienen  en 
perpetua  inquietud,  sólo  podrá  encontrarlas  en  la  medida  que  las  enseñan- 
zas de  Jesús  vayan  filtrándose  en  las  almas  y  saturando  las  instituciones  y 
la  vida  de  los  pueblos. 

Y  esto  será  también  una  suprema  orientación  para  nuestra  actividad 
colectiva. 

Albo  y  Martí  (Ramón),  doctor  en  Derecho  y  publicista;  Amor  (Grego- 
rio), canónigo  de  Valladolid;  Arboleya  (Maximiliano),  canónigo  apologista 
de  Oviedo;  Aznar  (Severino),  catedrático  de  la  Universidad  de  Madrid; 
Boix  (José  María),  director  de  Revista  Sjcial;  Calvo  Sotelo  (José),  diputa- 
do a  Cortes,  profesor  de  la  Universidad  de  Madrid;  Castroviejo  (Arman- 
do), catedrático  de  Santiago;  Correas  (Juan  Francisco),  director  de  la  Ac- 
ción Social  de  Jaén;  García  Hughes  (Daniel),  canónigo,  catedrático  del 
Seminario  de  Madrid;  Ibeas  (Bruno),  agustino,  licenciado  en  Ciencias  his- 
tóricas; Jiménez  (Inocencio),  catedrático  de  la  Universidad  de  Zaragoza; 
Jordana  (Luis),  catedrático  de  la  Universidad  de  Valencia;  López  Núñez 
(Alvaro),  secretario  general  del  Instituto  Nacional  de  Previsión;  Latre 
(José),  «Le  Brun»,  publicista;  Llovera  (José),  publicista,  catedrático  del  Se- 
minario de  Gerona;  Minguijón  (Salvador),  catedrático  de  la  Universidad  de 
Zaragoza;  Moran  (Juan  Francisco),  canónigo,  catedrático  del  Seminario  de 
Madrid;  Pía  y  Deniel  (Narciso),  ex  presidente  de  la  Acción  Social  Popular; 
Sangro  y  Ros  de  Olano  (Pedro),  del  Instituto  de  Reformas  Sociales;  Reig 
y  Genovés  (Juan),  del  Instituto  de  Reformas  Sociales;  Zumalacárregui 
(José  María),  catedrático  de  la  Universidad  de  Valencia.» 

El  mismo  Grupo  de  la  Democracia  Cristiana  ha  repartido  un  folleto 
que  tiene  por  título:  Bases  de  organización  y  Programa  doctrinal  y  de 
acción  del  Sindicalismo  Obrero  Católico.  Lo  transcribimos  a  continuación 
juntamente  con  la  advertencia  que  lleva  al  frente: 

«Con  fecha  10  de  Febrero  del  corriente  año  de  1919,  el  Eminentísimo 
señor  Cardenal  Guisasola,  Arzobispo  de  Toledo  y  Director  general,  por 
delegación  del  Papa,  de  la  Acción  social  católica  de  España,  propuso  y  re- 
comendó la  celebración  en  Madrid  de  «una  reunión,  conferencia  o  asam- 
blea para  tratar  de  cuestiones  estrictamente  obreras». 

Reunida  esa  Asamblea  el  día  27  del  mismo  mes  de  Febrero,  con  asisten- 
cia de  un  número  considerable  de  escritores  y  propagandistas  sociales  de 


MISCELÁNEA  173 

los  diversos  puntos  de  España,  y  hallándose  igualmente  presentes  obreros 
de  todos  los  matices  del  Sindicalismo  católico,  se  procedió  desde  luego  a  la 
redacción  de  las  Bases  de  una  más  perfecta  y  uniforme  organización  sin- 
dicalista obrera,  habiendo  sido  aceptadas  por  unanimidad  las  presentadas 
por  la  Ponencia  nombrada  al  efecto,  y  son  las  que  van  a  continuación. 

Seguidamente  se  designó  otra  Ponencia  para  la  redacción  de  un  pro- 
yecto de  Programa  doctrinal  y  de  acción  del  Sindicalismo  obrero  católi- 
co, siendo  aprobado  también  por  unanimidad  el  que  sigue  a  las  mencio- 
nadas Bases. 

En  cumplimiento  de  éstas  se  convocó  un  Congreso  Nacional  de  Sindi- 
catos católicos  de  obreros,  que  comenzó  sus  trabajos  el  día  20  de  Abril. 
En  este  Congreso,  integrado  exclusivamente  por  obreros  representantes 
autorizados  de  los  Sindicatos,  fueron  leídos,  estudiados  y  aprobados  uná- 
nimemente y  con  gran  entusiasmo  lo  mismo  las  Bases  que  el  Programa. 

Finalmenre,  sometidos  Programa  y  Bases  a  la  superior  censura  del 
señor  Cardenal  Primado,  Su  Excelencia,  no  habiendo  hallado  en  ellos  nada 
opuesto  al  dogma  y  a  la  moral,  se  ha  dignado  autorizar  la  publicación  y 
divulgación  de  estos  documentos,  fiel  reflejo  del  pensamiento  de  los  cató- 
licos sociales  españoles. 


Sindicalismo  Obrero  Católico. 


BASES   DE   ORGANIZACIÓN 

1."  Se  reconoce  que  el  medio  más  eficaz  para  defender  los  legítimos  in- 
tereses de  las  clases  trabajadoras  es  el  Sindicato  puro,  es  decir,  el  consti- 
tuido solamente  por  obreros  de  un  mismo  oficio. 

2.*  Los  Sindicatos  católicos  de  obreros  no  han  de  ser,  como  ocurre  con 
los  revolucionarios,  armas  en  manos  de  los  trabajadores  para  luchar  siste- 
máticamente con  los  patronos,  ni  tampoco,  como  los  apellidados  amari- 
llos, armas  en  manos  de  los  patronos  para  defender  sus  peculiares  intere- 
ses, sino  que  deben  ser  medios  eficaces,  en  manos  de  los  obreros,  para  de- 
fender sus  derechos  e  intereses  contra  quienquiera  que  los  desconozca  o 
atropelle,  pudiendo  unirse  circunstancialmente  con  otras  entidades  obre- 
ras, siempre  que  estas  uniones  se  realicen  con  arreglo  a  la  justicia  en  los 


174  MISCELÁNEA 

conflictos  profesionales,  y  sin  que  por  esto  sean  ni  puedan  ser  acusados  de 
revolucionarios. 

3/  Los  Sindicatos  católicos  de  obreros  han  de  ser  confesionales  y,  por 
lo  tanto,  deberán  usar  en  su  título  el  calificativo  de  <católico»,  y  consignar 
en  sus  Estatutos  que  su  actuación  ha  de  fundarse  en  ja  doctrina  y  moral 
católica. 

4.*  Estos  Sindicatos  no  son  organismos  políticos,  pero  como  instru- 
mentos de  pacificación  social,  formarán  parte  esencial  de  la  organización 
corporativa  a  que  aspiran  los  católicos  sociales  para  su  intervención  en  la 
vida  pública  de  la  nación. 

5."  Los  Sindicatos  católicos  de  obreros  procurarán  siempre,  dentro  de 
la  evolución  de  las  clases  y  de  los  regímenes  económicos,  la  libre  discu- 
sión con  los  Sindicatos  patronales,  cuya  organización  conceptuamos  tan 
necesaria  como  la  de  los  Sindicatos  obreros. 

6.*  Los  obreros  de  un  mismo  oficio,  en  cada  pueblo,  formarán  el  Sin- 
dicato local  del  oficio;  todos  los  Sindicatos  del  mismo  oficio  de  una  región 
formarán  la  Federación  regional,  y  todos  los  del  mismo  oficio  de  la  nación 
constituirán  la  Federación  nacional  de  aquel  oficio. 

Y,  además,  para  atender  a  los  intereses  comunes  a  todos  los  trabajado- 
res de  los  distintos  oficios,  se  formarán  uniones  o  Confederaciones  loca- 
les y  regionales,  y  por  último,  la  Confederación  Nacional  de  los  Trabajado- 
res Católicos. 

La  Junta  de  la  Unión  o  Confederación  local  la  formarán  los  represen- 
tantes de  los  distintos  Sindicatos  locales;  la  Junta  de  la  regional  la  com- 
pondrán los  representantes  de  las  Federaciones  regionales  de  los  distintos 
oficios,  y  la  de  la  Confederación  la  constituirán  los  representantes  de  las 
Federaciones  nacionales. 

7.*  En  cada  localidad  no  habrá  más  que  un  Sindicato  de  cada  oficio. 
Si  al  presente  hubiera  más  de  uno  en  el  mismo  pueblo  se  instará  a  las  res- 
pectivas Juntas  directivas,  a  fin  de  que,  por  todos  los  medios  posibles,  se 
llegue  a  la  fusión  de  ellos  en  uno  solo. 

8.*  Los  Sindicatos,  en  defensa  de  sus  asociados,  pueden  hacer  uso  de 
todos  los  medios  lícitos,  considerando  como  tales  la  huelga  y  el  boicoteo, 
agotados  que  sean  los  medios  conciliatorios,  pero  nunca  podrán  recurrir 
al  sabotage, 

9.*  Se  respetan  todas  las  obras  sociales  existentes,  pero  éstas  habrán 
de  exigir  a  sus  socios  que  entren  a  formar  parte  de  los  Sindicatos  católicos 


MISCELÁNEA  175 

de  obreros,  y  si  no  hubiera  Sindicatos  en  aquella  localidad,  se  constituirán 
inmediatamente. 

10.  Se  considera  necesaria  la  organización  de  las  Bolsas  de  Trabajo 
en  los  Centros  organizados,  con  intercambio  de  todas  las  que  existan  en  la 
nación. 

11.  Conviene  que  los  Sindicatos  se  cuiden  del  aprendizaje,  organizando 
al  efecto  Escuelas  profesionales,  y  procurando  para  las  mismas  becas  y 
otros  auxilios  que  faciliten  el  cumplimiento  de  su  fin. 

12.  Se  declara  urgente  la  creación  del  Secretariado  nacional  católico 
obrero. 

13.  Aunque  las  proposiciones  que  aquí  se  formulan  se  refieren  lo 
mismo  a  las  obreras  que  a  los  obreros;  se  reconoce  que  aquéllas  deben 
estar  en  Sindicatos  y  Federaciones  separados,  aunque  uniéndose,  con  per- 
fecta solidaridad,  a  los  hombres  del  mismo  oficio. 

Y  14.  Se  propone  que  se  convoque  a  una  Asamblea  nacional  de  los 
Sindicatos  Católicos  de  obreros  para  que  examinen  las  precedentes  Bases 
las  acepten  si  les  parecen  bien,  y  lleven  a  cabo  la  organización  profe- 
sional. 

II 

PROGRAMA   DOCTRINAL   Y   DÉ   ACCIÓN 

Principios. 

I.  El  trabajo  es  un  deber  ético  y  obliga  a  todos,  por  lo  tanto:  Urge 
buscar  sanciones  para  los  holgazanes,  aunque  sean  ricos  y  no  necesiten 
trabajar. 

II.  El  que  cumple  el  deber  de  trabajar  tiene  derecho  a  vivir  vida  deco- 
rosa, hasta  cuando  no  trabaje,  sin  su  culpa.  La  sociedad  se  debe  organizar 
de  modo  que  garantice  eficazmente  ese  derecho. 

III.  La  propiedad  debe  estar  organizada  de  modo  que  facilite  la  subsis- 
tencia de  todos,  para  que  puedan  ejercer  sus  derechos,  cumplir  sus  debe- 
res y  participar  de  los  beneficios  de  la  civilización. 

IV.  Sociedad  organizada  para  la  producción  de  modo  que  la  mayor 
parte  de  sus  agentes  tengan  interés  en  producir  poco,  o  no  tengan  interés 
en  producir  mucho  y  bien,  sociedad  mal  organizada.  Así  es  el  régimen  del 
salariado,  y  por  eso  lo  consideramos  como  un  régimen  imperfecto  de  tran- 
sición, y  aspiramos  a  que  termine. 


176  MISCELÁNEA 

V.  Patronos  y  obreros  son  servidores  de  la  sociedad.  En  virtud  de  la 
lucha  de  clases,  en  vez  de  hacer  su  tarea,  se  entretienen  en  reñir  y  en  rom- 
per los  muebles.  Reconocemos  la  lucha  de  clases  como  un  hecho,  pero  la 
rechazamos  y  aspiramos  a  que  cese,  no  sólo  por  ser  anticristiana,  sino  tam- 
bién por  atentatoria  al  bien  de  la  sociedad. 

VI.  Somos  sindicalistas  porque  tenemos  conciencia  de  las  relaciones 
casi  naturales,  casi  fatales,  que  unen  a  los  del  mismo  oficio  o  profesión,  y 
porque  nuestra  liberación  y  nuestra  ascensión  social  no  la  esperamos  del 
Estado  ni  de  ninguna  otra  clase,  sin  la  base  de  los  obreros  organizados. 

Vil.  Somos  corporatistas,  porque  sólo  la  corporación  puede  dar  a  los 
patronos  y  obreros  de  cada  profesión  conciencia  de  la  unidad  de  su  fun- 
ción social  y  de  sus  intereses  comunes,  y  solo  ella,  por  tanto,  puede  abrir 
cauces  a  la  paz  y  hacer  posible  en  su  integridad  el  servicio  que  ambas  cla- 
ses juntas  deben  prestar  a  la  sociedad. 

VIII.  Rechazamos  el  Sindicato  único  obligatorio,  porque  es  instrumen- 
to de  tiranía  monstruosa.  Nuestro  lema  en  esta  materia  es:  «La  Corpora- 
ción obligatoria,  pero  el  Sindicato  libre.» 

IX.  No  somos  socialistas,  porque  ellos  quieren  que  ninguno  sea  pro- 
pietario, y  nosotros  desearíamos  que  lo  fueran  todos,  y  porque  las  Socie- 
dades que  ellos  inspiran  atentan  contra  nuestra  libertad  de  conciencia  y 
tratan  de  convertirnos  en  cómplices  y  colaboradores  de  los  enemigos  de 
nuestra  fe  y  de  nuestros  convencimientos  honrados. 

X.  No  somos  sindicalistas  revolucionarios,  porque  no  toleramos  tira- 
nías ni  tenemos  vocación  de  tiranos,  porque  no  queremos  deshonrar  el 
derecho  de  asociación,  porque  consideramos  la  revolución  social  como 
criminal  y  estéril,  y  porque  no  queremos  atraer  sobre  el  proletariado,  que 
amamos,  el  horror  de  la  sociedad  ni  las  venganzas  de  la  Historia, 

XI.  No  somos  neutros,  porque  no  somos  incautas  alondras  de  las  que 
con  ese  espejuelo  se  cazan,  porque  no  conocemos  Sindicatos  neutros  y 
porque  no  puede  haberlos  desde  el  momento  en  que  tienen  que  inspirar- 
se en  principios  doctrinales  que  no  entienden  de  neutralismos. 

(Concluirá.) 


LA  ATENCIÓN  Y  LA  MEMORIA 


(O 


En  su  obra  Les  images,  resume  con  claridad  y  precisión,  E.  Pei- 
llaube,  las  diferentes  fases  por  las  que  pasan  las  imágenes  desde  su 
fijación  en  la  conciencia  hasta  el  momento  de  ser  evocadas  y  re- 
conocidas como  nuestras.  Dice  así  el  ilustre  psicólogo,  en  la  obra 
citada,  páginas  121-122:  «En  la  fase  inicial  las  impresiones,  des- 
pués de  haber  aparecido  en  la  conciencia,  no  desaparecen  de  la 
misma  por  completo,  antes  bien  dejan  en  ella  algo  de  sí  mismas, 
que  será  el  embrión  de  la  imagen  o  del  recuerdo.  Esta  es  la  fase  de 
fijación.  La  imagen  embrionaria  participa  de  la  vida  psicológica, 
es  activa,  como  lo  es  aquella  vida,  y,  como  aquélla,  tiende  por 
naturaleza  hacia  una  organización  bastante  precisa,  pierde  alguna 
de  sus  relaciones  contrayendo  otras  nuevas,  disgrégase  para  vol- 
ver a  integrarse.  Este  trabajo  se  continúa  durante  un  período  más  o 
menos  largo,  que  recibe  el  nombre  de  estado  laiente.  Llega  luego 
un, momento  en  que  la  imagen  hace  un  esfuerzo  por  evocarse, 
quiere  volver  al  estado  actual  y  obrar  de  nuevo.  Es  esta  la  fase  de  la 
evocación.  Finalmente  la  imagen  acaba  por  reproducirse,  conforme  a 
las  leyes,  que  luego  se  determinarán,  y  la  organización,  que  en  aquel 
momento  presenta,  recuerda  su  primera  aparición  en  la  conciencia. 
Es  esta  la  fase  de  reproducción.  El  trabajo  de  la  memoria,  empero, 
no  ha  terminado  aún;  la  representación  puede  formarse  en  nosotros 
sin  que  sea  referida  a  un  <yo»  personal;  no  es  necesariamente  cons- 
ciente, si  por  consciente  se  entiende  la  conciencia  de  sí  mismo.  Hay, 
pues,  una  fase  de  conciencia  personal.  Y  así,  en  vez  de  ver  en  la 
imagen  tan  sólo  un  hecho  presente,  reconocemos  en  ella  un  aconte- 
cimiento de  nuestra  vida  pasada:  tal  es  la  fase  de  reconocimiento.  La 


(1)    Véase  la  página  468  del  volumen  CXVIL 

La  Ciudad  de  Dios Afto  XXXIX.— Niim.  1.109.  13 


178  LA  ATENCIÓN  Y  LA  MEMORIA 

organización  de  estas  imágenes  y  recuerdos  llega  a  su  última  etapa 
con  la  localización  en  el  pasado.  Finalmente,  en  la  última  fase  de  la 
evolución,  la  experiencia  es  disociada  en  favor  de  una  nueva  expe- 
riencia, la  cual  no  es  ya  una  repetición,  sino  una  invención,  una 
creación.» 

De  las  cinco  funciones  que  comprendía  la  memoria,  según  deja- 
mos establecido  en  nuestro  primer  artículo  acerca  de  esta  materia, 
hemos  estudiado  las  dos  primeras,  haciendo  resaltar  el  importantí- 
simo papel  que  desempeña  la  atención  en  ellas;  ahora  nos  resta  ha- 
blar de  la  evocación  del  recuerdo,  de  su  reconocimiento  y  de  su  lo- 
calización en  el  tiempo. 

Es  un  hecho  que  la  memoria  no  solamente  conserva  las  ideas  o 
impresiones,  después  de  haberlas  fijado,  sino  que  también  las  repro- 
duce, las  hace  volver  a  vivir,  integrándolas  de  nuevo  en  la  corriente 
de  nuestra  vida  psíquica.  Este  fenómeno,  lo  mismo  que  ocurría  con 
la  conservación,  puede  ser  pasivo,  espontáneo,  o  tener  por  causa  in- 
mediata nuestro  esfuerzo.  En  el  lenguaje  vulgar  hay  expresiones  que 
indican  esta  doble  propiedad;  porque  algunas  veces  decimos:  «se 
me  viene  a  la  memoria  tal  cosa>,  lo  que  indica  que  el  recuerdo  acude 
por  sí  mismo,  sin  intervención  alguna  nuestra,  a  lo  menos  consciente; 
mientras  otras  veces  decimos:  «recuerdo  tal  hecho>,  para  significar 
cómo  el  recuerdo  se  debe  a  un  esfuerzo  o  industria  de  nuestra  parte. 
Lo  que  quiere  decir,  en  otras  palabras,  que  con  frecuencia  el  recuer- 
do es  espontáneo,  asoma  en  la  superficie  de  la  conciencia,  a  veces 
hasta  a  pesar  nuestro,  como  en  el  caso  de  los  pensamientos  impor- 
tunos, que  no  podemos  desechar  de  ninguna  manera.  A  todos  habrá 
ocurrido  alguna  vez,  que,  bruscamente,  en  medio  de  preocupaciones 
extrañas  surja  en  su  espíritu  y  le  arrastre  de  una  manera  irresistible 
una  tonada  que  se  ha  oído,  y  habrá  quedado  no  poco  maravillado 
al  sorprenderse  cantándola  en  voz  baja  y  esto  no  una  sino  muchas 
veces  durante  el  mismo  día.  Otros  recuerdos  hay  de  tal  manera  in- 
voluntarios, que  se  nos  imponen,  se  clavan,  por  decirlo  así,  en  nues- 
tra memoria,  nos  persiguen  largo  tiempo  y  acaban  por  importunar- 
nos. La  causa  de  todos  estos  fenómenos  es  que  la  impresión  primitiva 
fué  muy  enérgica.  Si  las  ideas  se  conservan  en  proporción  a  su  inten- 
sidad primera,  ellas  tienden  también  a  reproducirse  según  esta 
misma  intensidad;  hay  allí  una  lucha  por  la  vida,  y  tan  pronto  como 


LA  ATENCIÓN  Y  LA  MEMOIUA  179 

las  circunstancias  lo  permiten,  la  más  fuerte  se  apodera  en  seguida 
de  nuestro  espíritu.  En  general,  las  impresiones  actuales,  más  vivas, 
impiden  la  reviviscencia  de  los  recuerdos  y  ejercen  respecto  de 
ellos  una  especie  de  muro  de  contención;  pero  se  dan  casos  en  que 
una  impresión  anterior  ha  sido  en  tal  grado  enérgica  y  fuerte  que  su 
recuerdo  vence  a  las  sensaciones  presentes;  por  otra  parte,  basta  que 
la  comunicación  con  el  mundo  se  interrumpa  por  cualquier  circuns- 
tancia, o  que  se  debilite  y  obscurezca,  como  en  el  período  del  sueño 
y  en  los  fenómenos  semejantes,  para  que  las  imágenes  que  viven  en 
nosotros  reaparezcan  y  se  disputen  la  entrada  en  el  campo  de  la 
conciencia. 

Pero  lo  más  natural,  y  en  consecuencia,  lo  más  frecuente,  es  que 
el  recuerdo  vuelva  atraído  por  la  idea  o  la  impresión  actualmente 
presente  en  nuestro  espíritu;  en  otros  términos,  que  la  reviviscencia 
de  los  hechos  psíquicos  sea  debida  a  la  asociación  de  que  antes  ha- 
blamos. No  solamente  las  ideas  han  de  ser  consideradas  como  ele- 
mentos dinámicos  y  en  manera  alguna  inertes,  sino  que  tampoco 
están  aisladas  unas  de  otras.  Por  la  misma  razón  que  han  estado  una 
vez  juntas  en  la  conciencia,  se  asocian,  forman  grupos  más  o  menos 
complejos;  y  desde  el  instante  en  que  uno  de  los  elementos  que  le 
integran  se  presenta  de  nuevo,  tiende  a  reconstituir  el  grupo  primi- 
tivo. Todo  el  mundo  puede  comprobar  en  sí  mismo  con  qué  exube- 
rancia algunas  veces  nos  vienen  a  la  memoria  ideas  y  recuerdos  a 
propósito  de  alguna  conversación  que  estamos  escuchando,  o  de  al- 
gún lugar  en  que  hemos  pasado  años  de  intensas  emociones.  «El  jo- 
ven estudiante,  escribe  el  Cardenal  Mercier  en  su  Psicología,  que,  lle- 
gado el  día  de  vacaciones,  vislumbra  desde  lejos  la  torre  de  la  iglesia 
de  su  pueblo  natal,  se  representa  inmediatamente  en  su  imaginación  la 
casa  paterna,  a  su  padre,  madre,  hermanos,  vecinos  y  amigos;  una  sim- 
ple percepción  visual  despierta  en  él  todo  este  cortejo  de  recuerdos. 
La  vista  del  retrato  de  un  amigo  hace  revivir  el  recuerdo  de  su  per- 
sona, evoca,  además,  su  actitud  y  manera  de  ser  general,  su  voz,  al- 
guna conversación  tenida  con  él,  tal  circunstancia  solemne  en  que  su 
abnegación  nos  prestó  un  inestimable  servicio.  Al  oir  las  primeras 
notas  de  una  pieza  conocida,  irresistiblemente  se  comienza  a  tararear 
la  continuación»,  etc.  Claro  está  que  en  el  primer  caso  de  la  evoca- 
ción puramente  espontánea  la  atención  no  entra  para  nada,  puesto 


180  LA  ATENCIÓN  Y  LA  MEMORIA 

que  se  verifica  sin  intervención  nuestra  consciente.  En  el  segundo 
caso  del  recuerdo  por  asociación,  interviene  aquella  facultad  en  la 
formación  de  éste. 

En  el  recuerdo  voluntario  la  atención  plantea,  digámoslo  así,  una 
cuestión  a  la  memoria,  exigiendo  a  ésta  bien  un  nombre  olvidado, 
ya  una  fecha  que  se  nos  ha  escapado,  o  el  sitio  donde  pusimos  un 
objeto  y  otras  cosas  semejantes.  Entonces  es  cuando  la  memoria  pone 
a  nuestra  disposición  sus  listas  de  recuerdos  que  tengan  alguna  rela- 
ción con  la  cuestión  presentada,  y  el  espíritu  escoge,  eliminando  las 
respuestas  falsas,  aquel  recuerdo  que  sea  exacto.  Es  de  notar  que  la 
evocación  voluntaria  implica,  por  una  parte,  un  recuerdo  espontá- 
neo parcial  e  incompleto  y  por  otra  el  reconocimiento  del  mismo. 

En  efecto:  no  se  busca  sino  aquello  que  ya  se  conoce,  y  de  lo 
que  se  tiene  alguna  noción,  por  muy  vaga  e  imprecisa  que  se  la  su- 
ponga: se  conoce  la  cosa  cuyo  nombre  se  ignora,  el  acontecimiento 
cuya  fecha  se  trata  de  fijar.  Todo  problema  lleva  consigo  un  presen- 
timiento de  la  respuesta.  Al  querer  recordar  un  nombre  olvidado, 
la  asociación  propondrá  toda  una  serie  de  nombres,  que  el  pensa- 
miento eliminará,  si  son  falsos,  para  no  adoptar  sino  el  verdadero; 
y  habrá  casos  en  que  la  energía  voluntaria  de  la  razón  paralizará  la 
energía  espontánea  de  la  asociación.  Y  entonces  estaremos  en  pre- 
sencia de  dos  fenómenos  muy  curiosos:  uno  que  la  asociación  no 
podrá  utilizar  las  riquezas  y  tesoros  de  representación  de  que  dispo- 
ne, hasta  tanto  que  el  pensamiento  no  deje  de  vigilarla  y  torturarla; 
un  nombre  olvidado  aparece  en  la  memoria  cuando  se  ha  renuncia- 
do por  fin  a  encontrarle,  cuando  no  se  piensa  más  en  él,  «cuando  se 
le  ha  dejado  por  imposible»,  como  se  dice  gráficamente  en  expre- 
sión vulgar.  El  otro  fenómeno,  no  menos  extraño  y  curioso,  consis- 
te en  que  al  no  conseguir  la  asociación  proporcionar  a  la  inteligen- 
cia lo  que  ésta  le  pide,  se  abre  un  paréntesis  en  nuestra  vida  psíquica, 
invadiéndonos  un  curioso  sentimiento  de  vado  en  la  conciencia. 
Son  esos  momentos  en  que  nos  preguntamos  a  nosotros  mismos: 
«¿en  qué  estaba  yo  pensando?»  E  inmediatamente  se  da  uno  cuenta 
de  que  no  se  percibe  absolutamente  nada;  esto  no  ocurre  jamás  en 
la  evolución  espontánea  de  la  conciencia,  la  cual  no  admite  vacíos. 
Toda  curiosidad  es  un  conocimiento  parcial,  no  satisfecho,  que  tien- 
de a  completarse;  se  trata,  pues,  de  un  caso  de  reintegración  vo- 


LA  ATENCIÓN  Y  LA  MEMORIA  181 

luntaria,  bajo  el  esfuerzo,  la  dirección  y  la  comprobación  de  la 
atención. 

Hemos  dicho  que  además  de  la  evocación  espontánea,  parcial  e 
incompleta,  había  en  el  recuerdo  voluntario  un  reconocimiento;  y 
esto  es  evidente,  puesto  que  se  verifica  éste  por  medio  de  la  elimina- 
ción de  los  recuerdos  falsos  y  aceptación  del  exacto  y  justo,  lo  que 
implica  necesariamente  otras  funciones  intelectuales,  como  la  com- 
paración y  el  juicio  y  nos  autoriza  para  limitar  el  recuerdo  volunta- 
rio a  la  vida  consciente  del  hombre. 

De  lo  anteriormente  expuesto  podemos  deducir  que  la  interven- 
ción de  la  voluntad  en  la  evocación  de  los  recuerdos  no  puede  ser 
más  que  indirecta.  Hablando  con  propiedad,  no  se  puede  querer  re- 
cordar tal  o  cual  idea,  puesto  que  esta  voluntad  implicaría  el  que 
la  poseemos  actualmente,  ya  que  pensamos  en  ella,  y,  por  consi- 
guiente, no  tendríamos  necesidad  de  buscarla.  La  experiencia  de- 
muestra, por  otra  parte,  como  ya  hemos  hecho  notar,  que  con  fre- 
cuencia nuestra  voluntad  es  impotente;  podemos  hacer  todos  los 
esfuerzos  que  queramos  sin  que  el  recuerdo  aparezca;  hasta  hay  casos 
en  que  parece  que  una  gran  concentración  y  aplicación  de  nuestro 
espíritu,  en  vez  de  aprovechar,  es  contraproducente  a  la  evocación 
de  las  ideas,  y  el  recuerdo  nos  viene  cuando  menos  pensamos.  ¿Cuál 
es,  pues,  la  parte  de  la  voluntad  en  la  restauración  de  las  ideas? 
Cuando  buscamos  un  recuerdo,  es  raro  que  no  tengamos  una  con- 
ciencia más  o  menos  vaga  de  algunos  de  sus  elementos;  hasta  es  ne- 
cesario que  así  suceda,  pues  si  no  tuviéramos  ningún  dato  presente 
al  espíritu,  no  podríamos  hacer  nada;  así  es  que  nos  acordamos,  por 
ejemplo,  de  que  el  nombre  de  aquella  persona  o  cosa  comienza  por 
tal  letra,  o  termina  en  tal  otra  consonante.  La  voluntad  fija  los  ele- 
mentos en  el  espíritu;  estos  elementos,  en  virtud  de  la  ley  de  asocia- 
ción, suscitan  toda  una  serie  de  ideas  diferentes;  la  voluntad  contras- 
ta y  comprueba  los  resultados,  los  rechaza  si  no  están  conformes  con 
el  recuerdo  que  se  busca,  permite  que  otras  ideas  se  despierten,  y 
así  sucesivamente,  hasta  que  hayamos  conseguido  lo  que  pretende- 
mos, o  hasta  que,  desesperados  por  nuestros  repetidos  fracasos,  re- 
nunciemos a  encontrarla.  La  voluntad  no  hace  más  que  provocar  el 
juego  de  la  asociación,  lanzar  el  pensamiento  en  todas  direcciones  y 
comprobar  los  efectos,  de  suerte  que,  en  último  término,  el  recuerdo 


182  LA  ATENCIÓN  Y  LA  MEMORIA 

voluntario  no  es  más  que  un  caso  de  evocación  de  las  ideas  por  me- 
dio de  la  asociación. 

Pasemos  ya  a  examinar  la  cuarta  función  de  la  memoria,  que  es 
el  reconocimiento.  Reconocer  es,  según  la  etimolqgía  de  la  palabra, 
conocer  de  nuevo;  es  volver  a  encontrar  una  experiencia  pasada  en 
una  experiencia  presente.  Así  es  que  reconocemos  nuestros  recuer- 
dos de  dos  maneras:  o  bien  volviéndoles  a  vivir  directamente  y  por 
ellos  mismos,  o  bien  evocándolos  con  ocasión  de  una  percepción  ac- 
tual, con  la  cual  los  identificamos.  Hay  que  distinguir,  desde  luego, 
el  mecanismo  del  reconocimiento  en  la  memoria  y  en  la  percepción. 

Tener  percepciones  es  conocer  el  presente;  imaginar  alguna  cosa 
es  conocer  el  pasado,  pero  sin  reconocerle;  vivir  un  recuerdo  es  co- 
cocer  el  pasado  reconociéndole,  dándose  cuenta  de  que  reaparece 
tal  y  como  fué.  Es,  pues,  imposible  tener  conciencia  de  nuestros  re- 
cuerdos como  tales,  sin  oponerles  a  las  percepciones  y  a  las  imáge- 
nes, sin  encontrar  en  ellos  nuestro  pasado.  Los  hechos  van  escalo- 
nándose sin  cesar,  sin  interrupción  y  se  presentan  a  la  mirada  de 
nuestra  conciencia  en  una  especie  de  perspectiva  de  más  obscuros 
tonos  mientras  más  n'os  vamos  alejando  del  momento  presente. 
Hacia  ese  horizonte  retrospectivo  y  permanente  a  nuestra  vida  in- 
terna, a  semejanza  del  horizonte  visual  externo,  no  cesamos  de  diri- 
gir nuestra  mirada,  porque  nos  permite  abarcar  en  un  momento  el 
vasto  panorama  de  nuestra  vida  y  la  historia  de  nuestro  yo. 

La  simple  reproducción  de  los  estados  de  conciencia  anteriores 
no  es  propiamente  el  recuerdo,  sino  que  lo  prepara.  En  realidad,  no 
nos  acordamos  sino  cuando  tenemos  conciencia  de  que  nos  acorda- 
mos, es  decir,  cuando  tomamos  la  idea  actual,  no  como  un  hecho 
original,  sino  como  la  reproducción  de  un  fenómeno  pasado,  en 
otros  términos,  cuando  la  reconocemos.  El  reconocimiento  no  es 
solamente,  como  algunos  han  pretendido,  un  carácter  accesorio,  una 
circunstancia  añadida  al  recuerdo  ya  completo  sin  aquél;  es,  por  el 
contrario,  el  elemento  capital  del  recuerdo  mismo:  de  manera  que 
cuando  la  idea  no  es  reconocida,  no  hay  recuerdo  sino  simple  remi- 
niscencia. Al  reconocer,  pues,  una  idea  actualmente  presente  en  la 
conciencia,  la  consideramos  como  ya  vivida  en  el  pasado,  la  proyec- 
tamos en  el  tiempo. 

Hay  en  esto  alguna  analogía  con  lo  que  sucede  en  la  percepción 


LA  ATENCIÓN  Y  LA  MEMORIA  183 

externa:  en  realidad  no  podemos  percibir  más  que  sensaciones  sub- 
jetivas, y  la  percepción  consiste  precisamente  en  proyectar  éstas  en 
el  espacio.  De  la  misma  manera,  cuando  un  fenómeno  reaparece  en 
el  curso  de  nuestra  vida  psíquica,  nosotros  no  podemos  encontrar 
allí  otra  cosa  que  un  estado  de  conciencia  presente,  no  habiendo  en 
él  nada  que  indique  un  estado  anterior;  el  reconocimiento  consiste 
precisamente  en  asociarle  a  la  idea  del  pasado.  Además  exige  esta 
función  importantísima  de  la  memoria  tener  presente  la  identidad 
del  yo.  En  efecto;  para  poder  decir  que  hemos  ya  vivido  una  idea  o 
una  impresión  actualmente  presente,  es  menester  que,  a  través  del 
tiempo  mismo  y  de  todas  las  vicisitudes  que  de  él  dimanan,  nosotros 
hayamos  continuado  siendo  substancialmente  los  mismos.  Si  hoy 
fuéramos  un  ser  absolutamente  diferente  del  que  éramos  en  el  tiem- 
po pasado,  ya  no  existiría  nada  de  éste  con  respecto  a  nosotros,  y, 
en  el  estado  presente,  nos  sería  imposible  percibir  otra  cosa  que  un 
estado  actual,  de  ninguna  manera  un  recuerdo.  Esto  nos  demuestra 
que  las  dos  condiciones  necesarias  para  el  reconocimiento  se  redu- 
cen en  realidad  a  una  sola;  porque  si  nosotros  cambiásemos  con 
cada  estado  de  conciencia,  el  pasado  sería  la  nada  y  el  vacío  abso- 
luto para  nuestra  vida  consciente  y  sólo  existiría  el  presente;  lo  cual 
equivale  a  decir  que  nuestra  idea  del  tiempo  no  es  posible  sino  gra- 
cias a  la  identidad  de  nuestro  ser,  y  ésta,  por  otra  parte,  no  se  com- 
prende sino  por  medio  del  tiempo  durante  el  cual  permanecemos 
los  mismos. 

Resta  explicar  cómo  el  espíritu  puede  asociar  la  idea  del  pasado 
a  una  modificación  presente,  lo  que  equivaldría  a  exponer  el  meca- 
nismo del  reconocimiento.  Si  estuviéramos  conformes  con  Reid  y  su 
escuela,  esta  cuestión  no  tendría  razón  de  ser,  puesto  que  para  él  el 
reconocimiento  es  un  hecho  inmediato,  absolutamente  simple.  Pero 
esta  teoría  está  fundada  en  engañosas  apariencias  y  la  realidad  es 
muy  distinta:  el  reconocimiento,  lo  mismo  que  la  percepción,  es  un 
acto  muy  complejo  y  exige  toda  una  serie  de  operaciones. 

El  recuerdo  puede,  en  efecto,  ser  confundido  con  dos  órdenes 
de  fenómenos:  en  primer  lugar  con  una  percepción  actual,  como  lo 
prueban  el  ensueño  y  la  alucinación;  además  con  una  ficción  de  la 
imaginación,  puesto  que  nos  ocurre  con  frecuencia  no  saber  a  pun- 
to fijo  si  hemos  tenido  ya  tal  idea  o  visto  tal  fisonomía,  que  actual- 


184  LA  ATENCIÓN  Y  LA  MEMORIA 

mente  está  presente  a  nuestro  espíritu  o  a  nuestros  sentidos.  Por 
consiguiente,  la  cuestión  del  reconocimiento  es  doble:  cómo  distin- 
guimos el  recuerdo  de  una  percepción  actual  y  cómo  podemos  dis- 
tinguirle de  la  creación  imaginativa. 

La  primera  distinción  se  explica  por  el  contraste  que  separa  a  la 
percepción  del  recuerdo  y  la  reducción,  que  la  primera  ejerce  con 
frecuencia  sobre  el  segundo.  La  percepción  que  tenemos  de  un  ob- 
jeto es  viva,  enérgica  y  distinta;  es,  según  la  expresión  de  Spencer, 
«un  estado  fuerte>;  por  el  contrario,  su  recuerdo  tiene  bastante 
menos  nitidez  y  precisión,  es  «un  estado  débil>.  Es  evidente  que  la 
imagen  que  tengo  yo  ahora  del  Palacio  Real  de  Madrid  es  mucho 
más  pálida,  más  vaga  que  la  representación  que  tendría  si  yo  estu- 
viera en  este  mismo  momento  contemplando  realmente  este  edificio. 
Por  otra  parte,  la  percepción  se  impone  a  nosotros,  fuerza,  por  de- 
cirlo así,  la  entrada  en  la  conciencia:  cuando  yo  me  encuentro  delan- 
te del  Palacio,  me  es  imposible  no  verle  en  tanto  tenga  los  ojos 
abiertos:  el  recuerdo,  por  el  contrario,  está  más  sometido  a  la  de- 
pendencia de  mi  voluntad;  le  puedo  echar  fuera,  volverle  a  admitir 
o  reemplazarle  por  otro.  Añádese  a  esto  que  cuando  yo  tengo  una 
percepción,  está  siempre  confirmada  por  otras  percepciones  en  rela- 
ción con  ella:  tengo  la  percepción  de  mi  mesa  de  trabajo  y  al  mismo 
tiempo  veo  mi  biblioteca,  mis  libros,  mi  habitación  entera,  con  todo 
lo  que  en  ella  hay  de  más  notable.  Por  el  contrario,  el  recuerdo  está 
con  frecuencia  en  contradicción  con  las  percepciones  actuales:  así  yo 
tengo  actualmente  la  imagen  de  una  mesa  de  trabajo,  que  vi  hace 
ya  algunos  años  en  casa  de  un  amigo;  pero  al  mismo  tiempo  estoy 
viendo  también  la  de  mi  celda;  las  sensaciones  que  tengo  a  la  hora 
presente  están  en  contradicción  con  la  imagen  por  mi  concebida  y 
la  reducen,  la  rechazan  a  otro  plano  inferior  en  intensidad  y  viveza, 
hacen  de  ella,  en  una  palabra,  un  simple  recuerdo. 

La  debilidad  característica  de  la  imagen  en  el  recuerdo,  la  facili- 
dad con  que  si  no  siempre  al  menos  la  mayor  parte  de  las  veces  po- 
demos eliminarla  de  nuestro  espíritu,  su  oposición  con  las  percep- 
ciones actuales,  nos  aseguran  que  no  estamos  en  presencia  de  un 
objeto  actual.  Es  el  primer  paso;  pero  ¿cómo  podremos  llegar  a  la 
convicción  de  que  la  imagen  de  que  se  trata  es  un  recuerdo  y  no 
una  ficción  de  la  imaginación?  Tres  criterios  pueden  servirnos  para 


LA  ATENCIÓN  Y  LA  MEMORIA  185 

distinguir  el  recuerdo  de  la  imagen  simple  para  reconocerle  e  in- 
dividualizarle. 

En  primer  lugar,  el  recuerdo  es  reconocido  como  real  a  su  ma- 
nera. Mientras  que  la  simple  imagen  es  una  representación  libre, 
de  la  cual  puedo  yo  hacer  lo  que  me  plazca,  el  recuerdo  es  una  re- 
presentación fija  e  invariable,  a  la  cual  he  de  someterme,  lo  mismo 
que  me  someto  a  las  sensaciones.  El  recuerdo  no  es  tal  sino  gracias 
a  su  inmutabilidad,  lo  que  le  confiere  una  objetividad  y  una  reali- 
dad análogas  a  las  de  la  percepción  y  nos  da  el  sentimiento  de  vol- 
ver a  percibir,  como  hemos  ya  percibido  antes.  Sin  duda  que  este 
sentimiento  puede  engañar,  y  este  caso  se  presenta  con  bastante 
frecuencia  en  las  ilusiones  del  recuerdo.  Pero,  por  lo  menos,  nues- 
tra buena  fe  queda  a  salvo  al  pretender  ser  objetivos  en  la  exposición 
de  nuestros  propios  recuerdos  y  al  exigir  que  nuestros  prójimos  lo 
sean  en  la  exposición  de  los  suyos.  En  esto  se  funda  la  utilización 
universal  del  testimonio,  el  cual  no  es  otra  cosa  que  una  experiencia 
memorial,  presentada  con  las  mismas  pretensiones  a  la  objetividad 
que  la  experiencia  perceptiva. 

Esto  nos  obliga  a  asignar  un  lugar  especial  al  mundo  histórico 
de  nuestros  recuerdos  entre  el  mundo  irreal  de  las  imágenes  y  el 
real  de  las  percepciones.  Si  no  es  real  en  la  proporción  de  éste, 
tampoco  es  tan  irreal  como  aquél.  El  mundo  de  los  recuerdos 
posee  una  semirrealidad  bien  propia  y  característica  suya,  que  con- 
siste toda  ella  en  la  objetividad,  en  la  imposibilidad  en  que  nos  en- 
contramos de  adaptarle  según  nuestros  deseos  a  los  fines  subjetivos. 
Psicológicamente,  y  refiriéndonos  a  los  criterios  que  distinguen  la 
imagen  de  la  sensación,  vemos  que  el  recuerdo:  primero,  tiende  a 
ser  más  intenso  que  la  imagen:  el  esfuerzo  que  se  hace  por  recordar 
una  escena  consigue  hacerla  ver  como  si  de  nuevo  estuviéramos  pre- 
senciándola; segundo,  tiende  igualmente  a  ser  más  rico,  integrando 
la  escena  con  muchos  detalles  que  no  se  inventan,  y  tercero,  tiende 
a  localizarse  exactamente,  no  en  el  campo  sensorial,  sino  en  el  me- 
morial de  su  propia  experiencia.  Así  sucede  que  el  recuerdo,  a  me- 
dida que  se  va  profundizando  en  él,  ofrece  un  conjunto  cada  vez 
más  coherente,  en  donde  cada  circunstancia,  por  nimia  que  sea, 
tiene  su  puesto.  De  esta  manera  la  imagen  queda  excluida  irremisi- 
blemente de  esta  localización  memorial,  con  tanta  razón  como  de  la 


186  LA  ATENCIÓN  Y  LA  MEMORIA 

localización  perceptiva.  Hay,  pues,  motivos  para  diferenciar  los  re- 
cuerdos de  las  imágenes  por  un  criterio  de  realidad:  son  reales  en 
el  pasado,  distintos  de  los  presentes,  pero  no  menos  distintos  de  los 
irreales  imaginarios. 

En  segundo  lugar,  el  recuerdo  es  reconocido  como  pasado. 
Mientras  que  la  imagen  no  tiene  relación  alguna  con  el  tiempo, 
pudiendo  aparecer  indefinidamente  en  la  conciencia  sin  despertar 
nunca  el  sentimiento  de  una  experiencia  anterior,  el  recuerdo  lleva 
siempre  impreso  en  sí  el  sello  del  pasado;  no  se  puede  tener  con- 
ciencia de  él  sin  tenerla  al  mismo  tiempo  de  haberle  ya  experimen- 
tado y  volverle  a  vivir  tal  como  se  le  experimentó.  Este  carácter  es 
el  que  hizo  definir  a  Reid  la  memoria  como  «una  intuición  inmediata 
del  pasado»,  fórmula  justa,  pero  que  se  presta  a  interpretaciones 
falsas.  No  se  trata,  en  efecto,  de  una  intuición  del  pasado,  que  está 
ya  muerto  y  no  resucita  más;  la  experiencia  del  pasado  es  una  expe- 
riencia presente,  la  de  los  estados  de  conciencia  con  la  marca  del 
pasado.  La  intuición  del  pasado  no  es  más  que  la  intuición  de  un 
estado  de  conciencia  presente  sentido  como  pasado,  como  ya  visto, 
ya  oído,  etc. 

Se  ha  tratado  de  explicar  este  sentimiento  de  lo  ya  vivido  por  los 
caracteres  de  familiaridad  y  facilidad  que  presenta  una  experiencia, 
por  el  solo  hecho  de  ser  una  experiencia  renovada.  Lo  ya  vivido 
sería,  según  esto,  lo  habitual  por  oposición  a  lo  raro,  lo  viejo  por 
oposición  a  lo  nuevo.  Explicación  visiblemente  falsa,  puesto  que 
entonces  todas  nuestras  imágenes  y  todas  nuestras  percepciones 
habituales,  que  ofrecen  el  máximum  de  familiaridad,  nos  darían 
infaliblemente  tal  sentimiento,  lo  que  es  contrario  a  los  hechos. 
La  verdad  es  que  se  ha  exagerado  mucho  el  misterio  de  lo  ya  vivido, 
fenómeno  fácilmente  explicable  por  lo  que  hemos  dicho  acerca  de 
la  realidad  del  recuerdo.  Lo  vivido  es  siempre  una  porción  del  real 
empírico,  lo  que  la  experiencia  nos  impone  como  independiente  de 
nosotros.  Toda  realidad  empírica  lleva  necesariamente  en  sí  la  marca 
del  tiempo,  la  del  presente  o  la  del  pasado. 

En  tercer  lugar,  el  recuerdo  es  reconocido  como  mi  pasado.  No 
solamente  lo  reconozco,  sino  que  me  reconozco  yo  en  él,  por  de- 
cirlo así.  Al  mismo  tiempo  que  lo  percibo  como  algo,  lo  mismo  que 
ya  percibí,  yo  me  conozco  como  el  mismo  que  viví  aquel  fenóme- 


LA  ATENCIÓN  Y  LA  MEMORIA  187 

no.  Soy  el  mismo  yo  que  percibo  y  el  que  percibí.  Encontramos, 
por  consiguiente,  aquí  esa  conciencia  de  la  identidad  personal  que 
permite  al  yo  apropiarse  su  pasado  como  se  atribuye  en  propiedad 
su  presente,  gracias  a  los  mismos  signos  de  identidad  afectiva  y 
cinestésica,  de  calor  y  de  intimidad  inseparable  de  toda  conciencia 
de  la  vida.  Así  es,  que  el  reconocimiento  de  un  recuerdo  repre- 
sentativo va  siempre  acompañado  del  reconocimiento  de  un  recuer- 
do afectivo  y  vital;  lo  que  ha  dado  origen  a  la  paradoja  de  Royer- 
Collard,  citada  más  arriba:  «No  se  acuerda  uno  de  cosas;  no  se 
acuerda  más  que  de  sí  mismo. >  De  hecho,  el  recuerdo  sigue  los 
pasos  de  la  percepción;  se  perciben  primeramente  objetos  y  se  re- 
cuerdan con  preferencia  estos  mismos.  Pero  la  percepción  de  un 
objeto  va  acompañada  de  la  conciencia  de  su  percepción,  y  análo- 
gamente el  recuerdo  de  este  objeto  es  inseparable  del  recuerdo 
de  haberle  percibido;  y  así  es  que  al  encontrarle  de  nuevo,  nuestra 
personalidad  es  también  encontrada  en  el  mismo  acto.  En  la  per- 
cepción de  la  imagen  no  hay  nada  parecido;  puedo  escogerla  y 
manipularla  a  mi  capricho,  indiferente  a  su  historia  propia  y  a  las 
relaciones  que  pueda  tener  con  la  mía.  Esta  es  la  razón  porqué  yo 
no  la  reconozco  ni  me  reconozco  en  ella:  es  independiente  del 
tiempo. 

Ahora  podremos  ver  cómo  el  reconocimiento,  lejos  de  ser  una 
operación  simple,  como  opinaba  Reíd,  es  el  resultado  de  una  serie 
de  razonamientos,  que  el  espíritu  no  advierte  apenas,  es  verdad, 
pero  que  no  por  eso  son  menos  necesarios;  la  prueba  está  en  que, 
tan  pronto  como  falta  una  u  otra  de  esas  operaciones  intelectuales, 
el  reconocimiento  no  se  efectúa.  Si,  como  ocurre  en  algunos  casos, 
la  imagen  posee  un  relieve  extraordinario,  si  resiste  al  esfuerzo  de 
la  voluntad  o  llega  hasta  a  sustituirse  a  las  sensaciones  presentes,  se 
toma  entonces  a  la  imagen  como  una  percepción  y  se  produce  la 
alucinación.  Si,  por  el  contrario,  podemos  modificarla  a  voluntad, 
si  los  lazos  que  la  unen  a  los  otros  recuerdos  son  demasiado  flojos, 
si  ha  nacido  en  un  momento  de  meditación,  llegamos  a  creer  que 
es  un  producto  de  nuestra  facultad  de  invención,  cuando  no  es  más 
que  el  eco  de  una  impresión  pasada,  una  reminiscencia,  como  ha- 
bremos de  convencernos  más  tarde. 

En  cuanto  a  la  localización  de  nuestros  recuerdos  en  el  tiempo, 


188  LA  ATENCIÓN  Y  LA  MEMORIA 

quinto  y  último  momento  de  la  memoria,  hay  que  advertir  que  no 
se  trata  propiamente  de  una  función  nueva,  sino  que  se  la  puede  con- 
siderar como  un  complemento  de  la  función  del  reconocimiento;  éste 
supone  ya,  como  hemos  visto,  una  localización  cuasi  sensorial  de  los 
recuerdos  entre  las  experiencias  con  las  cuales  coincidió  la  primera 
vez  de  su  aparición;  pero  es  menester  todavía  asignarle  un  lugar  en 
nuestra  representación  del  tiempo.  ¿Cómo  se  verifica  esta  operación? 

Si  la  memoria  fuera  absolutamente  fiel,  de  manera  que  todos 
nuestros  estados  de  conciencia  se  encadenasen  los  unos  a  los  otros 
sin  solución  de  continuidad  y  por  el  orden  mismo  en  que  tuvieron 
lugar,  entonces  la  localización  parecería  tarea  fácil:  bastaría  partir 
del  fenómeno  presente  y  remontarnos  en  la  cadena  de  nuestras  mo- 
dificaciones para  encontrar  la  impresión  primera.  No  faltan  autores 
que  sostienen  que  esta  es  la  forma  en  que  el  proceso  se  verifica,  sin 
caer  en  la  cuenta  de  que  en  tales  condiciones  la  memoria  sería  impo- 
sible, a  causa  de  la  lentitud  con  que  se  verificaría  la  operación;  pues 
exigiría  un  tiempo  tan  largo  por  lo  menos  como  el  transcurrido  en- 
tre el  fenómeno  presente  y  la  percepción  original;  o  más  bien  el  es- 
píritu se  sentiría  inmovilizado  en  medio  de  esta  multitud  de  ideas  v 
la  localización  no  podría  efectuarse.  Algunos  autores,  exagerando  la 
importancia  del  olvido  en  la  economía  de  nuestra  vida  psíquica,  han 
estampado  frases  paradójicas  como  estas:  «la  memoria  es  la  facultad 
del  olvido»,  o  «una  condición  de  la  memoria  es  el  olvido».  De  todos 
modos  esta  condición  se  encuentra  constantemente  realizada,  pues 
lejos  de  subsistir  en  toda  su  integridad  nuestra  vida  anterior,  una 
multitud  innumerable  de  fenómenos  desaparece  para  no  volver  a 
presentarse  más.  Una  memoria  bruta  y  de  tenacidad  absoluta,  que 
no  olvidara  nada,  sería  el  instrumento  más  inútil  y  más  perjudicial 
para  nuestra  inteligencia,  puesto  que  estaría  continuamente  resuci- 
tando todo  nuestro  pasado  sin  abreviarlo:  un  recuerdo  de  una  hora 
tardaría  una  hora  en  desarrollarse.  El  olvido  puede  ser  considera- 
do, según  los  casos,  como  una  cualidad  o  como  un  defecto  de  la 
memoria. 

Tampoco  sería  conveniente  que  todos  nuestros  recuerdos  se  bo- 
rrasen; el  vacío  absoluto,  exactamente  como  su  contrario,  haría  impo- 
sible toda  localización, y  en  este  aspecto  llegamos  a  la  otra  conclusión 
de  que  «la  condición  de  la  memoria  es  la  memoria».  Cada  uno  pue- 


LA  ATENCIÓN  Y  LA  MEMORIA  189 

de  comprobarlo  en  sí  mismo,  viendo  cómo  en  horas  de  recogimien- 
to surgen  en  la  conciencia  los  recuerdos  más  salientes  de  su  vida 
pasada,  que  por  ciertas  circunstancias  han  resistido  la  acción  des- 
tructora del  tiempo  y  son  verdaderamente  imborrables.  Se  les  puede 
considerar,  según  frase  de  Taine,  como  «substitutos  abreviados»  de 
nuestra  vida  anterior,  jalones  en  la  senda  de  nuestra  historia,  que 
forman  una  especie  de  calendario  individual,  por  estar  asociados  a  la 
idea  de  una  fecha  bien  determinada.  Para  localizar  el  recuerdo  le 
hacemos  retroceder  en  la  historia  del  pasado;  oscila  primero  indeci- 
so, sin  saber  dónde  colocarse;  pero,  gracias  a  la  asociación  de  las 
ideas,  va  precisándose  más  y  más;  y  cada  vez  que  se  enriquece  con 
un  detalle  nuevo,  con  una  circunstancia  próxima  al  hecho  que  le  dio 
lugar,  vamos  determinando  poco  a  poco  su  fecha  exacta.  Después  de 
una  serie,  variable  según  los  casos,  de  ensayos  y  transposiciones,  el 
recuerdo  se  fija  en  un  punto  determinado  y  desde  este  instante  le  po- 
demos considerar  como  exactamente  localizado.  Un  ejemplo  aclara- 
rá lo  que  acabamos  de  decir.  Al  pasar  por  la  calle  me  encuentro  con 
una  persona  y  me  convenzo  de  que  no  es  la  primera  vez  que  veo  su 
fisonomía;  aquí  ya  hay  reconocimiento,  pero  vago  e  impreciso,  y  me 
pregunto  cuándo  me  encontré  con  ella  la  iprimera  vez.  Confrontada 
su  imagen  con  las  que  poseemos  como  sustitutos  o  resúmenes  de  las 
semanas,  los  meses  y  los  años,  la  figura  de  esta  persona  va  progresi- 
vamente resbalando  hacia  atrás  en  el  plano  del  tiempo  pasado.  Enton- 
ces asalta  mi  memoria  un  detalle;  cuando  vi  por  primera  vez  a  esta 
persona,  me  encontraba  en  tal  estado  de  ánimo,  volvía  de  un  viaje  en 
que  había  tenido  otras  impresiones  fuertes  y  ese  viaje  fué  por  mí  aso- 
ciado a  una  fecha  precisa  con  el  año,  el  mes  y  quizá  el  día  exacto  de 
su  realización;  desde  entonces  el  recuerdo  de  que  se  trata  tiene  su 
punto  determinado  en  mi  historia,  está  localizado. 

Se  ve,  pues,  que  la  localización  es  una  verdadera  reconstrucción 
del  tiempo  pasado,  es  nuestra  vida  entera  en  sus  acontecimientos 
más  notables  ordenada  para  nuestro  uso;  no  es  otra  la  razón  porqué 
la  memoria  del  niño  difiere  de  la  del  hombre  maduro.  El  niño,  cuyo 
espíritu  es  más  fresco,  es  también  visiblemente  más  apto  para  alma- 
cenar y  retener  un  número  mayor  de  impresiones  y  de  ideas;  da 
pruebas  algunas  veces  de  una  flexibilidad  y  capacidad  extraordina- 
rias de  memoria.  Pero  el  hombre  de  edad,  más  recargado  de  pre- 


1 QO  LA  ATENCIÓN  Y  LA  MEMORIA 

ocupaciones  y  de  ideas  que  le  asedian  por  todas  partes,  con  frecuen- 
cia agotado  por  el  trabajo  y  la  fatiga  intelectual  y  moral,  se  muestra 
más  refractario,  más  rebelde  a  la  adquisición  y  conservación  de  no- 
ciones nuevas.  Y  como  en  esta  vida  todo  está  compensado,  resulta 
que  el  niño  tiene  un  sentimiento  muy  confuso  del  tiempo,  sin  acer- 
tar a  localizar  bien  sus  recuerdos,  su  memoria  se  encuentra  todavía 
en  estado  de  desorganización  y  las  imágenes  flotan  en  su  espíritu  sin 
lazos  de  unión,  según  sus  caprichos,  en  un  horizonte  obscuro  e  im- 
preciso; mientras  que  más  tarde,  cuando  el  hombre  habrá  adquirido 
la  fuerza  suficiente  para  dominar  sus  recuerdos,  hará  desaparecer  ese 
caos  que  reinaba  en  su  espíritu  y  ordenará  convenientemente  los 
distintos  períodos  de  su  historia. 

Se  adivina  fácilmente  el  papel  importantísimo  que  desempeña  la 
atención  en  todas  estas  fases  porque  ha  de  pasar  un  hecho  completo 
de  memoria.  Sin  la  atención  prestada  ya  a  los  fenómenos  originales 
que  han  de  constituir  el  material  de  los  recuerdos,  ya  a  las  distintas 
fases  de  la  evocación,  reconocimiento  y  localización  de  los  mismos, 
esta  facultad  tan  preciosa  en  la  economía  de  nuestra  vida  psíquica,  o 
desaparecería  por  completo  o  al  menos  sería  para  nosotros  un  ins- 
trumento inútil,  si  no  perjudicial. 

P.  V.  Burgos. 


SOBRE  EL  VERDADERO  MiR  DEL  "DIÜLOGO  DE  LAS  LEÍDAS" '' 

(CONTESTACIÓN  AL  ACADÉMICO  SR.  COTARELO) 

SEGUNDA  PARTE 
Semblanza  de  López  de  Velasco. 

(conclusión) 

Defensa  de  Mayáns, — Ya  que,  por  desgracia,  no  es  posible  de- 
fenderle en  cuanto  a  la  primera  edición  del  Diálogo,  plagada  de 
errores  desde  el  principio  hasta  el  fin,  se  le  puede  y  debe  defender 
por  la  crítica  sensata  y  atinada  que  hizo  del  mismo  Diálogo.  Quizás 
nadie  mejor  que  él  haya  dado  en  el  hito  sobre  la  importancia  y  de- 
fectos de  la  tal  composición  hecha  sin  pretensiones,  como  ensayo  y 
mero  pasatiempo  preparatorio  de  otros  libros. 

Cuando  lo  publicó,  cayeron  sobre  Mayáns  los  Aristarcos  del  Dia- 
rio de  los  Liieratos  de  España,  censurándole,  entre  otras  cosas,  por- 
que habla  dicho  que  el  Diálogo  pecaba  de  inverosimilitud  y  falta  de 
sólidos  conocimientos  filológicos,  principalmente  en  el  hebreo.  Ma- 
yáns replicó,  al  primer  punto,  que  era  moralmente  imposible  que  un 
escribiente,  como  Aurelio,  se  esconda  para  ir  apuntando  todo  lo  que 
habla  un  hombre  eruditísimo  con  otros  tres  preguntadores;  y  sea  ca- 
paz de  oir  y  escribir  lo  que  oye,  atendiendo  en  el  mismo  hecho  de 
escribir  a  lo  que  entonces  están  diciendo,  para  escribirlo  después  con 
tanta  menudencia,  que  note  más  de  trescientos  refranes  y  más  de  tres 
mil  cosas,  muchas  de  las  cuales  piden  escribirse  a  la  letra,  como  los 
versos  y  palabras  de  que  habla.  ¿Es  esto  fingir  con  verosimilitud? 


(1)    Véase  la  pág.  5  de  este  volumen. 


192      SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS» 

«Tampoco  es  verosímil  (añade)  que  en  una  sola  conversación  (la 
fingida  en  las  cercanías  de  Ñapóles)  se  hablase  tanto  como  vemos 
en  el  Diálogo  de  las  lenguas.  >  (1). 

Y  esto  es  la  pura  verdad.  Como  lo  es  también  que  el  autor,  cuan- 
do escribía  el  Diálogo,  no  tenía  los  profundos  conocimientos  lin- 
güísticos y  filológicos  que  luego  mostró  en  varios  de  sus  escritos, 
cuando  tuvo  que  prepararse  más  para  la  corrección  de  las  obras  de 
San  Isidoro.  Esos  poco  profundos  conocimientos  lingüísticos,  prin- 
cipalmente en  el  hebreo,  los  puso  de  manifiesto  también  Mayáns  al 
responder  a  los  diaristas  de  su  tiempo  (2),  manteniéndose  en  un 
justo  medio  tocante  a  los  elogios  que  debían  tributarse  al  autor  del 
Diálogo.  Y  así  se  explica  que  éste  no  quisiera  publicarlo,  conocien- 
do las  deficiencias  del  mismo;  deficiencias  que,  en  parte,  trató  de  en- 
mendar colocando  al  final  de  dos  de  los  tres  Códices  que  se  conocen, 
otras  muchas  palabras  procedentes  del  hebreo;  y  también  que  en  los 
apuntes,  anteriormente  mencionados,  de  López  de  Velasco,  se  am- 
plíen multitud  de  vocablos  castellanos  que  tienen  sus  raíces  en  el 
árabe,  griego,  latín,  italiano  y  francés.  Todo  hace  creer  que  la  com- 
posición del  Diálogo,  según  se  halla,  no  fué  definitiva,  y  necesitaba 
de  muchos  retoques,  enmiendas  y  adiciones  del  autor.  ¿A  qué  poner, 
si  no,  al  final  de  los  Códices  esos  vocablos  procedentes  del  hebreo, 
habiendo  dicho  en  el  cuerpo  del  libro  que  del  hebreo  sólo  se  acor- 
daba que  venía  la  palabra  Abad  y  sus  derivados? 

Mayáns  tuvo  razón  en  sus  censuras;  y  al  tratar  de  lo  inverosímil 
del  Diálogo,  se  mostró  más  crítico  y  avisado  que  todos  los  críticos 
que  le  sucedieron.  Y  si  el  Diálogo  resulta  inverosímil  en  cuanto  a  la 
intervención  del  amanuense  Aurelio  y  otras  varias  circunstancias,  lo 
propio  podía  decirse  del  lugar  en  que  la  acción  se  coloca.  Salir  de 
Ñapóles  a  caballo  cuatro  amigos  con  un  amanuense,  para  ir  a  Chia- 
ja  a  escribir  un  libro  de  una  sentada...  no  cabe  en  los  límites  de  la 
verdad  que  es  compañera  inseparable  de  verosimilitud.  Insisto,  pues, 
en  decir  que,  aunque  la  acción  se  coloca  en  las  cercanías  de  Ñapóles, 


(1)  Cf.  Conversación  sobre  el  Diario  de  los  Literatos  de  España.  La  publicó 
D.  Plácido  Veranio.  En  Madrid,  con  las  licencias  necesarias.  En  la  imprenta 
de  Juan  de  Zúñiga.  Año  1737.  Págs.  89  passim. 

(2)  Cf.  ídem  id.,  pág.  85  y  siguientes. 

/ 


I 


SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS»   193 

no  consta  que  el  Diálogo  fuese  escrito  en  Ñapóles  como  lo  indican, 
además,  todas  las  marcas  del  papel  de  los  Códices,  de  procedencia  es- 
pañola. Y  si  el  Sr.  Cotarelo,  para  salir  al  paso  a  este  argumento,  insis- 
tiese en  afirmar,  o  en  suponer,  que  tales  Códices  serán  copias  de  un 
original  primitivo  del  primer  tercio  del  siglo  XVI...,  cuando  exhiba 
ese  supuesto  manuscrito  original  hablaremos.  Que  no  lo  exhibirá. 

Mientras  tanto  queda  demostrado  que  los  tres  Códices  son  de 
letra  del  último  tercio  del  siglo  XVI,  y  que  pudiéramos  apellidar  de 
la  misma  familia,  incluso  en  la  supresión  de  la  hoja  que  deja  inte- 
rrumpida la  lectura  en  la  anécdota  sobre  el  Conde  de  Ureña,  que  tal 
vez  intencionadamente  Velasco  dejó  sin  exponer  con  la  esperanza  de 
perfeccionar  el  libro  en  ese  y  otros  puntos,  como  el  de  las  etimolo- 
gías hebreas. 

Ahora  bien.  El  que  haya  tenido  la  paciencia  de  leer  esta  semblan- 
za de  López  de  Velasco,  árida  siempre,  como  todo  trabajo  de  inves- 
tigación, no  habrá  podido  menos  de  convencerse  de  que  Velasco, 
por  su  variada  e  inmensa  cultura,  por  su  preparación  en  esas  mate- 
rias, fué  hombre  más  que  capaz  de  escribir  un  libro  como  el  Diálo- 
go, y  que  todas  las  notas  características  de  éste  coinciden  y  tienden 
a  evidenciar  que  el  verdadero  autor  no  pudo  ser  otro  que  aquél. 
Aunque  las  razones  aducidas  se  considerasen  aisladas  unas  de  otras, 
constituirían  lo  que  en  términos  jurídicos  suele  llamarse  prueba  se- 
miplena. Todas  unidas  y  entrelazadas,  son  argumentos  difíciles  de 
destruir  para  terminar  este  viejo  pleito  de  crítica  literaria. 

Al  resolver  las  objeciones  que  el  Sr.  Cotarelo  ha  levantado  sobre 
esta  segunda  parte,  quedará  más  evidenciada  la  verdad  de  mi  pro- 
posición afirmativa. 

Objeciones  del  Sr,  Cotarelo. —EnivQ  esas  objeciones  hay  algunas 
que  pudieran  llamarse  diminutas,  por  no  afectar  a  la  substancia,  y 
otras  de  más  consistencia  y  seriedad.  De  todas  me  haré  cargo,  pues 
al  buen  pagador  no  le  duelen  prendas.  Parece  que  el  Sr.  Cotarelo 
se  ha  complacido  en  ir  desempedrando  todos  los  caminos  y  formar 
barricadas  para  obstruirme  el  paso  de  avance.  No  se  lo  reprocho; 
antes  bien,  se  lo  agradezco;  aunque  destruir  sea  más  fácil  que 
edificar. 

No  le  ha  gustado  que  yo  diese  el  título  de  Don  a  Juan  López  de 

14 


194   SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS > 

Velasco.  No  fui  yo  el  primero  que  se  lo  dio.  Pero  esas  son  minucias. 
Si  al  Sr.  Cotarelo  le  disgusta,  suprimámosle  desde  ahora  el  Don; 
pero  apresurémonos  a  darle  el  título  de  Excelencia,  que  harto  mere- 
cido se  lo  tiene  en  la  categoría  de  los  varones  sabios  de  nuestra  his- 
toria literaria. 

En  mi  primer  estudio  dije  que  Velasco  fué  Secretario  de  don 
Juan  de  Sarmiento,  Presidente  del  Consejo  de  Indias.  Fué  un  lapsus. 
Quise  decir  de  Don  Juan  de  Orando,  como  ya  queda  demostrado  que 
lo  fué  en  los  documentos  preinsertos.  Cuando  Sarmiento  era  Presi- 
dente (1563  y  64),  Velasco  estaba  encargado  por  el  Rey  de  preparar 
la  obra  magna,  de  la  Recopilación  de  las  leyes  de  Indias.  Por  esas  fe- 
chas aún  no  había  sido  nombrado  Velasco  ni  cronista  ni  Secretario; 
pero  trabajaba  en  el  Consejo  a  las  órdenes  del  Presidente  Sarmiento, 
como  encargado  de  recopilar  las  famosas  leyes  de  Indias.  ¿Tiene  nada 
de  extraño  que  López  de  Velasco  copiase  para  servicio  de  Sarmiento  el 
formulario  de  cartas  reales  y  otros  documentos  antiguos,  de  que  exhi- 
bí una  sola  fotocopia?  V  porque  en  una  de  esas  copias,  Velasco  copiase 
documentos  en  que  se  trata  de  los  Reyes  Católicos,  de  Carlos  V  y 
del  Marqués  de  Mondéjar,  etc.,  con  la  misma  ortografía  antigua, 
¿será  lícito  a  ningún  lógico,  a  ningún  crítico  el  negar  que  tales  co- 
pias fuesen  de  López  de  Velasco?  ¿Se  podrá  saber  qué  entiende  el 
sabio  académico  por  copista?  ¿Será  necesario  que  todo  copista  sea 
contemporáneo  de  los  documentos  que  copia? 

Parece  imposible,  por  lo  tanto,  que  de  la  pluma  del  Sr.  Cotarelo 
haya  salido  esta  objeción  (pág.  24):  «creeríamos  ofender  a  López 
de  Velasco  si  le  supusiésemos  capaz  de  escribir  conde  en  esta  for- 
ma: q^,  y  consejo  de  esta:  q^ ...»  V  más  imposible  parece  todavía 
que  el  mismo  Sr.  Cotarelo  (pág.  25)  haya  lanzado  a  la  imprenta  esta 
otra  negativa  tan  rotunda:  *La  verdad  es  que  ninguno  de  estos  frag- 
mentos son  de  López  de  Velasco.  Para  convencerse  de  ello,  bastará 
saber  que  el  Marqués  de  Mondéjar,  a  quien  se  nombra  en  el  prime- 
ro, fué  Presidente  de  Indias  solamente  en  el  año  1547,  cuando  Juan 
López  de  Velasco  andaba  aún  a  la  escuela.» 

Si  andaba  o  no  a  la  escuela  en  ese  tiempo,  no  lo  puede  asegurar 
el  docto  académico  que  ha  ignorado  hasta  aquí  todo  lo  referente  a 
la  vida  de  Velasco,  incluso  el  nacimiento.  Pero  aun  cuando  hubiera 
sido  así,  nada  tendría  que  ver  con  que  copiase  un  documento  ante- 


SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS»   195 

rior  en  que  se  cita  a  Mondéjar  y  los  Reyes  Católicos.  La  verdad  es 
que  el  Sr.  Cotarelo,  en  este  punto,  leyó  muy  de  prisa,  y  más  de  prisa 
elaboró  su  réplica.  A  cosas  mejores  nos  tiene  acostumbrados  el  eru- 
dito escritor. 

Cierto  que  yo  di  especial  importancia  (y  la  sigo  dando)  al  breve 
catálogo  de  voces  castellanas  procedentes  del  hebreo  que  se  hallan 
al  final  del  Códice  Escurialense,  como  supletorias  de  las  deficiencias 
del  Diálogo  que  necesitaba  una  rectificación  y  amplitud  en  tal  sen- 
tido. Si,  como  agrega  el  Sr.  Cotarelo  (aunque  sin  probarlo),  ese  mis- 
mo vocabulario  se  hallase  en  el  Códice  de  Londres,  mejor  que  me- 
jor. Ello  demostraría  que  existe  el  ya  probado  parentesco  entre  am- 
bos manuscritos.  Ojalá  hubiese  esa  misma  lista  de  palabras  en  el 
códice  de  la  Nacional.  El  parentesco  entre  los  tres  sería  de  herma- 
nos gemelos  de  un  mismo  parto  intelectual. 

Pero- la  objeción  más  razonada  y  concienzuda  es  la  que  hace  el 
Sr.  Cotarelo  al  final  de  su  erudito  trabajo  (págs.  26  y  27).  Contra  lo 
que  yo  afirmé,  niega  que  existan  analogías  ortográficas  entre  los  dos 
manuscritos  del  Diálogo  y  las  reglas  que  Velasco  da  para  escribir 
bien  en  su  indubitado  libro  Ortografía  y  pronunciación  castellana. 
Después  de  un  cotejo  diferencial  entre  algunas  palabras  tomadas  de 
ambas  obras,  concluye  el  docto  académico  con  estas  frases:  «De 
modo  que  en  ninguno  de  los  dos  códices  anduvo  la  mano  del  autor, 
si  no  es  que  quiso  burlarse  de  sus  propias  reglas.* 

El  argumento  es  fuerte,  no  hay  para  qué  negarlo.  A  primera  vista 
parece  concluyente,  tumbativo,  irrefutable.  Pero  si  el  Sr.  Cotarelo 
lee  con  un  poquito  de  calma  e  imparcialidad  lo  que  voy  a  exponer, 
verá  que  esa  objeción  se  disuelve  como  un  azucarillo  en  un  vaso 
de  agua. 

Yo  voy  más  allá  que  el  Sr.  Cotarelo,  y  digo:  No  solamente  exis- 
ten esas  y  otras  disconformidades  ortográficas  entre  los  manuscritos 
del  Diálogo  y  el  libro  de  la  Ortografía,  sino  que  dentro  de  este  úl- 
timo libro,  y  sin  salirse  de  él,  hay  notables  divergencias  entre  las 
reglas  que  Velasco  daba  y  entre  las  que  practicaba.  ¿Negaremos,  por 
eso,  que  el  libro  sea  suyo?  Sabido  es  que  antes  de  imprimirlo,  lo 
envió  a  varios  amigos  pidiéndoles  su  parecer  (1).  Uno  de  ellos  vino 


(1)    Cf.  Ortografía,  etc.  Prólogo:  «Y  aunque  también  todo  lo  contenido  en 


196      SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS» 

a  decirle  en  substancia:  «médico,  cúrate  a  ti  mismo.  Das  reglas  para 
bien  escribir,  y  luego  no  las  cumples.»  No  le  dijo  que  se  burlaba  de 
ellas,  como  hace  el  Sr.  Cotarelo;  pero  aquel  crítico  se  adelantó  más 
de  tres  siglos  al  Sr.  Cotarelo.  Y  esto,  ya  constituye  un  timbre  de  glo- 
ria para  el  docto  académico,  que  sin  conocer  tal  censura  la  adivinó. 

Esa  censura  se  halla  manuscrita  entre  los  papeles  de  López  de 
Velasco,  y  entre  otras  cosas  le  dice  lo  siguiente: 

^Censura  de  la  Otiografía  Castellana^  (1).  «En  este  libro  se  ha- 
bía de  conservar  una  manera  de  escritura  y  seguir  las  reglas  q  se  dan 
en  particular  en  él.  Dígolo,  porque  he  topado  de  una  misma  pala- 
bra diversas  escrituras,  como  ariza  con  a  pequeña  y  A  grande  y  con 
H  Hariza,  y  esta  postrera  es  la  mejor  escritura,  porque  no  viene  de 
árida,  sino  de  Fariz,  nombre  propio  de  moro,  como  se  llamó  vna 
que  mató  el  Cid  en  un  desah'o;  y  assi  se  llamaua  con  F  la  villa  de 
Hariza  en  todas  las  escrituras  antiguas  (2).  «También  (continúa  el 
censor)  hay  variedad  en  el  verbo  auer  o  hauer,  y  se  hazen  muchas 
reglas  y  pocas  se  guardan  en  el  discurso  del  Libro.  Y  mi  parecer  se- 
ría que  siempre  estuviesse  con  /z,  he  dado,  he  de  dar,  y  assi  en  todos 
los  demás  como  en  huue  y  los  que  de  allí  salen:  véese  en  la  Lengua 
Italiana  que  se  dize  ho  fatto,  ho  da  fare,  y  assi  por  todo  el  verbo;  y 
nota  Budeo  que  estas  Lenguas  tienen  los  pretéritos  como  la  Lengua 
Griega,  unos  aoristos  y  otros  no,  y  assi  es  muy  diferente  yo  comí,  o 
yo  he  comido...»  Sigue  afeándole  otras  faltas  de  ortografía,  sobre  el 
empleo  de  la  y  griega,  de  las  ss  dobles,  mezcladas  (a  veces)  la  5 
grande  con  la  pequeña,  con  otras  muchas  diferencias  que  hay  tam- 
bién en  las  otras  letras,  y  acaba  con  este  párrafo:  «En  quanto  a  las 
dos  figuras  de  la  vu,  bien  me  parece  q  se  use  de  la  vna  en  principio 


él  se  ha  conferido  y  platicado  con  personas  de  letras,  graves  y  curiosas,  que 
residen  en  Corte  y  fuera  della,  todavía  por  ser  la  materia  nueva  y  de  pocos  ad- 
vertida, y  de  ninguno  tratada  de  propósito  hasta  ahora...  será  posible  que  no  se 
haya  advertido  todo  lo  que  pudiera,  o  que  lo  resuelto  no  sea  a  satisfacción  de 
todos...  Y  si  en  esta  impresión  primera,  por  falta  de  original  correcto,  hubiese 
algo  que  no  sea  conforme  a  los  preceptos  del  arte,  en  las  demás  se  pondrá,  y 
podrá  poner  más  cuidado.» 

1)    Cf.  B.  Esc.  L-I-13;  fol.  247  y  248. 
(2)    Cf.  Ortografía,  etc.,  págs.  157  y  258.  En  esas  páginas  trata  López  de 
Velasco  de  Ariza  y  Hariza,  etc.  Pero  se  conoce  que  ante  la  advertencia  del 
censor  suprimió  la  a  pequeña. 


SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS»       1Q7 

de  palabra,  no  quando  es  vocal,  sino  quando  tiene  fuerza  de  conso- 
nante, como  en  Vos,  V.  m.  La  otra  a  parecería  mejor  que  se  ussase 
della  quando  es  vocal  solamente  donde  quiera  que  estuuiesse,  como 
en  uno,  ayuno,  y  en  tu  y  otros,  aunque  el  uso  lo  confunde  todo;  pero 
a  quien  da  reglas,  está  bien  mejorar  las  cosas  y  no  ayudar  a  la  corru- 
ción  del  vulgo,* 

Si,  pues,  a  pesar  de  todos  estos  defectos  no  puede  negarse  que 
la  Ortografía  y  pronunciación  castellana  fué  obra  de  Juan  López  de 
Velasco,  ¿será  lógico  negarle  la  paternidad  del  Diálogo  por  esos  mis- 
mos defectos?  Ya  expuse  más  atrás  que  en  algunas  cartas  autógra- 
fas de  Velasco,  escribe  una  misma  palabra  de  diversas  maneras.  ¿Le 
negaremos  por  eso  la  autenticidad  de  esas  cartas?  ¿Ni  puede  ello  sig- 
nificar que  López  de  Velasco  se  burlaba  de  sus  propias  reglas?  Sería 
tonto  en  burlarse  de  sí  mismo,  sin  provecho  de  nadie.  Lo  que  hubo 
fué  que  la  rutina,  la  costumbre,  la  práctica  inveteradas  de  escribir 
mal,  pudieron  a  veces  en  Velasco  más  que  la  teoría  de  la  reforma 
ortográfica  que  él  mismo  deseaba  implantar. 

Pero  el  Sr.  Cotarelo,  fijándose  únicamente  en  las  divergencias, 
hace  caso  omiso  de  las  concomitancias.  Y  tal  crítica  resulta  parcial, 
a  lo  menos  en  sentido  cuantitativo.  Admitidas  y  explicadas  las  dis- 
cordancias, expongamos  algunas  de  las  analogías  entre  ambas  obras, 
y  así  quedará  resuelta  la  más  fundamental  objeción  del  sabio  aca- 
démico. 

Analogías  entre  el  Diálogo  y  la  Ortografía.— Si  yo  no  estuviera 
curado  de  espantos  y  de  asombros,  principalmente  en  estas  materias 
literarias,  serían  para  asombrarme  las  siguientes  frases  del  ilustre 
Sr.  Cotarelo:  «El  Padre  Miguélez  hace,  por  último,  gran  hincapié 
en  «las  analogías  que  existen  entre  el  Diálogo  de  la  lengua  y  el 
Tratado  sobre  la  Ortografía  y  pronunciación  castellana^,  obra  indu- 
bitada de  Juan  López  de  Velasco.  Estas  analogías  pregonan  «un 
mismo  origen  en  ambas  obras,  ya  por  el  plan,  ya  por  el  modo  de 
tratarlo».  «Nuevas  dudas  e  incertidumbres  nos  sobrecogen  al  leer 
estas  afirmaciones  contundentes,  y  no  podemos  eximirnos  de  ofre- 
cerles también  algunos  reparos,  que  sometemos  a  la  discreción  del 
autor.  El  plan  del  Diálogo  de  la  lengua  lo  hemos  expuesto  sencilla- 
mente al  comienzo  de  este  artículo:  orígenes  del  idioma,  Gramática 


198      SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS» 

superior,  vocabulario,  estilo  y  crítica  literaria.  El  plan  de  la  Ortogra- 
fía, de  López  de  Velasco,  es  mucho  más  reducido;  no  trata  más  que 
de  esta  parte  de  la  Gramática,  y  de  un  modo  empírico,  aunque  útil 
hoy  para  nosotros,  porque  nos  da  la  pronunciación  exacta  de  su 
tiempo.»  (1). 

Ese  plan  que  del  Diálogo  hace  a  su  manera  el  Sr.  Cotarelo  es  un 
escamoteo  del  verdadero  plan,  fielmente  expuesto  en  las  primeras 
páginas  del  mismo  Diálogo,  donde  se  dice  que  tratará:  «lo  primero, 
del  origen  de  la  lengua;  lo  segundo,  de  la  Gramática;  lo  tercero,  de 
las  letras,  donde  entra  la  ortografía;  lo  cuarto,  de  las  sílabas;  lo 
quinto,  de  los  vocablos;  lo  sexto,  del  estilo;  lo  séptimo,  de  los  libros; 
lo  último,  de  la  conformidad  de  las  lenguas»  (2). 

De  manera  que  el  Sr.  Cotarelo,  sin  que  se  adivine  la  intención, 
ha  suprimido  del  plan  del  Diálogo  dos  partes  esenciales:  la  de  la 
ortografía  y  la  prosodia  o  pronunciación  y  acentuación,  que  son 
precisamente  las  partes  en  que  está  embebido  todo  el  libro  de 
López  de  Velasco  sobre  la  Ortogiafía  y  pronunciación  castellana, 
como  ya  lo  indica  su  mismo  título.  A  esas  partes,  y  no  a  otras,  me 
refería  yo  al  hablar  de  analogías  entre  ambos  libros,  no  a  la  totali- 
dad del  plan  del  Diálogo,  que  es  más  vasto,  y  yo  no  traté  ni  siquiera 
de  indicarlo,  suponiendo  sería  conocido  por  cualquier  erudito  o  lite- 
rato amante  de  nuestras  obras  clásicas,  y  más  por  un  académico  de 
la  Lengua.  En  buena  lógica,  tan  ilícito  es  tomar  el  todo  por  la  parte 
como  la  parte  por  el  todo. 

Conste,  pues,  que  el  Diálogo  trata  también  de  la  ortografía  y  la 
pronunciación.  Y  no  solamente  trata  de  esas  dos  partes  de  la  Gra- 
mática, sino  que  a  ellas  dedica  nada  menos  que  38  páginas  (desde 
la  42  hasta  la  80),  mayor  número  que  a  los  otros  puntos  indicados 
en  el  plan.  Y  a  veces,  aun  tratando  de  esos  otros  puntos,  vuelve 
sobre  la  misma  materia  de  la  ortografía  y  pronunciación,  como  si 
quisiera  remachar  los  clavos.  Por  ejemplo:  al  hablar  de  la  Gramá- 
tica en  general,  y  establecer  una  de  sus  reglas,  dice  lo  siguiente: 

«Valdés.— La  primera  regla  es  que  miréis  muy  atentamente  si  el 
vocablo  que  queréis  hablat  o  escribir  es  arábigo  o  latino;  porque 


(1)  Cf.  Cotarelo:  Ob.  cit.,  pág.  26. 

(2)  Cf.  Diálogo,  pág.  16. 


SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGÜAS>   1Q9 

conocido  esto,  luego  atinareis  cómo  lo  habéis  de  pronunciar  o  es- 
cribir.* 

<Marcio.— Está  bien;  pero  eso  más  pertenece  a  la  ortografía  y 
pronunciación  que  a  la  Gramática.» 

«Valdés. — Así  es  verdad;  yo  os  digo  lo  que  se  me  ofrece;  po- 
nedlo  vosotros  en  el  lugar  que  quisiéredes.»  (1). 

Dentro  de  las  mismas  reglas  de  la  Gramática,  trata  el  autor  del 
Diálogo  de  la  necesidad  e  importancia  de  los  acentos  (2).  A  esa  ne- 
cesidad e  importancia  dedica  López  de  Velasco  un  capitulo  en  su 
Ortografía  (3).  En  esa  misma  página  del  Diálogo  se  dice  que  «no 
hay  regla  alguna  cierta  para  esto  de  los  acentos>.  En  la  misma 
página  de  la  Ortografía  y  pronunciación,  al  tratar  de  los  acentos, 
tampoco  establece  regla  alguna  cierta,  sin  duda  porque,  como  el 
mismo  Velasco  dice,  es  plática  nueva  y  no  fácil  de  entender  para  los 
que  no  han  estudiado  latín»,  y  así,  «por  los  ejemplos  se  vendrá  en 
conocimiento  de  algo  de  lo  que  se  pretendo.  Algunos  de  los  ejem- 
plos que  se  ponen  en  el  Diálogo  y  en  la  Ortografía  son  precisa- 
mente los  mismos,  como  amo  y  amó,  enseño  y  enseñó.  Sólo  al  final 
de  ese  capítulo  de  los  acentos,  en  el  libro  sobre  la  Ortografía,  dice 
Velasco  que  la  regla  para  el  que  quisiere  usar  de  esta  curiosidad 
de  los  acentos,  será  trocarles  el  acento  en  las  sílabas.  V  aunque 
López  de  Velasco  en  muchos  de  sus  autógrafos  tampoco  cumple 
con  eso,  se  advierte  que  teóricamente  en  el  Diálogo  establece  la 
misma  doctrina  con  estas  palabras:  «que  en  la  pronunciación  de  los 
vocablos  miréis  bien  en  qué  sílaba  ponéis  el  acento,  porque  muchas 
veces  el  acento  hace  variar  la  significación  del  vocablo.» 

¡Pero  si  las  analogías  saltan  por  todas  partes,  aun  dentro  de  la 
parte  gramatical!  Véase  otra  prueba  más  clara. 

Diálogo,  (pág.  40):  «También  pertenece  a  la  gramática  el  saber 
juntar  el  pronombre  con  el  verbo,  en  lo  cual  veo  un  cierto  uso,  no 
sé  de  dónde  sea  nacido,  y  es  que  muchos  dicen  poneldo,  envialdo, 
porque  el  poned  y  enviad  es  el  verbo  y  el  lo  es  pronombre.  No  sé 
qué  sea  la  causa  porque  lo  mezclan  de'esta  manera.  Yo,  aunque  todo 


(1)  Cf.  Diálogo,  págs.  33  y  34. 

(2)  Cf.  Diálogo,  págs.  38  y  39. 

(3)  Cf.  Oriographia,  etc.,  pág.  294. 


200      SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS» 

se  puede  decir  sin  condenar  ni  reprender  nada,  todavía  tengo  por 
mejor  que  el  verbo  vaya  por  sí,  y  el  pronombre  por  sí;  y  por  esto 
digo:  «Al  mozo  ma\o  ponedle  la  mesa  y  enviadlo  al  mandado.» 

En  la  Ortografía,  página  101,  se  reprueba  igualmente  el  uso  de 
esa  transposición  de  la  í/  y  la  /:  «cuando  a  las  segundas  personas  de 
los  verbos  que  se  acaban  en  d,  tornad^  tened,  y  otras  tales,  se  siguen 
artículos  relativos  que  comienzan  en  /,  el  uso  traspone  los  lugares  a 
la  di,  y  por  decir  tomadlo,  tenedlo,  dicen  tomaldo,  teneldo*. 

Si  tanta  similitud  se  advierte  en  la  parte  destinada  en  el  Diálo- 
go a  la  gramática,  veamos  más  en  particular  las  analogías  que  exis- 
ten en  la  ortografía.  Comienza  el  Diálogo  a  tratar  de  la  Ortografía 
en  la  página  42,  y  pregunta  Marcio:  —«¿Por  qué  unas  veces  escribís 
a  con  h  y  otras  sin  ella?  Valdés.— Por  hacer  diferencia  de  cuándo  es 
verbo  o  cuándo  preposición;  y  así,  siempre  que  es  verbo  lo  escribo 
con  h,  y  digo:  «Quien  ha  buen  vecino  ha  buen  maitino>,  y  también: 
«Quien  asnos  ha  perdido,  cencerros  se  le  antojan»,  y  cuando  es  pre- 
posición escríbola  sin  h,  diciendo:  *A  buen  callar  llaman  Sancho»,  y 
también:  *A  carne  de  lobo,  salsa  de  perro»,  y  <A  perro  viejo  no  cuz, 
cuz»,  pero  muy  mejor  veréis  la  diferencia  que  hay  en  el  escribir  a  sin 
h  o  con  ella  en  este  refrán:  «Quien  lengua  ha,  a  Roma  va...» 

López  de  Velasco  en  su  Ortografía  (págs.  40  y  41),  aunque  arma 
una  verdadera  algarabía  respecto  del  verbo  Aver  y  haber,  con  h  y  sin 
ella,  cosa  que  ya  le  reprobó  uno  de  sus  censores,  dice,  sin  embargo, 
que  hube,  hubiera,  hubiste...  con  sus  derivados,  comúnmente  se  es- 
criben con  h,  porque  «el  uso  se  la  ha  puesto».  Y  luego  en  la  práctica 
cuando  tiene  precisión  de  emplear  el  verbo  haber,  unas  veces  escri- 
be: ha  trocado,  ha  quitado,  ha  puesto,  etc.,  y  otras  veces  quita  la  h. 

En  el  Diálogo  (pág.  44),  uno  de  los  interlocutores  pregunta  al 
autor:  «¿Por  qué  escribís  trujo,  escribiendo  otros  trajo?*  Y  respon- 
de Valdés:  «—Porque  es,  a  mi  ver,  más  suave  la  pronunciación,  y 
porque  así  lo  pronuncio  desde  que  nací.»  Marcio:  —«¿Vos  no  veis 
que  viene  del  traxit  latino?»,  etc.  Y  aunque  el  autor  no  reprueba  el 
trajo  que  emplean  muchos  cortesanos,  él  dice  que  le  dejen  escribir 
su  trujo  y  que  los  demás  hagan  lo  que  quisieren. 

Velasco  en  la  Ortografía  (pág.  245),  hace  lo  propio,  y  casi  en  los 
mismos  términos:  «Las  palabras  que  en  castellano  tienen  x,  y  se 
deben  escribir  con  ella  por  tenerla  en  el  latín  de  donde  son  toma- 


SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DK  LAS  LENGUAS»      201 

das,  son  Alexandre...,  etc.  Y  lo  mesmo  en  traxe  o  truxe,  traxo  o 
tmxo,  de  traxi^  traxit.,.*  En  este  punto  López  de  Velasco  sostenía  la 
opinión  de  su  amigo  el  Brócense,  que  indistintamente  usa  de  esos 
vocablos.  (1) 

Sobre  el  uso  de  la  b  se  dice  en  el  Diálogo  (pág.  55):  «Veo  en 
vuestras  cartas  que  en  algunos  vocablos  ponéis  b  donde  otros  no  la 
ponen,  y  así  si  decís:  cobdiciar,  cobdo,  dubda,  subdito;  querría  saber 
porqué  lo  hacéis  assí.  Valdés:  —Porque,  a  mi  ver,  los  vocablos 
están  más  llenos  y  mejores  con  la  b  que  sin  ella,  y  porque  toda  mi 
vida  lo  he  escrito  y  pronunciado  con  b.»  Al  llegar  a  este  punto  el 
señor  Cotarelo,  queriendo  ver  contradicción  entre  el  Diálogo  y  la 
Ortografía,  dice  que  Velasco  escribe  codiciar,  codo  y  duda. 

Permítanos  el  Sr.  Cotarelo  que  una  vez  más  le  digamos  que  eso 
no  es  exacto,  que  esa  no  es  manera  de  citar  ni  de  criticar,  ocultando 
cuanto  no  le  conviene  a  sus  fines.  López  de  Velasco,  en  su  Ortogra- 
fía, pág.  32,  dice  textualmente  así:  «Con  ser  la  pronunciación  de  la  b 
en  fin  de  sílaba  tan  difícil  y  desabrida  en  la  lengua  castellana,  los 
antiguos  la  escribieron  en  ciertas  palabras  en  que  después  de  la  b 
o  p  se  seguía  en  el  latin  /,  que  se  la  quitaron,  dexando  la  ¿?  o  p  pre- 
cedente vuelta  en  b;  como  en  debdo  de  debito,  cobdicia  de  cupiditaie, 
dubda  de  dubito,  cobdo  de  cubito,  rabdo  de  rápido,  que  es  arrebata- 
do: adonde,  aunque  dexaron  la  b,  no  la  pronunciaban  enteramente, 
sino  con  un  sonido  medio  entre  la  6  y  la  v  consonante.  Al  fin,  no 
pudiendo  sufrir  el  uso  la  b  en  fin  de  sílaba,  la  ha  quitado  en  algunos 
del  todo,  diciendo  y  escribiendo  codicia,  o  cudicia,  duda,  codo,  reca- 
do, o  recaudo >,  etc. 

¿Dónde  está,  pues,  la  contradicción?  Velasco  se  limita  a  decir, 
haciendo  historia,  que  cuantos  deseaban  acomodarse  al  origen  latino 
escribían  b,  aunque  no  la  pronunciaban  enteramente;  pero  que  el  uso 
la  había  quitado  en  algunos  vocablos.  Lo  que  no  dice  es  a  quiénes 
da  la  preferencia,  si  a  los  antiguos,  que  la  escribían  sin  pronunciarla 
enteramente,  o  a  los  modernos  de  su  tiempo,  que  se  la  quitaban. 


(1)  Cf.  ^Declaración  y  uso  del  Relox  Español...  romaneado  por  Francisco 
Sánchez,  natural  de  las  Brozas,  Salamanca.  Año  de  M.D.XLIX.  Págs.  2  y  4: 
«con  muy  propinquo  parentesco  traxo  a  su  linage...»  «Assi  que  de  la  manera 
que  el  mirar  estas  armas  truxo  mi  ánimo...» 


202   SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS» 

Y,  además,  el  Sr.  Cotarelo  no  se  ha  fijado  para  nada  en  la 
similitud  de  los  ejemplos  que  para  unas  mismas  palabras  se  citan  en 
ambas  obras. 

Dos  autores  distintos,  campando  cada  cual  por  sus  respetos, 
no  es  tan  fácil  que  coincidan  tan  repetidamente  en  unas  mismas 
frases  y  palabras,  aun  en  libros  que  traten  de  idéntico  asunto. 

Si  el  docto  académico  no  ve  esas  analogías,  será  porque  no 
quiere. 

Expongamos  otras  más  breves. 

El  autor  del  Dialogó  (pág.  54)  reprueba,  y  dice  que  le  suena 
mal,  que  algunos  escriban  güevo,  güerto,  güeso,  en  vez  de  huevo, 
huerto,  hueso. 

En  la  Ortografía  (pág.  139)  reprende  el  mismo  error  que  hay 
en  el  reino  de  Toledo,  y  en  otras  partes,  en  platicar  y  escribir  con  g 
güevo,  güeso,  güerto,  etc.,  y  que  no  se  debe  decir  sino  huevo,  hueso, 
huerta,  huerto,  etc.  Y  vuelve  a  repetir  esos  mismos  vocablos  en  las 
páginas  155  y  156. 

En  el  Diálogo  (pág.  60)  se  aconseja  el  uso  de  las //dobles  en  los 
vocablos  que  claramente  proceden  del  latín,  como  effeto. 

En  la  Ortografía  (pág.  65)  expone,  que  estará  bien  decir  effeto  o 
effecto,  effectuar  o  effetuar,  de  efficere.  Y  en  la  pág.  108  defiende 
también  ese  mismo  empleo  de  las  ^dobles  en  las  palabras  derivadas 
del  latín,  affecto,  affectar,  affectacion,  etc.,  etc. 

El  autor  del  Diálogo  (pág.  67)  dice  que  él  tiene  por  regla  general 
doblar  la  s  en  todos  los  nombres  superlativos,  como  son:  bonissimo, 
prudentissimo,  y  en  todos  los  nombres  que  acaban  en  essa,  como 
huessa,  condessa,  abadessa,  y  en  los  que  acaban  en  esse,  como  iíite- 
resse...  etc.,  etc. 

Y  lo  propio,  exactamente,  expone  Velasco  en  su  Ortografía  (pá- 
ginas 199  y  siguientes)  con  estas  palabras:  *Assi  mesmo  todos  los 
superlativos,  que  son  palabras  de  encarecimiento,  como  de  bueno 
bonissimo...,  se  han  de  escrivir  (1)  con  dos  ss,  como  las  tiene  en  el 
latín  y  otras  lenguas. >  «Las  que  originalmente  tienen  dos  ss  en  el 


(1)  Y,  a  propósito  del  verbo  escrivir,  el  Sr.  Cotarelo  afirma  que  López  de 
Velasco  en  su  Ortografía  emplea  siempre  escreuir.  Ahí  tiene  un  ejemplo  en  con- 
trario de  su  afirmación. 


SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS»      203 

latín,  de  do  son  tomadas  las  más  de  las  que  en  el  castellano  las  tie- 
nen, son  Abbadessa  Condessa,  y  huessa  átfossa.* 

Y  basta.  Ya  puede  ver  el  Sr.  Cotarelo  que  existen  analogías  en 
cuanto  al  plan  y  en  cuanto  al  modo  de  tratarlo,  pues  casi  siempre  lo 
hace  con  las  mismas  palabras.  Si  el  docto  académico  quiere  más 
analogías,  pídalas;  que  hay  tela  cortada.  Y  aun  pudiera  añadirle  que 
algunas  de  las  discordancias  que  él  indica,  no  son  tales,  si  las  con- 
sidera con  más  detención.  Pero,  aun  cuando  lo  fuesen,  por  cada  una 
de  ellas  pudieran  señalarse  cinco  o  seis  concordancias  de  fondo  y 
forma  entre  ambos  libros,  en  los  cuales  se  advierten  idénticas  hue- 
llas marcadísimas,  influencias  notorias  de  lecturas  griegas,  hebreas, 
árabes,  latinas  e  italianas  que  había  tenido  López  de  Velasco  para 
adaptar  a  la  lengua  española  algo  de  lo  bueno  que  hallaba  en  esas 
lenguas  tan  relacionadas  con  la  nuestra. 

La  misma  insistencia  de  Velasco  en  repetir  en  la  Ortografía 
conceptos,  frases,  modismos  y  palabras  de  las  que  suele  usar  en  el 
Diálogo  pueden  dar  a  entender  que,  necesitando  éste  último,  escrito 
pocos  años  antes,  nueva  revisión,  aprovechó  de  él  para  la  Ortografía 
lo  que  en  ese  punto  encontró  más  adaptable,  juntamente  con  los 
mayores  conocimientos  etimológicos,  adquiridos  para  ilustrar  y  pu- 
blicar las  obras  de  San  Isidoro. 

En  una  palabra.  El  Diálogo  viene  a  ser  en  ese  punto  como  un 
ensayo  o  tanteo.  La  Ortografía  muestra  más  estudio  y  perfección, 
sin  que  deban  admitirse  a  cierra  ojos  todas  sus  reglas,  a  veces  con- 
tradictorias en  la  práctica.  Pero  sin  vacilaciones  se  puede  afirmar 
que  ambas  obras  son  de  López  de  Velasco.  Si  el  Sr.  Cotarelo  torna 
a  leerlas  despacio,  no  con  afán  de  buscar  dificultades  y  minucias, 
sino  con  serena  conciencia  académica,  se  verá  precisado  a  exclamar 
en  su  fuero  interno:  nil  possamus  adversas  veritatem. 

Conclusión.— A\  abarcar  ahora  con  una  mirada  sintética  todos 
los  argumentos  y  pormenores  de  esta  disquisición  literaria,  no  pare- 
cerá aventurado  decir  que  los  dos  puntos  principales  de  la  misma 
quedan  suficientemente  esclarecidos.  Es  a  saber:  que  el  protestante 
Juan  de  Valdés  ni  fué  ni  pudo  ser  el  autor  del  Diálogo  de  las  lenguas, 
libro  escrito  en  pleno  reinado  de  Felipe  II;  y  que  el  autor  verdadero 
de  tan  discutida  obra  fué  el  soriano  Juan  López  de  Velasco,  tan  eru- 


204      SOBRE  EL  VERDADERO  AUTOR  DEL  «DIÁLOGO  DE  LAS  LENGUAS» 

dito  y  benemérito  de  las  letras  patrias  como  acaba  de  verse.  No  so- 
lamente las  pruebas  documentadas,  sino  hasta  los  más  ínfimos  deta- 
lles de  su  vida  literaria  así  lo  acreditan.  ¿Perderá  de  su  mérito  el 
Diálogo  al  saberse  que  no  fué  escrito  por  un  protestante,  sino  por 
un  católico  rancio,  como  lo  eran  los  más  eminentes  humanistas  del 
siglo  XVI?  Por  nuestra  parte,  podemos  asegurar  que  si  las  razones 
que  militan  a  favor  de  López  de  Velasco  pudieran  aplicarse  al  pro- 
testante Valdés,  con  el  mismo  entusiasmo  hubiéramos  defendido  a 
éste;  porque  en  crítica  literaria  las  ideas  religiosas  de  los  autores 
deben  ocupar  un  lugar  muy  secundario. 

Se  comprende  que  al  Sr.  Cotarelo,  como  secretario  perpetuo  de 
la  Real  Academia,  le  duela  salirse  de  los  moldes  tradicionales  de 
algunos  de  sus  antepasados,  que  dieron  por  definitivamente  resuelto 
este  asunto.  Pero  la  tradición  no  puede  ser  sinónima  de  petrifi- 
cación. Pues  como  dijo  un  académico  hace  más  de  medio  siglo: 

«Hoy  las  ciencias  adelantan 
que  es  una  barbaridad.» 

Y  de  ese  medio  siglo  a  esta  parte  no  pocos  ídolos  hemos  visto 
caer,  y  otros  tambalearse  agrietados  por  sus  propias  bases.  Dejémos- 
los que  caigan  sin  llorar  sobre  sus  ruinas.  Sólo  la  verdad  permanece 
eternamente. 

P.  Migúele? 

O.  s.  A. 


LA  VENGANZA  DE  UN  CAPELLÁN 


(conclusión) 


A  las  cinco  de  la  mañana  siguiente,  el  tronar  de  los  cañones  y 
los  preparativos  bélicos  del  ejército  alemán  helaban  la  sangre  en  las 
venas  de  los  más  avezados  a  luchar  con  la  muerte;  los  defensores  del 
suelo  francés  oprimían  convulsivamente  las  armas  entre  oraciones  o 
blasfemias,  presintiendo  horas  de  lucha  encarnizada  y  angustias  de 
muerte  cruel. 

¡La  muerte!  ¿Qué  importaba  morir  una  sola  vez,  cerrando  los 
ojos  a  la  vida  y  a  tantas  iniquidades,  cuando  eran  más  espantosos 
que  la  muerte  misma  el  sobresalto  continuo,  la  agonía  prolongada, 
las  visiones  aterradoras,  la  sed  de  venganza  y  el  odio  satánico  de 
millones  de  hombres  en  acecho  constante  para  aniquilarse  como 
fieras  en  campo  abierto  o  en  las  entrañas  de  la  tierra,  a  la  luz  del  sol 
o  en  las  sombras  de  la  noche? 

— Si  venimos  al  mundo  para  ser  demonios...  maldito  sea  el 
mundo  y  malditos  los  ejércitos  alemanes  y  franceses.  ¿No  es  prefe- 
rible volar  por  los  aires  en  los  cascos  de  una  granada  a  vivir  mu- 
riendo entre  los  miasmas  asfixiantes  de  la  civilización  de  los  pueblos? 
¡Qué  felices  son  los  muertos,  mi  capellán!  ¡Qué  vergonzoso  es  revol- 
carse en  el  lodo  y  meterse,  como  puercos,  en  todas  las  charcas  más 
cenagosas,  ahogando  las  nobles  aspiraciones  de  Dios  y  fomentando 
las  bajezas  de  Lucifer!... 

— ¡Pobre  amigo  mío!  Eres  valiente  al  luchar  con  los  hombres  y 
cobarde  al  luchar  contigo  mismo.  Las  almas  grandes,  como  la  tuya, 
saben  vencer  esos  negros  presentimientos  que  oprimen  ahora  los 
latidos  vigorosos  de  tu  corazón.  ¿Has  olvidado  que  la  guerra  sirve 
para  acrisolar  virtudes,  subiendo  los  anhelos  del  espíritu  atribulado 
al  trono  del  Rey  de  reyes?  Acuérdate  de  tu  madre,  y... 


206  LA  VENGANZA  DE  ÜN  CAPELLÁN 

— |Mi  madre!...  ¡Madre  del  alma,  yo  no  te  olvido!  Vas  a  que- 
darte sin  tu  hijo  amado.  De  rodillas  pronuncio  tu  nombre  y  beso  tu 
imagen.  Bendíceme  por  última  vez,  y...  adiós,  madre  del  alma;  ya 
no  sentiré  más  el  calor  de  tus  besos;  ya  no  te  veré  en  este  mundo; 
te  espero  en  el  otro  para  no  separarme  de  ti...  Mire  usted,  mi  cape- 
llán— añadió  levantándose — ;  este  retrato  y  este  crucifijo  me  han 
acompañado  desde  que,  por  última  vez,  me  estrechó  en  sus  brazos 
cuando  me  llamó  la  guerra.  Tan  pronto  como  mi  corazón  deje  de 
latir,  arránquelo  usted  de  mi  pecho  y  póngalo  muy  adentro  en  el 
suyo  para  entregárselo  a  ella,  a  ella  sola,  diciéndole  que  he  muerto 
con  su  pensamiento  en  mi  alma  y  con  la  esperanza  en  Dios.  Sí:  hoy 
será  mi  último  día;  me  lo  está  diciendo  el  corazón. 

El  ministro  de  Dios,  el  consuelo  de  tantos  afligidos  en  las  triste- 
zas de  la  guerra,  derramó  dos  lágrimas  que  rodaron  por  el  uniforme 
del  capitán,  de  su  condiscípulo  en  los  días  venturosos  de  la  infancia, 
de  su  amigo  entrañable  en  los  campos  de  batalla,  y,  una  vez  re- 
puesto de  la  emoción,  logró  infundirle  alientos  con  breves  pero  en- 
cendidas frases  de  amor,  haciéndole  comprender  los  encantos  de 
la  cruz  llevada  hasta  el  Calvario  con  resignación  cristiana  y  amor 
generoso. 

—Si  le  oyera  el  coronel,  quizás  llegaran  a  su  alma  las  dulzuras 
de  esas  palabras  confortantes  y  arrobadoras  que  me  animan  y  esfuer- 
zan en  estos  momentos  pavorosos.  Vamos  a  salir  de  este  agujero, 
vamos  a  entrar  en  lucha  cruel,  vamos  a  morir  todos,  sin  un  milagro 
de  la  Providencia  divina.  Hable  usted  a  nuestros  soldados,  que  pe- 
garán sus  labios  a  la  cruz  antes  de  hundirse  en  el  polvo  para  subir 
a  la  eternidad  que  nos  espera. 

Hay  en  la  guerra  momentos  solemnes,  reñidos  con  las  ordenan- 
zas militares.  Con  el  pensamiento  en  Dios  y  en  las  regiones  del  otro 
mundo,  el  sacerdote,  ayudado  por  el  capitán,  subió  a  una  mesa  que 
le  servía  de  cátedra  y  altar.  Cesó  el  murmullo  de  los  guerreros  más 
próximos,  fueron  apagándose  todas  las  voces  en  las  galerías  que 
formaban  como  los  radios  de  una  circunferencia,  cuyo  centro  ocu- 
paba el  capellán,  y  con  fuego  en  los  ojos  y  amor  creciente  en 
el  alma,  el  «aumónier-poilu»  habló  de  cosas  grandes,  de  misterios 
que  están  más  allá  de  las  contiendas  locas  de  los  hombres,  de  ver- 
dades tan  altas,  tan  solemnes  y  conmovedoras,  que  hasta  el  estam- 


LA  VENGANZA  DE  UN  CAPELLÁN  207 

pido  de  los  cañones  que  seguían  anunciando  la  muerte  sonaba  a  los 
oídos  de  los  atrincherados  como  eco  lejano  y  voz  de  ensueño  casi 
imperceptible.  Las  palabras  que  brotaban  de  labios  del  sacerdote 
cual  de  fuente  misteriosa  infundían  valor  y  alientos  sobrehumanos 
al  ensalzar  el  sacrificio,  haciéndole  resplandecer  en  toda  su  grandeza 
y  majestad. 

— ¡Soldados! — gritó  al  concluir  su  arenga  patriótica  y  fervorosa—, 
los  cañones  de  nuestros  adversarios  están  llamando  a  las  puertas  de 
otra  vida  mejor  que  la  presente;  los  que  hayan  de  entrar  en  ella  con 
la  frente  levantada,  como  deben  entrar  los  valientes,  caigan  de  rodi- 
llas para  recibir  la  absolución  sacramental  que  voy  a  daros;  soy  mi- 
nistro del  Rey  de  los  ejércitos. 

Y  hecha  la  señal  de  la  cruz  sobre  cuantos  se  inclinaron  contritos, 
saludó  militarmente  a  los  vivos  y  pidió  una  oración  por  los  muer- 
tos, y.,  por  los  que  iban  a  morir  en  defensa  de  la  patria. 

Los  acentos  conmovedores  del  Padrenuestro,  recitado  en  voz  alta 
y  vigorosa,  llenaron  los  ámbitos  del  subterráneo  y  ensancharon  el 
seno  de  corazones  oprimidos. 

— El  coronel  le  ha  escuchado  detrás  de  la  bandera.  ¿Será  esto 
un  dato  más,  un  argumento  nuevo  para  llamarle  a  usted  al  orden  e 
imponerle  un  corectivo? 

— No  seas  malicioso,  hijo  mío;  perdona  como  yo  perdono.  Dios 
se  vale  del  peligro  para  llegar  al  fin  sublime  de  sus  designios. 

Seguían  cruzándose  las  bombas  por  encima  de  las  trincheras.  A 
las  seis  horas  de  fuego  de  cañón,  los  defensores  de  las  alemanas  se 
vieron  obligados  a  retroceder  a  otras  más  separadas  de  las  francesas, 
a  la  vez  que  de  éstas  salían  precipitadamente  grupos  de  soldados  a 
la  conquista  de  un  pedazo  de  tierra,  que  había  de  pertenecer  poco 
después  a  sus  primeros  ocupantes.  En  aquel  avance  impetuoso, 
cuando  los  franceses  iban  a  posesionarse  de  la  primera  zanja  aban- 
donada por  los  alemanes,  surge  de  la  segunda  una  serie  de  ametra- 
lladoras que  cubren  el  suelo  de  víctimas.  Mézclanse  los  ayes  de  los 
heridos,  y  encuéntranse  en  la  eternidad  los  muertos. 

Un  silencio  imponente  hace  más  fúnebre  aún  la  tristeza  del  hos- 
pital de  sangre,  muy  próximo  a  la  línea  de  fuego;  de  vez  en  cuando 
un  gemido,  un  grito,  una  palabra  malsonante,  el  nombre  de  la  espo- 


208  LA  VENGANZA  DE  UN  CAPELLÁN 

sa,  de  la  madre,  del  hijo;  el  estertor  de  una  agonía,  los  pasos  de  ca-- 
muleros  entrando  en  la  sala  con  nuevos  heridos,  o  de  los  enterrado- 
res saliendo  con  algún  muerto...  y  el  murmullo  de  las  Hermanas  que 
rezan,  consuelan  y  piden  misericordia. 

Los  enfermos  no  pueden  vagar  por  la  región  de  las  ilusiones; 
no  pueden  fortalecerse  con  ninguna  esperanza,  abrumados  por  la 
certidumbre  de  un  desenlace  fatal  y  próximo,  cuando  no  los  sepa- 
ran de  las  puertas  mismas  del  teatro  de  la  guerra.  Con  el  instinto 
casi  infalible  de  los  que  sufren,  se  concentran  en  sus  propias  desven- 
turas y  piensan  con  dolor  inevitable:  «Dejarnos  aquí,  muy  cerca 
del  lugar  en  que  hemos  derramado  nuestra  sangre,  es  declararnos 
moradores  del  otro  mundo. >  Este  es  el  pensamiento  que  se  revela 
en  sus  caras  tristes,  en  sus  facciones  azotadas,  más  que  por  el  sufri- 
miento físico,  por  el  martirio  del  alma  que  lucha  inútilmente  con  la 
imposibilidad  de  animar  un  cuerpo  destrozado. 

No  exige  la  Providencia,  para  rescate  de  los  pueblos,  torrentes 
de  sangre  inocente  o  criminal  que  empape  la  tierra  que  les  dio  para 
ganar  victorias  de  un  orden  superior,  transcendental  y  divino,  sino 
esa  otra  sangre  que  brota  de  las  llagas  abiertas  en  el  alma  por  el 
dolor  y  el  sufrimiento. 

Ese  dolor  que  transforma,  ese  sufrimiento  que  ennoblece,  subli- 
mados con  los  tesoros  de  la  resignación  cristiana,  son  notas  armo- 
niosas en  el  hospital  del  frente,  a  la  sombra  de  la  cruz  roja,  visible 
desde  el  campo  fúnebre  de  batalla,  donde  rugen  de  nuevo  los  caño- 
nes, con  bramidos  de  infierno,  cual  si  pretendieran  destrozar  el 
alma  que  huye  de  la  tierra  envenenada  por  los  hombres  y  se  agita 
y  suspira  por  la  región  de  paz,  regalo  de  Dios  misericordioso. 

Muy  cerca  de  allí,  los  soldados  corrían,  cantando  unos,  silencio- 
sos los  más,  hacia  la  región  pavorosa  de  la  muerte,  para  recibir  su 
beso  frío  y  dormirse  para  siempre  en  sus  brazos  helados.  En  el  hos- 
pital de  sangre,  la  despedida  del  tiempo  no  tiene  el  mismo  brillo  ni 
ostenta  la  misma  gloria  anhelada  por  los  valientes.  En  el  ímpetu 
fogoso  del  combate,  franceses  y  alemanes  saludaban  las  balas  que 
perforaban  su  corazón  y  los  trozos  de  granada  que  deshacían  su  pe- 
cho para  volar  sin  miedo  a  las  playas  del  otro  mundo.  En  las  salas 
del  infortunio,  la  muerte  rondaba  con  pasos  silenciosos  el  lecho  de 
los  agonizantes,  saliendo  traidora  de  la  sombra  y  clavando  anhelante 


LA  VENGANZA  DE  ÜN  CAPELLÁN  209 

SUS  garras  en  la  presa  inerme  y  escuálida,  poco  antes  llena  de  juven- 
tud y  vida. 

Pero  se  escuchan  entre  los  ayes  de  los  heridos  acentos  de  amor, 
consuelo  y  esperanza,  poco  frecuentes  en  los  campos  de  batalla. 
Hay  corazones  bajados  del  cielo,  hay  Hermanas  de  la  Caridad  que 
aman  a  los  pobres  soldados,  aun  antes  de  verlos  perder  la  vida,  que 
prodigan  ternuras  para  infundirles  confianza  e  iluminar  su  agonía. 
Dios  habla  a  los  que  se  van  por  boca  de  esos  ángeles  que  multipli- 
can su  actividad  prodigiosa  y  su  amor  fecundo  a  medida  que  se 
multiplica  la  gracia  en  corazones  arrepentidos,  principalmente  en 
aquellos  que  más  se  han  manchado  en  el  lodo  de  la  perfidia. 

Hay  un  moribundo  que  gime  en  el  rincón  más  apartado  de  la 
sala.  Ve  en  los  senos  del  alma  y  recuerda  entre  sollozos  que,  a  los 
pocos  días  de  su  primera  y  única  comunión,  fué  arrastrado  por  los 
azares  de  la  vida,  sin  el  calor  vivificante  de  una  madre  que  vendara 
las  heridas  mortales  de  una  enseñanza  impía.  Aprendió  el  desventu- 
rado en  una  escuela  laica  primero,  en  una  Academia  militar  después, 
y  en  orgías  desenfrenadas  más  tarde,  que  el  alma  es  un  embuste,  la 
vida  futura  un  mito,  el  placer  una  verdad,  la  virtud  una  cobardía,  y 
la  existencia  de  un  Juez  rectísimo  e  inexorable,  temor  de  beatas 
ñoñas  y  doctrina  de  «imbéciles  vestidos  de  negro».  Muy  pocos  días 
antes,  en  el  fragor  del  combate,  en  las  exploraciones  nocturnas,  pi- 
sando cadáveres  y  atravesando  pechos  o  deshaciendo  cráneos  de 
agonizantes,  la  religión  era  un  embrollo;  sus  ministros,  vil  canalla; 
Dios,  recurso  de  necios  y  protector  de  necios.  La  otra  vida,  gran 
recurso  de  indoctos.  Luego...  su  cuerpo  magullado  y  los  gritos  de 
su  conciencia  le  hacían  pensar  en  el  fin  de  la  vida  que  amó  y  en  la 
posibilidad  de  otra  que  negó. 

El  recuerdo  de  una  mujer  a  quien  apenas  dio  el  dulce  nombre 
de  madre,  el  de  su  priniera  y  fervorosa  comunión,  hacía  cuarenta  y 
seis  años;  otras  comuniones  de  despedida  en  el  hospital  de  sangre; 
la  vista  diaria  de  heroísmos  realizados  por  madres  vírgenes  de  tantos 
heridos;  los  dolores  de  miembros  destrozados  y  las  congojas  de  un 
alma  que  empezaba  a  temer  lo  invisible  y  problemático..,  le  dan  fuer- 
zas para  decir  a  un  «ángel  en  forma  de  mujer»  que  se  multiplica  en 
la  sala  y  se  desvela  por  todos: 

—Hermana,  quisiera  hablar  con  un  sacerdote. 

16 


210  LA  VENGANZA  DE  ÜN  CAPELLÁN 

¡Un  sacerdote!...  La  monja  lucha  por  retener  las  lágrimas.  Se  in- 
inclina  sobre  el  moribundo;  le  habla  de  Dios,  de  la  contrición,  de  la 
Virgen,  Madre  de  todos  los  desventurados... 

— Sí;  soy  desventurado,  soy  criminal...  me  lo  dijo  un  cura... 
—¡Dios  mío!  — exclamó  la  Hermana  en  voz  alta — .  ¡Y  que  no  haya 
aquí  un  sacerdote  para  estos  desgraciados  que  se  van! 

— Sí,  hermana:  hay  uno  allá...  al  extremo...;  pero  ¡está  tan  mal! 
Entró  conmigo. 

La  religiosa  vuela  al  sitio  indicado  y  se  detiene  desolada  ante  el 
lecho  del  ministro  de  Dios.  La  esperanza  se  disipa.  Es  imposible 
despertar  la  vida  en  aquel  cuerpo  de  aspecto  cadavérico. 

¡Pobre  cura!  No  ve,  no  oye;  está  en  un  síncope  desde  que  le  con- 
dujeron allí  por  la  mañana.  No  ha  muerto  aún,  ¡pero  se  halla  tan 
próximo  al  desenlace!...  Está  en  un  charco  de  sangre... 

— ¡Nada  puede  hacerse!  — había  suspirado  el  médico  al  verle  en- 
trar por  la  mañana. 

—¡Nada  puede  hacerse!  — suspiró  también  la  monja—.  ¡Y  el  otro 
desgraciado  espera  un  auxilio  imposible.  ¡Dios  mío,  Dios  mío! 

Pero  ¿qué  divino  poder  otorga  el  cielo  en  ciertos  momentos  a  la 
fe  suplicante?  Los  ojos  moribundos  se  entreabren  al  sonar  junto  a 
ellos  el  nombre  de  Dios:  el  moribundo  siente  el  fuego  último  de  su 
vida  expirante.  No  habla,  pero  toda  la  fuerza  de  su  alma  se  concen- 
tra y  aparece  en  la  nitidez  de  su  mirada. 

La  religiosa  comprende  que  están  contados  los  momentos;  sabe 
que  todo  es  posible  y  que  hay  energías  sobrehumanas  en  el  deposita- 
rio del  poder  divino;  recobra  todo  su  valor  en  este  momento  trágico 
y  se  atreve  a  comunicar  al  moribundo  el  deseo  de  otro  moribundo. 

—  Un  desgraciado  que  muere  pide  la  absolución. 

Apenas  pueden  distinguirse  las  frases  apagadas  del  soldado  sacer- 
dote que  anhela  desempeñar  su  misión  sublime  en  los  umbrales  de 
la  muerte. 

— jTrái...ga...le! 

—¡Imposible! 

—Lié.,  ve.. .me.  Pron...to. 

—¡Imposible,  padre,  imposible! 

—¡Lléveme!— ordenó  con  voz  imperiosa  y  enérgica. 

Pensando  en  la  omnipotencia  y  misericordia  infinita  del  Señor, 


LA  VENGANZA  DE  UN  CAPELLÁN  211 

la  religiosa  da  las  órdenes  oportunas,  y  cuatro  enfermeros  llevan 
suavemente  la  cama  del  moribundo  al  sitio  designado.  Luego,  sin 
articular  una  sola  palabra,  en  el  más  profundo  silencio  y  con  el  res- 
peto debido  a  dos  agonizantes,  juntan  sus  cabezas  y  se  retiran  emo- 
cionados. 

El  sacerdote  abre  los  ojos  y  dice  en  voz  baja,  pero  clara  y  severa: 

—Vamos,  muchacho,  date  prisa,  porque  esto  se  va...  Habla,  hijo, 
¿no  dices  nada...?  ¡Ha  muerto  ya!— pensó  con  dolor  profundo—  ¡Dios 
te  premie...!  Padre  nuestro,  que  estás  en... 

—¡Perdón,  padre,  perdón! 

Una  sacudida  inesperada  agitó  los  pocos  miembros  sanos  del 
sacerdote  que  recobró  vida  nueva  en  aquellos  trances  de  muerte. 
Con  la  mano  izquierda,  inmóvil  hasta  entonces,  aprieta  un  retrato  y 
un  crucifijo  que  inconscientemente  aprisiona  en  ella;  vuelven  a  su 
corazón  latidos  vigorosos,  cruzan  por  su  espíritu  recuerdos  tristes  y 
alegres:  todo  un  mundo  nuevo,  todos  los  episodios  de  las  trinche- 
ras, de  los  combates,  de  las  ambulancias,  de  los  heroísmos  y  cobar- 
días, cual  si  Dios  se  complaciera  en  derramar  torrentes  de  luz  es- 
plendorosa en  una  inteligencia  próxima  a  extinguirse. 

— ¡Gracias,  Dios  mío! — exclamó  con  voz  potente,  que  se  oyó  en 
toda  la  sala—,  me  has  concedido  más  de  lo  que  te  pedí.  Ya  me  has 
vengado.  ¡Bendito  seas! 

En  medio  de  un  silencio  sepulcral,  se  incorporaron  algunos  mo- 
ribundos para  dirigir  sus  ojos  apagados  hacia  el  rincón  donde  iba  a 
descender  la  vida;  la  Hermana  y  los  camilleros  se  postran  en-  tie- 
rra como  heridos  por  fulgor  de  los  cielos;  los  labios  del  coronel 
sólo  pudieron  articular:  «¡Perdón...,  padre...  mío...  absolución...!» 

Y  se  oyó  en  toda  la  sala  el  acento  de  una  voz  salvadora:  Ego  te 
absolvo  in  nomine  Patris,  et  Filii  et  Spirítus  Sancti. 

Cuando  la  monja  y  los  enfermeros  quisieron  separar  aquellos 
dos  cuerpos,  la  cabeza  del  sacerdote  cayó  sobre  el  pecho  del  coro- 
nel que  suspiró  por  última  vez: 

— ¡Es  mi  vida...,  dejadle! 

Al  día  siguiente  dormían  juntos  el  sueño  eterno  en  la  misma  fosa, 
adornada  con  la  cruz  redentora. 

P.  Julián  Rodrigo. 

o.  S.  A. 


ANTONIO  PÉREZ 


(aclaración  a  los  capítulos  VIII,  X  Y  XI  DEL  LIBRO  I  DE  LA  «HISTORIA 
DE  VARIOS  SUCESOS»,  DEL  P.  FR.  JERÓNIMO  DE  SEPÚLVEDA^^'  ) 

El  3  de  noviembre  de  1611,  un  anciano  de  setenta  y  dos  años, 
mandó  escribir  a  su  fidelísimo  amigo  Oil  de  Mesa  la  siguiente 
declaración  y  protesta,  que  firmó  con  mano  temblorosa  y  débil,  de- 
jando de  existir  pocas  horas  después. 

Decía  así  el  importantísimo  documento,  extendido  y  autorizado 
en  momento  tan  grave  y  solemne: 

^Declaración  hecha  por  mí,  Antonio  Pérez,  a  la  hora  de  mi  muerte, 
la  cual  no  pude  escribir  de  mi  mano  por  hallarme  fatigado  en  tal  paso; 
y  por  esto  rogué  a  Gil  de  Mesa  la  escribiese  de  la  suya  en  la  forma  y 
tenor  que  yo  le  fuese  diciendo. 

Por  el  paso  en  que  estoy,  y  por  la  cuenta  que  voy  a  dar  a  Dios, 
declaro  y  juro  que  he  vivido  siempre  y  muero  como  fiel  y  católico 
cristiano;  y  de  esto  hago  a  Dios  testigo. 

Y  confieso  a  mi  rey  y  señor  natural,  y  a  todas  las  coronas  y  rei- 
nos que  posee,  que  jamás  fui  sino  fiel  servidor  y  vasallo  suyo;  de  lo 
cual  podrán  ser  buenos  testigos  el  señor  Condestable  de  Castilla  y 
su  sobrino  el  Sr.  D.  Baltasar  de  Zúñiga,  que  me  lo  oyeron  decir  di- 
versas veces  en  los  discursos  largos  que  tuvieron  conmigo,  y  los 
ofrecimientos  que  muchas  e  infinitas  veces  hice  de  retirarme  adon- 
de me  mandase  mi  rey  a  vivir  y  morir  como  fiel  y  leal  vasallo. 

Y  ahora  últimamente,  por  mano  del  propio  Gil  de  Mesa  y  de 
otro  mi  confidente,  he  escrito  cartas  ai  Supremo  Consejo  de  la  In- 
quisición, y  al  ilustrísimo  cardenal  de  Toledo,  Inquisidor  general,  [y] 


(1)    Véase  La  Ciudad  de  Dios,  vols.  CXV,  págs.  465-478;  CXVI,  págs.  402- 
410,  y  CXVII,  págs.  106-109. 


ANTONIO  PÉREZ  213 

al  señor  obispo  de  Canarias,  ofreciéndoles  que  me  presentaría  al  di- 
cho Santo  Oficio  para  justificarme  de  la  acusación  que  en  él  me  había 
sido  impuesta;  y  para  esto  les  pedí  salvoconducto,  y  que  me  presen- 
taría donde  me  fuese  mandado  y  señalado,  como  el  dicho  señor 
Obispo  podrá  atestiguar. 

Y  por  ser  esta  la  verdad,  digo  que  si  muero  en  este  reino  y  am- 
paro desta  corona,  ha  sido  a  más  no  poder,  y  por  la  necesidad  en 
que  me  ha  puesto  la  violencia  de  mis  trabajos,  asegurando  al  mun- 
do todo  esta  verdad,  y  suplicando  a  mi  rey  y  señor  natural  que  con 
su  gran  clemencia  y  piedad  se  acuerde  de  los  servicios  hechos  por 
mi  padre  a  la  Majestad  del  suyo  y  a  la  de  su  abuelo,  para  que  por 
ellos  merezcan  mi  mujer  e  hijos,  huérfanos  y  desamparados,  que  se 
les  haga  alguna  merced,  y  que  éstos,  afligidos  y  miserables,  no  pier- 
dan, por  haber  acabado  su  padre  en  reinos  extraños,  la  gracia  y  favor 
que  merecen  por  fieles  y  leales  vasallos,  a  los  cuales  mando  que  vi- 
van y  mueran  en  la  ley  de  tales. 

Y  sin  poder  decir  más  lo  firmo  de  mi  mano  y  nombre,  en  París 
a  3  de  noviembre  de  1611.  Antonio  Pérez  (1).» 

¿Qué  causas  impidieron  a  aquel  español,  según  su  deseo,  repeti- 
das veces  manifestado,  cerrar  los  ojos  bajo  el  cielo  patrio,  de  donde 
hacía  veinte  años  que  se  hallaba  desterrado? 

¿Qué  crímenes,  desventuras  o  persecuciones  le  pusieron  en  situa- 
ción tan  amarga? 

¿Qué  juicio  han  de  merecer  a  los  historiadores  las  afirmaciones 
contenidas  en  este  documento? 

Preguntas  que  vamos  a  contestar  brevemente. 

Aun  cuando  se  ha  dicho  por  algunos  historiadores  haber  sido     '■-Nacimiento. 

padres  y  educación 

cuna  de  Antonio  Pérez  la  villa  de  Monreal,  del  marquesado  de  Ari-  de  Antonio  Pérez. 
za,  en  el  reino  de  Aragón  (2),  es  ya  opinión  común  que  nació  en 


(1)  Don  Salvador  Bermúdez  de  Castro;  Antonio  Pérez,  Secretario  de  Estado 
del  Rey  Felipe  II.  Estadios  históricos...  Madrid,  1841,  págs.  284-286,  citado  por 
Mígnet:  Antonio  Pérez  y  Felipe  II.  Traducción  de  la  Sociedad  Literaria  bajo  la 
dirección  de  D.  Wenceslao  Ayguals  de  Izco.  Madrid,  1852,  págs.  91,  c.  1,  y  Don 
Cesáreo  Fernández  Duro:  Estudios  históricos  del  reinado  de  Felipe  II...  Antonio 
Pérez  en  Inglaterra  y  Francia  {1591-1612).  Madrid,  1890,  págs.  364-366.  Fernán- 
dez Duro  y  Mignet  no  traen  el  encabezamiento  ni  la  firma  de  la  declaración. 

(2)  Entre  otros,  Uztarroz:  Biblioteca  aragonesa,  manuscritos,  pág.  69,  ci- 
tado por  Gallardo:  Ensayo  de  una  Biblioteca  Española  de  libros  raros  y  curio- 


214  ANTONIO  PÉREZ 

Madrid,  por  los  años  de  1534,  como  lo  acreditan  documentos  fide- 
dignos (1). 

Fué  su  padre  Gonzalo  Pérez,  secretario  de  Carlos  V  y  Felipe  II, 
muy  conocido  en  la  república  de  las  letras  y  experto  en  los  ne- 
gocios de  Estado  (2),  que  le  hubo,  a  lo  que  fundadamente  se  cree, 
de  «María  Tobar,  mujer  casada  (3)»,  siendo  él  clérigo. 

Carlos  V  legitimó  a  Antonio  Pérez  en  abril  de  1542  (4). 

Cuidó  Gonzalo  Pérez  de  la  educación  de  su  hijo,  enviándolo  a 
Salamanca,  Alcalá  de  Henares,  Lovaina,  Venecia  y  Padua,  siendo 
sus  preceptores  Hernando  de  Escobar,  Pedro  Nanio,  profesor  lova- 
niense,  «ingenio  agudo  y  pronto,  de  noticias  tan  universales  como 
acreditan  sus  escritos  (5)»;  y  Antonio  Mureto  y  Carlos  Sigonio,  «eru- 
ditos oradores»  de  Venecia  (6).  Con  tales  maestros  y  la  ayuda  de  su 
despierto  ingenio,  Antonio  Pérez  hizo  pronto  notables  progresos. 
II. -Secretario        Vuclto  a  España,  sucedió  a  su  padre,  Gonzalo  Pérez,  en  el  des- 

de  Felipe  11. 

pacho,  como  secretario  de  Estado  en  las  cosas  de  Italia.  No  entró  de 
secretario  del  Rey  luego  que  murió  su  padre,  transcurriendo  entre 
uno  y  otro  hecho  algún  tiempo,  por  ver  Felipe  II,  según  afirmación 
de  Cabrera  de  Córdoba,  que  el  brillante  y  apuesto  Pérez  era  «mozo 
derramado  (7)». 

Afilióse  Pérez  en  política  al  bando  de  su  patrocinador,  y  gran  pri- 
vado del  Rey,  el  príncipe  de  Eboli,  Ruy  Gómez,  figurando  entre  los 


sos  ..  III,  cois.  1156-1160,  y  el  cronista  doctor  Juan  Francisco  Andrés  en  el 
Aganipe  de  los  Cisnes  aragoneses,  celebrados  con  el  clarín  de  la  fama.  Gallardo, 
Ensayo,  I,  c.  205. 

(1)  Alvarez  Baena:  Hijos  de  Madrid,  t.  I.  Madrid,  1789,  pág.  121. 

(2)  Véase  la  «Breve  noticia  de  Gonzalo  Pérez»,  por  el  P.  Esteban  de  Artea- 
ga  y  López,  S.  J.,  en  la  Colección  de  documentos  inéditos  para  la  Historia  de  Es- 
paña,  t.  XIII,  págs.  531-549. 

(3)  Información  sobre  los  alborotos  de  Aragón,  por  Lupercio  Leonardo  de 
Argensola,  dada  en  1604.  Cita  de  D.  J.  Fernández  Montaña,  Nueva  Luzy  Juicio 
verdadero  sobre  Felipe  II,  Madrid,  1882,  págs.  347,  nota  2. 

(4)  Véase  la  Carta  de  legitimación,  en  la  Colección  de  Documentos  inédi- 
tos, XIll,  págs.  389-93.  En  esta  carta  se  llama  al  hijo  de  Gonzalo  Pérez,  Anto- 
nio Pérez  del  Hierro. 

(5)  Uztarroz:  Biblioteca  aragonesa,  en  el  Ensayo  de  Gallardo,  t.  III,  c.  1.156. 
Fernández  Montaña,  Nueva  Luz...,  pág.  348. 

(6)  Uztarroz,  1.  y  o.  c. 

(7)  Felipe  II  rey  de  España,  t.  I,  lib.  VII,  cap.  VII,  págs  490-91. 


ANTONIO  PÉREZ  215 

más  abiertos  y  decididos  adversarios  de  la  parcialidad  apellidada  de 
los  Toledos,  que  capitaneaba  el  Gran  Duque  de  Alba,  a  quien  Pé- 
rez trató  frecuentemente  sin  consideración  y  con  altanería  (1). 

El  3  de  enero  de  1567  casó  el  Secretario  en  Madrid  con  la  noble 
señora  doña  Juana  Coello  y  Vozmediano  (2),  que  tan  importante  in- 
tervención tuvo  en  el  proceso  y  fuga  de  su  marido. 

Pronto  supo  la  corte  que  el  nuevo  Secretario  era  hombre  ducho 
y  habilísimo  en  el  manejo  de  los  negocios;  que  sus  modales  refina- 
dos atraían  las  miradas  de  todos;  que  él  daba  la  norma  de  la  elegan- 
cia con  su  propio  modo  de  vestir,  el  de  su  casa  y  criados;  que  su 
morada,  por  los  objetos  de  arte  en  ella  reunidos  por  el  buen  gusto 
que  allí  reinaba,  y  por  la  cortesía  y  afabilidad  de  su  dueño,  era  el  cen- 
tro y  punto  de  reunión  de  no  pocos  linajudos  señores  del  reino. 

Las  buenas  cualidades  de  Pérez  se  hallaban  contrapesadas  y  obs- 
curecidas por  graves  defectos:  era  soberbio,  vanidoso  y  fatuo,  de 
costumbres  corrompidas,  de  vivir  vicioso  y  desordenado  (3). 

Para  alimentar  el  lujo  escandaloso  y  la  fastuosidad  petulante,  no 
dudó  en  recibir  dádivas,  vender  cargos  e  influir  cuanto  pudo  en  la 


(1)  La  aversión  que  Antonio  Pérez  muestra  siempre  al  gran  Duque  de  Alba 
le  fué  inculcada  con  esmero  cuidadoso  y  vengativo  por  su  padre  Gonzalo  Pé- 
rez: «El  duque  de  Alba  -  escribía  a  Granvela-ha  querido  jugarme  una  pieza; 
pero  entienda  que  yo  tengo  los  huesos  muy  duros,  y  él  los  dientes  muy  tiernos 
para  quebrantármelos.  Téngale  prevenido  un  sobrino ,  que  sabrá  vengarme  de  to- 
dos los  lazos  que  me  arman:  criéle  con  sumo  cuidado,  y  le  voy  instruyendo  poco 
a  poco  en  el  manejo  de  los  negocios:  es  mozo  de  grande  ingenio,  y  espero  que 
saldrá  excelente  en  este  arte».  Gonzalo  Pérez  llamaba  sobrino  al  hijo,  por 
rubor,  dice  el  P.  Arteaga,  de  confesar  su  flaqueza  juvenil.  Doc.  inéd.,  XIII, 
página  541. 

También  Ruy  Gómez  era  enemigo  declarado  del  Duque  de  Alba. 

(2)  Alvarez  Baena:  Hijos  de  Madrid,  t.  1,  pág.  121. 

(3)  «Antonio  Pérez  estaba  en  gran  privanza,  ayudado  del  marqués  de  los 
Vélez,  y  usaba  mal  del  favor,  derramado,  no  virtuoso,  demasiadamente  sun- 
tuoso y  curioso,  en  el  vestir  rico  y  odorífero,  y  pomposo  en  su  casa,  y  por  su- 
perior trataba  con  los  demás  secretarios,  fiando  en  la  necesidad  que  juzgaba 
tenía  del  el  Rey,  por  su  experiencia  y  participación  de  secretos,  y  por  la  mu- 
cha mano  que  le  había  dado  y  él  tomado  de  los  negocios...  Favorecía  a  mu- 
chos, usaba  liberalidad  con  los  amigos,  cortés  y  apacible  aun  con  los  no  co- 
nocidos en  las  conversaciones  y  cuando  se  ocupaba  con  ellos.  Tenía  los  dotes 
casuales  de  naturaleza,  gentilhombre  de  cuerpo,  buen  rostro,  como  a  varón 
convenía,  mas  estaba  muy  lexos  de  poseer  gravedad  de  costumbres  o  tem- 


216  ANTONIO  PÉREZ 

provisión  de  nombramientos  a  favor  de  los  más  espléndidos  y  gene- 
rosos donantes  y  postores. 

Al  par  que  su  influencia  con  unos,  como  suele  suceder,  creció  la 
enemiga  de  no  pocos,  a  quienes  daba  en  rostro  tanta  ventura,  arro- 
gancia y  vanidad. 

En  1570,  a  la  muerte  de  Francisco  de  Eraso,  fué  nombrado  An- 
tonio Pérez  su  sucesor  en  la  secretaría  de  Estado,  que  desempeñó 
hasta  julio  de  1579. 
III .- Asesinato        £1  31  (je  marzo  de  1578,  por  la  noche,  en  la  cercanías  de  la  igle- 
bedo"secretario  de  sia  de  Santa  María,  de  la  Corte,  fué  asesinado  de  una  estocada  Juan 
D.  Juan  de  Austrii.  ^^  Escobcdo,  sccrctario  dc  don  Juan  de  Austria,  que  había  venido  a 
Madrid  a  conseguir  dinero  y  auxilios  del  Rey  para  don  Juan,  gober- 
nador de  Flandes  a  la  sazón. 

Esta  muerte  violenta  y  en  persona  calificada  fué  pronto  objeto 
de  todas  las  conversaciones,  y  el  rumor  público  señaló  como  insti- 
gadores y  autores  morales  de  ella  ai  secretario  de  Estado  y  a  la  prin- 
cesa de  Eboli. 

Lo  cierto  es  que  los  asesinos  fueron  buscados  y  recompensados 
por  Pérez,  y,  según  varios  autores  contemporáneos,  para  animarlos 
y  asegurarlos  en  el  crimen  les  dio  una  cédula  con  la  firma  de  Feli- 
pe II,  en  la  que  el  Rey  ordenaba  la  muerte  de  Escobedo,  y  después 
del  asesinato  los  acogió  y  ocultó  en  su  casa  para  librarlos  de  la  jus- 
ticia. 

De  estas  cédulas  solían  entregarse  a  los  secretarios  en  blanco 
con  la  firma  real  a  fin  de  que  se  despachasen  prontamente  y  con 
autoridad  los  negocios  que  no  podían  demorarse  sin  inconvenien- 
te, quedando  encargado  el  secretario  de  llenarlas  según  las  necesi- 
dades (1). 


planza  en  los  deleites  y  pasatiempos,  dado  al  regalo  y  magnificencia,  y  algu- 
nas veces  a  vicios  y  superfluidad,  metiendo  grandes  y  vivos  aborrecimientos, 
aunque  era  aprobado  de  muchos,  que  en  tanta  dulzura  de  deleites  querían  el 
supremo  imperio,  no  demasiado  estrecho  ni  muy  riguroso».  Cabrera  de  Cór- 
doba: Felipe  Segundo,  II,  lib.  XII,  cap.  III»  pág.  449. 

(1)  En  el  diálogo  que  pone  el  P.  Jerónimo  de  Sepúlveda  en  boca  de  Anto- 
nio Pérez  y  el  capitán  que,  según  él,  mató  a  Escobedo,  dice:  «Señor  Antonio 
Pérez:  ¿cómo  sabré  yo  que  su  Majestad  gusta  que  yo  le  mate?»  Respondió: 
«Porque  me  lo  ha  dicho  a  mi,  y  porque  lo  haga  con  más  seguridad,  yo  le  daré 
una  cédula,  firmada  de  mano  de  su  Majestad,  para  que  lo  haga».  Y  como  él  te- 


ANTONIO  PÉREZ  217 

Prestando  los  historiadores  excesiva  fe  a  los  escritos  de  Antonio 
Pérez  no  han  vacilado  en  achacar  la  orden  de  la  muerte  a  Felipe  11. 
Los  motivos  de  este  mandato,  escriben,  copiando  al  mismo  Pérez, 
fueron  para  evitar  que  Escobedo  siguiera  alentando  los  planes  ambi- 
ciosos y  los  sueños  quiméricos  de  don  Juan  de  Austria.  Esta  opinión 
la  han  seguido  modernamente  el  marqués  de  Pidal,  Mignet,  Muro, 
Cánovas  del  Castillo  y  otros,  siendo  el  último,  que  yo  sepa,  el  hispa- 
nista inglés  Martín  Hume  (1). 

Que  Felipe  II  estaba  cansado  de  Escobedo,  de  sus  continuas  pe- 
ticiones y  demandas,  y  de  la  demasiada  y  áspera  franqueza  con  que 
se  expresaba,  es  indudable  (2);  pero  admitir  por  esto,  como  Cabrera 
de  Córdoba,  que  «no  le  desplació»  aquella  muerte  violenta  parece 
mucho  afirmar  (3). 

Ateniéndonos  al  relato  de  los  historiadores  contemporáneos,  las 


nía  las  firmas,  y  lo  tenía  todo  fué  cosa  muy  fácil  de  hacer».  La  Ciudad  de 
Dios,  vol.  CXV.  1918,  pág.  470. 

<Le  hicieron  matar  a  Escobedo  la  Princesa  y  Pérez,  a  un  soldado,  diciendo 
que  su  Majestad  lo  mandaba,  para  lo  cual  le  dio  firma  de  su  Majestad  hinchiendo 
una  de  las  cédulas  que  en  blanco  su  Majestad  le  habla  dado  firmadas» .  Fray  Juan 
de  Vitoria,  dominico:  Noticia  de  los  reyes  de  España^  en  La  Ciudad  de  Dios, 
CXV,  pág.  471. 

«Determinó  (Pérez)  el  matalle  a  hierro...  con  una  cédula  que  le  dio  (a  García 
de  Arce)  con  firma  del  Rey  de  las  que  se  dan  en  blanco  a  los  embajadores  y  vi- 
rreyes para  la  brevedad  de  algún  negocio,  que  perdería  su  execución  enviando 
por  mandato  al  Rey.  Recogió  los  matadores  Antonio  Pérez,  y  los  aseguró  has- 
ta que  hubiese  campo  seguro  para  avialios».  Cabrera  de  Córdoba:  Felipe  Se- 
gundo, II,  lib.  XII,  cap.  III,  pág.  448. 

(1)  El  enigma  de  Antonio  Pérez,  en  «^Españoles  é  Ingleses  en  el  siglo  XVI. 
(Estudios  históricos)  por  Martín  Hume  C.  de  las  Reales  Academias  Española  y 
de  la  Historia*.  Madrid,  1903,  páginas  167-203. 

(2)  «La  venida  de  Escobedo  es  tan  cierta  como  veréis  por  esa  su  carta,  y 
aunque  no  parece  que  debe  ser  a  pedir  dineros,  quedo  yo  tan  podrido  y  can- 
sado della  que  no  puede  ser  más;  aunque  convendría  despacharle  luego  no 
dexo  de  sospechar  que  se  deven  de  cargar  allá  con  él  y  que  esta  deve  de  ha- 
ber sido  más  causa  dembiarle  que  otra  ninguna».  Respuesta  autógrafa  de  Fe- 
lipe II  a  Mateo  Vázquez,  en  San  Lorenzo,  a  25  de  junio  de  1577.  La  Prince- 
sa de  Eboli,  pág.  15  de  los  apéndices.  Cita  de  D.  J.  F.  Montaña:  Nueva  Luz, 
pág.  390,  nota  1. 

(3)  «Estaba  el  Rey  enfadado  y  ofendido  de  Escobedo,  ambicioso  y  libre  en 
pedir  y  advertir  fuera  de  lo  que  le  tocaba,  entremetido,  presumido  y  de  sí  de- 
masiadamente satisfecho...;  y  asi  nO|desplació  al  Rey  su  muerte».  Felipe  Se- 
gundo, II,  lib.  XÍI,  cap.  III,  pág.  449. 


218  ANTONIO  PÉREZ 

verdaderas  causas  del  asesinato  fueron  el  temer  Pérez  que  Escobedo 
descubriera  su  falsía  y  mal  comportamiento  en  la  secretaría  de  Esta- 
do, y,  principalmente,  el  haber  Escobedo  reprendido  los  ilícitos  tra- 
tos de  la  princesa  de  Eboli  y  el  Secretario.  Léanse  los  siguientes  tes- 
timonios: 

«El  noveno  (cargo),  que  haviendo  venido  Escobedo  a  la  Corte, 
temiendo  Antonio  Pérez,  denunciado,  que  el  dicho  secretario  Esco- 
bedo descubriría  dichos  delitos  y  falsedades,  determinó  de  hacerlo 
matar,  como  de  hecho  lo  hizo,  aunque  primero  tuvo  orden  de  ha- 
cer quemar  los  papeles  del  dicho  Escobedo  por  los  cuales  constaba 
de  las  dichas  relaciones,  crímenes  y  delitos,  y  de  fama  pública»  (1). 

«El  secretario  Escobedo  puso  luego  por  obra  lo  que  le  mandó  su 
rey,  y  como  vio  que  el  secretario  Antonio  Pérez,  entraba  y  salía  de 
allá  tantas  veces  y  a  horas  extraordinarias,  y  que  el  Rey  Católico  te- 
nía ya  noticia  de  ello,  porque  él  mismo  de  palabra  se  lo  dijo,  como 
vio  que  iba  aquello  muy  de  rota,  todavía  no  quiso  venir  con  ello  al 
Rey  Católico,  sino  díjoselo  (que  no  debiera)  a  la  mesma  Princesa, 
y  que  mirase  que  su  Majestad  decía  que  era  su  voluntad  que  no  en- 
trase allá  el  secretario  Antonio  Pérez,  y  que  si  le  consentía  entrar 
más  no  podía  dejar  de  ir  con  ello  al  Rey.  Ella  lo  llevó  muy  mal  y  lo 
sintió  mucho,  y  no  vía  la  hora  de  verse  con  el  secretario  Antonio  Pé- 
rez para  decírselo,  y  ansí  en  entrando,  que  no  tardó  mucho,  se  lo 
contó,  y  visto  por  Antonio  Pérez  determinó  de  hacerle  matar  (2)». 

«Muerto  Ruigómez,  yendo  el  secretario  a  visitar  a  la  Duquesa 
halló  al  Antonio  Pérez  echado  en  la  falda  de  la  Duquesa.  Repren- 
diólos, por  ser  hechura  de  Ruigómez,  por  lo  cual  le  hicieron  ma- 
tar.» (3). 

«Antonio  Pérez  tenía  odio  a  Escobedo  por  habérsele  opuesto  al 


(1)  Sumario  del  Proceso  Pris  Fiscalis  Dni  Nrí  Regís  contra  Antonium  Pérez 
Secretarium.  Ms.  6.552  de  la  Nacional  de  Madrid,  fol.  3  r.  y  v.  Letra  del  s.  XVI, 
Es  lo  transcripto  el  cargo  noveno  de  la  acusación  que  contra  Pérez  hicieron  a 
fines  de  1590  en  la  Cancillería  de  Aragón,  los  fiscales  Jerónimo  Bax  y  Antonio 
Pérez  Godino. 

(2)  P.  Fr.  Jerónimo  de  Sepúlveda:  Historia  de  varios  sucesos,  La  Ciudad  de 
Dios,  CXV,  pág.  470. 

(3)  Fr.  Juan  de  Vitoria;  Noticia  de  los  Reyes  de  España,  La  Ciudad  de  Dios, 
CXV,  470. 


ANTONIO  PÉREZ  219 

curso  de  algunos  empleos  amorosos  que  aborrecía,  y  le  reprendía 
por  las  causas  que  los  dos  secretarios  sabían,  y  esto  aceleró  la  ruina 
dellos.»  (1). 

En  el  Proceso  criminal  (págs.  141-149),  declaran  doña  Catalina 
de  Herrera  y  doña  Beatriz  de  Frías  sus  sospechas  de  haber  la  Prin- 
cesa y  el  Secretario  ordenado  el  asesinato  de  Escobedo  por  venganza 
y  resentimientos  que  contra  él  tenían.  Sean  o  no  auténticas  estas  de- 
claraciones, punto  del  que  trataré  más  adelante,  demuestran  que  ge- 
neralmente se  creyeron  causas  del  asesinato  de  Escobedo  las  que  voy 
exponiendo. 

Don  Lorenzo  Vanderhamen  y  León  (2)  copia  casi  materialmente 
el  relato  de  Cabrera  de  Córdoba. 

El  mismo  Pérez  admitió  la  suposición,  pues  escribe  que  la 
mujer  e  hijos  de  Escobedo,  «luego  en  sucediendo  la  muerte,  acu- 
dieron al  Rey  Católico  a  pedir  justicia  de  ella  contra  Antonio  Pérez. 
Añadieron  en  la  demanda  que  entendían  que  había  sido  auctor  de 
aquella  muerte  por  orden  y  satisfación  de  la  princesa  de  Eboli.  Esto 
fué  sospechando  que  podía  haber  procedido  de  la  lengua  del  muerto 
la  causa  de  ella.  Porque  con  pretexto  de  celo  de  criado  (que  tal  había 
sido  del  príncipe  Ruygómez)  hablaba  mal  en  la  familiaridad  de  An- 
tonio Pérez  con  la  Princesa  de  Eboli,  olvidado  en  esto  de  la  obliga- 
ción y  respeto  debido  a  haber  sido  también  criado  de  Gonzalo  Pérez, 
padre  de  Antonio  Pérez.»  (3). 

Desde  luego  que  la  prisión  de  la  Princesa  y  Pérez  la  motivara  el 
despecho  de  Felipe  11  al  ver  en  su  secretario  un  rival  afortunado, 
como  se  ha  escrito  generalmente,  es  hipótesis  hoy  insostenible  des- 
pués del  estudio  de  D.  Gaspar  Muro,  poco  amigo  del  Rey  Pru- 
dente (4);  y,  por  tanto,  hay  que  buscar  otra  causa  de  aquel  crimen 
misterioso.  Anotemos,  antes  de  pasar  adelante,  que  la  recia  y  vo- 
luntariosa Princesa  había  prometido  hacer  dar  de  puñaladas,  aun  en 
presencia  del  mismo  Rey,  al  secretario  Mateo  Vázquez,  obligado  por 
su  oficio  a  oír  la  demanda  que  contra  Pérez  puso  la  familia  de  Es- 


(1)  Cabrera  de  Córdoba:  Felipe  Sefrundo,  II,  lib.  XII,  cap.  III,  pág.  448. 

(2)  Don  Ivan  de  Avstria,  fol.  318  v.,  Madrid,  1627. 

(3)  Las  Obras  y  Relaciones,  págs.  6-7. 

(4)  La  Princesa  de  Éboli,  Madrid,  1877. 


220  ANTONIO  PÉREZ 

cobedo.  Muchos  y  graves  personajes  intercedieron  y  suplicaron  en 
favor  de  la  Princesa,  sin  que  jamás  blandease  el  ánimo  del  Rey,  mu- 
riendo la  Eboli  presa  en  Pastrana  en  2  de  febrero  de  1592.  Grave 
debió  de  ser  su  culpa,  para  tan  largo  encierro. 

Admiten  algunos  que,  efectivamente,  aquella  muerte  fué  resul- 
tado de  la  venganza  de  la  Princesa  y  Pérez,  y  afirman  que  la  habili- 
dad del  Secretario  consistió  en  realizar  su  propósito  arrancando  al 
Rey  con  maña,  y  so  color  de  las  supuestas  y  alentadas  ambiciones 
de  don  Juan  de  Austria,  una  orden  para  matar  a  Escobedo. 

Que  hubo  cédula  con  la  firma  real,  dada  por  Pérez  a  los  asesinos, 
parece  cierto  por  los  testimonios  que  más  atrás  hemos  copiado;  pero 
¿cómo  se  prueba  la  existencia  de  la  orden  de  Felipe  II  para  matar  al 
secretario  de  su  hermano? 

El  marqués  de  Pidal  tiene  por  indudable  que  Felipe  II  dio  aque- 
lla orden  (1);  aun  cuando  en  otro  lugar  diga,  y  con  razón,  «que  no 
se  concibe  cómo  (el  Rey)  llegó  a  permitir  que  se  persiguiese  a  Pérez 
directamente  como  autor  de  la  muerte  de  Escobedo»  (2). 

Martín  Hume,  en  su  estudio  ya  citado,  El  enigma  de  Antonio  Pé- 
rez, dice  igualmente  que  el  mandato  de  la  muerte  emanó  del  Rey,  y 
para  salvar  la  dificultad  que  surge  inmediatamente  al  pensar  un 
poco  que  si  Felipe  II  dio  la  orden  no  debió  de  perseguir  a  Pérez  por 
haber  cumplido  lo  que  se  le  mandaba,  forja  la  hipótesis  siguiente: 

Es  cierto,  según  él,  que  el  Rey  Católico  encomendó  a  Pérez  qui- 
tara de  en  medio  a  Escobedo;  pero  se  ejecutó  la  muerte  de  Escobedo 
cuando  ya  éste  políticamente  no  estorbaba,  y  en  ello  estriba  la  res- 
ponsabilidad de  Pérez:  en  haber  cometido  un  crimen  innecesario. 
Mas  ocurre  preguntar,  y  me  extraña  que  no  se  le  ocurriera  a  Hume: 
¿Por  qué  Felipe  II,  puesto  que  ya  no  existían  las  razones  políticas 
con  que  se  justificaba  la  muerte,  no  dio  contraorden?  No  sería  cierta- 
mente, por  falta  de  tiempo,  por  cuanto  el  mismo  Hume  confiesa  que 
varios  meses  antes  del  asesinato  habían  desaparecido  los  motivos  de 
aquella  determinación;  ni  tampoco  seguramente  por  olvido,  pues  un 
asunto  de  esta  calidad  no  se  olvida,  y  Felipe  II  tendría  otras  faltas, 
pero  su  memoria  era  prodigiosa. 


(1)  Historia  de  las  Alteraciones  de  Aragón...  I,  págs.  293-94. 

(2)  ídem  id.,  pág.  350. 


ANTONIO  PÉREZ  221 

¿Qué  pruebas  alega  Hume  en  favor  de  su  teoría? 

Vagas  expresiones  de  manuscritos  del  Museo  Británico,  y  espe- 
cialmente de  los  ya  clásicos  de  La  Haya,  cuya  autenticidad,  como  se 
verá  adelante  más  detenidamente,  nadie  ha  probado  y  demostrado 
hasta  la  fecha. 

Ni  ha  sido  Hume  el  primero  que  ha  tratado  de  descifrar  este 
enigma.  Ya  en  el  siglo  XVII  intentó  resolverlo  un  francés,  según  la 
curiosa  nota  que  copio  de  un  manuscrito  del  siglo  XVIII,  que  a  la 
vista  tengo.  Dice  textualmente:  «En  una  obra  francesa, /oí/rAza/  d'Es- 
pagne  (1),  dice  el  autor,  que  en  Madrid  el  año  de  1658  le  contó  un 
Consejero  que  era  verdad  que  Antonio  Pérez  amaba  a  la  princesa 
de  Eboli  y  que  andaba  celoso  de  Escobedo;  que  le  hizo  matar  por 
el  Rey,  engañado  por  Pérez,  diciéndole  que  Escobedo  traía  tratos 
con  Francia.  Que  el  Rey,  desengañado  y  remordido,  persiguió  des- 
pués a  Antonio  Pérez.  > 

Pero  dejemos  las  hipótesis  y  examinemos  la  pieza  principal,  que     iv.-ei  famow 
ha  servido  de  base  para  afirmar  la  participación  de  Felipe  II  en  el  rode*i890. 
asesinato  de  Escobedo,  y  se  considera  como  alegato  incontrovertible 
de  la  culpabilidad  del  Rey  Católico. 

Empecemos  dando  las  principales  versiones  del  billete. 

Primera  redacción: 
.    < Decid  a  Antonio  Pérez  que  ya  sabe  cómo  yo  le  mandé  que  matase 
al  secretario  Escobedo  por  las  causas  que  él  sabe:  que  a  mi  servicio 
conviene  que  las  declare.  > 

Este  billete  no  está  completo,  según  el  mismo  Pérez,  sino  «en 
substancia>. 

Relación  sumaria  del  Discurso  de  las  prisiones  y  aventuras... 
Doc.  inéd.,  XIII,  pág.  373. 

Segunda  redacción: 

€  Discurría  Rodrigo  Vázquez  con  el  Rey  assy  (2):  Que  ya  que 
Anto.  Pérez  se  libraua,  por  el  congierto  con  Escouedo  de  la  muerte  de 
su  padre,  mirasse  su  Magestad,  que  auia  corrido  mucho  auerse  co- 


(1)  En  el  ms.  se  pone  esta  signatura:  Bibl.  /?.'  est.^  50  caj.  5  en  4."  Como  es 
sabido,  parte  de  los  fondos  de  la  Biblioteca  Real  fueron  a  formar  la  actual 
Nacional,  de  Madrid. 

(2)  Al  margen:  Villete  del  Rodrigo  Vázquez  al  Rey.— Lo  que  va  con  bastar- 
dilla en  la  copia  del  texto  está  del  mismo  modo  en  las  Relaciones. 


222  ANTONIO  PÉREZ 

metido  aquella  muerte  por  orden  suya,  y  que  a  su  auctoridad  conue- 
nia  descubrir  se  ya  y  mandar  a  Ant.  Pérez,  que  declarasse  las  cau- 
sas, y  motiuos,  que  huuo  para  hazerse  aquel  castigo.  Y  añadía  estas 
palabras  de  que  me  acuerdo:  Dase  Señor  a  entender  a  Ant,  Pérez 
que  no  esta  prouada  (1)  la  muerte  por  el  progesso  (aunque  para  mi 
basta  si  huuiere  de  ser  juez)  V.  M.  me  escriua  vn  villete,  que  yo  se  le 
pueda  mostrar,  diziendo:  Dezid  a  Ant.  Pérez,  que  ya  sabe,  como 
YO  le  mande  que  hiziesse  matar  a  Escouedo  por  las  causas  que 

EL  TIENE  ENTENDIDAS,  QUE  A  MI  SERUigiO  CONUIENE  QUE  LAS  DECLA- 
RE: y  por  aquy  yua  diziendo»  (2). 

Las  Obras  y  Relaciones...  Ginebra,  1644,  pág.  75. 

Tercera  y  definitiva  redacción: 

Podréis  decir  a  Antonio  Pérez  de  mi  parte  (y  si  fuere  menester 
enseñarle  este  papel)  que  él  sabe  muy  bien  la  noticia  que  yo  tengo 
de  haber  él  hecho  matar  a  Escobedo,  y  las  causas  que  me  dixo  había 
para  ello.  Y  porque  a  mi  satisfacción  y  la  de  mi  conciencia  conviene 
saber  si  estas  causas  fueron,  o  no  bastantes,  que  yo  le  mando  que  las 
diga,  y  dé  paticular  razón  de  ellas,  y  muestre,  y  haga  verdad  los  que 
a  mí  me  dixo,  de  que  vos  tenéis  noticia,  porque  yo  os  las  he  dicho 
particularmente,  para  que  habiendo  yo  entendido  las  que  así  os  dixe- 
re,  y  razón  que  diere  de  ello,  mande  ver  lo  que  en  todo  convendrá 
hacer.  Madrid,  4  de  enero  de  1590.  Yo  el  Rey.» 

Proceso  criminal...,  págs.  154-155. 

Expongamos  brevemente  algunas  consideraciones  acerca  del  pre- 
cedente documento. 

La  primera  redacción,  según  se  ha  podido  ver,  es  más  lacónica 
que  la  segunda;  y  sin  embargo,  la  primera  fué  escrita  en  15Q1,  o,  a 
más  tardar,  en  1592;  y  la  segunda,  más  extensa  y  particularizada,  lo 
fué  por  lo  menos  seis  años  después.  ¿Cómo  se  explica  que  Pérez  re- 
cordara mejor  el  contenido  del  billete  en  1598  que  en  1592? 

¿Y  por  qué  en  la  primera  relación  calló  el  medio  de  que  se  había 
valido  para  conocer  y  leer  el  billete,  y  lo  expuso  en  la  segunda,  aun- 


(1)  Al  margen:  Y  quando  este  prouada  contra  quien  es  la  prueua? 

(2)  Al  margen:  Que  hambre  tiene  el  que  aguza  los  dientes  mientras  le  en- 
tregan la  vianda.— Esta  llamada  se  refiere  al  billete,  pero  por  faltar  el  número 
correlativo  en  el  texto  no  sé  a  qué  palabra  o  palabras. 


ANTONIO  PÉREZ  223 

que  con  pormenores  inverosímiles?  Pues  decir  «que  vio  este  bille- 
te original  de  Rodrigo  Vázquez  en  el  camino,  y  le  tuvo  en  sus  manos 
a  la  ida  y  a  la  vuelta,  con  la  respuesta  de  mano  del  Rey,  por  maña  y 
amistad  de  un  amigo  suyo  (I)»,  cuando  estaba  bien  guardado  en  la 
cárcel,  con  doble  guardia,  por  los  repetidos  intentos  que  había  hecho 
de  fugarse  de  la  prisión,  e  incomunicado  rigurosisimamente,  y  tra- 
tándose de  un  asunto  gravísimo,  y  yendo  verosímilmente  los  billetes 
del  Rey  al  ministro  y  los  del  ministro  al  Rey  sellados,  conforme  era 
costumbre;  todo  esto,  como  nota  justamente  un  autor  moderno  (2), 
no  es  otra  cosa  sino  abusar  de  la  simplicidad  y  contar  con  el  candor 
de  los  lectores. 

Pero  aún  hay  más:  pasa  de  la  raya  que  Rodrigo  Vázquez,  porque 
así  lo  creía  la  gente,  según  Pérez,  condene  de  antemano  a  Felipe  II, 
al  darle  el  patrón  a  que  ha  de  ajustarse  el  Rey  al  contestar,  confesán- 
dose autor  de  la  muerte. 

Pérez  confiesa  que  el  Rey  contestó  a  Vázquez,  pero  a  pesar  de 
haber  visto  la  respuesta  real,  y  no  obstante  su  excelente  memoria  que 
le  permitía  recordar  palabras  textuales  ocho  años  después  de  haber- 
las leído,  no  nos  da  la  contestación  de  Felipe  II  decisiva,  sin  duda, 
si  el  Rey  la  hubiera  redactado  como  se  la  exigía  Rodrigo  Vázquez. 

La  respuesta  de  Felipe  II  fué,  según  bastantes  escritores,  la  que 
he  copiado  antes,  es  decir,  el  famoso  billete  de  4  de  enero  de  1590 
que  se  lee  en  el  titulado  Proceso  criminal. 

Nadie  ha  podido  señalar  hasta  ahora,  ni  Valladares,  o  quien  fuera 
el  publicador  del  Proceso,  nos  dijo  dónde  se  halla  el  original,  o  la 
copia  autorizada,  de  tal  billete,  y  como  va  acompañado  de  otras  pie- 
zas que  evidentemente  han  sido  trasladadas  de  las  Relaciones  de  An- 
tonio Pérez,  es  muy  discutible  su  autenticidad,  obligando,  por  tanto, 
a  cualquier  historiador  serio  a  suspender  el  juicio  mientras  categó- 
ricamente no  pueda  afirmarse  su  legítima  procedencia  (3). 

Pero  admitamos,  en  hipótesis,  que  tal  como  ha  sido  publicado, 


(1)  Las  Obras  y  Relaciones,  págs.  75-76. 

(2)  De  cómo  Felipe  II  no  mandó  matar  á  Escobedo.  Por  D.  José  Fernández 
Montaña,  presbitero.  De  la  Rota  Española.  Madrid,  1910,  pág.  260. 

(3)  Que  hubo  un  billete  de  Felipe  II  ordenando  a  Pérez  declarara  las  causas 
de  la  muerte  de  Escobedo,  parece  indudable.  Pérez  se  refiere  a  él  en  la  cédula 
de  defensa  que  presentó  en  Aragón  en  julio  de  1590,  con  estas  palabras:  «Qwe 


224  ANTONIO  PÉREZ 

salió  de  la  mano  de  Felipe  II;  ¿qué  conclusiones  se  deducen  de  su 
contenido? 

En  primer  lugar,  en  él  no  están  las  gravísimas  y  terminantes  pa- 
labras que  Pérez  cita  en  las  que  el  Rey  afirma  que  mandó  matar  a 
Escobado. 

De  la  lectura  del  billete  sólo  se  saca: 

Felipe  II  tiene  noticia  de  haber  Pérez  hecho  matar  a  Escobedo. 
¿Se  sigue  de  aquí  que  el  Rey  ordenara  la  muerte?  De  ningún 
modo. 

El  Rey  supo  de  boca  de  Pérez  las  causas  que  él  dio  para  justifi- 
car el  asesinato.  ¿Cuándo  supo  el  Rey  las  causas,  antes  o  después  del 
crimen?  Si  fué  antes,  nadie  lo  ha  probado;  si  fué  después,  se  explica 
perfectamente  que  Felipe  II,  no  satisfecho  sin  duda  con  lo  dicho 
por  Pérez,  tratara  empeñadamente  de  averiguar  la  verdad  del  caso. 
^  Pérez  pudo  muy  bien  decir  al  Rey  que  Escobedo  merecía  la 
muerte;  bien,  ¿pero  asintió  a  este  juicio  el  Rey? 

El  exigir  Felipe  II  que  Pérez  judicialmente  confirmara  las  causas 
que  a  él  le  había  dicho,  no  implica  complicidad,  pues,  como  argu- 
menta un  autor  moderno,  en  este  supuesto  todos  los  jueces  serían 
cómplices  en  los  crímenes  (1). 

Todo  esto,  como  ya  he  dicho,  en  el  caso  improbable,  y  no  pro- 
bado por  nadie  todavía,  de  que  el  billete  sea  auténtico,  díel  cual, 
como  se  ve,  no  se  sigue  nada  en  buena  lógica  contra  Felipe  II. 

En  los  escritos  de  Pérez  se  menciona  varias  veces  este  ponderado 
billete  de  4  de  enero  de  1590,  con  circunstancias  muy  sospechosas. 

En  la  Relación  del  Discurso  de  sus  aventuras,  escrita  a  raíz  de  su 
fuga,  calla  Antonio  Pérez  que  le  presentaran  billete  del  Rey,  siendo 
así  que  desde  Aragón,  en  julio  de  1590,  acusaba  a  Felipe  II  de  hacer- 
se auctor  de  la  muerte  por  el  billete  que  se  le  mostró  cuando  se  le  dio 
tormento. 

Doc.  inéd.  XIII,  p.  373. 

Tampoco  dice  en  las  Relaciones  (p.  79)  que  le  leyeran  nada  en  el 


por  el  billete  que  se  le  mostró  cuándo  se  le  dio  tormento  se  hace  su  Majestad  auctor 
de  la  muerte.* 

(1)    D.  J.  F.  Montaña.— D¿  cómo  Felipe  II  no  mandó  matar  a  Escobedo,  pági- 
uas  262-267. 


ANTONIO  PÉREZ  225 

tormento,  aun  cuando  poco  más  adelante  se  queja  (p.  84)  de  que  no 
se  había  enviado  a  Aragón  copia  del  billete  de  Rodrigo  Vázquez 
al  Rey. 

En  el  Memorial  del  hecho  de  su  causa  (p.  272)  dice  Antonio  Pé- 
rez que  prefirió  no  justificarse  del  asesinato  de  Escobedo,  por  respe- 
to al  Rey  *  aunque  me  mostraban  billetes  de  su  Magestad,  para  que 
declarase  las  tales  causas»  de  la  muerte  de  Escobedo,  y  páginas  ade- 
lante (p.  332)  los  billetes  se  reducen  otra  vez  a  uno  <que  le  mostraba 
el  presidente  Rodrigo  Vázquez  de  mano  de  su  Magestad^  en  que  de- 
claraba su  Magestad  haberse  hecho  por  su  orden  y  mandato  aquella 
muerte,  y  mandaba  que  declarase  las  causas*. 

El  lector  opinará  como  guste  de  estos  diversos  relatos  y  aún 
opuestas  afirmaciones  de  Pérez;  pero  no  podrá  menos  de  pregun- 
tarse: Si  a  Pérez  se  le  leyó  en  el  tormento  un  billete  de  Felipe  II 
en  el  cual  el  Rey  declaraba  que  la  muerte  de  Escobedo  se  había  eje- 
cutado por  orden  suya,  ¿qué  necesidad  tuvo  de  inventar  los  porme- 
nores novelescos  de  que  se  valió  para  leer  el  billete  de  Rodrigo  Váz- 
quez? ¿Y  por  qué,  caso  que  la  leyera,  como  él  mismo  afirma,  la  con- 
testación del  Rey  a  Vázquez,  no  la  imprimió,  en  vez  de  contentarse 
con  el  billete  del  Presidente? 

Si,  como  algunos  quieren,  hubo  para  el  crimen  una  real  orden 
secreta;  ¿dónde  se  halla?  ¿Por  qué  no  se  presenta? 

En  el  tomo  XV  de  la  Colección  de  Documentos  inéditos  para  la 
Historia  de  España  (págs.  533-547)  se  publicó  una  Declaración  de 
Antonio  Pérez  fecha  en  el  tormento,  que  coincide  en  parte  con  las  de- 
claraciones publicadas  en  el  Proceso  criminal.  Si  esta  Declaración  es 
auténtica,  Felipe  II  consiente  en  la  muerte  de  Escobedo  (1). 

Mas  aunque  en  la  citada  Colección  se  diga  que  esta  Declaración 


(1)  «En  la  villa  de  Madrid  en  veinte  y  nueve  días  del  mes  de  deciembre  de 
año  de  mil  y  quinientos  y  ochenta  y  nueve,  yo  el  escribano  infra  escripto...  le 
dije...  al  dicho  Antonio  Pérez  que...  declare  llanamente  la  verdad  de  cómo 
passó  la  muerte  de  Juan  de  Escobedo,  quién  se  la  dio  y  las  causas  que  hubo 
para  que  este  que  declara  interviniese  y  diesse  orden  en  ella,  y  las  que  hubo 
para  que  su  Magestad  lo  haya  consentido...  (pág.  533.) 

En  la  villa  de  Madrid  a  veinte  días  del  mes  de  hebrero  de  mil  y  quinientos 
y  noventa  años...  por  ante  mi  el  presente  escribano  le  fué  dicho  al  dicho  An- 
tonio Pérez...  que  bien  sabía  cómo  los  días  passados  el  dicho  señor  presiden- 
te Rodrigo  Vázquez  le  había  leído  un  papel  escripto  de  la  Real  mano  de  su 

16 


i 


226  ANTONIO  PÉREZ 

se  copió  de  diez  hojas  de  papel  escritas  de  letra  coetánea;  aparte  de 
que  su  redacción  contiene  palabras  esenciales  que  faltan  en  la  copia 
de  la  misma  Declaración,  impresa  en  el  Proceso  criminal,  los  argu- 
mentos internos  e  históricos  se  hallan  en  completo  desacuerdo  con 
su  contenido,  como  vamos  a  ver. 
v.-Razones  que        Segúu  Pérez,  CU  la  dcclaración  que  acabo  de  citar,  que  no  es  otra 
íi¡peT"para^^oí-  ^osa  sino  uu  calco  dc  lo  que  escribió  en  el  Memorial  del  hecho  de  su 
scobédo'""*^*  *^^  cattsa,  los  motivos  que  indujeron  a  Felipe  II  a  cometerle  la  ejecución 
del  asesinato  de  Escobedo,  fueron,  en  resumen: 

1.^,  Escobedo  alentaba  los  proyectos  de  don  Juan  de  Austria  res- 
pecto a  la  conquista  de  Inglaterra. 

2.®,  don  Juan  para  conseguir  este  fin  se  confederó  con  los  Guisas 
de  Francia;  y 

3.°,  Escobedo  dijo  que  él  y  su  amo  don  Juan,  una  vez  dueños  de 
la  Gran  Bretaña,  desembarcarían  en  Santander,  contando  como  base 
con  el  castillo  de  Mogro,  que  era  de  Escobedo,  y  echarían  de  España 
al  Rey  Católico. 

Esta  es  en  substancia  la  narración  que  Pérez  da  del  fundamento 
que  Felipe  II  tuvo  para  ordenar  la  muerte  de  Escobedo  (1). 
vi.-Fei¡pe  ii  y        Sabido  de  todos  es,  cómo  Felipe  II  reconoció  a  su  hermano  don 

D.  Juan  de  Austria.    _.  .«,..  «./«^^-^i  ,      ,  ,     -, 

Juan  de  Austria,  le  concedió  el  Toisón,  le  puso  casa,  y  trato  de  en- 
mendar el  descuido  de  su  primera  educación  enviándole  a  Alcalá 
en  compañía  del  príncipe  Carlos  y  Alejandro  Farnesio,  bajo  la  dis- 
ciplina del  doctísimo  Honorato  Juan. 

Cuando  sólo  tenía  don  Juan  veinticuatro  años,  en  mayo  de  1568, 
le  nombró  almirante  general  de  la  Armada  española  del  Mediterrá- 
neo, y  no  contento  con  haberle  dado  una  instrucción  notabilísima, 
escrita  de  su  propia  mano,  para  el  gobierno  de  su  casa  y  persona. 


Magestad,  por  el  cual  le  mandaba  declarase  las  causas  que  había  habido  para 
que  su  Magestad  diese  consentimiento  a  la  muerte  del  secretario  Escobedo...  (pá- 
gina 537.)> 

Esta  última  declaración  de  20  de  febrero  se  halla  publicada,  aunque  con  su- 
presiones y  variantes  notables,  en  el  Proceso  criminal,  págs. 158-174.  En  las  de- 
claraciones del  Proceso  no  se  leen  las  palabras  capitales:  que  su  Magestad  haya 
consentido;  que  su  Magestad  diese  consentimiento  a  la  muerte  del  secretario  Es- 
cobedo. 

(1)    Docum.  inéd.  XV,  págs.  541-547 .—Memorial  del  hecho  de  su  causa,  en 
Las  Obras  y  Relaciones,  págs.  302-315. 


ANTONIO  PÉREZ  227 

puso  a  su  lado  de  consejero  y  lugarteniente  al  prudentísimo  y  ex- 
perimentado don  Luis  de  Zúñiga  y  Requeséns. 

Aún  no  había  pasado  un  año,  y  don  Juan  fué  nombrado  general 
en  jefe  de  las  fuerzas  españolas  que  trataban  de  reducir  a  los  moris- 
cos sublevados  en  el  reino  de  Andalucía;  siendo  inmediatamente, 
apenas  lograda  la  pacificación  de  los  rebeldes,  elegido  General  de  la 
Armada  que  el  Papa,  Venecia  y  España  destinaban  a  combatir  al 
Turco. 

Después  de  la  memorable  batalla  de  Lepanto  continuó  don  Juan 
al  frente  de  la  Armada  española  hasta  que  el  año  1576  Felipe  II  le 
nombró  Gobernador  de  Flandes,  donde  murió  el  1  de  octubre  de 
1578,  a  los  treinta  y  tres  de  edad. 

¿Qué  hay  qué  decir  de  los  planes  que  le  achaca  Antonio  Pérez? 

1. — Escribe  Pérez:  «Corriente  este  tiempo,  y  las  empresas  y  jor- 
nadas gloriosas  que  el  señor  don  Juan  hizo  y  ganó,  notorias  al  mun- 
do, sucedió  la  del  reino  de  Túnez.  Sobre  esto  es  de  advertir,  que  se 
envió  orden  al  señor  don  Juan,  después  de  muchas  consultas  y  co- 
municaciones con  el  Consejo  de  Estado,  y  con  los  consejeros  dél 
absentes,  conformes  todos  en  un  parescer,  que  se  desmantelase  la 
cibdad  de  Túnez,  por  grandes  y  convenientes  razones  del  servicio 
de  su  Majestad,  de  lo  cual  pueden  tener  noticia  algunas  personas 
que  deben  de  vivir,  consejeros  que  eran  del  señor  don  Juan  en  aquel 
tiempo...  Y  aunque  el  señor  don  Juan  llevaba  esta  orden  mantuvo  la 
cibdad  y  reino  de  Túnez,  y  se  hizo  aquel  fuerte...  con  fin  y  traza  de 
sustentar  aquella  cibdad  y  reino  para  el  señor  Don  Juan  (1)>. 

Efectivamente;  en  3  de  agosto  de  1574  escribía  el  mismo  don 
Juan  de  Austria  a  don  García  de  Toledo:  «Aunque,  como  lo  escribo 
al  Duque  (¿de  Sesa?),  parece  recia  resolución  desamparar  el  fuerte 
de  Túnez,  al  fin  es  la  más  segura  cuando  bien  no  se  vea  que  se  pue- 
den defender  ambas  partes  (la  Goleta  y  la  fortaleza  de  Túnez),  aun- 
que también  padece  excepciones  que  no  son  de  pequeña  considera- 
ción; y  los  que  en  la  corte  fueron  de  opinión  que  se  desmantelase 
al  principio  del  verano  tendrán  ocasión  de  hincarnos  bien  la 
leña  (2).> 


(1)  Memorial  del  hecho  de  su  causa,  en  Las  Obras  y  Relaciones,  págs.  295-97. 

(2)  Cita  de  Mignet:  Antonio  Pérez  y  Felipe  II,  pág.  20,  c.  1,  nota  1. 


228  ANTONIO  PÉREZ 

Se  ve,  pues,  por  la  carta  de  don  Juan,  que  hubo  opiniones  en 
favor  y  en  contra  de  la  demolición,  y  que  él  la  llevó  a  cabo  cuando 
juzgó  imposible  conservar  la  ciudad.  Mala  memoria  tuvo  en  esta 
ocasión  el  secretario  de  Estado  Antonio  Pérez,  que  recordaba  pala- 
bras textuales  de  billetes  seis  y  más  años  después  de  haberlos  leído. 

2. — Acerca  de  la  confederación  de  don  Juan  y  los  Guisas,  escri- 
be Pérez:  «Dexando  aquí  por  un  poco  esta  materia,  sucedió  que  se 
tuvo  aviso  por  cartas  de  Juan  de  Vargas  Mexía,  que  servía  a  la  sazón 
la  embaxada  de  Francia,  que  iban  y  venían  algunas  personas  despa- 
chadas del  señor  don  Juan  a  aquella  corte,  y  que  aunque  algunos 
días  estaban  en  público,  sucedía  que  después  de  haber  hecho  de  lo 
que  se  volvían  despachados,  tornaba  alguno  dellos  y  se  metía  y  es- 
taba secreto  en  el  retrete  de  monsieur  de  Quisa,  y  desto  avisó  diver- 
sas veces  Juan  de  Vargas  a  Antonio  Pérez,  como  a  ministro  y  se- 
cretario de  Estado...,  y  aun  llegó  a  lo  último  a  escribir,  que  habia 
entendido  que  las  tales  inteligencias  entre  el  señor  don  Juan  y  mon- 
sieur de  Guisa  habían  llegado  a  particular  confederación  entre  ellos 
con  nombre  de  defensa  de  las  dos  Coronas.  Cosa  que  dio  muy  gran 
cuidado  y  alteración  a  su  Majestad...  (1).» 

Según  el  contexto  de  lo  que  Pérez  narra  en  el  Memorial  hay  que 
poner  la  fecha  de  estos  sucesos  próximamente  entre  marzo  y  mayo 
del  año  1577.  Ahora  bien,  el  embajador  Vargas  no  llegó  a  París 
hasta  el  10  de  diciembre  del  mismo  año;  de  modo  que  si  dio  avisos, 
como  veremos  ahora  mismo,  de  ningún  modo  pueden  referirse  a 
Escobedo,  que  se  hallaba  ya  en  España  en  julio  de  este  año. 

Indudablemente,  hubo  tratos  entre  don  Juan  y  los  Guisas  y  aun 
entre  éstos  y  Vargas,  para  unir  las  fuerzas  de  las  dos  coronas,  fran- 
cesa y  española,  y  llevar  a  cabo  la  empresa  de  libertar  a  la  reina  de 
Escocia  María  Estuardo,  con  la  cual  parece  que  se  intentó  el  casa- 
miento de  don  Juan,  lo  que  no  disgustó  a  Felipe  II,  antes  le  pareció, 
como  él  mismo  dice  contestando  a  Vargas,  que  serían  cosas  «por 
vía  de  discurso  y  de  poco  fundamento  (2)>. 

3. — El  proyecto  de  conquistar  a  España,  con  razón  lo  juzgó 
Mignet,  no  sólo  extravagante,  sino  imposible  por  parte  de  don  Juan. 


(1)  Memorial  del  hecho  de  su  causa,  en  Las  Obras  y  Relaciones,  págs.  304-305. 

(2)  M.  Mignet:  Antonio  Pérez  y  Felipe  II,  págs.  96-98. 


ANTONIO  PÉREZ  229 

La  fidelidad  del  hermano  de  Felipe  II  está  suficientemente  ates- 
tiguada, pues  las  repetidas  proposiciones  que  se  le  hicieron  en  Bél- 
gica para  que  tomara  el  gobierno,  haciéndose  independiente,  las  re- 
chazó don  Juan  indignado  (1). 

Léase  la  sentida  carta  que  Andrés  de  Prada  escribió  a  Felipe  II 
al  saber  lo  que  propalaba  Antonio  Pérez.  Es  como  sigue: 

«Señor:  Por  ciertas  preguntas  que  el  alcalde  Pareja  me  ordenó, 
de  parte  de  vuestra  Majestad,  que  depusiese,  he  entendido  el  diabó- 
lico ánimo  con  que  Antonio  Pérez  ha  querido  manchar  la  inmacula- 
da fidelidad  y  obediencia  que  el  señor  don  Juan,  que  esté  en  el  cie- 
lo, tuvo  a  vuestra  Majestad,  que  me  ha  lastimado  de  manera  que 
escribo  estos  renglones  con  dificultad,  porque  el  dolor  y  las  lágrimas 
impiden  que  la  mano  haga  su  oficio,  y  en  la  imaginación  se  revuel- 
ven tantas  cosas  que  llego  a  pensar  disparates.  Y  así  suplico  humil- 
demente a  vuestra  Majestad  me  perdone,  si  el  hacer  esto  lo  fuere, 
que  la  causa  para  mí  (que  sé  quién  era  el  señor  don  Juan  para  con 
vuestra  Majestad)  es  tan  terrible,  que  no  perder  el  seso  será  gran 
merced  de  Dios.  No  quiero  cansar  a  vuestra  Majestad  con  decir  lo 
que  cerca  desto  podría,  porque  creo  no  es  menester,  y  éste  es  el  ma- 
yor consuelo  que  tengo.  Sólo  diré  que  deseo  en  el  alma  poner  la 
vida  en  defensa  desta  verdad,  y  si  me  es  licito,  suplico  humildemen- 
te a  vuestra  Majestad  me  dé  licencia  para  hacerlo,  diciendo  a  Anto- 
nio Pérez  cuan  mala  y  falsamente  miente,  y  que  se  lo  haré  conocer 
de  mi  persona  a  la  suya;  y  si  desto  vuestra  Majestad  no  fuere  servi- 
do, que  a  lo  menos  lo  pueda  decir  donde  conviniere,  desengañando 
a  los  que  no  conocieron  al  señor  don  Juan,  que  a  los  que  le  cono- 
cieron yo  sé  que  no  es  menester;  y  que  lo  será  que  Antonio  Pérez 
salga  del  mundo  y  reciba  en  él  la  debida  pena  de  su  atrevimiento. 
Pues  a  nadie  toca  tanto  volver  con  tantas  veras  por  la  honra  del 
señor  don  Juan  como  a  vuestra  Majestad,  por  quien  dio  su  vida, 
quedo  muy  confiado  de  que  no  se  deservirla  vuestra  Majestad  de 
que  sus  criados  lo  hagamos,  y  yo  que  soy  el  menor,  recibiré  esta 
merced  que  es  la  que  más  deseo  en  esta  vida.  Dios  guarde,  etc.;  en 
Madrid,  a  diez  y  ocho  de  octubre,  mil  quinientos  y  noventa.» 


(1)    Véase  Montaña:  De  cómo  Felipe  II  no  mandó  matar  á  Escobedo,  pági 
ñas  361-63. 


230  ANTONIO  PÉREZ 

Felipe  11  «mostró  estar  muy  satisfecho  de  ser  todo  ello  así»  y 
que  no  alzaría  la  mano  de  lo  que  tocaba  al  castigo  de  tan  maligna 
invención  (1). 

El  autor  de  la  carta  que  he  transcrito  fué  secretario  de  don  Juan 
de  Austria,  de  Felipe  II,  y  últimamente,  con  grande  influencia,  de 
Felipe  III.  Se  le  llamaba  el  Secretario  santo.  Volverá  a  salir  en  el 
presente  trabajo  otra  carta  suya  referente  a  Antonio  Pérez  que  no 
creo  se  haya  publicado  nunca. 

Por  si  no  basta  lo  alegado,  oigamos  las  hermosas  palabras  con 
que  don  Juan  apremiaba  por  última  vez,  pues  murió  a  los  pocos 
días,  a  Felipe  II  para  que  le  socorriera  con  hombres  y  dinero. 

cNo  dejo— decía  don  Juan  entre  otras  cosas—,  por  lo  que  a  mí 
toca,  de  tener  grandísimo  sentimiento  de  que  sea  yo  solo  el  desfa- 
vorecido y  abandonado  de  V.  M.,  debiendo  no  sólo  por  hermano, 
pero  por  el  hombre  del  mundo  que  más  de  corazón  le  ha  procu- 
rado servir  y  que  con  mayor  fe  y  amor  lo  ha  hecho,  ser  tenido  en 
diferente  estima  y  consideración;  mas  ya  que  esto  no  ha  bastado,  ni 
merecía  que  dello  ni  de  mí  se  haga  cuenta,  ni  caudal,  acuér- 
dese V.  M,  de  sí  propio,  que  si  a  los  que  acá  estamos  nos  van  las 
vidas  en  este  juego,  con  perderlas  honradamente  por  Dios  y 
por  V.  M.  habremos  ganado  tanto  que,  en  parte,  señor,  podrá  tener 
envidia.  Pero  V.  M.  aventura  tanto  cuanto  es  más  propio  lo  que  se 
juega  y  mayor  la  obligación  de  conservarlo;  y  así  es  justo  que  le  dé 
más  cuidado... >  (2). 

A  esta  carta,  escrita  en  20  de  setiembre,  contestó  Felipe  II, 
cuando  ya  su  hermano  había  muerto:  «Y  primero  diré  que  he  sen- 
tido mucho  el  cuidado  en  que  quedábades,  y  mucho  más  vuestra 
falta  de  salud,  porque  ésta  importa  a  mi  servicio  más  que  todo  el 
resto,  allende  de  la  pena  que  me  ha  dado  por  lo  que  os  quiero  y 
amo,  y  así  estaré  con  la  misma  hasta  tener  aviso  vuestro  de  que  estáis 
libre  de  la  indisposición  con  que  quedábades.  Yo  os  ruego  que, 
pues  conviene  tanto  vuestra  salud  para  todo,  que  miréis  por  ella  y 
que  la  procuréis  de  conservar  sobre  todo  en  cuanto  pudiéredes.»  (3). 


(1)  Cabrera  de  Córdoba:  Felipe  Segundo,  III,  págs.  536-537. 

(2)  Mignet:  Antonio  Pérez  y  Felipe  II,  págs,  29-30. 

(3)  Archivo  de  Simancas.— Citas  de  Mignet:  Antonio  Pérez  y  Felipe  II, 
página  30,  c.  1;  y  Montaña:  Nueva  Luz,  pág.  407. 


ANTONIO  PÉREZ  231 

Y  cuando  Felipe  II  supj  la  muerte  de  su  hermano,  escribió: 
«La  mala  nueva  que  me  ha  venido  del  ilustrísimo  señor  don  Juan 
de  Austria,  mi  hermano,  he  sentido  en  gran  manera;  así  por  lo  que 
le  quería  y  amaba,  como  por  ser  en  tal  coyuntura  y  ocasión.»  (1). 

Y  pocos  días  después  mostraba  el  mismo  sentimiento,  «así  por- 
que amaba  y  estimaba  su  persona,  como  por  la  falta  que  me  hará 
para  todo  en  esta  ocasión,  y  particularmente  para  las  cosas  de  Flan- 
des»  (2). 

1.— En  8  de  marzo,  no  se  olvide  que  el  31  de  este  mes  fué  el     vil- otro» « 
asesinato,  escribía  Felipe  ü  a  don  Juan  de  Austria:  «Al  secretario  Í17«"$c«m!i."* 
Escobedo  tendré  cuidado  de  mandar  despachar  con  brevedad,  y  en 
lo  demás  que  me  escribís  por  él,  así  por  esto  como  por  lo  que  él 
merece,  terne  la  cuenta  que  es  razón  con  sus  particulares.»  (3). 

Sea  cual  fuere  el  juicio  que  se  forme  de  Felipe  II,  estas  palabras, 
dichas  de  un  hombre  a  quien  se  ha  condenado  a  muerte,  encierran 
tan  repugnante  sarcasmo  que  nadie  habrá  capaz  de  convencerme 
que  en  el  alma  del  fundador  de  El  Escorial  se  albergaran  cinismo  e 
hipocresía  semejantes. 

Téngase  en  cuenta  para  comprender  más  la  fuerza  de  las  pala- 
bras de  Felipe  II  que  por  los  mismos  días  en  que  él  escribía  ya  ha- 
bía tratado  Pérez  de  envenenar  a  Escobedo. 

2.— Según  Mignet  (4j,  desde  el  momento  en  que  don  Juan  cono- 
ció la  muerte  alevosa  de  su  secretario,  dejó  de  cartearse  con  Pérez, 
de  quien  siempre  había  sido  confiado  amigo. 

3. — Antonio  Pérez,  en  su  afán  de  buscar  cómplices  en  el  asesi- 
nato de  Escobedo,  refiere  que  tomada  la  determinación  de  quitar 
de  en  medio  al  secretario  de  don  Juan,  el  marqués  de  los  Vélez,  «de 
tal  manera  juzgó  ser  conveniente  la  tal  resolución,  que  decía: 
Que  con  el  Sacramento  en  la  boca,  si  le  pidieran  parescer,  cuya  vida 
y  persona  importara  más  quitar  de  por  medio  la  de  Juan  de  Escobedo, 
o  cualquiera  otra  (5)  de  ¿as  más  perjudiciales,  votara  que  la  de  Juan 


(1-2)    Archivo  de  Simancas.— Citas  de  Mignet:  Antonio  Pérez  y  Felipe  II, 
página  30,  c.  1;  y  Montaña:  Nueva  Luz,  pág.  407. 

(3)  Archivo  de  Simancas.  Est.  Flandes,  leg.°  575.  Mignet:  Ob.  cit.,  pág.  27. 

(4)  Obra  cit.,  pág.  27,  c.  2. 

(5)  Ai  margen:  El  Marqués  nombró  la  otra.— La  otra  persona  menos  per- 
judicial que  Escobedo,  según  recuerdo  haber  leído,  era  el  príncipe  de  Orange. 


232  ANTONIO  PÉBEZ 

de  Escobedo,  con  encarecimiento  aún  más  fuerte  y  particular;  cosa 
que  dixo  el  Jueves  sancto  a  Fernando  de  Escobar  en  Alcalá,  donde 
a  la  sazón  estaba  Antonio  Pérez,  cinco  días  antes  que  matasen 
a  Escobedo,  como  el  mismo  día  lo  refirió  el  dicho  Fernando  de  Es- 
cobar.» (1). 

Al  leer  esto  parece  que  la  resolución  se  había  tomado  por  aque- 
llos dias;  pero  como  ya  el  12  de  marzo  estaba  enfermo  Escobedo, 
de  resultas  de  un  veneno  que  le  propinara  Pérez,  y  los  asesinos  de 
Escobedo  fueron  comprados  y  traídos  de  Aragón,  cosa  imposible 
de  realizar  en  tan  poco  tiempo,  el  marqués  de  los  Vélez,  caso  de 
pronunciar  las  palabras  que  Pérez  pone  en  su  boca,  no  fué  ni  pudo 
ser  causa  influyente  de  la  muerte  de  Escobedo. 

4.^¿Qué  parte  tuvo  o  pudo  tener  Felipe  II  en  la  muerte  de  Es- 
cobedo? Según  ha  podido  ver  el  lector  por  todo  lo  que  antecede, 
Antonio  Pérez  ordenó  la  muerte  violenta  de  Escobedo.  ¿Lo  hizo 
obedeciendo  a  indicaciones  del  Rey?  Véanse  las  defensas  con  que 
Pérez  intentaba  justificarse  en  Aragón. 

En  las  presentadas  en  junio  de  1590,  según  el  resumen  del  fiscal 
de  Aragón  en  la  Junta  de  Madrid,  decía  en  los  descargos  26  y  27: 
«26.    Que  nunca  ha  dicho  que  ha  muerto  ni  mandado  matar 
por  orden  de  S.  M.  al  secretario  Escobedo. 

27.    Que  caso  que  conste  haber  hecho  alguna  diligencia  en  esto 
sería  por  orden  de  S.  M.,  y  sobre  ello  presentará  un  billete  (2).> 

En  la  segunda  defensa,  presentada  al  mes  siguiente,  dice  Pérez 
«que  confiesa  que  S.  M.  le  dio  orden  para  matar  a  Escobedo.— 
Que  por  el  billete  que  se  le  mostró  cuando  se  le  dio  tormento  se 
hace  S.  M.  autor  de  la  muerte.— Pretende  probar  que  por  un  billete 
donde  S.  M.  dice  que  conviene  abreviar  lo  del  Verdinegro,  le  da 
orden  de  la  muerte  de  Escobedo  (3). — Dice  que  lo  pudiera  probar 


(1)  Memorial  del  hecho  de  su  causa,  en  Las  Obras  y  Relaciones,  páginas  316 
y  317. 

(2)  Colección  de  Documentos  inéditos  para  la  Historia  de  España.  í.  XV,  pá- 
gina 422. 

(3)  Este  billete  se  lee  así  en  los  manuscritos  de  La  Haya:  «Cierto  conven- 
drá abreviar  lo  de  la  muerte  del  Verdinegro,  antes  que  haga  algo  con  que  no 
seamos  después  a  tiempo,  que  él  no  debe  de  dormir,  ni  descuidarse  de  sus 
costumbres.  Macedlo  y  daos  priesa,  antes  que  nos  mate".  Copia  de  un  billete 


ANTONIO  PÉREZ  233 

por  otros  billetes,  y  que  pues  se  le  tomaron  sus  papeles,  se  esté  a  su 
juramento... >  (1). 

Felipe  II  no  negó  que  los  billetes  que  el  reo  presentaba  fueran 
suyos,  pero  acerca  de  su  contenido  escribió  estas  importantísimas 
palabras:  «Muy  bien  ha  sido  avisarme  en  particular  de  todo  lo  que 
aquí  se  dice,  que  creo  yo  que  está  todo  ello  muy  bien  mirado  y  muy 
bien  considerado  lo  que  merecen  las  maldades  del  preso  y  las  cosas 
que  levanta  y  inventa,  interpretando  los  billetes  que  tiene  conforme 
a  su  maldad,  pues  todas  las  cosas  quél  dice  dependen  de  las  que  me 
decía  a  mí,  tan  ajenas  de  la  verdad,  aunque  con  las  cartas  que  desci- 
fraba tan  falsamente  me  las  hacía  creer,  con  que  le  respondía  yo  al- 
gunas veces  a  propósito  de  lo  que  me  escribía,  como  se  podría  bien 
mostrar  por  los  mismos  billetes,  si  yo  hubiese  de  hacer  las  interpre- 
taciones dellos  como  él  las  hace,  que  serían  más  verdaderas  que  las 
suyas»  (2). 

Y  respondiendo  a  consulta  hecha  en  4  de  octubre  de  1590,  in- 
siste Felipe  II  en  que  Pérez  sea  traído  de  Aragón  a  Castilla,  <por- 
que  sino  fuere  trayéndole  acá,  no  se  puede  sacar  a  luz  la  poca  verdad 
que  ha  dicho  y  dice,  que  tanto  conviene  que  todos  lo  sepan  y  se 
desengañen  de  lo  que  quizá  pueden  haber  creído  de  lo  que  ha  di- 
cho y  escrito»  (3). 

Diego  de  Bustamente,  preso  en  la  cárcel  de  Zaragoza  con  Anto- 
nio Pérez,  declara:  «Vio  este  testigo  que  en  un  billete  número  24 
y  25  [que]  exhibió  en  su  defensión,  el  cual  trataba  de  ciertas  llaves 
que  se  habían  hallado  en  poder  del  secretario  Escobedo  después  del 
muerto,  las  cuales  decían  era  para  entrar  en  una  casa  de  cierta  mujer 
que  en  dicho  billete  se  nombraba,  que  tenía  obligación  Escobedo 
de  tenerle  respecto  y  tratarle  lealtad,  dando  razón  Antonio  Pérez 


para  Antonio  Pérez  de  mano  de  Su  Majestad,  presentado  para  declaración  de  la 
muerte  de  Escobedo,  Cita  de  Mignet,  o.  c,  pág.  24,  c.  2. 

Este  billete  es  casi  seguro  que  se  forjó  sobre  las  siguientes  frases  de  Feli- 
pe II,  que  Pérez  cita  como  escritas  a  él  por  el  Rey  en  21  de  julio  de  1577:  Me- 
nester será  prevenirnos  bien  de  iodo,  y  darnos  mucha  priessa  a  despacharle,  antes 
que  nos  mate.— Memorial  del  hecho  de  su  causa,  p.  312. 

(1)  Doc.inéd.,  XV,  pág.  424. 

(2)  Doc.inéd.,XW,  pág.  435. 

(3)  Id.  id.,  pág.  438. 


234  ANTONIO  PÉREZ 

a  S.  M.  de  lo  sobredicho,  afeándole  el  caso,  vio  en  dicho  billete 
que  S.  M.  respondía  en  la  margen  de  dicho  billete,  que  era  grande 
maldad  y  que  él  debía  de  tener  merecido  en  muchas  partes  lo  que  ha- 
bía sucedido,  que  era  la  muerte  de  Escobedo,  y  aún  quizá  le  vino  de 
ahí:  (al  margen  enfrente  de  estas  últimas  palabras  hay  puesto:  Ojo) 
y  por  parecerle  al  dicho  Antonio  Pérez  que  dichas  palabras  desha- 
cían su  intento  de  lo  que  él  pretendía  que  S.  M.  había  hecho  matar 
al  secretario  Escobedo,  y  que  aquellas  palabras  daban  y  ponían  am- 
bigüidad  en  su  pretensión,  porque  aquellas  palabras  daban  a  enten- 
der que  S.  M.  no  había  sabido  la  muerte  de  Escobedo;  vio  que  dicho 
Antonio  Pérez  borró  dichas  palabras  y  renglón  y  una  o  dos  palabras 
que  seguían,  que  no  se  recuerda  qué  eran;  y  advirtíéndole  este  testi- 
go al  dicho  Antonio  Pérez  que  según  aquel  billete  el  Rey  nuestro 
señor  no  sabía  la  muerte  de  Escobedo,  el  dicho  Antonio  Pérez  res- 
pondió que  S.  M.  lo  hacía  por  disimular;  y  asimismo  vio  este  testigo 
cortó  uno  o  dos  billetes  por  medio  de  los  que  ha  presentado  en  su  de- 
fensión* (1). 

En  1.°  de  abril  de  1578  contestó  Felipe  II  a  Mateo  Vázquez,  que 
le  envió  la  noticia  de  la  muerte  de  Escobedo:  «Fué  muy  bien  enviar- 
me luego  lo  de  Escobedo,  que  vi  en  la  cama;  porque  después  vino 
D.  Diego  de  Córdoba  con  la  nueva,  que  ha  sido  extraña,  y  no  lo  en- 
tiendo lo  que  dicen  los  alcaldes»  (2). 

En  12  de  diciembre  del  mismo  año,  Mateo  Vázquez  se  queja  al 
Rey  del  odio  que  le  muestra  Pérez,  nacido  tal  vez  «de  haber  yo  avi- 
sado a  Escobedo  (3)  que  hablase  al  Presidente,  como  V.  M.  me  lo 
mandó,..*  (4). 

Estos  documentos  indican  que  a  Felipe  II  le  sorprendió  la  muerte 
de  Escobedo,  y  que  mandó  a  su  hijo  hablar  a  la  justicia  acerca  del 
particular. 

Aún  hay  más:  don  Antonio  Pazos,  presidente  del  Consejo  de 
Castilla,  el  conde  Kevenhüler,  embajador  alemán,  fray  Diego  de 


(1)  Doc.  inéd.,  XV,  págs.  465-67. 

(2)  Cita  de  D.  J.  F.  Montaña:  De  cómo  Felipe  II  no  mandó  matar  á  Escobedo, 
pág.  315. 

(3)  Se  refiere  al  hijo  del  muerto. 

(4)  D.  J.  F.  Montaña,  id.  id.,  p.  317. 


ANTONIO  PÉREZ  235 

Chaves,  el  arzobispo  de  Toledo,  y  otros  muchos  personajes,  rogaron 
a  Felipe  H  repetidas  veces  e  insistentemente  por  Pérez,  haciéndose  el 
Rey  sordo  a  estas  súplicas.  Si  él  era  culpado,  lo  mejor  hubiera  sido 
atenderles  y  sobreseer  la  causa. 

Pero  hubo  algo  en  este  singular  proceso  cuya  divulgación  temió 
siempre  Felipe  11,  pues  al  escribirle  don  Antonio  Pazos  que  conven- 
dría juzgar  de  una  vez  a  Antonio  Pérez  y  así  se  cortarían  tantas  habla- 
durías y  sospechas,  el  Rey  le  contesta:  «Si  el  negocio  fuera  de  calidad 
que  sufriera  procederse  en  él  por  juicio  público  desde  el  primer  día 
se  hubiera  hecho;  y  así,  pues  no  se  puede  hacer  más  de  lo  que  se 
hace,  vos  podríades  hablar  a  su  mujer  y  decirle  que  se  sosiegue,  por- 
que no  se  puede  hacer  otra  cosa  par  agora  (1)». 

Y  en  el  documento,  que  más  adelante  se  copiará  íntegro,  por  el 
cual  Felipe  ÍI  desiste  de  proseguir  la  querella  que  en  Aragón  había 
presentado  contra  Antonio  Pérez,  dice  el  Rey  que  el  preso  «se  de- 
fiende de  manera,  que  para  responderle  sería  necesario  tratar  de  ne- 
gocios más  graves  de  lo  que  se  sufre  en  procesos  públicos,  de  se- 
cretos que  no  conviene  que  anden  en  ellos,  y  de  personas,  cuya 
reputación  y  decoro  se  debe  estimar  en  más  que  la  condenación  de 
Antonio  Pérez  (2)». 

¿A  qué  secretos,  negocios  y  personas  se  refiere  el  Rey?  Se 
ignora. 

Resumiendo  ya  este  fatigoso  estudio,  resulta  de  lo  expuesto: 
1.0:  Antonio  Pérez  mandó  matar  a  Escobedo;  2.°:  no  es  cierto  que 
el  Rey  persiguiera  a  Pérez  por  celos  de  la  princesa  de  Eboli;  3.o:  la 
real  orden  del  asesinato  sólo  está  atestiguada  por  el  falsario  Pérez, 
4.^:  el  billete  de  4  de  enero  de  15Q0,  aun  suponiendo  que  sea  ver- 
dadero, no  demuestra  clara  y  categóricamente,  como  se  debe  exigir 
en  asunto  tan  grave,  la  participación  de  Felipe  11  en  el  asesinato  de 
Escobedo;  5.^:  las  razones  que  Pérez  dice  haber  habido  para  ordenar 
el  asesinato  no  sólo  son  verdaderas,  sino  que  con  documentos  fide- 


(1)  Doc.  inéd.,  LVI,  páginas  404-405.  Noviembre  de  1581. 

(2)  Fr.  Marcos  Guadalajara  y  Xabierr:  Qvarta parte  de  la  Historia  Pontifical 
General  y  Catholica,  Madrid,  1612,  pág.  8,  c.  2 


236  ANTONIO  PÉREZ 

dignos  se  rechazan  en  absoluto;  6.^:  Pérez  calumnia  y  pone  tacha  en 
la  probada  y  no  desmentida  fidelidad  de  don  Juan  de  Austria  para 
con  su  hermano  Felipe  II;  7.o:  Pérez  miente  descarada  y  paladina- 
mente en  sus  relatos,  según  le  conviene;  8.°:  Felipe  II  no  aparece 
culpable  en  la  muerte  de  Escobedo;  y  9.^:  existieron  causas,  hasta 
ahora  desconocidas,  que  impidieron  el  juicio  público  contra  Pérez. 

P.  Julián  Zarco. 
(Continuará.)  o.  s.  a. 


REVISTA  CANÓNICA 


Obligaciones  del  párraco:  los  libros  parroquiales.— Libros  de  religiosas  su- 
jetos a  la  revisión  y  corrección  de  la  Congregación  para  asuntos  de  religio- 
sos.—De  la  misa  y  comunión  durante  la  exposición  del  Santísimo  Sacra- 
mento. 

Como  garantía  necesaria  de  su  recta  administración  espiritual,  y  como 
testimonios  auténticos  documentales  de  la  varia  condición  y  estados  de  sus 
feligreses  que  han  de  hacer  fe,  de  un  modo  primario  siempre  en  el  orden 
eclesiástico,  y  directa  o  complementariamente  en  el  orden  civil,  exige  tam- 
bién el  Código  a  los  párrocos  (can.  470),  con  carácter  de  gravedad,  la  obli- 
gación de  consignar  puntualmente  por  escrito,  y  con  las  debidas  formali- 
dades según  el  uso  aprobado  por  la  Iglesia  o  prescrito  por  el  propio  Or- 
dinario—reproduciendo  a  este  fin  el  fondo  y  la  forma  ligeramente  variada 
en  alguno  de  sus  extremos,  de  disposiciones  legales  anteriores—,  las  par- 
tidas de  bautismo,  confirmación,  matrimonios  y  defunciones,  para  cada 
orden  de  las  cuales  han  de  llevar  su  libro  correspondiente;  a  los  que  con 
toda  solicitud  y  según  sus  fuerzas  procurarán  añadir  el  libro  De  statü  an¿- 
marum  o  matrícula  parroquial,  y  debiendo  guardarlos  y  conservarlos  to- 
dos con  sumo  cuidado  y  esmero. 

Cinco  son,  por  consiguiente,  los  libros  enumerados  por  el  Código,  y 
en  el  modo  de  llevarlos  habrán  de  atenerse  los  párrocos  a  las  prescripcio- 
nes taxativas  del  mismo  Código,  y  a  falta  de  ellas,  a  las  del  Ritual  Roma- 
no, y  aun  disposiciones  particulares  diocesanas. 

Con  puntualidad  y  sin  tardanza  inscribirá  el  párroco  en  el  libro  de 
bautismos  el  nombre  de  los  bautizados,  con  anotación  en  la  misma  par- 
tida del  ministro,  de  los  padres,  padrinos,  lugar  y  fecha  del  bautismo 
(canon  777,  p.  1.°). 

Nada  nos  dice  directamente  el  Código  acerca  de  los  testigos  y  fecha  del 
nacimiento;  pero  como  esta  última  anotación  la  señala  el  Ritual  Romano, 
y  a  la  vez  se  halla  contenida  en  la  mayor  parte  de  nuestros  Estatutos  dio- 


238  REVISTA  CANÓNICA 

cesanos,  juzgamos  obligatoria  su  inserción,  como  necesaria  que  es  para 
poder  definir  y  determinar  en  todo  caso  la  persona. 

Tratándose  de  hijos  ilegítimos  se  insertará  entonces  el  nombre  de  la 
madre  si  públicamente  consta  su  maternidad,  o  espontáneamente  lo  pidiere 
ella  por  escrito  o  delante  de  dos  testigos;  también  se  inscribirá  el  nombre 
del  padre,  si  éste  lo  requiriese  del  párroco  con  las  mismas  condiciones 
arriba  señaladas,  o  fuera  conocido  por  algún  público  y  auténtico  documen- 
to: en  los  demás  casos  se  inscribirán  los  hijos  ilegítimos  como  hijos  de 
padre  o  de  padres  desconocidos  (can.  777,  p.  2.°). 

Si  el  bautismo  fuera  conferido  por  otra  persona  distinta  del  párroco,  y 
sin  hallarse  éste  presente,  entonces  el  ministro  (aun  lego,  y  aunque  sea  mu- 
jer) debe  dar  cuenta  lo  antes  posible  del  bautismo  administrado  al  párroco 
propio  del  bautizado,  que  lo  es  por  razón  de  domicilio  (can.  778).  Claro 
es  que  esta  relación  al  Párroco  propio  del  domicilio  la  ordena  sin  duda  el 
Código  a  fin  de  que,  en  los  casos  de  su  estricto  derecho,  como  en  el  bau- 
tismo privado  y  otros,  forme  el  párroco  la  correspondiente  partida;  enca- 
minándose tan  sólo  en  los  bautismos  que  a  él  no  le  correspondan  exclusi- 
vamente, como  en  el  bautismo  de  adultos  y  otros,  a  que  conozca  a  los  bau- 
tizados y  los  tenga  por  verdaderos  hijos  de  la  Iglesia. 

En  la  partida  de  confirmación,  que  la  ha  de  formar  el  párroco,  y  que 
ha  de  insertar  en  el  libro  correspondiente,  inscribirá,  nos  dice  el  canon  798, 
los  nombres  del  ministro,  de  los  confirmados,  de  los  padres  y  padrinos, 
con  la  designación  del  día  y  del  lugar,  sin  que  esta  obligación  excluya  la 
anotación  correspondiente  que  además  ha  de  hacer  al  margen  del  libro  de 
los  bautizados,  y  de  la  cual  nos  habla  el  párrafo  2.°  del  canon  470. 

Claro  se  desprende  que  este  precepto  del  Código  se  dirige  al  Párroco, 
en  el  caso  sólo  de  que  la  Confirmación  haya  tenido  lugar  en  su  parroquial 
iglesia  o  alguna  otra  de  su  feligresía,  aun  cuando  sea  de  regulares  exentos, 
y  para  los  confirmados  subditos  suyos;  porque  en  cualquiera  otro  caso  su 
obligación  se  circunscribirá  a  la  anotación  marginal  del  acto  en  el  libro  de 
los  bautizados;  relación  o  aviso  que,  no  estando  presente  el  Párroco  pro- 
pio del  confirmado,  tiene  el  deber  de  darle  para  este  efecto,  por  sí  o  por 
otro,  el  mismo  ministro  de  la  Confirmación  (canon  799). 

Según  el  canon  1.103,  deberá  el  Párroco,  o  quien  haga  sus  veces,  for- 
mar cuanto  antes  la  partida  del  matrimonio  celebrado  e  inscribirla  en  el 
libro  correspondiente,  con  anotación  del  nombre  de  los  cónyuges  y  testi- 
gos, y  con  designación  igualmente  del  día  y  lugar  de  la  celebración,  aña- 


REVISTA   CANÓNICA  239 

diendo  a  esto  las  demás  formalidades  que  los  libros  rituales  y  el  propio 
Ordinario  prescriban. 

Estas  otras  formalidades  suelen  ser:  según  el  capítulo  5.**,  título  X  del 
Ritual,  las  fechas  de  las  proclamas  o  dispensa  de  ellas;  la  ausencia  de  impe- 
dimentos o  la  dispensa  de  los  mismos;  el  sacerdote  que  autoriza  el  matri- 
monio con  la  licencia  o  delegación  que  tenga  para  el  caso;  la  filiación  de 
los  cónyuges  con  expresión  de  su  estado,  sobre  todo  si  alguno  de  ellos  es 
viudo;  los  nombres  y  filiaciones  de  los  testigos,  y  la  bendición  nupcial  si 
la  hubo. 

Ha  de  tenerse  en  cuenta  que  la  obligación  esta  incumbe  al  párroco  pro- 
pio, aun  cuando  otro  sea  el  sacerdote  que  por  delegación  del  párroco  o 
del  Ordinario  hubiera  asistido  a!  matrimonio. 

Conforme  al  canon  470,  debe  anotar  el  párroco  en  el  libro  de  los  bau- 
tizados la  celebración  del  matrimonio  con  expresión  de  la  fecha.  Mas  si  el 
cónyuge  o  cónyuges  estuvieran  en  otra  parroquia  bautizados,  el  párroco 
del  matrimonio,  dará  aviso  por  sí  o  por  medio  de  la  Curia  episcopal  al 
párroco  del  bautismo,  para  que  éste  haga  la  debida  anotación  marginal  en 
el  libro  de  los  bautizados  de  su  iglesia. 

Siempre  que  el  matrimonio  hubiera  sido  celebrado  conforme  a  lo  pres- 
crito en  el  canon  1.098,  el  sacerdote,  si  le  hubiere  habido,  o  en  otro  caso 
los  testigos  solidariamente  con  los  contrayentes,  cuidarán  de  que  dicho 
matrimonio  sea  lo  más  pronto  posible  inscrito  en  los  libros  preceptuados. 

Exceptúase  siempre  de  esta  doble  inscripción  el  matrimonio  de  con- 
ciencia, que  sólo  se  ha  de  anotar  en  el  libro  particular  que  para  tales  ma- 
trimonios se  guarda  en  el  archivo  secreto  de  la  Curia  (can.  1.107). 

En  cuanto  a  las  partidas  de  defunción  hemos  de  decir  que  una  vez  ve- 
rificado el  enterramiento  debe  el  ministro— que  lo  será  el  párroco  en  todos 
los  funerales  que  de  derecho  le  correspondan—  inscribir  en  el  libro  de 
defunciones  el  nombre  y  edad  del  difunto,  el  de  sus  padres  o  el  del  cónyu- 
ge viudo,  el  día  en  que  murió,  qué  sacramentos  recibió  y  por  quién  le  fue- 
ron administrados,  y  el  lugar  y  fecha  de  su  enterramiento  (can.  1.238). 

Si  debe  o  es  conveniente  también  que  inscriba  el  Párroco  en  sus  libros 
las  defunciones  de  los  exentos  que  mueren  en  su  parroquia;  cuestión  es 
esta  que  a  su  juicio  debe  quedar,  sin  que  por  ello  concedamos  fuerza  al- 
guna a  la  razón  que  alegan  ciertos  autores,  fundados  en  el  carácter  de 
mayor  estabilidad  que  para  ellos  ofrece  la  parroquia  sobre  el  de  los  insti- 
tutos exentos. 


240  REVISTA   CANÓNICA 

De  mucha  importancia  juzga  el  Código  el  libro  de  siaiu  animarum, 
o  matrícula  de  feligreses,  al  decir  de  él  que  cuide  el  Párroco  accurate  con- 
ficere  pro  viribuSj  y  de  magna  utilidad  le  juzgamos  nosotros  para  que 
pueda  el  Párroco  conocer  a  sus  feligreses  y  tenga  en  él  además  un  medio 
excelente  de  probar,  cuando  necesario  sea,  el  estado  de  libertad  o  vínculo 
de  sujeción  de  cada  uno  de  sus  fíeles. 

Para  que  surta  todos  sus  buenos  efectos,  deberá  llevarse  por  viviendas 
o  familias,  y  anotar  en  él  los  nombres,  apellidos,  edad  y  lugar  de  todos 
los  que  en  ellas  viven;  los  que  fueron  confirmados  y  recibieron  la  primera 
Comunión,  con  otras  circunstancias  útiles.  Y  como  ha  de  rectificarse  todos 
los  años,  según  creo  que  establecen  la  mayor  parte  de  los  estatutos  de 
nuestras  diócesis,  en  estas  rectificaciones  irán  anotándose  todas  las  demás 
variantes  que  puedan  ocurrir. 

Además  de  las  anotaciones  marginales  de  la  confirmación  y  matrimo- 
nio, que  ya  hemos  visto  deben  hacerse  en  el  libro  de  los  bautizados,  man- 
da el  párrafo  2.°  del  canon  470  que  se  pongan  también  las  del  orden  del 
subdiaconado  y  profesión  solemne  religiosa,  actos  transcendentales  de  la 
vida,  de  los  que  deben  dar  aviso  el  ministro  que  ordena  o  el  que  recibe  la 
profesión  al  párroco  del  bautismo. 

Manda  también  el  Código  que  al  fin  de  cada  año  envíe  el  párroco  a  la 
Curia  Episcopal  un  ejemplar  auténtico  de  todos  los  anteriores  libros  pa- 
rroquiales, exceptuado  el  libro  De  statu  animaram;  labor  penosa  y  cara  sin 
duda  alguna  para  los  párrocos,  pero  que  éstos  podrán  simplificar  reducien- 
do los  términos  de  las  partidas  a  los  extremos  precisos  del  Código  y  del 
Ritual,  y  procurando  copiarlas  al  par  de  su  inscripción  en  pliegos  separa- 
dos, que  a  fin  de  año  pueden  coser  y  remitir  a  la  Curia. 

Terminante  es  el  precepto  de  hacer  uso  del  sello  que  debe  haber  en 
cada  parroquia.  Pero  como  el  Código  no  determina  los  casos,  habrá  de 
atenerse  el  párroco  en  este  punto  a  lo  que  en  la  diócesis  propia  se  dispon- 
ga y  practique.  Creemos,  no  obstante,  que  lo  más  conforme  al  espíritu  o 
razón  de  la  ley  es  usarle  al  principio  de  cada  libro  y  final  de  cada  partida, 
junto  a  la  firma  del  párroco;  lo  mismo  que  al  final  de  cada  una  de  las 
copias  que  hayan  de  remitirse  a  la  Curia,  o  hayan  de  expedirse  y  salir  fue- 
ra del  archivo. 

Tienen  igualmente  obligación  los  párrocos  de  guardar  y  conservar  los 
mencionados  libros,  juntos  con  las  epístolas  y  demás  documentos  episco- 
pales que  por  razón  de  necesidad  o  de  utilidad  hayan  de  guardarse,  en  un 


REVISTA   CANÓNICA  241 

armario  o  archivo,  a  fin  de  que  ni  se  extravíen  ni  lleguen  a  manos  extra- 
ñas, y  puedan  además  ser  visitados  e  inspeccionados  por  el  Ordinario  o  al- 
gún delegado  suyo  en  tiempo  oportuno  y  de  visita. 

Por  lo  que  respecta  a  las  enmiendas  de  partida,  como  nada  hay  deter- 
minado acerca  de  ellas,  deberá  atenerse  el  párroco  a  las  disposiciones  dio- 
cesanas. 

Inherente  y  como  comprendido  en  el  concepto  de  párrocos,  llevan 
éstos  consigo  el  carácter  de  beneficiados  y  rectores  de  sus  iglesias  particu- 
lares, y  administradores  por  ende,  mientras  otra  cosa  no  se  disponga  en 
contrario,  de  los  bienes  temporales  de  las  mismas.  Bajo  tales  aspectos  les 
impone  también  el  Código  la  obligación  de  llevar,  además  de  los  libros  ya 
mencionados  arriba,  cuyas  inscripciones  y  copias  auténticas  tienen  valor  de 
documentos  oficiales  eclesiásticos,  otros  muy  útiles  y  necesarios  para  la 
recta  y  acertada  administración  de  las  temporalidades  de  las  iglesias,  y  co- 
nocimiento exacto  de  la  marcha  que  sufren  ciertos  emolumentos  mate- 
riales. 

Son  estos:  1)  el  libro  de  misas,  en  el  que  cuidadosamente  han  de  ano- 
tarse el  número  de  misas  recibidas,  intención,  limosna  y  celebración  de  las 
mismas  (can.  843);  2)  el  de  fundaciones  piadosas,  en  el  que  se  anotarán 
cada  una  de  las  cargas  temporales  y  perpetuas,  su  cumplimiento  y  limos- 
nas (can.  1.549);  y  3)  los  correspondientes  libros  de  fábrica  que  compren- 
derán el  inventario  de  todos  los  bienes  que  a  la  iglesia  pertenezcan  con 
asiento  de  sus  alzas  y  sus  bajas;  el  libro  de  cuentas  con  los  ingresos  y  sali- 
das y  los  correspondientes  justificantes  de  cada  una  de  las  partidas;  y  el  ín- 
dice de  documentos,  escrituras  y  demás  títulos  que  prueben  la  pertenen- 
cia de  los  bienes  (can.  1.523). 

Desde  luego  se  comprende  que  no  ha  de  ser  la  misma  la  utilidad  e  im- 
portancia de  estos  libros  en  todas  las  parroquias,  razón  por  la  cual  habrán 
de  variar  grandemente  la  forma,  tamaño  y  dimensión  de  los  mismos;  pero 
su  existencia  constituye  una  formalidad  necesaria  exigida  por  el  Código, 
y  sujeta  en  virtud  de  sus  disposiciones  a  la  inspección  y  visita  de  los  res- 
pectivos Ordinarios. 

(Continuará.) 


17 


242  REVISTA   CANÓNICA 


Libros  de  religiosas  sujetos  a  la  revisión  y  correccidn  de  la  Congregación 
de  negocios  de  Religiosos. 

En  la  sesión  general  de  la  sagrada  Congregación  de  negocios  de  los  Re- 
ligiosos del  29  de  Marzo  del  presente  año,  juzgaron  conveniente  los  emi- 
nentísimos y  reverendísimos  Padres  de  la  misma  disponer  que  todos  los 
Institutos  y  Congregaciones  de  religiosas  de  derecho  pontificio  sometan  y 
envíen  a  dicha  sagrada  Congregación  para  su  revisión  y  enmienda,  ade- 
más de  las  constituciones  aprobadas,  todos  y  cualesquiera  clase  de  libros 
de  costumbres,  prácticas,  etc.,  que  entre  ellas  estén  en  uso,  y  sea  cualquie- 
ra el  nombre  con  que  se  las  conozca,  así  como  también  las  preces  propias 
del  Instituto  que  acostumbran  a  recitar  en  común;  y  lo  mismo  ha  de  exi- 
girse en  los  nuevos  Institutos  que  en  adelante  se  aprueben. 

Dada  cuenta  de  esta  determinación  al  Santo  Padre,  éste  la  aprobó  y 
mandó  que  se  expidiera  a  este  fin  el  oportuno  Decreto. 

En  su  virtud,  la  sagrada  Congregación  mencionada  manda  en  fuerza 
del  presente  Decreto  que  todos  los  Institutos  o  Congregaciones  de  religio- 
sas de  derecho  pontificio,  así  como  también  todas  las  piadosas  Asociacio- 
nes de  mujeres  sin  votos  que  vivan  vida  común  al  modo  de  las  religiosas, 
y  estén  aprobadas  por  la  Santa  Sede,  envíen  dentro  de  los  términos  de  un 
año  a  dicha  sagrada  Congregación  todos  sus  libros  anteriormente  des- 
critos. 

Se  manda  también  en  la  presente  disposición  a  los  reverendísimos  Or- 
dinarios, en  cuyo  territorio  reside  la  Superiora  general  o  Suprema  Modera- 
triz  de  los  dichos  Institutos  o  Congregaciones  de  mujeres,  que  cuanto  antes 
les  den  conocimiento  de  la  obligación  impuesta,  y  les  adviertan  al  mismo 
tiempo  que  mientras  la  sagrada  Congregación  no  disponga  otra  cosa,  si  a 
ello  hubiere  lugar,  pueden  seguir  obrando  según  el  uso  establecido  en 
dichos  libros. 

Firman  el  presente  Decreto  el  Cardenal  Prefecto  de  la  Congregación, 
eminentísimo  Sr.  Scapinelli,  y  el  Secretario  de  la  misma,  M.  Serafíni. 


REVISTA   CANÓNICA  243 


De  la  misa  y  comunión  durante  la  exposición  del  Santísimo  Sacramento. 

Rmus.  Dnus.  Paulus  Bruchési,  Archiep.  Marianopolitanus,  Sacrae  Ri- 
tuum  Congregationi  ea  quaj  sequmtur,  reverenter  exposuit;  videlicet: 

«In  nonnullis  ecclesiis  et  oratoriis  publicis  vel  semipublicis,  ubi  Santisi- 
mum  Eucharistiae  Sacramentum  legitime  asservatur,  usus  quidam  intro- 
ductus  est,  ut  Misaae  cantatae  vel  lectae  coram  Ssmo.  Sacramento  solemniter 
expósito  in  Altari  celebrentur,  atque  intra  vel  extra  Missas  in  eodem  Alta- 
ri,  durante  expositione,  Sancta  Communio  Christifidelibus  adsministretur. 
Hinc  Ídem  Archiepiscopus  postulavit:  Utrum  hic  usus  permitti,  vel  tolera- 
ri  possit?» 

Et  Sacra  eadem  Congregatio,  audito  specialis  Commissionis  suffragio, 
ómnibus  perpensis,  praepositae  quaestioni  respondendum  censuit: 

«Ad  primam  partem,  praefatum  usum  non  licere,  sine  necessitate,  vel 
gravi  causa,  vel  de  speciali  indulto;  et  ad  secundam  partem  negative,  juxta 
Decreta,  et  detur  Decretum  n.  3448  Societatis  Jesu,  11  maii  1878,  ad  I.» 

Atque  ita  rescripsit,  declaravit  et  confírmavit,  die  17  aprilis  1919. 

^  A.  Card.  Vico,  Ep.  Portuen.  et  S.  Rufínae. 
S.  R.  C.  Praefedüs. 
t  Alexander  Verde,  Secreiaríus, 

P.  Anselmo  Moreno 


bibliografía 


Colección  general  de  documentos  relativos  a  las  Islas  Filipinas,  existentes 
en  el  Archivo  de  Indias  de  Sevilla,  publicada  por  la  Compañía  general  de 
Tabacos  de  Filipinas.— Tomo  I.— Barcelona,  imp.  de  la  Viuda  de  Luis  Tas- 
so,  1918.— Tomo  II.— ídem,  1919. 

La  Compañía  de  Tabacos  de  Filipinas,  que  radica  en  Barcelona  desde 
su  fundación,  y  que,  hace  años,  sorprendió  a  los  centros  culturales  con  la 
formación  de  una  riquísima  biblioteca  de  todo  lo  relativo  al  Archipiélago 
filipino,  ha  emprendido  ahora,  por  iniciativa  del  señor  Conde  de  Churru- 
ca,  vicedirector  de  la  Sociedad,  la  publicación  de  todos  los  documentos 
referentes  a  aquellas  islas,  que  se  guardan  en  nuestro  riquísimo  Archivo 
de  Indias,  de  Sevilla.  Van  publicados  dos  gruesos  tomos  espléndidos  en 
la  presentación  tipográfica,  de  verdadero  lujo  en  su  parte  material  y  que 
satisfacen  plenamente  a  las  exigencias  de  la  crítica  moderna,  que  pide  una 
gran  escrupulosidad  en  la  transcripción  fiel  y  exacta  de  los  documentos. 
Publicados  además  por  orden  rigurosamente  cronológico,  facilitan  de 
modo  notable  la  labor  de  los  futuros  investigadores  y  de  los  que  hayan  de 
escribir  la  historia  de  Filipinas. 

Ochenta  y  cinco  documentos— cincuenta  completamente  inéditos— com- 
prenden los  dos  tomos  y  abarcan  el  período  de  1493  a  1519.  Rompe  la  se- 
rie la  célebre  Bula  de  Alejandro  VI — reproducida  también  en  facsímil— que 
concede  a  los  Reyes  Católicos  y  a  sus  sucesores  las  tierras  descubiertas  y 
por  descubrir  en  las  Indias. 

Ante  obra  de  tal  magnitud  no  cabe  más  que  el  aplauso,  y  si  fuera  pre- 
ciso el  estímulo  para  que  siga  adelante  sin  desmayos,  reciban  el  nuestro 
entusiasta  y  sincero,  y  tengan  la  seguridad  de  recibir  el  de  todos  los  que 
se  interesan  por  la  cultura  patria,  la  Compañía  de  Tabacos  y  sus  inteligen- 
tes colaboradores. 

El  caso  es,  en  verdad,  sorprendente;  aquí,  por  lo  menos,  no  estábamos 
acostumbrados  a  rasgos  de  desprendimiento  y  patriotismo  como  el  que 
nos  da  una  Empresa  formada  para  fines  exclusivamente  mercantiles  y  que, 
sin  ánimo  de  lucros,  destina  una  parte  no  pequeña  de  sus  reservas  a  edi- 
tar documentos  históricos. 


BIBLIOGRAFÍA  245 

¡Lástima  grande  que  no  cunda  el  ejemplo!  Si  nuestras  flamantes  Socie- 
dades industriales  y  bancarias  entraran  por  ese  camino  y  sacaran  a  luz  una 
parte  siquiera  de  la  riqueza  documental  que  duerme  en  nuestros  archivos 
y  bibliotecas,  merecerían  bien  de  la  patria  y  no  tendríamos  que  pasar  por 
la  vergüenza  de  que  sea,  casi  siempre,  un  nombre  extranjero,  pensionado 
por  su  nación  o  por  alguna  Sociedad  cultural,  el  que  vaya  al  pie  de  libros 
y  Memorias  que,  con  razón,  se  consideran  como  los  sillares  sobre  que  ha 
de  levantarse  el  grandioso  edificio  de  nuestra  historia  política  y  litera- 
ria.—P.  R.  G. 


Lecciones  de  Retórica  y  Poética,  por  el  P.  Teófilo  Garnica  del  Carmen, 
agustino  recoleto.  (Con  las  licencias  necesarias.) -Monachil.  Imp.  de  «Santa 
Rita»,  1918. 

Con  toda  modestia  y  sin  pretensiones  de  mayor  cuantía,  sale  a  luz  este 
libro  dedicado  a  los  niños,  y  en  él  ofrece  el  autor  un  compendio  de  Retó- 
rica y  Poética  en  preguntas  y  respuestas,  distribuido  en  lecciones,  para 
retenerlo  con  facilidad  en  la  memoria.  En  este  punto  no  regatearemos  un 
aplauso  al  autor,  porque  cualquiera  que  se  dedique  a  la  enseñanza  habrá 
topado  alguna  vez  con  libros  de  texto,  impuestos  sobre  todo  por  la  ense- 
ñanza oficial,  con  largos  párrafos  y  hasta  discursos  que  los  chicos  no  en- 
tienden, y  se  ve  en  la  precisión  de  acotarles  lo  más  necesario  si  quiere  que 
saquen  algún  provecho  de  las  lecciones. 

En  el  plan  y  modo  de  exposición  que  se  sigue  en  este  libro  se  huye 
cuidadosamente  de  aquella  difusión,  se  dan  definiciones  claras,  no  diremos 
que  siempre  precisas  en  su  rigor  filosófico,  y  se  hace,  en  fin,  una  distribu- 
ción de  materias  fácilmente  asequible  a  las  inteligencias  que  han  de  asimi- 
lárselas. 

Contribuye  no  poco  a  facilitar  la  retención  de  las  doctrinas  o  definicio- 
nes expuestas  el  uso  de  los  ejemplos,  en  que  se  confirma  a  la  vez  la  regla 
o  reglas  dadas.  Tratándose  de  una  literatura  tan  rica  como  la  española, 
hay  ejemplos  para  todo,  y  en  tal  abundancia,  que  resulta  casi  infinita.  Esa 
misma  abundancia  facilita  la  elección  de  modelos  de  la  mejor  calidad,  que 
son  los  que  deben  ponerse,  y  por  consiguiente,  aquí  es  donde  el  autor  de 
un  texto  de  Retórica  debe  esmerarse.  A  fuer  de  imparciales  y  sinceros,  he- 
mos de  consignar  que  en  este  punto  no  ha  sido  tan  escrupuloso  el  autor, 
especialmente  si  nos  fijamos  en  la  Poética.  Así,  por  ejemplo:  Al  hablar  de 
las  distintas  clases  de  versos,  pone  como  modelo  de  los  de  once  sílabas  una 
octava  real  de  Oarcilaso,  en  la  que,  además  de  no  distinguirse  los  versos 
por  su  sonoridad,  hay  una  rima  asonantada  de  los  pares  con  los  impares 


246  BIBLIOGRAFÍA 

que  produce  un  sonsonete  insoportable.  Como  modelo  de  décima  pone  la 
tan  conocida  y  fervorosa  plegaria  que  empieza:  «Bendita  sea  tu  pureza», 
donde  falla  la  rima  perfecta  en  el  quinto  verso.  En  otro  soneto,  cuyos  ver- 
sos, como  se  sabe,  han  de  ser  endecasílabos,  se  lee  el  siguiente:  «Figura 
fué  esta  tuya,  Wicleff,  que  atrepellas.» 

Otras  observaciones  haríamos;  pero  la  brevedad  de  una  nota  biblio- 
gráfica nc  lo  permite. 

Sólo,  sí,  haremos  constar  la  complacencia  con  que  vemos  muchos 
nombres  de  escritores  agustinos  que  dignamente  merecen  figurar  en  la 
literatura  como  poetas  y  prosistas  de  primera  fuerza.  — P.  Gutiérrez, 

LIBROS  RECIBIDOS 

Henriette  Celarle.— Qn^iná'  «lis»  étaient  á  Saint-Quentin.— Un  vol.  de 
236  págs.,  en  8.°— Bloud  et  Gay,  éditeurs.— Paris-Barcelone.  1918. 

—De  conferencia  absolutione  sacramentan  juxta  canonem  886  Codicis 
Juris  Canonici.  Scripsit  Franciscus  Ter  Haar,  C.  SS.  R.— Folleto  de  68  pá- 
ginas, en  4.°— Romae,  Desclée  et  Socii,  editores. — 1919. 

— £/  Diamante  Rojo,  por  Jorge  W.  Príce.— Un  vol.  de  219  páginas, 
en  8.° -Bogotá. -MCMXIX. 

—La  Virgen  de  Covadonga,  Reina  de  España. Strmón  pronunciado 
en  su  coronación  solemne  por  el  limo.  Sr.  Dr.  D.  Ángel  Regueras,  Obispo 
de  Plasencia.— Septiembre,  MCMXVIII 

—Máximas,  Sentencias  y  Soliloquios  entresacados  de  las  obras  del 
siervo  de  Dios  limo.  P.  Ezequiel  Moreno  y  Díaz,  Agustino  Recoleto,  por 
el  R.  P.  Teófilo  Cárnica  del  Carmen. — Un  tomito  de  212  páginas  lujosa- 
mente encuadernado  en  tela.— Imprenta  de  Santa  Rita,  Monachil  (Granada). 

—Historia  ilustrada  y  documentada  de  la  Parroquia  de  San  Pedro  de 
la  ciudad  de  Olite,  por  D.  Juan  Albizu  y  Sainz  de  Murieta,  presbítero.— 
Un  vol.  de  212  págs.,  en  4.°— Pamplona.  Casa  Editorial  Huarte  y  Coronas. 

—Inventario  del  Archivo  y  Fundación,  Reglamento  y  Catálogo  de  la 
Biblioteca  en  la  Parroquia  de  San  Pedro  de  Olite  (Navarra).— Cusiútrno 
de  60  págs.,  en  folio. — Barcelona.  Imprenta  de  la  «Hormiga  de  Oro». 

—Sous  le  poing  defer,  par  Albert  Droulers. — Un  vol.  de  244  páginas, 
en  8.®— Bloud  et  Gay,  éditeurs.  París. 


CRÓNICA  GENERAL 


Madrid-Escorial,  31  de  Julio  de  1919. 

ROMA 

Después  de  la  feliz  gestión  llevada  a  cabo  por  Mons.  Cerretti  en  París 
sobre  la  modificación  del  íratado  de  paz  en  lo  referente  a  las  misiones,  se 
completó  el  texto  del  artículo  con  una  deliberación  de  la  Conferencia,  cu- 
yos resultados  comunicó  el  ministro  inglés  Mr.  Balfour  en  la  siguiente 
nota: 

< Primero.  Las  principales  potencias  aliadas  y  asociadas  han  exami- 
nado cuidadosamente  las  manifestaciones  que  se  les  han  hecho  sobre  la 
situación  reservada  a  las  misiones  que  dependen  de  la  Santa  Sede  en  los 
territorios  de  su  pertenencia,  y  estiman  que  la  declaración  suscrita  contri- 
buirá a  disipar  toda  confusión  sobre  la  política  que  han  de  seguir. 

Segundo.  Las  disposiciones  del  tratado  de  paz  con  Alemania  se  limitan 
generalmente  a  los  compromisos  de  parte  de  Alemania  con  las  potencias 
aliadas  y  asociadas,  y  viceversa.  Los  compromisos  de  los  aliados  y  asocia- 
dos entre  sí  y  entre  todos  los  miembros  de  la  Sociedad  de  las  Naciones 
serán  objeto  de  acuerdos  ulteriores,  y,  en  particular,  las  disposiciones  del 
artículo  22  del  pacto  de  la  Sociedad  de  las  Naciones. 

Tercero.  En  la  que  concierne  a  las  misiones,  estos  acuerdos  mandata- 
rios darán  la  más  amplia  interpretación  a  los  términos  del  artículo  22,  ga- 
rantizando la  libertad  de  conciencia  y  de  la  religión.  A  estos  efectos,  los 
acuerdos  estipularán  que  los  misioneros  de  todas  denominaciones  deberán 
ser  autorizados  para  ejercer  libremente  su  ministerio,  y  a  conservar  sus 
escuelas  e  instituciones,  y  tendrán  el  derecho  de  adquirir  y  conservar  pro- 
piedades de  toda  especie.  En  el  caso  en  que  por  los  términos  del  tratado 
de  paz  con  Alemania  fuere  necesario  hacer  una  transferencia  de  la  propie- 
dad de  las  misiones  alemanas  a  una  Comisión  de  fideicomisos,  los  bienes 
de  los  misioneros  dependientes  de  la  Santa  Sede  serán  puestos  a  la  dispo- 
sición de  las  personas  debidamente  autorizadas  y  que  pertenezcan  a  la  re- 
ligión católica  romana. 


248  CRÓNICA  GENERAL 

Por  Otra  parte,  en  el  caso  en  que,  por  los  términos  del  mismo  tratado, 
fuera  necesario  ejercer  alguna  intervención  sobre  las  personalidades  di- 
rectoras de  estas  misiones,  no  se  hará  sino  después  de  consultar  debida- 
mente a  las  autoridades  de  la  religión  interesada.— París,  6  de  junio 
de  1919.» 

Este  es,  pues,  el  texto  comunicado  por  nota  diplomática  por  las  poten- 
cias que  tienen  representación  en  la  Santa  Sede,  de  la  declaración  pro- 
puesta por  el  ministro  de  Negocios  Extranjeros  de  la  Gran  Bretaña,  y  que 
con  el  artículo  438  del  tratado  son  los  instrumentos  diplomáticos  a  que  en 
lo  sucesivo  ha  de  referirse  la  situación  de  las  misiones  católicas  en  los  paí- 
ses sometidos  a  protectorado. 

—El  24  de  julio,  vigilia  de  la  fiesta  onomástica  de  Su  Santidad,  recibió 
el  Padre  Santo  las  salutaciones  de  la  noble  antecámara  pontificia  y  del  Sa- 
grado Colegio.  La  fiesta  fué  íntima  completamente.  Al  siguiente  día  recibió 
en  audiencia  Su  Santidad  a  las  Comisiones  del  Círculo  de  San  Pedro,  que 
le  presentaron,  según  costumbre,  un  ramo  de  flores  y  de  frutos.  Su  Santi- 
dad recibió  en  aquel  día  numerosísimos  telegramas  de  felicitación  de  todos 
los  ángulos  del  mundo  católico. 

EXTRANJERO 

El  proyecto  de  huelga  internacional  para  el  21  de  julio,  como  protesta 
contra  el  tratado  de  paz,  fracasó  al  fin,  porque  no  fué  posible  la  avenencia 
entre  las  clases  obreras  para  suspender  los  servicios,  especialmente  en 
Francia,  donde  el  movimiento  se  presentaba  más  amenazador.  De  carácter 
local,  y  por  cuestiones  de  salario  y  disminución  de  trabajo,  se  han  regis- 
trado durante  toda  la  quincena  huelgas  graves  entre  los  mineros  ingleses, 
paralizándose  no  pocas  industrias  por  falta  de  carbón;  ha  intervenido  el 
Gobierno  británico  con  el  Comité  ejecutivo  de  los  trabajadores  y  logró 
llegar  a  un  acuerdo  con  el  mismo;  mas  no  por  eso  han  desistido  de  su 
actitud  los  huelguistas  en  las  principales  minas  de  la  nación. 

La  cuestión  del  apoyo  a  la  política  de  defensa  nacional  trae  divididos  a 
los  socialistas  parlamentarios  en  Francia.  Por  haber  votado  los  créditos 
militares  han  sido  expulsados  de  la  Federación  socialista  del  Sena  los  se- 
ñores Dejeante,  Rozier  y  Nectoux,  y  con  este  motivo  el  llamado  grupo  de 
los  cuarenta  ha  realizado  un  acto  de  solidaridad  con  los  excluidos,  sepa- 
rándose del  partido  de  ribetes  bolcheviquistas  en  que  hacen  prevalecer  sus 
temperamentos  extremosos  M.  Longuet  y  M.  Cachin. 

Por  estos  días  se  celebra  en  Amsterdam  un  Congreso  sindicalista  con 
representantes  de  la  mayor  parte  de  los  países  de  Europa  y  América,  y 


CRÓNICA  GENERAL  249 

cuyas  conclusiones  no  son  conocidas  todavía.  Todo  ello  no  ha  impedido 
que  lucieran  en  los  pueblos  aliados  las  fiestas  de  la  paz. 

En  Inglaterra  se  celebró  la  victoria  el  día  IQ  de  Julio  con  un  desfile 
triunfal  de  las  tropas  aliadas  por  las  calles  de  Londres  decoradas  magnífi- 
camente. Asistió  el  mariscal  Foch,  que  iba  a  la  cabeza  del  destacamento 
francés,  y  el  general  Pershing,  que  mandaba  los  contingentes  norteameri- 
canos. Junto  al  monumento  de  la  reina  Victoria  se  había  levantado  la  tri- 
buna regia,  desde  la  cual  presenciaron  el  desfile  los  reyes  acompañados 
del  jefe  del  Gobierno.  El  cortejo  pasó  también  en  columna  de  honor  ante 
el  monumento  erigido  a  la  memoria  de  los  muertos  en  campana. 

Al  día  siguiente  tuvo  lugar  una  gran  función  religiosa  en  la  catedral 
de  Westminster,  a  la  que  asistió  con  su  Estado  Mayor  el  general  Foch. 
Ofició  el  cardenal  Bourne,  y  se  cantaron  himnos  nacionales,  franceses  y 
británicos. 

No  menos  brillantes  han  sido  las  fiestas  de  la  victoria  celebradas  en 
Bélgica.  Realce  de  ellas  fué  la  presencia  del  presidente  de  la  República 
francesa,  M.  Poincaré,  y  la  del  mariscal  Foch,  para  quienes  hubo  manifes- 
taciones honrosísimas  por  parte  de  los  Monarcas  belgas  y  de  todo  su  pue- 
blo. En  Malinas,  el  presidente  francés  puso  la  cruz  de  guerra  sobre  el 
manto  de  púrpura  del  cardenal  Mercier  entre  las  aclamaciones  de  la  mu- 
chedumbre. Añadamos  de  paso  la  noticia  simpática  del  proyecto,  al  que  se 
han  adherido  ya  numerosas  corporaciones  sabias,  de  que  la  restauración 
de  la  Universidad  y  Biblioteca  de  Lovaina  revista  carácter  internacional. 

De  las  fiestas  habidas  en  Francia  describimos  algunas  en  el  número 
anterior.  Además  se  han  celebrado  otras  de  carácter  religioso  con  el  es- 
plendor y  solemnidad  propios  de  las  circunstancias. 

Todo  ello  no  representa,  sin  embargo,  sino  un  aspecto  muy  parcial  de 
la  perspectiva  que  ofrecen  las  naciones.  Hacen  notar  algunos  periódicos 
que  en  el  desfile  de  las  tropas  aliadas  ante  el  monumento  de  la  reina  Victo- 
ria, en  Londres,  al  subir  el  mariscal  Foch  a  la  tribuna  real,  donde  estaban 
los  monarcas  ingleses  y  el  príncipe  de  Gales,  indicó  el  mariscal  que  hubie- 
ra realzado  el  cuadro  de  la  alegría  la  presencia  de  Eduardo  VII,  el  fundador 
de  la  alianza,  que  los  alemanes  llamaron  política  del  cerco.  En  una  conver- 
sación con  el  enviado  especial  de  Daily  Mail,  Mr.  Waid-Wridge,  sobre  con- 
flictos futuros,  se  hace  decir  al  mismo  mariscal  con  referencia  a  los  prepa- 
rativos ingleses:  «Debéis  tener  siempre  en  reserva  material  de  guerra  y  a 
la  altura  de  los  últimos  perfeccionamientos.  La  guerra  próxima  será,  sobre 
todo,  guerra  de  material.»  Es  la  mejor  crítica  de  los  fundamentos  en  que 
descansan  los  tratados  actuales. 

Entre  los  cantos  de  júbilo  no  faltan  las  imprecaciones,  las  invectivas 


250  CRÓNICA  GENERAL 

de  los  tiempos  de  guerra.  Después  de  Alemania  son  llevadas  al  matadero 
Austria,  Bulgaria  y  Turquía,  las  cuales  si  salen  del  trance  con  vida  o  con 
alguna  pluma,  será  porque  las  rivalidades  entre  los  aliados  no  permiten 
otra  cosa.  Ahí  están  Siria,  que  se  quiere  arrebatar  a  Francia;  Fiume,  que 
no  acaba  de  saber  su  suerte;  Teschen,  que  se  disputan  polacos  y  checo- 
eslovacos; el  Bánato,  Thracia  y  Besarabía,  que  aun  no  conocen  a  su  nuevo 
señor.  Por  otra  parte  no  es  indicio  de  paz  todavía  la  preponderancia  ab- 
soluta del  bolcheviquismo  en  Hungría  y  Rusia,  y  menos  la  discusión  a  que 
está  sometido  el  tratado  de  Versalles  en  todos  los  parlamentos,  exceptuan- 
do al  inglés. 


En  tratado  de  Versalles  en  los  Parlamentos,— En  la  Cámara  inglesa 
ha  sido  ratificado  el  tratado  de  Versalles  por  163  votos  contra  4.  El  conve- 
nio francoinglés,  relativo  al  apoyo  a  Francia  en  caso  de  ataque  por  Ale- 
mania, fué  votado  por  unanimidad. 

Durante  la  discusión  pronunció  Lloyd  Qeorge  un  discurso  contestan- 
do a  las  observaciones  hechas  por  algunos  diputados.  «La  garantía  a  Fran- 
cia—declaró el  primer  ministro  inglés — será  provisional,  es  decir,  mientras 
la  Liga  de  Naciones  no  funcione  con  éxito.  De  Alemania  se  ha  exigido 
cuanto  puede  pagar,  y  sería  irracional  pedirle  el  reembolso  completo  a  los 
aliados  de  todos  los  gastos  de  guerra,  que  ascenderían  a  setecientos  cin- 
cuenta mil  millones  de  francos.  Repecto  de  Alsacia  y  Lorena,  lo  mismo  que 
de  Polonia,  no  se  ha  exigido  el  plebiscito,  porque  bien  clara  es  la  volun- 
tad de  sus  poblaciones.  A  Irlanda  no  son  aplicables  los  principios  de  Wil- 
son,  porque  no  constituye  una  nación,  sino  tres  naciones  diferentes,  desde 
el  punto  de  vista  de  la  raza,  de  la  religión  y  del  carácter.  No  puede  poner- 
se un  fín  a  los  armamentos  hasta  que  las  luchas  queden  destruidas  de  raíz. 
En  cuanto  al  juicio  del  Kaiser,  «no  creo  que  haya  una  sola  persona  en  esta 
Cámara  que  crea  que  un  hombre  que  es  responsable  de  esta  sangrienta 
catástrofe  pueda  escapar  indemne. 

^Algunos  han  dicho  que  debía  ser  juzgado  en  algún  país  neutral  dis- 
tante, y  ¿qué  derecho  tenemos  nosotros  para  suponer  que  haya  algún  país 
neutral  que  acepte  el  ser  testigo  de  una  persecución  de  esta  clase?» 

Tiene  razón  el  primer  ministro  inglés,  el  no  creer  capaz  de  tales  des- 
afueros a  ningún  país  neutral. 

— En  Francia  y  Estados  Unidos  siguen  las  discusiones  sobre  el  tratado. 
Las  noticias  de  Washington  hacen  notar  la  oposición  que  encuentra  entre 
los  republicanos  no  sólo  el  tratado  de  paz,  sino  el  suplementario  de  ayuda 
a  Francia  en  caso  de  ataque  por  Alemania.  Este  último  lo  consideran  como 


CRÓNICA  GENERAL  251 

un  cambio  de  toda  la  política  tradicional  de  los  Estados  Unidos,  y  en  algún 
modo  como  contrario  a  la  doctrina  de  Monroe.  Las  clausulas  del  tratado 
contra  las  cuales  hacen  más  oposición  los  republicanos  son,  principalmen- 
te, las  relativas  a  Chan-Tung,  de  la  separación  obligatoria  de  Alemania  y 
Austria,  las  concernientes  al  valle  del  Sarre  y  las  que  estipulan  garantías 
insuficientes  para  los  alemanes  de  Polonia. 


La  nueva  situación  en  Alemania— L?i  muerte  de  un  soldado  francés  a 
mano  airada  en  Berlín  ha  dado  ocasión  a  un  incidente  entre  los  Gobiernos 
francés  y  alemán.  Los  diarios  berlineses  dijeron  que  se  había  hecho  todo 
lo  posible  para  descubrir  al  autor  y  esclarecer  todas  las  circunstancias  del 
crimen.  Añadían,  además,  que  el  subsecretario  von  Haniel  manifestó  al  día 
siguiente  su  profundo  pesar,  en  nombre  del  Gobierno,  ante  el  embajador 
español,  encargado  de  los  intereses  franceses.  Lo  mismo  hizo  el  presidente 
de  la  Delegación  de  paz  alemana  en  Versalles  en  una  nota  a  Clemenceau. 
El  Gobierno,  por  su  parte,  se  mostró  ya  desde  un  principio  dispuesto  a 
sufragar  los  gastos  del  traslado  y  del  entierro. 

El  Gobierno  francés,  por  medio  del  mariscal  Foch,  había  presentado 
una  nota,  en  que  exigía:  L°,  que  se  active  la  labor  del  Tribunal  que  en- 
tiende en  los  sucesos;  2P,  que  se  disculpe  el  Gobierno;  3.°,  que  Alemania 
pague  los  gastos  del  traslado  y  del  entierro  de  la  víctima;  4.'',  que  abone 
una  indemnización  de  100.000  francos  a  la  familia  del  muerto,  y  5.°,  que 
la  ciudad  de  Berlín  pague  una  multa  de  un  millón  de  francos  oro. 

Como  respuesta  a  esta  comunicación,  dice  una  referencia  oficiosa: 

«El  Gobierno  alemán  ha  enviado  una  contestación  a  la  nota  del  maris- 
cal Foch  sobre  la  muerte  del  sargento  francés  Manheim  en  Berlín. 

La  respuesta  señala  que  varias  de  las  exigencias  francesas,  como  el 
castigo  del  malhechor,  la  disculpa  y  el  pago  de  los  gastos  del  entierro,  las 
había  aceptado  Alemania  ya  antes  de  recibir  la  nota.  La  indemnización  a 
la  familia  del  muerto  no  tiene  justificación  legal;  pero  será  cumplida  para 
mostrar  la  buena  disposición  de  las  autoridades  alemanas.  La  multa  de  un 
millón  de  francos  impuesta  a  la  ciudad  de  Berlín  la  rechaza  el  Gobierno 
alemán,  sin  embargo,  por  ser  contraria  al  derecho  de  gentes. 

El  Gobierno  está  dispuesto,  no  obstante,  a  entregar  el  asunto  a  un  Tri- 
bunal de  arbitraje  mixto,  caso  de  que  Francia  no  se  adhiera  al  punto  de 
vista  alemán.> 

—Con  motivo  de  la  declaración  aliada  sobre  el  levantamiento  del  blo- 
queo, la  Comisión  interaliada  de  los  territorios  del  Rhin  acaba  de  enviar 


252  CRÓNICA  GENERAL 

el  texto  del  Reglamento  del  12  de  Julio  a  la  Comisión  de  armisticio 
alemana,  dando  los  siguientes  detalles  sobre  la  aplicación  del  Reglamento: 

€l.**    El  bloqueo  de  Alemania  será  levantado  desde  el  12  de  Julio. 

2.^  Los  Reglamentos  números  5  y  6  rectificado,  respecto  a  las  facilida- 
des en  los  transportes,  serán  anulados. 

3.°  Se  prohibe  la  exportación  de  armas,  municiones  y  otros  artículos 
destinados  a  fines  bélicos. 

4.°  La  exportación  de  carbón  y  cok  quedará  supeditada  a  las  disposi- 
ciones actualmente  en  vigor. 

5.°  Queda  prohibida  la  exportación  de  tintas,  productos  químicos,  ar- 
tículos farmacéuticos,  platino,  oro,  dinero  metálico,  así  como  oro  y  plata 
en  barras  y  valores  extranjeros,  sin  permiso  especial  de  la  Comisión  inter- 
aliada de  los  territorios  del  Rhin. 

6.°    El  transporte  de  las  demás  mercancías  es  libre. 

7.°  Quedarán  anuladas  todas  las  restricciones  referentes  a  la  importa- 
ción y  exportación  que  respecto  a  Luxemburgo  habían  implantado  el  Co- 
mité económico  interaliado  y  la  Comisión  interaliada  de  los  territorios 
del  Rhin. 

Todas  estas  disposiciones  no  afectarán  en  modo  alguno  los  permisos 
especiales  de  exportación  e  importación  en  vigor  en  los  diversos  países 
aliados  o  neutrales.» 

Refiriéndose  al  levantamiento  del  bloqueo  de  Alemania,  escribe  la  Ga- 
ceta de  Francfort: 

«No  debemos  regocijarnos  demasiado.  El  bloqueo  desaparece,  y  ello 
significa  que  podremos  volver  a  importar  y  exportar;  a  comprar  y  vender 
en  todos  los  mercados  mundiales,  pero  esos  mercados  son  ya  otros  que 
antes  de  la  guerra,  y  principalmente  nosotros  mismos  no  somos  ya  eco- 
nómicamente el  pueblo  de  entonces,  sino  que  tenemos  la  calidad  de  extran- 
jeros, solicitando  ser  admitidos  en  un  mundo  que  ha  establecido  sin  nos- 
otros, sus  previsiones  de  exportación  e  importación  y  su  reparto  de  subsis- 
tencias y  materias  primas. 

Tenemos  una  gigantesca  necesidad  de  exportar,  pero  nos  faltan  recur- 
sos para  pagar  las  materias  primeras:  necesitamos  del  crédito  del  mundo, 
que  era  hasta  hoy  nuestro  enemigo.» 

—En  una  de  las  últimas  sesiones  leyó  el  presidente  de  la  Asamblea 
Nacional  alemana,  Fehrenbach,  el  siguiente  telegrama  del  Senado  de  la 
República  Argentina:  «El  Senado  argentino  acaba  de  decidir  unánime- 
mente que  se  envíe  a  la  Asamblea  Nacional  alemana  la  expresión  de  su 
satisfacción  más  profunda  por  la  terminación  de  la  guerra,  que  significa  el 
término  de  los  sacrificios  que  la  guerra  impuso  a  los  pueblos  beligerantes. 


CRÓNICA  GENERAL  253 

La  Argentina  espera  que  la  fírma  de  la  paz  será  el  comienzo  de  una 
completa  reconstrucción,  en  la  que  tomará  parte  el  mundo  entero.» 

A  propuesta  del  presidente  de  la  Asamblea  alemana,  fué  enviada  la  si- 
guiente contestación  al  Senado  argentino: 

*La  Asamblea  Nacional  Constituyente  alemana  expresa  al  Senado  de 
la  Argentina  su  gratitud  por  el  manifiesto  amistoso,  esperando  que  la  hora 
de  la  ratificación  será  al  mismo  tiempo  la  hora  en  que  nacerá  la  verdadera 
reconciliación  de  los  pueblos.» 

La  Asamblea  Nacional  envió  además  otro  telegrama  a  la  Cámara  de 
diputados  argentina,  en  contestación  a  un  telegrama  idéntico  al  del  Senado, 
diciendo: 

«La  Asamblea  Nacional  alemana  agradece  a  la  Cámara  argentina  la 
prueba  de  simpatía,  esperando  que  el  bello  ideal  de  la  justicia  y  del  huma- 
nitarismo inspirará  un  día  a  los  enemigos  de  Alemania,  a  fin  de  que  cola- 
boren en  la  obra  de  la  paz  verdadera  al  lado  de  la  República  alemana  y  de 
la  Argentina.» 

ESPAÑA 

Lo  más  saliente  de  la  quincena  ha  sido  la  caída  del  Gabinete  que  pre- 
sidía el  Sr.  Maura  y  la  subida  del  partido  conservador  al  poder  no  sólo 
con  el  beneplácito  sino  con  el  apoyo  directo  de  las  izquierdas  unidas  en 
bloque  contra  el  Gobierno  anterior. 

Ya  en  otro  día  dijimos  que  las  dificultades  creadas  por  la  obstrucción 
izquierdista  se  consideraban  vencidas  y  es  seguro  que  el  bloque  caminaba 
hacia  el  completo  fracaso  si  las  derechas  hubieran  ofrecido  la  consistencia 
que  requería  el  Sr.  Maura,  pero  esta  consistencia  faltó  por  no  ser  más  que 
artificiosa  y  como  a  remolque  la  unión  de  los  conservadores  que  se  habían 
negado  a  ocupar  los  más  altos  cargos,  y  en  consecuencia  el  Sr.  Maura  se 
creyó  en  el  caso  de  presentar  la  dimisión  de  todo  el  Ministerio. 

Encargado  nuevamente  del  poder  el  Sr.  Maura  requirió  la  colaboración 
directa  de  los  conservadores  en  el  banco  azul:  única  garantía  del  verdade- 
ro apoyo  a  la  obra  del  Gobierno.  Titubearon  los  primates  del  partido  con- 
servador, arbitros  en  el  caso  por  enfermedad  del  Sr.  Dato,  pero  entretanto 
las  izquierdas  que  ya  columbraban  el  triunfo  publicaron  una  nota  de  hos- 
tilidad irreductible  hacia  los  elementos  del  Sr.  Maura  y  La  Cierva  y  enton- 
ces los  ex  ministros  conservadores  se  negaron  rotundamente  a  la  concen- 
tración buscada  con  magnánima  insistencia  por  el  Sr.  Maura,  si  bien  no 
le  negaban  sus  votos  para  gobernar.  Esto  no  lo  consideró  suficiente  el  se- 
ñor Maura,  y  resignó  definitivamente  el  encargo  confiado  por  el  Monarca. 
Luego  fracasó  también  el  general  Miranda  en  la  misma  tentativa  de  una 


254  CRÓNICA  GENERAL 

concentración  de  todas  las  fuerzas  afínes,  y  entonces  fué  llamado  el  señor 
Sánchez  de  Toca,  que  con  elementos  exclusivamente  del  partido  conser- 
vador, presentó  la  siguiente  lista  de  ministros: 

Presidencia,  D.  Joaquín  Sánchez  de  Toca;  Estado,  señor  Marqués  de 
Lema;  Gracia  y  Justicia,  D.  Pascual  Amat;  Gobernación,  D.  Manuel  de  Bur- 
gos y  Mazo;  Hacienda,  señor  Conde  de  Bugallal;  Guerra,  general  D.  An- 
tonio Tovar;  Marina,  contraalmirante  Flórez;  Fomento,  D.  Abilio  Calde- 
rón; Instrucción  Pública,  D.  José  del  Prado  y  Palacio;  Abastecimientos, 
señor  Marqués  de  Mochales. 

En  la  primera  reunión  celebrada  por  el  Consejo,  falleció  repentina- 
mente el  Marqués  de  Mochales,  y  entonces  fué  nombrado  D.  Carlos  Ca- 
ñal ministro  de  Abastecimientos. 

Los  resultados  de  la  crisis  fueron  juzgados  por  las  izquierdas  como  un 
triunfo  suyo,  y  lo  cierto  es  que  las  derechas  han  perdido  la  situación  favo- 
rable en  que  se  encontraban  para  hacer  valer  sus  soluciones  en  los  proble- 
mas múltiples  derivados  del  conflicto  mundial.  Como  un  retrato  de  la  si- 
tuación política  consiguiente  a  la  crisis,  no  puede  menos  de  mencionarse 
con  pena  lo  que  dicen  los  periódicos  izquierdistas,  y  véanse  algunos  ejem- 
plos. Dice  La  Mañana:  «Los  liberales  mandan,  porque  deben  mandar; 
porque  vivimos  en  tiempos  de  libertad»,  y  El  Liberal:  «En  la  jornada  de 
ayer  se  ha  demostrado  una  vez  más  que  las  normas  de  la  gobernación  del 
país  están  actualmente  en  manos  de  las  izquierdas»,  y  Heraldo  de  Madrid: 
«Son  éstas—las  izquierdas— las  que  han  de  gobernar,  adueñadas  del  Po- 
der. Están  gobernando  ahora  mismo  como  dominadoras  del  Parlamento.» 

—Con  motivo  del  proyecto  que  tiene  el  Gobierno  de  someter  a  la  apro- 
bación de  las  Cortes  una  fórmula  económica  para  los  meses  próximos,  se 
están  haciendo  muchas  gestiones  encaminadas  a  que  en  ella  no  sean  des- 
atendidos los  intereses  del  Clero.  Respecto  de  esta  cuestión,  dice  un  perió- 
dico de  Madrid  que  el  eminentísimo  señor  Cardenal  Arzobispo  de  Toledo, 
enterado  del  propósito  que  anima  al  Gobierno  de  reproducir  los  Presu- 
puestos mediante  la  fórmula  económica  que  en  breve  discutirá  el  Parla-- 
mentó,  y  atento  siempre  a  las  necesidades  del  clero  español,  ha  telegrafía- 
do  desde  Gijón,  donde  se  encuentra  pasando  una  temporada,  al  presiden- 
te del  Consejo,  rogándole  que  se  consignen  en  la  misma  las  cantidades 
necesarias  para  atender  a  las  justas  mejoras  de  la  citada  clase. 

B.  R. 


MISCELÁNEA 


«Grupo  de  la  Democracia  Cristiana.» 

(conclusión) 

XII.  Defendemos  la  religión  y  queremos  que  se  haga  cuanto  contribu- 
ya a  sostener  y  fomentar  el  sentimiento  religioso  del  país,  porque  es  indis- 
pensable para  la  reforma  moral  del  individuo,  sin  la  cual  es  penosa  y  es- 
téril toda  reforma  social,  porque  es  el  más  fuerte  de  los  vínculos  sociales 
y  porque  es  fuente  de  abnegación  y  caridad,  y,  por  tanto,  de  armonía,  de 
bondad  y  de  paz. 

XIII.  Defendemos  la  institución  de  la  familia,  porque  de  su  vida  de- 
pende la  de  la  sociedad  entera,  y  queremos,  por  tanto,  que  sea  rechazado 
cuanto  la  relaje  o  la  corrompa,  como  el  divorcio,  como  la  debilitación  de 
la  autoridad  moral  paterna,  como  la  supresión  del  derecho  de  suce- 
sión, etc. 

XIV.  Respetamos  la  propiedad  privada,  usada  rectamente  y  con  la  fun- 
ción social  que  de  ella  requerimos,  porque  es  estímulo  del  trabajo  y  sóli- 
do sostén  de  la  dignidad  e  independencia  personales,  y  porque  contribuye 
a  dar  firmeza  y  estabilidad  a  la  institución  de  la  familia. 

XV.  Reconocemos  que  el  bienestar  de  los  obreros  en  general  depende 
en  gran  parte  de  la  prosperidad  de  la  nación,  la  cual  no  puede  conseguir- 
se sin  que  los  patronos,  los  obreros,  los  consumidores  y  el  Estado,  cum- 
plan sus  deberes  respectivos. 

XVI.  He  aquí  una  síntesis  fragmentaria,  pero  suficiente,  de  nuestro 
ideario,  de  nuestro  programa  doctrinal  y  de  la  perspectiva  que  abrimos  a 
nuestra  acción. 


256  MISCELÁNEA 


REIVINDICACIONES 


RElVINDICAClONifS   SOCÍALES-PROFESIONALES 

Primera.  Pedimos  garantías  para  nuestro  derecho  a  sindicarnos,  según 
nuestras  convicciones  sociales,  y  reclamamos  sanciones  suficientes  contra 
quienes  ateníen  a  ese  derecho,  sean  individuos  o  Sociedades,  atenten  con 
brutalidad  o  solapadamente. 

Segunda.  Que  se  dé  reconocimiento  legal  eficaz  a  los  Sindicatos  obre- 
ros y  a  los  patronales. 

Tercera.  Que  se  haga  el  censo  de  las  profesiones  u  oficios  en  España, 
se  las  clasifique,  tomando  como  base  el  servicio  social  que  presten,  y  se 
agrupen  las  afínes  o  complementarias. 

Cuarta.  Que  se  proceda  a  hacer  el  censo  de  patronos  y  obreros  ha- 
bitualmente  dedicados  a  cada  profesión  o  grupo  de  profesiones  afines  o 
complementarias. 

Quinta.  Que  los  obreros,  lo  mismo  que  los  patronos,  sean  libres  para 
elegir  el  tipo  de  Sindicato  que  quieran,  pero  que  para  unos  y  otros  sea 
obligatorio  el  estar  inscritos  en  su  censo  respectivo. 

Sexta.  Que  los  obreros  de  una  parte,  y  los  patronos  de  otra,  elijan 
dentro  de  cada  censo,  y  por  el  régimen  de  representación  proporcional 
sus  representantes,  y  que  éstos,  presididos  por  personas  imparciales,  com- 
petentes y  rectas,  constituyan  la  autoridad  del  oficio  o  grupo  de  oficios, 
con  el  nombre  de  Consejo  de  la  Corporación,  Comité  paritario,  Jurado 
mixto  o  como  quiera  llamársele. 

Séptima,  Que  esos  Consejos,  Comités  o  Jurados  tengan  las  funciones 
siguientes: 

a)  Ser  Instituciones  públicas  y  tener  derecho  de  jurisdicción  profesio- 
nal sobre  sus  miembros  para  imponer  multas,  castigos  y  las  contribucio- 
nes necesarias  para  la  vida  de  la  profesión  o  del  grupo  de  profesiones  por 
ellos  representadas. 

b)  Fijar  las  condiciones  del  trabajo  conforme  a  las  exigencias  de  la 
humanidad  y  de  la  moral  cristiana,  y  al  estado  de  las  industrias  en 
cada  país. 


MISCELÁNEA  257 

c)  Resolver  o  prevenir  los  conflictos  del  trabajo,  ejerciendo  la  conci- 
liación y  el  arbitraje  y  constituyendo  los  Tribunales  industriales  de  la  pro- 
fesión. 

d)  Ser  obligatoriamente  consultados  en  la  preparación  de  las  leyes  o 
disposiciones  oficiales  que  las  reglamenten,  hacer  los  reglamentos  de  apli- 
cación de  las  mismas  y  velar  por  su  cumplimiento, 

e)  Intervenir  la  enseñanza  oficial  profesional  o  técnica. 

f)  Ser  base  para  la  ordenación  de  los  seguros  sociales. 

g)  Someter  al  referéndum  de  la  profesión  o  grupo  de  profesiones  que 
representan  las  disposiciones  de  carácter  general  que  hubieran  de  tener 
carácter  obligatorio. 

h)  Administrar  la  propiedad  corporativa,  velar  por  la  capacidad  técni- 
ca de  sus  representados,  por  los  prestigios  y  por  la  moral  de  la  profesión 
y  procurar  hacerla,  en  fin,  lo  más  útil  posible  a  sus  representados  y  a  la 
sociedad. 

Octava.  Mientras  esta  organización  no  sea  un  hecho,  los  Sindicatos 
Obreros  Católicos  reclamamos  el  derecho  a  tener  y  elegir  nuestros  repre- 
sentantes en  todos  los  organismos  oficiales  en  los  que  obreros  y  patronos 
tengan  representación. 

Novena.  Aspiramos  a  la  representación  en  Cortes  de  las  clases  y  de 
las  profesiones  organizadas,  incluyendo  entre  éstas,  no  sólo  las  económi- 
cas, sino  también  las  llamadas  liberales. 

II 

REIVINDICACIONES    ECONÓMICAS 

d)— Peticiones  generales. 

Primera.  Protestamos  enérgicamente  contra  el  encarecimiento  artifi- 
cioso de  la  vida  y  pedimos  el  castigo  severo  del  acaparamiento  y  de  la 
confabulación  para  el  alza  de  los  precios.  Pedimos,  igualmente,  la  tasa  de 
las  subsistencias  y  con  ella  la  de  los  elementos  que  contribuyan  a  su  pro- 
ducción, excluido,  naturalmente,  el  trabajo,  y  disposiciones  legales  que  fa- 
ciliten y  estimulen  las  Cooperativas  de  consumo  que  supriman  el  peligro 
y  la  carga  de  los  intermediarios. 

Segunda.  Aspiramos  a  que  el  salario  mínimo  sea  vital  famiUar,  es  de- 
is 


258  MISCELÁNEA 

cir,  el  suficiente  para  que  el  trabajador  pueda  hacer  vida  decorosa,  como 
hombre,  como  ciudadano  y  como  padre  de  familia. 

Tercera.  Pedimos  la  jornada  de  ocho  horas  y  jornada  menor  en  indus- 
trias pesadas  e  insalubres,  esperando  su  progresiva  disminución  del  ade- 
lanto en  los  métodos  de  producción,  a  fin  de  que  el  hombre  haga  efectivo, 
cada  vez  más,  su  señorío  sobre  las  fuerzas  naturales,  como  a  su  alta  digni- 
dad espiritual  corresponde. 

Cuarta.  Pedimos  un  descanso  semanal  de  día  y  medio,  incluido  el  do- 
mingo. Pedimos  que  se  cumpla  con  todo  rigor  la  ley  del  descanso  domi- 
nical, y,  para  cumplir  íntegramente  nuestros  deberes  de  cristianos,  recla- 
mamos el  descanso  en  los  días  festivos,  aun  los  no  dominicales,  aspirando 
a  que  ese  descanso  sea  retribuido. 

Quinta.  Pedimos  la  supresión  del  nocivo  trabajo  nocturno,  en  todo  lo 
posible. 

Sexta.  Pedimos  que  se  promueva  una  enérgica  campana  de  obras  pú- 
blicas, encaminada,  sobre  todo,  a  reforzar  rápidamente  las  vías  de  comu- 
nicación, la  repoblación  forestal  y  la  mejor  utilización  de  la  riqueza  hidráu- 
lica, que  serían  fuentes,  perennes,  no  sólo  de  riqueza,  sino  también  de 
trabajo  seguro  y  de  salarios  altos. 

Séptima.  Aspiramos  a  que  el  trabajo  tenga  fácil  acceso  a  la  propiedad, 
y  para  ello  pedimos: 

a)  Una  ley  que  estimule  a  los  propietarios  a  dar  a  sus  obreros  partici- 
pación en  los  beneficios  y,  sobre  todo,  coparticipación  en  las  empresas. 

b)  Una  ley  sobre  Cooperativas  de  trabajo  en  virtud  de  la  cual  los  Sin- 
dicatos o  Sociedades  obreras  puedan  convertirse  en  Empresas  de  servicios 
públicos. 

c)  Así  como  se  crean  Bancos  para  el  agricultor,  para  el  exportador  y 
para  el  fomento  de  las  industrias  nuevas,  pedimos  que  se  cree  el  Banco 
obrero,  que  facilite  el  ascenso  de  los  obreros  a  empresarios  mediante  cré- 
ditos a  las  Cooperativas  de  producción. 

d)  Aplicación  con  amplitud  de  la  vigente  ley  de  casas  baratas,  tanto  en 
lo  relativo  al  saneamiento  de  las  actuales  como  a  la  construcción  de  otras 
nuevas.  Que  puedan  contruirlas  los  Ayuntamientos,  aun  emitiendo  obliga- 
ciones que  el  Estado  garantice,  si  pasado  un  plazo  prudencial  no  lo  hace 
la  iniciativa  privada.  Que  mientras  no  se  cree  el  Banco  obrero  se  obligue 
al  Banco  hipotecario  y  al  Banco  de  España  a  destinar  todos  Ios-años,  hasta 
un  máximo  de  2  millones  el  primero  y  de  6  el  segundo,  para  préstamos 


MISCELÁNEA  259 

hipotecarios  a  las  Cooperativas  obreras  dedicadas  a  la  construcción  de 
casas  para  sus  socios,  y  a  las  Sociedades  benéficas  dedicadas  a  la  cons- 
trucción de  casas  baratas.  Que  el  Estado  acelere  la  organización  del  segu- 
ro popular  aplicado  a  dichas  viviendas. 

e)  Compensaciones  a  los  patronos,  propietarios  de  tierras  o  a  las  obras 
sociales  que  en  usufructo  o  en  venta  a  plazos  faciliten  a  los  obreros  huer- 
tos o  parcelas  de  tierra. 

f)  Que  se  discuta  cuanto  antes  la  proposición  de  ley  sobre  «Patrimo- 
nio familiar». 

g)  Que  a  constituir  Patrimonios  familiares  de  la  clase  trabajadora,  o, 
en  su  defecto,  de  los  colonos  y  mínimos  propietarios,  se  destine  el  usu- 
fructo vitalicio  y  hereditario  de  la  propiedad  rústica  del  Estado,  de  la  Pro- 
vincia y  el  Municipio,  que  por  razones  técnicas  o  sociales  no  deba  conti- 
nuar siendo  de  aprovechamiento  común. 

h)  Que  al  mismo  fm  se  destinen  los  latifundios  susceptibles  de  un  cul- 
tivo remunerador,  y  las  tierras  de  secano  que  no  aprovechen  el  riego  de 
los  pantanos  y  demás  obras  hidráulicas  realizadas  por  el  Estado  o  por  las 
Corporaciones  oficiales,  previo  el  pago  de  su  valor  anterior. 

Octava.  El  Estado,  la  Diputación  y  los  Ayuntamientos  están  obligados 
a  conducirse  con  sus  obreros  y  empleados  como  patronos  modelos.  Mien^ 
tras  no  constituyan  con  ellos  Corporaciones  y  Consejos  de  Corporación  o 
Comités  paritarios,  fijarán  las  más  ejemplares  condiciones  de  trabajo,  so- 
bre todo  en  lo  que  se  refiere  al  salario  o  sueldo  mínimo,  y  a  la  moralidad, 
seguridad  e  higiene. 

Novena.  Pedimos  libertad  de  emigración  espontánea  y  prohibición  de 
la  recluta  de  emigrantes;  inspección  eficaz  de  la  emigración;  reforma  del 
Consejo  Superior  de  Emigración  en  el  sentido  de  dar  mayor  representa- 
ción al  proletariado  que  emigra  que  a  las  Empresas  que  trafican  con  él; 
tutela  de  los  intereses  materiales  y  morales  del  emigrante  en  el  país  de 
emigración;  seguro  de  repatriación  y  nacionalización  de  la  flota  para  emi- 
grantes. 

Décima.  Que  se  reorganice  y  robustezca  el  Cuerpo  de  Sanidad  y  se 
atienda  de  una  vez  con  eficacia  a  la  higiene  social  y  a  la  extirpación  de  las 
enfermedades  evitables,  como  la  tuberculosis,  la  lepra,  las  fiebres  palúdi- 
cas, la  viruela  y  otras  a  las  que  el  proletariado  rinde  tributo  tan  doloroso. 


260  MISCELÁNEA 


b)— Sobre  el  seguro  del  trabajo. 

Primera.  Que  con  la  mayor  urgencia  se  aplique  el  seguro  obligatorio 
contra  el  riesgo  vejez  a  los  obreros  del  campo. 

Segunda.  Que  se  encomiende  al  Instituto  Nacional  de  Previsión  la  pre- 
paración de  una  ley  especial  contra  el  riesgo-invalidez  en  relación  con  el 
retiro  obligatorio,  y  que  provisionalmente  se  conceda  crédito  ampliable 
para  las  pensiones  de  invalidez  permanente  y  se  aprecie  ésta  por  la  canti- 
dad de  capacidad  para  el  trabajo  que  con  la  invalidez  pierda  el  obrero. 

Tercera.  Que  se  modifique  la  ley  de  Accidentes  del  trabajo  en  el  sen- 
tido de  asegurar  el  salario  íntegro,  y  de  que  la  indemnización  por  invali- 
dez parcial  sea  un  capital,  pero  la  indemnización  por  invalidez  total  o  por 
muerte  se  dé  en  forma  de  pensión.  Que  se  fomente  la  instauración  de  es- 
cuelas de  restauración  profesional  de  los  inválidos  del  trabajo. 

Cuarta.  Que  se  aplique  inmediatamente  a  la  agricultura  un  régimen 
legal  reparador  de  los  accidentes  del  trabajo. 

Quinta.  Que  se  encomiende  al  Instituto  Nacional  de  Previsión  la  pre- 
paración de  un  proyecto  de  ley  de  seguro  obligatorio  contra  el  riesgo  en- 
fermedad sobre  la  base  de  las  Sociedades  de  Socorros  mutuos,  y  que  pro- 
visionalmente se  concedan  subvenciones  a  dichas  Sociedades. 

Sexta.    Que  se  organice  el  seguro  obligatorio  contra  el  paro. 

Séptima.  Que  se  facilite  y  se  dé  estímulos  económicos  adecuados  para 
la  conversión  del  capital  reservado  a  las  viudas  y  huérfanos  en  pensiones 
de  viudedad  y  orfandad. 

Octava.  Que  se  concedan  más  fuertes  estímulos  a  la  previsión  infan- 
til y  se  haga  obligatoria  para  los  maestros  la  organización  de  la  Mutualidad 
Escolar  en  las  escuelas. 

c) — Sobre  los  impuestos. 

Primera.  Pedimos  la  supresión  del  impuesto  de  Consumos  y  que  se  re- 
chace la  petición  de  los  mal  aconsejados  Ayuntamientos  que  piden  su  res- 
tablecimiento. 

Segunda.  Pedimos  que  el  Ministro  de  Hacienda  prepare  evolutiva  y 
prácticamente  leyes  sobre  impuestos  suntuarios  y  sobre  impuesto  progre- 
sivo sobre  la  renta. 


MISCELÁNEA  261 

Tercera.  Que  se  exima  del  impuesto  de  utilidades  a  los  salarios  y  suel- 
dos inferiores  a  2.000  pesetas. 

Cuarta.  Liberación  o  atenuación  de  impuestos  a  la  pequeña  pro- 
piedad. 

Quinta.  Que  se  graven  con  mayores  impuestos  los  alcoholes,  el  taba- 
co, la  lotería  y  las  corridas  de  toros. 

Sexta.  Que  se  establezcan  exenciones  tributarias  progresivas  en  pro- 
porción al  número  de  los  hijos  y  siempre  que  pasen  de  tres. 

Séptima.  Que  se  persiga  con  nuevas  sanciones  severas  y  eficaces  lo 
mismo  la  ocultación  de  la  riqueza  tributable  que  a  los  funcionarios  que, 
pudiendo  y  debiendo  denunciar,  no  lo  hacen. 


III 


CULTURA    DEL  PROLETARIADO 

Primera.  Que  la  edad  escolar  se  extienda  hasta  los  catorce  años,  y  que 
hasta  esa  edad  no  puedan  iniciar  ningún  aprendizaje  si  no  es  en  escuela 
profesional  o  técnica  o  talleres  habilitados  para  los  obreros  por  la  autori- 
dad competente. 

Segunda.  Que  se  multipliquen  las  escuelas  nocturnas  de  Artes  y  Ofi- 
cios, las  escuelas  experimentales  prácticas  de  Agricultura  y  las  escuelas  ele- 
mentales de  Comercio  que  sirvan  para  aumentar  la  capacidad  técnica  y  la 
ascensión  económica  y  social  del  proletariado. 

Tercera.  Que  para  los  hijos  de  familias  pobres  se  creen  becas  numero- 
sas para  completar  su  capacidad  técnica  de  obreros  en  las  escuelas  elemen- 
tales de  Agricultura,  de  Comercio  y  de  Artes  y  Oficios. 

Cuarta.  Que  para  los  hijos  de  familias  obreras  que  hubieran  mostra- 
do aptitudes  extraordinarias  en  la  escuela  primaria  o  en  las  escuelas  profe- 
sionales, se  creen  becas  que  les  permitan  el  acceso  a  las  Escuelas  especia- 
les superiores  y  a  las  Facultades  universitarias. 

Quinta.  Que  el  Estado,  las  Diputaciones  provinciales,  los  Ayuntamien- 
tos, las  Corporaciones  locales,  y  sobre  todo  las  organizaciones  profesiona- 
les, patronales,  subvencionen  las  escuelas  técnicas  organizadas  por  la  ini- 
ciativa privada,  dentro  o  fuera  de  los  Sindicatos  o  Federaciones  de  Sindi- 
catos, y  que  ofrezcan  garantías  de  eficacia. 

Sexta.    Que  igualmente  se  estimulen  económicamente  las  escuelas  noc- 


262  MISCELÁNEA 

turnas,  las  escuelas  dominicales  privadas  y  las  organizaciones  obreras  de- 
dicadas a  aumentar  la  cultura  general,  económica,  moral  y  social  del  pro- 
letariado. 

Séptima.  Que  se  cumplan  inexorablemente  las  disposiciones  vigentes 
respecto  a  la  cultura  complementaria  de  los  trabajadores  menores  de  diez 
y  ocho  años  y  respecto  a  las  escuelas  nocturnas. 

Octava.  Que  se  busque  el  procedimiento  de  dar  eficacia  a  la  ley  so- 
bre el  contrato  de  aprendizaje. 

IV 

REIVINDICACIONES  DE  LOS  SINDICATOS  CATÓLICOS  DE  OBRERAS 

Además  de  las  peticiones  y  aspiraciones  del  Sindicalismo  obrero  cató- 
lico, aplicables  a  las  obreras,  reclamamos  de  un  modo  especial  las  si- 
guientes: 

1.'  Que  en  todos  los  organismos  sociales  en  que  se  resuelven  dere- 
chos, deberes  e  intereses  de  la  mujer,  se  reserven  algunos  puestos  que  for- 
zosamente habrán  de  estar  ocupados  por  mujeres. 

2.*  Que  en  los  establecimientos  donde  se  vendan  artículos  de  uso  de 
la  mujer  haya  sólo  personal  femenino. 

3.*    Reforma  de  la  enseñanza  primaria  sobre  las  bases  siguientes: 

a)  Que  se  prolongue  hasta  los  catorce  años. 

b)  Que  además  de  la  cultura  general  femenina,  prepare  a  la  mujer 
completamente  para  las  funciones  de  ama  de  casa,  e  ínicialmente  para  las 
profesiones  en  que  ha  de  ser  colaboradora. 

4.^  Que  se  reprima  implacablemente  la  pornografía,  la  trata  de  blan- 
cas, la  seducción  y  corrupción  de  menores. 

5.*  Que  haya  separación  de  obreros  y  obreras  en  los  talleres  y  fábri- 
cas donde  claramente  eso  no  se  oponga  a  la  técnica  insustituible  de  la  pro- 
ducción. 

6.*    Que  sean  mujeres  las  contramaestras  de  los  talleres  femeninos. 

7.*    Jornada  de  ocho  horas  y  descanso  desde  el  mediodía  del  sábado. 

8.*    Igual  salario  que  el  obrero  en  igualdad  de  profesión  y  trabajo. 

9.*  Cuando  esté  fijado  el  salario  mínimo  familiar  en  una  profesión, 
que  se  prohiba  el  trabajo  de  la  mujer  casada  con  hijos,  en  los  talleres  o 
fábricas  de  dicha  profesión. 

10.    Que  se  cumplan  inexorablemente  las  leyes  de  la  silla,  de  la  jorna- 


MISCELÁNEA  263 

da  mercantil,  descanso  dominical,  y,  en  general,  las  leyes  tutelares  del  tra- 
bajo de  la  mujer. 

11.  Que  para  el  más  serio  cumplimiento  de  estas  leyes  se  aumente  la 
categoría  y  el  número  de  las  inspectoras  y  puedan  servir  de  inspección 
auxiliar  obreras  que  representen  a  los  Sindicatos  femeninos. 

*  12.  Que  a  los  Sindicatos  femeninos  se  les  dé  facilidades  legales  y  de 
crédito  para  convertirse  en  Empresas  para  el  suministro  de  prendas  y  pie- 
zas confeccionadas  para  el  Ejército  o  para  cualquier  Institución  o  Em- 
presa. 

13.  Que  se  organicen  Bolsas  de  Trabajo  exclusivamente  femeninas,  y 
se  supriman  las  Agencias  mercantiles  de  colocaciones. 

14.  Que  se  cierren  los  talleres  y  fábricas,  donde  trabajen  mujeres,  que 
previa  una  rigurosa  inspección  no  reúnan  condiciones  de  higiene  y  mo- 
ralidad. 

15.  Aplicación  rigurosa  de  la  ley  de  Protección  a  la  mujer  en  cinta  y 
Seguro  obligatorio  de  maternidad  que  haga  viable  aquella  ley. 

16.  Que  con  toda  urgencia  se  dé  fuerza  legal  al  proyecto  de  ley  sobre 
el  trabajo  a  domicilio. 

Que  se  estimulen  económicamente  las  Cooperativas  de  compra  de  pri- 
meras materias  y  venta  de  los  productos  del  trabajo  a  domicilio. 

17.  Que  sean  mujeres  las  encargadas  de  distribuir  en  las  tiendas  a  las 
obreras  el  trabajo  que  han  de  realizar  en  su  domicilio. 

Pedimos  para  las  sirvientas: 

18.  Garantía  para  su  derecho  de  asociación  sindical. 

19.  Ocho  horas  no  interrumpidas  de  descanso  nocturno. 

20.  Una  tarde  libre  entre  semana,  además  de  las  salidas  dominicales. 

21.  Que  una  Comisión  compuesta  de  señoras  y  sirvientas,  presidida 
por  la  autoridad,  fije  el  salario  mínimo,  de  acuerdo  con  la  edad  de  las  sir- 
vientas, preparación  para  su  trabajo  y  condiciones  económicas  de  lugar. 

22.  Que  no  se  pueda  despedir  a  ninguna  sirvienta  sin  avisarle  con 
ocho  días  de  anticipación,  a  menos  que  se  le  entregue  el  salario  corres- 
pondiente a  esos  ocho  días,  o  haya  cometido  delitos  o  faltas  de  las  pena- 
das en  el  Código. 

23.  Que  no  se  pueda  despedir  a  una  sirvienta  después  de  las  cuatro 
de  la  tarde,  si  no  es  por  causa  muy  grave. 

24.  Que  desaparezca  la  costumbre  insensata  de  tener  los  dormitorios 
de  criados  y  criadas  en  un  mismo  piso,  independientemente  del  piso  de 


264  MISCELÁNEA 

las  personas  a  quienes  sirven,  y  la  costumbre  cruel  de  dedicar  a  la  servi- 
dumbre habitaciones  sm  aire  y  sin  luz  y  sin  cerradura  interior. 

25.  Necesidad  de  generalizar  ías  instituciones  de  Patronato  para  las 
sirvientas  donde  puedan  adquirir  mayor  capacidad  y  se  les  enseñe  sus  de- 
rechos y  deberes. 


RELACIONES  INTERNACIONALES 

Primera.  Queremos  cooperar  a  la  iniciativa  de  organizar  la  Confede- 
ración Internacional  Obrera  de  los  trabajadores  organizados  conforme  a 
los  altos  principios  de  la  moral  cristiana,  y  de  nuestra  parte  no  rehusare- 
mos esfuerzo  alguno  que  contribuya  a  que  sea  pronto  una  feliz  realidad. 

Segunda.  Queremos  que  esa  Internacional  Obrera  sea  un  poderoso 
agente  de  progreso,  de  justicia  social  y  de  solidaridad  de  clase;  pero  no 
instrumento  de  tiranía  y  de  revolución  social. 

Tercera.  Queremos,  igualmente,  que  coopere  a  la  defensa  de  los  prin- 
cipios y  supremos  intereses  morales  y  religiosos,  de  donde  toman  savia 
nuestro  principios  sociales,  es  decir,  deseamos  que  sea  un  baluarte  de  la 
civilización  cristiana  amenazada. 

Cuarta.  Para  que  nuestra  cooperación  a  estas  relaciones  internaciona- 
les sea  más  eficaz  y  constante,  el  Secretariado  Nacional  Obrero  pondrá  una 
sección  de  trabajo  a  disposición  de  la  Confederación  Nacional  de  los  Sin- 
dicatos Obreros  Católicos. 


FERNANDO  VÁZQUEZ  DE  MENCHACA 


(1) 


VIII 

Concepto  del  Derecho  internacional.— PsLYQcia.  natural  (que  nues- 
tros escritores  del  siglo  XVI,  teólogos  y  jurisconsultos,  después  de 
establecer  y  concretar  los  derechos  y  deberes  del  Estado  con  relación 
al  individuo,  planteasen  y  resolviesen  la  importantísima  cuestión  re- 
lativa a  los  derechos  y  deberes  de  unas  naciones  respecto  de  otras. 
Si  el  hombre,  por  ser  naturalmente  sociable,  no  se  bastaba  a  sí  solo, 
no  podía  vivir  aislado;  si  para  satisfacer  sus  múltiples  necesidades, 
tuvo  forzosamente  que  asociarse  a  otros,  formando  así  la  sociedad 
política,  una  vez  constituida  y  organizada  ésta,  ¿podría  vivir  aislada 
de  las  demás?  Y  en  caso  negativo,  ¿no  habría  necesidad  de  un  de- 
recho que  regulase  las  relaciones  de  los  diferentes  Estados?  Si  los 
individuos  reunidos  en  cuerpo  de  nación  contaban,  para  regular  sus 
relaciones  pacíficas  y  resolver  sus  querellas,  con  un  derecho  común, 
¿no  habría  también  otro  derecho  común  a  las  naciones  por  el  cual 
fe  éstas  hubieran  de  regirse  en  tiempo  de  paz  y  dirimir  sus  litigios  en 
^  tiempo  de  guerra?  Hacía  falta  estudiar  la  naturaleza  de  este  derecho, 
y  de  tan  ardua  empresa  se  encargaron  nuestros  clásicos.  Verdad  es 
que  no  todos  lo  hicieron  con  igual  fortuna;  pero  cábeles  el  honor 
de  haber  sido  en  esto,  si  no  los  fundadores,  en  el  sentido  estricto 
de  la  palabra,  sí  los  precursores  de  la  ciencia  del  Derecho  interna- 
cional moderno. 

Hasta  no  hace  mucho  tiempo  fué  creencia  general,  ya  lo  indica- 
mos al  principio  de  este  trabajo,  la  de  que  la  paternidad  del  Dere- 
cho internacional  contemporáneo  correspondía  indiscutiblemente  al 


(1)    Véase  la  pág.  366  del  vol.  CXV. 

La  Ciudad  de  Dios.— Año  XXXIX.— Núm.  I.IIO.  19 


266  FERNANDO  VÁZQUEZ  DE  MENCHACA 

sabio  jurista  holandés  Hugo  Grocio;  creencia  fundada  en  los  esfuer- 
zos realizados  por  racionalistas  y  protestantes  interesados  en  agran- 
dar sobremanera  la  personalidad  del  autor  Dejare  belliac  pacis.  Por 
eso  aquéllos  consideraban  justo  aplicar  al  «milagro  de  Iiolanda>, 
entre  otros  dictados,  el  de  <padre>,  «patriarca>  o  «fundador>  del 
"  derecho  internacional.  Hoy  se  estima  esta  apreciación,  no  sólo  como 
discutible,  sino  como  evidentemente  injusta. 

Lejos  de  nosotros  afirmar,  como  hizo  Rousseau,  que  Grocio  fue- 
ra un  pedante  y  un  plagiario.  Pero  es  cierto  que  éste,  al  escribir  sus 
obras,  halló  ya  preparados  casi  todos  los  materiales  en  nuestros  teó- 
logos y  jurisconsultos.  La  más  apreciable  labor  de  Grocio  ha  con- 
sistido en  sintetizar,  en  reducir  a  cuerpo  de  doctrina  los  elementos 
dispersos  en  obras  anteriores.  El  admirable  mosaico  que  construyó 
está  integrado  en  gran  parte  de  piezas  españolas. 

Insistimos  acerca  de  este  punto,  porque  es  de  capital  importan- 
cia. Todavía  se  hallan  tratadistas,  y  otros  que  no  lo  son,  que,  al  de- 
terminar la  significación  de  los  llamados  precursores  de  Grocio,  se 
contentan  con  citar  un  cierto  niímero  de  escritores  españoles  y  afir- 
mar, copiándose  unos  a  otros  para  decir  exactamente  lo  mismo,  que 
a  éstos,  y  no  a  Grocio,  corresponde  la  prioridad  en  tratar  cuestiones 
o  puntos  determinados  de  derecho  internacional;  juicio  éste  para 
nosotros  bastante  inexacto,  porque  no  se  trata  sólo  de  la  prioridad 
que  corresponde  a  nuestros  escritores  del  siglo  XVI  en  haber  plan- 
teado determinadas  cuestiones  que  hoy  se  reputan  objeto  del  Dere- 
cho internacional;  se  trata  de  ver,  además,  si  antes  de  que  Grocio 
estampara  la  definición  de  tal  derecho  en  su  obra  maestra,  lo  habían 
hecho  aquéllos  y,  si  no  todos,  al  menos  alguno,  con  tal  acierto,  que 
hoy  no  se  haría  mejor;  si  antes  de  que  Grocio  dedicara  unas  cuan- 
tas líneas,  y  sólo  incidentalmente,  a  la  comunidad  internacional, 
algún  autor  español,  habíala  ya  descrito  con  todos  sus  caracteres 
esenciales.  Así  enfocada  la  cuestión,  a  cualquiera  se  le  alcanza  que 
de  la  solución  que  aquélla  deba  tener  dependerá  en  gran  parte  el  jui- 
cio más  o  menos  favorable  que  de  Grocio  nos  formemos.  Digamos, 
pues,  en  síntesis,  qué  es  lo  que  pensaron  y  escribieron,  respecto  del 
punto  que  aquí  se  discute,  los  escritores  españoles  llamados  «precur- 
sores de  Grocio>. 

La  mayor  parte  de  ellos  no  llegaron  a  definir  el  concepto  del 


FERNANDO  VÁZQUEZ  DE  MENCHACA  267 

Derecho  internacional  en  el  sentido  que  hoy  tiene.  Encastillados  en 
el  texto  de  Gayo,  que  dice:  Sed  quod  naiuralis  raüo  inter  omnes  ho- 
mines  constifuit,  quasi  quo  jure  omnes  gentes  utuniur,  o  sea— que 
la  razón  natural  establece  entre  todos  los  hombres,  un  derecho  que 
casi  se  usa  por  todas  las  naciones — ,  no  acertaron  a  ver  en  tal  dere- 
cho más  que  una  de  sus  notas  esenciales,  la  universalidad,  pero  no 
la  de  relación  entre  agrupaciones  o  sociedades  políticas  indepen- 
dientes, dotada*,  por  tanto,  de  propia  personalidad.  El  hecho  es  ex- 
plicable, teniendo  en  cuenta  que  este  mismo  concepto  defectuoso 
campea  en  la  definición  de  San  Isidoro,  en  cuya  autoridad  se  fundan 
tantas  veces  nuestros  clásicos:  Jas  gentium  est  quod  omnes  aut  per 
omnes  gentes  utuntur  (1).  Lo  que  no  se  explica  fácilmente,  lo  que  no 
podrán  justificar  los  que  tanto  han  ensalzado  la  figura  de  Orocio,  es 
cómo  éste  incurrió  en  el  mismo  defecto  habiendo  estudiado  a  nues- 
tro Vitoria,  en  cuya  Relección  De  potestate  civili,  que  aquél  cita  para 
apoyar  sus  doctrinas,  se  sientan  las  bases  del  verdadero  concepto  del 
Derecho  internacional.  He  aquí  cómo  se  expresa  el  insigne  domini- 
co: «De  lo  dicho  (refiérese  a  la  fuerza  de  obligar  de  las  leyes)  se  si- 
gue este  corolario:  que  el  derecho  de  gentes  no  sólo  deriva  su  fuerza 
del  consentimiento  y  del  acuerdo  de  los  hombres,  sino  que,  además, 
tiene  la  eficacia  de  verdadera  ley,  ya  que  el  mundo  entero,  que  de 
algún  modo  es  una  república,  goza  de  la  facultad  de  dictar  leyes 
justas  y  convenientes  a  todos,  cuales  son  las  que  constituyen  el  dere- 
cho de  gentes.  Por  donde  es  evidente  que,  ya  sea  en  tiempo  de  paz, 
ya  en  tiempo  de  guerra,  pecan  mortalmente  todos  aquellos  que  vio- 
lan el  derecho  de  gentes,  al  menos  en  las  cosas  más  importantes,  por 
ejemplo,  la  inmunidad  de  los  embajadores.  Y  no  es  lícito  a  un  reino 
particular  querer  eximirse  del  derecho  de  gentes,  toda  vez  que  éste 
ha  sido  sancionado  por  todo  el  orbe»  (2).  He  aquí  dibujada  con  toda 


(1)  Molina  reproduce  esta  definición  casi  al  pie  de  la  letra: /í/s  gentium 
estj'us  humanum  quo  omnes  aut  f ere  omnes  gentes  utuntur.  De  justitía,  II,  disp.  V. 

(2)  Ex  ómnibus  dictis  infertur  corolarium,  quod  jus  gentium  non  solum  ha- 
bet  vim  ex  pacto  et  condicto  inter  homines,  sed  etiam  habet  vim  legis;  habet 
enim  totus  orbis,  qui  aliquo  modo  est  una  respublica,  potestatem  ferendi  leges 
aequas  et  convenientes  ómnibus,  quales  sunt  in  jure  gentium.  Ex  quo  patet, 
quod  mortaliter  peccant  violantes  jura  gentium,  sive  in  pace,  sive  in  bello,  in 
rebus  tamen  gravioribus,  ut  est  de  incolumitate  legatorum;  non  licet  uno  re- 


268  FERNANDO  VÁZQUEZ  DE  MENCHACA 

exactitud  la  comunidad  jurídica  internacional  gobernada  por  leyes 
que,  a  causa  de  hallarse  dictadas  por  una  autoridad  internacional, 
comprenden,  dentro  de  su  esfera,  a  todos  los  pueblos  y  a  todos  los 
individuos.  El  Derecho  internacional  no  es,  por  consiguiente,  según 
el  representante  de  la  escolástica  en  España,  el  derecho  universal  de 
los  romanos;  es  eljus  inter  gentes  del  jurisconsulto  Zouch,  es  decir, 
el  derecho  que  regula  las  relaciones  entre  agrupaciones  independien- 
tes, derecho  que  éstas  deben  observar  entre  sí  para^  el  logro  de  su 
seguridad  y  bienestar  común.  Compárese  este  concepto  con  el  expre- 
sado por  Grocio:  Jas  gentium  est  quod  gentium  omniutn  aut  multa- 
rum  volúntate  vim  oblígandi  accepít—t\  derecho  de  gentes  es  aquel 
que  recibe  su  fuerza  de  obligar  de  todas  o  de  la  mayor  parte  de  las 
naciones — (1),  y  se  verá  qué  poco  afortunado  estuvo  el  jurista  holan- 
dés. Si  éste  hubiera  discurrido  más  por  cuenta  propia;  si  para  darnos 
esa  definición  no  hubiera  andado  a  caza  de  la  que  nuestros  clásipos 
dieron,  sin  parar  mientes,  en  que  no  todos  concibieron  de  igual  ma- 
nera el  derecho  de  gentes,  de  seguro  que  no  hubiera  incurrido  en 
tal  defecto.  El  mismo  Grocio,  antes  de  definir  el  derecho  de  gentes, 
había  escrito  estas  palabras:  «Ninguna  ciudad  hay  tan  poderosa  que 
no  pueda  en  ocasiones  necesitar  del  auxilio  de  algunos  extraños,  ya 
para  el  comercio,  ya  para  hacer  frente  a  las  fuerzas  coligadas  de  nu- 
merosas naciones  extranjeras;  por  lo  cual,  aun  los  pueblos  y  reyes 
más  poderosos  desean  las  alianzas,  las  cuales  hacen  imposibles  los 
que  encierran  el  Derecho  dentro  de  los  términos  de  una  ciudad»  (2). 
El  contenido  de  este  pasaje  hubiera  servido  a  Grocio  para  dar  una 
definición  más  acertada.  Si  no  lo  hizo,  explícase  fácilmente  atendien- 
do a  las  razones  indicadas.  De  no  ser  así;  de  haber  digerido  y  asi- 
milado las  doctrinas  de  nuestros  escritores,  si  en  Vitoria  no  logró  ver 
lo  que  estaba  bien  claro  y  muy  en  consonancia  con  el  citado  pa- 


gno  nolle  tened  jure  gentium,  est  enim  latum  totius  orbis  auctoritate.  Vitoria: 
De  potestaie  civili,  n.  21 . 

(1)  Grocio:  Dejare  belli  ac  pacis,  lib.  I.,  cap.  I.,  n.  XIV. 

(2)  Nulla  est  tam  valida  civitas  quae  non  aliquando  aliorum  extra  se  ope  in- 
digere  possit,  vel  ad  commercia,  vel  etiam  ad  arcendas  multarum  externarum 
gentium  junctas  in  se  vires;  unde  etiam  a  potentissimis  populis  et  regibus  foe- 
dera  appeti  videmus  quorum  vis  omnis  tollitur  ab  his  qui  jus  intra  civitatis 
fines  concludumt.  Dejare  belli  ac  pacis,  Prolegomena. 


FERNANDO  VÁZQUEZ  DE  MENCHACA  269 

saje  de  los  Prolegómenos,  hubiérale  bastado,  para  dar  otra  definición 
más  perfecta,  copiar  al  pie  de  la  letra  la  definición  de  Suárez,  cuya 
obra  De  legibus  conocía,  ya  que  la  cita  varias  veces  (1). 

La  mayor  parte  de  nuestros  escritores  del  siglo  XVI,  al  exponer 
y  razonar  el  concepto  del  jas  gentium  no  hacen  otra  cosa  que  am- 
pliar la  doctrina  de  Soto,  cuya  autoridad,  en  ésta  como  en  tantas 
otras  cuestiones  de  derecho  público,  es  para  ellos  indiscutible.  Hay 
una  excepción,  la  de  Suárez,  como  luego  veremos. 

Los  antiguos  jurisconsultos  venían  confundiendo  el  derecho  na- 
tural y  el  derecho  de  gentes;  porque  entendiendo  por  naturaleza  el 
solo  y  mero  instinto  natural  no  guiado  por  los  dictados  de  la  recta 
razón,  atribuíanle,  como  nota  común,  a  todos  los  seres  vivientes;  y 
así,  para  aquéllos  era  el  derecho  natural  lo  que  este  instinto  o  incli- 
nación enseña  a  todos  los  animales,  como  alimentar  la  prole,  defen- 
der lí  propia  vida,  etc.  Mas  lo  que  la  recta  razón  dicta  únicamente 
a  los  hombres,  ya  como  cosa  necesaria,  ya  como  conveniente,  lo  lla- 
maban y'üs  ^e/2/m/72.  Así  Ulpiano  decía  del  derecho  natural  que  era 
común  a  todos  los  animales,  y  el  de  gentes  lo  era  tan  sólo  a  todos 
los  hombres:  «Jus  naturale  ómnibus  animalibus,  jus  autem  gentium 
ómnibus  hominibus  esse  communo  Pomponio  y  Florentino  expre- 
saban la  misma  idea  cuando  decían  que  «dar  culto  a  los  dioses,  obe- 
decer a  los  padres,  rechazar  la  fuerza  con  la  fuerza,  siendo  de  dere- 
cho natural,  éralo  también  del  de  gentes>.  Ya  hemos  visto  que  Gayo, 
sin  embargo,  no  participaba  de  esta  opinión,  insinuando  que  el  de- 
recho de  gentes  no  es  necesario,  atendida  la  naturaleza  de  las  cosas, 
sino  que  es  debido  al  consentimiento  de  los  hombres  mediante  el 


(1)  Don  Manuel  Medina  Olmos,  en  su  obra  titulada  La  obra  jurídica  del 
P.  Suárez,  pág.  77,  después  de  afirmar  que  el  tratado  De  legibus,  por  haberse 
publicado  doce  años  antes  que  el  De  Jure  belli  ac  pacis,  debió  ser  conocido  por 
ürocio,  dice  que  éste  no  cita  «a  Suárez  entre  los  innumerables  nombres  y  fuen- 
tes que  dice  haber  tenido  a  la  vista».  Permítanos  el  sabio  canónigo  del  Sacro- 
Monte  que  rectifiquemos  su  juicio  acerca  de  este  punto.  Grocio  no  sólo  cono- 
cía el  tratado  De  legibus,  sino  que,  además,  hizo  uso  de  él  repetidas  veces;  lo 
demuestran  las  citas  que  del  mismo  se  hacen  en  los  capítulos  IV,  XIV  y  XXI 
del  libro  II  del  tratado  De  Jure  belli  ac  pacis.  Por  lo  demás,  del  hecho  de  haber- 
se publicado  el  tratado  de  Suárez  doce  años  antes  que  el  de  Grocio  no  se  si- 
gue que  éste  forzosamente  debiera  conocerlo;  hubiera  sido  más  exacto  decir 
simplemente  que  debió  de  conocerlo,  pero  sin  añadir  más. 


270  FERNANDO  VÁZQUEZ  DE  MENCHACA 

dictado  de  la  recta  razón.  Hay,  por  tanto,  que  distinguir  dos  clases 
de  derecho  de  gentes:  uno  necesario,  impuesto  por  la  naturaleza, 
tanto  a  los  hombres  como  a  los  animales,  y  otro  voluntario,  llamado 
así  porque  tiene  o  recibe  su  fuerza  de  obligar  de  la  voluntad  huma- 
na; el  primero  es  necesario  simplemente,  sin  que  para  ello  medie  con- 
dición alguna;  el  segundo  es  igualmente  necesario,  pero  lo  es  según 
determinada  conveniencia  relativa  a  la  consecución  de  algún  fin, 
por  cuya  razón  todos  los  hombres  convinieron  en  admitirlo  como 
útilísimo  para  la  vida  de  las  naciones  (1).  Por  esta  razón  no  debe 
considerarse  como  natural,  sino  como  positivo  (2). 

Grande  fué  el  empeño  de  nuestros  escritores  del  siglo  XVI  en 
distinguir  con  toda  claridad  el  derecho  de  gentes  del  natural.  Los 
argumentos  que  emplean  suelen  ser  los  mismos.  El  principal  queda 
ya  indicado  y  su  desarrollo*  es  el  siguiente:  Las  cosas  que  son  de 
derecho  natural  se  derivan  absolutamente  de  los  primeros  principios 
naturales;  pero  las  que  son  de  derecho  de  gentes  dedúcense,  no  de 
un  modo  absoluto,  sino  condicional,  supuestos  el  modo  de  ser  y 
obrar  de  la  naturaleza  humana.  Y  así,  como  ejemplos  declarativos  de 
esta  doctrina,  están  la  paz  y  tranquilidad.  Considerada  en  sí  misma 
la  naturaleza  de  los  hombres,  la  paz  y  tranquilidad  son  de  derecho 
natural;  pero  si  se  consideran  los  hombres,  no  como  lo  que  debie- 
ran ser,  sino  como  lo  que  de  hecho  son  y  tal  como  se  conducen,  su- 
jetos a  diversas  pasiones  o  afectos,  uno  de  cuyos  resultados  es  la  in- 
juria inferida  a  los  demás,  es  necesario  que  éstos,  para  defenderse, 
puedan  usar  de  la  fuerza;  de  aquí  la  necesidad  de  la  guerra.  Ahora 
bien;  la  razón  exige  que  aquélla  se  haga,  para  no  causar  con  ella 
más  daño  que  el  necesario,  con  la  mayor  moderación  posible  y  has- 
ta no  debe  usarse  de  este  medio  más  que  en  casos  precisos.  De  aquí 
nace  la  necesidad  de  la  institución  de  legados  o  embajadores  que 
sean  inmunes  a  toda  injuria. 

Otro  ejemplo  aducen  generalmente  nuestros  clásicos  para  hacer 


(1)  Jus  enim  naturale  est  simpliciter  necessarium,  id  est,  quod  non  depen- 
det  ex  humano  consensu;  jus  autem  gentium  obligat,  quia  videtur,  id  est,  quia 
ab  hominibus  sic  judicatur.  Soto:  Dejasiitia  etjure,  III,  q.  I,  art.  S.® 

(2)  Cf.  Soto:  De  Justitia,  III,  q.  I,  art.  3.°;  Covarrubias,  Sec.  part.  reí., 
§  XI;  Molina:  De/ustitia,  II,  disp.  VI;  Pedro  de  Aragón:  De  justitia,  quaest.  de 
jure,  art.  III;  Miguel  Salón:  Commentarium,  quaest.  57,  art.  III. 


FERNANDO  VÁZQUEZ  DE  MENCHAOA  271 

ver  la  distinción  fundamental  de  ambos  derechos:  tal  es  el  de  la  ge- 
neración, para  la  cual  exígese  la  unión  del  varón  y  la  mujer  por  me- 
dio del  matrimonio  perpetuo  e  indisoluble,  condiciones  éstas  tan 
esenciales,  que,  sin  ellas,  no  sería  posible  la  procreación,  sustento  y 
educación  de  los  hijos;  todo  lo  cual  pertenece  al  derecho  natural, 
considerada  absolutamente  la  naturaleza  humana.  Pero  considerados 
los  hombres  como  son  realmente  y  en  atención  al  modo  ordinario 
de  conducirse  en  la  práctica,  sintiéndose  tan  inclinados  a  la  perfidia 
y  al  abuso  de  los  bienes  que  del  matrimonio  se  originan;  supuesta 
esta  condición,  hácese  también  necesario  que  el  matrimonio  se  con- 
traiga con  solemnidad;  de  donde  se  sigue  que  por  derecho  de  gen- 
tes, y  no  por  derecho  natural,  se  introdujo  la  ley  mandando  que  el 
matrimonio,  para  ser  válido,  se  celebrase  ante  testigos  y  con  la  debi- 
da solemnidad;  de  este  modo  podrían  ser  acusados  de  pérfidos  los 
hombres  que  faltasen  a  la  fidelidad  conyugal.  La  necesidad,  pues,  de 
la  ley  regulando  los  matrimonios  proviene  necesariamente  de  los 
principios  del  derecho  natural,  no  absolutamente,  sino  supuesta  de- 
terminada condición  o  modo  de  ser  de  la  naturaleza  humana. 

Hay,  por  consiguiente,  según  nuestros  teólogos  y  jurisconsultos, 
un  derecho  de  gentes  (jas  gentium  naiarale,  necessarium^  primae- 
vum)  que  se  confunde  con  el  natural  por  ser  ambos  comunes  a  todos 
los  hombres,  por  no  ser  escritos,  por  no  necesitar,  para  ser  obligato- 
rios, del  requisito  de  la  promulgación;  y  hay  otro  derecho  de  gentes 
(jas  gentium  positivum,  voluntariam,  secandariam)  que,  por  ser  vo- 
luntario, se  confunde  con  el  civil,  del  cual,  sin  embargo,  se  diferen- 
cia en  la  extensión,  ya  que  éste  es  común  tan  sólo  a  determinadas 
naciones,  y  aquél  lo  es  a  todos  los  pueblos  o  a  la  mayor  parte  de 
ellos  (1). 


(1)  Juan  Ginés  de  Sepúlveda  distingue  también  el  derecho  civil  del  derecho 
de  gentes;  pero  no  distingue  a  éste  del  natural:  Sunt  autem  leges  duplices,  alte- 
rae  propriae,  quae  civiles  quoque  idcirco  nominantur,  quia  civítates  suis  quo- 
que  legibus  gubernantur;  alterae,  communes,  quae  quoniam  jure  naturali  inni- 
tuntur,  et  sunt  hominibus  naturaliter  insitae,  idcirco  naturale  quoque  jus  vo- 
cantur,  quippe  quas  non  legumlatoris  voluntas  vel  oppinio  instituit,  sed  Deus 
et  natura  cordibus  hominum  impressit.  Itáque  his  legibus,  hoc  jure  gentes 
omnes  paulo  modo  humaniores  utuntur,  et  idcirco  jus  quoque  gentium  nomi- 
nantur. Sepúlveda:  De  regno,  I,  n.  IX. 


272  FERNANDO  VÁZQUEZ  DE  MENCHACA 

Consecuencia  de  ser  voluntario  es  qne  toda  república  (sociedad 
política),  si  es  perfecta,  puede  derogarlo  total  o  parcialmente.  No 
todos  nuestros  escritores  enfocan  la  cuestión  de  igual  modo.  La  ma- 
yor parte  consideran  la  cuestión  de  hecho  y  de  derecho.  Otros  atien- 
den principalmente  a  la  mayor  o  menor  importancia  del  contenido 
de  algunos  preceptos  del  derecho  de  gentes.  Pero  casi  todos  convie- 
nen en  que  la  anulación  es  prácticamente  imposible.  Siendo  el  dere- 
cho de  gentes— dicen— un  derecho  humano  introducido  por  la  vo- 
luntad de  los  hombres,  es  evidente  que  por  esta  misma  voluntad 
puede  quedar  anulado,  según  el  principio  de  que  una  cosa  puede 
desaparecer  por  las  mismas  causas  a  que  debe  su  origen.  En  la  prác- 
tica, sin  embargo— añaden— ,  no  puede  ser  derogado,  al  menos  to- 
talmente y  menos  por  una  nación  determinada.  En  primer  lugar, 
porque  siendo  el  derecho  de  gentes  común  a  todas  las  naciones, 
no  puede  serlo  por  esta  o  por  la  otra  nación,  prescindiendo  de  la 
voluntad  de  las  demás:  para  ello  sería  necesario  el  convenio  o  con- 
sentimiento universal  y  simultáneo,  lo  que,  moralmente  hablando, 
en  la  realidad  resultaría  imposible. 

En  segundo  lugar,  porque  el  derecho  de  gentes,  aun  siendo  po- 
sitivo, mantiene  con  el  natural  tan  estrechas  relaciones  y  es  tan  con- 
veniente al  bien  común  de  la  sociedad  universal,  que  bien  podría 
calificarse  de  insensatez  el  acto  de  los  hombres  anudándolo;  y  es 
moralmente  imposible  que  todos  los  hombres  caigan  en  tal  locura. 

Y  finalmente,  porque  algunos  preceptos  del  derecho  de  gentes 
son  tan  útiles  y  tan  conducentes  a  la  convivencia  humana,  que  aun 
en  el  supuesto  de  que  todos  los  Príncipes,  y  lo  que  es  más,  todos 
los  hombres  convinieran  entre  sí  en  derogarlo,  tal  acto  sería  nulo, 
por  intolerable,  inicuo  y  conducente  a  la  destrucción  de  la  vida  y  so- 
ciedad humanas;  a  lo  cual  no  tienen  derecho  ni  una  nación  aislada, 
ni  el  Príncipe  que  la  representa,  ni  todos  los  hombres  juntos.  Tal 
sucedería  con  la  derogación  de  los  preceptos  relativos  a  los  delega- 
dos, a  la  división  de  la  propiedad,  a  la  seguridad  de  las  vías  de 
comunicación,  etc.  (1). 


(1)  Es  la  doctrina  de  Soto,  Molina,  Pedro  de  Aragón,  Miguel  Salón,  etc.,  et- 
cétera. Molina  defiende  que  la  derogación  del  derecho  de  gentes  en  lo  referente 
a  preceptos  de  transcendencia,  verbigracia,  los  que  establecen  la  división  de  la 


FERNANDO  VÁZQUEZ  DE  MENCHACA  273 

El  verdadero  fundador,  en  nuestro  concepto,  del  Derecho  inter- 
nacional es  el  P.  Suárez.  Cierto  que  anteriormente  a  él,  otro  insigne 
religioso,  el  P.  Vitoria,  llegó  a  concebir,  ya  lo  hemos  hecho  notar 
al  comienzo  de  este  artículo,  una  comunidad  jurídica  internacional; 
pero  razonar  el  porqué  de  la  misma,  determinar  el  verdadero  con- 
cepto del  moderno  Derecho  internacional,  fundando  un  acabado  sis- 
tema, es  gloria  que  corresponde  exclusivamente  al  P.  Suárez.  Los 
límites  forzosos  de  un  artículo  y  el  propósito  que  en  él  perseguimos 
nos  impiden  extendernos  en  consideraciones  y  cotejos.  Bástanos 
hacer  la  síntesis  de  lo  mucho  y  muy  bueno  que  nos  dejó  escrito  so- 
bre el  particular  en  su  obra  maestra  De  legibas,  libro  II,  capítu- 
lo XIX  (1). 

El  derecho  de  gentes— dice  el  P.  Suárez — puede  ser  considera- 
do de  dos  modos:  uno  en  cuanto  se  trata  de  un  derecho  que  los  di- 
versos pueblos  y  naciones  deben  mutuamente  observar;  el  otro  modo 
es  en  cuanto  se  trata  de  un  derecho  particular  que  cada  una  de  las 
ciudades  o  reinos  guardan  dentro  de  su  propio  territorio,  al  cual  por 
razón  de  semejanza  se  le  denomina  también  derecho  de  gentes  (2). 

No  se  contentó  Suárez  con  definir  el  derecho  de  gentes  y  estable- 
cer la  división  del  mismo  en  público  y  privado.  Discurriendo  sobre 
los  principios  de  la  filosofía  cristiana,  supo  desenvolverlos  y  aplicar- 
los al  derecho  de  gentes,  fundando  así  un  sistema  de  Derecho  inter- 
nacional con  verdadera  originalidad  y  perfectamente  razonado.  La  ra- 
zón de  este  derecho  (el  internacional  público)  está— dice  Suárez— en 
que  el  género  humano,  aunque  dividido  en  variedad  de  pueblos  y  de 
reinos,  tiene  siempre  cierta  unidad,  no  sólo  específica,  sino  también 


propiedad,  constituiría  pecado  mortal;  pero  el  acto  sería  válido.  En  cambio, 
el  P.  Salón  sostiene  categóricamente  la  nulidad:  falis  abrogatio  esset  milla. 

(1)  Los  capítulos  XVII  y  XVIII  tienen  por  objeto  exponer  y  criticar  las  opi- 
niones que  del  derecho  de  gentes  habían  expuesto  los  principales  teólogos  y 
juristas  anteriores. 

(2)  Addo  vero  ad  majorem  declarationem,  duobus  modis...  dici  aliquid  de 
jure  gentium,  uno  modo  quia  est  jus,  quod  omnes  populi  et  gentes  variae  ínter 
se  servare  debent,  alio  modo,  quia  est  jus,  quod  singulae  civitates  vei  regna 
Ínter  se  observant,  per  similitudinem  autem  et  convenientiam  jus  gentium 
appelatur...  Suárez:  De  legibus,  II,  cap.  XIX,  n.  8. 

En  este  pasaje  se  establece  con  toda  claridad  la  división  del  Derecho  in- 
ternacional en  público  y  privado. 


274  FERNANDO  VÁZQUEZ  DE  MENCHACA 

cuasi  política  y  moral,  como  lo  indica  el  natural  precepto  del  mutuo 
amor  y  misericordia,  que  a  todos  se  extiende,  aunque  sean  extran- 
jeros o  de  cualquiera  condición.  Por  lo  cual,  aunque  cada  ciudad 
perfecta,  república  o  monarquía,  sea  por  sí  misma  una  verdadera 
comunidad  política,  con  ciudadanos  propios,  sin  embargo,  cada  una 
de  ellas  es  en  cierto  modo  miembro  de  este  universo  que  abarca 
todo  el  género  humano;  pues  nunca  tales  comunidades  se  bastan  a 
sí  mismas  de  tal  modo,  que  no  necesiten  cierto  auxilio,  asociación  y 
comunicación,  a  veces  para  su  bienestar  y  utilidad,  a  veces  para  la 
satisfacción  de  sus  necesidades  materiales  y  aun  indigencias  de  orden 
moral.  Por  esta  razón,  pues,  necesitan  de  algún  derecho  por  el  cual 
se  dirijan  y  gobiernen  rectamente  en  este  género  de  comunicación  y 
asociación.  Y  aunque  en  gran  parte  esto  se  obtiene  por  medio  de  la 
razón  natural,  sin  embargo,  su  eficacia  ni  es  suficiente  ni  de  inme- 
diata aplicación  para  todos  los  casos  de  la  vida,  y  por  lo  mismo  al- 
gunos derechos  especiales  se  han  introducido  por  el  uso  de  las 
mismas  naciones.  Porque  así  como  en  una  provincia  o  ciudad  deter- 
minada el  uso  introduce  este  derecho,  de  igual  manera  las  costum- 
bres de  todas  las  naciones  pudieron  introducir  el  derecho  que  liga 
a  todo  el  género  humano.  Tanto  más  cuanto  que  la  materia  del  de- 
recho de  gentes  es  poco  extensa  y  muy  allegada  al  derecho  natural, 
del  que  fácilmente  se  deduce  como  útil  y  conveniente  a  la  naturale- 
za humana;  y  aunque  tal  deducción  no  sea  tan  evidente  y  rigurosa 
como  se  necesita  para  la  honestidad  de  las  costumbres,  es,  sin  em- 
bargo, muy  conveniente  y  conforme  a  la  naturaleza,  por  lo  cual  re- 
sulta aceptable  para  todos  los  hombres  (1). 

He  aquí  afirmado  por  el  *  eximio  doctor>  todo  un  sistema  de 
Derecho  internacional  basado,  no  en  la  comitas  genüum  de  Juan  y 
Pablo  Voet,  ni  en  el  humanitarismo  de  Kant,  ni  en  el  imperio  de  la 
fuerza  de  Hegel,  sino  en  el  principio  indestructible  y  elevado  de  la 
caridad  cristiana.  «Para  apreciar  el  mérito  subido  de  estas  pala- 
bras—ha dicho  el  Sr.  Conde  y  Luque,  refiriéndose  al  pasaje  de  Suá- 
rez  que  acabamos  de  citar — y  explicarse  la  admiración  y  aplauso 
que  se  le  viene  tributando,  menester  es  advertir  que  se  escribieron 
hace  trescientos  cuarenta  años.  Por  entonces  la  ciencia  del  Derecho 


(1)    Suárez:  De  legibus,  cap.  XIX,  n.  9. 


FERNANDO  VÁZQUEZ  DE  MENCHACA  275 

internacional  daba  sus  primeros  pasos...  En  esta  página  expresa  Suá- 
rez  por  vez  primera  la  idea  completa  de  la  sociedad  de  todas  las 
naciones,  y  como  vínculo  de  ella,  no  la  fuerza  bruta,  sino  el  mutuo 
y  necesario  auxilio  y  conveniencia  común,  y  mucho  más  que  esto,  el 
principio  cristiano  de  amor  y  misericordia  establecido,  no  a  manera 
de  excepción  en  el  Derecho  de  gentes,  como  hizo  Grocio  en  sus 
célebres  Temperamentos  de  la  guerra,  sino  como  base  normal  de  jus- 
ticia y  de  paz»  (1). 

Claro  está  que,  habiendo  establecido  Suárez  la  división  del  De- 
recho internacional  en  público  y  privado,  al  tratar  de  la  cuestión  de 
su  derogación  o  reforma  había  de  tener  aquélla  en  cuent^  y  así 
dice:  «Esta  mutación  ha  de  hacerse  de  diverso  modo,  según  que  se 
trate  del  derecho  de  gentes  que  es  común  entre  las  naciones,  en  al- 
guna ley,  o  del  derecho  introducido  por  el  uso  universal.  El  prime- 
ro se  puede  modificar  por  cada  reino  o  comunidad  perfecta...  En  el 
derecho  público  la  mutación  resulta  más  difícil,  por  tratarse  de  un 
derecho  común  a  las  naciones,  introducido  por  autoridad  de  todos, 
exigiéndose,  por  tanto,  la  de  todas  ellas.  No  obstante,  tal  mudanza  no 
repugna,  si  el  consentimiento  de  todas  las  naciones  recayera  sobre 
la  misma,  o  prevaleciera  la  costumbre  en  contra  de  tal  derecho,  lo 
cual  no  parece  posible  en  la  práctica  (2). 

Veamos  ahora  el  juicio  que  merece  el  autor  de  las  Controversias. 
El  concepto  que  del  derecho  de  gentes  dejó  expuesto  en  varias  de 
sus  obras  el  ilustre  jurisconsulto  no  es  otro  que  el  ya  indicado  de  la 
época  romana:  un  derecho  universal  o  cosmopolita  que  a  veces  for- 
ma parte  del  interior  de  cada  pueblo.  Menchaca  resulta  en  esto  infe- 
rior a  Vitoria  y  Suárez,  y  en  nada  aventaja  a  sus  contemporáneos. 
Como  éstos,  divide  el  derecho  de  gentes  en  natural  (jas  gentium 
primaevum,  primordiale,  naturale)  y  en  secundario,  positivo  o  sucesi- 
vo (jas  gentium  secundarium,  successivum,  positivum).  El  primero 
llámase  así— dice— ,  porque  es  tan  antiguo  como  el  género  humano, 
y  se  observa  igualmente  por  todos  los  pueblos  a  los  cuales  es  co- 


(1)  Conde  y  Luque:  Francisco  Suárez,  S.  J.  (Doctor  Eximius).  Discurso  leído 
en  el  acto  de  su  recepción  en  la  Real  Academia  de  Ciencias  Morales  y  Polí- 
ticas. 

(2)  Suárez:  De  íegibus,  II,  cap.  XX,  núm.  6. 


276  FERNANDO  VÁZQUEZ  DE  MENCHACA 

mún;  también  se  llama  natural,  porque  no  es  otra  cosa  que  la  misma 
naturaleza  de  los  hombres,  un  instinto  nativo  o  razón  natural  que 
les  mueve  a  obrar  el  bien  y  evitar  el  mal.  Materia  propia  de  este  de- 
recho es  el  culto  debido  a  Dios,  el  respeto  a  la  patria,  la  defensa 
propia  y  de  nuestros  intereses,  etc.;  todas  estas  cosas  son  innatas  a 
la  naturaleza  de  los  hombres  desde  que  existen.  Posterior  al  dere- 
cho de  gentes  natural  es  el  secundario  o  sucesivo,  llamado  así,  porr 
que  no  se  introdujo  a  la  vez  en  todos  los  pueblos,  sino  sucesivamen- 
te, primero  en  uno,  después  en  los  demás.  Cuando  fué  admitido  por 
todas  las  naciones  o  la  mayor  parte  de  ellas,  este  derecho,  que  al 
principio  fué  simplemente  civil,  se  convirtió  en  derecho  de  gen- 
tes (1).  Puede,  por  el  contrario,  ir  cayendo  en  desuso,  de  tal  modo 
que  llegue  a  regir  únicamente  en  una  provincia  o  región,  y  en  este 
caso  convertirse  en  civil  (2).  También  se  llama  positivo  este  dere- 
cho (3). 

Consecuencia  de  este  carácter  del  derecho  de  gentes  es  la  posi- 
bilidad de  su  mutación  en  todo  o  en  parte,  del  mismo  modo  y  con 
igual  facilidad  que  el  derecho  civil.  Menchaca  plantea  solamente  la 
cuestión  de  derecho  y  admite,  sin  vacilar,  que  así  como  una  provin- 
cia puede  anular  una  ley  suya  con  otra  ley  contraria,  puede  hacer  la 
propio  cuando  del  derecho  de  gentes  positivo  se  trate.  No  es  preci- 
so, pues,  para  la  validez  del  acto  conducente  a  modificar  o  anular  el 
derecho  de  gentes  secundario,  el  consentimiento  mutuo  y  simultá- 
neo, según  sostenían  otros  escritores  del  siglo  XVI,  de  todas  las  na- 
ciones (4). 

P.  Ambrosio  Garrido. 
(Continuará.) 


(1)  Habes  ergo  primum  esse  jus  gentium  primaevum,  quod  simul  cum  ipso 
genere  humano  proditum  fuit,  et  secundarium,  quod  postea  esse  coepit;  deinde 
quod  jus  gentium  primaevum,  quod  ad  homines  attinet,  nil  aliud  est,  quam 
ipsa  natura  hominum,  aut  instinctus  nativus,  ratioque  naturalis  suadens 
honesta,  dissuadens  contraria.  Controversias,  cap.  X,  núm.  18.  El  mismo  con- 
cepto expone  Menchaca  en  sus  obras  De  successionum  progressu,  Prefacio  nú- 
mero 2,  y  De  successionum  creatíone,  I,  §  I,  núm.  2. 

(2)  Controversias,  cap.  X,  núm.  18,  y  cap.  LIV,  núms.  4,  5  y  6. 

(3)  Controversias,  cap.  LIV,  núm.  3. 

(4)  Sicque  hodie  quaelibet  provincia  posset  ea  quae  juris  gentium  secunda- 


FERNANDO  VÁZQUEZ  DE  MENCHACA  277 

ni  esse  dicuntur,  quoad  quasdam  vel  forte  quoad  omnes  partículas  inmutare. 
Quid  enim  si  juberet  ne  capti  fierent  servi  capientium?  Prefecto  talis  lex  civi- 
lis  valeret,  et  ita  ajunt  Galiae  observari,  quamvis  per  hoc  violaretur  jus  gen- 
tium  contrarium  disponens...;  valeretque  similiter  si  juberet  ne  liominibus 
suae  ditionis  liceret  testari...;  valeretque  si  juberet  omnia  praedia  esse  commu- 
nia...  Ergo  cum  jus  gentium  secundarium  intelligatur  jus  positivum,  indubita- 
tum  est,  eritque  semper  per  leges  positivas  perimi  et  immutari  posse,  non 
secus  quam  jus  civile.  Controversias,  cap.  XLVI,  núm.  12,  y  cap.  LIV,  núm.  6. 


EL  ARTE  POR  EL  ARTE 


Asombra  y  maravilla  ver  la  ojeriza  con  que  algunos  miran  todo 
lo  que  trae  consigo  algún  sabor  de  independencia  en  el  arte.  La  idea 
de  profesión  de  «arte  libro  basta  para  sacar  fuera  de  sí  a  muchos 
que  en  ella  quieren  ver  menosprecio  y  desdén  por  todo  lo  que  sea 
religión  y  moralidad  o  guarde  con  ellas  estrecho  parentesco.  En  lo 
cual  ciertamente  no  llevan  camino.  Si,  dando  de  mano  a  pasiones 
y  prejuicios,  entrasen  en  cuentas  consigo  y  estudiasen  con  espa- 
cio y  detenimiento  qué  es  lo  que  quiere  decirse  con  aquellas  expre- 
siones «arte  libre >  e  «independencia  del  arte»,  echarían  de  ver  que 
nada  hay  tan  lejos  de  la  verdad  como  querer  ver  en  ellas  una  doc- 
trina contraria  a  la  moral  y  una  teoría  sembradora  de  confusión  y 
de  desorden  en  el  campo  del  arte.  Cierto  que  es  empresa  fácil  tor- 
cer las  palabras  «arte  libre >  a  otro  sentido  que  no  tienen  realmente, 
cuando  menos  entre  aquellos  que  estudian  con  la  seriedad  que  se 
merecen  los  problemas  de  estética;  pero  también  es  verdad  que  no 
basta  que  algunos  espíritus  poco  avisados,  sacando  las  palabras  de 
su  asiento  y  natural  significación,  quieran  hacer  de  ellas  bandera 
de  inmoralidad  y  de  libertinaje,  para  que  otros,  sin  examinar  es- 
crupulosamente el  valor  de  las  mismas,  metiéndolo  todo  a  baru- 
llo, quieran  arrimarse  a  los  detractores  de  tales  doctrinas,  yéndose 
con  la  corriente  del  vulgo  literario.  Apena,  ciertamente,  el  ánimo 
de  los  verdaderos  amantes  de  las  bellas  letras  ver  a  no  pocos  va- 
rones eruditos  extremar  sus  habilidades  y  adelgazar  sus  ingenios 
para  hilvanar  un  formidable  alegato,  mejor  dicho,  un  sermón,  pues 
no  merecen  otro  nombre  muchos  de  esos  escritos,  en  que,  dando  al 
traste  con  la  seriedad  que  pide  la  ciencia,  se  pone  a  los  seguidores 
del  «arte  libre»  cual  no  digan  dueñas.  No  echan  de  ver  que  mal- 
gastan sus  energías  en  empresas  estériles  e  inútiles,  como  quiera  que, 


EL  ARTE  POR  EL  ARTE  279 

torciendo  las  palabras  de  su  verdadero  sentido,  se  vienen  a  los  ojos 
los  inconvenientes  y  gravísimos  errores  a  que  daría  lugar  la  teoría 
de  la  «independencia  del  arte»,  en  el  cual  caso  sería  empresa  faci- 
lísima echar  humo  a  los  ojos  de  los  que  hacen  profesión  de  «arte 
libre>. 

Arte  naturalista,  arte  pagano,  arte  inmoral,  arte  sensualista,  arte 
irreligioso  e  impío,  estas  y  otras  doctrinas  de  mayor  o  menor  impor- 
tancia y  gravedad  se  han  querido  hacer  nacer  de  la  inocente  teoría 
del  «arte  libre».  Y  lo  que  más  maravilla  y  asombra  es  ver  cómo,  en 
muchos  casos,  notables  ingenios  perdieron  lastimosamente  el  tiem- 
po en  sutilezas,  adelgazando  los  conceptos,  para  oponer  a  la  dicha 
teoría  otra  doctrina  que,  con  sólo  poner  las  cosas  en  su  punto,  acla- 
rando los  vocablos,  se  venía  al  suelo. 

Como  que  en  muchos  casos  era  únicamente  cuestión  de  palabras. 
Y  palabras  y  expresiones  ciertamente  felicísimas,  como  aquella  de 
Kant:  «el  arte  es  una  finalidad  sin  fin»,  y  aquella  otra  de  Cousín:  «el 
arte  por  el  arte»,  tan  traídas  y  llevadas  por  todos  los  que  se  dedican 
a  estudios  de  arte  y  de  literatura.  Y  aquí  tenemos  ya  la  principal  pie- 
dra de  escándalo  en  que  dieron  de  ojos  los  más  acérrimos  impugna- 
dores del  «arte  libre». 

La  fórmula  de  Kant  y  la  otra  afortunada  y  felicísima  de  Cousín, 
fuera  de  que  podía  fácilmente  interpretárselas  de  manera  torcida, 
llevaban  consigo  una  desventaja  no  pequeña,  nacida  en  aquélla  de 
la  atmósfera  de  escepticismo  y  de  escándalo  en  que  iba  envuelto  el 
nombre  de  Kant,  y  en  ésta  de  las  sospechas  que  ponían  en  los  espí- 
ritus rectos  los  ribetes  de  panteísmo  racionalista  del  esplritualismo 
de  Cousín.  El  nombre  de  estos  dos  filósofos  puede  decirse  que  fué 
para  muchos  el  único  fundamento  en  que  estribaban,  unos  para  sa- 
car de  madre  las  aguas  y  llevarlas  al  molino  de  sus  disparatadas  teo- 
rías y  otros  para  condenar  a  bulto,  como  vitanda  y  pecaminosa,  toda 
doctrina  de  arte  libre.  Al  parecer,  olvidaban  éstos  que  nada  nuevo 
se  encerraba  en  aquellas  fórmulas,  puesto  que,  bien  miradas  las  co- 
sas, la  doctrina  de  independencia  del  arte  que  en  ellas  se  enseñaba, 
era  más  vieja  que  Kant  y  que  Cousín,  consistiendo  lo  nuevo  y  feliz 
de  dichas  fórmulas  más  en  la  manera  de  expresión  que  en  el  pensa- 
miento, si  bien,  y  para  dar  a  cada  uno  lo  suyo,  es  menester  confesar 
que  Cousín  no  trajo  al  arte  nada  nuevo,  ni  en  el  pensamiento  ni  en 


2S0  EL  ARTE  POR  EL  ARTE 

el  análisis  del  mismo,  fuera  de  la  fórmula;  mientras  que  Kant,  si  en 
este  punto  no  descubrió  elementos  nuevos,  analizó  con  critica  sagaz, 
originalísima  y  profunda  el  carácter  y  los  elementos  del  placer  es- 
tético. 

La  fórmula  de  Kant,  «el  arte  es  una  finalidad  sin  fin>,  se  da  la 
mano,  a  mi  entender,  y  viene  a  confundirse  con  la  de  Cousín,  «el 
arte  por  el  arte>.  Ambas  traen  a  la  memoria  la  generosa  doctrina  de 
la  «libertad  e  independencia  del  arte>,  que  cuenta  con  precedentes 
gloriosísimos  entre  los  españoles  de  los  siglos  XVI  y  XVII.  Asombra 
la  valentía  y  claridad  con  que  algunos  de  aquellos  esclarecidos  in- 
genios sembraron  en  sus  obras  gérmenes  y  principios  de  libertad 
artística.  La  fórmula  de  Kant,  bien  entendida,  nace  lógicamente  de 
la  doctrina  de  los  españoles,  y  ambas  brotan  de  la  naturaleza  y  fin 
de  la  concepción  artística:  El  arte  es  una  forma  con  esfera  propia, 
que  tiene  la  belleza  como  fin  primario  e  inmediato.  V  es  de  tal  na- 
turaleza el  carácter  de  esa  forma  pura  en  que  hacemos  consistir  el 
arte,  que  su  fin  descansa  únicamente  en  la  representación  de  la  be- 
lleza, hasta  el  punto  de  que  todo  aquello  que  no  sea  la  representa- 
ción o  creación  de  la  misma  belleza,  no  pueda  tener  parte  entre  los 
fines  primarios  que  el  arte  busca  y  persigue  con  grandes  afanes  y 
trabajos.  El  arte  es  ajeno  a  cualquiera  otro  fin  o  mira  inmediata  que 
no  sea  la  creación  de  la  belleza  pura  y  sin  mezcla  de  cosas  extrañas: 
de  esta  manera  únicamente  puede  hacer  nacer  dentro  de  nosotros  un 
placer  enteramente  puro  y  desinteresado.  El  placer  que  nace  de  la 
belleza  es  una  suerte  de  placer  de  simpatía— como  dijo  muy  acerta- 
damente Jouffroy — ;  por  esta  razón  no  se  compadece  con  ningún 
linaje  de  mezcla  de  otros  movimientos  interesados  del  ánimo,  los 
cuales,  si  es  cosa  cierta  y  averiguada  que  pueden  ir  y  de  hecho  van 
ordinariamente  en  compañía  y  se  mezclan  con  el  placer  que  nace  de 
la  belleza,  es  asimismo  cierto  que  no  pueden  mirarse  como  fines  pri- 
marios e  inmediatos,  ni  siquiera  como  principios  de  la  belleza.  Lo 
agradable,  lo  útil  y  lo  perfecto  pueden  ir  mezclados  en  las  obras  de 
arte  con  el  placer  estético;  pero  ni  lo  agradable,  ni  la  utilidad,  ni 
siguiera  la  perfección  son  por  sí  la  belleza,  ni  puede  nacer  de  esos 
elementos  separadamente  el  placer,  pura  y  simplemente  estético. 
Este  nace  solamente  de  la  belleza,  cuya  representación  constituye 
única  y  exclusivamente  el  fin  primero  o  inmediato  del  arte  puro. 


EL  ARTE  POR  EL  ARTE  281 

Todos  los  otros  fines  que  éste  se  proponga,  al  encarnar  la  belleza  en 
formas  sensibles,  deben  forzosamente  estar  sometidos  a  aquél,  y  no 
pueden  ser  otra  cosa  que  fines  secundarios  y  más  distanciados  de  lo 
principal  que  el  arte  busca  y  pretende.  La  esfera  propia  del  arte  está 
en  la  belleza,  y  a  la  creación  de  la  belleza  encamina  sus  leyes  y  sus 
reglas.  Si  los  seguidores  del  arte  libre  entendiesen  la  independencia 
del  arte,  no  como  limitada  a  otros  fines  relativos  que  se  salen  de  su 
campo,  sino  que  la  extendiesen  de  manera  que  alcanzase  por  igual  a 
aquel  otro  fin  último  y  absoluto  que  comprende  y  abraza  en  sí  todos 
los  otros  fines  relativos,  sería  preciso  dar  de  mano  a  la  fórmula  «el 
arte  por  el  arte»  y  condenarla  como  equivocada  y  absurda. 

Ninguno,  que  yo  sepa,  de  los  verdaderos  y  serios  amantes  del 
arte  libre  e  independiente,  negó  nunca  la  identificación  y  mutua  de- 
pendencia de  lo  bello  con  lo  bueno  y  con  lo  verdadero  en  una  es- 
fera absoluta  y  realísima;  antes  bien,  dejando  asentada  esa  identifi- 
cación, partieron  de  la  distinción  racional  que  separa  el  concepto  de 
belleza  del  concepto  de  bien  y  de  verdad,  considerando  las  cosas  en 
este  mundo  de  aquí  abajo,  para  establecer  la  naturaleza  y  el  fin  de 
la  concepción  artística.  Si  se  toma  como  medida  única  del  arte  aquel 
fin  último  y  universalísimo  que  abraza  en  sí  y  regula  y  dirige  todo 
linaje  de  fines  particulares,  hay  que  convenir  en  la  necesidad  de  mi- 
rar el  arte  como  un  medio  en  orden  a  su  fin  supremo  y  perfecto,  en 
el  cual  caso  no  puede  el  arte  tener  en  sí  mismo  su  razón  de  ser, 
como  quiera  que  el  medio  guarda  siempre  relación  con  el  fin  del 
cual  es  medio.  Y  claro  está  que,  mirando  las  cosas  desde  este  punto 
de  vista,  no  puede  sostenerse  en  manera  alguna  la  doctrina  de  la 
libertad  e  independencia  del  arte,  viéndonos  obligados  a  dar  de 
mano  a  las  fórmulas  de  Kan  y  de  Cousín,  como  expresiones  absur- 
das y  heterodoxas.  Pero  a  nadie  se  oculta  que  por  este  camino  lle- 
garíamos derechamente  a  la  necia  y  absurda  conclusión  de  negar 
igualmente  a  las  distintas  ciencias  particulares  fin  y  objetos  propios 
y  distintos,  teniendo  forzosamente  que  legislar  cada  una  sobre  la 
rectitud  moral  de  sus  procedimientos  como  quieren  algunos  para 
el  arte. 

Como  se  ve,  tomar  las  cosas  de  tan  lejos  y  por  manera  tan  extra- 
ña y  peregrina,  para  echar  más  fácilmente  por  tierra  la  doctrina  de 
la  independencia  del  arte,  es  echarse  a  sí  mismo  tierra  a  los  ojos 

20 


282  EL  ARTE  POR  EL  ARTE 

y  firmar  por  su  propia  mano  la  patente  de  ignorancia,  como  quiera 
que,  propuesta  la  cuestión  en  esta  forma,  se  considera  el  arte  única- 
mente como  medio,  negando  que  tenga  esfera  propia,  es  decir,  no 
reconociéndole  fin  particular  y  propio.  De  ésto  a  negar  la  sana  y  le- 
gítima independencia  del  arte,  no  había  más  que  un  paso,  mejor 
dicho,  esa  doctrina  es  la  negación  más  radical  de  toda  libertad  e 
independencia  artísticas. 

Ne  quid  nimis.  Por  suerte  estriba  semejante  doctrina— la  que 
niega  la  independencia  del  arte— en  un  error  crasísimo  y  tan  claro  y 
manifiesto,  que  no  puede  ocultarse  a  las  personas  de  más  cortos  al- 
cances intelectuales  y  menos  duchas  en  estudios  de  arte  y  de  estéti- 
ca, es  a  saber,  en  una  confusión  verdaderamente  lamentable  del  fin 
primario  e  inmediato  del  arte  con  otros  fines  secundarios  más  o  me- 
nos principales  y  remotos  del  mismo.  La  ligereza  imperdonable  que 
se  echa  de  ver  en  confundir  por  tan  lastimosa  manera  dos  suertes  o 
linajes  de  fines  tan  distintos  entre  sí,  no  podía  menos  de  traer  consi- 
go la  extensión  concreta  y  parcial  de  independencia  que  encierrar^ 
las  hermosas  y  felicísimas  fórmulas  de  Kant  y  de  Cousín  a  una  ma- 
nera de  independencia  y  de  libertad  absolutas  y  sin  limitación  algu- 
na, dentro  y  fuera  del  orden  propio  del  arte.  Entendiendo  así  la  li- 
bertad e  independencia,  dando  a  éstas  un  carácter  tan  absoluto  y 
universal,  la  exclusión  de  la  moral  y  de  la  religión  de  los  dominios 
del  arte  era  tan  clara  y  manifiesta  que  se  venía  a  los  ojos,  puesto  que 
al  extender  la  independencia  del  arte  a  todo  otro  fin  que  se  saliese 
de  su  campo  y  esfera,  sin  distinción  de  ninguna  suerte  de  órdenes, 
abrazaba  juntamente  a  Dios. 

Pero  ¿puede  sostenerse  en  el  terreno  científico  la  confusión  y 
mezcla  de  dos  linajes  de  fines  tan  diversos,  como  son  el  fin  primario 
e  inmediato  del  arte  con  los  secundarios  y  remotos  del  mismo?  ¿Por 
ventura  se  identifica  la  belleza  con  el  bien  y  con  la  verdad  en  el  or- 
den de  cosas  de  aquí  abajo,  o,  por  el  contrario,  se  distinguen  entre 
sí  en  alguna  manera?  La  respuesta  está  en  la  mano;  porque  ya  San- 
to Tomás  sienta  en  términos  clarísimos  que  hay  distinción  racional 
entre  lo  bueno  y  lo  hermoso  con  aquellas  palabras:  «bonum  et  pul- 
chrum  ratione  differunt»,  como  quiera  que  la  belleza  dice  relación 
al  conocimiento  y  la  bondad  al  apetito,  con  una  diferencia  grandí- 
sima, que  mientras  el  bien  no  puede  aquietar  o  calmar  el  apetito 


EL  ARTE  POR  EL  ARTE  283 

si  no  es  con  la  posesión  del  bien  que  se  apetece,  la  hermosura  agra- 
da con  la  sola  vista  y  contemplación  de  la  cosa  hermosa.  La  hermo- 
sura no  es,  pues,  en  este  mundo  de  aquí  abajo,  ni  la  bondad,  ni  la 
verdad;  añade  algo  a  la  idea  o  concepto  de  ambas,  por  lo  cual  es 
preciso  reconocer  y  otorgar  al  arte  otra  esfera  propia  muy  distinta 
de  la  esfera  de  la  verdad  y  del  bien,  y  ésta  no  puede  ser  otra  que  la 
esfera  de  la  belleza.  Esa  nota,  ese  distintivo  que  la  hermosura  añade 
al  bien  y  a  la  verdad,  es  a  manera  de  fuente  o  manantial  de  donde 
nace  la  diversidad  de  fines  que  dan  origen  a  la  especial  manera  de 
ser  y  de  representarse  o  crearse  la  belleza.  Animar  y  dar  vida  a  la 
belleza  y  hermosura,  encarnándolas  en  formas  sensibles,  es  el  fin 
propio  e  inmediato  que  se  propone  el  arte.  Es  cosa  cierta  y  averi- 
guada que  no  puede  sostenerse  en  manera  alguna  la  independencia 
de  este  fin  propio  y  particular  que  el  arte  busca  y  persigue  de  aquel 
otro  absoluto  y  universal  que  regula  todos  los  otros  fines  relativos, 
pero  es  preciso  dejar  también  asentado  como  cosa  cierta,  que  el  arte 
puede  vivir  con  entera  independencia  de  todos  los  fines  y  miras  par- 
ticulares ajenos  al  fin  propio  que  debe  proponerse  en  todas  sus  ma- 
nifestaciones. Y  como  quiera  que  la  vida  y  manera  de  ser  del  arte 
descansa  en  la  creación  y  representación  de  la  belleza,  es  menester 
que  cuente  con  maneras,  con  medios  y  procedimientos  particulares 
y  propios  para  alcanzar  esa  creación  de  formas  bellas.  Y  esto  basta 
para  que  se  venga  a  tierra  por  sí  misma  aquella  disparatada  doctri- 
na que  mezclaba  y  confundía  dos  suertes  de  miras  y  de  fines  tan  di- 
versos entre  sí. 

¿Qué  manera  de  independencia  es,  pues,  la  que  ha  de  conceder- 
se a  las  fórmulas  de  Kanty  de  Cousín,  entendidas  rectamente,  es  de- 
cir, como  las  entendieron  siempre  los  verdaderos  y  sensatos  aman- 
tes de  la  libertad  e  independencia  en  el  arte?  No  puede  entenderse 
en  manera  alguna  aquel  género  de  independencia  que  separa  al  arte 
del  fin  último  y  absoluto,  sino  aquella  otra  independencia  que  basta 
para  señalar  al  arte  fin  propio  y  distinto.  Ambos  filósofos  no  hicie- 
ron otra  cosa  que  velar  por  la  pureza  del  arte,  impidiendo  que  en  la 
esfera  artística  se  alzasen  con  la  primacía  otros  elementos,  nobles  y 
dignos,  cuanto  se  quiera,  pero  secundarios  al  fin  y  más  o  menos  bas- 
tardos por  lo  que  hace  a  la  creación  de  la  belleza.  Todo  linaje  de 
miras  que  no  tengan  por  fin  encarnar  la  belleza  en  formas  sensibles 


284  EL  ARTE  POR  EL  ARTE 

por  los  medios  y  procedimientos  característicos  que  nacen  de  la  di  - 
versidad  de  fines,  y  originariamente  de  aquella  distinción  racional 
que  discierne  el  mundo  de  la  hermosura  del  mundo  de  la  verdad  y 
del  bien,  serán  siempre,  por  decirlo  así,  elementos  allegadizos  que 
tienen  cabida  y  no  pueden  excluirse  en  absoluto  como  fines  secun- 
darlos  y  remotos,  pero  que  no  pueden  en  manera  alguna  ser  consi- 
derados como  fines  primarios  del  arte.  Entendidas  así  las  fórmulas 
de  Kant  y  de  Cousín,  lejos  de  estar  vacías  de  sentido,  como  preten- 
dieron algunos  con  ligereza  manifiesta,  hay  que  convenir  en  estimar- 
las como  dos  expresiones  ciertamente  felicísimas,  como  quiera  que 
traen  involuntariamente  a  la  memoria  el  admirable  conjunto  de  ideas 
madres  en  el  terreno  del  arte,  la  distinción  racional  que  separa  lo 
bello  de  lo  verdadero  y  de  lo  bueno,  la  teoría  que  pone  a  salvo  las 
miras  y  fines  propios  del  arte,  en  una  palabra,  la  generosa  doctrina 
de  la  independencia  artística. 

Más  allá  que  Kant,  en  esto  de  la  independencia  del  arte  y  de  sus 
procedimientos,  van,  sin  duda  ninguna,  algunos  de  nuestros  glorio- 
sos escolásticos.  Y  así,  a  la  pregunta  ¿depende  el  arte  en  sus  proce- 
dimientos de  conceptos  intelectuales?  el  sutil  Rodrigo  de  Arriaga 
responde  con  osadía  casi  increíble,  que  «el  arte  nunca  se  guía  por 
preceptos  discutidos  científicamente>,  señalando  de  paso  a  la  ima- 
ginación como  la  primera  entre  las  facultades  del  artista.  Pero,  ¿es 
verdad  que  el  arte  carezca  en  absoluto  de  doctrinas  y  principios  ge- 
nerales? 

El  mismo  Rodrigo  de  Arriaga  se  da  prisa  a  suavizar  la  rudeza 
demasiado  franca  que  se  encuentra  en  sus  palabras  anteriormente 
transcritas,  acotándolas  con  la  afirmación  de  que  en  el  arte  se  dan 
«ciertos  principios  generales  que  parecen  ser  razones  a  priori>,  aña- 
diendo como  para  aclarar  las  primeras  palabras,  que  las  artes,  dan, 
en  efecto,  preceptos  y  reglas  acerca  del  modo  de  ejecutar  una  obra 
bella,  pero  nunca  las  razones  últimas  «a  priori».  En  lo  cual  no  es  de 
maravillar  que  Arriaga  hablase  de  esta  manera,  pues  es  cosa  cierta  y 
averiguada  que  en  sus  días  nadie  miraba  la  ciencia  estética  como 
ciencia  aparte.  Verdad  es  que  los  artistas,  por  muy  escogidos  que 
ellos  sean,  frecuentemente  no  están  al  tanto  de  los  principios  meta- 
físicos  de  lo  bello,  y  sí  únicamente  de  los  preceptos  y  reglas  que  en- 
señan el  conocimiento  y  dominio  de  la  parte  técnica,  siendo,  por  lo 


I 


EL  ARTE  POR  EL  ARTE  285 

demás,  clarísimo  y  evidente  entre  los  artistas  el  predominio  de  la 
imaginación  y  de  la  fantasía.  Pero  el  arte  es  el  arte  y  los  artistas  son 
los  artistas,  y  está  bien  claro  y  es  pública  voz  y  fama  que  los  detrac- 
tores de  la  libertad  e  independencia  del  arte  no  se  paraban  común- 
mente en  los  artistas,  sino  que,  dejando  a  éstos  a  un  lado,  iban  de- 
rechos a  los  principios  de  lo  bello,  que  pueden  dar  alguna  luz  sobre 
la  independencia  artística,  partiendo  equivocadamente  de  la  identi- 
ficación absoluta  del  concepto  de  belleza  con  los  conceptos  de  bien 
y  de  verdad,  los  cuales,  como  queda  dicho,  se  identifican  en  una 
esfera  realísima  y  absoluta,  pero  no  en  este  mundo  de  aquí  abajo. 
De  esa  equivocada  identificación  de  conceptos  en  este  orden  inferior 
nació  espontánea  y  naturalmente  el  empeño  de  querer  que  la  belleza 
se  sometiese  a  la  voluntad  directamente,  de  igual  manera  que  si  se 
tratase  del  amor.  Así,  echando  por  este  camino,  se  venía  a  parar  for- 
zosamente en  la  conclusión  de  que  el  artista  debe  proponerse  en  sus 
obras  la  bondad  o  rectitud  moral  como  fin  propio,  inmediato  y  úni- 
co de  su  arte.  Nada  menos  cierto;  porque  el  artista  busca  en  sus 
obras  la  hermosura  y  la  manera  de  darla  cuerpo  y  forma  sensible, 
domando  las  rebeldías  de  la  materia,  por  lo  cual  hay  que  convenir: 
o  en  negar  que  el  arte  tenga  fin  y  objeto  inmediatos  propios,  o  en 
afirmar  su  libertad  e  independencia  de  todo  otro  fin  inmediato  y 
primario  que  no  sea  la  encarnación  de  la  belleza.  La  ley  moral  pue- 
de hacer  a  los  artistas  buenos  con  bondad  moral;  pero  no  puede  por 
sí  hacer  grandes  y  perfectos  artistas.  ¿Por  ventura  puede  ser  consi- 
derada la  regla  moral  como  la  regla  esencial  del  arte?  Nada  menos 
que  eso.  Las  reglas  esenciales  del  arte  y  sus  normas  directoras  en 
razón  de  tal  deben  tomarse  forzosamente  del  fin  propio  del  arte,  y 
nada  más  que  del  fin  del  arte,  el  cual  fin  es  ciertamente  distinto  del 
fin  moral  de  las  obras  o  actos  humanos,  como  actos  morales.  La  re- 
gla del  proceder  moral  ha  de  buscarse  en  el  fin  particular  que  recti- 
fica el  apetito;  pero,  como  dice  muy  bien  el  insigne  Fray  Juan  de  Santo 
Tomás,  «las  reglas  del  arte  son  preceptos  que  se  toman  del  fin  del 
arte  mismo  y  del  artefacto  que  ha  de  hacerse».  Si  la  hermosura  estu- 
viese inmediatamente  sujeta  a  la  voluntad,  como  pretendieron  algu- 
nos, equivocadamente,  podría  con  razón  afirmarse  que  la  regla  mo- 
ral era  la  regla  esencial  y  directora  del  arte,  y  la  intención  moral  de- 
bería presidir  e  imperar  en  la  ejecución  de  la  obra  artística;  pero  es 


286  EL  ARTE  POR  EL  ARTE 

error  gravísimo  y  manifiesto  querer  sujetar  a  la  voluntad  inmediata- 
mente la  hermosura.  La  belleza  se  refiere  propiamente,  no  al  apetito, 
sino  a  la  facultad  de  conocer,  y  así  tiene  la  virtud  maravillosa  de  se- 
renar el  ánimo,  haciendo  nacer  en  nosotros  la  quietud,  el  sosiego  y 
el  placer  solamente  con  la  vista  y  conocimiento  de  la  cosa  hermosa. 
El  amor  puede  acompañar  al  placer  estético,  y  éste  puede  encen- 
der en  nuestras  almas  amor  puro  y  vehementísimo;  pero,  ni  el  placer 
estético  es  el  amor,  ni  estriba  en  éste  el  fin  del  arte,  ni  el  artista  bus- 
ca como  fin  principal  de  sus  obras  el  amor,  sino  la  creación  de  for- 
mas bellas.  El  arte  busca  y  codicia  la  hermosura  que  es  algo  distinto 
de  la  bondad  moral.  No  mira  propiamente  la  rectitud  moral  de  la 
obra,  sino  la  rectitud  que  nace  de  la  manera  de  producir  acertada- 
mente obras  verdaderamente  bellas  sin  apartarse  un  ápice,  a  la  dies- 
tra ni  a  la  siniestra,  de  las  reglas  o  normas  que  se  encaminan  a  re- 
gular la  acertada  ejecución  de  la  obra  artística.  Las  reglas  que  da  el 
arte  para  la  dirección  de  la  forma,  son,  sin  duda  ninguna,  de  gran- 
dísima firmeza;  pero  toda  la  fuerza  y  firmeza  de  dichas  reglas  ase- 
gura únicamente  al  artista  la  manera  de  proceder,  nunca  el  resultado 
del  procedimiento,  porque  puede  torcerse  y  malearse  por  los  estor- 
bos que  salen  al  paso  en  la  ejecución  de  la  obra.  Una  cosa  hay  que 
dejar  asentada  como  cosa  cierta  y  averiguada,  y  es  que,  sea  cual- 
quiera la  fuerza  y  firmeza  de  las  reglas  y  normas  directoras  del  arte, 
la  rectitud  de  la  obra  artística  y  la  rectitud  del  procedimiento  en  la 
forma  se  distinguen  perfectamente,  y  son,  por  lo  tanto,  enteramente 
independientes  en  su  género  de  la  rectitud  moral,  pero  no  contra- 
rias ni  incompatibles,  sino  más  bien  debe  mirarse  la  rectitud  moral 
como  una  condición  negativa  que  prohibe  al  arte  proponerse  ten- 
dencias inmorales.  La  rectitud  del  arte,  de  igual  manera  que  la  del 
artista,  no  debe  ni  puede  confundirse  con  la  rectitud  moral,  ni  la 
perfección  moral  de  la  obra  será  nunca  regla  para  medir  y  estimar 
los  grados  de  perfección  de  una  obra  artística,  como  tal  obra.  Bien 
claro  lo  dijo  Juan  de  Santo  Tomás:  «El  arte  no  depende  en  sus  re- 
glas de  la  rectitud  de  la  bondad  moral,  y  por  eso  atiende  a  la  recti- 
tud de  la  obra,  no  a  la  bondad  del  operante. >  No  sé  yo  que  se  pue- 
da asentar  de  manera  más  clara  y  con  palabras  más  terminantes  la 
distinción  e  independencia  entre  el  criterio  ético  y  el  estético.  La 
norma  de  aquél  es  tan  distinta  de  éste,  que  puede  muy  bien  acón- 


EL  ARTE  POR  EL  ARTE  287 

íecer  que  una  obra  acabadísima,  de  grandísima  perfección  y  de  su- 
bidos quilates,  como  obra  de  arte,  sea  mala  si  se  mide  con  el  crite- 
rio ético.  Porque  el  arte,  en  cuanto  tal,  no  depende  inmediatamente 
de  la  voluntad;  pone  sus  miras  únicamente  en  conseguir  que  sus 
obras  se  acomoden  y  conformen  por  maravillosa  manera  con  la  idea 
del  artista.  Esta  idea,  trasladada  a  la  obra  artística,  no  es  otra  cosa 
que  la  forma,  y  no  ciertamente  aquella  forma  más  material  y  exter- 
na, sino  aquella  otra  más  interior  e  inmaterial  que  anima  y  da  vida 
al  conjunto.  Así,  cuando  el  artista  quiere  encarnar  su  idea  en  las 
obras  de  arte,  no  hace  otra  cosa  que  producir  formas  bellas.  Y  es 
tan  singular  y  de  tal  naturaleza  esta  creación  de  formas  bellas  dentro 
de  la  independencia  que  estudiamos  que,  al  decir  de  Juan  de  Santo 
Tomás,  «el  artífice  es  digno  de  reprensión,  si  peca  por  ignorancia 
de  su  arte,  pero  no  si  peca  a  ciencia  y  conciencia  de  que  lo  hace», 
y  en  cambio  el  arte  no  merece  «alabanzas  porque  el  artífice  proceda 
rectamente  conforme  a  las  leyes  de  la  voluntad». 

Por  donde  se  ve  que  la  doctrina  de  la  libertad  e  independencia 
del  arte  que  por  algunos  se  nos  quiere  vender  como  una  novedad 
estupenda,  no  es  tan  nueva  como  parece,  sino  bastante  más  vieja  de 
lo  que  muchos  creen.  La  novedad  de  las  fórmulas  de  Kant  y  de 
Cousín  que  concretan  en  sí  por  admirable  manera  la  teoría  del  «arte 
libre»,  estriba  en  las  palabras  más  bien  que  en  la  doctrina,  como  ya 
queda  dicho;  y  antes  que  nadie  sembraron  los  escolásticos  españo- 
les en  sus  obras  gérmenes  de  libertad  e  independencia  artísticas, 
como  lo  puso  en  claro  el  inolvidable  maestro  Menéndez  y  Pelayo. 
Y  ciertamente  sin  la  contradicción  de  Kant,  quien,  después  de  haber- 
nos dado  en  la  felicísima  fórmula  «el  arte  es  una  finalidad  sin  fin» 
la  teoría  del  arte  libre  e  independiente,  como  fruto  de  su  poderoso 
análisis,  vino  finalmente  a  dar  muerte  a  esta  doctrina  con  el  elemen- 
to ético,  asentando  la  belleza  únicamente  en  la  expresión  moral  de 
los  ideales  morales  del  hombre.  El  vendaval  de  la  razón  práctica  dio 
al  traste,  acaso  sin  pensarlo,  con  el  análisis  del  juicio.  Nuestros  es- 
colásticos, sin  caer  en  semejante  contradicción,  esparcieron  en  sus 
escritos  los  principios  de  esa  independencia,  apoyados  en  la  diver- 
sidad de  fines  propios;  pero  con  un  límite  que  se  imponía  solamen- 
te en  otro  orden  superior,  subordinándola,  como  observa  muy  bien 
Menéndez  y  Pelayo,  al  principio  de  que  «el  fin  superior  determina 


288  EL  ARTE  POR  EL  ARTE 

el  inferior  en  su  razón  objetiva>.  La  rectitud  moral  podrá  mirarse 
como  una  condición  de  la  Naturaleza;  pero,  de  ésto  a  asentar  que  el 
arte  debe  legislar  sobre  esa  misma  rectitud  moral  o  que  el  artista 
deba  buscar  primera  y  principalmente  esa  rectitud,  dando  a  sus 
obras  una  tendencia  moralizadora,  hay  mucho  trecho.  El  artista  llena 
su  cometido  representando  la  belleza,  sin  que  esto  quiera  decir  que 
destierre  la  moral  del  campo  del  arte  de  una  manera  directa  y  posi- 
tiva. La  libertad  e  independencia  del  arte,  entendidas  como  deben 
entenderse,  no  quieren  decir  otra  cosa  que  exclusión  de  todo  otro 
fin  primero  e  inmediato  que  no  sea  la  belleza;  nunca  entendió  en 
ellas  ninguno  de  los  defensores  de  la  sana  independencia  artística 
la  exclusión  positiva  y  directa  de  la  moral  y  de  la  religión  de  entre 
los  fines  secundarios  que  el  artista  pueda  proponerse.  Esta  es  la  in- 
dependencia que  entendieron  siempre  todos  los  varones  sensatos 
que  han  hecho  profesión  de  arte  libre,  y  este  linaje  de  independen- 
cia es,  a  mi  entender,  el  que  quiso  Cousín  significar  en  aquellas  fa- 
mosas palabras  de  la  lección  XXII,  en  que  por  primera  vez  formuló 
con  toda  claridad  la  tan  combatida  independencia  del  arte:  il  faut 
de  rart  pour  l'art*.  Es  decir,  que  al  mismo  tiempo  que  afirmaba 
abiertamente  la  necesidad  de  señalar  esfera  propia  a  cada  uno  de 
dichos  elementos,  formulaba  la  más  terminante  condenación  del  arte 
docente,  del  arte  transcendental,  de  la  intromisión  del  concepto  de 
lo  útil,  y,  por  punto  general,  de  cualquiera  doctrina  o  sistema  que, 
echando  mano  de  elementos  extraños,  se  empeñe  en  torcer  y  malear 
el  verdadero  concepto  de  arte  puro,  enturbiando  las  purísimas  aguas 
de  la  belleza.  El  arte  goza  ciertamente  de  grandísima  fuerza  educa- 
dora; pero  su  misión  propia  no  es  educar.  La  educación  religiosa  y 
social  tienen  cabida  entre  los  fines  secundarios  del  arte,  pueden 
acompañar  a  la  belleza  y  hermosura  de  la  obra  artística,  pero  no  so- 
breponerse a  ellas.  Cualquiera  otra  inteligencia  de  la  doctrina  del 
arte  libre  ha  de  recibirse  con  cautela,  pues  fácilmente  vendrá  a  pa- 
rarse en  una  desviación,  más  o  menos  peligrosa,  de  la  verdadera 
doctrina,  de  la  cual  es  interpretación  torcida  y  apartamiento  del  rec- 
to sentido  de  la  fórmula  de  Cousín  la  doctrina  del  naturalismo,  to- 
mando esta  palabra  en  su  significación  más  grosera.  El  carácter 
mismo  de  la  doctrina  naturalista,  en  el  peor  sentido  de  la  palabra^ 
es  el  de  una  teoría  capaz  de  matar  en  flor  todas  las  más  nobles  as- 


EL  ARTE  POR  EL  ARTE  289 

piraciones  del  arte.  La  apología  y  la  justificación  que  la  escuela  na- 
turalista quiere  hacer  de  lo  inmoral  y  de  lo  repugnante,  no  nace,  ni 
puede  nacer  de  las  fórmulas  de  Kant  y  de  Cousín,  entendidas  como 
deben  entenderse,  a  pesar  de  las  argucias  y  sofisterías  de  los  que 
sostienen  lo  contrario,  queriendo  que  comulguemos  con  ruedas  de 
molino. 

Porque  como  ya  queda  dicho,  «el  arte  por  el  arte>  es  enteramen- 
te igual  a  «la  belleza  por  la  belleza»,  y  se  pregunta,  ¿por  ventura 
caben  en  la  verdadera  belleza  lo  repugnante  y  lo  positivamente  in- 
moral? La  templanza  y  moderación,  la  quietud,  sosiego  y  reposo  que 
ia  belleza  y  la  hermosura  hacen  nacer  en  el  ánimo  no  se  compade- 
cen con  la  inquietud  y  el  desequilibrio  que  lo  inmoral  y  lo  repug- 
nante engendran  en  la  voluntad. 

El  naturalismo  no  puede  nacer  de  la  doctrina  del  arte  libre,  rec- 
tamente entendida;  y  la  tendencia  inmoral  e  impía  sólo  puede  nacer 
de  aquel  linaje  de  independencia  universal  que,  traspasando  la  esfe- 
ra propia  del  arte,  no  se  detiene  en  el  orden  absoluto  y  llega  a  echar 
a  Dios  de  los  dominios  del  arte.  No,  esta  suerte  de  independencia 
no  se  encierra  en  la  fórmula  «el  arte  por  el  arte>,  ni  debe  sacarse  de 
ella  la  peregrina  teoría  que  algunos  de  sus  detractores  soñaron,  que- 
riendo ver  en  ella  una  doctrina  radicalmente  antiestética  y  antiartís- 
tica. Menester  sería  tener  vista  más  que  de  lince  para  ver  en  dicha 
fórmula,  entendida  como  nosotros  la  entendemos,  una  negación 
absoluta  y  radical  de  aquellos  principios  y  condiciones  que  estable- 
ce la  Naturaleza  para  la  creación  de  la  belleza.  Pues  qué,  ¿por  ven- 
tura puede  ser  de  daño  y  perjuicio  para  la  unidad  y  variedad,  para 
la  proporción  y  el  orden,  dejar  asentada  la  necesidad  de  que  tenga 
el  arte  finalidad  propia,  inmediata  y  exclusiva  suya,  cual  es  la  encar- 
nación de  la  belleza  en  formas  sensibles?  Cabalmente,  de  haber  con- 
fundido dos  suertes  de  formas  bien  distintas  nació  lógicamente  la 
desviación  más  natural  y  más  inocente  de  la  fórmula  de  Cousín  de 
su  verdadero  sentido,  dando  lugar  a  esta  otra  «el  arte  por  la  forma», 
que  no  puede  defenderse  en  manera  alguna,  entendiendo  estas  pa- 
labras de  la  forma  externa,  pero  sí,  si  se  entiende  de  la  forma  inter- 
na, puesto  que  en  este  sentido  la  belleza  es  una  forma  y  el  arte  es 
creación  de  formas. 

Por  lo  demás,  ¿quién  tomará  en  serio  el  sentido  violento  y  anár- 


290  EL  ARTE  POR  EL  ARTE 

quico  que  algunos  poetas  y  artistas,  ayunos  de  toda  noticia  científica 
acerca  del  arte  y  de  la  belleza,  dieron  a  la  felicísima  fórmula  de 
Cousín,  queriendo  ver  en  ella  la  negación  de  todo  linaje  de  reglas  y 
preceptos?  La  ojeriza  y  mala  voluntad  de  algunos  artistas  para  con 
las  reglas  y  preceptos  de  la  técnica  era  más  antigua  que  Cousín;  ya 
antes  que  nadie  examinó  Lessing,  con  miras  más  elevadas,  la  cues- 
tión del  valor  de  las  reglas,  abogando  por  la  independencia  del  ge- 
nio de  todo  lo  que  sea  preceptos  arbitrarios  e  inútiles  de  los  retóri- 
cos, «porque  el  genio,  según  él,  es  la  más  alta  conformidad  con  las 
reglas».  Como  no  basta  que  Víctor  Hugo,  que  tenía  mucho  de  poeta 
pero  nada  de  filósofo,  dijese  que  «en  el  árbol  de  la  poesía  no  hay 
fruto  prohibido»,  para  hacer  a  la  verdadera  doctrina  de  la  libertad 
e  independencia  del  arte  responsable  de  las  obras  directamente  in- 
morales e  impías  de  algunos  ingenios  que  abusaron  de  ella  o  la  en- 
tendieron torcidamente.  De  todos  modos,  la  manera  de  combatir  la 
teoría  del  arte  libre  no  consiste  en  traer  a  cuento  textos  de  algunos 
autores  que  la  interpretaron  torcidamente,  sino  estudiándola  en  los 
autores  sensatos  y  con  la  seriedad  que  se  merece  y  pide  la  grave- 
dad y  transcendencia  del  problema,  que,  como  dicen,  la  verdad 
adelgaza  pero  no  quiebra.  Como  dijo  soberanamente  Schiller,  en  el 
comienzo  del  prólogo  de  Wallenstein: 

«la  vida  es  seria;  el  arte  es  sereno.» 

DiosDADO  Ibañez  Garrido 

c.  M.  F. 


ANTONIO  PÉREZ 


(aclaración  a  los  capítulos  VIII,  X  Y  XI  DEL  LIBRO  I  DE  LA  «HISTORIA 

de  varios  sucesos»,  del  p.  fr.  jerónimo  de  sepúlveda  ^^^  ) 

(continuación) 

El  28  de  julio  de  1579,  a  las  once  de  la  noche,  fué  puesto  en     viii.-p rimen 
prisión  Antonio  Pérez  (2).  Poco  tiempo  después,  habiéndose  relata-  5t'ez"  **•  *"*•"" 
do  falsamente  al  Rey  que  se  hallaba  Pérez  muy  enfermo  y  que  peli- 
graba su  vida,  según  informe  de  los  médicos  Enriquez  y  Madera, 
sobornados  de  graves  y  poderosos  personajes,  mandó  S.  M.  que 
fuera  trasladado  a  su  casa  con  tres  guardas  siempre  a  la  vista  (3). 


(1)  Véase  La  Ciudad  de  Dios,  vols.  CXV,  págs.  465-478;  CXVI,  págs.  402- 
410,  y  CXVII,  págs.  106-109. 

(2)  «Fué  preso  el  secretario  Antonio  Pérez  que  tenía  los  negocios  de  Ita- 
lia, y  muy  privado  de  S.  M.,  y  al  parecer  muy  bien  quisto  de  todas  gentes  por 
su  buena  manera  de  negociar,  el  cual  esa  misma  noche  que  le  prendieron  es- 
tuvo negociando  con  S.  M.  hasta  las  diez  de  la  noche,  y  a  las  once  horas  le 
prendieron,  y  le  llevaron  a  muy  buen  recaudo».  Fr.  Juan  de  San  Jerónimo:  Me- 
morias de  la  fundación  del  Monasterio  de  San  Lorenzo  el  Real,  en  Doc.  inéd.,  I, 
pág.  95,  y  VII,  págs.  268-269. 

Pérez  refiere  (Las  Obras  y  Relaciones^  pág.  36)  que  Felipe  II  aquella  noche 
se  estuvo  paseando  «en  su  cámara  hasta  las  cinco  de  la  mañana  con  harta  al- 
teración del  ánimo  del  suceso*.  No  se  alteraba  fácilmente  Felipe  II;  ni  menos 
era  hombre  que  no  cuidase  exquisitamente  de  que  el  estado  de  su  ánimo  tras- 
cendiese a  los  demás. 

(3)  «Agora  ha  venido  a  noticia  de  muchos  deudos,  se  ha  soltado  a  Antonio 
Pérez  con  trato  de  falsa  relación  y  engaño  que  se  hizo  a  V.  M.  de  que  se  ad- 
mira el  mundo  haya  este  atrevimiento  en  Alvar  García  de  Toledo,  y  dos  médi- 
cos Enriquez  y  Madera,  persuadidos  según  es  muy  notorio,  de  personas  más 
graves,  dando  a  entender  tenía  tabardillo,  y  estar  a  lo  último  de  la  vida,  lo 
cual  ha  sido  invención  y  fingimiento...»  Memorial  de  Melchor  de  Puerta  Agüe- 
ro—Apéndices de  La  Princesa  de  Eboli,  de  Muro,  págs.  96-98.  Cita  de  don 
J.  F.  Montaña:  Nueva  Luz,  pág.  504,  nota. 


i 


292  ANTOKIO  PÉREZ 

Lo  que  cuenta  Pérez  de  que  siguió  despachando  aun  en  el 
arresto  es  una  de  tantas  invenciones  como  pululan  en  sus  escritos. 
Los  subalternos  no  fueron  probablemente  mudados,  pero  en  el  des- 
pacho de  Guerra  le  sucedió  Idiáquez,  y  para  Estado  vino  exclusi- 
vamente a  España  desde  Roma,  donde  se  hallaba  retirado,  el  anciano 
y  experimentadísimo  cardenal  Granvela,  que  lo  hizo  con  no  peque- 
ña repugnancia  y  más  por  obedecer  al  Pontífice  que  por  dar  gusto 
al  Rey. 

En  enero  del  año  siguiente  de  1580  continuaba  Pérez  en  su  casa, 
sin  permitírsele  hablar  con  nadie,  ni  recibir  visitas  (1);  y  a  fines  del 
mismo  año  rogó  Pazos  al  Rey  que  tuviese  misericordia  del  preso, 
contestándole  Felipe  II,  «que  si  fuere  tan  necesario  el  hacer  ejercicio 
para  su  salud,  podrá  estar  en  su  huerta,  como  está  agora  en  la  casa, 
sin  entrar  en  el  lugar  ni  en  otra  parte,  sino  por  allí  por  el  campo 
y  cerca  de  su  huerta  para  hacer  ejercicio  (2)». 

Dice  Antonio  Pérez  que  de  casa  del  alcalde  de  corte,  donde  es- 
tuvo preso  al  principio,  <por  haber  caído  malo  (el  preso),  le  volvie- 
ron a  su  posada.  En  ella  estuvo  seis  u  ocho  meses  con  guardas.  Al 
cabo  déstos  le  fueron  quitadas  las  guardas,  y  quedó  con  libertad  de 
5-alir  a  misa,  y  de  ser  visitado,  pero  con  que  no  visitase  él  a  nadie... 
En  este  estado,  y  en  su  casa  en  la  corte  estuvo  hasta  el  último  de 
enero  del  año  del  1585  (3)». 

Escasa  debía  de  ser  la  poca  libertad  en  abril  de  1581  cuando 
Pazos,  instado  de  otras  personas,  suplica  a  Felipe  II  «sea  servido 
de  usar  con  él  (Pérez)  de  la  misericordia  que  con  todos  V.  M.  usa, 
dándole  libertad  sin  limitación,  o  a  lo  menos  no  tan  estrecha  como 
la  que  tiene>.  El  Rey  únicamente  accede  a  que  se  le  permita  «que 
pueda  tratar  con  los  que  conviniere  de  lo  que  toca  a  su  hacienda  so- 
lamente (4).> 


(1)  «Antonio  Peres  es  guéri  et  est  toujours  en  sa  maison  avecques  gardes 
sans  quil  ait  liberté  de  parler  á  personne,  ne  estre  visité».  Saint-Gouard  á  Vil- 
leroy.  Cita  de  Mignet.  Antonio  Pérez  y  Felipe  II,  pág.  37,  c.  2,  nota  4. 

(2)  La  Princesa  de  Eboli,  de  Muro,  apéndices,  pág.  124.  Cita  de  D.  J.  F.^Mon^ 
taña:  Nueva  Luz,  pág.  510. 

(3)  Relación  sumaria  del  discurso  de  las  prisiones...  en  Doc.  inéd.  XIII^ 
pág.  366. 

(4)  Muro.— Lfl  Princesa  de  Eboli,  apéndices,  pág.  136.  Cita  de  D.  J.  F.  Mon- 
taña.—A/üeva  Luz,  págs.  510-51 1 . 


ANTONIO  PÉREZ 


293 


Por  noviembre  de  1583  estaba  en  libertad,  porque  el  día  5  de 
aquel  mes  estuvo  en  la  posada  de  don  Pedro  de  la  Mera. 

En  el  verano  de  1584  se  hizo  contra  Pérez  un  juicio  de  visita,  en 
el  que  se  le  acusó,  entre  otras  cosas,  «de  recibos  de  dádivas  de  don 
Juan  de  Austria,  de  la  princesa  de  Eboli,  del  cardenal  de  Toledo,  y 
de  otras  personas  de  cualidad;...  que  había  descubierto  secretos  de 
su  oficio;  que  en  los  despachos  que  venían  para  S.  M.  en  cifra,  aña- 
día y  quitaba,  etc.  (1)>. 

La  sentencia  fué  condenarle  en  suspensión  de  oficio,  penas  pe- 
cuniaria y  de  destierro,  y  a  ser  encerrado  en  una  fortaleza  dos  o  más 
años,  a  voluntad  del  Rey. 

«Al  tiempo  que  le  fueron  a  prender  para  llevarle  a  una  fortaleza, 
se  metió  el  Antonio  Pérez  en  una  iglesia  de  Madrid  (2)»,  escribe  el 
mismo  Pérez;  hecho  que  debió  de  ocurrir  a  fines  de  enero  de  1585 
o  principios  del  mes  siguiente  (3).  No  le  valió  al  reo  acogerse  a  sagra- 
do: los  oficiales  reales  lo  sacaron  de  la  iglesia  y  lo  condujeron  a  la 
fortaleza  de  Turégano.  En  la  prisión  estuvo  con  grande  rigor  «hasta 
que  después  de  vuelto  su  Majestad  de  Aragón  a  Castilla  (4),  fué  traí- 
do a  la  corte,  como  es  notorio  al  mundo,  adonde  estuvo  catorce  me- 
ses y  medio  preso  (5)». 

«Nuevamente  fué  llevado  a  la  fortaleza,  a  consecuencia  de  la  de- 
claración que  hizo  sobre  las  causas  de  la  muerte  de  Escobedo,  tra- 
yéndole  otra  vez  a  la  corte  dentro  de  tres  meses  (6).» 

Esta  tercera  prisión  debió  de  ser  a  mediados  de  1589,  año  en  que 


(1)  Relación  sumaria...  Doc.  inéd.,  Xlll,  pág.  367. 

(2)  Id.,  id.,  pág.  369. 

(3)  El  Proceso  criminal,  págs.  52-53,  dice  que  fué  el  20  de  enero  de  1585. 
EJ  marqués  de  Pidal:  Historia  de  las  alteraciones  de  Aragón,  I,  pág.  345,  pone 
el  mismo  día. 

Lo  más  probable  es  que  fuera  en  el  tiempo  que  yo  señalo,  pues  no  creo 
que  se  tratara  de  dar  cumplimiento  a  la  sentencia  tres  días  antes  de  ser 
pronunciada,  como  opina  el  marqués  de  Pidal,  y,  además,  porque  el  mismo 
Pérez  escribe  que  estuvo  en  su  casa  hasta  el  último  de  enero  del  1585.  Rela- 
ción sumaria...  Doc.  inéd.,  XIII,  pág.  366. 

(4)  Felipe  II  volvió  a  Madrid  de  las  cortes  de  Aragón  en  principios  de  mar- 
xo  de  1586. 

(5)  Relación  sumaria...  Doc.  inéd.,  XIII,  pág.  371. 

(6)  Id.,  id.,  pág,  372. 


294  ANTONIO  PÉREZ 

Pérez,  según  un  coetáneo,  fué  perdonado  por  Felipe  II,  el  Jueves 
santo,  a  instancias  de  fray  Diego  de  Chaves. 

Cuarta  prisión.  ^1  conoccr  la  familia  de  Escobedo  la  libertad  de  Antonio  Pérez, 

se  quejó  a  su  Majestad  y  pidió  se  diese  tormento  a  un  criado  dei 
Secretario.  Confesó  el  criado  la  participación  de  su  amo  en  la  muerte 
de  Escobedo,  y  Pérez  fué  definitivamente  encarcelado  (1). 

Pérez  negó  siempre  durante  los  once  años  de  sus  prisiones  en 
Castilla  haber  hecho  matar  al  secretario  de  don  Juan  de  Austria  (2). 

Quinta  prisión.  £1  18  de  abril  de  1590  huyó  Antonio  Pérez  al  reino  de  Aragón, 

donde  estuvo  preso  con  varias  alternativas,  que  veremos  adelante, 
en  la  cárcel  de  los  Manifestados,  de  la  que  fué  libertado  para  siempre 
por  los  amotinados  aragoneses  el  24  de  setiembre  de  1591. 

iK.-procesos        Don  Autouio  Valladares  de  Sotomayor,  conocido  editor  del  Se- 
Pérez.  manado  erudito,  publicó,  según  se  cree  generalmente,  un  libriío 

cuya  portada  reza  así: 

Proceso  criminal,  que  se  fulminó  contra  Antonio  Pérez,  Secretario 
de  Estado  del  Rey  Don  Felipe  II.  y  del  Despacho  Universal,  por  su 
mandado:  Sobre  la  muerte  de  Juan  de  Escobedo,  Criado  y  Secretario 
del  Señor  Don  Juan  de  Austria,  hijo  del  Señor  Emperador  Carlos 
Quinto,  que  estaba  gobernando  los  Estados  de  Flandes:  Juez  El  Li- 
cenciado Alvaro  García  de  Toledo,  que  le  prendió  el  día  29  de  Junio 
de  1579  á  las  11  de  la  noche,  y  le  puso  en  la  cárcel  de  Corte:  Escri- 
bano de  la  Causa  Antonio  Márquez.  Con  Privilegio  y  las  Licencias  ne- 
cesarias. Madrid:  Por  Don  Antonio  Espinosa.  Año  de  1788.  (16  m. 
(14  Vi  X  10  cm.)  314  págs.  y  3  hs.  en  b.) 


(1)  «Fueron  presos  por  indicios  que  hubo  el  Antonio  y  la  Duquesa,  y  al 
nono  año,  que  fué  el  de  1589,  fué  perdonado  el  Jueves  santo  a  instancia  del 
maestro  fray  Diego  de  Chaves,  confesor  de  su  Majestad,  y  asi  comenzó  a  an- 
dar libre,  de  lo  cual  se  quexaron  a  su  Majestad  la  mujer  de  Escobedo  y  su 
hijo,  el  secretario  Escobedo,  y  pidieron  que  diesen  tormento  a  un  escudero  de 
Antonio  Pérez,  y  así  se  lo  dieron,  y  confesó  todo  el  secreto,  y  así  fué  preso  el 
Antonio  Pérez.»  Fr.  Juan  de  Vitoria,  O.  P.-— Noticia  de  los  Reyes  de  España,  en 
La  Ciudad  de  Dios,  CXV,  pág.  471,  nota. 

(2)  «El  deceno  (cargo)  dize  que...  hauiendole  después  muerto  o  hecho  ma- 
tar por  medio  de  criados  suyos  y  otros  forasteros  que  lleuo  deste  Reyno  de  la 
Corona  de  Aragón  a  traycion  y  alebosamente  y  siendo  acussado  de  ello  y  ha- 
biéndolo negado  siempre  por  e^acio  de  onze  años  que  estubo  presso  en  Cas- 
illa...» Sumario  del  Proceso  PrísFiscalis...,  ya  citado. 


ANTONIO  PÉREZ  295 

Para  ver  la  fe  que  merece  este  titulado  Proceso  bastaría  fijarse 
que  en  la  portada  se  dice  que  la  prisión  de  Antonio  Pérez  fué  el  29 
de  junio,  cuando  la  verdadera  fecha  es  la  del  28  de  julio;  pero  el  nú- 
mero de  piezas  dislocadas,  la  confusión  y  desorden  que  hay  en  todo 
él,  la  falta  de  formalidades  jurídicas  de  que  adolece  y  el  descuido  con 
que  está  impreso  (1),  le  hacen  sumamente  sospechoso  y.  casi  inútil, 
sin  otros  indicios  y  pruebas,  para  el  estudio  honrado  y  serio  de  este 
embrollado  asunto. 

Es  indudable  que  si  no  se  puede  afirmar  que  todo  el  contenido  de 
este  Proceso  criminal  sea  falso,  pues  he  visto  la  coincidencia  de  al- 
gunas declaraciones  con  las  del  Proceso  acerca  de  la  muerte  del  clé- 
rigo La  Hera,  del  cual  se  hablará  adelante,  no  es  ciertamente  nin- 
guno de  los  procesos  auténticos. 

Conócense  numerosas  copias  de  este  titulado  Proceso.  Una  de 
las  más  citadas  es  «el  manuscrito  perteneciente  al  Ministerio  de  Ne- 
gocios Extranjeros  (de  Francia),  que  contiene  la  copia  de  todas  las 


(1)  En  el  manuscrito  del  siglo  XVIII,  que  ya  he  citado  varias  veces,  se  dice 
de  esta  edición  de  Valladares:  «El  Proceso  criminal  contra  Antonio  Pérez  so- 
bre la  acusación  de  haver  echo  matar  a  Juan  de  Escobedo  Sj^o  de  D."  Juan  de 
Austria,  con  su  prisión,  declaraciones  de  muchos  testigos,  sus  defensas,  el  tor- 
mento cruel  que  le  dieron  y  demás  incidentes  raros  de  esta  causa,  con  su  hui- 
da a  Aragón,  alborotos  de  Zaragoza,  castigos  que  en  esta  ciudad  hizo  Pheli- 
pe  2.0  muertes  y  desgracias  con  la  huida  de  Ant."  Pérez  a  Francia  y  sentencia 
contra  él  por  la  Inquisición  de  Zaragoza  todo  anda  ms.  en  varias  copias  que 
forman  un  vol.  abultado^Una  hay  en  la  B[iblioteca]  R[eal]. 

En  1789  se  imprimió  en  un  12.°  por  el  farandulero  D."  Antonio  Valladares 
y  Sotomaior;  pero  con  la  iniqua  supresión  de  la  revocación  de  la  sentencia  de 
la  Inquisición  contra  Antonio  Pérez,  (f.  86  r.). 

—En  1789  se  imprimió  en  Madrid  en  un  vol.  en  12.  la  Causa  y  Proceso  de 
Antonio  Pérez,  por  el  editor  del  Semanario  erudito  D."  Antonio  Valladares  y 
Sotomayor,  gran  bárbaro.  Imprimióse  como  todo  quanto  ha  manejado  y  dado 
á  luz  el  mismo  idiota,  y  sus  más  idiotas  impresores;  con  mil  yerros  y  dispara- 
tes de  imprenta  y  de  la  falta  de  corrección  del  ms.  de  qje  se  sirvieron,  como 
también  de  la  incapacidad  del  rústico  Valladares  para  leer  y  entender,  y  corre- 
gir los  ms.  que  se  le  confian,  ó  le  venden  otros  sugetos  tan  eruditos  como  él 
{Después  de  la  queja  por  no  haber  Valladares  impreso  la  2.^  sentencia  de  la  Inqui- 
sición, termina):  Si  el  gran  Valladares  cree  no  estar  obligado  á  restituir  á  los 
difuntos,  y  al  mismo  Público  de  los  Lectores,  este  hurto  sacrilego,  por  huma- 
nos respetos,  influxos  ó  temores;  si  tal  cree,  es  un  bárbaro,  más  bárbaro  aún 
de  lo  que  muestran  su  Semanario  Erudito,  su  Causa  de  Froilán  y  sus  demás 
folletos  (f.  89  r-v.).» 


296  ANTONIO  PÉREZ 

piezas  del  Proceso  entablado  contra  Pérez  en  Castilla,  desde  su  pri- 
mera prisión  hasta  su  tormento  y  evasión >,  según  quiere  Mignet  en 
su  libro  Antonio  Pérez  y  Felipe  II  (pág.  2,  c.  2);  pero  este  ponderado 
manuscrito  no  es  otra  cosa  que  el  mismo  publicado  por  Valladares, 
aunque  algo  más  completo;  ni  contiene  todas  las  piezas  del  proceso 
ni  mucho  menos,  ni  es  formalmente  lo  que  en  técnica  jurídica  y  fo- 
rense se  llama  proceso,  sino  hilván  de  distintos  retazos,  desiguales 
en  su  valor  histórico,  formados  de  diversas  partes,  en  especial  de  las 
Relaciones  de  Antonio  Pérez. 

Este  manuscrito  de  París,  tan  aprovechado  por  Mignet  y  por 
otros,  es  copia  que  no  va  más  allá  de  1714,  según  testimonio  del  bi- 
bliotecario del  Ministerio  de  Negocios  Extranjeros,  donde  se  con- 
serva (1). 

El  de  La  Haya  y  la  infinidad  de  ellos  que  se  encuentran  en  pú- 
blicas y  particulares  bibliotecas  son  igualmente  copias  simples,  sin 
autorización  de  ningún  género,  careciendo  todos  de  la  indicación 
acerca  del  sitio  y  lugar  en  que  se  hallan  los  originales  en  ellos  co- 
piados. Ninguno  coincide  exactamente  con  los  demás,  y  unos  tienen 
más  número  de  documentos  que  otros,  con  variantes  esenciales, 
aun  en  piezas  capitales,  como  sucede  en  el  ya  mencionado  y  exami- 
nado billete  de  4  de  enero  de  15Q0.  Basta  un  somero  estudio  para 
convencerse  bien  pronto  de  lo  mucho  que  en  este  llamado  Proceso 
se  ha  copiado  más  o  menos  literalmente  de  las  Relaciones,  Memoria- 
les y  Carias  del  reo  Antonio  Pérez  (2). 

Como  dice  con  razón  el  Sr.  Fernández  Montaña,  es  imposible 
que  las  copias  conocidas  y  el  impreso  de  Valladares  sean  el  verda- 
dero Proceso,  por  cuanto  el  copista,  compilador  o  el  publicador  ig- 
noraban el  fundamento  de  la  causa. 

Dice  así  el  principio:  *  Parece  que  el  Proceso  criminal,  que  actuó 
y  causó  el  licenciado  Rodrigo  Vázquez  de  Arce...,  fué  sobre  la  muer- 
te de  Juan  de  Escobedo...  (página  3)>;  y  por  este  estilo  está  todo  él, 
encontrándose  a  cada  paso  el  verbo  parecer,  en  significado  de  quien 


(1)  D.  J.  F.  Montaña:  De  cómo  Felipe  II  no  mandó  matar  á  Escobedo,  pá- 
gina 310. 

(2)  Véase  más  por  extenso  este  punto  en  el  libro  citado  en  la  nota  ante- 
rior, págs.  304-312  y  en  Nueva  Luz...,  del  mismo  autor,  págs.  415-441. 


ANTONIO  PÉREZ  297 

afirma  sin  estar  seguro  de  lo  que  dice.  De  donde,  como  el  mismo 
señor  Fernández  Montaña  afirma,  «a  mí  me  parece^  y  debe  parecer  a 
quien  no  carezca  de  sentido,  que,  por  confesión  propia,  el  anónimo 
autor  (1)  que  en  1788  publicó  la  Narrativa,  ni  conoció  ni  tuvo  a 
mano  las  piezas  que  formaron  el  Proceso  criminal  de  Castilla  contra 
Antonio  Pérez  (2)»;  siendo  el  Proceso  publicado  «a  lo  sumo,  y  con- 
cediendo demasiado,  un  compendio,  relación  narrativa,  o  extracto 
sin  valor,  ni  fuerza  autoritativa  de  la  causa  del  dicho  Secretario;  des- 
conociéndose el  editor,  el  manuscrito  usado  para  la  impresión,  el 
copiante  y  el  autor;  y  por  consiguiente,  libro  desnudo  de  todo  histó- 
rico valor  y  autoridad  (3).» 

Desde  luego  hay  que  afirmar  que  el  que  compiló,  extractó  o  arre- 
gló el  titulado  Proceso  criminal  no  fué  completamente  favorable  al 
reo  secretario,  porque  en  él  se  leen  varias  declaraciones  de  persona- 
jes, que  juzgo  auténticas,  contrarias  en  todo  a  Pérez  y  demostradoras 
de  infidelidad,  altanería  y  otras  cualidades  nada  buenas  del  procesa- 
do. Pero  en  conjunto  ni  es  tal  proceso,  ni  merece  tanta  y  tan  entera 
fe  como  le  han  dado  modernos  historiadores. 

Que  hubo  no  uno,  sino  varios  procesos  contra  Antonio  Pérez, 
es  indudable;  que  se  tomaron  muchas  declaraciones,  cuyo  paradero 
se  ignora,  también  se  convence  con  documentos  contemporáneos. 

Felipe  lí,  en  la  cédula  de  desistimiento  ante  los  tribunales  arago- 
neses de  la  prosecución  del  proceso  contra  Pérez  sobre  la  muerte  de 
Escobedo  y  otros  cargos,  dice:  «Y  en  virtud  de  los  Privilegios  de 
Procuradores  Fiscales  míos  en  el  dicho  Reyno  (de  Aragón),  se  dio 
demanda  y  acusación  criminal  contra  Antonio  Pérez  en  la  corte  del 
Justicia  de  Aragón,  sobre  la  muerte  del  secretario  Scobedo,  de 
cifrar  falsamente  y  descubrir  secretos  del  Consejo  de  Estado,  y  otros 
casos  que  se  contienen  en  el  Proceso  que  sobre  esto  pende,  intitula- 
do: Processus,  etc.  (4).» 

La  Junta  de  Madrid,  nombrada  por  Felipe  II  para  entender  en  la 


(1)  Ya  queda  indicado  que  el  publicador  fué  probabilísimamente  Valla- 
dares. 

(2)  Nueva  Luz...,  pág.  415-447. 

(3)  ídem,  id. 

(4)  Guadalajara  y  Xabierr:  Quarta  parte  de  la  Historia  Pontifical,  pági- 
na 8,  c.  1. 

21 


298  ANTONIO  PÉREZ 

prisión  y  castigo  de  los  cómplices  en  el  asesinato  de  Escobedo  y  en 
la  fuga  de  Pérez,  habla  repetidamente  del  proceso  hecho  en  Cas- 
tilla (1). 

El  P.  Jerónimo  de  Sepúlveda  escribe  que  de  todas  las  maldades 
que  se  imputaban  al  diabólico  secretario,  «tomósele  lo  más  esencial, 
hizósele  un  terrible  proceso  y  probósele  delitos  atrocísimos,  que  por 
el  menor  merecía  mil  muertes»;  y  hablando  del  envenenamiento  de 
don  Juan  de  Austria,  que  Pérez  achacaba  a  Felipe  II,  pone  estas  pa- 
labras: « Y  porque  él  (Pérez)  había  descubierto  que  había  hecho  matar 
a  su  hermano  el  señor  don  Juan,  y  que  por  esto  le  persigue.  Y  pregun- 
tado cómo  lo  sabe,  dice  que  altercándose,  etc.  (2)>;  palabras  que  pa- 
recen copiadas  de  un  proceso. 

Y  no  sólo  existió  el  proceso,  sino  que  fué  condenado  Pérez  a 
muerte  y  a  otras  penas. 

De  las  consultas  y  papeles  tocantes  al  negocio  de  Antonio  Pérez^ 
algunos  se  quemaron  y  otros  fueron  entregados  al  secretario  Idiá- 
quez,  como  se  ve  por  la  siguiente  nota:  «Quemáronse  muchos  días 
ha  diferentes  consultas  que  tocaban  a  negocios  de  Antonio  Pérez 
en  que  fué  juez  el  señor  Rodrigo  Vázquez,  y  creo  sin  duda  tuvo 
orden  del  Rey  nuestro  señor,  o  de  palabra,  o  por  fray  Diego  de 
Chaves,  su  confesor,  para  ello,  y  después  para  entregar,  como  se 
hizo,  al  secretario  Francisco  de  Idiáquez  gran  suma  de  papeles  del 
dicho  Antonio  Pérez,  que  estaban  recogidos  y  cerrados  en  una  casa 
de  accesoria  del  dicho  señor  Rodrigo  Vázquez  (3).» 
x.-Acusacianes       l.—Mucrtc  dc  Escobcdo.  Es  puuto  Suficientemente  expuesto  en  ti 

y  cargos  que  se  hi-  ,  .... 

cieron  contra  Anto-  Que  no  hay  quc  msistir. 

^^^^^'^^-  2,— Descifrar  falsamente.  Extensamente  lo  trata  Martín  Hume  en 

El  Enigma  de  Antonio  Pérez,  probando  cumplidamente  cómo  el  per- 
verso e  inñel  secretario  presentaba  a  Felipe  II  por  traiciones  los  arre> 
batos  y  desazones  de  don  Juan  de  Austria. 

3.— Descubrir  secretos  de  Estado.  Este  cargo  está  probado  por  la 
sentencia  del  juicio  de  visita  que  se  hizo  a  Pérez  en  1584,  por  pala- 


(1)  Doc.  inéd.,  XV,  págs  406,  408,  409,  413,  etc. 

(2)  Historia  de  varios  sucesos,  1590,  en  La  Ciudad  de  Dios,  vol.  CXV, 
pág.  474. 

(3)  Respuesta  de  Antonio  Navarro  y  Larreategui,  secretario  de  Rodriga 
Vázquez,  dada  en  13  de  agosto  de  1599.— Doc.  inéd.,  XIII,  pág.  388. 


ANTONIO  PÉREZ  299 

bras  de  Felipe  II,  por  algunas  declaraciones  del  Proceso  criminal,  y 
por  el  testimonio  de  autores  contemporáneos  (1). 

A.— Envenenamiento  de  don  Juan  de  Austria. — Con  testimonios 
del  doctor  Bavia,  Vanderhamen  y  León,  y  Brantóme,  he  hecho  no- 
tar en  otra  parte  (2)  que  don  Juan  de  Austria  murió  probablemente 
envenenado.  Brantóme  escribe  que  en  este  hecho  «admite  excusa  la 
conducta  de  Felipe  II,  siendo  muy  reprensible  la  de  Antonio 
Pérez  (3).  > 

El  P.  Jerónimo  de  Sepúlveda  trae  acerca  de  este  punto  un  relato 
que  conviene  transcribir  íntegro.  «Al  pobre  hombre  (Antonio  Pé- 
rez)—escribe — le  traían  de  unas  partes  a  otras  y  de  una  cárcel  en 
otra  hasta  que  ultimadamente  vino  a  la  cárcel  pública  de  Madrid. 
Allí  le  tenían  entre  los  ladrones  y  salteadores,  y,  finalmente,  tenién- 
dole ya  convencido  de  mil  traiciones,  dio  el  desventurado  por  des- 
cargo que  todo  cuanto  con  él  usaba  el  Rey  era  pasión,  y  porque  él 
había  descubierto  que  había  hecho  matar  a  su  hermano  el  señor 
don  Juan,  y  que  por  esto  le  persigue. 

Y  preguntado  cómo  lo  sabe,  dice  que  altercándose  en  el  Consejo 
áe  Guerra  de  Flandes,  en  el  cual  se  halló  el  mesmo  Rey,  y  el  presiden- 
te Padilla,  y  el  marqués  de  los  Vélez,  y  él,  como  secretario,  todos  ellos 
convinieron  y  vinieron  en  que  muriere  el  señor  don  Juan,  sino  es  él  que 
lo  contradijo;  y  atestiguaba  con  testigos  muertos. 

Donde  salió  averiguado  que  él,  como  secretario  de  la  cifra  escribió 
a  Flandes,  porque  no  se  descubriesen  sus  marañas,  que  mandaban  los 
del  Consejo  que  diesen  un  bocado  al  señor  don  Juan,  y  ansí  añadió  a 
sus  muchas  traiciones  ésta  que  hizo  raya  a  todas  (4).  > 

¿Copió,  según  parece  indicar  el  contexto  de  las  palabras,  el 
P.  Sepúlveda  del  Proceso  auténtico  de  Antonio  Pérez,  o  puso  las 
frases  en  boca  del  Secretario,  imitando  la  forma  de  los  procesos? 


(1)  Véase  La  Ciudad  de  Dios,  vol.  CXV,  pág.  467-69. 

(2)  Véase  La  Ciudad  de  Dios,  voL  CXV,  págs.  475-76,  nota. 

(3)  «II  (Donjuán)  mourut  de  peste...  mais  tout  le  monde  ne  dict  pas  cela,, 
et  mesmes  en  Espaigne;  car  ont  tient  qu'il  mourut  empoisonné  par  des  botti- 
nes  parfumées...;  enquoy  le  roy  (Felipe  II)  est  excusable;  mais  Anthonio  Pérez 
tres  blasmable.»  Cita  de  Brsiíli.—Philippe  II,  roi  d'Espagne,  pág.  140,  núm.  35. 

(4)  Historia  de  varios  sucesos,  ms.  de  la  Nacional  de  Madrid,  t  I,  fo- 
lio 165  r.  y  v.,  en  La  Ciudad  de  Dios,  vol.  CXV,  págs.  474-475. 


300  ANTONIO  PÉREZ 

No  lo  sé;  pero  sea  de  ello  lo  que  fuere  no  dejan  de  ser  dignas  de 
toda  consideración  estas  gravísimas  acusaciones. 

Don  Valentín  Gómez  creyó  en  el  envenenamiento,  aun  cuando  él 
lo  achaca  a  enemigos  extranjeros,  y  copia  una  carta  del  doctor  Ramí- 
rez, médico  de  cabecera  del  hermano  de  Felipe  II,  en  la  que  se  dice 
que  dados  los  accidentes  ycircunstancias  de  la  muerte  llegaron  a  sos- 
pechar los  médicos  no  le  hubieran  dado  algo  a  don  Juan  de  Austria(l). 

Opine  el  lector  como  le  parezca  en  vista  de  los  documentos  ale- 
gados; pero  si  fuera  cierto  que  Pérez,  fingiendo  órdenes  y  acuerdos 
del  Consejo  de  Guerra  de  Flandes,  mandó  envenenar  a  don  Juan,  se 
explicaría  perfectamente  la  implacable  tenacidad  con  que  Felipe  11 
trató  de  hacer  justicia  ejemplar  en  el  perverso  Secretario. 

b.— Envenenamiento  de  don  Pedro  de  la  Hera. — Ya  Cabrera  de 
Córdoba  en  su  historia  de  Felipe  11  afirmó  que  consultado  el  astró- 
logo don  Pedro  de  la  Hera  sobre  quién  hizo  dar  muerte  a  Escobe - 
do,  respondió  que  «un  grande  amigo  suyo  que  se  halló  en  su  fune- 
ral. Antonio  Pérez— continúa  Cabrera  de  Córdoba — era  íntimo 
del  judiciario  Hera;  y  porque  no  extendiese  el  juicio  de  la  cuestión, 
estando  enfermo  le  dio  una  medicina  para  su  curación,  por  preciosa, 
con  que  murió  brevemente>  (2). 

Y  Lupercio  Leonardo  de  Argensola  relata  que  Bartolomé  de  la 
Hera,  hermano  del  astrólogo,  entabló  demanda  «querellándose  que 
teniendo  Antonio  Pérez  muy  estrecha  amistad  con  el  licenciado  Pe- 
dro de  la  Hera,  su  hermano,  que  fué  astrólogo  muy  famoso,  y  ha- 
biendo adolecido  de  la  enfermedad  de  que  murió,  le  envió  con 
nombre  de  quinta  esencia  y  remedio,  veneno;  veneno  con  que  le 
mató,  sepultando  los  secretos  y  confianzas  que  en  el  dicho  Pedro  de 
la  Hera  había  depositado>  (3). 


(1)  Carta  del  doctor  Ramírez.  «Señor:  martes  16  de  octubre  de  1578.  A  las 
ocho  de  la  noche  el  serenísimo  señor  don  Juan  de  Austria  sintió  una  calentura 
lenta...  En  esta  tierra  mueren  muchos  de  tabardillos,  pero  ninguno  con  tantos 
accidentes;  de  modo  que  es  negocio  de  tal  calidad,  que  nos  paso  a  los  médicos 
en  alguna  sospecha  no  le  hubieran  dado  algo,  aunque  no  nos  determinamos  a 
afirmarlo.»  Felipe  11.  Estudio  histórico-critico  por  D.  Valentín  Gómez.  Con  una 
carta-prólogo  de  D.  Marcelino  Menéndez  y  Pelayo.  Año  1879.  Madrid,  pági- 
nas 185-189. 

(2)  Felipe  Segundo,  II,  lib.  XII,  cap.  III,  pág.  449. 

(3)  Información  de  los  Sucesos  del  Reino  de  Aragón  en  1590  y  1591,  Ma- 


ANTONIO  PÉREZ  301 

En  carta  al  gobernador  de  Aragón  en  octubre  de  1590  decía  Fe- 
lipe II:  «Por  el  deseo  que  tengo  de  que  en  todo  lo  que  se  trata  del 
castigo  de  los  delictos  de  Antonio  Pérez  se  acierte,  y  no  siendo  de 
los  menores  que  ha  cometido  la  muerte  de  Pedro  de  la  Era,  por  ser 
tan  alevosa  y  en  sacerdote,  deseo  entender  en  qué  está  aquel  proce- 
so, y  dentro  de  cuánto  tiempo  poco  más  o  menos  podrá  senten- 
ciarse>  (1). 

En  8  de  marzo  de  1591  escribía  el  marqués  de  Almenara  al  Rey: 
<E1  proceso  de  Pedro  de  la  Era  está  ya  puesto  en  sentencia»  (2);  sen- 
tencia que  habría  de  darse  el  10  de  mayo  (3). 

Los  testimonios  que  se  acaban  de  alegar  se  reñeren  al  proceso 
entablado  en  Aragón,  y  a  consecuencia  de  éste  se  entabló  otro  en 
Castilla  (4),  porque  —son  palabras  de  Bartolomé  de  la  Mera — «ha- 
biendo acusado  criminalmente  en  el  reino  de  Aragón  al  dicho  An- 
tonio Pérez  sobre  la  muerte  del  licenciado  Pedro  de  la  Hera,  mi 
hermano,  y  habiéndole  averiguado  el  dicho  delito,  el  dicho  Antonio 
Pérez,  viéndose  convencido  de  él,  entre  otras  falsedades  que  ha  pro- 
curado hacer  para  ofuscar  esta  verdad,  presentó  por  testigos  a  los 
susodichos»  Juan  de  Tovar,  primo  hermano  y  criado  de  Pérez,  y 
Antonio  Ortiz,  los  cuales  falsamente  juraron  y  depusieron,  «persua- 
didos por  el  dicho  Antonio  Pérez>,  que  la  bebida,  o  quinta  esencia 
que  mató  al  astrólogo  la  probaron  un  fraile  dominico  y  otras  per- 


drid,  1808.  Cita  de  D.  J.  Fernández  Montaña:  De  cómo  Felipe  II  no  mandó  ma- 
tar á  Escobedo,  pág.  86. 

(1)  Doc.  inéd.y  XII,  pág.  55. 

(2)  ídem  id.,  id.,  pág.  125. 

(3)  ídem  id.,  id.,  págs.  144-145. 

(4)  P.  Enrique  Herrera  y  Oria,  S.  J.:  A  propósito  de  la  muerte  de  Escobedo. 
¿Envenenó  Antonio  Pérez  (el  secretario  de  Felipe  11)  al  clérigo  D.  Pedro  de  la 
Hera?  Estudio  histórico  basado  en  el  proceso  manuscrito  que  se  conserva  en 
la  Universidad  de  Deusto  (Bilbao).  Con  las  licencias  necesarias.  {Escadito.) 
Madrid,  «Razón  y  Fe»,  plaza  de  Santo  Domingo,  14,  bajo,  1913.  4.°,  de  46  pá- 
ginas +  1  h.  en  b. 

Según  la  descripción  que  hace  el  P.  Herrera  y  Oria,  la  parte  del  manuscrito 
que  contiene  este  proceso  consta  de  175  folios,  en  4.»,  copiados  hacia  la  pri- 
mera mitad  del  siglo  XVII. 

Es  de  lamentar  que  el  P.  Herrera  y  Oria  no  lo  haya  publicado  integro  con- 
tentándose con  una  mínima  parte,  pues  en  las  cosas  de  Antonio  Pérez  y  Feli- 
pe II  cuesta  tanto  ver  claro  en  muchos  puntos,  que  siempre  se  han  de  agrade- 
cer aun  los  más  tenues  e  indirectos  rayos  de  luz. 


302  ANTONIO  PÉREZ 

sonas  que  estaban  presentes.  Lo  cierto  es  que  La  Hera  desde  el 
punto  y  momento  que  tomó  el  bebedizo  no  volvió  a  hablar,  ex- 
pirando horas  después.  En  acabando  de  tomar  la  bebida— declara 
doña  Juana  de  Ribera,  que  se  halló  presente—,  «antes  que  el  dicho 
secretario  Antonio  Pérez  se  apartase  de  la  dicha  cama,  se  le  había 
quitado  la  habla  al  dicho  licenciado  Pedro  de  La  Hera,  porque  nun- 
ca respondió  más  ni  pudo  aunque  le  daban  voces  y  hacían  muchas 
preguntas,  y  ansí  estuvo  como  penando  y  apretada  la  boca  sin  que 
se  la  pudiesen  abrir  hasta  las  doce  de  la  noche  del  mismo  día,  que 
expiró,  dando  un  grito  al  mismo  tiempo  que  expiró>  (1). 

Este  crimen  lo  realizó  Pérez,  dando  por  su  propia  mano  a  su 
amigo  la  quinta  esencia,  entre  cinco  y  seis  de  la  tarde  del  5  de  no- 
viembre de  1583. 

Resultó  del  proceso  que  ni  Tovar  ni  Ortiz  estuvieron  presentes 
en  el  acto  de  suministrar  Pérez  la  bebida  a  La  Hera,  siendo  los  dos 
condenados  por  testigos  falsos  «a  que  de  la  cárcel  y  prisión  en  que 
están  sean  sacados  caballeros  en  sendos  asnos  de  albarda,  con  soga 
de  esparto  al  pescuezo,  con  voz  de  pregonero  que  manifieste  su  de- 
lito, o  sean  traídos  a  la  vergüenza  pública  por  las  calles  acostumbra- 
das de  esta  Villa,  o  vueltos  a  la  cárcel,  y  de  allí  sean  llevados  a  las 
galeras,  y  allí  sirvan  a  su  Majestad  por  galeotes  al  remo  y  sin  sueldo 
por  tiempo  de  diez  años>  (2). 

Esta  sentencia  la  dio  el  alcalde  de  corte  Dr.  Pareja  de  Peralta, 
en  24  de  abril  de  159L 

Mignet,  o.  c,  pág.  53,  escribió  que  Pedro  de  la  Hera  murió  de 
muerte  natural.  Como  se  ve,  estaba  más  en  lo  cierto  Cabrera  de 
Córdoba. 

6.— Muerte  de  Rodrigo  Mangado  (3)  y  otras. — A  Rodrigo  Manga- 
do parece  que  le  dio  la  quinta  esencia  el  escritor  D.  Baltasar  de  Ala- 
mos Barrientos,  traductor  y  comentador  de  Tácito,  grande  amigo  e 
íntimo  de  Pérez,  que  pasó  en  prisión  muchos  años.  No  sé  si  se  for- 


(1)  Herrera  y  Oria,  o.  c,  págs.  19  y  25. 

(2)  Herrera  y  Oria,  o.  c,  pág.  44. 

(3)  Mignet  y  otros  autores  escriben  Morgado;  pero  en  el  proceso  publicado 
por  el  P.  Herrera  y  Oria,  y  en  los  Documentos  inéditos  se  lee  como  yo  he 
puesto. 


ANTONIO  PÉREZ  303 

inalizó  el  proceso  de  la  muerte  de  Mangado,  aunque  sí  consta  que  se 
pensó  en  ello  (1). 

Además  de  las  muertes  de  La  Hera  y  Mangado,  se  atribuyeron 
también  a  efectos  de  la  quinta  esencia  la  de  tFruca  (2),  oficial  ma- 
yor y  muy  privado>  de  Antonio  Pérez;  la  de  ^Miguel  Pérez*,  oficial  y 
deudo  del  secretario,  y  la  de  ^Campos*,  su  capellán,  si  bien  este  últi- 
mo pudo  morir  de  una  operación  quirúrgica  que  le  hicieron  (3). 

7. — Crimen  de  sodomía.— "tX  P.  Jerónimo  de  Sepúlveda  dice  que 
entre  otras  cosas  le  fué  probado  a  Pérez  ser  «sohomético»,  crimen 
que  las  leyes  de  entonces  castigaban  terriblemente,  condenando  a 
ser  quemado  vivo  el  transgresor.  Esta  acusación  está  plenamente 
confirmada  y  no  hay  que  pararse  en  probarla  (4). 

^.—  Crimen  de  herejía.— Por  inteligencias  con  Enrique,  príncipe 
de  Eearn,  después  Enrique  IV  de  Francia,  y  haber  intentado  huir  de 
las  cárceles  de  Zaragoza,  «pasándose  a  los  herejes  de  Francia>,  y 
por  ciertas  proposiciones  malsonantes,  trataron  los  inquisidores,  en 
marzo  de  1591,  de  reclamar  al  preso  y  llevarlo  a  sus  cárceles  (5). 
Mucho  se  ha  declamado  contra  Felipe  II,  suponiendo  que  hallándo- 
se ya  sin  medios  para  perseguir  a  Pérez,  y  en  su  sed  de  venganza, 
echó  mano  del  tremendo  Tribunal.  Todo  es  patraña.  La  Junta  de 
Madrid,  que  deseaba  el  pronto  castigo  de  Pérez,  puso  reparos  a  que 
la  Inquisición  le  procesara,  precisamente  porque  sus  trámites  eran 
largos,  y  porque  el  Rey  y  los  miembros  de  la  Junta  veían  en  el  Santo 
Oficio  un  estorbo  para  traer  al  secretario  a  Castilla.  Sólo  cuando 
los  demás  medios  resultasen  demasiado  lentos  o  ineficaces  se  debía 
acudir  a  la  Inquisición  (6). 


(1)  «Sobre  las  muertes  de  Mangado  y  de  Pedro  de  la  Era  que  se  le  han  de 
acusar  a  Antonio  Pérez...»  Doc.  inéd.,  XV,  pág.  416.  Consulta  de  la  Junta  de 
Madrid  al  Rey  en  7  de  junio  de  1590. 

(2)  Fuica  he  leído  en  otros  documentos. 

(3)  Herrera  y  Oria,  o.  c,  págs.  27-28. 

(4)  Véanse  las  declaraciones,  que  la  decencia  impidió  publicar  íntegras,  en 
la  Colección  de  Doc.  inéd.,  XII,  págs.  193-94,  226-29,  256-58  y  392. 

(5)  Carta  del  marqués  de  Almenara,  en  Doc.  inéd.,  XII,  pág.  138. 

(6)  «Estando  condenado  a  muerte  en  Castilla,  y  habiéndose  de  ejecutar  di- 
cha pena  en  el  reino  de  Aragón  o  fuera  de  él,  se  podria  sospechar  que,  temien- 
do los  inquisidores  de  caer  en  irregularidad  por  el  entregalle  a  los  ministros 
reales,  rehusarían  de  hacello  por  la  dicha  irregularidad.»  Doc.  inéd.y  XV,  pá- 
ginas 138-140. 


304  ANTONIO  PÉREZ 

X!.- Sentencias        Escribe  cl  P.  Jerónimo  de  Sepúlveda:  «Entre  otros  cargos  que  le 
Pérez.  hicieron  (a  Pérez)  fué  uno  que  diese  cuenta  de  trescientos  mil  duca- 

teifcia'"*^*  ^*""  dos  que  dejó  Ruy  Gómez,  que  era  público  que  él  los  había  despen- 
dido, y  ansí  en  la  primera  sentencia  que  le  dieron  le  mandaron  que 
volviese  a  los  herederos  de  Ruy  Gómez  los  trescientos  mil  ducados; 
por  lo  cual  le  confiscaron  todos  sus  bienes  y  se  vendían  pública- 
mente. 

>En  la  plazuela  de  Santa  María  los  tenían  y  allí  los  guardaban 
guardas  de  noche,  y  siendo  yo  seglar  los  vi  allí  mil  veces,  y  tenían 
muchas  joyas  y  preseas...  Todo  se  vendió  a  menos  precio»  (1). 

¿Cuándo  se  dio  esta  primera  sentencia?  Lo  ignoro;  pero  tuvo  que 
ser  antes  de  agosto  o  setiembre  del  año  1583,  tiempo  probable  de 
la  ida  del  P.  Sepúlveda  a  la  Universidad  de  Alcalá  a  proseguir  sus 
estudios,  y  desde  donde  vino,  a  fines  de  aquel  año,  a  este  Monaste- 
rio de  San  Lorenzo,  tomando  el  hábito  de  Jerónimo  el  24  de  enero 
de  1584  (2). 
Segundasen-        Eué  dada  en  enero  o  febrero  de  1585,  y  según  el  manuscrito  del 

tencia.  .  >  j       t> 

Mmisterio  de  Negocios  Extranjeros  de  Francia,  decía  así: 

*El  licenciado  don  Tomás  Salazar,  del  Consejo  de  S.  M.  por  la 
Santa  y  General  Inquisición,  Comisario  general  de  Cruzada,  etc. 
Atendido  a  que  deseando  S.  M.  saber  y  conocer  cómo  le  han  ser- 
vido sus  secretarios  de  la  Corona  de  Castilla,  así  como  también 
la  fidelidad,  integridad,  y  celo  en  el  ejercicio  de  sus  ministerios  y 
cargos,  ha  mandado  que  fueran  sometidos  a  la  visita,  comisionán- 
donos al  efecto;  nosotros  hemos  practicado  primeramente  diversas 
pruebas  y  diligencias,  en  virtud  de  las  cuales  nos  ha  parecido  con- 
veniente notificar  a  alguno  de  ellos  los  hechos  que  estaban  a  su  car- 
go; cuya  (sic)  notificación  efectuada,  los  hemos  oído  en  sus  justifica- 
ciones, y  llevado  así  a  cabo  el  procedimiento  de  la  visita.  S.  M.  ha  re- 
suelto nombrar  y  ha  nombrado,  en  efecto,  varios  jueces,  a  fin  de  que 
todos  reunidos  examinemos  y  revisemos  dicho  procedimiento,  y  fa- 
llemos según  justicia. 

Y  habiendo  considerado  así  los  cargos  y  justificaciones  del  secre- 


(1)  Historia  de  varios  sucesos,  ms.  de  la  Nacional  de  Madrid,  1. 1,  fol.  165  r.,. 
publicado  en  La  Ciudad  de  Dios,  vol.  CXV,  pág.  474. 

(2)  Véase  La  Ciudad  de  Dios,  vol.  CXI,  pág.  361. 


ANTONIO  PÉREZ  305 

tario  de  Estado  Antonio  Pérez,  dicho  Pérez,  después  de  consulta  ele- 
vada a  S.  M.,  ha  sido  condenado  a  encierro  y  detención  en  la  forta- 
leza que  S.  M.  se  digne  señalar,  por  espacio  de  dos  años  y  más,  se- 
gún el  Rey  estime  conveniente;  a  ser  formalmente  desterrado  a 
treinta  leguas  de  distancia  de  la  corte  por  diez  años;  y  a  suspensión 
de  sus  funciones  por  igual  espacio  [de  tiempo?],  quedando  por  lo 
demás  una  y  otra  pena  a  discreción  de  S.  M.  y  de  sus  sucesores.  En 
dicho  destierro  contará  el  tiempo  de  la  reclusión  y  arresto  en  la  for- 
taleza, y  en  caso  de  infracción,  la  pena  será  doble. 

Además,  y  en  los  nueve  primeros  días  siguientes,  pagará,  entre- 
gará y  restituirá  doce  millones  doscientos  veinticuatro  mil  setecien 
tos  noventa  y  tres  maravedís  en  el  modo  y  forma  siguiente: 

2.070.385  que  ha  recibido  y  le  fueron  remitidos  a  Ñapóles  por 
cuenta  de  la  señora  doña  Juana  (sic)  de  Mendoza  y  de  la  Cerda,  prin- 
cesa de  Eboli,  salvo  el  derecho  que  él  pueda  tener  a  cobrar  de  dicha 
Princesa  cierto  censo  impuesto  a  sus  bienes  y  que  él  dice  pertenecería 

ítem:  ocho  cobertores  nuevos,  bordados  de  oro  y  plata  sobre  ter- 
ciopelo carmesí,  recibidos  de  dicha  Princesa,  tales  y  tan  buenos  como 
cuando  le  fueron  entregados,  si  es  que  no  prefiere  pagar  por  cada 
uno  de  ellos  300  ducados,  reservándose  el  expresado  Pérez  el  recla- 
mar contra  la  citada  Princesa  por  la  compensación  que  él  manifiesta 
haberla  dado. 

ítem:  dos  diamantes  de  estima,  que  parece  haber  recibido  de  di- 
cha Princesa,  a  menos  que  pague  en  cambio  200  ducados. 

ítem:  cuatro  piezas  de  plata  labrada,  provinientes  de  la  venta  del 
conde  de  Gálvez,  y  que  ha  recibido  de  la  misma  Princesa,  tales  y 
tan  buenas  como  estaban  cuando  se  le  entregaron,  o  en  su  defecto 
44.370  maravedís. 

ítem:  una  sortija  con  un  granate,  que  ha  recibido  de  la  expresa- 
da Princesa,  o  en  su  lugar  198.750  maravedís,  a  fin  de  que  todas  las 
sumas  y  objetos  susodichos  se  remitan  y  entreguen  a  los  hijos  y  he- 
rederos del  príncipe  Ruy-Gómez,  o  por  ellos  a  quien  corresponda. 

ítem:  un  brasero  de  plata  que  ha  recibido  del  serenísimo  señor 
don  Juan  de  Austria,  tal  y  tan  bueno  como  le  fué  dado,  a  menos  de 
satisfacer  en  cambio  700  ducados  (1). 


(1)    Debe  de  haber  error  en  la  copia;  probablemente  diría  la  sentencia  se- 


Tercera  sentencia. 


306  ANTONIO  PÉREZ 

Y  por  otros  diversos  cargos  y  trasgresiones  que  resultan  de  la 
sumaria  y  por  la  misma  comprobados,  7.371.098  maravedís,  aplicado 
todo  a  la  cámara  y  fisco  de  S.  M.  (1)>. 

No  creo  que  esté  completa  esta  sentencia,  y  el  estilo  me  hace 
sospechar  que  no  ha  sido  copiada  fielmente;  pero  tal  como  la  trae 
Mignet  la  traslado  a  falta  de  otra  mejor  (2). 

<En  la  Villa  de  Madrid,  corte  de  la  Magestad  del  rey  nuestro 
señor  don  Felipe  II  (que  Dios  guarde)  a  primero  día  del  mes  de  ju- 
lio del  año  de  mil  quinientos  noventa.  Visto  por  los  señores  Rodrigo 
Vázquez  de  Arce,  presidente  del  Consejo  de  Hacienda,  y  el  licencia- 
do Juan  Gómez,  del  Consejo  y  Cámara  de  S.  M.,  el  proceso  y  causa 
de  Antonio  Pérez,  secretario  que  fué  del  Despacho  universal  de 
S.  M.,  dijeron: 

Que  por  la  culpa  que  de  todo  ello  resulta  contra  el  dicho  Anto- 
nio Pérez,  lo  debían  condenar  y  condenaban  en  pena  de  muerte 
natural  de  horca,  y  a  que  primero  sea  arrastrado  por  las  calles  pú- 
blicas en  la  forma  acostumbrada.  Y  después  de  muerto  le  sea  cortada 
la  cabeza  con  un  cuchilllo  de  hierro  y  acero,  y  sea  puesta  en  un  lu- 
gar público  y  como  cual  pareciere  a  los  dichos  señores  jueces.  Y  de 
ella  nadie  sea  osado  a  quitarla,  pena  de  muerte.  Condenáronle  en 
perdimiento  de  todos  sus  bienes,  que  aplicaron  para  la  cámara  y  fisco 
de  S.  M.  y  para  las  costas  personales  y  procesales  que  por  su  causa 
se  han  hecho.  Y  así  lo  pronunciaron,  mandaron  y  firmaron.  El  licen- 


ienta  mil  ducados.  Así  se  deduce  de  lo  que  escribieron  D.  Luis  Zapata  y  el 
P.  Fr.  Jerónimo  de  Sepúlveda.  El  primero  escribe:  «Un  solo  brasero  (de  la 
casa  de  Antonio  Pérez)  se  apreció  en  sesenta  mil  ducados.— Memorial  histórico 
español,  t.  XI,  pág.  244.— El  P.  Sepúlveda  dice  que  don  Juan  de  Austria  dejó  a 
Antonio  Pérez,  entre  otras  cosas,  «un  gran  brasero  de  plata,  riquísimo,  de  per- 
las y  piedras  preciosas,  que  después  se  tasó  y  apreció  en  ochenta  mil  ducados,» 
La  Ciudad  de  Dios,  vol.  CXV,  pág.  465. 

(1)  Citada  por  M.  Mignet:  Antonio  Pérez  y  Felipe  II,  págs,  40-41 .  Algunas  fra- 
ses de  esta  sentencia  no  están  del  todo  conformes  con  el  estilo  del  siglo  XVI, 
tal  vez  debido  a  que  Mignet  la  publicara  en  francés  en  su  obra  y  los  traducto- 
res castellanos  las  trasladaran  de  éste  a  nuestra  lengua,  sin  tener  presente 
copia  castellana  de  la  sentencia  original. 

(2)  En  el  ms.  Ce.  96  de  la  Nacional  de  Madrid  se  hallaba  copia  de  esta  sen- 
tencia, pero  ha  sido  cortada.  La  falta  ya  fué  notada  en  1877,  según  me  comu- 
nica mi  amigo  D.  Alvaro  Gil  Albacete,  secretario  de  la  Nacional. 


ANTONIO  PÉREZ  307 

«lado  Rodrigo  Vázquez.  El  licenciado  Juan  Gómez.  Ante  mí  Antonio 
Márquez  (1)>. 

De  resultas  del   proceso  que  contra  Antonio  Pérez  siguió  la    cuarta  sentencia. 
Inquisición  aragonesa,  en  el  auto  de  fe  de  20  de  octubre  de  1590,  se 
leyó  la  siguiente  sentencia: 

<Visto  por  los  inquisidores  contra  la  herética  pravedad  e  apos- 
tasía  en  el  reino  de  Aragón  con  la  ciudad  y  obispado  de  Lérida,  por 
autoridad  apostólica,  juntamente  con  el  ordinario  del  arzobispado 
de  Zaragoza,  un  proceso  de  pleito  e  causa  criminal  que  ante  nos  ha 
pendido  y  pende  entre  partes:  de  la  una  el  promotor  fiscal  de  la  fee, 
actor  acusante;  y  de  la  otra  Antonio  Pérez,  ausente  fugitivo,  secreta- 
rio que  fué  del  Rey  nuestro  señor,  residente  en  esta  ciudad,  cuya  es- 
tatua está  presente: 

Christi  nomine  invócalo:  Fallamos,  atentos  los  autos  y  méritos  del 
dicho  proceso,  [que]  el  dicho  promotor  fiscal  probó  bien  y  cumplida- 
mente su  acusación,  según  y  como  probar  le  convino:  en  consecuen- 
cia de  lo  cual  debemos  declarar  y  declaramos  al  dicho  Antonio  Pérez 
por  convicto  de  hereje,  y  por  ello  haber  caído  e  incurrido  en  sen- 
tencia de  excomunión  mayor  y  estar  della  ligado,  y  en  confiscación 
y  perdimiento  de  todos  sus  bienes,  los  cuales  mandamos  aplicar  y 
aplicamos  a  la  cámara  y  fisco  de  S.  M.  ya  su  receptor  en  su  nom- 
bre, desde  el  día  y  tiempo  que  comenzó  a  cometer  los  dichos  delic- 
tos  de  herejía,  cuya  declaración  en  nos  reservamos.  Y  relajamos  la 
persona  del  dicho  Antonio  Pérez,  si  pudiere  ser  habido,  a  la  justicia 
y  brazo  seglar,  para  que  en  él  sea  ejecutada  la  pena  que  de  derecho 
en  tal  caso  se  requiere.  Y  porque  al  presente  la  persona  del  dicho 
Antonio  Pérez  ausente  no  puede  ser  habida,  mandamos  que  en  su 
lugar  sea  sacada  al  auto  una  estatua  que  la  represente,  con  una  coro- 


(1)  Proceso  criminal...,  págs.  206-208.  M.  de  Pidal:  Historia  de  las  Alteracio- 
nes de  Aragón,  I,  págs.  427-28. 

Aun  cuando  como  de  muchos  documentos  del  Proceso,  no  se  sabe  su  origen, 
esta  sentencia  puede  ser  la  verdadera.  Que  Antonio  Pérez  fué  condenado  a 
muerte  es  certísimo.  Véanse  lo  que  en  20  de  setiembre  de  1590  decía  a  Feli- 
pe II  la  Junta  de  Madrid:  «Primeramente,  se  consideran  en  Antonio  Pérez  dos 
géneros  de  delictos. 

El  primero  es  de  los  muchos  y  graves  que  cometió  acá,  por  donde  está  con- 
denado a  muerte  y  a  las  demás  penas...*  Doc.  inéd.,  XV,  pág.  433. 


308  ANTONIO  PÉREZ 

za  de  condenado,  y  con  un  sambenito,  que  tenga  de  una  parte  las 
insignias  y  figura  de  condenado,  y  de  la  otra  un  letrero  con  su  nom- 
bre; la  cual  estatua  esté  presente  al  tiempo  que  esta  nuestra  sentencia 
se  leyere,  y  aquélla  sea  entregada  a  la  justicia  y  brazo  seglar,  acaba- 
da de  leer  la  dicha  sentencia,  para  que  la  mande  quemar  e  incinerar, 
Y  declaramos  por  inhábiles  incapaces  a  los  hijos  e  hijas  del  dicho 
Antonio  Pérez  y  a  sus  nietos  por  línea  masculina,  para  poder  haber, 
tener  y  poseer  dignidad,  beneficios  y  oficios,  así  eclesiásticos  como 
seglares  que  sean  públicos  o  de  honra,  y  no  poder  traer  sobre  sí  ni 
sus  personas  oro,  plata,  ni  perlas,  piedras  preciosas,  corales,  seda, 
chamelote,  paño  fino,  ni  andar  a  caballo,  ni  traer  armas,  ni  ejercer  ni 
usar  de  las  cosas  arbitrarias  a  los  semejantes  inhábiles  prohibidas, 
así  por  derecho  común  como  por  leyes  y  pregmáticas  destos  reinos 
e  instrucciones  del  Sancto  Oficio. 

Y  porque  sería  de  poco  fructo  pronunciar  sentencias  si  no  se 
mandasen  traer  a  debida  ejecución,  exhortamos  y  amonestamos,  y 
so  pena  de  excomunión  mayor  latae  sentenüae,  y  de  cada  quinientos 
ducados  de  oro  para  gastos  extraordinarios  deste  Sancto  Oficio  y 
otras  penas  a  nuestro  arbitrio  reservadas,  mandamos  a  todos  y  a  cua- 
lesquier  jueces  y  oficiales,  así  eclesiásticos  como  seglares,  y  otras 
cualesquier  personas  de  cualquier  estado,  grado,  dignidad  o  condi- 
ción que  sean,  que  al  dicho  Antonio  Pérez,  convencido  de  hereje  fu- 
gitivo condenado,  dondequier  que  estuviere  y  pudiere  ser  habido, 
aunque  sea  en  iglesia,  monasterio  o  otro  lugar  sagrado  y  cuanto 
quier  privillegiado,  le  sigan  y  prendan,  y  con  buena  y  fiel  custodia 
trayan  y  hagan  traer  ante  nos  para  que  del  se  haga  cumplimiento 
de  justicia,  dándoles  para  ello  auctoridad  y  poder  cumplido,  con 
apercibimiento  que  no  lo  haciendo,  mandaremos  proceder  y  se  pro- 
cederá contra  los  que  le  hablaren,  tractaren  o  comunicaren,  y  contra 
los  que  pudiéndole  prender  no  le  prendieren,  o  en  algo  de  lo  suso- 
dicho fuesen  negligentes  o  culpados,  como  contra  fauctores,  defen- 
sores y  receptadores  de  herejes,  a  ejecución  de  las  dichas  penas  y  de 
las  otras  por  derecho  estatuidas  y  ordenadas;  y  a  la  persona,  o  per- 
sonas, que  le  prendiere  y  antes  nos  trujere,  le  haremos  gracia  y  mer- 
ced de  todos  los  bienes  y  cosas  que  consigo  llevare,  y  le  concede- 
mos las  indulgencias,  gracias  y  perdones  que  por  los  Santos  Pontí- 
fices para  semejantes  casos  han  sido  concedidas. 


ANTONIO  PÉREZ  309 

Y  por  esta  nuestra  sentencia  definitiva  juzgando  ansí  lo  pronun- 
ciamos y  mandamos  en  estos  escritos  y  por  ellos  pro  tribunali  se- 
dentes. El  licenciado  Pedro  de  Zamora,  El  licenciado  Velarde  de  la 
Concha.  El  doctor  Juan  Moriz  de  Salazar.  El  doctor  Pedro  Revés. 

Dada  y  pronunciada  fué  la  dicha  sentencia  por  los  dichos  seño- 
res inquisidores  y  ordinario  que  en  ella  firmaron,  martes  veinte  de 
octubre  de  mili  y  quinientos  y  noventa  y  dos,  estando  pro  tribunali 
sedentes,  celebrando  aucto  público  de  fee  en  unos  cadahalsos  altos  de 
madera  que  para  el  efecto  se  hicieron  en  la  plaza  del  mercado  desta 
ciudad  (de  Zaragoza),  presente  el  doctor  Hierónimo  de  Leiba,  fiscal, 
y  la  estatua  del  dicho  Antonio  Pérez  con  insignias  de  relajado  y  ré- 
tulo que  declaraba  su  nombre,  en  cuya  presencia  se  leyó  en  alta  e 
inteligible  voz...>  (1). 

A  petición  de  la  familia  de  Pérez,  y  en  vista  de  los  documentos 
presentados,  demostrativos  de  haber  muerto  el  Secretario  cristiana- 
mente, la  Suprema  de  Madrid  ordenó  a  la  Inquisición  de  Zaragoza 
revisar  la  sentencia  anterior.  Hízolo  así  la  Inquisición  zaragozana  y 
promulgó  nueva  sentencia  anulando  la  de  20  de  octubre  de  1592. 
Dice  así  la  segunda  sentencia  inquisitorial: 

«Visto  por  Nos  los  inquisidores  apostólicos  contra  la  herética 
pravedad  y  apostasía  en  el  reino  de  Aragón  y  su  districto,  los  pro- 
cesos causados  en  este  Santo  Oficio  contra  Antonio  Pérez,  secretario 
que  fué  de  Estado  del  Rey  Felipe  segundo  nuestro  señor:  el  primero 
causado  hasta  veinte  de  octubre  de  mil  y  quinientos  y  noventa  y  dos, 
que  se  dio  y  se  pronunció  la  sentencia  de  relajación  contra  él;  y  el 
otro  causado  desde  veinte  y  cuatro  de  noviembre  de  mil  y  seis- 
cientos y  once,  en  que  consta  por  el  dicho  proceso  haber  deseado 
presentarse  el  dicho  Antonio  Pérez  en  este  Santo  Oficio,  que  des- 
pués se  ha  seguido  por  sus  hijos  y  herederos  que  después  de  difunto 
han  salido  a  la  defensa  de  su  memoria  y  fama:  habiendo  habido  so- 
bre ello  nuestro  acuerdo  y  deliberación  con  personas  de  letras  y 
rectas  conciencias: 

Christi  nomine  invocato:  Fallamos  atento  los  nuevos  autos  del 
dicho  proceso,  que  debemos  de  revocar  y  revocamos  la  dicha  sen- 
tencia dada  y  pronunciada  contra  el  dicho  Antonio  Pérez,  en  todo  y 


(I)    Z>oc.  wécf.,Xll,págs.  558-561. 


310  ANTONIO  PÉREZ 

por  todo,  como  en  ella  se  contiene.  Y  declaramos  deber  ser  absuelta 
su  memoria  y  fama,  y  que  no  le  obste  a  sus  hijos  y  descendientes 
del  dicho  Antonio  Pérez,  el  dicho  proceso  y  sentencia  de  relajación 
para  ningún  oficioso  honroso,  ni  deberles  obstar  a  los  dichos  hijos 
y  descendientes  lo  dicho  y  alegado  por  el  fiscal  desta  Inquisición 
contra  su  limpieza.  Y  por  esta  nuestra  sentencia  definitiva  juzgando^ 
así  lo  sentenciamos,  pronunciamos  y  mandamos  pro  iribunali  seden- 
do.  El  doctor  Miguel  Santos  de  San  Pedro.  El  doctor  don  Juan  Del- 
gado de  la  Canal.  El  licenciado  don  Fernando  de  Valdés  y  Llano  (1).» 
Fué  dada  esta  sentencia  en  Zaragoza  a  16  de  junio  de  1615. 

P.  Julián  Zarco. 
(Continuará.)  o.  s.  a. 


(1)    Doc.  inéd.,  XII,  págs.  568-69;  Cabrera  de  Córdoba:  Felipe  segundo,  IV, 
págs.  292-293. 


CATALOGACIÓN  DE  CÓDICES 


El  P.  Zacarías  García  Villada,  S.  J.,  que  ya  es  bien  conocido 
como  autorizado  historiógrafo  y  competente  catalogador  de  códices 
y  documentos,  acaba  de  publicar  una  nueva  obra  de  indiscutible 
importancia,  referente  a  los  códices  de  la  catedral  de  León  (1).  Para 
los  que  conozcan  en  su  verdadero  valer  este  género  de  estudios,  que 
por  fortuna  ya  van  siendo  muchos  en  España,  sobra  todo  elogio  que 
pudiéramos  hacer  de  nuestra  parte  acerca  de  esta  obra,  pues  por  sí 
mismos  pueden  apreciar  debidamente  su  valor  y  saben  la  prepara- 
ción que  para  empresas  de  esta  índole  se  necesita.  La  publicación 
de  esta  clase  de  catálogos  es  necesaria  de  todo  punto;  es  el  único 
modo  seguro  de  que  todos  puedan  llegar  a  conocer  con  precisión 
los  códices,  documentos  y  libros  que  se  guardan  en  las  bibliotecas 
y  archivos,  y  además  son  un  guía  para  emprender  con  acierto  estu- 
dios y  trabajos,  economizando  también  mucho  tiempo.  Sin  ellos  es 
aventurado  intentar  hacer  algo  definitivo  en  cualquier  ramo  de  la 
historia  humana. 

Todavia,  sin  embargo,  se  ha  hecho  muy  pocj  en  España  por  dar 
a  conocer  los  tesoros  literarios  que  se  conservan  en  nuestras  biblio- 
tecas y  archivos,  y  por  eso  está  a  medio  hacer  la  historia  interna 
principalmente  y  en  gran  parte  la  externa  de  nuestros  antepasados. 
Se  han  desvanecido  ya  muchas  leyendas  que  corrieron  como  histó- 
ricas, hasta  en  descrédito  nuestro,  j^ropaladas  y  fomentadas  incons- 
ciente o  malévolamente  por  algunos  españoles  y  por  muchos  ex- 
tranjeros; pero  todavía  queda  mucho  que  esclarecer  y  depurar.  En 


(1)  Catálogo  de  los  Códices  y  Documentos  de  la  Catedral  de  León,  por  Zaca- 
rías García  Villada,  S.  J.  Madrid,  Imprenta  Clásica  Española,  1919.  En  4.®  ma- 
yor, de  259  páginas. 


312  CATALOGACIÓN  DE  CÓDICES 

estos  últimos  años  se  ha  visto  más  palpablemente  la  conveniencia  y 
necesidad  de  los  catálogos,  dando  ocasión  a  bastantes  monografías 
históricas  que  bien  pueden  pasar  como  modelos  y  compararse  con 
ventaja  a  las  mejores  que  han  publicado  los  extranjeros,  y  desper- 
tando el  amor  y  el  entusiasmo  en  los  jóvenes  por  conocer  y  estudiar 
nuestras  grandezas  pasadas.  Al  conocimiento  de  nuestras  bibliotecas 
y  archivos  se  ha  de  atribuir  en  gran  parte  este  renacimiento  literario 
e  histórico  que  presenciamos. 

Afortunadamente  para  todos,  pronto  tendremos  en  nuestra  na- 
ción, es  muy  halagüeña  esperanza,  catálogos  buenos  de  las  bibliote- 
cas y  archivos  civiles  encomendados  al  Cuerpo  de  Archiveros,  Bi- 
bliotecarios y  Anticuarios,  cuya  competencia  y  laboriosidad  son 
generalmente  reconocidas.  En  llenar  con  gloria  esa  misión  está  tra- 
bajando dicho  Cuerpo  con  la  más  generosa  solicitud,  y  bien  puede 
asegurarse  que  su  obra  honrará  a  España.  Las  Instrucciones  que  ha 
publicado  para  la  catalogación  científica  de  códices,  documentos  e 
impresos,  y  a  las  que  todos  se  ajustarán  en  el  procedimiento,  son 
garantía  de  la  bondad  y  exactitud  de  su  trabajo.  Todos  deseamos 
que  cuanto  antes  podamos  contar,  como  ocurre  ya  en  otras  nacio- 
nes, con  catálogos  que  nos  den  a  conocer  la  riqueza  histórica,  cien- 
tífica y  literaria  que  aún  permanece  oculta  y  que  se  halla  puesta  bajo 
la  administración  y  tutela  del  Estado. 

También  la  Iglesia  en  España,  como  lo  ha  hecho  siempre,  con- 
tribuye ahora  al  conocimiento  y  divulgación  de  los  tesoros  históri- 
cos, literarios  y  artísticos  que  guarda  con  amor  en  las  bibliotecas  y 
archivos  de  sus  catedrales,  parroquias  y  monasterios.  Prueba  de  ello 
es  que  en  todos  los  Cabildos  figura  con  nombramiento  oficial  un 
canónigo  archivero  dedicado  más  especialmente  a  trabajos  de  cata- 
logación. 

Como  iniciativa  favorabilísima  para  tales  estudios  debe  mencio- 
narse la  preciosa  circular  que,  con  fecha  21  de  Junio  de  1914,  diri- 
gió el  actual  dignísimo  Nuncio  de  Su  Santidad,  monseñor  Ragonesi, 
a  los  eminentísimos  señores  cardenales  y  a  los  excelentísimos  y  re- 
verendísimos arzobispos  y  obispos  de  España.  Merecía  la  pena  de 
reproducirla  aquí  íntegra,  pero  por  no  alargar  este  artículo,  nos  con- 
cretaremos a  lo  que  toca  más  directamente  con  nuestro  objeto. 

Después  de  indicar  en  síntesis  lo  que  la  Iglesia  ha  hecho  para  el 


CATALOGACIÓN  DE  CÓDICES  313 

tnás  espléndido  florecimiento  de  las  Bellas  Artes,  desde  los  prime- 
ros tiempos  hasta  la  época  del  Renacimiento,  dice  monseñor  Rago- 
nesi:  «Pero  en  grado  más  alto,  si  cabe,  son  deudoras  al  Catolicis- 
mo las  ciencias  históricas;  la  Iglesia  conservó  en  los  subterráneos  de 
las  Catacumbas,  en  las  bibliotecas  de  sus  monasterios  y  las  inscrip- 
ciones de  sus  templos  el  recuerdo  de  los  más  importantes  suce- 
sos; ella  iluminó  el  criterio  de  los  historiadores,  brindándoles  es- 
tímulos, aplausos  y  magníficas  recompensas;  ella  cuenta  entre  sus 
hijos  una  serie  no  interrumpida  de  varones  eminentes  por  sus  estu- 
dios sobre  los  acontecimientos  humanos,  desde  Ensebio  de  Cesárea, 
el  biógrafo  de  Constantino,  en  el  siglo  IV,  hasta  Pastor,  famoso  his- 
toriador de  los  Papas  en  nuestros  días;  ella  inició  con  San  Agustín  y 
perfeccionó  con  Bossuet  y  con  nuestro  gran  Raimes  la  Filosofía  de 
la  Historia,  que  sintetizando  los  acontecimientos,  explica  cómo  la 
Humanidad  se  mueve  y  Dios  la  conduce  por  caminos  admirables  a 
sus  providenciales  destinos.»  Se  fija  después  en  el  diorama  artístico 
de  la  Iglesia  española  y  exclama:  «¡Cuánta  riqueza  de  pinturas,  es- 
culturas, encajes,  orfebrería  y  filigranas!  ¡Cuánto  acopio  de  pergami- 
nos, códices,  incunables  y  vitelas!  ¿No  hablan  con  harta  elocuencia 
todos  esos  tesoros  artísticos  y  documentos  históricos  que  son  admi- 
ración de  los  doctos  y  legítimo  orgullo  vuestro?» 

«Ahora  bien — dice  después—,  si  el  clero  español,  por  las  condi- 
ciones económicas  en  que  hoy  vive,  no  puede,  sino  con  grandes  sa- 
crificios, acrecentar  ese  espléndido  regalo  de  la  piedad  cristiana,  pue- 
de fácilmente  y  debe,  a  todo  trance,  conservarlo  y  transmitirlo  avara 
e  íntegramente  a  las  generaciones  venideras. 

Están  en  ello  interesadas  la  religión,  la  patria,  la  ciencia  y  las  ar- 
tes; en  ello  está  interesado  el  Sumo  Pontífice  Pío  X,  que  mira  con 
singular  complacencia  cuanto  exalta  y  ennoblece  a  esta  católica  na- 
ción; en  ello  está  interesado  de  un  modo  especialísimo  Su  Majestad 
el  Rey,  que  tanto  se  desvela  por  el  brillo  y  engrandecimiento  de  su 
querida  patria. 

¿Y  sería  posible  que  a  tantos  intereses  no  correspondiesen  los 
ministros  del  Santuario  y  diesen  así  pretexto  a  los  calumniadores  de 
la  Religión  para  señalarlos  como  negligentes  poseedores  de  los  ilus- 
tres títulos  y  blasones  de  su  grandeza?... 

No;  el  virtuoso  y  esclarecido  Clero  español,  en  quien  es  tradi- 


314  CATALOGACIÓN  DE  CÓDICES 

cional  el  amor  a  todo  lo  que  es  propia  y  genuinamente  bello,  como 
a  todo  lo  que  es  verdadero  y  bueno,  no  quedará  atrás  en  la  honrosa 
lid  por  la  cultura  y  la  civilización,  y  en  cuanto  pueda  emulará  los 
luminosos  ejemplos  de  sus  preclarísimos  antecesores. 

Sin  embargo,  a  fin  de  que  para  la  más  escrupulosa  conservación 
de  tan  rico  patrimonio  ningún  medio  falte,  parece  oportuno  sancio- 
nar esas  naturales  disposiciones  del  Clero  con  el  sello  de  un  particu- 
lar precepto. 

Por  tanto,  en  vista  de  las  razones  que  acabamos  de  indicar,  en 
virtud  de  la  autoridad  que  Nos  ha  otorgado  benignamente  el  Sumo 
Pontífice,  y  secundando  las  altas  aspiraciones  de  Su  Majestad  Cató- 
lica, hemos  venido  en  prescribir  y  ordenar,  como  en  efecto  prescri- 
bimos y  ordenamos  al  Clero  secular  y  regular  las  normas  si- 
guientes: 

1.*  Todos  los  objetos  de  valor  artístico  o  histórico,  pertenecien- 
tes a  entidades  eclesiásticas,  serán  custodiados  con  el  mayor  esmero, 
como  depósito  sagrado. 

2.^  Ni  aun  los  que  a  primera  vista  parecieren  insignificantes  po- 
drán ser  conmutados  ni  vendidos  bajo  ningún  pretexto. 

3.*  Si  para  remediar  necesidades  perentorias  fuera  preciso  ven- 
der o  conmutar  alguno  de  esos  objetos,  la  venta  o  conmutación  no 
podrá  efectuarse  sino  con  el  previo  permiso  escrito  de  la  competente 
autoridad  eclesiástica,  la  cual  no  lo  dará  sin  plena  garantía  de  que 
no  han  de  ser  exportados  a  territorios  extranjeros. 

4.^  Ni  en  los  indicados  objetos  ni  en  los  edificios  eclesiásticos  se 
practicarán  restauraciones  sin  dictamen  de  personas  peritas  y  sin  la 
seguridad  de  acertada  ejecución. 

5.^  Los  rectores  y  administradores  de  edificios  eclesiásticos  ha- 
rán exacto  inventario  de  todos  los  objetos  preciosos  y  documentos 
históricos  confiados  a  su  cuidado,  y  remitirán  copia  de  él  a  sus  res- 
pectivos Prelados. 

6.^  Como  los  archivos  capitulares  y  aun  parroquiales  poseen  có- 
dices y  documentos  importantes,  se  facilitará  en  lo  posible  su  estu- 
dio, pero  siempre  con  las  debidas  cautela  y  precauciones. 

A  fin  de  que  todos  los  eclesiásticos  se  encuentren  en  las  mejores 
condiciones  de  apreciar  el  valor  de  los  tesoros  confiados  a  su  custo- 
dia, encarecemos  la  conveniencia  de  iniciarles  en  los  estudios  de  ar- 


CATALOGACIÓN  DE  CÓDICES  315 

queología  y  paleografía,  como  se  hace  ya  con  gran  provecho  en  va* 
ríos  Seminarios. 

Encarecemos  también  a  los  sacerdotes  que,  después  del  escrupu- 
loso ejercicio  de  su  sagrado  ministerio,  dediquen  parte  de  su  tiempo 
libre  y  de  su  actividad  al  estudio  de  las  curiosidades  históricas  y  ar- 
tísticas de  sus  templos  y  archivos,  y  las  transmitan  oportunamente  a 
las  respectivas  Curias  episcopales  para  que,  salvadas  del  olvido  pe- 
ligroso con  su  publicación  en  Memorias,  folletos  y  Boletines  dioce- 
sanos, contribuyan  al  incremento  de  la  cultura  nacional. 

De  esta  manera  el  Clero  español,  tan  celoso  como  patriota,  a  los 
insignes  méritos  que  tiene  contraídos  para  con  su  amado  pueblo, 
añadirá  el  de  concurrir  al  progreso  histórico  y  artístico,  y  se  hará 
cada  día  más  acreedor  a  la  estimación  y  afecto  de  sus  conciudadanos 
y  de  cuantos  en  el  mundo  se  precian  de  ilustrados,  para  gloria  de 
Dios,  honra  de  la  Iglesia  y  lustre  de  la  nobilísima  Nación  española.> 

Se  ha  de  reconocer  que  ya  antes  y  siempre  han  sido  celosos  en 
el  cumplimiento  de  su  oficio  los  canónigos  archiveros,  pero  desde  la 
comunicación  de  esta  circular  se  ha  trabajado  más  activamente  en 
los  catálogos  de  las  bibliotecas  y  archivos  de  nuestras  catedrales  y 
parroquias.  Algunos  ya  están  terminados  y  acomodados  a  las  reglas 
críticas  que  hoy  se  exigen  para  esta  clase  de  estudios,  pero  hace 
falta  publicarlos;  así  puede  y  debe  llegar  más  fácilmente  a  todos  el 
conocimiento  de  tales  tesoros  para  su  provecho,  y  servir  a  la  vez  de 
práctica  demostración  de  lo  que  el  Clero  ha  hecho  y  hace  por  la  cul- 
tura contemporánea.  Es  de  esperar  que  dentro  de  pocos  años  ten- 
dremos ya  publicados  los  catálogos  de  todas  las  catedrales  españolas 
a  semejanza  del  Catálogo  de  los  Códices  y  Documentos  de  la  Catedral 
de  León,  mandado  redactar  por  su  actual  ilustrísimo  señor  Obispo 
Dr.  D.  José  Álvarez  Miranda,  al  P.  Zacarías  García  Villada,  y  de  mu- 
chas parroquias,  como  lo  ha  hecho  el  Lie.  Juan  Albizu,  en  su  Inven- 
tario del  Archivo  y  Fundación,  Reglamento  y  Catálogo  de  la  Biblioteca 
en  la  Parroquia  de  San  Pedro  de  Oliie  (Navarra),  que  acaba  de  pu- 
blicar. 

Aunque  no  tanto  como  el  Estado,  la  Iglesia  española  guarda  y 
conserva  en  sus  archivos  una  gran  riqueza  histórica,  literaria  y  ar- 
tística. 


316  CATALOGACIÓN  DE  CÓDICES 

Mucho  se  ha  discutido  entre  los  bibliógrafos  sobre  las  condicio- 
nes que  debe  reunir  un  catálogo  rigurosamente  científico:  «El  fin  de 
un  catálogo  de  códices,  dice  el  P.  García  Villada  (Metodología,  pá- 
gina 117),  no  es  la  publicación  de  los  textos  en  ellos  encerrados,  sino 
el  hacer  una  descripción  sumaria  del  contenido  y  del  estado  en  que 
se  encuentran  esos  mismos  códices».  Y  en  otra  parte  (Razón  y 
Fe,  XL,  475):  «El  catálogo  de  todos  estos  manuscritos  e  incunables 
tiende  a  llenar  dos  fines:  uno,  el  ayudar  a  su  conservación,  evitando 
el  que  se  pierdan,  sean  robados  o  mutilados,  y  otro  el  servir  de  guía 
a  los  investigadores.  Para  que  este  doble  fin  se  consiga,  ha  de  ser  lo 
más  completo  posible,  pero  sin  exceso,  absteniéndose  de  discusiones 
y  notas  críticas  inútiles».  Podíamos  transcribir  aquí  otros  testimonios 
de  autores  extranjeros  acerca  del  actual  concepto  científico  de  un 
catálogo  de  códices  y  documentos.  Más  adelante  verá  el  lector  nues- 
tro parecer  acerca  de  esto. 

Algunas  veces  hemos  visto  que  ciertos  críticos,  fundándose  en  lo 
que  nuestro  Menéndez  y  Pelayo  dice  de  lo  que  debe  ser  la  Biblio- 
grafía, juzgan  desacertadamente  acerca  de  los  catálogos  de  códices 
y  documentos  que  en  estos  tiempos  se  publican,  así  como  otros  es- 
critores, creyendo  seguir  aquella  misma  inspiración,  vienen  a  salirse 
de  las  reglas  generales  y  comunes  que  han  de  regir  científicamente 
los  modernos  estudios  de  catalogación.  Copiaremos  aquí,  aunque 
resulte  un  poco  larga,  la  nota  del  gran  maestro:  «Acúsase  con  fre- 
cuencia a  la  Bibliografía  por  los  extraños  a  su  cultivo,  de  ciencia  ári- 
da e  indigesta,  de  fechas  y  de  nombres,  superficial  y  pesada  al  mis- 
mo tiempo,  como  que  sólo  fija  la  atención  en  los  accidentes  externos 
del  libro,  en  la  calidad  del  papel  y  de  los  tipos,  en  el  número  de  las 
hojas,  y  limita  sus  investigaciones  a  la  portada  y  al  colofón,  sin  cui- 
darse del  interior  del  volumen,  que  para  ella  suele  estar  cerrado 
como  el  de  los  siete  sellos.  No  ha  de  negarse  que  hay  hartos  bibliófilos 
(si  tal  nombre  merecen),  acreedores  a  ésta  y  aun  a  otras  más  acres  y 
no  menos  fundadas  censuras;  y  en  verdad  que  se  duda  a  veces  entre 
la  risa  y  la  indignación  al  ver  a  ciertos  monopolizadores  de  libros 
estimar  el  mérito  de  los  trabajos  por  su  mayor  o  menor  escasez  en 
el  mercado,  despreciando,  verbigracia,  los  clásicos  griegos  y  latinos 
porque  se  encuentran  a  todas  horas,  en  cualquier  forma  y  en  varie- 
dad de  ediciones,  al  paso  que  dan  suma  importancia  a  los  tratados 


CATALOGACIÓN  DE  CÓDICES  317 

dt  Jineta,  de  esgrima,  de  cetrería,  de  tauromaquia,  de  heráldica  o  de 
arte  de  cocina,  por  raros  y  difíciles  de  encontrar  en  venta.  Y  produ- 
ce, ciertamente,  triste  impresión  la  lectura  de  muchos  catálogos 
bibliográficos,  cuyos  autores  para  nada  parecen  haber  tenido  en 
cuenta  el  valor  intrínseco  de  los  libros,  fijándose  sólo  en  insignifican- 
tes pormenores,  propios  más  de  un  librero  que  de  un  erudito.  Pero 
no  es  ese  el  verdadero  procedimiento  del  bibliógrafo  ni  puede  lla- 
marse trabajo  científico,  sino  mecánico,  el  descarnado  índice  de  cen- 
tenares de  volúmenes  cuyo  registro  externo,  arguye,  a  lo  sumo,  di- 
ligencia y  buena  fortuna,  nunca  dotes  intelectuales  ni  saber  crítico. 
Y  la  crítica  ha  de  ser  la  primera  condición  del  bibliógrafo,  no  porque 
deba  éste  formularla  con  todo  el  rigor  del  juicio  estético  y  de  la  apre- 
ciación histórica  diestramente  combinados,  sino  para  que  sepa  indi- 
car de  pasada  los  libros  de  escaso  mérito,  entresacando  a  la  par 
cuanto  de  útil  contengan,  y  detenerse  en  las  obras  maestras,  apun- 
tando en  discretas  frases  su  utilidad,  dando  alguna  idea  de  su  doc- 
trina, método  y  estilo;  ofreciendo  extractos  si  escasea  el  libro;  repro- 
duciendo íntegros  los  opúsculos  raros  y  de  valor  notable,  y  añadien- 
do sobre  cada  una  de  las  obras  por  él  leídas  y  examinadas,  un  juicio 
no  profundo  y  detenido  como  el  que  nace  de  largo  estudio  y  atenta 
comparación,  sino  breve,  ligero  y  sin  pretensiones,  como  trazado  al 
correr  de  la  pluma  por  un  hombre  de  gusto;  juicio  espontáneo  y 
fresco  (si  vale  la  expresión),  como  que  nace  del  contacto  inspirador 
de  las  páginas  del  libro;  impresiones  vertidas  sobre  el  papel  con  can- 
dor e  ingenuidad  erudita;  ¡que  obra  más  útil  a  la  par  que  delicioso, 
es  un  catálogo  bibliográfico  redactado  de  esta  manera!  Así  concebi- 
da la  Bibliografía  es  al  mismo  tiempo  el  cuerpo,  la  historia  externa 
del  movimiento  intelectual  y  una  preparación  excelente  e  indispen- 
sable para  el  estudio  de  la  historia  interna.  Los  registros  de  obras 
hechos  sin  estas  condiciones  serán  útiles  como  son  los  catálogos  de 
editores  y  libreros,  pero  no  serán  trabajo  de  literato,  sino  de  mozo 
de  cordel;  no  llamemos  a  sus  autores  bibliógrafos,  sino  acarreadores 
y  faquines  de  la  república  de  las  letras.^  (La  Ciencia  Española,  pági- 
nas 47-49  del  tomo  I  de  la  3.^  edición.) 

A  primera  vista  se  comprende  que  este  concepto  del  incompara- 
ble maestro  Menéndez  y  Pelayo  acerca  de  la  Bibliografía  no  se  debe 
ni  puede  aplicar  hoy  a  los  catálogos  de  códices  y  documentos.  Apar- 


318  CATALOGACIÓN  DE  CÓDICES 

te  de  que  no  es  ese  su  legítimo  fin,  sería  más  fácil  redactar  así  un 
catálogo,  aunque  siempre  expuesto  a  equivocadas  e  inútiles  aprecia- 
ciones literarias  por  ser  personales.  En  nuestra  opinión  no  debie- 
ran intercalarse  notas  cortas  o  amplias  extraídas  del  contenido  del 
códice,  ni  apreciaciones  personales  del  catalogador,  salvas  excepcio- 
nes rarísimas,  porque  con  ello  se  rompe  la  unidad  y  el  catálogo  está 
fuera  de  su  justo  concepto.  El  juicio  literario  toca  ya  al  estudiante 
No  puede  el  catalogador  emitir  un  juicio  acertado  por  la  diversidad 
de  materias,  de  autores,  etc.  Solamente  se  podría  hacer  con  un  corto 
número  de  códices  que  versaran  acerca  de  igual  o  parecida  materia, 
pero  entonces  más  que  un  catálogo  sería  un  estudio  de  ellos.  Es  ex- 
puesto a  no  acertar  en  la  importancia  objetiva  del  texto  de  los  códi- 
ces si  en  unos  se  ponen  notas  críticas  de  su  valor  literario  y  en  otros 
no,  pues  las  preferencias  dependen  en  este  caso  de  las  aficiones,  del 
gusto,  de  la  competencia  del  catalogador,  quedando  otros  códices 
sin  tales  notas,  que  a  juicio  de  muchos  las  merecían  mejor.  Ha  de 
evitarse  también  ilustrar  el  catálogo  con  otra  clase  de  notas,  que  a 
primera  vista  deslumbran,  pero  que  son  inútiles  y  a  veces  hasta  ri- 
diculas. Así  sucede,  para  poner  un  ejemplo  con  el  Catálogo  redacta- 
do por  el  señor  Gutiérrez  del  Caño,  en  tres  tomos,  de  los  códices 
de  varias  bibliotecas  de  Valencia,  que  ha  hecho  una  corta  biografía 
de  cada  autor,  y  quiere  registrar  los  códices  del  mismo  texto  que  se 
conservan  en  otras  bibliotecas  y  todas  las  ediciones  que  se  han  pu- 
blicado. Como  el  Catálogo  es  general,  en  él  aparecen  códices  bíbli- 
cos, de  los  Santos  Padres,  de  los  escritores  clásicos,  etc.,  y  de  todos 
estos  autores  existen  biografías  amplísimas  y  completas,  que  en  nada 
suplen  las  pocas  líneas  que  en  dicho  Catálogo  se  les  dedican. 

Dados  los  progresos  a  que  han  llegado  los  estudios  de  cataloga- 
ción, no  basta  registrar  los  títulos  de  los  códices  y  documentos  en  la 
forma  en  que  aparecen.  Eso  sería  hacer  un  simple  inventario  que, 
aunque  útil,  no  daría  a  conocer  en  algunos  casos  el  verdadero  tesoro 
de  una  biblioteca  o  de  un  archivo.  Pocas  bibliotecas  y  archivos  ca- 
recerán de  invéntanos  de  esta  clase  hechos  ya  en  el  tiempo  de  su  fun- 
dación o  poco  después.  La  experiencia  y  la  revisión  que  de  algunos 
inventarios  se  ha  hecho,  demuestra  lo  que  acabamos  de  decir. No  obs- 
tante aquellos  inventarios  respondían  al  estado  de  la  crítica  de  aque- 
llos tiempos,  y  son  muy  de  estimar. 


CATALOGACIÓN  DE  CÓDICES  319 

El  catalogador  ha  de  comprobar  que  el  título  y  el  autor  consig- 
nados en  el  códice  son  verdaderos,  pues  ocurre  en  muchos  casos 
que  necesita  rectificación.  Por  algún  error  del  copista  se  cambió  el 
nombre  del  autor  y  el  titulo,  o  por  creerlo  así  el  director  del  escrito- 
rio le  atribuyó  una  obra  que  no  es  suya,  y  después,  en  copias  poste- 
riores se  fué  perpetuando  dicho  error.  Esto  ocurre  con  alguna  fre- 
cuencia en  códices  de  la  Edad  Media.  Si  está  ya  críticamente  demos- 
trado el  error,  entonces  el  catalogador  ha  de  poner  el  verdadero 
título  y  el  verdadero  autor  en  paréntesis  cuadrado  y  dejar  consignada 
la  rúbrica  del  códice.  Ocurre  también  a  veces  que  en  el  códice  falta 
el  nombre  del  autor  por  no  conocerle  el  copista,  o  porque  era  con- 
siderada entonces  como  obra  bien  conocida,  o  porque  el  mismo 
autor  no  le  puso  o  por  otras  causas.  El  catalogador  debe  averiguar 
el  nombre  del  autor,  valiéndose  de  los  Aparatos  bibliográficos  o  de 
los  Estudios  de  crítica  e  historia  literarias,  ya  publicados  o  de  otros 
modos  y  hacerle  constar  en  el  Catálogo.  Más  difícil  es  averiguar  el 
título  y  autor  de  un  códice  cuando  está  falto  de  principio  y  de  fin, 
como  se  dan  varios  casos;  y  es  obligación  del  catalogador  trabajar  lo 
que  pueda  en  la  identificación  de  tales  códices,  y  evitar  así  sospe- 
chas imaginarias  a  futuros  investigadores.  Débese  hacer  un  cotejo 
con  el  texto  mejor  publicado,  no  para  anotar  variantes  de  más  o  me- 
nos consideración,  que  ese  no  es  el  fin  del  catalogador,  sino  para  saber 
si  el  códice  tiene  lagunas  o  adiciones  importantes,  de  tal  modo,  que 
pueda  ser  como  un  texto  nuevo;  y  en  este  caso  se  debe  hacer  cons- 
tar, pues  da  o  quita  valor  al  códice  en  manera  notable.  También  ha 
de  consignar  el  catalogador  si  está  publicado  el  texto  del  códice, 
citando  a  ser  posible  la  edición  crítica,  si  es  que  se  ha  hecho,  o  la 
última  edición,  o  la  edición  en  que  se  ha  utilizado  el  mismo  códice; 
así  se  da  una  base  segura  a  cuantos  en  adelante  quieran  estudiar  o 
utilizar  los  códices.  Todo  esto  presupone  en  el  catalogador  una  pre- 
paración muy  amplia  y  profunda,  y  es  lo  que  da  al  catálogo  un  ca- 
rácter rigurosamente  científico  y  como  hoy  exige  la  crítica  literaria. 
Sujetarse  materialmente  a  lo  que  dan  de  sí  los  códices,  es  repetir 
más  o  menos  extensamente  los  inventarios  antiguos. 

Cuando  el  códice  contiene  una  colección  de  sermones,  epístolas, 
etcétera,  aunque  sean  del  mismo  autor,  no  basta  consignar  sola- 
mente en  el  catálogo  el  ¿nc.  de  la  primera  y  el  expl.  de  la  última 


320  CATALOGACIÓN  DE  CÓDICES 

como  dice  el  P.  García  Villada  en  su  preciosa  obrita  Metodología^ 
página  120.  Así  no  queda  internamente  descrito  el  códice.  No  ocu- 
rre con  los  códices  lo  que  con  los  impresos,  los  cuales,  siendo  de 
una  misma  edición,  todos  tienen  el  mismo  orden  y  el  mismo  núme- 
ro de  sermones,  epístolas,  etc.  En  los  códices  hay  mucha  variedad^ 
unos  contienen  el  mismo  número  de  sermones  y  epístolas  y  con  el 
mismo  orden  y  otros  no.  Contribuye  también  el  especificarlos  para 
averiguar  la  familia  de  cada  códice,  además  de  dar  a  conocer  con 
exactitud  su  contenido.  Por  eso  creemos  que  deben  registrarse  indi- 
vidualmente los  sermones  y  epístolas  de  dichas  colecciones. 

Es  muy  importante  también  consignar  en  el  catálogo  todos  los 
trabajos  que  se  hayan  hecho  acerca  de  los  códices  para  orientar  y 
economizar  tiempo  a  los  investigadores,  y  aportar  materiales  para 
su  historia. 

Más  fácil  es  la  descripción  externa  de  los  códices,  y  tiene  tam- 
bién su  capital  importancia,  porque  fija  e  individualiza  a  cada  uno 
de  ellos;  sobre  todo,  cuando  no  lleva  suscripción,  ha  de  indicarse  el 
carácter  de  la  escritura  para  poder  conjeturar  la  escuela  paleográfica 
a  que  pertenece,  o  el  escritorio  en  que  se  ha  ejecutado,  o  la  nación 
de  su  origen. 

Por  si  son  de  alguna  utilidad  véanse  el  modo  y  reglas  generales 
que  hemos  seguido  en  la  redacción  del  Catálogo  de  los  códices  lati- 
nos de  la  Real  Biblioteca  del  Escorial: 

«La  descripción  de  los  códices  consta  de  tres  partes: 

1.^    En  letra  pequeña  se  consigna  la  materia  del  códice;  si  está 

a  dos  columnas;  tiempo  en  que  se  escribió  y  medida  en  milímetros. 

2.*    Se  pone  un  sumario  con  los  nombres  de  los  autores  y  obras 

que  contiene  el  códice.  Después,  indicando  los  folios,  se  transcribe, 

conservando  su  ortografía,  el  título  de  cada  obra,  y  se  copia  el  inc. 

y  des.  Cuando  contiene  obras  de  distintos  autores,  van  separadas 

en  párrafos  con  números  romanos;  y  si  hay  varias  obras  del  mismo 

autor,  van  en  el  mismo  párrafo  con  números  árabes.  Si  el  códice  está 

equivocado,  o  no  tiene  nombre  de  autor  o  título  de  la  obra,  van 

añadidos  estos  entre  paréntesis  cuadrado.  Después  de  cada  obra, 

entre  paréntesis  circulares,  se  indican  la  edición  o  colección  en  que  se 

encuentra  publicada. 

3.*    En  letra  pequeña  se  consigna  si  el  códice  tiene  miniaturas; 


CATALOGACIÓN  DE  CÓDICES  '321 

las  notas  del  copista  y  del  poseedor;  si  tiene  escudo  de  armas;  si 
lleva  adiciones  marginales  o  correcciones,  clase  de  encuademación; 
signaturas  que  ha  tenido  en  la  Biblioteca  del  Escorial  y  algunas 
otras  circunstancias  dignas  de  tenerse  en  cuenta.»  (Tomo  I,  pág.  LV.) 

*  * 

La  autoridad  de  que  justamente  goza  el  sabio  jesuíta  P.  García 
Villada,  como  dije  al  principio,  es  ya  garantía  de  la  bondad  y  exac- 
titud del  Catálogo  de  los  Códices  y  Documentos  de  la  Catedral  de  León, 
que  acaba  de  publicar. 

En  la  introducción  (págs.  9  a  29)  hace  una  precisa  reseña  de  los 
trabajos  de  catalogación  realizados  con  más  o  menos  acierto  desde 
fines  del  siglo  XII  hasta  las  Noticias  bibliográficas  y  catálogo  de  los 
códices  de  la  Sta.  Iglesia  Catedral  de  León,  que  redactaron  y  publica- 
ron en  1888  D.  Eloy  Díaz  Jiménez  y  él  austriaco  D.  Rodolfo  Beer; 
y  de  los  estudios  varios,  en  los  que  se  han  utilizado  de  modo  nota- 
ble los  códices  y  documentos  de  dicha  Catedral,  sobresaliendo  entre 
todos  los  tomos  XXXIV,  XXXV  y  XXXVI  de  la  España  Sagrada  y 
La  Iglesia  de  León  y  Monasterios  antiguos  y  modernos  de  la  misma 
ciudad,  del  agustino  P.  Risco.  Da  cuenta  después  de  los  trabajos 
materiales  preparatorios  hechos  en  el  salón  y  estantería  de  la  biblio- 
teca y  archivo,  y  «paralelamente  a  estos  trabajos  emprendimos  nos- 
otros la  labor  de  reorganización  que  se  nos  había  encomendado. 
Esta  había  de  abarcar  cuatro  operaciones,  a  saber:  clasificación,  nu- 
meración, colocación  y  catalogación  de  los  documentos».  Extracta  la 
sumaria  historia  de  la  biblioteca  que  publicaron  los  Sres.  Díaz  Jimé- 
nez y  Beer,  y  que  data  del  año  860,  en  que  el  rey  Ordoño  I  conce- 
dió al  obispo  Fruminio  I  y  demás  monjes  de  Sta.  María  y  S.  Cipria- 
no ciertos  lugares  sagrados  en  Asturias  con  sus  posesiones  y  bienes, 
entre  los  que  se  contaban  ornatus  Ecclesiae,  libros,  etc.  Presenta 
a  continuación  los  códices  más  notables  y  preciosos  que  actualmente 
posee  la  biblioteca,  como  el  famosísimo  Palimpsesto,  que  contiene 
cuatro  quintas  partes  de  la  Lex  Romana  Wisigothorum,  el  Antifo- 
nario muzárabe  con  música,  que  hasta  ahora  es  inédito  y  único;  una 
Biblia  escrita  el  año  920  por  el  diácono  Juan;  el  Liber  Comicus;  el 
llamado  Libro  de  las  estampas,  etc. 


322  CATALOGACIÓN  DE  CÓDICES 

«Otra  de  las  riquezas  de  la  Catedral  de  León  la  constituyen  los 
documentos  del  Archivo.  Estos  son  numerosísimos.  Sólo  en  perga- 
minos tiene  unos  1.800...  Pero  si  este  depósito  de  pergaminos  es 
valiosísimo  por  su  número,  aún  lo  es  mas  por  su  calidad.  Aquí  se 
encuentra  la  escritura  en  pergamino  mas  antigua  de  que  se  tiene 
noticia  en  España.  Es  la  del  rey  Silo  de  Asturias  del  año  775...  Tam- 
bién posee  el  Archivo  de  la  Catedral  de  León  el  sello  mas  antiguo 
de  los  que  se  conocen,  aunque  por  desgracia  está  roto.  Es  de  cera  y 
pende  de  un  privilegio  de  Alfonso  IV  al  Obispo  y  Canónigos  de 
Santa  María,  hecho  en  1098.*  Cree  también  el  P.  García  Villada  que 
una  Nodicia  de  Kesos  que  se  encuentra  al  dorso  de  un  documento 
perteneciente  al  Monasterio  de  S.  Justo  y  Pastor,  del  año  959,  sea 
el  documento  más  antiguo  de  cuantos  hay  memoria  en  lengua  ro- 
mance. 

En  la  descripción  de  los  códices,  que  son  53  (págs.  31  a  70),  si- 
gue el  P.  García  Villada,  en  general,  el  mismo  método  de  la  Biblio- 
theca  Patrum  Latinorum  Hlspaníensis,  de  Viena,  cuya  continuación 
le  fué  encomendada  por  aquella  Academia,  y  de  la  que  ha  publicado 
ya  el  catálogo  de  los  códices  de  Ripoll.  No  obstante,  acaso  por  el 
corto  número  de  códices  o  por  no  parecerle  de  importancia  o  por 
que  supone  en  el  lector  su  conocimiento,  en  varios  de  ellos  no  indi- 
vidualiza todos  los  tratados,  ni  los  identifica,  ni  remite  a  ninguna 
edición.  Por  ejemplo,  creemos  que  en  el  número  1  debían  registrar- 
se todas  las  Constituciones  de  Obispos  que  contiene;  en  el  6,  los 
prólogos  y  argumentos  de  cada  libro  de  la  Biblia;  en  el  8,  las  homi- 
lías de  S.  Gregorio,  y  así  en  otros  códices.  El  núm.  16  contiene  una 
ohidi— Liber  eruditionis  Principum—át  Fr.  Guillermo  Peraldo,  O.  P., 
y  no  se  identifica  en  el  catálogo,  y  lo  mismo  ocurre  en  otros  códices. 
Son  contadísimas  también  las  veces  en  que  se  consigna  la  edición 
impresa.  Dada  la  reconocida  competencia  del  P.  García  Villada  hu- 
bieran quedado  definitiva  y  científicamente  catalogados  todos  los  có- 
dices que  posee  la  catedral  de  León  si  hubiera  practicado  con  exac- 
titud las  normas  que  él  mismo  prescribe  en  su  Metodología  para  la 
catalogación  de  códices. 

La  segunda  parte  del  catálogo  contiene  la  descripción  de  los  do- 
cumentos (págs.  71  a  229),  y  está  dividida  en  tres  secciones:  Fondo 
particular,  Fondos  de  Monasterios  y  Fondo  de  la  Catedral,  que  a  la 


CATALOGACIÓN  DE  CÓDICES  323 

vez  están  subdivididas  en  varios  apartados.  El  procedimiento  que  si- 
gue es  el  corriente,  a  saber:  Un  sumario  del  contenido  del  documento 
y  después  en  letra  más  pequeña  su  descripción  externa.  De  seguro 
que  muchos  de  los  documentos  están  ya  publicados,  pero  el  P.  Gar- 
cía Villada  no  lo  consigna.  Esta  nota  hubiera  sido  de  gran  utilidad. 
Dice  en  la  Introducción  (pág.  29):  «En  la  documentación  posterior  al 
siglo  XVI  se  ha  suprimido  la  descripción  externa,  que  a  nada  con- 
duce, salvo  raras  excepciones»,  y  lo  repite  después  al  comenzar  el 
registro  de  dichos  documentos  que  están  comprendidos  desde  el  nú- 
mero 1.801  al  11.040.  Creemos  que  debía  haber  unidad  rigurosa  en 
el  catálogo.  Es  relativa  la  importancia  de  los  documentos;  para  unos 
pueden  tener  mucha  y  para  otros  poca  o  ninguna.  El  catalogador 
debe  dar  de  todos  una  descripción  completa.  Tampoco  están  bien 
especificados,  y  por  eso  no  puede  esta  parte  del  catálogo  servir  de 
guía  a  los  investigadores,  que  es  uno  de  los  fines  principales  que  se 
ha  de  pretender.  Ciertamente  que  hubiera  engruesado  algo  el  volu- 
men, pero  es  trabajo  que  debe  hacerse,  para  que  así  toda  la  docu- 
mentación que  posee  el  archivo  riquísimo  de  la  catedral  de  León 
quede  también  definitivamente  catalogada. 

Después  inserta  tres  índices  útilísimos:  uno  de  autores  y  de  mate- 
rias de  la  primera  parte  (págs.  231  a  32)  y  dos  de  la  segunda  parte, 
índice  de  personas  (págs.  233  a  241)  e  ináizt  geográfico  y  de  algunas 
materias  (págs.  243  a  259).  Enriquece  el  catálogo  al  fin  con  varias 
reproducciones  en  fotograbado  del  archivo  y  de  algunos  códices  y 
documentos. 

Para  terminar,  transcribiremos  lo  que  el  mismo  P.  García  Villada 
dice  acerca  de  la  importancia  y  valor  de  la  biblioteca  y  archivo  de 
la  catedral  de  León:  «Con  esta  documentación  ala  vista  se  pueden 
hacer  estudios  paleográficos  sobre  la  escritura  visigoda,  su  deriva- 
ción de  la  cursiva  romana,  su  época  de  florecimiento  y  su  sustitu- 
ción por  la  escritura  francesa.  El  diplomático  encuentra  aquí  abun- 
dante números  de  diplomas  particulares  y  reales,  pues  además  del 
rey  Silo,  de  Asturias,  están  representados  todos  los  reyes  de  León  y 
de  Castilla,  desde  Ordoño  II  hasta  el  siglo  XVÍ  en  sus  donaciones  y 
y  privilegios...  Pues  para  las  instituciones  jurídicas  hay  en  estos  per- 
gaminos noticias  que  en  vano  se  buscarían  en  otras  partes.  El  nota- 
riado, que  es  una  de  las  manifestaciones  de  más  significación  en  la 


324  CATALOGACIÓN  DE  CÓDICES 

vida  corporativa  de  los  pueblos,  aparece  ya  a  principios  del  siglo  X.., 
Actualmente  se  está  estudiando  con  ahinco  el  dialecto  leonés,  y  cree- 
mos que  difícilmente  habrá  una  colección  de  documentos  tan  enca- 
denada, tan  genuinamente  leonesa  y  tan  abundante  como  la  presen- 
te...  El  archivo  de  la  Catedral  de  León  es  también  muy  rico  en  sellos 
rodados,  de  cera  y  de  plomo,  y  por  lo  mismo  de  gran  interés  para 
la  sigilografía». 

Felicitamos  cordialmente  al  Iltmo.  Sr.  Obispo  de  León  por  su 
iniciativa  y  esplendidez  en  secundar  los  deseos  del  Excmo.  Sr.  Nun- 
cio en  España,  tan  amante  de  nuestras  riquezas  históricas  y  artísti- 
cas, y  al  P.  García  Villada,  incansable  trabajador,  por  dar  a  conocer 
para  provecho  de  todos  aquellas  riquezas  con  la  autoridad  y  com- 
petencia con  que  él  puede  y  sabe  hacerlo.  Ojalá  sirva  de  ejemplo  y 
estímulo  para  que  pronto  tengamos  parecidos  catálogos  de  las  bi- 
bliotecas y  archivos  de  todas  nuestras  catedrales. 

P.  Guillermo  Antolín 

o.  s.  A. 


NOTAS  DE  INFORMACIÓN 


ñcerca  de  estudios  chinos. 

Instaurare  omnia  ¿n  Chrísto,  Tal  fué  el  lema  del  inmortal  pontífice 
Pío  X,  de  feliz  recordación,  y  tal  es  y  ha  sido  siempre  el  lema  del  misionero 
católico  cuyos  triunfos  no  consisten  en  ser  coronado  con  guirnaldas  de  un 
mundo  efímero,  falaz  y  engañador,  sino  en  la  conversión  de  los  pecadores 
y  propagación  del  reinado  del  Sacratísimo  Corazón  de  Jesús  en  los  países 
infieles  e  idólatras. 

Grato,  gratísimo  y  consolador  es  para  la  Iglesia,  rodeada  de  continuo 
de  mortales  enemigos  y  de  cristianos  fríos  e  indiferentes  cuya  conducta 
acibara  su  maternal  corazón,  contemplar  desde  la  cúpula  del  Vaticano 
esa  falange  de  amantísimos  hijos  que,  en  alas  de  una  fe  ardiente  y  sin  otras 
armas  que  el  breviario  y  el  santo  crucifijo,  caminan  de  un  confín  a  otro 
del  mundo  y  recorren  países  ignotos  llevando  por  doquier  el  amor  a  Dios 
y  al  prójimo,  la  fe  y  la  esperanza,  el  patriotismo  y  la  instrucción,  la  cien- 
cia y  la  vida  a  seres  desgraciados  sumidos  en  repugnantes  idolatrías. 

Esta  es  la  labor  del  misionero  católico  y  este  es  el  timbre  de  gloria  que 
con  razón  ostenta  la  Orden  Agustiniana  de  cuyos  floridos  vergeles  ha  sali- 
do ese  grupo  de  almas  enamoradas,  admiración  de  sus  hermanos,  y  que, 
al  contacto  del  ardentísimo  corazón  del  gran  Obispo  de  Hipona,  San 
Agustín,  encontraron  el  mundo  civilizado  pequeño  para  su  celo  de  apósto- 
les, logrando  abrirse  paso  en  el  inmenso  territorio  de  China  desde  época 
muy  remota,  habiéndoles  señalado  la  Iglesia  por  campo  de  acción  el  dilata- 
do de  Hunan  Septentrional. 

Es,  en  verdad,  labor  prolongadísima  y  heroica  la  del  catequista,  pues 
abarca  muchos  sufrimientos  y  privaciones,  más  un  cultivo  incesante  de  la 
viña  ingrata  confiada  a  sus  cuidados;  pero  hay  almas  hermosas  que,  a  sus 
trabajos  de  evangelización,  no  han  vacilado  en  añadir  otros  muy  meritísi- 


326  NOTAS  DE  INFORMACIÓN 

mes,  consagrando  los  frutos  copiosos  de  su  experiencia  y  perseverante 
estudio  al  allanamiento  de  la  senda  que  han  de  seguir  los  elegidos  por 
Dios  para  el  ministerio  de  la  salvación  de  las  almas  en  el  dilatado  campo 
de  China. 

En  este  honrosísimo  número  me  cabe  hoy  la  satisfacción  inmensa  de 
contar  a  mi  muy  amado  maestro  de  chino,  Rev.  P.  Agustín  González» 
Veinticinco  años  ha  que  la  vida  del  P.  Agustín  se  desliza  oculta  y  tranqui- 
la siendo  luz  de  las  almas  que  bogan  en  el  proceloso  mar  del  paganismo, 
amigo  y  padre  cariñoso  que  tiende  su  mano  bienhechora  al  infeliz  necesi- 
tado que  implora  su  socorro,  paño  de  lágrimas  al  corazan  doliente,  y  mi- 
nistro de  Dios  que  conduce  las  almas  al  cielo,  puerto  anhelado  de  eterna 
salvación.  La  labor  evangélica  del  P.  Agustín  es  abundantísima;  pero,  a  su 
labor  de  misionero  ha  añadido  otra  muy  meritoria  ante  Dios  y  ante  los 
hombres:  la  de  facilitar  los  medios  para  la  propagación  de  la  fe  en  estos 
países,  llenando  el  vacío  inmenso  que  ha  tiempo  se  venía  sintiendo  en 
China,  y  que  era  para  el  misionero  tarea  muy  ardua,  viéndose  obligado  a 
estudiar  el  idioma  chino  sin  guía  alguno  o  con  gramáticas  que  no  se  amol- 
daban al  lenguaje  que  se  usa  en  esta  provincia  de  Hunan,  ni  estaban  es- 
critas en  castellano  que  es  la  lengua  propia  y  familiar  de  los  misioneros 
agustinos.  A  obviar  estas  dificultades  en  la  propagación  del  reinado  de  Je- 
sús en  los  corazones,  consagró  el  P.  Agustín  sus  desvelos  y  experiencia  de 
muchos  años,  cuyo  eficacísimo  y  hermoso  fruto  ha  sido  su  Gramática 
Chino-Española,  obra  reconocida  por  los  críticos  como  «un  acontecimien- 
to literario  de  los  que  se  ven  pocos  de  tanta  importancia  durante  una  cen- 
turia» y  que  ha  merecido  los  más  sinceros  elogios  de  la  Santa  Sede.  Ya  en 
carta  fechada  en  Roma  el  5  de  Marzo  de  1918,  el  Emo.  Cardenal  Prefecto 
de  Propaganda  Fide,  felicitaba  a  nuestro  actual  señor  Obispo  R.  P.  Ángel 
Diego,  por  los  progresos  de  nuestras  misiones,  y  al  R.  P.  Agustín  Gonzá- 
lez por  su  Gramática  Chino- Española]  pero  la  carta  que  se  acaba  de  reci- 
bir de  la  Sagrada  Congregación  de  Propaganda  Fide  dirigida  a  nuestro 
P.  Procurador  en  Roma,  y  que  nos  complacemos  en  publicar  en  nuestra 
revista  La  Ciudad  de  Dios,  es  la  más  alta  recompensa  al  trabajo  del  hu- 
milde misionero  por  venir  de  la  Santa  Sede,  única  Madre  tierna  que  en 
este  mundo  contempla  y  bendice  a  sus  buenos  hijos. 

El  contexto  de  la  carta  con  su  traducción,  es  como  sigue: 


NOTAS  DE  INFORMACIÓN  327 


S.    CONOREGAZIONE   DE   PROPAGANDA    FIDE 

Roma,  28  Febbraio,  1919. 

In  esecuzione  degli  ordini  di  questo  Emo.  Cardinale  Prefeito  delta 
S.  Congregazione  de  Propaganda,  il  sottoscríto  Segreiario,  esterna  alia 
P.  V.  i  süoi  seniimenii  di  gratitiidine  per  l'omaggio  preséntalo  nel  passa- 
to  mese  di  Gennaio,  della  grammatica  Cino-Spagnola  pubblicata  dal 
P.  Agosiino  González,  missionario  nelCHanan  Sett. 

La  incarica  inoltre  de  voler  pariecipare  al  sunnominaio  Padre  che 
questo  Emo.  Cardinale  Prefetio,  si  congratula  con  lui  per  il  bel  laboro 
compiulo  e  lo  incoraggia  a  continuare  a  metiere  a  profíiio  dei  suoi  con  - 
nazionali  le  profonde  cognitioni  della  lingua  ciñese  che  egli  ha  acquista- 
ío  vivendo  in  missione;  con  la  speranza  che  sia  anche  questo  un  mezzo 
per  atrarre  con  eficacia  verso  deW inmenso  popólo  Ciñese  Vinter essamen - 
to  della  benemérita  nazione  spagnola. 

Lo  scribente  poi  con  sensi  diperffeita  suma  si  conferma 

De  V,  P.  Rma.  Yermo.  Servo, 

C.  Laurenti,  Segr. 

/?.  P.  Giusseppe  Prada,  Procuratore  degli  Agosiiniani. 

TRADUCCIÓN 

S.    CONGREGACIÓN   DE   PROPAGANDA    FIDE 

Roma,  28  Febrero  de  1919. 

En  cumplimiento  de  las  órdenes  del  Emo.  Sr.  Cardenal  Prefecto  de  la 
S.  Congregación  de  Propaganda  Fide,  el  infrascrito  Secretario  le  manifies- 
ta a  V.  P.  sus  sentimientos  de  gratitud  por  el  regalo  que  le  hizo  en  el  pasa- 
do mes  de  Junio,  de  la  Gramática  Chino-Española,  escrita  por  el  M.  Re- 
verendo P.  Agustín  González,  misionero  de  Hunan  Septentrional. 

Le  encarga  y  ruega  además  que  participe  a  dicho  Padre  misionero,  que 
el  Emo.  Cardenal  Prefecto  se  congratula  con  él  por  el  hermoso  trabajo  que 
ha  llevado  a  cabo,  y  le  anima  a  continuar  sus  tareas  y  a  poner  a  disposi- 
ción y  provecho  de  sus  connacionales  los  profundos  conocimientos  de  la 
lengua  china  que  ha  adquirido  viviendo  en  la  misión;  con  la  esperanza 


328  NOTAS  DE  INFORMACIÓN 

también  que  sea  esto  un  medio  de  atraer  con  más  eficacia,  hacia  el  inmen- 
so pueblo  chino,  el  interés  y  las  miradas  de  la  benemérita  nación  española. 

El  que  subscribe  con  sentimientos  de  perfecta  estima  se  confirma. 

De  V.  P.  Rma.  V.  S. 

C.  Laurenti,  Ser. 

R.  P.  José  Prada,  Procurador  de  los  Agustinos.» 

No  dejan  de  ser,  en  verdad,  las  cordiales  frases  que  dejamos  consigna- 
das un  motivo  de  sincera  satisfacción  para  el  R.  P.  Agustín  González;  pero 
no  dudamos  tampoco  afirmar  que  para  su  corazón  de  misionero,  sólo  es 
consolador  y  recompensa  muy  colmada  el  haber  empleado  las  energías  de 
su  inteligencia  y  el  celo  ardiente  de  apóstol  en  la  causa  más  bella,  más 
hermosa  y  más  digna  de  las  almas  grandes...  en  la  causa  de  Dios. 

P.  Fr.  J.  Revuelta. 

Misionero  de  Hunan  Septentrional. 

Changteh,  ¡unió  de  1919. 


bibliografía 


Sokol.— La  cuestión  del  Adriático.— Yugoeslavia  e  Italia.— De  87  páginas 
en  16.**— Imp.  Universal.— Travesía  de  San  Mateo,  1. 

Trátase  del  pleito  de  Italia  por  la  posesión  de  la  costa  oriental  del 
Adriático  contra  los  pueblos  eslavos  del  sur  (servios,  croatas  y  eslovenos) 
que  en  la  península  balkánica  forman  un  nuevo  Estado  de  14  millones  de 
habitantes,  al  que  !a  conferencia  de  París  ha  reconocido  la  soberanía  e  in- 
dependencia. Italianos  y  sudeslavos  han  mostrado  tesón  irreductible  en  la 
defensa  de  sus  respectivos  puntos  de  vista  y  todo  lleva  a  la  conclusión  de 
que  el  problema,  sea  cualquiera  la  solución  de  ahora,  subsistirá  y  dará  mu- 
cho que  hacer  en  adelante.  Esta  impresión  producen  las  páginas  del  librito 
que  tenemos  a  la  vista  y  las  cuales  vienen  a  confirmar  la  dificultad  de  la 
solución  manifestada  en  las  perplejidades  de  la  conferencia  de  París.  Nos 
referimos  a  la  dificultad  práctica,  pues  en  la  teoría  bien  claro  está  el  pen- 
samiento consignado  en  estas  páginas. 

Divide  el  autor  su  trabajo  en  tres  partes:  el  conflicto,  el  irredentismo  y 
la  Dalmacia.  La  primera,  es  decir,  la  que  se  refiere  al  conflicto  es  la  que 
mayor  interés  ofrece,  por  constituir  como  el  nudo  de  la  cuestión.  ¿Qué  ra- 
zones invoca  el  irredentismo  italiano  para  pretender  apropiarse  Goriza- 
Gradisca,  Trieste,  Istria,  Fiume  y  Dalmacia?  El  autor  las  clasifica  en  histó- 
ricas, geográficas,  étnicas,  estratégicas  y  de  superioridad  de  civilización, 
etcétera,  y  una  por  una  las  combate  con  razonamientos  difíciles  de  resumir 
en  una  breve  reseña  bibliográfica. 

Del  argumento  étnico,  sobre  el  que  los  irredentistas  insisten  con  ma- 
yor energía,  dice  el  autor,  en  conclusión,  que  la  población  italiana  o  ita- 
lianizada no  es  más  de  una  quinta  parte  de  la  población  total  de  los  luga- 
res que  están  en  litigio.  De  ahí  que  se  huya  del  plebiscito,  por  conside- 
rarlo anticipadamente  adverso  a  los  ideales  del  irredentismo  italiano. 

Otro  argumento,  el  de  más  fuerza  sin  duda,  que  invocan  los  irreden- 
tistas, es  el  pacto  de  Londres  (26  de  Abril  de  1915),  por  el  que  Francia,  In- 
glaterra y  Rusia  reconocieron  para  Italia  como  prenda  de  su  entrada  en  la 
guerra  la  región  julia,  Trieste,  Istria,  Dalmacia,  etc.;  pero  de  ese  pacto  dice 


330  bibliografía 

el  autor  que  es  «una  monstruosidad  desde  cualquier  punto  que  se  le  mire». 
Aquellas  naciones  «pudieron  ceder  a  Italia  Marsella,  Manchester  y  Odessa, 
no  pudieron  cederle  Trieste,  Istria  y  Dalmacia  porque  no  les  pertenecían». 
El  conjunto  de  datos  consignados  en  esta  obrita  muestra  la  imposibi- 
lidad de  una  transacción  entre  italianos  y  yugoeslavos,  pues  por  cima  de 
todas  las  convenciones  actuales  el  problema  seguirá  urgiendo  con  peligra 
de  la  paz  en  Europa,  si  no  se  le  resuelve  en  conformidad  con  el  principio 
de  las  nacionalidades  y  del  derecho  de  los  pueblos  a  decidir  de  sus  desti- 
nos. Es  la  tesis  del  autor.— 5.  /?. 


J.  V.  Baiuvel:  La  Divozione  al  S.  Cuore.— Storia  e  Dottrina.— Un  vol.,  de  500 
páginas,  en  4.o.— Societá  Editrice  Vita  e  Pensiero.— Corso  Venezia,  15. 
Milano. 

Sólo  aplausos  merece  la  versión  al  italiano  de  esta  obra,  célebre  ya  en- 
tre todas  las  publicaciones  que  tratan  de  la  devoción  al  Corazón  de  Jesús. 
Su  autor,  publicista  de  relevantes  méritos,  profesor  de  Teología  en  el  Ins- 
tituto Católico  de  París,  ha  reunido  en  ella  cuanto  de  más  notable  se  ha 
escrito  doctrinal  e  históricamente  sobre  una  materia  tan  interesante  dentro 
de  la  vida  sobrenatural  del  Catolicismo;  y  por  eso  no  es  solamente  de  pro- 
vechosa lectura  para  fomentar  la  piedad,  sino  que  además  encierra  un  ar- 
senal de  conocimientos  para  los  estudiosos  que  desde  luego  se  edificarán 
no  poco  con  sus  enseñanzas.  Daremos  una  idea  sumaria  de  su  contenido. 

Habla  primeramente  el  autor  sobre  la  devoción  al  Sagrado  Corazón 
según  la  B.  Margarita  María  de  Alacoque,  para  lo  cual  cita,  transcribe  y 
somete  a  examen  los  escritos  de  la  gran  sierva  de  Dios,  y  narra  las  céle- 
bres apariciones  con  que  fué  favorecida  por  el  cielo,  continuando  después 
con  otros  capítulos  sobre  la  práctica  o  formas  varias  de  la  devoción,  sobre 
el  espíritu  de  la  misma  devoción  y  sobre  las  promesas  tan  conocidas  en  el 
mundo  católico.  Esta  es  la  primera  parte. 

La  segunda  parte  se  refiere  a  la  explicación  doctrinal  de  la  adoración 
al  Sagrado  Corazón,  es  toda  de  exposición  y  discusión  teológica.  El  objeta 
propio  de  la  devoción,  el  corazón  considerado  como  órgano  y  como  sím- 
bolo, las  relaciones  del  corazón  con  el  amor,  la  significación  del  corazón 
respecto  de  la  vida  y  de  los  hechos  de  la  persona,  la  aplicación  de  todo 
ello  a  la  persona  de  Jesucristo,  constituyen  el  asunto  de  un  capítulo  ver- 
daderamente substancioso,  en  que  se  compendia  toda  la  doctrina  referente 
a  la  adoración  del  Sagrado  Corazón  de  Jesús.  Siguen  otros  capítulos  inte- 
resantes sobre  los  fundamentos  históricos,  dogmáticos  y  filosóficos  de  la 
devoción,  con  la  reseña  de  las  controversias  habidas,  y  sobre  el  acto  pro- 


BIBLIOGRAFÍA  331 

pió  de  la  devoción  considerada  en  sí  misma  y  con  referencia  a  otras  devo- 
ciones. La  exposición  es  magistral  por  el  método  y  por  la  claridad  del 
pensamiento;  abarca  todo  lo  principal  que  se  ha  escrito  acerca  de  la 
materia. 

En  la  tercera  y  última  parte  de  la  obra  está  diseñado  con  amplitud  el 
desenvolvimiento  histórico  de  la  devoción,  comenzando  por  sus  antece- 
dentes en  los  primeros  siglos  del  Cristianismo,  hasta  esbozarse  en  los 
tiempos  de  San  Bernardo  y  San  Buenaventura.  Desde  entonces  la  devoción 
va  en  aumento,  y  el  autor  lo  demuestra  citando  las  almas  innumerables 
que  en  todas  las  naciones  contribuyeron  a  su  difusión,  desde  el  siglo  XH 
hasta  el  XVII,  en  que  aparece  la  beata  Margarita  como  un  instrumento  de 
Dios  para  organizar  la  devoción  y  el  culto,  dándole  carácter  público.  Los 
primeros  colaboradores  de  la  Santa,  como  las  expansiones  de  la  devoción 
desde  su  muerte  hasta  nuestros  días,  llenan  los  últimos  capítulos  de  esta 
obra,  que  podemos  calificar  de  fundamental  y  soberana  entre  todas  sus 
similares. 

La  traducción  italiana  está  hecha  sobre  la  quinta  edición  francesa,  y 
hemos  de  felicitar  a  la  Sociedad  Vita  e  Pensiero,  por  haber  proporciona- 
do al  público  de  su  país  y  a  cuantos  dominen  la  lengua  italiana  una  obra 
que  es  clásica  entre  los  tratados  de  la  devoción  al  Sagrado  Corazón  de 
Jesús.— R  R. 

Algunos  juicios  acerca  de  la  edición  critica  del  «Quijote»,  anotada  por  don 
Francisco  Rodríguez  Marín.  Sácalos  a  luz  extractados  y  compilados  un  ami- 
go del  editor.  Contiene  los  emitidos  por  la  señora  doña  Concha  Espina  y  los 
señores  Alonso  Cortés,  Casares,  Cavia,  Foulché-Delbosc,  Gómez  Ocaña, 
González  de  Amezúa,  ¡caza,  Julia,  Moran,  Ortega  Munilla,  Román  Salame- 
ro  y  Salcedo  Ruiz.— Madrid,  1918. 

El  título  copiado  nos  releva  de  dar  una  noticia  de  lo  contenido  en  el 
folleto.  Su  lectura  nos  ha  producido  una  impresión  de  grandeza  de  la  obra, 
por  aquellos  juicios  tan  alabada,  que  ni  tenemos  palabras  para  formular 
una  nueva  alabanza  al  lado  de  las  entonadas  tan  gallardamente  por  los 
autores  citados,  ni,  afortunadamente,  la  necesita  para  brillar  con  luz  pro- 
pia y  potente  la  obra  llevada  a  cabo  por  el  sabio  D.  Francisco  Rodríguez 
Marín. 

Por  lo  demás  hemos  de  aplaudir  la  feliz  idea  del  «Amigo  del  editor» 
al  reunir  en  este  folleto  los  juicios  que  ha  merecido  (todos  unánimemente 
laudatorios,  por  supuesto),  la  gran  empresa  felizmente  ultimada  por  el  me- 
jor comentarista  de  Cervantes.— P.  Gutiérrez, 


332  BIBLIOGRAFÍA 


LIBROS  RECIBIDOS 


La  ciencia  sociológica  a  la  luz  de  los  principios  cristianos.  Tratado  de 
Sociología  Cristiana,  por  Luis  de  Cuenca  y  de  Pessino,  con  un  prólogo 
del  Excmo.  y  Revdmo.  Sr.  Dr.  D.  Isidoro  Badía,  Obispo  de  Tarazona.— Un 
vol,  de  403  págs.,  en  8.°.— Barcelona.— Cortes,  581.— Herederos  de  Juan 
Gili,  editores.  1919. 

—Estadística  del  suicidio  en  España  (Sexenio  191 2-1917.). —Un  vol., 
de  133  págs.,  en  4.°  mayor.— Madrid.— Talleres  del  Instituto  Geográfico  y 
Estadístico,  1919. 

—Messages,  Discours,  Allocutions,  Lettres  ei  Telégrammes  de  M.  Ray- 
mond  Poincaré,  President  de  la  République  (31  Juillet  1914-17  Novembre 
1918).— Un  vol.,  de  316  págs.,  en  8.°.— Bioud  et  Cay,  éditeurs,  París,  1919. 

— P.  Ludovicus  I.  Fanfani,  O.  P.—De  ¡ndulgentiis  Manuale  Theorico- 
Practicum  ad  norman  Juris  Canonici.— Un  vol.,  de  1 10  págs.,  en  8.**. — Ro- 
mae.— Desclée  etSoccü,  editores,  1919. 

— P.  R.  Ruiz  Amado,  S.  ].— Nuestra  alegría.— ConÍQrtnddiS  familiares. 
— Un  vol.,  de  179  págs.,  en  16.°— Librería  Religiosa,  Aviñó,  20,  Barcelo- 
na, 1919. 

—Catecismo  patriótico,  por  el  P.  Ramón  Ruiz  Amado,  S.  J.— Un  foll., 
de  42  págs.,  en  16.°— Librería  Religiosa,  Avino,  20,  Barcelona,  1919. 

— Bálsamo  eficaz  para  sanar  y  precaver  las  heridas  contra  la  castidad, 
por  el  V.  P.  Antonio  María  Claret.— Un  foll.,  de  71  págs.,  en  16.— Barce- 
lona. Librería  Religiosa.  Aviñó,  20. 

—«Biblioteca  Patria»  Melitón  Sauro,  por  Isidro  Benito  Lapena,  con  un 
prólogo  del  M.  I.  Sr.  D.  Froilán  Perrino,  Lectoral  de  la  S.  I.  C.  de  Avila 
Obra  laureada  con  el  premio  Angela  D.  de  Rovera.—\Jn  vol.,  de  172  pá- 
ginas, en  12.°.— Madrid,  1919. 

—Carta  Pastoral  primera  que  dirige  a  los  fieles  de  su  Diócesis  el  IIus- 
trísimo  Señor  Obispo  de  Huesca.— Tipografía  de  la  Viuda  de  Leandro  Pé- 
rez.—Huesca. 


CRÓNICA  GENERAL 


Madrid'Escorial,  15  de  Agosto  de  1919. 

ROMA 

La  noticia  de  haber  sido  designado  directamente  por  la  Santa  Sede 
para  ocupar  la  silla  episcopal  de  Diakovar  (Croacia)  el  Sr.  Aksamovith,  sin 
que  precediera  un  acuerdo  con  el  Gobierno  de  Belgrado,  ha  dado  ocasión 
a  comentarios  sobre  las  circunstancias  nuevas  en  que  se  encuentran  aque- 
llas regiones  en  las  que  antes  regía  el  concordato  austrohúngaro. 

Un  periódico  católico  de  Italia  expone  la  situación  diciendo  que,  en 
primer  lugar,  dicho  nombramiento  no  es  un  hecho  todavía,  y,  por  otra 
parte,  la  Santa  Sede  no  necesita  el  acuerdo  preventivo  en  el  caso;  y  esto 
por  muchas  razones.  El  concordato  con  Austria-Hungría  perdió  ya  su  va- 
lor, y  el  concordato  con  Servia  no  ha  entrado  en  vigor  hasta  ahora.  Además 
no  existe  ningún  concordato  entre  Yugoeslavia  y  la  Santa  Sede.  Es  natu- 
ral—añade el  mencionado  diario— que  si  el  Gobierno  de  Belgrado  tiene 
algún  deseo  que  manifestar,  éste  debe  ser  el  de  procurar  el  establecimien- 
to de  relaciones  oficiales  del  nuevo  Estado  con  la  Santa  Sede. 

Con  ocasión  de  tales  dificultades,  los  obispos  de  Yugoeslavia  celebra- 
ron una  Asamblea  del  15  al  20  de  Julio,  presidida  por  Mons.  Bauer,  arzo- 
bispo de  Agram,  en  la  que  aprobaron  una  moción  por  la  que  se  solicitaba 
un  concordato  que  bien  podía  ser  el  de  Servia  con  sólo  extenderlo  a  todas 
las  regiones  que  hoy  constituyen  el  Estado  yugoeslavo. 

En  cuanto  al  movimiento  iniciado  en  relación  con  la  liturgia  eslava,  la 
misma  Asamblea  determinó  rodear  de  particular  realce  la  fiesta  de  los 
Santos  Cirilo  y  Metodio,  apóstoles  y  patronos  de  Yugoeslavia,  manifestan- 
do al  mismo  tiempo  sus  votos  a  favor  de  la  lengua  eslava  como  litúrgica 
para  el  nuevo  Estado.  Esta  cuestión  fué  ya  muy  movida  en  el  pontificado 
de  León  XIII  por  el  célebre  arzobispo  de  Agram,  Mons.  Strossmayer. 

—Se  ha  publicado  en  Acta  Apostolicae  Sedis  una  decisión  por  la  cual 
la  Congregación  del  Santo  Oficio  responde  a  una  pregunta  sobre  si  las 
doctrinas  conocidas  con  el  nombre  de  «teosóficas»  pueden  conciliarse  con 


334  CRÓNICA  GENERAL 

la  doctrina  católica,  y  si  es  lícito  a  los  católicos  formar  parte  de  Socieda- 
des teosóficas,  asistir  a  sus  reuniones  y  leer  sus  publicaciones.  La  Sagrada 
Congregación  concluye  por  la  negativa. 

—Durante  algunos  días,  a  consecuencia  de  una  huelga  de  tipógrafos, 
dejó  de  publicarse  L'  Osservatore  Romano,  cuyos  suscriptores  recibieron 
en  su  lugar  el  diario  de  Florencia  titulado  L'Unitá  Caiiolica.  Este  perió- 
dico ha  publicado  un  artículo  sobre  las  últimas  decisiones  de  la  Junta 
Central  o  directiva  de  la  Acción  Católica  Italiana. 

En  la  reunión  tenida  en  Roma  por  dicha  Junta  directiva,  su  presidente 
dio  cuenta  del  éxito  franco,  a  pesar  de  tantas  dificultades  como  surgieron, 
de  la  propaganda  en  favor  de  la  escuela. 

Se  tomó  en  cuenta  el  número  crecidísimo  de  oyentes  para  los  cursos 
superiores  de  Acción  Católica  en  Montecassino  y  Palermo,  y  se  decidió,  a 
ser  posible,  repetir  dentro  de  este  año  estos  cursos. 

Decidió,  asimismo,  después  de  examinar  el  movimiento  económico 
actual,  reconocer  la  necesidad  de  un  vínculo  cada  vez  más  estrecho  con  la 
Unión  Económica  Católica. 

Después  se  aprobó  la  siguiente  orden  del  día: 

«La  Junta  directiva  de  la  Acción  Católica,  haciéndose  eco  de  las  pro- 
testas que  han  levantado  en  toda  Italia  las  organizaciones  católicas  por  el 
nombramiento  del  Sr.  Qredaro  para  gobernador  del  Trentino,  deplora  vi- 
vamente que  se  envíe  para  representar  la  autoridad  del  Estado  a  una  tierra 
donde  la  libertad  de  la  escuela  y  la  educación  cristiana  son  un  celoso  pa- 
trimonio civil  a  un  señor  que  ha  unido  su  propio  nombre  a  una  infausta 
ley  escolar,  que,  contrariando  las  supremas  aspiraciones  de  los  católicos 
italianos,  ha  mantenido  la  lucha  en  favor  de  los  laicos.» 

EXTRANJERO 

Por  todas  partes  se  hace  sentir  la  carestía  de  las  subsistencias  y  prin- 
cipales elementos  de  vida  de  las  naciones,  y  de  ahí  que  en  muchos  países, 
como  Inglaterra,  Francia,  Estados  Unidos  y  Japón,  se  hayan  dado  leyes 
contra  los  acaparadores  que  se  valen  de  las  circunstancias  para  enrique- 
cerse con  grave  perjuicio  del  público.  Además  de  la  guerra  que  destruyó 
tantas  fuerzas  de  producción,  han  contribuido  a  agravar  la  escasez,  el 
aumento  del  consumo  en  los  países  sometidos  antes  al  bloqueo  y  las  per- 
sistentes huelgas  a  que  se  han  entregado  las  clases  obreras  en  la  mayoría 
de  las  naciones,  señalándose  principalmente  en  este  sentido  las  de  Inglate- 
rra y  Suiza. 

Con  motivo  de  las  huelgas  registradas  últimamente  en  Liverpool  y 


CRÓNICA  GENERAL  335 

acompañadas  de  ciertos  actos  de  bandidaje,  decía  recientemente  The  Ti- 
mes: «Se  asegura  de  que  la  autoridad  superior  está  convencida  de  que  las 
huelgas  actuales  y  los  desórdenes  a  que  han  dado  lugar,  forman  parte  de 
una  conspiración  definida  que  tiene  sus  raíces  en  el  Extranjero  y  cuyo  fin 
es  derribar  el  sistema  actual  de  gobierno  en  la  Gran  Bretaña.  Se  cree  que 
en  el  caso  de  que  la  huelga  de  la  Policía  hubiera  tenido  éxito,  habría  sido 
la  señal  de  la  ejecución  de  una  acción  directa  en  una  escala  tan  grande 
como  posible.  Existe  el  convencimiento  de  que  se  ha  importado  aquí  di- 
nero extranjero  y  que  los  fondos  serían  para  provocar  una  agitación  con 
la  intención  de  echar  por  tierra  el  orden  de  la  sociedad,  tal  como  existe 
actualmente.»  Desde  luego,  parece  haberse  descubierto  en  Londres  la  tra- 
ma de  una  gran  conspiración  de  carácter  bolcheviquista. 

Todo  ello  demuestra  el  malestar  de  los  pueblos  y  el  peligro  universal 
que  han  traído  consigo  las  teorías  comunistas  de  la  democracia  atea.  Por 
fortuna  se  ha  deshecho  el  nido  de  bolcheviques  que  con  Bela  Kun  impe- 
raban en  Hungría,  quedando  ya  solamente  el  de  Lenine  y  Trotsky  en  Rusia; 
pero  aun  así  el  peligro  es  grande  por  la  propaganda  tenebrosa  que  en  todas 
las  naciones  ejerce  el  bolcheviquismo  ruso. 

Entretanto  sigue  el  Consejo  interaliado  de  París,  disponiendo  la  nueva 
situación  de  los  pueblos  en  Europa.  En  el  tratado  con  Austria,  como  en 
el  de  Alemania,  no  se  ve  otro  límite  a  las  exigencias,  más  que  la  capacidad 
de  los  vencidos  para  poder  cumplirlas.  Si  alguna  concesión  se  les  hace, 
será  por  conveniencia  o  por  rivalidades  entre  los  aliados.  Las  protestas  de 
los  socialistas,  consignadas  en  los  últimos  Congresos  de  Amsterdam  y  Lu- 
cerna son  completamente  teóricas  en  lo  que  no  se  refiere  al  mundo  obrero. 
Preponderó  todavía  en  esos  Congresos  el  sentido  de  nación,  y  peor  será 
cuando  desaparezca  ese  valladar  qiie  hoy  encuentran  los  que  piensan  en 
una  subversión  completa  del  orden  social  presente. 


La  Semandi  Social  de  Aíéí^:.— Pertenece  esta  gran  Asamblea  católica, 
reunida  en  Metz  el  día  4  de  Agosto  a  los  pocos  hechos  consoladores  que 
nos  es  dable  registrar  en  estos  días  de  pavorosa  perspectiva. 

Conocida  es  la  importancia  que  en  la  vida  católica  francesa  tenían  las 
reuniones  celebradas  anualmente  con  el  título  de  Semanas  sociales  en  di- 
versas poblaciones  de  Francia. 

La  primera  de  ellas  tuvo  lugar  en  Orleáns  el  año  1905;  la  última  se  ve- 
rificó en  Versalles  el  año  1913.  La  de  1914,  que  debía  realizarse  en  Besan- 
gon,  se  aplazó  indefinidamente,  y  al  terminar  la  guerra,  los  católicos  fran- 


336  CRÓNICA  GENERAL 

ceses  han  creído  más  oportuno  celebrar  en  Metz,  capital  de  Lorena,  con  t) 
fin  patriótico  de  disipar  entre  sus  habitantes  los  temores  al  radicalismo  im- 
perante en  la  política  de  la  vecina  República  y  dar  muestras  de  la  vitalidad 
y  pujanza  del  catolicismo  francés. 

Muy  brillante,  en  efecto,  resultó  la  Asamblea  celebrada  del  4  al  9  de 
Agosto  con  asistencia  de  ilustres  católicos  de  todas  las  regiones  de  Francia. 
Entre  las  muchas  adhesiones  recibidas  figuraron  las  de  numerosos  repre- 
sentantes del  catolicismo  en  otras  naciones,  y  fué  una  de  ellas  muy  expre- 
siva la  del  Cardenal  Gasparri  con  la  bendición  de  Su  Santidad. 

En  la  sesión  inaugural  disertó  los  fines  de  la  Asamblea  el  presidente  de 
la  Comisión  organizadora,  M.  Eugenio  Duthoit,  catedrático  de  la  Univer- 
sidad católica  de  Lila,  quien  dedicó  sentido  recuerdo  a  los  que  fallecieron 
beneméritos  de  las  Semanas  Sociales  y  entre  ellos  al  anterior  presidente^ 
monsieur  Henri  Lorin  y  al  inolvidable  Conde  de  Mun.  Los  cursos  estuvie- 
ron a  cargo  de  eminentes  figuras  del  catolicismo  social,  que  disertaron 
sobre  muy  diversos  problemas  de  actualidad  palpitante,  y  cuyos  nombres 
son  bien  conocidos  por  su  magnífico  apostolado  del  bien.  Señalaremos 
entre  ellos  a  los  abates  Theiller  de  Poncheville,  Calippe  y  Leleu,  a  los  pro- 
fesores M.  Chabrum,  del  Instituto  Católico  de  París;  M.  Turmann,  de  la 
Universidad  de  Friburgo,  y  M.  Deslandres,  de  la  Facultad  de  Derecho  de 
Dijón,  al  P.  Danset,  de  la  Acción  Popular,  y  al  P.  Sertillanges,  una  de  las 
más  gloriosas  lumbreras  de  la  ciencia  católica  en  la  Francia  contempo- 
ránea. 

El  tratado  de  paz  con  Austria.-— E\  verdadero  enemigo  de  la  Entente, 
es  decir,  de  Inglaterra,  era  Alemania  por  su  competencia  comercial  y  por 
la  superioridad  de  sus  industrias.  De  ahí  las  hieles  que  rebosaban  del  ar- 
misticio y  las  que  rebosan  del  tratado  de  Versalles.  Austria  no  era  consi- 
derada como  verdadera  enemiga,  y,  sin  embargo  no  le  ha  ido  mejor  en  las 
condiciones  de  la  paz,  aparte  de  la  desmembración  sufrida  con  anteriori- 
dad al  armisticio. 

Las  condiciones  impuestas  a  la  nueva  República  austríaca  fueron  noti- 
ficadas  en  dos  veces  distintas  a  la  Delegación  que  preside  el  canciller 
Renner  en  San  Germán  y  de  ellas  insertaremos  un  resumen  muy  ge- 
neral. 

Respecto  a  fronteras,  el  sur  del  Tirol  pasa  a  poder  de  Italia  y  en  Corin- 
tia se  establece  una  zona  que  se  atribuirá  según  plebiscito  de  sus  habitan- 
tes. En  la  frontera  con  Hungría,  una  gran  parte  de  territorio  hasta  ahora 
húngaro,  pero  poblado  principalmente  por  alemanes,  pertenecerá  al  Aus- 


CRÓNICA  GENERAL  337 

tria  alemana.  En  la  frontera  con  Checoeslovaquia,  la  división  de  territo- 
rios queda  marcada  por  el  centro  del  río  March. 

Las  cláusulas  militares  fijan  en  un  plazo  de  tres  meses  después  de 
puesto  en  vigor  el  tratado  los  efectivos  del  ejército  austriaco;  30.000  hom- 
bres entre  oficiales  y  soldados. 

El  servicio  militar  obligatorio  será  abolido  y  el  ejército  se  empleará 
exclusivamente  para  el  mantenimiento  del  orden  interior  y  vigilancia  de 
las  fronteras. 

Austria  reconoce  la  responsabilidad  de  las  pérdidas  y  daños  ocasiona- 
dos por  la  guerra  e  impuestos  a  los  aliados  por  la  agresión  de  Austria  y 
sus  aliados.  Austria,  como  Alemania,  adquiere  el  compromiso  de  reparar 
los  perjuicios  civiles,  aunque  reconociendo  los  aliados  que  los  recursos  de 
Austria  son  insuficientes  para  la  reparación  completa. 

La  sección  especial  de  reparaciones  fijará  el  montante  de  los  daños  para 
ei  1  de  Mayo  de  1921  y  establecerá  las  épocas  y  modalidades  de  pago  de  las 
cantidades  que  se  carguen  a  Austria,  repartidas  en  los  treinta  años  calcula- 
dos según  la  facultad  de  pago  íntegro  de  Alemania.  Las  modalidades  serán 
revisadas  después  del  1  de  Mayo  de  1921,  según  la  capacidad  de  Austria. 

Como  reparación  inmediata,  Austria  pagará  hasta  el  1  de  Mayo  de  1921 
una  cantidad  razonable,  que  fijará  la  Comisión;  y  como  garantía  del  reco- 
nocimiento de  su  deuda  entregará  a  la  Comisión  bonos  en  coronas  oro, 
con  un  interés  progresivo,  y  la  cantidad  de  bonos  se  fijará  con  equidad. 

Austria  cederá  su  Marina  mercante  fluvial  a  los  aliados,  y  reemplazará 
con  fabricaciones  iguales  hasta  el  límite  de  lo  posible  el  material,  maqui- 
naría y  muebles  destruidos. 

El  capítulo  financiero  establece  un  privilegio  de  primer  rango  sobre  la 
totalidad  de  los  recursos  de  Austria  para  la  reparación  y  el  pago  del  abas- 
tecimiento. 

Los  Estados  nacidos  de  lo  que  antes  fueron  territorios  austríacos  ase- 
gurarán una  parte  fijada  por  la  Comisión,  de  la  deuda  austríaca,  compro- 
metidos o  no  antes  de  la  guerra;  pero  no  tendrán  parte  en  la  deuda  de 
guerra,  salvo  los  títulos  adquiridos  por  los  protegidos  austríacos,  para  los 
cuales  no  habrá  recurso  de  alzada. 

La  deuda  en  poder  de  los  extranjeros  antes  del  armisticio  será  cargada 
a  Austria. 

La  actitud  de  la  Prensa  austríaca,  sin  distinción  de  matices,  fué  desde 
los  primeros  momentos  de  franca  hostilidad  contra  el  tratado  redactado 
por  la  Entente,  calificándolo  de  leonino  y  excitando  al  pueblo  a  no  aceptar 
condiciones  que  en  nada  se  parecen  a  lo  proclamado  por  Wilson  en  sus 
famosos  catorce  puntos. 


338  CRÓNICA  GENERAL 

«Pasaríamos— dice  el  Neue  Wiener  Pag—dL  peores  condiciones  que  los 
negros  del  África  central  si  aceptásemos  un  tratado  que  nos  convierte  en 
esclavos  de  unos  cuantos  países. 

Para  no  poder  cumplirle— añade— ,  vale  más  que  no  firmemos.  El  nom- 
bre de  Turquía  debería  sernos  aplicado  si  aceptásemos  condiciones  tan 
brutales.  El  tratado  no  tiene  nada  de  recto  ni  de  justo,  y  pudiera  firmarlo 
Breno  sin  sonrojo.» 

Otros  periódicos  vieneses  coinciden  en  que  el  tratado  alemán  ha  sido 
mucho  más  benévolo,  y  dicen  que  la  única  salida  posible  para  Austria  es 
declararse  insolvente,  y  que  la  Entente  haga  lo  que  mejor  le  plazca. 

«Los  aliados— dice  La  Nueva  Prensa  Libre— vwen  engañados  en 
cuanto  a  nuestra  situación  angustiosa  y  trágica,  que  nos  impide  cumplir 
ninguna  cláusula  financiera,  por  muy  lógica  que  sea.» 

El  tratado  de  paz  con  Bulgaria.— E\  día  25  de  Julio  se  instaló  en 
Neuilly  la  Delegación  búlgara,  compuesta  de  los  miembros  siguientes: 
M.  Theodoroff,  presidente  del  Consejo;  Ganeff,  ministro  de  Justicia;  Saky- 
soff,  ministro  de  Comercio;  Stambulusky,  ministro  ;del  Trabajo;  Sarasof, 
ex  ministro  de  Hacienda,  acompañando  a  la  Delegación  siete  consejeros, 
entre  ellos  el  ex  presidente  del  Consejo,  Guechoff,  el  general  Lukoff,  jefe 
del  Estado  Mayor  búlgaro,  y  cierto  número  de  peritos,  secretarios  y  tele- 
grafistas. 

Aunque  todavía  no  están  ultimadas  ni  se  han  manifestado  las  condicio- 
nes de  la  paz,  se  sabe  que  en  el  seno  de  la  Conferencia  existen  muy  diver- 
sas opiniones  respecto  a  las  fronteras  grecobúlgaras.  Inglaterra,  Japón  y 
Francia  parece  ser  que  quieren  dar  a  Grecia  toda  la  Tracia  hasta  la  línea 
Edos-Midia,  facilitando  a  Bulgaria  el  acceso  al  mar  Egeo  por  medio  de 
vías  férreas  internacionales,  mientras  los  americanos  e  italianos  quisieran 
dejar  a  Bulgaria  una  gran  parte  de  la  Tracia  occidental.  Las  dificultades 
de  la  cuestión  parecen  estar  inspiradas  en  la  diversa  manera  de  apreciar 
el  acrecentamiento  del  territorio  griego  que  unos  miran  bien  y  otros  miran 
mal,  y  por  eso  se  ha  hablado  de  la  conveniencia  de  formar  allí  un  Estado 
independiente,  es  decir,  que  no  sea  griego  ni  búlgaro.  Lo  mismo  la  Dele- 
gación búlgara  que  la  griega,  presidida  por  Venizelos,  han  presentado  es- 
tos días  al  Consejo  interaliado  de  París  sus  puntos  de  vista,  opuestos  com- 
pletamente, como  es  natural. 


Fin  del  régimen  bolcheviquista  en  Hungría.— Los  planes  del  jefe  sovie- 
tista  húngaro,  Bela  Kun,  que  estaba  en  connivencia  con  Lenin  para  supri- 


CRÓNICA  GENERAL  339 

mir  el  obstáculo  de  Rumania  y  establecer  contacto  con  los  rusos,  fracasa- 
ron por  completo.  Ambos  jefes  del  bolcheviquismo  se  habían  puesto  de 
acuerdo  para  realizar  una  acción  simultánea  en  los  dos  frentes  rumanos 
del  Theiss  y  del  Dniéster,  y  la  cual  operación  debía  comenzar  el  25  de 
Julio;  pero  a  consecuencia  de  un  error  del  mando  húngaro,  la  ofensiva  de 
Hungría  comenzó  el  día  20  con  un  verdadero  desastre.  Hasta  el  23  se  sos- 
tuvieron sangrientas  batallas,  y  por  fin  el  ejército  húngaro  se  vio  obligado 
a  evacuar  toda  la  orilla  del  Theiss,  abandonando  varios  miles  de  heridos 
y  muertos  y  dejando  8.000  prisioneros. 

Mientras  en  el  frente  sufría  el  Gobierno  de  Bela  Kun  este  desastre,  por 
el  que  los  rumanos  se  acercaban  a  pasos  agigantados  sobre  Budapest,  del 
Consejo  interaliado  de  París  partía  una  comunicación  en  que  se  decía: 
« Los  Gobiernos  aliados  y  asociados  abrigan  el  deseo  de  concertar  la  paz 
con  el  pueblo  húngaro  y  poner  fin  a  un  estado'  de  cosas  que  hace  impo- 
sible el  renacimiento  económico  de  Europa  central,  y  es  un  obstáculo  a 
toda  tentativa  de  abastecimiento  de  la  población.  Es  ello  imposible  intentar 
esta  obra,  mientras  no  haya  en  Hungría  un  Gobierno  representante  del 
pueblo  y  que  ejecute,  tanto  en  la  letra  como  en  el  espíritu,  los  compromi- 
sos tomados  por  él  con  lo?  Gobiernos  asociados.  El  régimen  de  Bela  Kun 
no  responde  a  ninguna  de  estas  condiciones;  no  solamente  ha  roto  el  ar- 
misticio firmado  por  Hungría,  sino  que  en  estos  momentos  ataca  a  una 
Potencia  amiga  y  aliada...» 

Esta  declaración  de  los  aliados  y  sobre  todo  la  situación  desesperada 
del  frente,  hizo  que  se  convocara  una  reunión  del  Consejo  de  Comisarios 
del  pueblo  y  ante  ella  presentó  la  dimisión  el  Gobierno  de  Bela  Kun.  Este 
como  sus  compañeros  huyeron  a  Viena,  pero  fueron  detenidos  en  la  fron- 
tera austrohúngara  y  se  les  internó,  menos  a  Szamuelly,  antiguo  presi- 
dente del  tribunal  revolucionario  y  célebre  por  su  crueldad,  que  se  suicidó 
dejando  en  su  cartera  280.000  coronas  en  billetes.  Todos  los  demás  miem- 
bros del  Gobierno  sovietista  quedaron  internados  en  el  campo  de  Kro- 
sendorff  del  Austria  alemana. 

En  Budapest  se  había  constituido  entretanto  un  Gobierno  compuesto 
exclusivamente  de  socialistas  y  representantes  de  los  Sindicatos,  en  la  si- 
guiente forma:  Presidencia,  Julius  Beydel;  Interior,  Bayer;  Guerra,  Hau- 
brich;  Negocios  Extranjeros,  Peter  Acowton;  Instrucción  pública,  Garbal; 
Justicia,  Caramy;  Agricultura,  Takac;  Hacienda,  Miwkil;  Comercio,  Dove- 
sak,  y  Abastecimientos,  Mittelhoffre. 

Comenzó  el  nuevo  Gobierno  por  restablecer  la  propiedad  privada  y 
por  intentar  restablecer  las  relaciones  con  la  Entente,  para  que  ésta  impi- 
diera la  marcha  de  los  rumanos  contra  Budapest.  Sin  embargo,  parte  de 


340  CRÓNICA  GENERAL 

las  tropas  rumanas  llegaron  a  la  capital  y  entregaron  al  Gobierno  húngaro 
las  siguientes  condiciones  para  el  concierto  de  un  armisticio: 

«El  ejército  húngaro  quedará  reducido  a  15.000  hombres.  Deberán  en- 
tregarse o  cerrarse  las  fábricas  de  municiones  y  de  material  de  guerra.  En- 
trega de  un  50  por  100  del  material  ferroviario.  Cesión  de  un  30  por  100 
de  la  maquinaria  agrícola  y  entrega  de  un  30  por  100  del  ganado  vacuno. 
Suministro  de  10.000  vagones  de  maíz  y  de  35.000  vagones  de  cereales.» 

El  Gobierno  húngaro  acordó  dirigirse  a  la  Entente  observando  que  no 
estaba  en  condiciones  para  cumplir  tales  exigencias,  y  rogando  a  los  Go- 
biernos aliados  que  sean  arbitros  y  pronuncien  un  fallo  sobre  el  particular. 

Para  oponerse  a  las  pretensiones  rumanas  habían  entrado  en  Budapest 
Comisiones  militares  de  los  aliados  y  no  se  sabe  si  con  anuencia  o  por  ins- 
tigación de  éstos,  pero  el  hecho  fué  que  el  día  6  de  Julio,  mientras  los  mi- 
nistros celebraban  Consejo  en  el  Parlamento  nacional,  la  gendarmería 
húngara  rodeó  el  Palacio  y  se  apoderó  de  todo  el  Gobierno,  tomando  el 
Poder  el  archiduque  José  con  el  título  de  Gobernador  general,  que  nombró 
un  Gobierno  provisionalmente  hasta  que  se  lograra  uno  de  coalición. 

Informes  más  detallados  dicen  que  el  día  6  penetraron  en  la  residencia 
del  presidente  del  Consejo  húngaro,  M.  Beydel,  el  general  Schnetzer,  el 
ex  secretario  del  Consejo  Nacional,  doctor  Fritz,  y  el  ex  jefe  de  sección  del 
ministerio  de  la  Guerra  Franz  Scillery,  exigiendo  que  dimitieran  los 
miembros  del  Gobierno  que  estaban  allí  reunidos.  Alegaban  para  ello  que 
no  representaba  a  la  nación  entera. 

Tras  breve  deliberación  dimitió  todo  el  Gabinete.  Conseguido  esto, 
una  Comisión  de  la  Entente  entregó  el  Poder  supremo  al  archiduque  José, 
el  cual  publicó  inmediatamente  la  siguiente  proclama  al  pueblo  húngaro: 

«Impulsado  por  el  amor  inextinguible  que  me  une  al  pueblo  húngara, 
fijando  la  vista  en  estos  últimos  cinco  años  y  dando  satisfacción  a  todos  los 
deseos  que  de  todas  partes  me  han  llegado,  he  puesto  mano  a  una  situa- 
ción que  se  hacía  insostenible  desde  hace  mucho  tiempo. 

No  puedo  permanecer  siendo  espectador  inactivo  cuando  los  políticos 
o  los  grupos  y  partidos  de  intereses  diversos,  luchan  sobre  la  suerte  de 
nuestra  pobre  patria  derruida. 

Un  Ministerio  en  funciones  que  nadie  reconoce,  así  como  la  interrup- 
ción del  abastecimiento,  completada  con  la  falta  de  alimentos,  amenaza 
con  una  catástrofe  si  la  población  intelectual  húngara,  unida  al  proletaria- 
do razonable  y  al  pueblo  labrador,  no  crea  el  orden  con  mano  firme. 

Yo  confío  la  dirección  provisional  y  la  presidencia  del  Gobierno  hún- 
garo al  ministro  de  Negocios  militares  al  Sr.  Estephan  Friedrich;  la  direc- 
ción provisional  del  ministerio  del  Interior,  al  Sr.  Adolf  Samassa;  Confe- 


CRÓNICA  GENERAL  341 

rencia  ministerial  y  dirección  provisional  de  Negocios  Extranjeros,  al  ge- 
neral Gabriel  Tanezos;  la  dirección  provisional  de  Cultos  e  Instrucción 
pública,  al  Sr.  Alexandre  Janre,  y  Subsecretario  al  general  Franz  Schaetzer; 
la  dirección  provisional  interina  de  Comercio  e  Industrias,  al  presidente 
del  Gobierno;  la  dirección  provisional  de  Hacienda,  al  doctor  Johan 
Gruenn;  la  dirección  provisional  de  Higiene  pública,  al  Sr.  Andreas  Osi- 
llery,  médico.  El  ministerio  de  Abastecimientos  queda  por  ahora  sin 
proveer. 

El  doctor  Jacob  Beyer  queda  encargado  por  el  momento  de  la  direc- 
ción del  ministerio  de  las  Nacionalidades,  y  dirigirá  provisionalmente  la 
Justicia  el  doctor  Bela  Szassy,  y  la  Agricultura,  el  doctor  Reland  Gyory. 

Este  Gobierno  provisional  ha  sido  formado  en  pocos  días,  después  de 
las  entrevistas  celebradas  con  los  agricultores  y  los  obreros.  ¡Abajo  la  des- 
unión! Tengamos  confianza  en  un  porvenir  mejor  para  nuestra  patria.~Fir- 
mado.  Archiduque  José,  feldmariscal.  > 

Al  siguiente  día,  la  Prensa  de  Budapest  publica  en  ediciones  especiales 
lo  siguiente  acerca  de  los  antecedentes  relacionados  con  el  cambio  de  Go- 
bierno, basándose  en  informaciones  facilitadas  por  el  nuevo  presidente  del 
Consejo,  Friedrich: 

«Todas  las  organizaciones  amantes  del  orden,  así  como  los  funcionarios 
de  los  Ministerios,  celebraron  el  miércoles  varias  conferencias,  comentando 
la  situación.  Todos  los  reunidos  declararon  que  sería  inevitable  un  desas- 
tre si  no  se  llegaba  a  encontrar  una  persona  que  salvase  a  Hungría. 

Poco  después  se  dirigió  una  numerosa  Delegación  militar  a  la  residen- 
cia del  Archiduque  José,  pidiéndole  que  se  encargara  de  la  solución  de  la 
crisis.  El  Archiduque  accedió  al  deseo  y  entabló  negociaciones  con  la  Co- 
misión militar  de  la  Entente.  En  seguida  fué  dirigido  un  llamamiento  a  los 
antiguos  miembros  del  Cuerpo  de  Seguridad,  ofreciendo  sus  servicios 
unos  8.000  voluntarios  armados.  Entonces  fué  cuando  una  Comisión  se 
dirigió  adonde  se  hallaba  reunido  el  anterior  Gobierno  y  le  invitó  a  que 
dimitiera.» 

Un  telegrama  del  día  8  dice  que  entre  los  centenares  de  víctimas  asesi- 
nadas por  los  terroristas  de  Bela  Kun  se  hallan  el  general  Fery,  que  fué 
arrojado  al  Danubio  con  una  piedra  al  cuello.  El  coronel  Borhy,  los  her- 
manos Olah,  banqueros,  y  toda  su  familia,  un  consejero  de  la  Legación  de 
Holanda  y  su  hijo  fueron  también  arrojados  al  río.  Una  joven  pertenecien- 
te a  una  familia  muy  conocida  de  Budapest  fué  detenida,  acusada  de  diri- 
gir un  complot  contrarrevolucionario.  El  terrorista  Cohn,  que  ha  sido  de- 
tenido hoy,  se  vanagloria  de  haber  cometido  80  asesinatos  ordenados  por 
Szamuelly. 


342  CRÓNICA  GENERAL 

Se  ha  comprobado  quiénes  fueron  los  asesinos  del  conde  de  Tisza.  Éste 
fué  muerto  por  orden  de  Pigany.  La  banda  de  asesinos  llevaba  por  jefe  al 
capitán  Zerniak,  que  en  seguida  fué  hecho  presidente  del  Consejo  de  solda- 
dos y  enviado  a  Holanda  con  una  misión  especial. 

Respecto  al  nombramiento  del  Archiduque  José  como  regente  de  Hun- 
gría, dice  saber  el  Wiener  Allgemeine  Zeitung  que  el  Gobierno  inglés  ne- 
goció primeramente  con  el  Emperador  Carlos,  negándose  este  último  a 
aceptar  la  oferta,  pues  no  deseaba  tal  puesto,  ya  que,  no  obstante  todos  sus 
esfuerzos  desinteresados,  no  había  logrado  impedir  el  desmembramiento 
de  la  Monarquía. 

En  vista  de  esto,  el  Gobierno  británico  trató  de  confiar  el  Poder  al  Du- 
que de  Hohenberg,  hijo  del  Archiduque  Francisco  Femando;  pero  tam- 
poco tuvo  éxito  la  gestión.  Entonces  empezaron  las  negociaciones  con  el 
Archiduque  José. 

El  corresponsal  de  la  Agencia  Reuter  en  Budapest  ha  celebrado  una 
entrevista  con  el  Archiduque,  el  cual  ha  manifestado  que  por  ahora  es 
imposible  indicar  si  Hungría  aceptará  el  régimen  monárquico  o  preferirá 
el  republicano.  Esto  lo  decidirá  la  Asamblea  nacional. 

Agregó  que  no  será  posible  efectuar  las  elecciones  mientras  continúe 
la  ocupación  rumana;  pero  cuando  se  verifiquen  serán  por  sufragio  uni- 
versal y  podrán  ser  elegidos  todos  los  individuos  de  ambos  sexos,  mayo- 
res de  veinticuatro  años. 

Terminó  diciendo  que  la  actual  situación  de  Hungría  es  crítica,  pues 
los  rumanos  han  detenido  la  circulación  de  ferrocarriles,  paralizando  to- 
talmente las  comunicaciones  telegráficas  y  telefónicas  e  impidiendo  igual- 
mente la  llegada  de  víveres  a  Budapest. 

Por  eso  el  nuevo  Gobierno  no  entablará  negociaciones  con  los  ruma- 
nos; pero  tiene  plena  confianza  en  la  Entente. 

Sobre  las  dificultades  de  la  ocupación  rumana  y  a  fin  de  contener  sus 
exigencias  en  Hungría,  han  deliberado  recientemente  los  miembros  del 
Consejo  interaliado  de  París,  pidiendo  al  Gobierno  rumano  que  ceda  en 
sus  pretensiones  extremosas  perjudiciales  para  la  paz. 

Juzgando  sobre  la  posibilidad  de  que  en  Hungría  sea  restaurada  la 
Monarquía,  un  comunicado  alemán  dice: 

«La  entrega  del  Poder  supremo  de  Hungría  al  Archiduque  José,  por 
parte  de  la  Entente,  ha  causado  gran  sensación  entre  los  republicanos, 
burgueses  y  socialistas  de  Alemania,  que  ven  en  ello  un  indicio  del  resta- 
blecimiento de  la  Monarquía  en  Hungría  y  tal  vez  también  en  el  Austria 
alemana. 

El  Berliner  Tageblaii  dice  que  la  Entente  no  ha  renunciado  aún  al  pro- 


CRÓNICA  GENERAL  343 

yecto  de  una  federación  del  Danubio,  que  deberá  ocupar  el  lugar  de  la 
anterior  Monarquía  de  la  Casa  de  Hapsburgo,  y  servir  de  instrumento  a  la 
Entente  para  debilitar  a  Alemania. 

La  Vossísche  Zeiiung  hace  resaltar  el  hecho  de  que  los  colaboradores 
del  Archiduque  son  todos  decididos  reaccionarios.» 


La  situación  en  Alemania,— Ldi  Asamblea  Nacional  de  Weimar  terminó 
el  día  31  de  Julio  la  tercera  lectura  del  proyecto  de  ley  sobre  la  Constitu- 
ción, el  cual  fué  aprobado,  en  votación  nominal,  por  262  contra  75  votos  y 
una  abstención. 

La  ley  no  sufrió  apenas  modificaciones  en  comparación  con  la  segunda 
lectura.  Fué  borrado  el  párrafo  que  prohibía  a  los  miembros  de  las  anti- 
guas dinastías  desempeñar  el  cargo  de  Presidente  de  la  República. 
Hubo  198  votos  en  pro  de  la  anulación  y  141  en  contra. 

Entre  los  artículos  que  fueron  añadidas,  uno  se  refiere  al  arreglo  a  que 
llegaron  los  social-demócratas  mayoritarios  y  el  partido  católico,  en  la 
cuestión  de  la  enseñanza  de  la  religión  en  los  colegios,  y  otro  autoriza  la 
aplicación  de  los  consejos. 

Después  de  la  votación,  el  presidente  del  Consejo,  Bauer,  dijo  entre 
otras  cosas: 

«La  votación  que  acaba  de  realizarse  da  a  la  Constitución  de  la  Repúbli- 
ca alemana  fuerza  de  ley.  Es  un  verdadero  documento  sobre  el  nacimiento 
de  la  forma  política  que,  desde  ahora  en  adelante,  regirá  al  pueblo  alemán. 
Ha  comenzado  la  nueva  era  y  ojalá  sea  más  feliz  que  la  anterior. 

Hoy  pisamos  nuevamente  terreno  firme,  después  de  haber  nadado  du- 
rante cinco  años  en  un  mar  de  sangre,  odio  y  privaciones.» 

Al  terminar  el  Presidente  del  Consejo  alemán  su  discurso  con  motivo 
de  la  votación  del  proyecto  de  ley  sobre  la  Constitución,  en  la  Asamblea 
nacional  en  Weimar,  tomó  la  palabra  el  ministro  del  interior,  señor  David, 
diciendo  entre  otras  cosas: 

«Durante  la  guerra,  Alemania  ha  tenido  que  sufrir  una  ola  de  ataques 
injustos  y  de  increpaciones.  Pero  el  pueblo  alemán  ha  sido  el  primero  en 
aceptar,  como  derecho  fundamental,  una  paz  social. 

La  nueva  Constitución  alemana  nos  da  derecho  asentimos  orgullosos. 
Ella  es  una  prueba  del  espíritu  y  de  la  capacidad  de  los  alemanes.  Invita- 
mos al  mundo  entero  a  que  examine  esta  obra.  No  existe  nación  alguna 
que  haya  llevado  a  la  práctica  más  estrictamente  que  nosotros  los  ideales 
de  la  democrocia  al  aprobar  la  nueva  Constitución. 


344  CRÓNICA  GENERAL 

Tenemos  el  derecho  electoral  más  democrático,  en  el  cual  las  mujeres 
tienen  igualdad  de  derechos  como  ciudadanas.  La  República  alemana  será, 
desde  ahora  en  adelante,  la  democracia  más  grande  del  mundo.  La  miseria 
de  la  guerra  y  los  graves  tiempos  que  la  siguieron  no  han  quebrantado  el 
deseo  del  pueblo  alemán  de  seguir  floreciendo. 

¡Ojalá  se  fortalezca  esta  voluntad  y  que  sea  un  estímulo  para  una  labor 
en  pro  del  progreso,  en  bien  de  la  nación  y  de  la  Humanidad  y  en  prove- 
cho de  la  cultura.» 

El  último  de  los  oradores  fué  el  presidente  de  la  Cámara,  Fehrenbach, 
quien  dijo  lo  siguiente: 

«Han  sido  fundados  los  cimientos  para  una  libre  actividad  de  todas  las 
energías  que  yacen  en  el  pueblo. 

El  deber  de  la  nación  es  dedicar  sus  fuerzas  a  una  obra  de  paz,  utili- 
zando las  libertades  a  favor  de  una  abnegación  en  pro  del  bien  de  todos, 
desarrollando  en  lo  posible  todo  lo  que  el  pueblo  tenga  de  sano. 

Mi  único  deseo  es  que  nuestro  pueblo  vuelva  a  los  días  felices,  dejando 
tras  sí  las  privaciones  y  la  miseria;  que,  al  amparo  de  una  patria  unida, 
disfrute  de  la  libertad,  dejándose  inspirar  por  el  amor  al  prójimo  y 
concentrando  todas  sus  fuerzas  en  pro  de  la  moral  y  del  bienestar  mun- 
dial.» 

He  aquí  las  características  de  la  nueva  Constitución  alemana.  Se  divide 
en  dos  partes  principales.  La  primera  trata  de  la  composición  y  de  las  fun- 
ciones del  Imperio,  y  la  segunda,  de  los  derechos  y  de  las  obligaciones  del 
pueblo  alemán. 

La  primera  sección  establece  definitivamente  la  soberanía  del  Imperio. 
Antes  de  la  revolución,  la  soberanía  no  pertenecía  al  Imperio,  sino  a  la  Fe- 
deración de  los  diferentes  Estados.  El  Poder  estaba  confiado,  no  a  los  re- 
presentantes del  Imperio  o  al  Emperador,  sino  al  Consejo  federal. 

Desde  el  punto  de  vista  constitucional,  el  Imperio  de  los  Hohenzollerns 
era  sencillamente  una  Liga  de  Estados.  La  nueva  Constitución  es  contraria 
a  esto.  El  primer  artículo  de  la  Constitución  hace  constar  que  la  soberanía 
queda  en  manos  del  pueblo. 

Las  partes  constituyentes  del  Imperio  no  son  llamadas  «Estados»,  sino 
«países»  y  todos  ellos  deberán  tener  una  Constitución  republicana  fijada 
por  una  votación  equitativa  directa  y  secreta  de  todos  los  electores  varones 
y  hembras. 

La  idea  dominante  de  la  Constitución  es  la  de  la  unidad  del  Imperio. 
Desde  el  1.^  de  Abril  de  1921,  todos  los  ferrocarriles,  vías  fluviales  navega- 
bles y  puertos  quedarán  bajo  el  dominio  del  Imperio.  Ninguna  rectifica- 
ción de  las  fronteras  de  la  nación  podrá  hacerse  sin  el  asentimiento  del  Im  • 


CRÓNICA  GENERAL  345 

perio,  necesitando  también  para  ello  las  dos  terceras  partes  del  número 
de  votos. 

El  pueblo  tiene  derecho  a  manifestar  su  voluntad  mediante  un  referén- 
dum. Todas  las  leyes  que  vote  el  Parlamento  podrán  ser  sometidas  a  tal  re- 
feréndum, caso  de  que  lo  desee  la  vigésima  parte  de  la  población  total  y 
la  tercera  parte  del  Parlamento. 

El  Reichstag  tiene  derecho  a  nombrar  Comisiones  de  investigación. 
Habrá  una  Comisión  permanente  para  los  asuntos  extranjeros,  la  cual  po- 
drá celebrar  sesiones  aunque  no  esté  reunido  el  Parlamento. 

El  presidente  de  la  nación  podrá  ser  destituido  siempre  que  lo  pidan 
las  dos  terceras  partes  del  Reichstag;  pero  el  pueblo  tendrá  que  sancionar 
la  decisión  mediante  un  plebiscito. 

El  presidente  del  Imperio  tiene  derecho  a  proclamar  el  estado  de  sitio. 
Elegirá  al  canciller  o  presidente  del  Consejo,  pudiendo  éste  nombrar  a  los 
ministros. 

En  lo  que  a  los  «Estados»  o  «países»  se  refiere,  podrán  tener  su  propia 
Constitución. 

Prusia  ya  no  tendrá  la  supremacía  territorial  en  el  Imperio.  Cada  uno 
de  los  Estados  constituyentes  tendrá  derecho  a  emitir  su  opinión  en  los 
asuntos  del  Imperio  por  boca  de  sus  representantes  populares. 

La  Constitución  es  un  promedio  entre  la  unificación  y  el  sistema  fe- 
deral. 

—Entre  los  principales  personajes  de  la  política  alemana,  se  ha  suscita- 
do una  cuestión  tan  enojosa  como  inútil  sobre  si  fué  posible  la  paz  en  1917. 
Dieron  ocasión  a  este  debate  unas  declaraciones  del  ministro  Sr.  Erzberger, 
según  las  cuales,  Inglaterra  por  mediación  del  Cardenal  Secretario  de  Es- 
tado de  Su  Santidad  y  del  Nuncio  en  Baviera,  Monseñor  Pacelli,  presentó 
proposiciones  que  permitían  ir  a  una  paz  de  inteligencia  de  haber  mani- 
festado al  Gobierno  alemán  sus  pretensiones  respecto  a  Bélgica. 

La  cuestión  se  ha  presentado  muy  embrollada.  Los  elementos  adictos 
al  Gobierno  actual  culpan  al  Estado  Mayor  alemán  de  haber  puesto  obs- 
táculos a  unas  negociaciones  que  hubieran  hecho  posible  la  paz,  mientras 
que  los  representantes  del  antiguo  régimen  afirman  que  no  hubo  proposi- 
ciones que  hicieran  ver  en  los  enemigos  una  disposición  de  ir  a  la  paz;  es 
más,  algunos  han  afirmado  que  si  entonces  se  cerró  el  horizonte  a  toda 
gestión  de  concordia,  fué  por  la  indiscreción  de  algunos  políticos  alema- 
nes que  permitió  a  los  enemigos  conocer  una  carta  importantísima  pero 
confidencial  dirigida  en  1917  por  el  conde  de  Czernin  al  emperador  de 
Austria  sobre  las  dificultades  que  para  los  Imperios  centrales  significaba  la 
continuación  de  la  guerra.  Esta  carta,  dicen  los  del  antiguo  régimen,  llegó 


346  CRÓNICA  GENERAL 

a  conocimiento  del  enemigo  y  con  ello  se  frustró  todo  intento  de  paz,  si  al- 
guno podía  haber. 

Lo  cierto  es  que  el  conde  de  Czernin,  como  otros  muchos  políticos  de 
entonces,  acusan  a  Erzberger,  de  haber  sacado  de  quicio  las  cosas,  querien- 
do hacer  ver  que  había  una  proposición  de  paz  donde  no  la  había. 

Sobre  esta  cuestión  y  contestando  a  una  pregunta  hecha  por  escrito  en 
|a  Cámara  inglesa,  el  señor  Cecil  Amsworth,  subsecretario  de  los  Negocios 
Extranjeros,  ha  hecho  conocer  que  las  declaraciones  recientes  de  Erzber- 
ger  sobre  las  condiciones  de  paz  que,  según  se  ha  dicho,  han  sido  hechas 
a  los  alemanes  en  1917,  no  presentan  los  hechos  bajo  su  aspecto  verdade- 
ro, y  los  restablece  como  sigue: 

cEl  21  de  Agosto  de  1917  el  ministro  británico  en  el  Vaticano  recibió 
instrucciones  para  que  informara  al  cardenal  secretario  de  Estado  del  Va- 
ticano que  el  Gobierno  británico  no  podía  decir  qué  contestación  se  daría 
si  se  presentase  el  caso  de  que  el  Papa  hiciese  proposiciones  de  paz,  pues 
no  había  podido  aún  consultar  a  sus  aliados,  y  que,  de  todas  maneras,  le 
parecía  acertado  tratar  de  realizar  un  acuerdo  entre  los  beligerantes  antes 
de  que  las  potencias  centrales  hubiesen  dado  algunas  explicaciones  sobre 
los  fines  que  perseguían  con  la  guerra. 

En  su  contestación  el  cardenal  Gasparri  restringió  el  campo  de  la  dis- 
cusión, advirtiendo  que  el  Gobierno  alemán  había  hecho  conocer  sus  in- 
tenciones de  restaurar  la  independencia  de  Bélgica,  apoyándose  sobre  la 
resolución  del  Reichstag  en  favor  de  una  paz  sin  anexiones. 

El  embajador  de  Inglaterra  cerca  del  Vaticano,  conde  de  Salis,  hizo  no- 
tar que  el  Gobierno  británico  no  poseía  el  texto  auténtico  de  este  docu- 
mento, el  cual,  además,  no  era  suficiente,  pues  el  Reichstag  no  tenía  el  po- 
der necesario  para  decidir  sobre  ese  punto. 

El  14  de  Agosto  el  cardenal  pidió  que  el  telegrama  siguiente  fuese  man- 
dado en  costestación  al  telegrama  del  Gobierno  británico: 

cEl  cardenal  secretario  de  Estado  se  reserva  de  contestar  al  telegrama, 
después  de  haber  recibido  de  Alemania  una  declaración  formal  que  le  ha 
pedido  a  propósito  de  Bélgica.» 

El  conde  de  Salis,  pensando  que  nada  se  oponía  a  que  expusiera  su 
opinión  personalj  contestó  que  una  aclaración  referente  a  Bélgica,  parecía 
deseable,  pues  la  cuestión  era  importante,  en  particular  para  Gran  Bretaña; 
pero  el  cardenal  debió  recordar  que  todo  ello  no  era  más  que  uno  de  los 
numerosos  litigios  entre  los  beligerantes. 

Cuando  recibió  la  relación  de  esa  conversación  del  conde  de  Salis,  el 
Gobierno  británico  juzgó  que  era  inoportuno  dejarse  llevar  a  una  discu- 
sión fragmentaria  de  esa  cuestión,  y  que  si  las  potencias  centrales  estaban 


CRÓNICA  GENERAL  347 

dispuestas  a  negociar,  debían  conocer  sus  condiciones  de  paz  en  detalle. 
El  conde  de  Salís  recibió,  por  consiguiente,  instrucciones  de  que  no 
interviniera  de  ningún  modo  en  las  negociaciones  entre  el  Vaticano  y  Ale- 
mania, y  que  si  le  pedían  otra  vez  su  opinión,  se  negase  a  hacerla  conocer. 
El  asunto  quedó,  pues,  pendiente  del  Gobierno  alemán,  el  cual  no  hizo 
ninguna  declaración  sobre  Bélgica. 

Es,  por  consiguiente,  claro  que  el  Gobierno  británico  no  hizo  ninguna 
proposición  a  Alemania  en  esa  época;  pero  estaba  dispuesto  a  examinar, 
de  acuerdo  con  los  aliados,  toda  proposición  sincera  encaminada  hacia  las 
condiciones  de  paz. 

Por  otra  parte.  La  Croix  publica  el  texto  de  las  declaraciones  que  el 
corresponsal  de  la  Agencia  Havas  dice  haber  recibido  en  el  Vaticano.  He 
aquí  su  traducción: 

«En  Alemania  se  han  presentado  las  cosas  inexactamente,  o  han  sido 
falsamente  interpretadas;  no  se  trata  en  modo  alguno  de  proposiciones  de 
paz  hechas  por  Inglaterra  y  Francia.  No  podían  engañarse  en  esto. 

Dados  el  tono  y  contenido  de  la  breve  comunicación  escrita  del  minis- 
tro inglés  al  cardenal  Gasparri,  se  ve  que  se  trata  más  bien  de  lo  contra- 
rio de  una  proposición  de  paz,  pues  esta  breve  comunicación,  que  no  era 
sino  una  hojita  escrita  a  máquina,  enumeraba  las  razones  por  las  que  la 
paz  se  consideraba  imposible,  insistiendo  particularmente  en  el  caso  de 
Bélgica. 

La  Santa  Sede  transmitió  una  copia  de  esta  comunicación  al  Nuncio, 
acompañada  de  una  misiva,  y  eso  es  todo.  Se  ha  dado  demasiada  impor- 
tancia al  incidente.  Por  otra  parte,  estos  días  se  van  a  publicar,  para  lo 
cual  se  ha  autorizado  al  Nuncio,  y  entonces  se  verá  con  exactitud  de  lo 
que  se  trata. 

Una  vez  más  no  se  trata  de  proposición  alguna  de  paz  de  la  Entente; 
decir  tal  es  desnaturalizar  las  cosas.  Había  interés  en  que  se  conocieran  en 
Alemania  los  obstáculos  o  las  imposibilidades  que  existían  para  la  paz, 
anunciadas  en  la  breve  comunicación  inglesa.  La  Santa  Sede  no  ha  hecho 
otra  cosa.» 

En  el  diario  Hambarger  ha  publicado  el  Conde  de  Wedel  un  artículo 
en  el  que  llega  a  la  conclusión  de  que  Lloyd  George  estuvo  tan  sólo  una 
vez  dispuesto  a  la  paz,  durante  el  verano  de  1917,  cuando  las  destruccio- 
nes por  medio  de  los  submarinos  causaban  cierta  inquietud.  Cuando  se 
conocieron  las  Memorias  del  Conde  Czernin,  todas  las  probabilidades 
desaparecieron. 

En  la  primavera  de  1918,  Inglaterra,  por  medio  del  general  Smuts, 
buscó  una  inteligencia  con  Austria;  pero  este  intento  fracasó,  porque 


348  CRÓNICA  GENERAL 

el  Conde  Czernin  pedía  una  paz  general,  mientras  que  el  general  Smuts 
declaró  que,  no  obstante  no  creer  poder  vencer  al  ejército  alemán,  no  ha- 
bía llegado  aún  el  momento  de  entrar  en  negociaciones  con  Alemania. 

El  Conde  de  Wedel  da  a  continuación  algunos  detalles  de  la  conver- 
sación que  tuvo  en  el  otoño  de  1918,  en  un  salón  vienes,  con  un  oficial 
inglés. 

Este  último  le  declaró  que  la  inteligencia  hubiera  sido  posible  única- 
mente cuando  Mr.  Asquith  y  Lord  Grey  estaban  en  el  Poder;  pero  no  des- 
pués, cuando  Lloyd  George  era  jefe  del  Gobierno  británico.  Este  estaba 
decidido  a  llevar  el  combate  hasta  el  fin,  para  que  la  Gran  Bretaña  ganara 
la  guerra,  puesto  que  a  la  larga  debía  faltarles  a  las  potencias  centrales 
todos  los  elementos. 


Congreso  sindicalista  en  Amsierdam.—SQ  reunió  este  Congreso  el  28 
de  Julio,  asistiendo  92  delegados,  que  representaban  a  los  sindicalistas  de 
catorce  países. 

Presidió  el  holandés  Oudegest,  que  culpó  de  la  guerra  al  capitalismo, 
protestando  violentamente  de  los  norteamericanos  Tobbing  y  Gompers, 
antigermanos  sobre  todo.  Se  discutió  la  representación  de  cada  país  en  el 
seno  de  la  Internacional  y  se  convino  que  podía  ser  por  grupos  de  nacio- 
nes. El  delegado  español,  Largo  Caballero,  propuso  que  con  España  apa- 
recieran agrupadas  las  Repúblicas  suramericanas  por  la  similitud  de  len- 
gua, pero  prevaleció  Gompers  con  su  panamericanismo.  En  cuanto  al  nú- 
mero de  votos  o  de  delegados,  los  anglosajones  señalaron  uno  por  cada 
250.000  afiliados;  pero  como  esto  era  desfavorable  para  las  naciones 
pequeñas,  el  holandés  Oudegest  propuso:  uno  por  cada  250.000,  dos  por 
cada  500.000,  y  tres  por  un  millón.  Se  aprobó  esta  fórmula. 

Para  la  nueva  Mesa  resultaron  elegidos:  presidente,  Mr.  Appleton,  in- 
glés; vicepresidentes,  Jonhaux,  francés,  y  Mertens,  belga;  tesorero  y  secre- 
tario, dos  holandeses. 

Después  de  violentas  discusiones,  se  convino  en  mandar  una  repre- 
sentación al  Congreso  obrero  que  en  Octubre  ha  de  celebrarse  en  Was- 
hington. 

•—El  2  de  Agosto  se  abrió  el  Congreso  socialista  de  Lucerna,  en  el 
que  hubo  discusiones  violentas  como  en  el  de  Amsterdam.  Henderson,  el 
antiguo  ministro  inglés,  amenazó  a  los  Gobiernos  si  no  escuchaban  al 
mundo  socialista.  El  belga  Vandervelde  hizo  discutir  la  cuestión  de  las 
responsabilidades.  Hilferding,  alemán,  y  Louguet,  francés,  se  declararon 
a  favor  del  bolcheviquismo  contra  Wells,  alemán,  y  Broquére,  belga,  que 


CRÓNICA  GENERAL  349 

rechazaron  toda  dictadura  dei  proletariado.  Intervinieron  otros  oradores, 
aumentando  con  ello  la  diversidad  de  tendencias. 

Tanto  en  Amsterdam  como  en  Lucerna  se  pidió  que  cesara  el  bloqueo 
de  Rusia  y  Hungría. 


Nuevo  presidente  de  la  República  portuguesa.— Ldi  elección  del  presi- 
dente de  la  República  portuguesa  se  verificó  el  día  6  de  Agosto  con  asis- 
tencia de  muchos  diplomáticos  a  la  sesión  del  Congreso. 

En  el  primer  escrutinio  obtuvo  D.  Antonio  José  de  Almeida  87  votos,  y 
el  Sr.  Gomes  Teixeira,  82;  en  el  segundo  obtuvo  Almeida  93  votos,  y  Tei- 
xeira,  83,  y  en  el  tercero  y  último,  Almeida,  123  votos,  y  Gomes  Tei- 
xeira,  31. 

En  virtud  de  este  resultado,  fué  proclamado  presidente  de  la  República 
el  señor  Almeida,  jefe  del  partido  evolucionista. 

Don  Antonio  José  de  Almeida  nació  en  Vale  de  Vinha,  el  18  de  Julio  de 
1866.  Estudió  Medicina  en  Coimbra  y  ha  ejercido  algunos  años  su  profe- 
sión médica. 

De  ideas  republicanas  desde  su  juventud,  participó  en  muchas  revuel- 
tas, siendo  procesado  varias  veces  por  delitos  de  imprenta.  Diputado  por 
primera  vez  en  1906  y  después  ministro  del  Interior,  fué  reconocido  como 
jefe  del  partido  evolucionista,  que  acaba  de  elevarle  a  la  suprema  jerarquía 
del  Estado. 

*    * 

De  los  Estados  Unidos.— Por  más  que  se  hayan  movido  mucho  los  re- 
publicanos en  su  oposición  a  ratificar  el  tratado  de  Versalles,  no  parece 
que  en  fin  de  cuentas  los  obstáculos  sean  grandes  por  su  ratificación.  En 
lo  referente  a  la  cuestión  de  Chan-Tung,  en  que  litigan  China  y  Japón,  el 
presidente  Wifson  ha  publicado  declaraciones  favorables  a  China,  con  lo 
que  se  mitigará  no  poco  la  campaña  republicana  contra  el  tratado. 

En  el  orden  social  los  comunicados  señalan  dificultades  por  la  carestía 
general  que  han  agravado  numerosas  huelgas  en  todo  el  país.  Por  Chicago 
pasaron  unos  días  de  revuelta  que  motivó  la  lucha  entre  blancos  y  negros. 
Hubo  colisiones  y  muertos,  mas  con  el  acordonamiento  de  los  respectivos 
barrios  de  la  ciudad  por  la  fuerza  pública,  renació  prontamente  el  orden. 

— Por  todos  los  periódicos  ha  corrido  la  noticia  de  la  muerte  del  mul- 
timillonario y  célebre  filántropo  Andrés  Carnegie,  ocurrida  en  sus  pose- 
siones de  Lennox  (Estados  Unidos),  a  los  ochenta  y  cuatro  años  de  edad* 


350  CRÓNICA  GENERAL 

Era  escocés  de  nacimiento,  hijo  de  un  humilde  tejedor  que  se  trasladó 
a  los  Estados  Unidos  con  su  familia  para  mejorar  su  fortuna.  Allí  comenzó 
Andrés  CarnegiC;  a  los  pocos  años  de  edad,  por  ganar  cinco  dólares  al 
mes.  Fué  después  ordenanza  en  una  oficina  de  telégrafos  y  luego  jefe  en  los 
ferrocarriles  de  Pensylvania,  asociándose  después  a  Woodouff,  el  inventor 
de  los  sleepings-cars,  en  la  explotación  de  este  beneficio  que  le  abrió  el 
camino  de  su  inmensa  fortuna.  Más  adelante  fundó  el  trust  que  le  dio  el 
nombre  de  «El  rey  del  acero». 

Se  distinguió  por  una  generosidad  incomparable  puesta  al  servicio  de 
la  ciencia  y  de  la  paz  de  las  naciones.  Su  primera  fundación  fué  una  biblio- 
teca, y  luego  otra  y  otra  hasta  cinco  mil,  repartidas  por  muchas  poblacio- 
nes que  enriqueció  con  galerías  de  arte,  museos  de  historia  natural,  labo- 
ratorios de  química  y  escuelas  y  salas  de  concierto.  Su  fundación  principal 
fué  el  Instituto  Carnegie  en  Washington,  al  que  dio  140  millones,  siguien- 
do en  importancia  el  de  Pittsburg,  al  que  dio  124  millones. 

Pacifista  de  toda  la  vida,  en  1910  creó  una  Comisión  encargada  del 
estudio  de  la  abolición  de  las  guerras,  a  la  que  pensionaba  con  10  millo- 
nes. En  1913  entregó  7  millones  y  medio  para  la  construcción  del  Palacio 
de  la  Paz  en  La  Haya.  El  total  de  donaciones  empleadas  en  obras  de  bene- 
ficencia llegaba  en  1918  a  muy  cerca  de  los  800  millones  de  pesetas.  En 
cuanto  a  religión  era  presbiteriano.  (D.  e.  p.) 


ESPAÑA 

Al  revés  de  lo  que  ocurre  en  otros  países,  reina  la  calma  por  toda  la 
nación,  sin  que  por  eso  falte  el  movimiento  que  es  signo  de  vida,  como  el 
de  que  dan  ejemplo  las  federaciones  sociales  católicas,  ensanchando  más 
y  más  sus  círculos  de  acción.  Raro  es  el  día  en  que  los  periódicos  no  anun- 
cian la  constitución  de  nuevos  Sindicatos  católicos  en  unas  u  otras  de 
nuestras  provincias,  y  todo  ello  revela  actividad  salvadora  contra  los  peli- 
gros del  socialismo  anárquico  de  que  son  muestra  deplorable  los  sinies- 
tros que  por  estos  días  han  ocurrido,  especialmente  en  los  campos  anda- 
luces. Por  fortuna,  esos  casos  delictivos,  como  el  del  asesinato  de  tres  infe- 
lices obreros  en  Valencia  y  los  que  de  cuando  en  cuando  se  advierten  en 
Barcelona,  aunque  produzcan  indignación  general  y  constituyan  un  pro- 
blema para  nuestros  gobernantes,  no  han  logrado  llevar  la  alarma  al  espí- 
ritu público. 

—Se  cerraron  las  Cortes  después  de  aprobar  la  contestación  al  discurso 


CRÓNICA  GENERAL  351 

de  la  Corona  y  votar  la  fórmula  económica  que  permitirá  una  mayor  nor- 
malidad en  el  desarrollo  de  la  vida  política.  El  Gobierno  acentuó  la  divi- 
sión de  las  derechas  parlamentarias  substituyendo  al  marqués  de  Figueroa 
por  el  Sr.  Sánchez  Guerra  en  la  candidatura  efectiva  para  la  presidencia  del 
Congreso  y  acentuó  al  mismo  tiempo  su  inclinación  izquierdista,  por 
amor  a  la  paz,  entregando  a  las  izquierdas  la  redacción  de  la  mencionada 
fórmula.  Hasta  en  la  aprobación  de  un  aumento  en  los  haberes  del  clero 
rural  permitió  que  la  redacción  fuese  de  las  izquierdas,  dando  con  ella 
origen  a  que  prevaleciesen  los  sentimientos  o  el  criterio  de  los  que  son 
una  minoría  en  las  Cámaras,  con  agravio  al  sentimiento  de  los  más.  La 
adición  dice  así:  «El  aumento  de  haberes  a  que  se  refiere  el  párrafo  ante- 
rior se  considerará  cantidad  a  compensar  en  el  arreglo  pendiente  con  la 
Santa  Sede.  El  Gobierno  presentará  a  las  Cortes,  antes  de  que  comience  a 
regir  el  presupuesto  1920  21,  la  propuesta  definitiva  del  de  culto  y  clero, 
tomando  en  cuenta  la  compensación  antes  prevista.» 

También  se  aprobó  en  Cortes  la  adhesión  de  España  a  la  Liga  de 
de  Naciones. 

—Se  dice  que  pronto  llegará  a  España  una  Comisión  chilena  formada 
por  personas  de  la  más  alta  representación  social  y  política  y  que  viene  a 
fomentar  el  intercambio  entre  su  país  y  el  nuestro. 

A  propósito  de  esa  Comisión  dice  un  diario  de  la  corte:  «Sean  bien  ve- 
nidos, y  procuremos  los  españoles,  no  solamente  acoger  con  amor  esas 
nobles  y  útiles  iniciativas  venidas  de  nuestros  hermanos  de  América,  sino 
que  se  crucen  con  ellas  en  el  Atlántico  otras  enviadas  desde  aquí.  De  esa 
manera  se  multiplicará  la  fuerza  fomentadora  de  las  relaciones  hispano- 
americanas, y  se  verá  que  son  recíprocos  el  amor  y  el  interés  entre  la  vieja 
madre  y  las  hijas  mozas. 

El  porvenir  y  la  grandeza  futuras  de  España  están,  sin  duda  en  nuestra 
unión  íntima  con  las  Repúblicas  que  hablan  castellano. 

En  los  Estados  Unidos  adquieren  grandes  vuelos  la  enseñanza  de 
nuestra  lengua;  no  dudamos  que  algunos  la  aprendan,  para  saborear  el 
Quijote  en  su  propia  habla;  pero  es  muy  cierto  que  la  mayoría  lo  hacen 
para  entenderse  mejor  con  los  hispanoamericanos  en  los  negocios. 

Nada  nos  dice  tan  elocuentemente  como  esto  la  voluntad  que  debemos 
poner  en  estrechar  las  relaciones  con  nuestros  hermanos  del  Nuevo 
Mundo.» 

—Está  ya  acordada  le  fecha  para  la  celebración  de  la  Conferencia  in- 


352  CRÓNICA  GENERAL 

ternacional  de  la  exploración  científica  del  Mediterráneo,  la  cual  se  reunirá 
en  Madrid  el  día  17  de  noviembre  próximo. 

El  acuerdo  de  que  el  Congreso  científico  se  reúna  en  Madrid,  fué  to- 
mado por  la  Asamblea  internacional  celebrada  en  Roma  en  1914,  y  se  hu- 
biera ya  verificado,  de  no  haberlo  impedido  la  guerra  europea. 

Uno  de  los  invitados  especialmente  será  el  Príncipe  de  Monaco,  cuyos 
conocimientos  oceanógraficos  son  universalmente  apreciados. 

B.  R. 


EN  LAS  BODAS  DE  OñO  DEL  eWIO.  P.  TOMÁS  RODRÍGUEZ 

PRIOR  GENERAL  DE  LA  ORDEN  AQUSTINIANA 


El  día  8  de  Septiembre  celebra  las  bodas  de  oro  de  su  profesión 
religiosa  nuestro  Rmo.  P.  Tomás  Rodríguez,  Superior  General  de 
toda  la  Orden  Agustiniana,  y  al  universal  homenaje  de  veneración 
en  que  se  dilatarán  millares  y  millares  de  corazones  en  ese  día,  salu- 
dando al  amantísimo  Padre  desde  todos  los  puntos  del  globo,  quiere 
unir  también  el  tributo  de  su  reconocimiento  y  de  sus  ardorosas  fe- 
licitaciones La  Ciudad  de  Dios. 

Para  muchos  de  nuestros  lectores,  y  especialmente  para  los  que 
se  interesaron  por  nuestra  publicación  desde  tiempos  lejanos,  no  pa- 
sará inadvertido  el  acontecimiento  que  ha  querido  realzar  con  sus 
bondades  la  Santidad  de  Benedicto  XV,  sino  que  se  asociarán  tam- 
bién a  nuestra  alegría,  recordando  que  el  hoy  dignísimo  Superior  de 
toda  la  gran  familia  agustiniana  fué  Director  ilustre  de  La  Ciudad  de 
Dios  por  los  años  de  1893-Q4.  Sus  trabajos  literarios  de  entonces,  con 
ser  muestra  magnífica  de  su  mucho  saber,  no  ofrecían  sin  embargo 
más  que  un  aspecto  muy  restringido  entre  las  varias  eminentes 
cualidades  que  exornaban  su  persona  y  que  desde  su  celda  de  El 
Escorial  irradiaban  por  toda  la  Orden,  llegando  hasta  fijar  las  mira- 
das del  inmortal  Pontífice  León  XIII  y  de  su  egregio  Secretario  de 
Estado  el  Cardenal  Rampolla.  Así,  después  de  haber  gobernado  du- 
rante algunos  meses  el  gran  Seminario  de  Vigan  en  Filipinas,  con 
singular  acrecentamiento  del  prestigio  de  sus  virtudes,  en  el  Capítu- 
lo celebrado  en  Roma  el  año  1895  le  vemos  elegido  Procurador 
General,  la  segunda  dignidad  de  la  Corporación,  y  en  1898  investido 
por  León  XIII  con  el  mando  supremo  de  toda  la  Orden,  siendo  des- 
pués reelegido  en  todos  los  Capítulos  Generales  que  desde  aquella 
fecha  se  han  celebrado  en  Roma, 

La  Ciudad  de  Dios.— Año  XXXIX  — Núm.  1.111.  25 


354     EN  LAS  BODAS  DE  ORO  DEL  RMO.  P.  TOMÁS  RODRÍGUEZ 

Honrado  con  la  confianza  y  la  amistad  de  León  XIII,  Pío  X  y 
Benedicto  XV,  y  estimado  singularmente  entre  las  Congregaciones 
romanas,  a  varias  de  las  cuales  pertenece  como  Consultor,  no  son 
éstas  las  circunstancias  para  referir  los  grandes  hechos  de  su  gobier- 
no. Nos  basta  únicamente  con  dejar  consignado  que  entre  las  pres- 
tigiosas figuras  que  ha  tenido  la  Orden  en  esta  época,  comparables 
a  las  de  cualquier  otra  época  de  su  historia,  es  el  Rmo.  P.  Tomás 
Rodríguez  en  quien  se  concentraron  todas  las  simpatías  y  todos  los 
homenajes  de  la  admiración  a  sus  virtudes  y  talentos.  Nadie  le  su- 
peró en  entusiasmo  por  el  fomento  de  la  virtud  y  de  los  estudios  en 
todas  las  provincias  agustinianas;  nadie  le  excedió  en  solicitudes  por 
todas  las  grandes  empresas  de  la'Corporación,  por  las  misiones  glo- 
riosas de  la  enseñanza,  del  cultivo  de  las  letras,  de  la  predicación  y 
del  apostolado  entre  los  infieles.  Ha  sido  un  constante  sembrador  de 
estímulos  y  el  más  confiado  en  las  grandezas  del  corazón  humano  y 
en  las  magnificencias  de  la  gracia  divina. 

Fatigado  por  el  peso  de  tanta  labor,  hoy  busca  entre  nuestros 
hermanos  de  Barcelona  reposo  temporal  a  sus  quebrantadas  ener 
gías.  Allí  confluirán  los  afectos  de  todos  sus  hijos,  las  dedicatorias 
de  la  más  dulce  ternura  y  de  la  más  respetuosa  veneración  que  ha 
inspirado  siempre  su  nombre.  Su  Santidad  Benedicto  XV  ha  sido 
el  primero  en  solemnizar  el  acontecimiento  de  sus  bodas  de  oro  ro- 
deándolo de  las  más  altas  gracias  para  provecho  espiritual  de  todo 
el  pueblo  cristiano  que  se  congregue  bajo  las  bóvedas  de  cualquier 
iglesia  u  oratorio  de  la  Orden  de  San  Agustín  en  todos  los  países 
del  mundo.  Es  lo  que  dicen  los  documentos  que  insertamos  a  con- 
tinuación. 

La  Ciudad  de  Dios,  campo  agradecido  al  hálito  de  vida  que  le 
infundió  el  más  egregio  de  sus  Directores,  hace  suyo  este  homenaje 
de  devoción  universal  y  con  la  invocación  de  las  bendiciones  del 
cielo  resume  todos  sus  sentimientos  de  gratitud,  felicitación  y  alegría 
en  tan  grata  fiesta,  elevando  a  su  veneradísimo  Padre  General  un 
nuevo  testimonio  de  ferviente  amor  y  de  adhesión  inquebrantable. 

La  Redacción. 


GRACIA  OTORGADA  POR  S.  S.  BENEDICTO  XV 

PARA  EL  DÍA  8  DE  SEPTIEMBRE 


Nos 
P.  Fr.  lOSEPH  POLIGNANO 

S.  Th.  Mag.  et  totius  Ordinis  Erem.  S.  P.  Augustini 

COMMISSARIUS  GeNERALIS. 

Adm  RR.  PP.  Superíoribus  Provincíalibus  et  Localihus  universisque 
Fratribüs  et  Monialibus  O.  N.  saluíem  ín  Domino. 

lam  omnes  nostis  quod  amantissimus  et  Reverendissimus  Prior  noster 
Generalis,  Fr.  Thomas  Rodríguez,  qui  tot  annis  pro  nostri  Ordinis  decore 
ac  incremento  ómnibus  viribus  adlaboravit,  potius  laboribus  quam  infír- 
mitate  oppressus,  mense  maii  huius  anni  Hispaniam  petiit  ut  animum  a 
curis  relaxaret  et  remedia  potiora  ad  vires  reficiendas  quaereret:  Nos  pre- 
cibus  ad  Deum  et  votis  comitati  sumus  ut  quam  citius  ad  pristinam  valetu- 
dinem  rediré  possit.  Et  re  quidem  vera,  magni  animi  laetitia,  nuper  acce- 
pimus  ipsum  aliquantulum  convaluisse  ita,  ut  festo  S.  lacobi  Maioris  prima 
vice,  post  diuturnam  aegritudinem,  Sacrum  Deo  offerre  potuerit. 

Nunc  autem  pergratum  Nobis  est  vobis  nuntiare  quod  praesto  est 
nobis  ómnibus  solemnis  occasio  grati  animi  sensus  erga  venerandum 
Patrem  nostrum  patefaciendi,  et  Deum  sincero  corde  pro  ipsius  sanitate 
exorandi.  Próximo  enim  mense  septembri,  die  vni  Nativitatis  B.  M.  Virgi- 
nis  dicata,  quinquagesimus  annus  recurrit  ab  emissa  eius  professione  reli- 
giosa. Ipse,  antequam  in  Hispaniam  pergeret,  etsi  infírmiíate  debilitatus, 
Nobis  ómnibus  prospiciens,  a  SSmo  Dno  N.  Pp.  Benedicto  XV  petiit  ut, 
hac  recurrente  solemnitate,  in  ómnibus  Ecclesiis  vel  Oratoriis  Nostri  Or- 
dinis Benedictio  Papalis  cum  Indulgentia  Plenaria  solemniter  Fidelibus 
impertiri  possit:  quod  Sanctitas  Sua,  ea  qua  semper  ipsum  prosecutus  est 
benevolentia,  libenter  concessit. 


356  EN  LAS  BODAS  DE  ORO  DEL  RMO.  P.  TOMÁS  RODRÍGUEZ 

Dum  haec  Vobis,  Ven.  Fratres,  ostendimus,  in  memoriam  revocantes 
continuam  in  nos  benignitatem  amantissimi  Patris  nostri  Generalis,  enixe 
rogamus  ut  Omnipotenti  Deo  quam  férvidas  preces  offeratis  qui  ipsi  con- 
cederé dignetur  ut  hanc  diem  laetissimam  solemniter  celebrare  possit; 
votaque  fundamus  ut,  recuperata  valetudine,  ad  multos  annos  nobis  et 
Ordini  nostro  servetur. 

Hac  capta  occasione,  libet  insuper  vobis  notum  faceré  quod  SSmus 
D.  N.  Benedictus  XV,  per  rescriptum  S.  Poenitentiariae,  cuius  exemplar 
transcribimus,  precibus  Rmi  Procuratoris  Ordinis  annuens,  benigne  in- 
dulsit  ut  Plenaria  Indulgentia  toties  quoties,  die  Nativitatis  B.  M.  Virginis 
solis  Cincturatis  et  Tertiarns  hucusque  concessa,  perpetuo  transferretur  in 
diem  Solemnitatis  B.  M.  Virginis  de  Consolatione,  ómnibus  Christifídeli- 
bus  lucranda. 

Datum  Romae,  die  2  augusti  1919. 

Fr.  lOSEPH   POLIGNANO, 

Comm.  Generalis  O.  E.  S.  A, 


Fr.  MARIANUS  RODRÍGUEZ, 
Ordinis  Secretarias. 


Concesión  perpetua  a  la  Orden  de  San  ñgustín. 

SACRA  POENITENTIARIA 

Beaiissime  Pater, 

Procurator  Generalis  Ordinis  Eremitarum  S.  Augustini,  ad  pedes 
Sanctitatis  Vestrae  provolutus,  humillime  exponit:  In  Summario  Indul- 
gentiarum  Archiconfraternitatís  Cincturae  B.  M.  Matris  Consolationis, 
S.  Augustini  et  S.  Monicae,  per  Decretum  S.  C.  Indulgent.  die  17  dec.  1902 
a  Leone  XIII  f.  r.  reviso  et  adprobato,  sequens  Indultum  adnotatur:  «So- 
»dales  quoties  veré  poenitentes,  confessi  ac  S.  Synaxi  refecti,  a  primis 
»Vesperis  usque  ad  occasum  solis  sequentium  dierum  idest  diei  festi 
>Nativitatis  Bmae  Mariae  Virg.  et  Dominicae  festum  S.  Nicolai  de  Tolen- 
>tino  immediate  sequentis,  Altare  vel  Cappellam  Confraternitatis  visitave- 
»rint  ibique  ad  mentem  Summi  Pontificis  oraverint,  toties  plenariam 
»Indulgentiam,  uti  illam  Portiunculae,  lucrabuntur». 

Nunc  vero  humilis  orator,  quo  magis  christifidelium  erga  Bmam  Vir- 
ginem  Matrem  Consolationis  devotio  augescat  ac  pietas,  Sanctitatem  Ve- 


EN  LAS  BODAS  DE  ORO  DEL  RMO.  P.  TOMÁS  RODRÍGUEZ    357 

stram  devotissime  adprecatur,  ut,  firmo  praefato  Indulto  in  Dominica  Fe- 

stiim  S.  Nicolai  de  Tolentino  immediate  sequenti  pro  iis  ómnibus,  quibus 

iam  concessum  est,  ídem  Indultum,  pro  die  Festo  Nativitatis  B.  M.  Virgi- 

nis  datum,  transferatur  ad  Solemnitatem  B.  M.  V.  Matris  Consolationís, 

quae  Dominica  infra  Octavam  Festi  S.  P.  Augustini  occurrit,  et  extendatur 

ad  omnes  fídeles,  ita  ut  omnes  et  singuli  eorum,  quoties  in  íestivitate 

B.  M.  Y.  Matris  Consolationis,  veré  poenitentes,  confessi  ac  S.  Synaxi 

refecti,  quamlibet  ex  Ecclesiis  vel  quodlibet  ex  publicis  aut  semipublicis 

Oratoriis,  sive  Fratrum,  sive  Monialium,  universi  Ordinis  Eremitarum 

S.  Augustini,  vel  aliquam  Ecclesiam  seu  Capellam,  ubi  erecta  sit  Confra- 

ternitas  Cincturatorum,  visitaverint,  ibique  pias  aliquas  preces  ad  mentem 

Summi  Pontiñcis  effuderint,  totics  plenariam  Indulgentiam,  uti  illam 

Portiunculae,  defunctis  quoque  applicabilem,  lucrari  possint  ac  valeant. 

Et  Deus... 

Die  6  iunii  1919. 

SSmus  D.  N.  D.  Benedictus  Div.  Prov.  PP.  XV,  in  audientia 
infrascripto  Cardinali  Poenitentiario  Maiori  impertita,  benigne 
annuit  pro  gratia  iuxta  preces,  in  perpetuum,  absque  ulla  Brevis 
expeditione.  Contrariis  quibuscumque  non  obstantibus. 

O.  Card.  Oiorgi,  P.  M, 

F.  BoRGONGiNi  DucA,  5.  P,  Secretaríus. 


ANTONIO  PÉREZ 


(aclaración  a  los  capítulos  VIH,  X  y  XI  DEL  LIBRO  I  DE  LA  «HISTORIA 
DE  VARIOS  SUCESOS  >,  DEL  P.  FR.  JERÓNIMO  DE  SEPÚLVEDa)  ^^' 

(conclusión) 
xii.-HuyeAnto-        Valiéndosc  Pércz  de  ingeniosa  estratagema,  huyó  de  la  prisión  de 

nio  Pérez  de  la  car-    ,,     ,   .  ,  ,      ,  ,,...,«         .  .        ,    ,  .^    ,        ,     .. 

cei  y  se  refugia  en  Madrid,  segun  las  mayores  probabilidades,  la  noche  del  18  de  abril 
Aragón.  ¿g  15gQ^  refugiándose  en  Aragón  y  escudando  su  vida  y  persona  con 

nombre  de  los  fueros  de  aquel  nobilísimo  reino.  Acogióse  en  Cala- 
tayud  al  convento  de  dominicos,  de  donde  le  sacó  el  baile  aragonés 
Alonso  Celdrán  a  fines  de  abril,  y  le  condujo  a  la  cárcel  de  los  Mani- 
festados de  Zaragoza. 
En  las  cárceles        Apcuas  supo  Felipe  II  Que  SU  infiel  secretario  se  hallaba  seguro 

de  Zaragoza.  ^  ^  \'.,.'ui 

y  preso  en  Zaragoza,  presento  ante  los  tribunales  aragoneses  quere- 
lla criminal  contra  él  por  la  muerte  de  Escobedo,  descifrar  falsa- 
mente y  haber  descubierto  secretos  de  Estado.  No  se  descuidó  Pérez. 
Con  papeles  y  billetes  del  Rey,  más  o  menos  alterados,  escribió  el 
Memorial  del  hecho  de  su  causa,  que  entregó  a  varios  nobles.  Se 
desconoce  por  dónde  ni  cómo  pudo  haber  a  las  manos  tales  papeles; 
pues  en  el  Memorial  citado  y  en  las  Declaraciones  varias  que  a  su 
^  nombre  corren  confiesa  que  no  puede  defenderse,  porque  le  han  sido 

quitados  los  documentos  en  que  pudiera  hacer  clara  y  manifiesta  su 
inocencia  y  justificación.  Lo  que  parece  cierto  es — según  el  testimo- 
nio de  Bustamante,  antiguo  criado  de  Pérez  y  su  compañero  de  cár- 
cel— que  llegó  a  reunir  cinco  mazos  de  billetes  del  Rey,  que  redujo  a 
dos,  quemando  los  restantes  (2). 


(1)  Véase  La  Ciudad  de  Dios,  vols.  CXV,  págs.  465-78;  CXVI,  págs.  402-10, 
y  CXVII,  págs.  106-109. 

(2)  Dóc.  inéd.,  XV,  pág.  466. 


ANTONIO  PÉREZ  359 

Felipe  II,  siempre  temeroso  de  la  publicación  de  algunos  pape- 
les de  esta  causa  que— según  sus  mismas  palabras— no  era  de  «ca- 
lidad que  sufriera  procederse  en  ella  por  juicio  público»,  compren- 
dió inmediatamente  que  aun  los  más  graves  secretos  de  Estado  se 
divulgarían  y  determinó  retirar  la  demanda  criminal  por  la  muerte  de 
Escobedo  y  las  otras  acusaciones  probadas  ya  en  Castilla  contra  Pé- 
rez, otorgando  el  siguiente  importantísimo  documento  el  18  de 
agosto  de  1590,  firmado  en  San  Lorenzo  por  el  Rey,  ante  el  Proto- 
notario  de  Aragón  D.  Miguel  Clemente,  actuando  de  testigos  Don 
Francisco  de  Sandoval  y  Rojas,  marqués  de  Denia,  y  conde  de  Ler- 
ma,  gentilhombre  de  la  Cámara;  D.  Diego  Fernández  de  Córdoba, 
Caballerizo  mayor,  y  D.  Alonso  de  Zúñiga,  gentilhombre  deS.  M.  (1) 
El  documento,  en  su  parte  esencial,  dice  así: 

«Nos  Don  Felipe  por  la  gracia  de  Dios,  rey  de  Castilla,  de  Ara- 
gón, de  León,  etc.  Atendido  y  considerado,  que  en  virtud  de  un  po- 
der que  como  rey  de  Castilla  mandé  despachar  en  favor  del  magní- 
fico y  amado  consejero  el  doctor  micer  Jerónimo  de  Hueros,  nuestro 
advogado  fiscal  en  el  reino  de  Aragón,  con  facultad,  etc.  Y  en  virtud 
de  los  privilegios  de  Procuradores  fiscales  míos  en  el  dicho  reino,  se 
dio  demanda  y  acusación  criminal  contra  Antonio  Pérez  en  la.  corte 
del  Justicia  de  Aragón  sobre  la  muerte  del  secretario  Escobedo,  de 
cifrar  falsamente,  y  descubrir  secretos  del  Consejo  de  Estado,  y  otros 
casos  que  se  contienen  en  el  proceso,  que  sobre  esto  pende  intitula- 
do: Processus,  etc. 

Y  habiendo  sido  preso,  por  mi  parte  se  hizo  la  probanza  necesa- 
ria, y  después  por  la  del  dicho  Antonio  Pérez  se  dio  su  cédula  de 
defensiones  y  se  procuró  proballas.  Y  si  como  son  públicas  las  de- 
fensas que  Antonio  Pérez  ha  dado,  lo  pudiera  ser  la  réplica  de  ellas, 
fuera  bien  cierto  que  ni  hubiera  duda  en  la  grandeza  de  sus  delictos, 
ni  dificultad  en  su  condenación.  Y  aunque  mi  deseo  en  este  negocio 
fué  encaminado,  como  en  los  demás,  a  dar  la  satisfacción  general 
que  yo  pretendo  y  procuro,  y  esto  ha  sido  la  causa  acá  de  su  larga 
prisión,  y  ahí  de  haberse  llevado  otras  cosas  por  la  vía  ordinaria, 
que  se  ha  seguido;  pero  porque  abusando  Antonio  Pérez  de  esto,  y 
temiendo  el  suceso,  se  defiende  de  manera,  que  para  responderle  se- 


(1)    Marqués  de  Pidal,  Historia  de  las  Alteraciones  de  Aragón,  I,  págs.  440-41 . 


360  ANTONIO  PÉREZ 

ría  necesario  tratar  de  negocios  más  graves  de  lo  que  se  sufre  en 
procesos  públicos,  de  secretos  que  no  conviene  anden  en  ellos,  y  de 
personas,  cuya  reputación  y  decoro  se  debe  estimar  en  más  que  la 
condenación  de  Antonio  Pérez,  he  tenido  por  menos  inconveniente 
dexar  de  proseguir  en  la  corte  del  Justicia  de  Aragón  su  causa  que 
tratar  de  las  que  aquí  apunto. 

Y  pues  la  satisfacción  con  que  procuro  proceder  es  tan  sabida 
cuanto  cierta,  aseguro  que  los  delictos  de  Antonio  Pérez  son  tan 
graves,  cuanto  nunca  vasallo  los  hizo  contra  su  rey  y  señor,  así  en 
las  circunstancias  dellos  como  en  la  coyuntura,  tiempo  y  forma  de 
cometerlos.  De  que  me  ha  parecido  es  bien  que  conste  en  esta  sepa- 
ración para  que  la  verdad  en  ningún  tiempo  se  confunda  ni  olvide, 
cumpliendo  con  la  obligación  que  como  rey  tengo  de  ampararla 
siempre  y  manifestarla  cuando  conviene,  etc.  (1)>. 

Aun  cuando  el  Rey  desistió  en  lo  de  la  muerte  de  Escobedo  y 
en  lo  demás  de  que  en  Castilla  se  acusaba  a  Pérez,  no  cejó  la  acción 
de  la  justicia,  porque  inmediatamente  fué  presentada  nueva  deman- 
da en  la  corte  del  justicia,  pidiendo  el  castigo  de  Pérez  por  las  muer- 
tes de  Pedro  de  la  Hera  y  Rodrigo  Mangado. 

Como  ya  queda  referido,  hallándose  muy  adelantadas  estas  cau- 
sas, por  haberse  sabido  que  Antonio  Pérez  tenía  inteligencias  con 
los  calvinistas  y  trataba  de  pasarse  a  Francia,  la  Inquisición  juzgó 
aquello  caso  de  fe  y  pidió  el  preso  para  juzgarle. 
XIII. -Alborotos        Sabía  Antonio  Pérez  que  estaba  perdido  si  le  restituían  a  Casti- 

de  Aragón.  Motines 

del  24  de  mayo  y  Ha,  como  lo  deseaban  Felipe  II  y  la  Junta  de  Madrid;  no  ignoraba 
que  muchos  nobles  eran  contrarios  al  Rey  y  al  conde  de  Chinchón; 
que  los  aragoneses  sentirían  a  par  de  muerte  la  violación  de  sus  fue- 
ros y  libertades,  que  clérigos  y  frailes  le  defendían;  y  no  descuidó^ 
por  medio  de  escritos  y  pasquines,  y  por  sus  amigos  Martínez,  Gi- 
de  Mesa,  y  especialmente  por  el  impetuoso  y  decidido  D.  Diego  de 
Heredia,  de  soliviantar  los  ánimos,  no  muy  quietos  a  la  sazón,  es- 
parciendo que  si  a  él  le  dejaban  indefenso  peligraban  los  fueros,  la 
libertad  y  la  seguridad  de  todos.  Sólo  faltaba  un  pretexto,  que  no 


(1)    F.  Marco  de  Juadalajara  y  Xabierr:  Qvarta parte  de  la  Historia  Pontifi- 
cal...,págs.  8-9. 


ANTONIO  PÉREZ  361 

tardó  en  presentarse,  para  que  el  descontento  reventara  en  algarada 
y  motín. 

Autorizado  el  inquisidor  de  Zaragoza  por  la  Suprema  de  Madrid, 
con  asentimiento  y  favor  del  Justicia  y  su  consejo,  trasladó  el  24  de 
mayo  de  1591  a  Pérez  y  a  Juan  Francisco  Mayorini,  genovés,  desde 
la  cárcel  de  los  Manifestados  a  las  secretas  de  la  Inquisición.  Apenas 
corrió  la  noticia  por  Zaragoza,  juzgándose  lo  sucedido  violación  y 
atropello  de  los  fueros,  amotinóse  el  populacho  y  a  los  gritos  de 
Contrafuero,  Libertad,  Mueran  los  traidores  y  otros,  pidió  la  restitu- 
ción de  los  presos  a  la  cárcel  de  los  Manifestados.  Vacilaban  los  in- 
quisidores, mas  cedieron  al  ver  que  los  sediciosos  amontonaban 
leña  y  alquitrán  para  incendiar  la  Aljafería,  residencia  del  Santo 
Oficio,  y  las  casas  del  arzobispo  y  del  marqués  de  Almenara.  Cator- 
ce días  después  moría  el  marqués  de  Almenara  de  pesar  y  de  las 
heridas  que  recibió  de  las  turbas  enfurecidas. 

Desde  mayo  a  setiembre  hubo  en  Madrid,  San  Lorenzo  y  Zara- 
gozauna  infinidad  de  cartas,  consultas  y  deliberaciones  sobre  lo  su- 
cedido (1). 

Convínose,  finalmente,  en  que  la  honra  del  Santo  Oficio  y  de  la 
autoridad  exigían  que  Antonio  Pérez  y  Mayorini  fuesen  nuevamen- 
te llevados  a  las  cárceles  inquisitoriales. 

Pérez  y  sus  parciales,  valiéndose  de  pasquines,  con  buen  golpe 
de  valentones  armados,  que  habían  reclutado  para  infundir  terror, 
amenazaban  de  muerte  a  las  justicias  y  autoridades,  llegando  su 
audacia  hasta  atacar  y  dispersar  públicamente  y  en  pleno  día  a  la 
tropa  encargada  del  sosiego  de  la  ciudad.  Rotos  los  frenos,  y  vili- 
pendiada la  autoridad,  el  populacho  desmandado  imperaba  sin  con- 
tradicción. 

Mostróse  el  Rey  mesurado  y  prudente,  no  ocultándose  a  su  cla- 
ra perspicacia  la  importancia  de  los  sucesos.  Al  momento  de  ente- 
rarse del  motín,  despachó  once  correos  distintos;  escribió  a  las  Uni- 
versidades de  Aragón,  que  contestaron  reprobando  lo  ocurrido;  y, 
por  último,  nombró  un  Consejo  especial  para  entender  en  el  remedio. 

Propuso  el  Consejo  como  primera  medida  la  formación  de  un 


(1)    Pueden  verse  en  el  Marqués  de  Pidal:  Historia  de  las  alteraciones  de 
Aragón,  II,  págs.  49-93. 


362  ANTONIO  PÉREZ 

poderoso  ejército,  mandado  por  el  reputado  y  veterano  soldado 
don  Alonso  de  Vargas,  que  debía  situarse  en  la  raya  del  reino  ara- 
gonés, sin  entrar  por  entonces  para  ver  de  arreglar  las  cosas  pacífica- 
mente y  evitar